Noche

Poesía

He pasado la noche
como quien debe una muerte
y no recuerda a quién.

El miedo
ha aprendido mis huesos
antes que mi nombre.

Hay animales
que nadie cría,
criaturas sin infancia,
y vienen
desde la costumbre del sueño
a sentarse en mi pecho,
como si mi respiración
les perteneciera desde siempre.

No duermo.

Soy dormido.

Entre los fantasmas
hay uno que se parece demasiado
a la sombra que dejo
cuando todavía es de día.

Pido una tregua.

El cigarro sube
como un pobre cielo deshecho,
y el humo,
que debía marcharse,
regresa convertido
en un panal de agujeros
donde la noche
me mastica despacio.

Las puertas
lloran viento.

Las ventanas
no saben cerrar
la herida del aire.

Mis orejas,
equivocadas de cuerpo,
quieren ser alas;
pero sólo consiguen
el zumbido interminable
de los insectos
que también buscan
un lugar donde sufrir.

Entonces llegan.

No tienen nombre
porque el dolor
nunca lo necesita.

Se alimentan
de esa fruta invisible
que madura
entre la vergüenza
y la carne.

Y yo,
más pequeño que mi propia cabeza,
levanto la almohada
como quien levanta
la última piedra
contra el cielo.

Amanece.

Pero el alba,
pobre también,
entra descalza
y no encuentra
a quién salvar.

Confesiones …

Ficción

Entre los papeles de un culto pasado encontré una observación sorda: «Todo relámpago llega velado porque el universo no tolera verse de una vez». Comprender aquella frase era un vasto sueño, tan inexpresable como recordar un rostro que aún no ha existido. Desde entonces me persigue un viajero de vestiduras gastadas, cuyo cuello inclinado y cuyo pelo inmóvil parecen conservar la paz de los condenados.

Me habla con ritmos que las brisas traducen apenas. Dice que amaré escapar cuando me complace serme otro; que los desiertos avanzan mientras las vidrieras de las ciudades reflejan una mujer siempre desconocida. Yo, pobre, desesperado, digo que pude dirigirme hacia ella, pero los impulsos regresan preguntándome si el sentido de la noche no consiste precisamente en eludir toda respuesta.

He visto bloques de piedra donde antiguos sufragios prometían una recompensa; populares doctrinas que admiraba y que ahora desaparecido el fervor apenas conservo como una afición. Los monjes de una escolanía, después de una buchada de vino bebido en silencio, aseguraban que los ideales cortarán el tiempo como un espejo. Los occidentales los escuchaban con esa estupidez integrada que confunde la fe con la costumbre.

La aurora fluye ante mí. Las añoranzas van y regresan, cuidan y elude toda certeza. Soy el hombre que quiso jugar con el laberinto y terminó siendo observado por él. Si alguna divinidad pudiera ayudar, acaso respondería lo único que todavía ignoro: cuándo deja uno de buscar el sueño para descubrir que el sueño, desde siempre, era quien buscaba al soñador.

La muerte de pan silencioso

Poesía

Había en ti una muerte de pan silencioso, una sed que bebía las ternuras hasta romper los huesos. El luto no confesaba nada; apenas respiraba entre nosotros como un animal cansado. Los celos, mientras tanto, levantaban sus pequeñas guerras bajo este día estéril, hecho de desdenes que ya nacían viejos.

También la victoria puede doler cuando llega descalza. La cargan los humildes como quien sostiene una piedra tibia contra el pecho. Los otros, en cambio, celebraban con una alegría mutilada, riéndose desde la herida que ellos mismos se habían abierto. Qué pobres resultaban en su estruendo.

Atravesaban sin permiso la tierra seca, donde el polvo parecía recordar nombres que nadie pronunciaría otra vez. El aire olía a criaturas abandonadas, a un mundo que persistía pese a su propia vergüenza, mientras las guerras seguían alimentando al animal ciego que todos soñamos alguna vez. Allí lo inerte pesaba más que la sangre; lo infantil envejecía de pronto; hasta el dolor inventaba su propio cuerpo para seguir respirando.

Yo vivía, extraviado entre aquellos misterios, como si el sueño hubiese aprendido a abrir los ojos sin despertar jamás. Todo pasaba lejos y, sin embargo, me atravesaba de rodillas: los fantasmas, los reyes sin reino, la suerte endurecida, los magos incapaces de devolverle el pulso a la tierra.

