El hombre del brezal

Poesía

Envidiaba, sí, bastante prisa el hombre.
Doce carnes le dolían como doce campanas
dando misa por su cuerpo.
Una confidencia —ese zambullo de nadie—
le quedó colgando del alma,
como hospital de los sueños sin cama.

¡Ay, las calesas! Pasaban tan miradas,
tan sin ver que vieran,
tan figuradas flores que se escriben solas
en el papel mojado de las traiciones.

La vida era una mueca en plena boca,
y los maestros del real dolor
enseñaban luna,
luna orientada al sur del remordimiento.

Ratos, licor, pagana lluvia,
camaradería del ardor que se gasta.
Todo puede, todo arde, todo enloquece.
Las repúblicas límpidas, también,
donde fui todavía un pedazo de abandono,
un viajar con el ángel en el bolsillo,
un nido posible
de asfixiarse renovando la respiración.

¡Qué pesadilla tan encontrable!
Qué intensidad que gusta
de dar fuego arriba al cuerpo,
voz y ceniza en la misma sílaba.

Eternas fueron las palmas del cansancio,
el compañero poder arando su pobreza,
las ciudades girando con su discernimiento roto.

Ah, mundo cargado de bellas hadas y mentiras,
de riquezas que lloran por ser barro,
de hombres que figuran flores
y terminan envidiando el polvo.

Y sin embargo,
en el brezal oscuro,
una lágrima aprendía todavía
a decir:
“Fui.”

Viaje interior

Ficción

Envidiaba bastante la prisa con que los demás parecían encontrar su rumbo en la vida, mientras yo me demoraba, cargada de remordimiento ligero y de sueños truncados. Doce carnes distintas —como doce festines que representaban pasiones y traiciones— habían pasado por mi mesa, y cada una dejó su huella como confidencia escrita en el cuerpo. El licor, con su encanto pagano, me arrastraba a zambullidas repentinas en recuerdos que parecían ratos de hospital: muecas de un hombre que figuraba siempre en mis noches, como un maestro antiguo de intensidades, enseñándome a discernir entre lo que eran riquezas verdaderas y lo que eran mentiras bellas.

Veo todavía las calesas rodando por calles húmedas, las flores en los balcones orientales, las palmas agitadas por la lluvia, como si todo fueran voces eternas repitiendo la camaradería perdida de otro tiempo. En el brezal, donde solía refugiarme, los nidos parecían ángeles quietos; pero pronto entendí que también podían asfixiarse, porque nada queda inmóvil: todo se renueva o se consume.

Yo misma, en plena luna, viajaba entre ciudades y repúblicas límpidas, buscando compañeros que no huyeran ante mis muecas ni ante el ardor que podía enloquecer cualquier calma. Había ratos en que me gustaba pensar que la vida era solo un arado dando fuego arriba, abriendo surcos de posible redención. Pero otras veces, la pesadilla volvía: me figuraba atrapada en un nido de hadas que reían con intensidad cruel, mientras mi voz no encontraba eco.

Todavía me pregunto si fue cobardía o poder lo que me llevó a abandonarme al consumo de ilusiones, viajando de una mentira a otra, de una mirada a otra, esperando que me vieran de verdad. El discernimiento, maestro severo, me recuerda que la vida no es más que un tejido de ciudades y cuerpos, de flores y muecas, de ardor y lluvia, todo renovándose y enloqueciendo, como un compañero eterno que se disfraza de ángel o de galo, según el sueño.

Y así sigo, escribiéndose en mí una historia que no termina: la de quien busca en las riquezas antiguas el secreto de las pasiones modernas, la de quien, en medio de traiciones y camufladas camaraderías, trata todavía de encontrar el poder ligero y límpido de dar fuego a la vida sin asfixiarse en ella.

 

«Ô Satan, prends pitié de ma longue misère!». (Baudelaire)

No ficción

Baudelaire, espíritu atormentado, alquimista de las sombras. Esa última súplica de Las letanías de Satán es un grito desgarrado desde las entrañas del malditismo. No es una adoración servil, sino un pacto desesperado, un ajuste de cuentas con lo divino.

«Ô Satan, prends pitié de ma longue misère !»—aquí no hay blasfemia gratuita, sino la confesión de un alma que encuentra en la rebelión su única oración. Baudelaire invoca a Satán como el refugio de los parias, el consuelo de los desechados por la moral burguesa, el protector de los poetas malditos. No el Satán bíblico, sino el arquetipo de la insumisión, el ángel caído que, al precipitarse al abismo, arrastra consigo a los que el mundo ha condenado.

