Capítulo I — La Llama que Vuelve

Ficción

Ya no espero más saqueos, ni voluntario ofrezco las hespérides que separé en mi cesto. ¿Qué importancia tiene ya? Aquellos frutos dorados, antes custodios de mis desvelos, se han tornado en presencias casi ajenas, sombras de un pasado que anidó en mí, más por terquedad que por destino. No quemará paradisíacas promesas y cielos prometidos, nunca más. Tampoco me someteré al comercio forzado de la doméstica vida, esa mecánica del gesto y la palabra que reduce a cenizas cualquier impulso de grandeza.

¿Y qué ha cedido?, ¿en busca de qué? Me hago la pregunta una y otra vez mientras observo la llanura que se despliega ante mí, silenciosa como un animal antiguo que respira sin moverse. He acabado con las cortas mangas del porvenir, esas expectativas mezquinas que alguna vez creí suficientes. Las arrojé, contundentes, al foso ardiente donde crepita todo aquello que ya no admito en mí. Repugnancias descriptivas como espesa lava; recuerdos tibios, palabras que se quedaron a medio pronunciar.

Mi causa, exasperada, se va soñando sola. Avanza como el rayo que cae en el desierto: súbito, abrasador, sin testigos que lo confirmen. ¿Aparecía en sus preocupaciones fantasmales? No lo sé. Tal vez fui un nombre extraño en la boca de quienes creí cercanos, o una imagen borrosa en el pensamiento de aquellos que juraron comprenderme.

Bajé de los limbos, sí. Bajé para encontrar la tierra firme, para respirar un aire que no fuera prestado. Y por las fogatas inspirado me siento: las que encendí con mis propias manos y las que encontré en ruinas ajenas. Arde, arde, repito, como si esa palabra fuera el conjuro que me sostiene.

Pero pensemos. Aparte de cizaña e innobles corazones, ¿Qué nos queda? Un puñado de preguntas, un manto de incertidumbre, un eco que persiste tras cada paso. Y aun así, ¿os parece que, embarcado, ya no trabajaré su almita para que llegue bella, segura, reina, simple? Porque hay algo —una pequeña estrella que no renuncia— que insiste en que la lucha puede desembocar en un alba distinta.

Hoy, de nuevo, desvelaré la llama de las revoluciones. No las grandes, no las escritas en mármol o en sangre ajena, sino las íntimas, las que se gestan sin pronunciarse, en el recoveco más oculto de la voluntad. Y por fin viviré en la claridad de las noches en que antes sequé, sin saberlo, el negro pozo de la desesperación.

Fue allí, en aquella oscuridad densa, donde comprendí que incluso la sombra posee memoria. Y que cuando uno decide encender una luz, aunque sea pequeña, el mundo entero se acomoda para mirarla.

A lo lejos, el horizonte vibra. Algo se aproxima. O quizás soy yo quien, por primera vez, avanza.

La llama aún no se ha extinguido. Y ese es el comienzo de todo.

PASO LA NOCHE

Ficción

Paso la noche, muerto de miedo y condenado, entre los monstruos de mis sueños: el entrañable, el autor, el follacabras… Dormido entre fantasmas, no entre mis sábanas, pido la tregua y fumo mi camello. Hasta el humo se vuelve espantoso horizonte de agujeritos negros. Por las rendijas de puertas y ventanas, gotas de viento cruzan sin saludar a nadie. Mariposas se creen mis orejas que, de mosquitos llenas, zumban, zumban, zumban… Y acosado por la devoración triforme de estos fénix sin nombre, cuyo prepucio grana busca la media naranja del moflete, mi cabeza cubro con el yelmo o celada de mi almohada.

Pasó la noche, y con ella pasé yo también: muerto de miedo y condenado, encerrado en la cárcel viscosa de mi conciencia, entre los monstruos resbaladizos de mis sueños. Me visitaban, uno a uno, como espectros con nombre y sin rostro: el entrañable, con sus manos llenas de agujas dulces; el autor, de voz atragantada por palabras sin sentido; y el follacabras, que reía con la dentadura de un carnero y la lengua de una serpiente morada.

Dormido, pero no en paz —no entre mis sábanas, que ya no eran tela sino campo de batalla—, me entregué a una tregua imposible. Pido la tregua, digo, como si hubiera alguien escuchando, y enciendo un camello. Fumo con la esperanza torpe del condenado, pero incluso el humo se transforma: no en nubes, no en caricias, sino en un espantoso horizonte de agujeritos negros, pequeños vórtices que giran y chupan y mastican la poca serenidad que me queda.

Las rendijas de las puertas y ventanas, abiertas como bocas indiferentes, dejan pasar gotas de viento helado, delgadas y agresivas como cuchillas, que cruzan sin saludar, sin rozarme siquiera, como si yo ya no existiera del todo. Las mariposas —o eso creía yo— empezaron a revolotear cerca, y fue entonces cuando entendí la trampa: no eran mariposas, eran mis propias orejas, que se creían otra cosa, llenas de mosquitos diminutos que zumban, zumban, zumban… No se callan. No me dejan. Parecen reírse del tambor de mi cráneo, convertirlo en un instrumento de tortura musical.