Pero él seguía amando aquellos estribillos.

Y esa fidelidad, tan pequeña y tan inútil, era quizá lo único que todavía no había sido derrotado.

 

I. Los que no nos vieron

Los que no nos vieron
todavía creen que el mundo
cabe entero dentro de una ventana.

Ignoran el hambre
que tienen las manos
cuando aprenden el nombre de otra mano.

Nosotros pasamos
como pasan los pozos:
guardando una sed
que nunca fue del agua.

Y nadie supo
que una sombra puede abrazar a otra
hasta dejarle luz.

II. La muerte de pan silencioso

Había una muerte
hecha de pan silencioso.

No venía a llevarse a nadie;
se sentaba a la mesa,
partía la tarde en migas
y esperaba.

La mordíamos sin saberlo.

Por eso el hambre
se parecía tanto a la memoria,
y el trigo,
después de haber sido esperanza,
terminaba pareciéndose a una piedra.

Quién diría
que también el pan
aprende a llorar por dentro.

III. Victoria descalza

Llegó sin trompetas.

Traía los pies
llenos de polvo y espinas,
como quien ha cruzado
todos los fracasos
para encontrar apenas
un rincón donde respirar.

Nadie la reconoció.

Los vencedores
iban demasiado ocupados
contando sus medallas.

Ella,
la verdadera,
se quitó el último dolor de los hombros
y siguió andando,
porque sabía
que el camino nunca aplaude
a quien lo sostiene.

CONDENADOS

Ficción

Salió como un lobo, dispuesta a que le concedieran la confesión de su crimen. Una comezón le rondaba. Cómo pido a los verdugos mis derechos, pensaba. Había asistido alguna vez, desde los camarines, a las sofocadas ejecuciones. Antes de ser los bribones apestados de aquella sociedad, jugaban su partida sin miedo. Pero ahora tocaba descansar y el pesar les era devuelto con las mismas culatas que usaron para sus crímenes. Perdían la compostura y sólo se rendían de cansancio.

Ella, seducida por aquel espectáculo, gritaba y gruñía con desdén.

Yo no me comporto con esas embusteras tristezas de rata.

Para ella eran como un oráculo: apuntaba los números de cada condenado en sus libritos de Cymeria y les dibujaba unas huríes bien entradas en mantecas. Luego volvía a los albergues que frecuentaba. Buscaba remedios, salidas, túneles…

Hallándome así de despechada es absolutamente imposible encontrarlas.

Eran demasiado antiguas. Había que buscar entre nuestra carne como un leproso busca la parte del cuerpo que aún recuerda haber sido suya.

Fue entonces cuando comprendió que los túneles nunca habían estado bajo la ciudad.

Estaban bajo los nombres.

Cada hombre llevaba excavado un pasadizo invisible entre la palabra con que era conocido y aquella otra, secreta, que jamás pronunciaba. Los jueces condenaban el primer nombre; el segundo permanecía intacto, como una moneda enterrada bajo un templo derruido. Quizá por eso los verdugos parecían fatigarse antes que sus víctimas: mataban únicamente el vocablo visible.

En los albergues de Cymeria circulaba una superstición que los eruditos despreciaban y los mendigos transmitían con escrúpulo religioso. Aseguraban que, al copiar suficientes números de condenados, éstos terminaban por ordenarse solos. No obedecían a la cronología ni a la culpa, sino a una aritmética cuyo inventor acaso fuera Dios o el Demonio, diferencias que en aquella ciudad eran puramente administrativas.

Una madrugada extendió sus cuadernos sobre la mesa de una posada. El aceite de la lámpara agonizaba. Sumó los guarismos por simple aburrimiento y obtuvo siempre el mismo resultado.

Tres.

Probó con otros métodos. Agrupó los reos por edad, por oficio, por delito, por la forma de caminar hacia el cadalso. El resultado persistía.

Tres.

No sintió sorpresa. Hay descubrimientos que el alma reconoce antes que la inteligencia. La sorprendió, en cambio, advertir que los dibujos de las huríes habían cambiado. Ya no eran mujeres grotescas de abundante carne. Eran tres figuras idénticas, cubiertas por velos, que parecían observarla desde el papel con una paciencia mineral.

Pensó en romper los cuadernos.

No lo hizo.

Los libros poseen una forma peculiar de voluntad. Todo lector cree abrirlos; pocas veces sospecha que son ellos quienes lo han abierto a él.

