Los días devoradores

Poesía
¡Que vengan los días, ebrios de sí mismos,

con sus pezuñas de minutos,
sus crines de relojes desbocados,
sus bocas llenas de mañanas todavía no nacidas!

¡Que vengan!

Porque el tiempo ha perdido la vergüenza
y corre desnudo por las avenidas,
se mete en los bolsillos de los pobres,
besa en la frente a los moribundos,
y vende a los ricos, por monedas de oro,
la ilusión de que jamás envejecen.

Los días velocísimos,
los días sin entrañas,
los días que devoran a sus hijos
y luego preguntan dónde está la infancia.

¡Miradlos! ¡Miradlos!

Pasan los hombres con sus cabezas encendidas,
llevan en los ojos ciudades derrumbadas,
un amor que no alcanzaron,
una madre que envejece en una fotografía,
un hermano que corre eternamente
por un campo de amapolas.

¡Detenedlos!

¡Clavad una lanza en el vientre de las horas!
¡Que alguien amarre los relojes a los árboles!
¡Que el mar se levante de sus tumbas
y escupa sobre las playas
todos los segundos que le hemos entregado!

Pero nadie escucha.

Los ministros desayunan con el porvenir,
los mercaderes hipotecan la mañana,
los banqueros compran las tardes de los muertos,
y un niño, en una esquina,
pregunta cuánto cuesta un minuto
para abrazar a su padre.

¡Bebamos, pues, el vino de las horas!
¡Rompamos las copas contra el calendario!
¡Que la sangre de los dioses
vuelva a teñir de rojo los crepúsculos!

Porque el tiempo no es un río:
es un caballo ciego
que alguien azuza desde las sombras.

Y nosotros, ebrios de prisa,
con los pies llenos de caminos
y el corazón lleno de estaciones,
corremos hacia una puerta
que se abre hacia nosotros mismos.

¡Parad! ¡Parad!

¡Que la noche se siente en medio de la plaza!
¡Que los ancianos recuperen sus juguetes!
¡Que los amantes suspendan sus despedidas!
¡Que los muertos regresen a las cocinas
para preguntar si queda café!

¡Que vuelva aquella tarde!

Aquella tarde de agosto,
cuando el sol era un animal manso
y las amapolas ardían sin consumirse,
cuando un niño perseguía una mariposa amarilla
y su hermano mayor,
distraído por los naipes del mundo,
todavía ignoraba
que hay ausencias que duran más que la muerte.

¡Oh, tiempo, padre de las ruinas,
hijo de ninguna eternidad,
borracho de futuros y de olvidos!

No te pedimos que regreses.
Te pedimos que te detengas
en el lugar exacto donde dejamos de vivir.

Una sola tarde.
Un solo abrazo.
Una palabra que no llegue demasiado tarde
a la boca de quien ya no puede oírla.

¡Días velocísimos, días sacrílegos,
días que nos robáis mientras nos prometéis
que todavía nos queda tiempo!

¡Que se alcen las copas!
¡Que se quiebren las esferas!
¡Que las agujas se claven en la tierra
y florezcan, por fin, como amapolas!

Y si ha de terminar la fiesta,
que termine bailando.

Que baile el viejo con su sombra,
que baile el muerto con su nombre,
que baile el niño con su mariposa,
que baile el mundo sobre sus propias cenizas.

Porque vivir no es llegar primero,
ni acumular mañanas,
ni llenar de calendarios la memoria.

Vivir es quedarse.

Quedarse cuando el sol declina,
cuando la mesa conserva el calor de los ausentes,
cuando una mano busca otra mano
y todavía encuentra, entre los dedos,
un poco de eternidad.

¡Que los días corran!

¡Pero que no nos encuentren ausentes!

Que pase el tiempo, sí,
que pase con sus caballos encendidos,
con sus ejércitos de campanas,
con sus coronas de polvo y de relámpagos.

Nosotros permaneceremos aquí,
ebrios de tierra,
coronados de amapolas,
abrazados a cuanto amamos.

Y cuando llegue la última hora,
cuando el universo cierre sus párpados
y el silencio devore hasta el nombre de los dioses,

todavía habrá una voz,
pequeña como una semilla,
terca como el amor,
que grite desde el fondo de la noche:

¡No hay tiempo perdido
mientras alguien recuerde
dónde dejó su corazón!

Los paisajes que yo amaba

Poesía

No está la vanidad en los paisajes que yo amaba, ni aquella repetición del cielo que poseo, dice, como un pan mordido por los años.

¡Ay, explosión sometida! ¡Ay, ariscas criaturas del recuerdo, embrujada la tarde entre sus dientes!

Nos divertíamos. Y alguien, debajo de la mesa, penetraría la sombra de los muebles, el corazón de los decorados, la antigua desnudez de las palabras.

Contar menos, ser menos, actual como un muerto que acaba de nacer en la moda triste de los hombres.

