Había en ti una muerte de pan silencioso, una sed que bebía las ternuras hasta romper los huesos. El luto no confesaba nada; apenas respiraba entre nosotros como un animal cansado. Los celos, mientras tanto, levantaban sus pequeñas guerras bajo este día estéril, hecho de desdenes que ya nacían viejos.
También la victoria puede doler cuando llega descalza. La cargan los humildes como quien sostiene una piedra tibia contra el pecho. Los otros, en cambio, celebraban con una alegría mutilada, riéndose desde la herida que ellos mismos se habían abierto. Qué pobres resultaban en su estruendo.
Atravesaban sin permiso la tierra seca, donde el polvo parecía recordar nombres que nadie pronunciaría otra vez. El aire olía a criaturas abandonadas, a un mundo que persistía pese a su propia vergüenza, mientras las guerras seguían alimentando al animal ciego que todos soñamos alguna vez. Allí lo inerte pesaba más que la sangre; lo infantil envejecía de pronto; hasta el dolor inventaba su propio cuerpo para seguir respirando.
Yo vivía, extraviado entre aquellos misterios, como si el sueño hubiese aprendido a abrir los ojos sin despertar jamás. Todo pasaba lejos y, sin embargo, me atravesaba de rodillas: los fantasmas, los reyes sin reino, la suerte endurecida, los magos incapaces de devolverle el pulso a la tierra.
Pero él seguía amando aquellos estribillos.
Y esa fidelidad, tan pequeña y tan inútil, era quizá lo único que todavía no había sido derrotado.
I. Los que no nos vieron
Los que no nos vieron
todavía creen que el mundo
cabe entero dentro de una ventana.
Ignoran el hambre
que tienen las manos
cuando aprenden el nombre de otra mano.
Nosotros pasamos
como pasan los pozos:
guardando una sed
que nunca fue del agua.
Y nadie supo
que una sombra puede abrazar a otra
hasta dejarle luz.
II. La muerte de pan silencioso
Había una muerte
hecha de pan silencioso.
No venía a llevarse a nadie;
se sentaba a la mesa,
partía la tarde en migas
y esperaba.
La mordíamos sin saberlo.
Por eso el hambre
se parecía tanto a la memoria,
y el trigo,
después de haber sido esperanza,
terminaba pareciéndose a una piedra.
Quién diría
que también el pan
aprende a llorar por dentro.
III. Victoria descalza
Llegó sin trompetas.
Traía los pies
llenos de polvo y espinas,
como quien ha cruzado
todos los fracasos
para encontrar apenas
un rincón donde respirar.
Nadie la reconoció.
Los vencedores
iban demasiado ocupados
contando sus medallas.
Ella,
la verdadera,
se quitó el último dolor de los hombros
y siguió andando,
porque sabía
que el camino nunca aplaude
a quien lo sostiene.
Agua, pan y derrota. Sin más.