Este verso es el colofón de una letanía que invierte el sentido tradicional de la plegaria: no es a Dios a quien se pide clemencia, sino al exiliado eterno, al príncipe de los réprobos. Baudelaire no busca redención, sino justicia. Porque su miseria no es solo personal, es la miseria de todos los que se saben extraños en su tiempo, de todos los que llevan en las venas el veneno de la lucidez.

Aquí la poesía se convierte en conjuro, en desafío, en puñetazo contra el cielo.

La luna bosteza

Poesía

La luna bosteza en la noche con su pijama blanco,
y se le abre el alma por el ombligo.
¡Ay! cómo cruje el hueso del silencio
cuando la luna se cansa.

Hay una costura rota en su manga izquierda
—la que toca al mundo—
y por ahí se le escapan los suspiros,
como niños flacos que nunca fueron bautizados.

No es sueño lo que carga.
Es otro bostezo,
viejo, enfermo,
que heredó de un abuelo cometa.

Duerme de lado la luna,
sobre el hombro del último muerto del día.
Y mientras bosteza,
un ángel se le cae del párpado
como una uña arrancada del cielo.

¡Qué frío de sábanas negras!
¡Qué pálido insomnio se le mete entre las costillas!

Yo la he visto,
yo, que tampoco duermo,
rascarme la frente con su luz mustia,
y maldecir —con dientes de tiza—
al reloj sin manecillas que hay en Dios.

La luna bosteza con un diente partido,
como un niño que ya no tiene madre,
y su pijama blanco —oh tela de hueso—
cae en jirones por la grieta del cielo.

Un bostezo lunar no es bostezo,
es un hueco tibio que sangra
en la frente rota de la noche.
Yo la he visto, yo la he sentido
con los párpados hinchados de frío
y el ombligo cubierto de polvo astral.

La luna bosteza y no hay pan.
Los relojes se miran entre sí
con ojos de cárcel.
El gallo que aún no nace
ya sospecha su grito.
Y ella —pobre luna con fiebre—
arrastra su pijama
como un sudario infantil.

Ay, luna que bostezas…
¿A quién le cuentas tu sueño?
¿Quién te cose los botones
cuando te rompes en plata?

Yo he venido aquí,
con mi costado lleno de calambres,
a decir que tú también sufres.
Tú también bostezas cansada,
y nadie, ni Dios,
te ofrece un vaso de sombra.

Cielo, infierno…

No ficción

El cielo, ese hermoso soborno eterno para que los pobres no reclamen la tierra…

Ah, el cielo. Ese resort cinco estrellas en el más allá, con calles de oro, ángeles con arpas, y la promesa eterna de paz, justicia y Wi-Fi celestial. Una idea tan brillante que uno no puede evitar preguntarse: ¿Quién la inventó y por qué no está recibiendo regalías y privilegios? (¿o sí?).

Durante siglos, el cielo ha sido el paquete turístico perfecto para los pobres, un premio de consolación de proporciones cósmicas. «Sufre ahora, disfruta después», dice el eslogan no oficial de muchas religiones. Un marketing tan efectivo que haría llorar de envidia a Apple, Coca-Cola y cualquier universidad privada con deudas de por vida.

Claro, podrías preguntarte por qué tantos seres humanos aceptaron pasar hambre, miseria y explotación mientras los que los explotaban vivían como dioses. La respuesta es simple: tenían su recompensa garantizada… después de morir. Sí, porque nada dice «justicia» como un paraíso intangible donde los ricos no tienen permitido entrar (aunque con sus abogados, probablemente ya estén en proceso de apelar esa cláusula).

Lo mejor del cielo es su utilidad práctica. Imagínate lo incómodo que sería si, en lugar de esperar al juicio final, los pobres decidieran reclamar la tierra ahora. ¿Qué harían los terratenientes, los oligarcas y los influencers del siglo? Sería un caos. No, mejor prometerles el más allá, donde tendrán todo lo que aquí no se les permitió: dignidad, pan caliente y descanso eterno (literalmente).

Y para asegurarse de que nadie se ponga demasiado curioso o escéptico, se agregó la cláusula más brillante de todas: dudar del cielo es pecado. Nada como un toque de culpa existencial para sellar el trato.