Y entonces, acosado por la devoración triforme de estos fénix sin nombre —bestias renacidas una y otra vez del vómito de mis terrores, con alas de ceniza y ojos como cuchillos de jade—, solo me queda un gesto: protegerme. Su prepucio grana —¿o es su lengua? ¿o es su corona?— se lanza, húmedo y febril, buscando la media naranja de mi moflete. Me cubro, por fin, la cabeza con el yelmo o celada de mi almohada, que no protege, pero al menos me aísla. Me encierro en ese cubículo de algodón desesperado, donde los gritos suenan más lejos y el miedo es apenas un eco.

Así, atrapado entre el mundo de los vivos y los reinos viscosos del delirio, sigo esperando el amanecer —aunque no sé si será peor.

Dentro del yelmo de mi almohada, el mundo se amortigua, pero no desaparece. Allí los sonidos se distorsionan como si atravesaran un lago espeso: los zumbidos se alargan, se agudizan, se convierten en voces que imitan la mía, pero con algo podrido en la garganta. Me llaman por nombres que nunca tuve y me acusan de crímenes que aún no he cometido.

Y yo, acurrucado en mi fortaleza de tela, intento no moverme. Cada movimiento es una señal para los espectros; cada respiración, un tambor de guerra que los convoca. Mis párpados tiemblan como persianas rotas y los ojos, aunque cerrados, ven demasiado.

Me llega entonces la imagen del entrañable. Ya no es dulce. Lleva un delantal de carnicero y en las manos, que antes ofrecían consuelo, ahora brilla el filo de algo que no distingo. Camina hacia mí desde el fondo de una sala que no recuerdo haber visto jamás. Las paredes están cubiertas de relojes sin manecillas. Todos marcan la misma hora: ninguna.

A su lado, el autor escribe en una máquina que sangra tinta. Sus frases se forman con la lentitud de un sacrificio. Cada tecla pulsada deja caer una pluma, y cada pluma, una sentencia. «Todo esto ya ha ocurrido», escribe. «Todo esto volverá a ocurrir». Su sonrisa es recta como un tajo, y sus ojos, dos puntos suspensivos que no terminan nunca.

Y detrás, emergiendo de una esquina imposible —como si la lógica del espacio se rindiera ante él—, el follacabras, que no camina, flota. Desnudo y solemne, con el torso tatuado de letanías ilegibles, lleva un ramo de cráneos en lugar de flores. Me los ofrece como si fueran dulces. Los dientes de los cráneos castañetean melodías que conozco desde antes de nacer.

Yo, dentro de mi celada, suspiro. El suspiro choca con el interior acolchado y se convierte en un gemido que se enrosca en mis oídos. Las sábanas, a mi alrededor, empiezan a reptar. Se deslizan como lenguas, como serpientes, como recuerdos viscosos. Me abrazan, me estrujan, me susurran. La cama es un pantano tibio y maternal que me quiere devorar de forma lenta, ritual.

Y aun así, me aferro. Me aferro a ese humo maldito que flota en el aire como una cuerda floja. A veces creo que si lo sigo, si lo huelo con suficiente fe, me sacará de aquí. Pero el humo no asciende. Se curva, se espiraliza, y dibuja sobre el techo figuras que no quiero entender.

La noche no termina. Solo cambia de cara. Y cada una es peor que la anterior.

Despierto. O algo parecido.

Una luz tibia, color moco, se filtra a través de la persiana mal cerrada. No es el sol. No puede ser el sol. Es una claridad enferma, como si la noche se hubiese vuelto traslúcida, como si la oscuridad se hubiese agotado de sí misma y estuviera empezando a pudrirse.

Mi boca sabe a filtro chamuscado. Tengo los labios pegajosos, como si me hubieran besado con alquitrán. El camello se apagó en algún momento, dejando una mancha redonda en la colcha, como un pequeño eclipse privado. Me incorporo. O mejor dicho, intento que el cuerpo me obedezca.

El yelmo —mi almohada— cae al suelo con un golpe sordo. Me quito la celada como un caballero deshecho tras la batalla. Pero no hay victoria. No hay nadie a quien mirar con orgullo. Solo el cuarto: un paisaje bombardeado por la fiebre.

Todo parece haber cambiado sutilmente. La lámpara tiene una sombra más larga de lo habitual. El reloj de la pared parpadea una hora inexistente. La alfombra está llena de pelusas que no recuerdo haber visto nunca, y sin embargo me saludan como viejas amigas. Me toco la cara: aún tengo mofletes. Ningún prepucio grana ha hecho nido en mi carne, al menos no que pueda comprobar con los dedos.

El silencio pesa. Pero no es total. A lo lejos, en la calle, se escucha un motor que duda, que tose, que se aleja. Un perro ladra con desgana. El mundo ha vuelto, pero me parece impostado, como si alguien estuviera interpretando una versión amateur de la realidad.