A la mañana siguiente visitó el archivo de las ejecuciones. El anciano que custodiaba los registros le aseguró que muchos folios se habían perdido durante un incendio. Sin embargo, al recorrer los anaqueles encontró un volumen encuadernado en piel cenicienta que no figuraba en catálogo alguno.

No llevaba título.

Sólo un triángulo grabado en seco.

Lo abrió al azar.

Las páginas no contenían nombres de ajusticiados, sino de espectadores.

Comprendió entonces, con un terror singularmente sereno, que el verdadero censo de la ciudad nunca había contado a los culpables.

Contaba a quienes necesitaban contemplar el castigo.

Buscó el suyo.

No tuvo que pasar muchas hojas.

Su nombre aparecía escrito varias veces, con caligrafías distintas y fechas separadas por siglos. Junto a la primera inscripción alguien había añadido una nota marginal:

«Asiste por primera vez. Cree venir por curiosidad.»

En la segunda:

«Empieza a tomar apuntes.»

En la tercera:

«Ya no distingue entre el verdugo y el penitente.»

Las anotaciones posteriores estaban en blanco.

Esperaban ser escritas.

Cerró el volumen con lentitud. Por un instante creyó oír, detrás de los estantes, la respiración de alguien que conocía desde siempre. No era la de un hombre. Tampoco la de un animal. Era el rumor de una inteligencia que aguardaba el momento preciso para ser recordada.

Entonces comprendió por qué los albergues, los túneles y los remedios eran siempre demasiado antiguos.

No los buscaba ella.

Ellos la estaban buscando desde el principio.

El reino vacío /3

Poesía

Y la profecía no terminó,
porque las profecías verdaderas jamás concluyen;
se pudren lentamente dentro de los siglos
como frutos negros olvidados bajo el trono.
Los hombres creen que el Apocalipsis llegará con trompetas,
cuando en realidad comienza en oficinas iluminadas,
en mercados donde se vende la voz de los niños,
en templos donde la misericordia paga alquiler.
Magnífica especie la nuestra.
Inventó la poesía y también los impuestos.

Entonces la torre Habré abrió su séptima ventana,
y del hueco salió un río de caballos transparentes.
Sus crines estaban hechas de recuerdos,
y cada casco golpeaba el suelo
como una campana enterrada.
Los nobles huyeron hacia los puertos,
cubriéndose con ropa de luto y oro,
mientras los profesores discutían todavía
si el incendio representaba una metáfora
o una simple catástrofe histórica.
El fuego, mientras tanto, seguía trabajando.
Muy dedicado él a su furia crematoria.

María Moderno reapareció en la costa
rodeada de muchachos mudos y vírgenes ancianas.
Traía una lámpara construida con huesos de ave
y una lengua marcada por signos violetas.
“Escuchad,” dijo,
“porque el hierro ha aprendido a soñar
y los continentes comenzarán a caminar.”
Y al decir esto,
los mares abandonaron sus fronteras
como perros cansados de obedecer.

Vi ciudades enteras elevarse en vuelo,
arrastradas por campanas invisibles.
Los altares prohibidos volvieron a abrir sus ojos,
y de los sotos emergieron criaturas cubiertas de cal,
cantando en una consonante antigua
que hacía temblar los ataúdes bajo tierra.
Los muertos deseaban regresar,
pero la tierra ya no los reconocía.

En aquella época última
el matrimonio entre hombre y sombra sería celebrado
por sacerdotes sin rostro,
y las madres entregarían a sus hijos
al público rugiente de las plazas mecánicas.
Cada aplauso arrancaría un recuerdo;
cada pantalla devoraría una luna.
Porque la nueva infamia no necesitaría cadenas:
los prisioneros amarían su encierro
y pedirían más luz para no mirar el cielo.

Mas en el campo lejano aún resistía
un pequeño coro de mendigos y muchachas.
Bebían agua fría en vasijas rotas
y pronunciaban el nombre secreto de María
sin repetirla jamás del mismo modo.
Sabían que toda palabra fija muere,
y que sólo vive aquello que cambia
como el mar, como el fuego, como la misericordia.

Entonces el ave primitiva descendió por última vez.
Sus alas cubrieron la torre Habré
y oscurecieron el sol durante siete días.
En su pico traía una llave hecha de silencio.
María la tomó entre sus manos quemadas
y abrió una puerta invisible en el aire.