Así que la próxima vez que te sientas explotado, cansado o con la sospecha de que el sistema está amañado, respira hondo y mira al cielo. No porque vayas a encontrar respuestas, sino porque es más fácil que mirar a tu alrededor y preguntarte: “¿Y si esta tierra también fuera mía?”

🌈
El cielo es una promesa para que los pobres no reclamen la tierra.

EXT. PARQUE – DÍA

Ficción

Flota un cisne negro buscando en el estanque un pedazo de algo que llevarse al rojo pico. Nadan los ánades en el agua de verdín mientras en la orilla alimentan y espulgan a sus crías. Pelean las palomas con los cuervos. Ladran los perros. Un paseante solitario está ajeno a todo bajo la lluvia. Camino solitario entre estanques cenagosos, cuevas de helechos retorcidos, palacios de cristal heridos y vuelvo a mirar la estatua de un ángel caído.

Estrellas

Ficción

Las estrellas son los cigarros encendidos de ángeles viciosos que salen a fumar a las puertas del cielo, expulsados por real decreto. Y llamamos estrellas fugaces a las colillas que nos lanzan sádicamente como si nuestra existencia fuera solo una broma cósmica, una distracción en medio de sus eternos ocios. Ellos, de alas desgastadas, con la gloria deshilachada en los bordes, se ríen en ese lenguaje que no podemos escuchar, pero que sentimos en la piel cada vez que una de esas brasas atraviesa el cielo negro. Nos hacen señas con sus cenizas, queriéndonos recordar lo efímero, lo ínfimo que somos bajo su manto de humo.

Las estrellas, esas marcas incandescentes, no son promesas ni deseos por cumplir, sino las huellas del vicio que ellos han decidido despreciar o, peor aún, compartir. Y cuando una estrella cruza el firmamento, no es un signo de fortuna, sino la mueca burlona de aquellos que nos miran desde arriba, desde una altura tan elevada que nuestros sueños y plegarias no son más que volutas de humo que desaparecen antes de rozarles la piel.

Nos lanzan sus colillas como si nos recordaran que, aunque levantemos la cabeza para buscarlas, ellos ya nos han olvidado, y nosotros seguimos, tercos, soplando al viento como si el cielo fuera algo más que una barricada entre lo que somos y lo que jamás alcanzaremos.

Desde su pedestal celeste, como si quisieran recordarnos, con ese brillo que muere al instante, lo efímera que es nuestra vida, nuestra ambición, esas colillas ardientes atraviesan el manto de la noche y, por un segundo, nos engañan: pensamos en deseos, en sueños por cumplir, ignorando que no son más que los restos incandescentes de las frustraciones divinas, de esos ángeles que ya no pueden redimirse.

Bajo el cielo plagado de brasas, la humanidad se agolpa con la mirada perdida, preguntándose si en algún momento alguien escuchará sus plegarias, sin saber que los cigarros que fuman los ángeles no llevan promesas, sino desesperanzas envueltas en humo. Y al final, las estrellas no son guías, no son destinos lejanos. Son el eco amargo de una condena compartida, la nuestra, la de vivir en medio de la incertidumbre, entre cenizas y destellos que se apagan en un suspiro.

Esos ángeles que flotan en los márgenes del cielo, exiliados por su desobediencia o quizá por un hastío eterno, fuman con indiferencia, dejando caer las colillas ardientes como advertencias que nadie interpreta. Y nosotros, criaturas ciegas de deseo, levantamos la mirada hacia esas cenizas incandescentes, como si en su estela fugaz pudiera residir una clave, un mensaje oculto que nos permita entender el porqué de nuestra existencia. Nos aferramos a esa ilusión infantil de que al pedir un deseo, en el preciso instante en que la colilla corta el firmamento, se nos concederá alguna gracia.

Pero los ángeles no responden. No les interesa la suerte de los mortales. Fuman en silencio, compartiendo entre ellos miradas cansadas, como veteranos de una guerra que nunca terminó, conscientes de que cada colilla es un fragmento de su propio desencanto, de su propia condena. Porque ellos, los que una vez custodiaron las puertas del paraíso, ya no esperan nada. Fuman no por vicio, sino por el hábito de quienes han perdido la fe en la redención. Y nosotros, debajo, corremos tras las cenizas que ellos nos lanzan, imaginando que son estrellas, que son caminos luminosos hacia nuestros sueños. Ignoramos que son solo restos, fragmentos de una existencia que, al igual que la nuestra, se consume lentamente hasta desaparecer.