Voy hasta la ventana. Miro. Hay edificios. Gente. Nubes. Pero nada se siente vivo. Todo parece atrapado en una pausa. Como si el sueño se hubiese estirado, con desgana, hacia la vigilia. Como si no hubiera un despertar claro, sino una niebla espesa entre ambos lados.

Me toco el pecho. Late. Eso es algo. Me rasco el brazo. Sangro un poco. Otro indicio. Pero el olor del humo —ese humo espantoso de la tregua imposible— aún flota en el aire. Lo huelo en mis dedos, lo veo en la luz oblicua del cuarto, lo oigo, incluso, zumbando entre los restos de mosquitos que siguen insistiendo en que mi carne les pertenece.

Y aunque estoy despierto, no me fío. Porque sé —lo sé con la certeza amarga de quien ya ha caído una vez— que los monstruos no se fueron. Solo se quitaron el disfraz de sueño.
Ahora están aquí, en esta realidad flaca y desabrida. Me esperan.
Pacientes.

Con las manos detrás de la espalda.

EL BAJEL DE SOMBRAS

Ficción

También hierba crecía en los sotos donde antaño corrían niños y jugaban a los bolos bajo los olmos. Era una hierba meadero, áspera, que lloro en silencio cada vez que mis pasos la rozan. Allí, las orugas avanzan adelante, sin piedad, devorando todo lo verde como si fuesen parásitos del propio tiempo.

Me llamo simplemente Narrador, pues no os contentaré con mi verdadero nombre. Pintará la historia por mí, como ruja de un bajel hundido en mares de polvo. Fui testigo del nacimiento de la primogénita de vuestra desgracia, y todo parecía sombras tristes que deshonrados instintos tejían en silencio.

Había en la vieja fábrica de catequesis un tratado incomprensible, escrito para juzgados invisibles, lleno de estampas donde criaturas tullidos, insecto mías y mías vueltas de locura, aguardaban su momento. Allí, en las esquinas húmedas, los gusanos maniáticos reptaban como fusiles que persiguen su blanco eterno.

Partir no era posible. La tierra inmensa, con su inmenso desenfreno, me retenía. Rebelo mi voz y, sin embargo, veinte veces vuelvo a callar. Mi amante no era más que un fantasma: inocencia perdida, pureza corrompida que se disipa en cada instante, como un reloj que no marca tiempo sino existencia rota.

“Considerar vuestra piedad”, decía ella antes de caer abajo, entre polvo y raíces. “Crearlo de nuevo, o perecer”. Pero yo, armado con nada más que mi vértigo, no pude.

Ahora, desde la penumbra, os hablo. Darán vueltas las criaturas y perseguirla siempre, porque cuánto más se rebela uno contra su destino, más suave y más fuerte es la prisión. Espantos estamos, y el viático de la muerte no basta para disolver la consonante última que nos une: inocencia.

Ahí terminan mis palabras. Si escucháis a medianoche un reloj que no marca las horas, sabed que no hay tiempo… solo tierra, gusanos y la inmensa risa de aquellos que, deshonrados, ya no pueden volver.

También hierba crecía en los sotos, pero no era como cualquier hierba: era áspera, venenosa, tan amarga que los viejos del pueblo la llamaban hierba meadero. Se decía que quien la rozaba sentía un leve escalofrío en la piel, como si algo diminuto –quizás las orugas que siempre avanzaban adelante, con un sigilo implacable– se filtrara por los poros para invadir el alma.

Corrían rumores de que aquella hierba marcaba los lugares malditos, las tierras donde antaño los hombres habían deshonrado a la naturaleza. Yo, que he caminado por muchos lugares oscuros, os contentaré con deciros solo esto: nunca piséis un claro cubierto por ella cuando el sol se oculta. Porque allí, bajo los olmos que se arquean como viejos testigos del pecado, todavía se oyen los llantos de lo que no debería existir.

Había, no lejos de ese claro, una vieja fábrica abandonada. La llamaban la Fábrica de Catequesis, pues en otros tiempos los curas llevaban allí a los niños a rezar. Pero ahora sus muros estaban cubiertos de estampas profanas, símbolos que parecían insectos deformes, criaturas tullidas pintadas en verde oscuro, como si hubieran nacido del polvo mismo. No eran simples dibujos: parecían moverse en las noches de luna, y quien los contemplaba demasiado tiempo sentía el vértigo, un abismo interior que lo invitaba al desenfreno.

Fue en esa fábrica donde hallé el tratado. Era un libro sin título, escrito con consonante áspera y rota, como si el lenguaje hubiera sido creado solo para herir. Entre sus páginas, describía el nacimiento de la Primogénita, una entidad que parecía sombras tristes y que se alimentaba de lo que los hombres llaman inocencia. No se revelaba su forma verdadera; solo hablaba de su voz, suave como el susurro de un amante, pero cargada con la fuerza de mil espantos.

Leí demasiado. Sí, lo confieso: como un niño curioso, no supe detenerme. Allí estaba escrito:

“Cuando veinte lunas pasen, cuando los gusanos maniáticos trepen sobre los fusiles que aguardan, ella vendrá. Y no habrá tierra que la contenga, ni mías vueltas que la disuadan. Partiréis en polvo, como los parásitos que os creísteis dueños del tiempo.”