Detrás no había paraíso.
Había un jardín sencillo,
un campo con violetas,
niños dormidos bajo árboles blancos,
y ancianos riendo sin miedo.
La revelación final resultó ser eso:
no el poder, no el imperio, no la eternidad,
sino la humilde posibilidad
de que un ser humano mire a otro
sin deseo de poseerlo o destruirlo.

Y los cielos lloraron fuego dulce sobre la tierra renovada,
mientras la vieja barca continuaba alejándose
hacia mares que ningún mapa merece conocer.

Y sin embargo sigo

Ficción

…y sin embargo sigo, como si la tinta tuviera pulso y me empujara desde adentro. Las palabras se me pudren en la boca antes de nacer, pero igual las escupo, torcidas, medio vivas. La musa, caprichosa, bosteza entre líneas y me deja solo con este zumbido que no es idea ni silencio, apenas un eco. Camino sobre frases que ya han sido dichas por otros con mejor voz, con menos prisa, y me pregunto si escribir no será apenas reciclar cenizas. Todo parece repetido, como una canción que insiste aunque nadie la pida. Y aun así, algo se obstina en rasgar la hoja, en abrir un hueco donde tal vez entre aire. Quizá no se trata de decir algo nuevo, sino de fallar de otra manera. Dejar que el error respire, que el balbuceo tenga su propia música. Entonces escribo, no por fe ni por talento, sino por terquedad: por no cerrar la puerta del todo, por si acaso, entre tanto ruido, aparece una chispa que no huela a lo de siempre.

La curva del tiempo

Ficción

Entonces escapé. No fue una fuga en el sentido vulgar de la palabra, sino una suerte de desplazamiento en el tiempo de mi propia conciencia, como si un hilo —invisible y obstinado— me hubiese arrancado de aquel instante para arrojarme a otro que, sospecho, ya había sido vivido por alguien más. Comprendí, al cabo de unas horas o de unos siglos (las medidas se vuelven inútiles cuando el miedo las deforma), que no huía de ellos, sino de una versión de mí que ellos conocían mejor que yo mismo. Esa revelación, lejos de aliviarme, me condenó a una vigilancia perpetua. ¿Quién era el perseguido y quién el perseguidor? En los claros del monte, donde el silencio adopta formas casi humanas, creí oír mi nombre pronunciado con una entonación que no me pertenecía.

No eran nuestras esas voces, dije —o creí decir—, pero la afirmación se desmoronó pronto. Toda voz, incluso la más ajena, acaba por infiltrarse en la memoria y reclamar una filiación. Así, lo que antes eran ecos comenzó a parecerme recuerdos; y lo que yo llamaba recuerdos, quizá no eran sino anticipaciones de un destino que se repetía con tediosa exactitud. Avancé sin rumbo, guiado por una intuición que no sabría justificar. Cada paso era, al mismo tiempo, una elección y una obediencia. Pensé en los antiguos laberintos, no en los de piedra sino en los laberintos del tiempo, donde cada bifurcación no conduce a un lugar distinto, sino a una variación imperceptible del mismo lugar. Tal vez yo ya había escapado antes. Tal vez este relato —que ahora persisto en ordenar— no sea más que la copia defectuosa de otro que alguien escribió en mi nombre.

Y sin embargo, hay un detalle que me concede una ilusión de singularidad: el cansancio. No el del cuerpo, que es trivial, sino el de la identidad. Me pesa ser yo, me fatiga sostener esta continuidad que otros llaman vida. Sospecho que ellos, mis perseguidores —si es que existen—, no buscan mi muerte, sino mi sustitución. Alguien ocupará mi lugar con una precisión intolerable, repitiendo mis gestos, mis dudas, incluso estas palabras. Si eso ocurre, si este “yo” se disuelve en otro que lo imite con perfección, entonces mi escape habrá sido inútil. Pero también —y esta idea me consuela con una lógica casi cruel— habrá sido inevitable. Porque en algún punto del monte, en alguna curva del tiempo, otro hombre, idéntico a mí, estará escribiendo estas mismas líneas, convencido de haber escapado de los laberintos del tiempo.

No hay silencios limpios

Ficción

El agua cae con una disciplina que envidio. No duda, no se arrepiente, no recuerda. Yo, en cambio, repaso cada escena como si pudiera torcerla a mi favor con solo mirarla de otro modo. El vapor empieza a cubrir el espejo, y agradezco no tener que sostenerme la mirada esta vez. Hay días en que uno preferiría no ser testigo de sí mismo.