Y todo se disuelve.

Se disuelve la mano que escribía, la mano que cubría con sus pliegos la vergüenza terrestre de estar vivos.

¿Quién dice poseo? ¿Quién dice mío cuando la tierra se levanta de su sitio y nos arroja, como erratas, al margen de nosotros mismos?

No está la vanidad en los paisajes que yo amaba.

Está, acaso, en este pan que no termina de ser pan, en esta soledad que nos repite y en la cual, sin embargo, seguimos siendo hombres, con una inmensa pena entre los labios y un dios pequeño, arisco, que no sabe cómo cubrirnos de la muerte.

Ouahe y yo

Ficción

Me reclaman en los desiertos humeantes, siento el clamor de las caravanas y de los raudos traficantes de camellos, me esperan en el oasis los dóciles dromedarios de Alá, el cascabeleo hipnótico de las serpientes y la danza del vientre de las cobras, los yunques de sol del mediodía de Arabia y el fuerte sabor testicular del cordero, las altas palmeras de la media luna y los salobres y profundos pozos de la noche en Ouahe…

Me reclaman, sí, como se reclama a un muerto que todavía no sabe que lo está. Desde las dunas llega mi nombre deformado por el viento, escrito durante siglos sobre la arena y borrado inmediatamente después por la misma mano que lo escribió. Hay allí una ciudad que no figura en ningún mapa, una ciudad de puertas azules donde los mendigos conocen el porvenir y los astrólogos han perdido la cuenta de sus propias desgracias.

Al caer la tarde, cuando el sol se hunde detrás de las montañas como una moneda arrojada a un pozo, los mercaderes cierran sus tiendas y encienden lámparas de aceite. Entonces comienzan las historias. Un anciano de barba blanca habla de un rey que quiso comprar la eternidad y recibió a cambio un espejo. Una mujer cubierta de velos cuenta que bajo el oasis duerme un ejército de hombres de piedra. Un muchacho asegura haber visto, entre las palmeras, a un caballo sin sombra.

Yo escucho. Y mientras escucho, algo se aproxima. Primero es un rumor. Después, un latido. Finalmente, el sonido de mil campanillas. La caravana aparece al otro lado de la noche. Avanza lentamente, sin dejar huellas. Los camellos llevan sobre sus lomos cofres cerrados con siete cerrojos, mapas de países inexistentes y enormes jaulas cubiertas con telas negras. Nadie sabe qué transportan. Nadie pregunta. Excepto yo. Cuando pregunto, el jefe de la caravana me mira y sonríe.

—Transportamos aquello que los hombres han perdido.

—¿Y qué han perdido?

El hombre señala el horizonte. Allí, sobre una duna, acaba de aparecer una luna roja.

—El camino de regreso.

Entonces comprendo por qué me reclamaban los desiertos. No querían que llegara. Querían que recordara. Y en Ouahe, bajo las palmeras inmóviles, mientras las serpientes comenzaban a cantar y los pozos abrían lentamente sus negras bocas, recordé que yo ya había estado allí. Mucho antes de haber nacido.

Pero aquella noche ocurrió algo que ninguno de los habitantes de Ouahe quiso recordar. A medianoche, los pozos comenzaron a respirar. No fue un rumor ni una metáfora de los poetas. De las profundidades subía un aire frío, cargado de un olor antiguo, mineral, casi humano. Las cuerdas de los cubos se tensaban solas y los cubos descendían hacia la oscuridad, aunque nadie los había tocado.

Después comenzaron a subir. Vacíos. Uno tras otro. El séptimo cubo llegó cubierto de arena negra. En el fondo había una llave. Era pequeña, de hierro, y tenía grabado un signo que yo reconocí inmediatamente: una circunferencia atravesada por tres líneas. No sabía dónde lo había visto antes. Pero la llave parecía conocerme.

Aquella misma madrugada desaparecieron los camellos. No huyeron. No fueron robados. Simplemente dejaron de estar. Sus huellas terminaban bruscamente en mitad de la arena, como si cada animal hubiera sido levantado por una mano gigantesca y retirado del mundo.

Los traficantes se persignaron. Los ancianos cerraron las puertas. Y las serpientes abandonaron las cestas. Todas. Miles de cuerpos brillantes descendieron hacia las dunas y desaparecieron bajo la arena, formando una procesión silenciosa que conducía hasta el cementerio. Yo las seguí. No sé por qué. En el cementerio encontré una tumba abierta. No tenía nombre. Solo una fecha:

25 DE SEPTIEMBRE.

Debajo había otra inscripción:

EL DÍA EN QUE VOLVERÁ EL QUE NUNCA SE FUE.

Sentí entonces que alguien estaba detrás de mí. No me atreví a volverme.

—Llegas tarde —dijo una voz.

Era la voz del anciano de la caravana.