Desde ese día, cada amanecer traía señales. Las orugas se multiplicaban. Los insectos invadían las casas, se metían en las ropas, en las bocas. Bajo los sotos, los olmos comenzaban a sangrar savia oscura. Y en las noches, el reloj del campanario sonaba sin marcar las horas, un tic-tac disonante que no medía la existencia, sino la espera.

Muchos huyeron. Yo me quedé. No por valentía, sino porque ella me lo pidió. Era mi amante, o lo había sido alguna vez, antes de convertirse en algo que ya no puedo nombrar. “Demuestra pureza”, me dijo aquella última noche, su voz temblando como una vela antes de extinguirse. “Divirtiéndonos creamos esta prisión… ahora debemos pagarla.”

Y la vi caer. Cayó abajo, entre raíces y polvo, como si la tierra inmensa la tragara para siempre. Creí que todo había terminado, pero me equivoqué. Cuando me volví, la fábrica respiraba. Sí, respiraba, como un ser vivo. Las paredes se hinchaban y exhalaban un aire cálido, cargado de olor a gusanos y tierra mojada. Y entonces supe que la Primogénita estaba allí, esperando.

Rebelo mi voz para contarlo, aunque sé que pronto me disolveré como todos. Porque no hay salida. Cuánto más intentas perseguirla o huir, más te alcanza. No sirve considerar la piedad, no sirve rezar ni invocar los viejos nombres sagrados. Lo natural está muerto. Lo juzgado ha sido condenado. Y nosotros, los deshonrados, ya no podemos volver.

Ahora aguardo. Cada noche siento su presencia más cerca. Los fusiles en la plaza, armados por manos invisibles, apuntan al cielo. Sé que cuando disparen no caerá sangre, sino polvo verde, suave y corrosivo. Y después de eso, todo se volverá silencio.

Si escucháis este relato, recordadlo bien: cuando el reloj suene fuera del tiempo, no corráis. No bajéis a los sotos, no miréis los olmos. Porque ahí estará ella. Y cuando la veáis, demasiado tarde será para dar marcha atrás.

Ella no vendrá a mataros. Vendrá a recordaros que siempre le pertenecisteis.

MI GRITO CONDENADO

Poesía

Sí, cualquiera podía callarme. Bastaba un tímido chisporroteo al saludar y algo me atenazaba, ya no reía. Como si contemplara vergeles de cadáveres en una luna de plata. Pero ahora grito y es distinto. Arrastro mi voz, acaso reencontrada, desde esta playa… por todo el continente, como haré cuando, de cerca, me ofrezca sus rezagadas odas, esos juegos de palabras en los que antes pedía socorro con deletéreos estertores…

…y ya no hay temor en mi timbre, sino un incendio.
Un incendio que no pide permiso.
Porque cada palabra que hoy brota —áspera, desbocada, necesaria—
es la cicatriz viva de una lengua que se negó a morir.

No es que haya aprendido a hablar, no.
Es que ya no consiento el silencio impuesto.
Porque en cada sílaba vibra una multitud que fui escondiendo,
y me brotan los nombres que me negaron,
las calles que me hicieron rodear,
los rostros que fingí no ver por miedo a mirarlos.

Y si mi grito es torpe, si se traba, si cruje,
no importa.
Es mío.
Ya no lo devuelvo.

Que se entere el continente,
que se entere la lluvia,
que se entere hasta el aire que me vio encogido:
mi voz no vuelve a mendigar lugar.
Ahora es sitio.
Ahora es cuerpo.
Ahora es grieta que florece.

 

Visiones de… ¿lo real?

No ficción

Los quevedos —esas lentes que llevan el nombre de don Francisco de Quevedo y Villegas, hidalgo de verbo afilado y mirada de ultratumba— no son simples cristales para mejorar la vista, sino prótesis del juicio satírico. A través de ellos, Quevedo no sólo veía el mundo, sino que lo horadaba, lo descarnaba, lo forzaba a revelarse en su osamenta ridícula y miserable. Mirar con quevedos es mirar con espíritu de epigrama, con odio lúcido al embuste y con una voluntad de desilusión que bordea lo trágico. En La hora de todos y la fortuna con seso, o en sus visiones infernales, Quevedo nos muestra que ver bien es ver demasiado, y que el exceso de visión se paga con amargura, con desesperación, con bilis. Quevedo era un visionario que escribía para los ciegos del alma, y sus lentes, más que corregir miopías, eran herramientas de demolición del mundo.

Las gafas modernas —herederas ilustradas de aquella visión barroca— no poseen ya el filo crítico de la sátira, sino el tono resignado del que contempla el porvenir como una lenta catástrofe. Son instrumentos de lo inevitable. Con ellas, la mirada adquiere una tonalidad nietzscheana: se vuelve testigo de la muerte de Dios, del crepúsculo de los ídolos, del eterno retorno de lo absurdo. “El desierto crece”, nos advierte Nietzsche, y las gafas —como símbolo de la razón desencantada— no hacen sino constatarlo. Quien mira a través de estas lentes fatídicas ve, como el Zaratustra en su caverna, que el mundo es un devenir sin sentido, una danza de máscaras sobre un abismo. La visión se vuelve premonitoria no por clarividente, sino por despojada de ilusiones.

