Envidiaba bastante la prisa con que los demás parecían encontrar su rumbo en la vida, mientras yo me demoraba, cargada de remordimiento ligero y de sueños truncados. Doce carnes distintas —como doce festines que representaban pasiones y traiciones— habían pasado por mi mesa, y cada una dejó su huella como confidencia escrita en el cuerpo. El licor, con su encanto pagano, me arrastraba a zambullidas repentinas en recuerdos que parecían ratos de hospital: muecas de un hombre que figuraba siempre en mis noches, como un maestro antiguo de intensidades, enseñándome a discernir entre lo que eran riquezas verdaderas y lo que eran mentiras bellas.
Veo todavía las calesas rodando por calles húmedas, las flores en los balcones orientales, las palmas agitadas por la lluvia, como si todo fueran voces eternas repitiendo la camaradería perdida de otro tiempo. En el brezal, donde solía refugiarme, los nidos parecían ángeles quietos; pero pronto entendí que también podían asfixiarse, porque nada queda inmóvil: todo se renueva o se consume.
Yo misma, en plena luna, viajaba entre ciudades y repúblicas límpidas, buscando compañeros que no huyeran ante mis muecas ni ante el ardor que podía enloquecer cualquier calma. Había ratos en que me gustaba pensar que la vida era solo un arado dando fuego arriba, abriendo surcos de posible redención. Pero otras veces, la pesadilla volvía: me figuraba atrapada en un nido de hadas que reían con intensidad cruel, mientras mi voz no encontraba eco.
Todavía me pregunto si fue cobardía o poder lo que me llevó a abandonarme al consumo de ilusiones, viajando de una mentira a otra, de una mirada a otra, esperando que me vieran de verdad. El discernimiento, maestro severo, me recuerda que la vida no es más que un tejido de ciudades y cuerpos, de flores y muecas, de ardor y lluvia, todo renovándose y enloqueciendo, como un compañero eterno que se disfraza de ángel o de galo, según el sueño.
Y así sigo, escribiéndose en mí una historia que no termina: la de quien busca en las riquezas antiguas el secreto de las pasiones modernas, la de quien, en medio de traiciones y camufladas camaraderías, trata todavía de encontrar el poder ligero y límpido de dar fuego a la vida sin asfixiarse en ella.