—¿A qué?

—A tu propia llegada.

Me entregó un sobre sellado con cera roja.

—Lo escribiste tú.

—Eso es imposible.

—También dijiste eso la primera vez.

Abrí el sobre. Dentro había una sola hoja. Reconocí inmediatamente mi letra. Decía:

NO CONFÍES EN EL OASIS.

Le di la vuelta. En el reverso había otra frase:

NO CONFÍES EN TI CUANDO RECUERDES EL OASIS.

Entonces escuchamos las campanas. Una. Dos. Tres.

La caravana regresaba. Pero ahora los camellos llevaban rostros humanos. Y todos tenían el mío. El último de ellos se detuvo frente a mí. Sobre su lomo había un espejo cubierto con un paño. El anciano retiró lentamente la tela. No vi mi reflejo. Vi una habitación. Una habitación idéntica a la mía. Había una mesa, una lámpara y una ventana abierta. Y frente a la ventana estaba sentado un hombre escribiendo. Era yo. Escribía exactamente estas palabras. Cuando terminó, levantó la cabeza. Y miró directamente hacia mí. Entonces comprendí lo verdaderamente terrible: yo no había viajado hasta Ouahe.

Ouahe había estado viajando hacia mí. Y aquella noche, por fin, había llegado.

El sentido de la vida

Ficción

Imagínate que un día encontramos el sentido de la vida y resulta que es para el otro lado.

Una mañana encontramos el sentido de la vida.

No fue difícil.

Estaba en una oficina.

Nadie supo decirnos qué oficina era aquella ni quién nos había dado permiso para entrar, pero el funcionario que estaba detrás del escritorio levantó la vista y dijo que sí, que era allí, que llevábamos mucho tiempo llegando tarde.

Nos entregó un sobre.

Dentro había una hoja en blanco.

—¿Esto es todo? —preguntamos.

—No —dijo—. Esto es el sentido. Lo que falta es la dirección.

Nos señaló una puerta.

La puerta tenía un cartel:

AL OTRO LADO.

Nos quedamos mirándola.

—¿Podemos pasar?

El funcionario negó con la cabeza.

—No todavía.

—¿Por qué?

Buscó algo entre unos papeles.

—Ustedes ya pasaron.

Nos explicaron entonces que habíamos nacido del lado equivocado. No era culpa nuestra, según dijeron, pero tampoco podían corregirlo. Para solicitar un cambio de lado necesitábamos presentar un documento que acreditara que habíamos vivido la vida correctamente.

—¿Y dónde se consigue ese documento?

El funcionario nos miró con cierta compasión.

—Al otro lado.

Salimos de la oficina.

Desde entonces caminamos.

Cada mañana vemos, a lo lejos, la puerta que lleva al otro lado. Cada noche tenemos la impresión de haber avanzado.

Sin embargo, cuando preguntamos a alguien cuánto falta, todos responden lo mismo:

—Ya casi.

Y continúan caminando en la dirección contraria.

A veces pensamos que quizá el sentido de la vida consiste precisamente en eso: llegar a comprender, demasiado tarde, que la dirección correcta era la que nadie estaba autorizado a indicarnos.

Ayer volvimos a la oficina.

Estaba vacía.

Sobre el escritorio había un nuevo cartel:

SE HA ENCONTRADO EL SENTIDO DE LA VIDA.

Debajo, en letra más pequeña:

LAS PERSONAS INTERESADAS DEBEN PRESENTARSE AL OTRO LADO.

LA CASA GRANDE

Ficción

En el pueblo había una casa tan grande que nadie sabía dónde empezaba ni dónde terminaba.

Los vecinos decían que había pertenecido a un hombre que, muchos años atrás, quiso construir una casa donde cupiera todo lo que amaba. Por eso tenía un patio enorme, corrales con gallinas y caballos, una huerta de tomates y calabazas, bodegas frescas, un viejo lagar, un pozo de piedra y tantas habitaciones que algunas habían sido olvidadas por quienes las construyeron.

Los niños del pueblo la llamaban la Casa Grande.

Había, además, lugares prohibidos.

Eso era lo que más les gustaba.

Porque un lugar prohibido es, para un niño, una invitación escrita con letras invisibles.

Tomás, que tenía diez años y una curiosidad bastante más grande que su prudencia, conocía casi todos los escondites de la casa. Sabía dónde esconderse entre las plantas y hierbas salvajes del patio, dónde había un hueco detrás de los basureros y qué puerta de las bodegas chirriaba antes de abrirse.

También conocía las cámaras.

Nadie sabía exactamente qué eran aquellas cámaras. Algunas estaban llenas de muebles cubiertos por sábanas; otras, de cajas; otras parecían no contener nada.

Una tarde, mientras jugaba con su amiga Clara, encontraron una puerta que nunca habían visto.

Estaba detrás del lagar.