Las estrellas, entonces, no son más que el rastro de una tragedia que compartimos con el cielo. Nos creemos protagonistas, pero no somos más que extras en esta obra cósmica. Y cada vez que una estrella se apaga, no es un deseo que se cumple, sino una señal de lo que ya ha muerto, de lo que se ha perdido para siempre. Así seguimos, persiguiendo cenizas, creyendo en milagros que nunca llegarán, mientras el cielo se oscurece lentamente, ahogado en el humo de los ángeles que ya no tienen nada que perder.

MEM

Ficción

Escuchad, muertos antiguos:
mientras prodigan romances ingeniosos,
reanudemos nuestro espiritual y desinteresado viaje
de olvidados náufragos que, como sucios ángeles,
sollozan en el oscuro y transitado pasillo
de la brutal y predadora prisión de nuestros huesos…

Quiero ser un ángel

Ficción

Pasa un ángel anecoico, y en su estela etérea rompe la barrera del silencio. No hay sonido en su vuelo, no hay susurro ni rumor que delate su presencia. Es un ángel hecho de vacío, de una calma tan densa que se vuelve palpable, casi tangible, como si la ausencia misma de sonido fuese una forma de existencia, un eco que no resuena pero que, de alguna manera, se siente en los huesos.

Al pasar, deja tras de sí una grieta en el silencio perfecto, una fisura invisible pero profunda que resuena en la mente como una nota inaudible, como un acorde tocado en el límite de lo perceptible. La barrera del silencio, que antes parecía infranqueable, se fragmenta, y por un instante, todo se vuelve posible. Es como si el tiempo se detuviera en ese preciso momento en que el ángel atraviesa lo insondable, y el mundo entero contuviera el aliento, esperando, sin saber exactamente qué.

Es en esa ruptura donde se esconde el misterio, donde se manifiesta lo que está más allá de las palabras y del ruido cotidiano. No es un estruendo lo que deja tras de sí, sino una reverberación sutil, una vibración que se extiende por el aire, por el espacio vacío, colándose en los corazones que están dispuestos a sentirla. Es como si, al romper el silencio, el ángel desvelara una verdad que siempre estuvo ahí, oculta en la quietud, esperando a ser descubierta por quienes saben escuchar más allá de los sonidos.

Y en ese instante efímero, cuando el silencio se fragmenta y se vuelve música, se intuye la conexión entre lo que es y lo que podría ser, entre lo humano y lo divino. El ángel anecoico no habla, no canta, pero en su mudo pasar comunica más que mil palabras, más que cualquier sonido. Rompe la barrera del silencio para revelar la esencia de lo inefable, lo que no puede ser dicho, pero que en su quietud resuena eternamente.

Ser un ángel… Qué anhelo tan etéreo, tan puro, que habita en los rincones más secretos del alma humana. Imagina, por un instante, el dejar atrás el peso de la carne, el sufrimiento de la existencia terrenal, para elevarte hacia lo divino, hacia lo inmaterial. No más dolor, no más dudas; solo la serenidad de las alturas celestiales, el suave batir de alas que no sienten fatiga.

Tus ojos, acostumbrados a la penumbra del mundo, se abrirían ante la infinita luz del Cielo, una luz que no quema, sino que acaricia, que llena cada rincón de tu ser con una claridad que solo los ángeles conocen. Tus manos, que alguna vez sostuvieron cargas pesadas y acariciaron pieles que ya no están, se convertirían en instrumentos de paz, extendidas no para recibir, sino para dar consuelo, para esparcir la calma divina en un mundo necesitado.

Y el tiempo… ah, el tiempo dejaría de ser tu enemigo. Ya no habría horas que se escapan, días que se pierden, o años que se cuentan con tristeza. Como ángel, existirías en un presente eterno, un momento inacabable de dicha y serenidad. Serías testigo de las estrellas nacientes, de las lunas que cambian, y de los amaneceres que nunca dejan de sorprender.

Ser un ángel no es simplemente volar por los cielos, es convertirse en un guardián silencioso de las almas, un puente entre lo terrenal y lo divino. Es ser portador de esperanza, un rayo de luz en la oscuridad. Es entender que, en la fragilidad de la existencia humana, reside una belleza que solo los ángeles pueden contemplar en su totalidad.