La casa está en silencio, pero no es un silencio limpio. Hay pasos que no se han dado aún, palabras que ya se han dicho demasiadas veces, y ese rumor leve —casi indecente— de lo que sabemos que va a ocurrir. Llegarán. Siempre llegan. Como si alguien hubiera escrito sus nombres en el margen de esta historia y no quedara más remedio que hacerlos entrar.

Me sumerjo un instante, lo justo para que el mundo se apague. Bajo el agua no hay crónica, no hay culpa, no hay esas miradas que pesan más de lo que deberían. Solo un latido, torpe pero insistente, recordándome que sigo aquí, a pesar de todo. Salgo con el cabello pegado al rostro, como si acabara de nacer en un lugar que no pedí.

Sobre la mesa, el cuaderno espera abierto, arrogante, como si supiera que volveré a él. La tinta se ha secado en mitad de una frase que no tuve el valor de terminar. Quizá porque escribirla sería admitir demasiado. Quizá porque hay verdades que solo funcionan mientras permanecen a medio decir.

Escucho la primera señal: un golpe leve en la puerta, casi respetuoso. Qué consideración tan inútil. Nadie llama así si no viene a remover lo que uno ha intentado enterrar.

Seco mis manos con calma, porque fingir control es lo único que todavía me sale bien.

—Ya voy —digo, aunque nadie ha preguntado.

Y antes de abrir, antes de permitir que entren con sus sonrisas y sus secretos a medio coser, miro el cuaderno una vez más. Esta vez no lo cierro. Esta vez dejo la página expuesta, como una herida que ha decidido no disimularse.

Que pase lo que tenga que pasar. Total, ya estamos demasiado dentro como para salir ilesos.

RITO DE OSCURIDAD

Ficción

No estamos llenos –dices– y bien, qué más da. Todo aumentará de nuevo algún día, incluso los gusanos recorriendo tus góticas arterias. Con nueva índole –lo sé– me regalarás aquel puro y aquellas ligas de color rojo que te pedí, estoy segura. Vale, he comprendido, hoy no te mato. Conservarás tus hombros, tu familia. A oscuras, a ciegas… reconocerás que te gustaban mis irreductibles piernas. Oh corazón, quiero lavarme, ya no me rindo a tu caricia. Vete segurísimo, pues tus grotescos encantos ya no me ponen en marcha. Conservo tan sólo el exclusivo recuerdo de un saltimbanqui que me llenaba de besos. Sobre mi eterna y joven piel sólo se corren ahora los demonios en violentas sacudidas. Ya soy, al fin, la Venus de alma tétrica que ha sido testigo severa de terribles deformidades y quimeras. Es asqueroso, ciertamente… Pero mis facultades, al menos, sorprenden a estas incautas gentes. Como es debido, cada víspera me levanto y elijo con cual de ellos volveré a fornicar. Hay esqueletos muy rezagados y tontos, sin duda, pero que gritan hasta ascender al placer inconmensurable de mis atroces lujurias. Retuerzo sus raíces, soy mala –lo sé–. Sobre el taller florido de mi pecho, que allí anda suelto todo el día, pongo también a la virgen pecadora y la azoto, le castigo las nalgas y los pechos. ¿Quién queda viva? Alguna burda protectora de los mártires, entrenada a sufrir. Pero entonces le regalo mis joyas y como una corderita regresa rauda… y adiós Gracia. Vale, corazón, nadie te obliga hoy, estás de suerte. Me lo hacían, sí, si tu querías. Y ¿adónde voy ahora sobre este terreno pantanoso? Vos sois el proveedor de mis defectos modernos y repugnantes. Pero en gritos de vanidad te llegará la locura –lo sé–. Entra, sigue mi consejo. Ahora recordarás cuando rodábamos hacia la mortal luz que nos rodea y entendí que aquel rodar no era huida sino rito. La luz nos rozaba como un animal cansado, y en su resplandor enfermo aprendimos a mentirnos con elegancia. Yo te miraba desde mi trono de carne intacta, y tú creías aún que el sacrificio era compartido. No lo era. Nunca lo fue.

Se alzaron campanas mudas bajo el fango y el aire se volvió espeso, ceremonial. Caminé. Cada paso arrancaba un recuerdo que dejaba atrás como una prenda usada. Mi nombre, mis pactos, tu sombra. Todo quedó allí, fermentando. Yo avancé sola, ungida por mi propia blasfemia.