No tenía cerradura.

Sólo una palabra grabada en la madera:

ENTRA.

Clara miró a Tomás.

—¿No decía tu abuela que estaba prohibido entrar aquí?

—Sí.

—Entonces no deberíamos entrar.

Tomás pensó un momento.

—Precisamente.

Abrieron.

Al otro lado había un corredor estrecho.

Caminaron.

Primero dejaron atrás las bodegas.

Después el patio.

Después los corrales.

Después la huerta.

Pero, al cabo de un rato, Tomás comprendió algo extraño.

Habían vuelto a pasar junto al mismo pozo.

—Esto no puede ser —dijo Clara.

Tomás miró la piedra del pozo.

Había una pequeña marca roja que él mismo había dibujado aquella mañana.

Siguieron caminando.

Encontraron de nuevo los basureros.

Después las plantas salvajes.

Después el lagar.

Y otra vez la puerta.

La misma puerta.

—La casa está dando vueltas —dijo Clara.

Tomás negó con la cabeza.

—No. Somos nosotros los que damos vueltas.

Entonces escucharon una voz.

Venía de una de las cámaras.

Entraron.

En el centro de la habitación había una mesa. Sobre ella descansaba un libro muy antiguo.

Tomás lo abrió.

La primera página decía:

Esta casa contiene todos los lugares que alguien ha perdido.

Pasó la página.

Había un dibujo del patio.

Pasó otra.

Aparecía la huerta.

Otra.

Los corrales.

Otra.

El pozo.

Otra.

Las bodegas.

Y otra.

La habitación donde ellos estaban.

Tomás sintió un poco de miedo.

—¿Quién escribió esto?

Clara señaló el final de la página.

Allí aparecían dos nombres:

Tomás y Clara.

Los dos retrocedieron.

En ese instante comprendieron que la casa no era grande porque tuviera muchas habitaciones.

Era grande porque guardaba recuerdos.

Cada escondite conservaba un secreto.
Cada planta había visto crecer a alguien.
Cada piedra del patio recordaba unos pasos.
Cada cámara contenía una historia que alguien había olvidado.

Incluso los lugares prohibidos estaban allí por alguna razón.

Tomás cerró el libro.

—Tenemos que salir.

Buscaron la puerta.

No estaba.

Buscaron otra.

Tampoco.

Entonces Clara tuvo una idea.

—Quizá la casa no quiere que salgamos por donde entramos.

—¿Y por dónde?

Clara miró hacia la ventana.

Al otro lado estaba el patio.

Corrieron hasta ella y la abrieron.

Saltaron.

Cayeron sobre la hierba salvaje.

Cuando se levantaron, estaban frente a la Casa Grande.

Pero la puerta por la que habían entrado ya no existía.

Desde aquel día, Tomás y Clara visitaron la casa muchas veces.

Nunca volvieron a encontrar las cámaras.

Nunca encontraron el libro.

Y nunca volvieron a entrar en los lugares prohibidos.

Sin embargo, cuando algún vecino preguntaba si conocían bien la Casa Grande, Tomás respondía:

—Conocemos una parte.

Y Clara añadía:

—Pero sospechamos que la casa conoce todo lo demás.

Muchos años después, cuando ambos fueron mayores, la Casa Grande fue derribada.

Sólo quedó el pozo.

Los vecinos dijeron que no había nada extraordinario en él.

Pero una mañana encontraron junto a la piedra una hoja de papel.

Era una página del viejo libro.

Sólo contenía una frase:

Toda casa es grande cuando alguien todavía recuerda el camino de regreso.

El árbol

Ficción

En primavera el árbol se llenaba de hojas verdes.

En verano, su sombra cubría la plaza. La gente extendía mantas bajo las ramas. Los niños corrían alrededor del tronco. Las parejas se besaban contra la corteza.

En octubre caía la primera hoja.

Después otra.

Después cientos.

Las hojas bajaban despacio, giraban en el aire, rozaban los tejados y cubrían los bancos. Entraban por las ventanas. Se quedaban prendidas en el pelo.

La plaza se volvía amarilla.

El árbol seguía soltando hojas.

Los fotógrafos levantaban sus cámaras. Los niños llenaban sus bolsillos. Las mujeres extendían las manos.

Una tarde, una hoja cayó dentro de una copa de vino.

Otra se quedó pegada a los labios de una muchacha.

Otra flotó durante horas en la fuente.

Al anochecer encendieron las farolas.

Las hojas continuaron cayendo.

La plaza resplandecía.

Una noche colocaron mesas bajo el árbol.

Otra noche, velas.

Después música.

Cada octubre acudía más gente.

El árbol crecía.

Y cada otoño tenía más hojas.

Una tarde, un anciano entró solo en la plaza.

Se sentó bajo las ramas.

Una hoja cayó sobre su frente.

Después otra.

Después muchas.