Así, al cerrar los ojos e imaginarte como uno de ellos, puedes sentir la pureza, la entrega, y la infinita paz que conlleva ser un ángel. Y aunque tus pies sigan tocando el suelo, aunque tu corazón siga latiendo en este mundo, dentro de ti ya habita esa chispa celestial, ese deseo de elevarte, de ser más que carne y hueso, de ser… un ángel.

Quiero ser un ángel. Sí, lo deseo con una fuerza que a veces me sorprende, como si en algún rincón de mi alma ya supiera lo que significa elevarme más allá de lo terrenal, alcanzar esa pureza que se escurre entre los dedos, tan cerca y a la vez tan distante. No es solo la idea de desplegar alas luminosas y volar sobre horizontes dorados lo que me atrae; es la promesa de una sabiduría profunda, esa conexión íntima con la esencia del universo, que vibra más allá de las pasiones y del ruido mundano.

Si fuese un ángel, cada uno de mis pensamientos se convertiría en un destello de amor puro, en una chispa capaz de iluminar las sombras de quienes se han perdido en la niebla de la existencia. Me movería con la gracia de quien ha sido testigo de los secretos más antiguos, no con arrogancia, sino con la humildad de quien ha visto el dolor en su forma más cruda y ha decidido abrazarlo, transformándolo en algo hermoso, algo que merezca ser recordado.

Imagino que ser un ángel implicaría dejar atrás las pequeñeces humanas, desprenderme de los rencores, de las dudas que tantas veces me han detenido. En su lugar, acogería una paz inquebrantable, esa serenidad que envuelve como un manto tibio en la fría noche de la vida. Pero me pregunto, ¿es posible realmente? ¿O es este deseo simplemente un reflejo de lo mejor de mí, esa parte que anhela trascender, que sueña con un amor y una compasión infinitos?

Quizás, al desearlo, ya estoy más cerca de ser un ángel de lo que pienso. Porque ser un ángel no es tanto una cuestión de alas o de luz divina, sino de intención, de esa capacidad de ver lo sagrado en lo cotidiano, de actuar desde ese lugar de pureza y amor que a veces se esconde, pero que siempre ha estado ahí, esperando a ser descubierto.

Quiero ser un ángel, pero también quiero ser un demonio. Es un deseo contradictorio, lo sé, pero no puedo evitarlo. En mi interior conviven la luz y la oscuridad, entrelazadas como amantes prohibidos, susurrándose secretos que no siempre logro comprender. Anhelo la pureza, esa gracia celestial que se desliza entre los sueños de lo divino, pero también siento la llamada de lo sombrío, de lo terrenal y lo prohibido, que late en las profundidades de mi ser como un tambor sordo, constante.

Si fuese un ángel, mis pensamientos serían destellos de amor, chispas que iluminan las sombras de los perdidos. Me movería con la ligereza de quien ha visto la verdad y ha decidido compartirla, sin arrogancia, solo con la humildad de quien comprende el dolor y lo convierte en belleza. Pero en mi deseo de ser un demonio, me atrae la libertad salvaje, esa capacidad de abrazar el caos, de ser la chispa que enciende la rebelión en el corazón de los hombres, de desafiar las reglas y de explorar los rincones más oscuros del alma, donde se esconden los deseos más profundos y primitivos.

Ser un demonio, para mí, no es simplemente encarnar el mal. Es reconocer y aceptar la sombra que todos llevamos dentro, esa parte de nosotros que se deleita en la pasión desenfrenada, en la intensidad de las emociones que queman, que arrasan con todo a su paso. Ser un demonio es ser honesto con lo que soy, con lo que somos todos en lo más profundo: seres de luz y de sombra, atrapados en un constante tira y afloja entre el bien y el mal, lo correcto y lo prohibido.

Entonces, quiero ser ambos. Quiero volar con la ligereza de un ángel, llevando paz y amor a donde sea que vaya, pero también quiero sumergirme en las profundidades, sentir el fuego en mis venas, explorar los límites de lo que es posible, lo que es permisible. Quiero ser completo, aceptar mis contradicciones, no como debilidades, sino como la verdadera esencia de lo que soy. Porque al final, ¿no somos todos ángeles y demonios en un solo cuerpo, en un solo ser, luchando por encontrar el equilibrio entre lo celestial y lo terrenal?