Si vuelves a llamarme, será tarde. Tendré la boca sellada por flores negras y los ojos llenos de vísceras. No pediré, no prometeré. Seré estatua y herida a la vez. Y cuando mires atrás, con la fe hecha astillas, comprenderás por fin que no eras tú quien me perdía, sino yo quien aprendía a quedarme.

Quedarme fue aprender el peso exacto de mi nombre. Ya no lo pronuncio: lo deposito en cuencos de sombra para que se enfríe. Tú sigues buscando señales, un hilo, la migaja de una promesa. No hay. Hay ceniza ordenada, hay disciplina en el temblor.

Cruzo el pantano sin dejar huellas. Las criaturas me saludan con su silencio aprendido y yo les devuelvo la frente intacta. He hecho del rechazo un método y de la memoria un espejo empañado. Si algo duele, es antiguo; si algo arde, es porque quiere durar.

No me reclames el gesto que te salvaba. Ahora mi misericordia es exacta como un filo. Recojo las máscaras que dejaste caer y las cuelgo a secar en la noche. No me siguen. No me pertenecen.

Al final del sendero, donde la luz vuelve a ser mortal, me detengo. No para mirar atrás, sino para cerrar los ojos y escuchar cómo el mundo se recompone sin nosotros. Entonces avanzo. No hay triunfo ni caída. Hay forma. Y en esa forma, por primera vez, descanso.

Un grito que no alcanza

Poesía

Negro
demasiada compondrán
tesoro en aromas extraviadas
de un otoño que se astilla.

Sabiduría
mendigos desearía
poderes en el puño,
camino que se entrega
al golpe,
andar que no pregunta.

Sombra
cuyas edades contestan
lo amable encontrado
al atar
lo pagano,
la dicha otorgada
en desenvolvimientos rotos.

Yo también sentía entonces
la magia de la luz
tras queridos armad,
hallo quienes entre zarzas
vacían el mundo
y lo oxidan.

Temporada de esperanza
fingía ser mirada,
seguirlo al abismo,
familias en el vientre
habían explicado
lo que gira
luego
aquí
en su instinto ciego.

Guijarros para pensar,
moda que haya llevado
a dormir tumbado el día.

Trague tres
muda adopté acciones,
horrores
existencias
mejor
ambiciones.

No tengo otra manera
de gritar.

CONDENADA

Ficción

Salió como un lobo dispuesta a que le concediera la confesión de su crimen. Una comezón le rondaba. Cómo pido a los verdugos mis derechos -pensaba. Había asistido alguna vez desde los camarines a las sofocadas ejecuciones. Antes de ser los bribones apestados de aquella sociedad, jugaban su partida sin miedo. Pero ahora tocaba descansar y el pesar les era devuelto con las mismas culatas que usaron para sus crímenes. Perdían la compostura y sólo se rendían de cansancio. Ella, seducida por aquel espectáculo, gritaba y gruñia con desdén. Yo no me comporto con esas embusteras tristezas de rata -pensaba. Para ella eran como un oráculo: apuntaba los números de cada condenado en sus libritos de Cymeria y les dibujaba unas huríes bien entradas en mantecas. Luego volvía a los albergues que frecuentaba. Buscaba remedios, salidas, túneles… Hallándome así de despechada es absolutamente imposible encontrarlas -pensaba. Eran demasiado antiguas. Había que buscar entre nuestra carne como un leproso…

Salió otra vez, con esa terquedad suya que tenía más de fiebre que de coraje. Caminaba como si cada baldosa fuera a confesarle un secreto, aunque ya sabía que el mundo no suelta nada sin cobrarte primero la piel. La comezón seguía, clavándose en su nuca como si alguien la hubiera marcado sin avisar. Tal vez lo habían hecho. En ese lugar todos estábamos marcados, solo que unos tenían la decencia de admitirlo.

Se detuvo frente al muro de arcilla rojiza donde, según los viejos del hospicio, habían arrastrado a los primeros criminales para “purificarlos”. Una tradición encantadora, propia de gente que desayunaba supersticiones y cenaba resentimiento. Ella frotó la superficie con los nudillos. La arcilla respondió con un grumo que se desmoronó, dejando ver un hilo oscuro debajo. Carne vieja. O cicatriz. O recuerdo que se niega a morirse.