El anciano no se movió.

Las hojas le cubrieron los zapatos.

Las rodillas.

El pecho.

La cabeza.

Cuando oscureció, ya no se veía el banco.

El árbol siguió soltando hojas.

Durante semanas.

Llegó noviembre.

Diciembre.

Enero.

Febrero.

En primavera, los jardineros entraron en la plaza con palas.

Apartaron las hojas.

Encontraron una mano.

Después un brazo.

Después los huesos.

Sobre el pecho había una hoja de oro.

Calcinados paraísos

Poesía

Calcinados paraísos despiertan
sobre el pueblo, y nadie sabe
qué alimento mantenido en la noche
sostiene todavía nuestras últimas esperanzas.

Llegó la tarde, fuerte y razonable,
a abordarnos con su ropa de arenas;
y un aburrimiento profundo,
éste, señor, que florece en el arrepentimiento,
oscurece la memoria.

Mas llegó, y prestaba sus manos
a lo que ya no tiene manos:
al siglo levantado por un rato,
al otoño que sabe ponerse
como una herida figurada sobre el mundo.

Sea divino, digo,
tener estas llanuras y no tenerlas,
exigir la esperanza cuando nadie responde,
saber que el hambre conoce nuestros nombres
desde un tiempo inmemorial.

Entonces alguien ofrendó
su niñez al camino,
y el esposo se quedó mirando
cómo el pueblo se alejaba,
salvado de sí mismo,
como se salvan los muertos
cuando por fin dejan de esperarnos.

Y yo, que quisiera pasearme
por aquella última tarde,
no sé si volver,
ni si volver es otra forma
de haber llegado demasiado tarde.

Calcinados paraísos despiertan.
El siglo respira debajo de las piedras.
Y en sus arenas, todavía,
una esperanza se levanta
con la difícil dignidad
de quien no sabe
por qué ha sido salvado.

El verano me sueña

Ficción

Toda eternidad, aun la más dichosa, contiene secretamente su término. Lo comprendí una tarde en que el sol, declinando sobre las persianas, dibujó en el suelo un rectángulo de oro. Dentro de aquel rectángulo mi sombra parecía otra: más alta, más antigua, acaso perteneciente a una mujer que había vivido antes que yo y que, por una de esas ironías que tanto complacen al destino, había venido a visitarme.

Mi abuelo dormía en la habitación contigua. Recuerdo el rumor de su respiración y el lento, casi imperceptible andar del reloj. En aquella casa todo parecía esperar algo. Los muebles, los libros, las fotografías de muertos cuyo nombre ya no sabía pronunciar. Hasta el polvo tenía la paciencia de quien conoce el desenlace.

Fue entonces cuando encontré el libro.

Estaba oculto detrás de una hilera de volúmenes que mi abuelo jamás consultaba. No tenía título ni nombre de autor. Sus páginas, amarillentas, estaban escritas con una tinta que el tiempo había vuelto del color de la sangre seca. Lo abrí al azar y encontré una frase que todavía puedo repetir, aunque ignoro si la leí o si fui yo quien la escribió:

«Toda mujer que se contempla demasiado en un espejo termina por descubrir que ha sido contemplada antes.»

No comprendí aquellas palabras. O quizá las comprendí demasiado bien.

Desde aquel día comenzaron las coincidencias. La mujer de una fotografía se parecía a mí. Una fecha grabada en el marco de un retrato correspondía exactamente al día de mi nacimiento. En el último capítulo del libro aparecía descrito, con una precisión intolerable, aquel verano que yo creía exclusivamente mío: las sábanas, la ciudad silenciosa, las fiestas, el calor, incluso la habitación donde me encontraba en ese instante.

Comprendí entonces que mi memoria no era un refugio, sino un laberinto.

Mi abuelo despertó al anochecer. Me encontró junto a la ventana, con el libro entre las manos. Durante unos segundos no dijo nada. Después me preguntó si había llegado ya al último capítulo.

Le pregunté qué significaba aquello.

Sonrió con una tristeza que nunca había visto en él.

—Significa —dijo— que no eres la primera.

Quise reírme. No pude.

Aquella noche dormí poco. Antes del alba regresé al libro. Las últimas páginas estaban en blanco. Sin embargo, al acercarlas a la lámpara, descubrí que bajo la blancura del papel había palabras invisibles, como si hubieran sido escritas para unos ojos que todavía no existían.

La primera línea decía mi nombre.

La segunda describía el verano.

La tercera comenzaba así:

«Recuerdo aquel voluptuoso verano del año que pasé viviendo con mi abuelo…»

Entonces comprendí que el libro no contaba mi historia.

La estaba recordando.

Y acaso yo no había vivido aquel verano: acaso era el verano quien, desde alguna región inaccesible del tiempo, me había soñado a mí.