En una noche de lluvia

Ficción

En una noche de lluvia, bajo la luna oriental, donde las sombras danzan con licor de encanto pagano, se encontraba un hombre, envidiado por su ardor, consumido por el fuego de sus sueños traicioneros. Con bastante prisa, se zambulló en el brezal, doce carnes confidenciales le pesaban como nido de pesadilla, y en su alma, aún ligero remordimiento, como sombra que asfixiarse teme en la oscuridad. Miradas que representan la camaradería perdida, calesas de viejas ciudades cargadas de mentira y riquezas, mientras él, en su ímpetu, buscaba la plenitud, renovándose en cada encuentro con lo desconocido. Hombre que puede enloquecer en el consumo de la vida, abandonándose a la intensidad de la noche, mientras las figuras de antaño, como sombras, lo siguen, dando vueltas en su mente, como si fueran eternas compañeras. Y así, entre sueños y realidad, va el hombre, como arado que surca las repúblicas límpidas del alma, buscando la voz de un ángel en cada esquina, encontrando en cada paso el poder de su propio discernimiento. Las bellas hadas de la noche le susurran palabras de aliento, mientras la vieja mentira de la sociedad se desvanece, y él, con paso firme, sigue su camino, sabiendo que en cada paso se encuentra más cerca de su propia verdad. En el brezal de la vida, donde las sombras se confunden con las luces, hallé un hombre que representaba el ardor de doce carnes envidiadas. No había prisa en su paso, solo una calma ligera que se zambullía en los sueños de la noche. Las calesas de la envidia pasaban veloces, llevando consigo las miradas que vieran el consumo de la traición. En ese escenario, donde la lluvia caía como licor pagano y el encanto de la camaradería se diluía en el fuego de las pasiones, me encontré a mí mismo, abandonándome a la intensidad de los sentimientos. Entre sueños y pesadillas, entre la voz del pasado y el eco del futuro, escribí en el hospital de la vida los versos de mi existencia. Allí, donde las máscaras de la realidad se desvanecen y las muecas de la verdad se dibujan en las caras plenas de los maestros del destino, me vi renovándome, encontrando en cada esquina un ángel que me guiaba hacia la plenitud. En la plenitud de la noche, bajo la luna oriental que iluminaba los nidos posibles de otros tiempos, me hallé asfixiándome entre las palabras no dichas y los gestos no realizados. Pero aún así, bajo el peso del remordimiento ligero y el encanto de las palabras antiguas, seguí adelante, buscando la voz eterna que me acompañara en el viaje hacia las repúblicas límpidas del alma. Y así, entre ciudades giradas por el tiempo y campos cargados de bellas hadas y mentiras ocultas, proseguí mi camino con el discernimiento como arado y las manos poderosas de la experiencia como compañeras. Porque en este viaje hacia lo desconocido, donde el consumo puede enloquecer y las riquezas pueden ser una ilusión, solo el encuentro con el otro, con el amigo de siempre, puede dar sentido a la vida y encontrar el verdadero tesoro: la amistad.

Letanías

Ficción

Las letanías son una oración católica compuesta por una serie de invocaciones, cada una seguida de una respuesta de la congregación. Las letanías se cantan o recitan en un patrón antifonal, en el que un líder o cantor hace una petición y los fieles responden con una respuesta preestablecida.

Las letanías pueden estar dirigidas a Dios Padre, Jesucristo, el Espíritu Santo o la Virgen María, y también pueden incluir invocaciones a los santos y ángeles. Cada invocación generalmente se repite varias veces antes de pasar a la siguiente, y las letanías pueden durar varios minutos o incluso más de una hora.

Las letanías se han utilizado en la Iglesia Católica desde la Edad Media y son una forma popular de oración en muchas culturas católicas. La oración de las letanías se considera una forma de meditación y contemplación, y se utiliza a menudo durante la Cuaresma y otras épocas litúrgicas importantes.

📿
Letanías is a Spanish word that translates to «litany» in English. In the context of religion, a litany is a prayer consisting of a series of petitions that are usually sung or chanted. It is often used in Catholic and Anglican worship services, and typically involves the repetition of a phrase or response by the congregation after each petition made by the celebrant or cantor. The litany may also include invocations of saints or other holy figures, as well as pleas for mercy and forgiveness.