Esto podría ser una señal, se dijo, aunque lo hizo con esa ironía suya que siempre parecía una bofetada al destino. Las señales eran muy suyas: o no llegaban nunca, o llegaban en forma de cadáver. Aun así, siguió rascando. La arcilla cayó a montones, y aquello que había debajo empezó a hincharse como un pulmón que recupera el aire después de un ahogamiento demasiado largo.

Una voz, tiznada de polvo y abandono, salió de ese hueco recién abierto.

¿Ya vienes a buscar lo que te toca?

Ella retrocedió, no mucho, solo lo suficiente para demostrar que tenía la decencia de asustarse. La voz no tenía cuerpo, pero olía a humedad vieja, a condena sin lavar.

No quiero lo que me toca, dijo. Quiero lo que me escondieron.

El bulto dentro del muro pareció reírse. El sonido fue blando, casi un gorgoteo.

Entonces tendrás que abrir más, dijo la voz. Mucho más. Esto no se encuentra en la superficie. Ya lo sabías.

Ella tragó saliva, que le supo a metal. Volvió a meter los dedos en la arcilla, sintiendo que cada grumo era otra capa de sí misma que se desprendía. Había buscado en túneles, en letrinas, en los ojos apagados de quienes morían sin confesión. Nunca había buscado aquí, en este muro idiota que nadie miraba dos veces.

Mientras escarbaba, pensó en su propio crimen, ese que no se atrevía a nombrar. El crimen que la había vuelto loba. El crimen que ahora pedía confesión, aunque fuera a gritos. O a mordiscos.

El hueco se abrió del todo. Un resplandor débil salió de él, como una linterna agonizante.

Entra, dijo la voz.

Ella respiró hondo, y por un segundo creyó sentir algo parecido a alivio. Luego avanzó, con esa mezcla de rabia y devoción que siempre la había acompañado, y dejó que el muro la tragara.

Los secretos de su crimen no van a resultar un catálogo cualquiera de fechorías. Eso sería demasiado cómodo para ella. Lo que está enterrado detrás de ese muro es algo peor: la parte de sí misma que nunca quiso admitir que había creado. Porque no mató a nadie por accidente ni por defensa ni por un rapto heroico de furia. Lo hizo con cálculo, casi con ternura. Eligió a su víctima como quien elige una palabra exacta en un poema. Y lo que la persigue no es la sangre, sino el motivo.

El crimen que cometió fue un pacto. Entregó algo vivo para que algo muerto despertara. Y aunque durante años intentó convencerse de que la habían obligado, la verdad es que el trato la sedujo. Ella quería poder. No el poder barato de los verdugos ni el poder patético de los bribones que chillaban en las ejecuciones. Algo más antiguo. Más profundo. Más suyo.

Eso es lo que el muro está a punto de devolverle: el rastro del pacto, la criatura que nació de él y la deuda que nunca pagó. Y como cualquier deuda bien amasada, viene con intereses obscenos.

Cuando el muro termine de abrirse, lo que salga no será una confesión. Será un reconocimiento, la clase de verdad que desarma más que cualquier castigo. Un espejo vivo, moldeado por su culpa, dispuesto a reclamar lo que falta para completarse.

El muro terminó de abrirse con un suspiro lento, casi aliviado, como si llevar siglos guardando ese secreto le hubiera podrido las entrañas. Ella avanzó, tragándose el temblor de las piernas. Qué remedio. Cuando te persigue tu propia obra, esconderte solo alarga la humillación.

Adentro no había pasadizo ni cámara ritual ni ninguna de esas tonterías que tanto prometen los viejos. Solo un espacio estrecho, húmedo, iluminado por una luz que parecía recordar el color más que emitirlo. Y en medio, aguardando con la paciencia de un depredador educado, estaba la criatura.

No tenía forma definida, porque claro, ¿por qué iba a facilitarle las cosas? Era una sombra con bordes de carne, un murmullo con respiración. Pero esos ojos… esos ojos eran suyos. No parecidos. Suyos. Como si los hubiera dejado allí el día del pacto y no se hubiera dado cuenta de que caminaba por el mundo sin mirar de verdad nada desde entonces.

La criatura se incorporó, movida por un temblor antiguo.

Falta algo, dijo. Siempre ha faltado.

Ella respiró hondo, sabiendo que mentir era inútil. Había dado media vida para encender esa cosa y después había intentado enterrarla, como si la tierra fuera una niñera dispuesta a cargar con sus caprichos.

