CONDENADOS

Salió como un lobo, dispuesta a que le concedieran la confesión de su crimen. Una comezón le rondaba. Cómo pido a los verdugos mis derechos, pensaba. Había asistido alguna vez, desde los camarines, a las sofocadas ejecuciones. Antes de ser los bribones apestados de aquella sociedad, jugaban su partida sin miedo. Pero ahora tocaba descansar y el pesar les era devuelto con las mismas culatas que usaron para sus crímenes. Perdían la compostura y sólo se rendían de cansancio.

Ella, seducida por aquel espectáculo, gritaba y gruñía con desdén.

Yo no me comporto con esas embusteras tristezas de rata.

Para ella eran como un oráculo: apuntaba los números de cada condenado en sus libritos de Cymeria y les dibujaba unas huríes bien entradas en mantecas. Luego volvía a los albergues que frecuentaba. Buscaba remedios, salidas, túneles…

Hallándome así de despechada es absolutamente imposible encontrarlas.

Eran demasiado antiguas. Había que buscar entre nuestra carne como un leproso busca la parte del cuerpo que aún recuerda haber sido suya.

Fue entonces cuando comprendió que los túneles nunca habían estado bajo la ciudad.

Estaban bajo los nombres.

Cada hombre llevaba excavado un pasadizo invisible entre la palabra con que era conocido y aquella otra, secreta, que jamás pronunciaba. Los jueces condenaban el primer nombre; el segundo permanecía intacto, como una moneda enterrada bajo un templo derruido. Quizá por eso los verdugos parecían fatigarse antes que sus víctimas: mataban únicamente el vocablo visible.

En los albergues de Cymeria circulaba una superstición que los eruditos despreciaban y los mendigos transmitían con escrúpulo religioso. Aseguraban que, al copiar suficientes números de condenados, éstos terminaban por ordenarse solos. No obedecían a la cronología ni a la culpa, sino a una aritmética cuyo inventor acaso fuera Dios o el Demonio, diferencias que en aquella ciudad eran puramente administrativas.

Una madrugada extendió sus cuadernos sobre la mesa de una posada. El aceite de la lámpara agonizaba. Sumó los guarismos por simple aburrimiento y obtuvo siempre el mismo resultado.

Tres.

Probó con otros métodos. Agrupó los reos por edad, por oficio, por delito, por la forma de caminar hacia el cadalso. El resultado persistía.

Tres.

No sintió sorpresa. Hay descubrimientos que el alma reconoce antes que la inteligencia. La sorprendió, en cambio, advertir que los dibujos de las huríes habían cambiado. Ya no eran mujeres grotescas de abundante carne. Eran tres figuras idénticas, cubiertas por velos, que parecían observarla desde el papel con una paciencia mineral.

Pensó en romper los cuadernos.

No lo hizo.

Los libros poseen una forma peculiar de voluntad. Todo lector cree abrirlos; pocas veces sospecha que son ellos quienes lo han abierto a él.

A la mañana siguiente visitó el archivo de las ejecuciones. El anciano que custodiaba los registros le aseguró que muchos folios se habían perdido durante un incendio. Sin embargo, al recorrer los anaqueles encontró un volumen encuadernado en piel cenicienta que no figuraba en catálogo alguno.

No llevaba título.

Sólo un triángulo grabado en seco.

Lo abrió al azar.

Las páginas no contenían nombres de ajusticiados, sino de espectadores.

Comprendió entonces, con un terror singularmente sereno, que el verdadero censo de la ciudad nunca había contado a los culpables.

Contaba a quienes necesitaban contemplar el castigo.

Buscó el suyo.

No tuvo que pasar muchas hojas.

Su nombre aparecía escrito varias veces, con caligrafías distintas y fechas separadas por siglos. Junto a la primera inscripción alguien había añadido una nota marginal:

«Asiste por primera vez. Cree venir por curiosidad.»

En la segunda:

«Empieza a tomar apuntes.»

En la tercera:

«Ya no distingue entre el verdugo y el penitente.»

Las anotaciones posteriores estaban en blanco.

Esperaban ser escritas.

Cerró el volumen con lentitud. Por un instante creyó oír, detrás de los estantes, la respiración de alguien que conocía desde siempre. No era la de un hombre. Tampoco la de un animal. Era el rumor de una inteligencia que aguardaba el momento preciso para ser recordada.

Entonces comprendió por qué los albergues, los túneles y los remedios eran siempre demasiado antiguos.

No los buscaba ella.

Ellos la estaban buscando desde el principio.

3 Comentarios

  1. Llegue aquí por una devolución de gentilezas, por haber ingresado a mi blog y encontré un espacio más que original.
    Éxitos!!!

  2. No creas, es sólo una apreciación tuya, pero se agradece igualmente,… aunque claro comparado con el copieteo que suele haber en otros blogs no me extraña que este te parezca original (por lo menos es de cosecha propia y no ajena, jejeje…)

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