En San Jerónimo de los Vientos, donde las gallinas ponían huevos cuadrados los martes y los muertos regresaban a sus casas cuando olvidaban algo importante, el tiempo comenzó a correr demasiado deprisa una mañana de octubre.
Nadie supo quién dio la orden.
A las seis, el reloj de la plaza marcó las siete. A las siete, los niños salieron de la escuela convertidos en funcionarios jubilados, con una leve calvicie y una profunda desconfianza hacia el porvenir. A las ocho, el alcalde inauguró el cementerio nuevo, aunque todavía no se había construido, y a las nueve los primeros difuntos comenzaron a presentar reclamaciones por la falta de nichos.
—Fastissimus diebus —murmuró el padre Anselmo, que sabía latín porque una vez había soñado que era Cicerón—. Los días velocísimos. Esto ya lo anunciaban los antiguos.
Nadie le hizo caso. En San Jerónimo, los anuncios de los antiguos tenían menos crédito que las promesas electorales.
El fenómeno comenzó por las cosas pequeñas. El pan se endurecía antes de salir del horno. Las cartas llegaban a su destino antes de ser escritas. Las mujeres envejecían mientras se peinaban y los hombres perdían la memoria en mitad de una frase, de modo que las discusiones matrimoniales se volvieron más breves, aunque no menos violentas. Las flores nacían con la nostalgia de haber sido marchitas y los perros ladraban a los recuerdos de sus dueños.
Pero lo verdaderamente extraordinario sucedió con los relojes.
Todos los relojes del pueblo, sin excepción, comenzaron a adelantar. Los de pulsera, los de pared, los de bolsillo, el reloj de la iglesia y hasta el reloj de juguete que guardaba en su ataúd el difunto relojero don Evaristo. Cada uno adelantaba a su manera, como si el tiempo hubiese dejado de ser una obligación universal para convertirse en un privilegio de los más ricos.
Los banqueros fueron los primeros en beneficiarse. Sus días duraban cuarenta y ocho horas, mientras que los jornaleros apenas disponían de tres. Los ministros podían prometer el futuro hasta el infinito, porque el futuro les llegaba antes de terminar la promesa. Los pobres, en cambio, envejecían con una rapidez escandalosa, como si la miseria hubiese encontrado por fin la fórmula matemática de la eternidad.
El alcalde convocó una reunión extraordinaria para estudiar el asunto. La reunión comenzó el lunes y terminó el jueves de la semana anterior.
—Hay que hacer algo —dijo el alcalde, que durante el debate había perdido dos muelas y ganado una segunda esposa.
—Propongo detener los relojes —dijo el boticario.
—Propongo detener el tiempo —dijo el maestro.
—Propongo detener a quienes lo venden —dijo una anciana desde el fondo de la sala.
A esta última propuesta nadie respondió. El silencio, en San Jerónimo, era la forma más antigua de reconocer una verdad peligrosa.
Vivía entonces en el pueblo un hombre llamado Isidoro Lento, cuya principal virtud consistía en no llegar nunca a tiempo. Había tardado once años en terminar la escuela, diecisiete en casarse y veintidós en comprender que su esposa lo había abandonado. No era perezoso, como aseguraban sus vecinos, sino que caminaba a una velocidad que los demás habían olvidado: la velocidad necesaria para contemplar las cosas.
Isidoro tenía un reloj heredado de su abuelo, un reloj de plata que jamás había funcionado. Su abuelo afirmaba que no medía las horas, sino aquello que las horas se llevaban consigo. Cuando alguien moría, el reloj daba una campanada. Cuando alguien olvidaba a una persona querida, daba dos. Y cuando un hombre vendía su alma por dinero, las agujas giraban en sentido contrario durante siete minutos.
Desde que los días comenzaron a correr, el reloj permaneció inmóvil.
Isidoro lo sacó del cajón, lo limpió con un pañuelo y se lo acercó al oído.
Oyó el mar.
Un mar antiguo, anterior a las casas y a las iglesias, un mar que golpeaba las costas de un mundo todavía sin nombre. Después oyó el llanto de su madre, muerta hacía treinta años, y la risa de su hermano pequeño, que había desaparecido una tarde de verano mientras perseguía una mariposa amarilla.