La espera

Poesía

Sigo la lucha con una fe arisca,
como quien atraviesa brumas
sin saber si habrá un destino
al otro lado de la roca.

El agua llena la habitación,
y los truenos dejan señales
que el tiempo no consigue borrar.
Eso decía el campanario
cada vez que el viento callaba.

He sufrido los vicios,
los celos y alguna paliza
que la vida entrega sin juicio.
Sin embargo, quedaré de pie,
aunque mis miembros parezcan cansados
y el horror deambule cerca.

Hubieran sido alegría
los resplandores de aquella pasada tarde.
Habrían bastado una boca sincera,
una barca sobre la arena,
un anillo compartido,
para creer otra vez.

Pero la espera evapora las delicadezas.
La lengua aprende a suplicar,
los corazones dejan de esconderse,
y hasta los ingenuos descubren
que la educación del dolor
también enseña.

Nació entonces una fuerza tranquila.
Solo ella pudo soltar
el peso de los días pasados.
Los universos siguieron girando,
el castillo permaneció inmóvil,
y yo comprendí, por fin,
que la fe no consiste en vencer,
sino en seguir caminando
cuando las brumas todavía rodean el camino.

Estilo de vida de los ricos, famosos y otros ‘Epstein’

No ficción

En las fotografías aparecen sonrientes. El mar al fondo, un yate blanco como una declaración de inocencia, copas sostenidas con la naturalidad de quien jamás ha tenido que pedir permiso. Todo brilla: la piel bronceada, los relojes, los apellidos. Es un mundo sin arrugas visibles. Pero la luz, cuando es demasiado intensa, también ciega.

El siglo XXI perfeccionó una vieja ilusión: la de que la riqueza no solo compra objetos, sino también silencio. Las mansiones ya no son fortalezas medievales; son islas privadas, aviones con interiores tapizados en cuero, fundaciones filantrópicas que organizan cenas bajo lámparas de cristal. En esas mesas se sientan empresarios, celebridades, políticos. Conversan sobre mercados emergentes y sobre la pobreza como si fuera un fenómeno meteorológico, inevitable, ajeno.

La caída de Jeffrey Epstein no fue simplemente la caída de un hombre. Fue la grieta en un espejo cuidadosamente pulido. Durante años, su nombre circuló en listas de invitados, en agendas privadas, en vuelos que cruzaban océanos con la discreción de quien sabe que la impunidad es un servicio incluido. A su alrededor orbitaban figuras deslumbrantes, algunas por talento, otras por poder heredado, otras por ambas cosas. Nadie parecía preguntarse demasiado de dónde provenía la fortuna, qué precio pagaban los invisibles.

El estilo de vida de los ricos contemporáneos no es solo ostentación; es una coreografía. Hay códigos: el traje exacto, la sonrisa ensayada, la causa benéfica adecuada. Se dona a hospitales mientras se cierran fábricas; se habla de igualdad en conferencias patrocinadas por bancos que multiplican deudas. El lujo ya no grita, susurra. Y en ese susurro se diluyen responsabilidades.

Lo inquietante no es únicamente la extravagancia. Es la red. La red de relaciones que convierte a ciertos espacios en zonas inmunes a la sospecha. Cuando todos se conocen, cuando todos comparten vuelos y fiestas, el escrutinio se vuelve una descortesía. La cercanía con el poder opera como una vacuna moral: si él lo invita, si ella asiste, si la foto existe, entonces debe ser aceptable.

Sin embargo, la historia demuestra que las élites rara vez se vigilan a sí mismas. La rendición de cuentas suele venir desde afuera, desde periodistas persistentes, desde víctimas que deciden hablar pese al miedo, desde tribunales que por un momento logran atravesar el blindaje social. Entonces, el brillo se apaga y quedan los pasillos vacíos, los registros de vuelo, las declaraciones incómodas.

No se trata de demonizar la riqueza en abstracto. Se trata de interrogar el ecosistema que la protege cuando degenera en abuso. De preguntarse por qué ciertos nombres tardan tanto en ser cuestionados, por qué la fama funciona como escudo, por qué la filantropía puede convertirse en maquillaje.

En las fotografías, aún sonríen. La imagen permanece en internet como un recordatorio de que el poder también posa. Pero ahora, quien mira esas imágenes ya no ve únicamente glamour. Ve la sombra. Y entiende que el verdadero escándalo no es el exceso, sino la normalidad con la que fue aceptado durante tanto tiempo.

Las élites contemporáneas no viven: se exhiben. Han convertido la existencia en un escaparate donde cada gesto es una inversión y cada sonrisa, una póliza de seguro. En la superficie, el espectáculo deslumbra. Yates anclados en aguas turquesas, aviones privados que cruzan el Atlántico como si el planeta fuera un patio trasero, galas benéficas donde el champán corre con la misma naturalidad que los discursos sobre “cambiar el mundo”.