Pero es el monóculo el que mejor encarna la fantasía de control óptico que se hunde en la parodia. Se trata de una lente única, singular, desbalanceada: como si un solo ojo bastara para dominar el caos. Es la visión que Foucault atribuiría al poder disciplinario, al saber que vigila, clasifica, normaliza. Pero al mismo tiempo es una visión anacrónica, estancada en su propia simulación de elegancia, como la del Borges de “El Aleph”, que lo ve todo pero no puede tocar nada, atrapado en una eternidad estéril. El monóculo es la prótesis de una mirada que se cree superior, pero que, como diría Lacan, está estructuralmente impedida de ver “la cosa” (das Ding), lo real insoportable. Más aún: es una visión anal —en el sentido freudiano de la fijación regresiva—, que se complace en el ritual, en la rigidez, en la repetición obsesiva del pasado. El sujeto que se mira (y mira al mundo) con monóculo no desea conocer, sino conservar; no busca comprender, sino petrificar.

¿Y las antiparras? Ah, las antiparras… Esos adminículos grotescos que se usan más para no ver que para ver. Si los quevedos escarban, las gafas interpretan, el monóculo domestica, las antiparras protegen. Pero ¿de qué? ¿Del mundo o de uno mismo? Las antiparras no son instrumentos de visión, sino de defensa contra la visión. Son, en cierto modo, el correlato óptico de lo que Lacan llamaría “la pantalla fantasmática”: ese velo que el sujeto interpone para no enfrentarse con lo real. Porque lo real, en su crudeza, no se puede mirar de frente. Lo real es lo que irrumpe cuando todas las visiones fracasan.

Y entonces cabe preguntarse: ¿nos protegerán las antiparras de visiones horrendas o, por el contrario, serán ellas mismas las que estructuren esa visión monstruosa que pretendían evitar? Foucault nos advertía que la visión no es inocente, que ver es ya un acto de poder, una forma de inscripción del sujeto en una red de relaciones que lo exceden. Ver es ser visto. Y en ese juego especular, las antiparras podrían ser, más que un refugio, una delación. Un signo de que el sujeto ya ha claudicado ante la insoportable claridad del mundo y ha elegido la sombra, el simulacro, el sueño óptico de una falsa protección.

Borges, en su célebre “Funes el memorioso”, nos muestra a un hombre incapaz de olvidar, condenado a verlo todo, cada hoja, cada grieta, cada matiz. La hiper-visibilidad lo paraliza, lo inhabilita para pensar. Verlo todo es, en cierto modo, no ver nada. Por eso, quizá, la verdadera sabiduría resida no en ver más, sino en elegir cuidadosamente qué ver, cómo ver, y con qué grado de entrega o resistencia.

Quevedo, Borges, Nietzsche, Foucault, Lacan: todos, desde sus trincheras, han problematizado la mirada. Han comprendido que no hay transparencia, que toda visión está mediatizada por el lenguaje, por el poder, por el deseo. Las lentes que interponemos entre el ojo y el mundo no nos revelan la verdad, sino que la fabrican, la pliegan, la destruyen o la multiplican hasta el vértigo. Somos, en última instancia, criaturas ópticas, pero también víctimas de nuestras propias lentes, prisioneros de nuestras prótesis visuales.

Así, frente al desfile de gafas, quevedos, monóculos y antiparras, la pregunta final podría no ser si veremos la verdad, sino si seremos capaces de soportar su ausencia. Porque tal vez, como ya lo intuía Quevedo en sus “Sueños”, todo lo que vemos no es sino un delirio, una fantasía que se deshace al alba, y nuestros ojos, por más armados que estén, sólo nos sirven para asistir —con claridad o con terror— a la ruina incesante de lo real.

Los quevedos dan una visión satírica, las gafas una visión fatídica y el monóculo una visión retardataria, anal o retrospectiva, ¿nos protegerán las antiparras de visiones horrendas?

«Ô Satan, prends pitié de ma longue misère!». (Baudelaire)

No ficción

Baudelaire, espíritu atormentado, alquimista de las sombras. Esa última súplica de Las letanías de Satán es un grito desgarrado desde las entrañas del malditismo. No es una adoración servil, sino un pacto desesperado, un ajuste de cuentas con lo divino.

«Ô Satan, prends pitié de ma longue misère !»—aquí no hay blasfemia gratuita, sino la confesión de un alma que encuentra en la rebelión su única oración. Baudelaire invoca a Satán como el refugio de los parias, el consuelo de los desechados por la moral burguesa, el protector de los poetas malditos. No el Satán bíblico, sino el arquetipo de la insumisión, el ángel caído que, al precipitarse al abismo, arrastra consigo a los que el mundo ha condenado.