Por último, oyó una voz que parecía venir de muy lejos.
—El tiempo no corre, Isidoro. Lo empujan.
Aquella noche, el hombre salió a la plaza. Caminaba despacio, como siempre, aunque a su alrededor las sombras de los transeúntes se multiplicaban y los árboles perdían sus hojas, las recuperaban y volvían a perderlas en el espacio de una respiración.
En el centro de la plaza encontró a una niña sentada junto a la fuente. Tendría unos siete años y llevaba un vestido azul con botones de nácar. Sostenía en las manos una muñeca sin rostro.
—¿Por qué no corres? —le preguntó la niña.
—Porque no sé adónde voy.
—Todos saben adónde van.
—Entonces, ¿por qué tienen tanta prisa?
La niña levantó la cabeza. Sus ojos eran negros y profundos, como los pozos donde las abuelas escondían las monedas durante las guerras.
—Porque les han dicho que llegar tarde es lo mismo que no llegar.
Isidoro se sentó a su lado.
La niña le explicó que el tiempo había sido encerrado en una fábrica al otro lado de las montañas. Allí, unos hombres vestidos de gris trituraban los días y los convertían en minutos. Después vendían los minutos a quienes podían pagarlos y dejaban a los demás con las sobras: domingos sin sobremesa, veranos sin siesta, noches sin sueños y mañanas que comenzaban antes de haber terminado el cansancio.
—¿Y tú cómo lo sabes? —preguntó Isidoro.
—Porque yo soy el día que perdiste cuando murió tu hermano.
El hombre cerró los ojos.
Recordó entonces una tarde de agosto. Su hermano Mateo corría por un campo de amapolas detrás de una mariposa amarilla. Isidoro, que era el mayor, había prometido acompañarlo, pero se quedó jugando a las cartas con unos hombres en la taberna. Cuando salió, el sol ya se había puesto. Mateo nunca regresó.
Durante años, Isidoro había pensado que el tiempo le había robado aquella tarde.
Ahora comprendía que él mismo la había abandonado.
La niña le tendió la muñeca sin rostro.
—Tienes que ir a la fábrica —dijo—. Allí guardan todos los días que los hombres no han sabido vivir.
—¿Y cómo se llega?
—Despacio.
Isidoro emprendió el viaje al amanecer, aunque el amanecer ocurrió tres veces antes de que abandonara el pueblo. Atravesó un bosque en el que los árboles contaban historias de personas que aún no habían nacido. Cruzó un río cuyas aguas corrían hacia las fuentes y llegó a una llanura donde los ancianos recuperaban la infancia durante unos minutos antes de desaparecer para siempre.
Al cuarto día, que fue también el segundo y el último de una semana que nunca llegó a existir, encontró la fábrica.
Era un edificio inmenso, construido con ladrillos de calendario y vigas de huesos de reloj. Sus chimeneas expulsaban nubes de segundos que se deshacían en el aire como pájaros muertos. En la puerta, un guardia con tres relojes en cada muñeca le preguntó qué deseaba.
—Vengo a recuperar un día.
—¿Cuál?
—El día que perdí a mi hermano.
El guardia consultó un libro tan grueso que necesitó dos vidas para abrirlo.
—Tenemos diecisiete millones de días perdidos, cuatrocientos mil domingos desperdiciados, once guerras que nunca terminaron y una cantidad incalculable de cumpleaños olvidados. Tendrá que especificar.
—Era una tarde de agosto. Había amapolas.
El guardia suspiró.
—Las tardes de agosto son muy caras.
—No tengo dinero.
—Entonces no tiene tiempo.
Isidoro sacó el reloj de su abuelo y lo puso sobre el mostrador.
—Tengo esto.
El guardia palideció. En las paredes, todos los relojes se detuvieron al mismo tiempo.
—¿De dónde lo ha sacado?
—De mi abuelo.
—Eso es imposible. Ese reloj perteneció al primer hombre que tuvo conciencia de morir.
Y, por primera vez en muchos siglos, la fábrica sintió miedo.