El nombre de Jeffrey Epstein no era un secreto susurrado en callejones oscuros. Era un anfitrión frecuente en mesas iluminadas por candelabros, en recepciones donde el poder se reconoce por el tono de voz y la seguridad del apretón de manos. A su alrededor desfilaban figuras cuya fama parecía blindarlas contra cualquier sospecha. Políticos, magnates, celebridades. Algunos alegaron ignorancia cuando la fachada se desplomó. Otros apelaron a la amnesia selectiva, esa enfermedad tan conveniente que solo afecta a quienes pueden pagarla.

Lo verdaderamente obsceno no era el lujo. El lujo siempre ha sido vulgar, incluso cuando intenta disfrazarse de elegancia. Lo obsceno era la naturalidad con la que se aceptaba la proximidad con un hombre cuya riqueza carecía de raíces claras y cuya hospitalidad parecía demasiado generosa para ser inocente. En ese mundo, preguntar es una descortesía. Dudar es una traición. La red de contactos funciona como una muralla invisible: si todos están dentro, nadie está fuera para señalar.

Las fundaciones filantrópicas operan como absoluciones anticipadas. Se dona a universidades, se financian investigaciones científicas, se organizan conferencias sobre ética global mientras, en privado, se negocian silencios. La caridad, en estos círculos, no es compasión: es estrategia. Es la compra de una narrativa.

El caso Epstein expuso algo más profundo que un catálogo de crímenes. Mostró la arquitectura moral de una clase que ha aprendido a confundirse con el destino. Para ellos, el acceso es un derecho natural. El cuerpo de los otros, una variable secundaria. La ley, un obstáculo técnico que puede sortearse con buenos abogados y mejores relaciones públicas.

Cuando el escándalo estalló, muchos se apresuraron a cortar lazos, a borrar fotografías, a explicar coincidencias como si la historia fuera un accidente geográfico. La indignación apareció con la puntualidad de una conferencia de prensa. Pero la pregunta persiste, ¿Cuántos sabían y callaron? ¿Cuántos sospecharon y decidieron no incomodarse?

Las élites suelen hablar de meritocracia como si fuera una religión civil. Sin embargo, su verdadera fe es la impunidad compartida. Se protegen no porque sean inocentes, sino porque se necesitan. Cada nombre es un escudo para el siguiente. Cada silencio, una garantía.

El escándalo no reside solo en los actos de un hombre. Reside en el ecosistema que permitió que esos actos prosperaran durante años bajo la luz más brillante. Un sistema donde la fama funciona como desinfectante moral y la riqueza como pasaporte a territorios sin preguntas.

Las fotografías siguen allí. Sonrisas, brindis, abrazos. El archivo visual de una época que creyó que el poder era sinónimo de virtud. Ahora sabemos que, con frecuencia, era apenas una coartada.

Arquitectura moral de la clase ociosa

La clase ociosa no se define por no trabajar. Se define por no rendir cuentas. Esa es la primera columna de su arquitectura moral: la convicción íntima de que el mundo es un escenario y ellos, los productores ejecutivos.

En la cima, el tiempo no es escaso. Es un material maleable. Se estira en veranos perpetuos, en fiestas que no figuran en calendarios públicos, en vuelos privados donde la frontera entre lo legal y lo tolerado se vuelve bruma. El ocio, lejos de ser descanso, es un laboratorio. Allí se ensayan alianzas, se intercambian favores, se prueba hasta dónde llega el silencio del otro.

La segunda columna es la estética de la respetabilidad. No basta con ser rico; hay que parecer necesario. Fundaciones, patronatos, consejos asesores. La filantropía funciona como barniz moral. El dinero no solo compra bienes, compra causas. Se financia una cátedra, se inaugura un ala en un hospital, se posa junto a científicos y artistas. La fotografía es el certificado de virtud. La caridad, una inversión reputacional.

La tercera columna es la red. No una simple agenda de contactos, sino una trama densa donde cada nombre valida al siguiente. En ese circuito, la proximidad sustituye a la ética. Si asiste un expresidente, si participa una estrella, si aparece un premio Nobel, entonces el anfitrión queda purificado por contagio inverso. Así operó durante años el entorno de Jeffrey Epstein: la acumulación de prestigios ajenos como blindaje propio. No era solo su dinero lo que impresionaba, sino la constelación que lo rodeaba.

La cuarta columna es el lenguaje. La clase ociosa no habla de privilegios; habla de oportunidades. No habla de víctimas; habla de “errores”, “malentendidos”, “excesos”. El eufemismo es su herramienta favorita. Reduce la violencia a incidente, el abuso a imprudencia, la explotación a transacción. El vocabulario funciona como anestesia colectiva.

La quinta columna es la gestión del escándalo. Cuando la fachada se agrieta, la reacción no es moral, es estratégica. Se contratan abogados, asesores de imagen, expertos en crisis. Se emiten comunicados cuidadosamente redactados. Se expresa sorpresa. Se condena en abstracto. Se promete cooperación. El problema no es lo ocurrido, sino el daño a la marca personal.