Este verso es el colofón de una letanía que invierte el sentido tradicional de la plegaria: no es a Dios a quien se pide clemencia, sino al exiliado eterno, al príncipe de los réprobos. Baudelaire no busca redención, sino justicia. Porque su miseria no es solo personal, es la miseria de todos los que se saben extraños en su tiempo, de todos los que llevan en las venas el veneno de la lucidez.

Aquí la poesía se convierte en conjuro, en desafío, en puñetazo contra el cielo.

El regreso imposible

Ficción

En el año sombrío de mi juventud, cuando los vientos parecían murmurar secretos en lenguas olvidadas y los relojes latían con la angustia del tiempo maldito, emprendí un viaje. No fue un viaje común, no, sino una huida desesperada, envuelta en el sudario de una mentira cuidadosamente tejida, como una mortaja perfumada de esperanza falsa.

A los ojos del pueblo —ese enjambre de ojos suspicaces y bocas ansiosas de devorar escándalos— me marché investido de gloria: una beca para la facultad de medicina, dijeron, un destino luminoso al que sólo los elegidos acceden. Así lo proclamé, y ellos, sedientos de prodigios, lo creyeron. ¡Oh, cuánto gozo infernal hallé al verlos consumirse de envidia bajo la máscara de admiración!

Pero mi corazón —ese órgano traicionero y profético— palpitaba no con orgullo, sino con el tumulto de un crimen no cometido aún, y sin embargo ya condenado. Pues yo no marchaba a estudiar, sino a perderme, a disolver mi ser entre las grietas de una ciudad monstruosa, como un insecto que se arrastra entre las ruinas de un templo profanado. Mis bolsillos iban vacíos de letras académicas y llenos de silencios. Mi alma, ajada por la deuda y la ignominia, deseaba sepultarse en el anonimato de los miserables.

Durante años —¡ay, años!— mantuve mi ficción como un cadáver embalsamado que aún sonríe. Escribía cartas con tinta robada y relatos imaginarios que palpitaban de logros que jamás viví. Mi madre, dulcemente engañada, bordó un retrato mío con bata blanca; mi padre, ya muerto, se volvió mártir de un hijo triunfante; y los vecinos, ¡esos sepultureros del juicio!, me elevaron como un santo profano.

Mas el tiempo, ese cuervo que picotea la verdad hasta desnudarla, no duerme.

Una noche de octubre —oscura, húmeda, suspendida en un silencio de tumba— vi ante mí a un niño. No era fantasmal, sino real como el pecado. Me observaba desde la entrada del tugurio donde lavaba platos para vivir. A su lado, una mujer de rostro familiar —¿quizás hija de un vecino antiguo?— lo sostenía con la misma mezcla de piedad y horror que se reserva a los condenados.

—¿Ese es el doctor? —preguntó el niño, señalándome con un dedo tembloroso.

El filo de su voz hendió mi alma como un bisturí oxidado. Quise hablar, justificar, gritar. Pero las palabras eran plomo en mi lengua, y sólo un susurro escapó:

—Con una mentira… uno puede ir muy lejos…

La mujer bajó la mirada. El niño ladeó la cabeza, inquisitivo.

—¿Y por qué no volvió?

Ah, qué pregunta. Qué sencilla y qué mortal.

—Porque el que miente para huir —musité— deja enterrado el camino de regreso. Y lo que se entierra… ya no vive.

Ellos se alejaron. Yo quedé, como un espectro atado a su pecado, en ese rincón maloliente donde la esperanza no entra y la verdad no tiene rostro. Y aún hoy, cuando el reloj marca la medianoche y los muertos abren los ojos bajo la tierra, me parece oír esa voz infantil, repitiendo:

—¿Por qué no volvió?

¡Oh, Dios misericordioso! Porque el regreso no existe para los que cabalgan sobre mentiras.

Y así, como en un relato ya escrito en las páginas del infierno, aguardo… sin esperanza.

Confesiones poéticas

Poesía

Desvelar tras el humo,
una verdad en ruinas,
que se desliza entre las sombras
como un fantasma de carne y alma.

Recibirían, locuras enganchadas a las carnes,
gallos y sapos, ingenuos,
danza de bestias en el eco del abismo,
quien hubiera habitado tu cama
tan segura de sí misma,
blindada del combate de los días.
Pero el mundo se desgasta
y el sabor que dejaste
en mi lengua es un grito silenciado,
un eco amargo en el laberinto de las obligaciones.

Rodábamos, sí,
por dramas que no eran más que espejos rotos,
fragmentos de vidas ajenas
en los que nos ahogábamos sin querer.
Pero todo tiene un precio,
y la cuenta debería pagarse
en muebles de poder y de olvido,
en silencios que ahora ya no duelen.

Ni tu magia,
ni tus palabras,
ni tu caricia escapista
podrán secuestrarme.
Soy dueño de mis cadenas,
de mi sacrilegio compartido,
de este grito insostenible
que rasga el aire
y cae como lluvia en la tierra baldía.

Ambos necesitamos
gritar a las orugas,
a esos gusanos que transforman,
que destruyen para crear,
que nos llaman a renacer
en un mundo que aún no conocemos.