El guardia condujo a Isidoro hasta una sala subterránea donde se almacenaban los días perdidos. Había estanterías interminables, llenas de frascos transparentes. En cada uno flotaba un fragmento de vida: una madre que no había abrazado a su hijo, un campesino que nunca había contemplado la luna, una pareja que había preferido discutir antes que besarse, un hombre que había pasado cuarenta años trabajando para comprar una casa en la que apenas había dormido.
Isidoro encontró el frasco de su tarde de agosto.
Lo abrió.
Y el mundo se detuvo.
El ruido de las máquinas desapareció. Las chimeneas dejaron de humear. Los hombres vestidos de gris quedaron inmóviles, con las manos suspendidas sobre las palancas. En algún lugar del planeta, los relojes dejaron de adelantar y los pájaros permanecieron en el aire, confundidos por la repentina ausencia de un destino.
En el frasco abierto, el campo de amapolas se extendió hasta el horizonte.
Mateo corría detrás de la mariposa amarilla.
Isidoro lo vio desde lejos, con su cuerpo de hombre viejo y su corazón de muchacho culpable. Quiso llamarlo, pero comprendió que aquella tarde no le pertenecía ya. No podía cambiarla. No podía impedir que su hermano desapareciera. Solo podía estar allí, por fin, durante el tiempo que había abandonado.
Se sentó en la hierba.
Mateo se acercó con la mariposa posada en la mano.
—Has tardado mucho —dijo el niño.
—Lo sé.
—¿Te quedas?
Isidoro lloró sin hacer ruido.
—Me quedo.
Permanecieron juntos hasta que el sol descendió sobre las amapolas. Hablaron de cosas pequeñas, de la escuela, de una cometa rota, de la vecina que escondía caramelos en el armario y de un perro que había aprendido a abrir las puertas. Ninguno mencionó la muerte. No era necesario. En aquel lugar, por una vez, el tiempo no exigía explicaciones.
Cuando la tarde terminó, Mateo besó a su hermano en la mejilla y corrió hacia la luz.
Isidoro cerró el frasco.
No había recuperado a su hermano. Había recuperado algo más difícil: el instante en que todavía podía amarlo sin pedirle al pasado que se disculpara.
Después rompió el reloj contra el suelo.
El estruendo se oyó en todos los rincones del mundo.
Las máquinas de la fábrica estallaron en una lluvia de calendarios. Los minutos escaparon por las ventanas y regresaron a los hogares de donde habían sido robados. Las tardes volvieron a durar lo que duraban las tardes, las noches recuperaron sus estrellas y los domingos volvieron a ser largos, aunque no lo bastante para quienes necesitaban trabajar.
En San Jerónimo de los Vientos, el alcalde envejeció de golpe y descubrió que llevaba treinta años gobernando. Los banqueros comenzaron a llegar tarde a sus propias reuniones. Los niños recuperaron su edad y los difuntos dejaron de presentar reclamaciones, pues comprendieron que la eternidad no admitía ventanillas administrativas.
Isidoro regresó al pueblo cuando nadie lo esperaba.
Traía el reloj roto en el bolsillo y una amapola seca entre los dedos.
Vivió muchos años, aunque nadie supo decir cuántos. Algunos aseguraban que murió una mañana de primavera; otros, que todavía paseaba por la plaza con su paso lento, conversando con los árboles. Su casa permaneció abierta mucho tiempo después de su desaparición, y quienes entraban en ella afirmaban escuchar, detrás de las paredes, la risa de un niño.
En la plaza, junto a la fuente, apareció una inscripción que nadie recordaba haber escrito:
Fastissimus diebus.
Los días velocísimos.
Debajo, con una letra temblorosa, alguien había añadido:
No es el tiempo el que se acaba. Somos nosotros quienes dejamos de estar en él.
Y desde entonces, cuando alguien corría demasiado por las calles de San Jerónimo, los ancianos le gritaban desde sus puertas que tuviera cuidado, que no fuera a llegar tan pronto a ninguna parte que, al llegar, ya no quedara nadie esperándolo.
Porque el tiempo, como las personas amadas, no regresa cuando se lo llama.
Pero a veces, si uno aprende a caminar despacio, todavía es posible encontrarlo sentado junto a una fuente, con un vestido azul, una muñeca sin rostro y una tarde entera guardada en las manos.
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