Sí, dijo. Lo sé.

La criatura extendió una mano que oscilaba entre garras y dedos humanos. Qué bonita metáfora, casi daba coraje. No pedía sangre, ni sumisión, ni ofrendas melodramáticas. Solo reclamaba lo que ella se quitó para sobrevivir: su propia voluntad desnuda, la que no necesitaba excusas, la que había usado para matar.

Ella se acercó y, por primera vez en años, dejó caer la máscara que llevaba puesta como un bozal. Se sintió ridícula y libre al mismo tiempo. El contacto fue breve, apenas un roce, pero bastó para que la criatura se estremeciera y se plegara, absorbiendo la parte perdida como un organismo que finalmente se completa.

Cuando abrió los ojos, ya no había criatura ni muro ni arcilla. Solo ella, en pie, con un peso menos y otro distinto, más honesto.

El crimen seguía existiendo, pero ya no tenía que perseguirlo como una loba. Era suyo. Podía cargarlo sin esconderse. Podía empezar, por fin, a caminar sin que el pasado le ladrara desde las sombras.

Salió a la calle. El aire estaba frío. Y por una vez, no le molestó.

Sans adieu

Ficción

 

Sí. Me gusta morderle el cuello como una rata que ha decidido olvidar su condición de sombra. También, dicho en voz baja y sin necesidad de paréntesis, en la entrepierna. Siempre ha sido un juego extraño entre nosotros, un contrato tácito donde la piel es territorio y la respiración, frontera. En el interior del coche, la luz del amanecer entra temblando por el parabrisas como si dudara de su propio derecho a existir.

Cierra la guantera, le digo, porque la tapa vibra con cada bache del camino y me pone nervioso. Ella obedece despacio, como si cada gesto cargara un significado oculto. Es una moraleja tu mirada, contesta sin mirarme. Su voz se derrama por la cabina, espesa y dulzona, incapaz de decidir si es burla, advertencia o simple ruido.

Son veinte pavos, digo al fin, intentando volver al terreno firme de lo concreto. Nunca funciona. Ella toma los billetes y los esparce en el aire con un gesto teatral, casi solemne, como un árbol que acepta que el otoño es un destino y no una estación. Los papeles caen sobre nosotros con suavidad, rozando mejillas y muslos, dejando un perfume a tinta y abandono.

Gracias, digo, bonita demostración de poder. La frase flota entre ambos, cargada de un sarcasmo que ninguno quiere reconocer abiertamente. Luego todo ocurre rápido, casi con la limpieza de un acto mecánico: la culata del arma baja en un arco preciso, chocando contra su cabeza con un sonido hueco, casi elegante. Durante un segundo su cuerpo parece querer responder, pero la conciencia se desploma antes de encontrar palabras.

¿Puedo fumar?, pregunto al vacío. Esta vez no recibo ni un murmullo, ni una frase enigmática, ni una de esas respuestas suyas que siempre parecían sacadas de un libro leído demasiado joven. Solo el susurro del viento entrando por la ventana entreabierta.

Oh mundo, pienso mientras enciendo el cigarrillo. Qué precio tiene la cultura, y qué barato lo que se paga por la carne. La primera bocanada me lleva de vuelta a la infancia, a los patios donde se jugaba a morir y resucitar sin comprender del todo que un día el juego sería la vida real. Recuerdo un polvo apresurado entre los senos de una vecina mayor, un memento mori improvisado que no supe interpretar, y la risa ligera de una mosca posándose en mi cuello sudado como si quisiera bautizarme.

Regreso al presente con el cigarrillo consumiéndose entre mis dedos. Muevo el cuerpo inerte hasta apoyarlo sobre la vaca del coche, como quien coloca una prenda demasiado usada en un perchero destinado al olvido. El motor aún tiembla, expectante. Con una calma que no entiendo, ni intento entender, pongo marcha atrás, coloco el vehículo mirando hacia el barranco y dejo que el peso de la gravedad haga lo que siempre ha querido hacer conmigo.

El coche se precipita con un grito metálico que no pertenece a ningún idioma. Lo observo perderse entre las rocas, una caja de secretos que por fin encuentra silencio.

Adieu, sans adieu. El eco se lo lleva todo, incluso la posibilidad del arrepentimiento.

La tierra, el cielo, la historia y yo nos quedamos quietos mientras el vehículo desaparece entre pliegues irreales.

Y por un instante, muy breve, juro que la escucho reír.