Atraed, narrador,
con tus cánticos espirituales
y tus avellanos mágicos,
lleva este caos hacia un destino nuevo,
donde las sombras se disuelvan
y la luz se forje
en la fragua de nuestros propios deseos.

Confesiones prosaicas en verso

Poesía

Tras el humo se revela
una verdad en ruinas,
un grito ahogado en sombras
que se arrastra como un susurro.

Locuras que habitan los cuerpos,
gallos y sapos ingenuos,
bajo una cama segura,
protegida del combate diario.

El mundo se desgasta,
y el sabor que dejaste
es una herida sin cicatriz,
un eco en el vacío de las obligaciones.

Rodábamos, perdidos,
en dramas vacíos,
pero la cuenta se paga,
en silencios y en poder.

Ni tu magia podrá secuestrarme,
soy dueño de mi sacrificio,
grito a las orugas,
que transforman la oscuridad
en un nuevo amanecer.

Narrador, guíame
con tus cánticos místicos,
en este caos que nos llama
a renacer.

Condenados

Ficción

Salió como un lobo dispuesta a que le concediera la confesión de su crimen. Una comezón le rondaba. Cómo pido a los verdugos mis derechos -pensaba. Había asistido alguna vez desde los camarines a las sofocadas ejecuciones. Antes de ser los bribones apestados de aquella sociedad, jugaban su partida sin miedo. Pero ahora tocaba descansar y el pesar les era devuelto con las mismas culatas que usaron para sus crímenes. Perdían la compostura y sólo se rendían de cansancio. Ella, seducida por aquel espectáculo, gritaba y gruñia con desdén. Yo no me comporto con esas embusteras tristezas de rata -pensaba. Para ella eran como un oráculo: apuntaba los números de cada condenado en sus libritos de Cymeria y les dibujaba unas huríes bien entradas en mantecas. Luego volvía a los albergues que frecuentaba. Buscaba remedios, salidas, túneles… Hallándome así de despechada es absolutamente imposible encontrarlas -pensaba. Eran demasiado antiguas. Había que buscar entre nuestra carne como un leproso…

Salió como un lobo, decidida, con la furia de quien no teme hurgar en la herida que aún supura. Una comezón indescifrable le ardía en los huesos, en la piel, en los resquicios de su conciencia que a duras penas lograban enhebrar los hilos del razonamiento. ¿Cómo le exijo a los verdugos mis derechos? –se preguntaba, mientras sus pensamientos giraban como un enjambre alborotado.

Recordaba, nítidamente, aquellas ejecuciones que había presenciado desde la sombra, oculta en los camarines, donde el sudor y el miedo compartían espacio con el hedor de la derrota. Los que antes reinaban con desparpajo y osadía, impunes, ahora se sometían al riguroso ciclo del castigo. Como si la justicia hubiese despertado de su letargo, devolviéndoles con despiadada precisión el peso de sus crímenes. Aquellos hombres, que alguna vez se jactaron de su poder, no se doblegaban por arrepentimiento, sino por el simple cansancio de una guerra interminable. Y ella, fascinada por esa decadencia brutal, aplaudía desde la oscuridad, no con las manos, sino con el alma. Gritaba, aullaba, como una bestia que reconoce en la derrota ajena el reflejo de su propia furia.

No me dejaré arrastrar por esas tristezas falsas, de roedores asustados –se repetía, desafiante. Para ella, los condenados no eran más que una especie de oráculo retorcido, cuyos números apuntaba con fervor en sus cuadernos desgastados de Cymeria. Y junto a esos nombres y números, dibujaba huríes grotescas, rollizas, cubiertas de manteca, como si en la deformidad de esas figuras pudiera encontrar algún tipo de consuelo o redención.

Luego, se marchaba a los albergues, aquellos tugurios donde la desesperanza era palpable, buscando siempre una salida, una grieta en la estructura, un túnel que la liberara de aquella asfixiante sensación de estar atrapada. Es inútil encontrarlas –se decía con frustración. Porque, ¿Qué remedios podía haber para un mal tan antiguo, tan arraigado en la carne? No, la búsqueda no era hacia afuera; debía sumergirse en su propia piel, como un leproso que excava en su carne podrida, buscando quizás en la enfermedad la respuesta que siempre se le había negado.

Viaje nocturno por el mar

Ficción

Antes de la devoración sufrimos la invisibilidad. Nuestro perro ladró por última vez al sol otra vez. Aquel viaje era ahora tan venenoso como una víbora.

Antes de la devoración, sufrimos la invisibilidad. Nos fuimos desdibujando poco a poco, como sombras alargadas en un crepúsculo interminable, hasta que solo quedaba el eco de nuestras presencias en el aire. El sol, que alguna vez nos había reconocido con su luz cálida y directa, ahora se apartaba, negándonos su atención, ignorando nuestros cuerpos que ya no proyectaban sombra alguna. Eramos siluetas transparentes, vagando en un mundo que seguía su curso sin notarnos, condenados al olvido antes de ser devorados.

Nuestro perro, fiel hasta en la indiferencia de los días sin nombre, ladró por última vez al sol. Un ladrido que sonó como un lamento, un último grito hacia un cielo que ya no respondía. Había algo de ritual en su llamado: la última protesta ante una realidad que se desmoronaba, ante un tiempo que, como las olas, se llevaba todo consigo. Y el sol, eterno e implacable, se alejó una vez más, indiferente. Era un ciclo inquebrantable, como si lo hubiéramos vivido antes, pero en algún rincón de nuestra memoria se resistía a la idea de volver a vivirlo.

Aquel viaje, que una vez prometió liberación o, al menos, un respiro de las sombras que nos seguían, se tornó venenoso. Ya no era una ruta hacia alguna verdad oculta, sino una serpiente sinuosa, una víbora de ojos fríos que se enroscaba en nuestro destino, envenenando cada paso, cada decisión, cada susurro. Caminábamos por un sendero que ya no tenía regreso ni final visible, y el veneno no estaba en la tierra ni en las aguas, sino en nosotros. Lo llevábamos dentro desde el principio, sólo que no lo sabíamos. El viaje era una lenta disolución, una fractura interna que devoraba todo lo que alguna vez fue.

¿Qué sentido tenía ahora avanzar? ¿Por qué no detenernos y dejar que la invisibilidad terminara su labor, borrándonos por completo? Quizá ese fuera el último alivio: desaparecer sin resistencia, fundirnos con el silencio que el sol dejaba tras de sí, aceptar la devoración como el destino inevitable de quienes ya no existen para el mundo.

Samael

Ficción

Soy el fantasma de esta casa. Mi nombre es Samael. Hoy, como siempre, he dedicado mi tiempo a la higiene, la mía y la de la casa. Por extraño que os parezca la higiene de un fantasma y su mansión es extraordinariamente prolija y delicada. Incluso estando las veinticuatro horas sin dormir, como es mi caso, el día no es suficiente para acabar con todas las tareas domésticas y de higiene personal.
Imaginaos además como puede ser la cosa cuando el día no tiene ni principio ni fin. No puedo empezar, como la mayoría de los mortales, diciendo: «comienzo el día con una ducha para despertar mi cuerpo y mi espíritu dormidos». No, en absoluto. Primero porque no tengo cuerpo y segundo porque no duermo, ni descanso y además no es que necesite una ducha, es que necesito pasarme el día entre el trapo de limpieza y la alcachofa de la ducha que, por cierto, está rota y no deja de gotear, la maldita condenada.
Esto nos ocurre a los fantasmas, seguramente, por nuestra inveterada y estúpida costumbre de habitar casas abandonadas. Una costumbre a la que, la verdad, nunca encontré explicación, sobre todo porque las casas deshabitadas son, además de sucias, extremadamente frías y solitarias. No es de extrañar que entre nosotros hayan surgido algunos que se oponen de forma irresponsable y caprichosa a tal designio.
En fin, mi trabajo diario consiste en mantener la mínima decencia, pero no creais que soy un maniático de la limpieza y del aseo. Me basta con mantener la mínima decencia de una casa de fantasmas como se debe.
En lo concerniente a la limpieza, por ejemplo, lo de las telarañas es quizás lo más agotador y exasperante. Esas condenadas ariadnas son muchas y yo sólo soy uno. Así que me veo obligado a recorrer todos los rincones de la mansioncita: dieciseis habitaciones con sus correspondientes cuartos de baño, cinco salones con sus correspondientes chimeneas y ventanas, la leñera, la cocina, la despensa, el horno, la bodega, los desvanes, pasillos, entradas y entraditas… sin contar con las cuadras, pocilgas, jardines, y demás anexos… Es extenuante.
A veces he pensado en contratar servicio doméstico, pero he descartado inmediatamente la idea pues entre los fantasmas no está bien visto, especialmente si eres un fantasma tan sucio y podrido como yo.
En cuanto a la higiene personal y al contrario de lo que pueda parecer, sin cuerpo uno se siente sucio cada dos por tres, pues el espíritu no se limpia así como así. Te das la ducha en que limpias aquel asesinato que te reconcomía desde hace siglos e inmediatamente descubres otro más atroz, si cabe, que habías olvidado debajo de aquel. Cada ducha delata en mi sábana nuevos horrores cometidos, nuevas infamias, nuevas tachas, nuevas sangrientas manchas. Y para colmo, a la mansión le sucede lo mismo, esconde tras cada mancha, tras cada rincón infinitas capas de sucias historias con las que, aunque no sean mías, uno no puede convivir alegremente. Me veo, así, obligado a alternar mi propia higiene con la limpieza del sitio donde habito con el único fin de mantener, aunque sólo sea, la decencia necesaria.
Aunque a estas alturas ya trascurridos largos siglos, no sabría decir si realmente nos higienizamos mutuamente, o por el contrario, lo que ocurre es que cuando yo me limpio, estoy ensuciando la casa de nuevo y cuando limpio la casa, me ensucio yo de nuevo, como un condenado y fantasmal prometeo.