Hay, además, una convicción más profunda y más inquietante: la creencia de que el acceso es un derecho natural. Que ciertas puertas se abren porque así debe ser. Que ciertos cuerpos, ciertos territorios, ciertas voluntades están disponibles si se paga el precio adecuado. Esta lógica no necesita ser explicitada; se respira en las fiestas privadas, en las conversaciones donde nadie pregunta demasiado.

La arquitectura moral de esta clase no se sostiene sobre la crueldad abierta, sino sobre la indiferencia cultivada. No es necesario odiar a los demás; basta con no verlos. Las víctimas son estadísticas, riesgos legales, daños colaterales. Lo esencial es preservar la estructura.

Cuando uno observa las fotografías de aquellos años, no ve monstruos evidentes. Ve sonrisas entrenadas, trajes impecables, un orden perfecto. Esa es la última columna: la normalización. La idea de que todo esto es simplemente el funcionamiento natural del éxito.

Y sin embargo, cada sistema que se cree eterno termina revelando sus grietas. La arquitectura moral de la clase ociosa parece sólida porque está construida con dinero y prestigio. Pero su cemento real es el silencio. Y el silencio, cuando se rompe, deja al descubierto algo más frágil de lo que aparentaba: una élite que confundió influencia con inocencia y poder con absolución.

Gramática de la superioridad

O por qué los ricos son sostenidos alegremente por los pobres, según el pensador T. Veblen

T. Veblen no se escandalizaría. Tomaría nota. Ajustaría las gafas. Y diría algo incómodo con la calma de quien ya lo explicó en 1899.

En The Theory of the Leisure Class, Veblen sostuvo que la clase ociosa no existe para producir, sino para exhibir. Su función social no es trabajar, sino demostrar que no necesita hacerlo. El ocio y el derroche no son vicios accidentales, sino rituales. Señales. Lenguaje. Estructura.

¿Qué diría frente a los estilos de vida de multimillonarios, celebridades y cortesanos del poder? Probablemente hablaría de consumo conspicuo u ostentoso en su forma más refinada: yates imposibles, viajes espaciales, islas privadas. No se trata del placer. Se trata de la demostración pública de que el gasto duele menos que para los demás. El lujo, para Veblen, es una gramática de la superioridad.

También señalaría el ocio conspicuo. No trabajar no basta; hay que mostrar que no se trabaja. Galas benéficas un martes por la tarde, retiros espirituales en lugares remotos, semanas enteras dedicadas a “networking”. El tiempo libre, cuando es visible, funciona como trofeo. En una sociedad donde millones venden horas para sobrevivir, exhibir horas improductivas es un acto de poder.

Veblen insistiría en algo más punzante: la clase ociosa marca estándares culturales. Lo que ellos hacen termina definiendo lo deseable. Si el magnate convierte la filantropía en espectáculo, la caridad se vuelve performance. Si el acceso exclusivo es el bien supremo, la exclusión se normaliza. La élite no solo acumula riqueza; moldea aspiraciones.

Ante figuras como Jeffrey Epstein y el círculo que lo rodeó, Veblen no hablaría primero de moral individual. Hablaría de estructura. Diría que la proximidad al poder es una forma de capital simbólico. Que asociarse con ciertos nombres eleva el estatus, incluso cuando la fuente de la riqueza es turbia. En su lógica, el prestigio ajeno se consume igual que un diamante: como prueba visible de posición.

También recordaría su idea de la emulación pecuniaria. Las clases inferiores imitan a las superiores, aunque esa imitación las empobrezca. Así, el despilfarro en la cima legitima el endeudamiento abajo. El sistema entero se convierte en una carrera por aparentar. La moral queda subordinada al rango.

Y sería implacable con la filantropía ornamental. Para Veblen, muchas formas de beneficencia son extensiones del consumo ostentoso: donaciones que no buscan justicia, sino prestigio. El hospital lleva tu nombre. La universidad te invita al consejo. El acto caritativo se transforma en monumento personal, en egolatría.

Lo más corrosivo que diría, probablemente, es que nada de esto es una desviación. Es el funcionamiento normal de una economía basada en la competencia por estatus. La indignación pública surge cuando el espectáculo se vuelve demasiado crudo, no cuando el sistema produce desigualdad cotidiana.

Veblen no gritaría. No haría discursos morales inflamados. Diría algo más frío: mientras el honor social se mida por la capacidad de gastar y exhibir, la clase ociosa seguirá gobernando la imaginación colectiva. Cambiar los nombres no altera la lógica. Cambiar la lógica, en cambio, implicaría cuestionar qué admiramos y por qué.

Y eso, claro, resulta mucho más difícil que escandalizarse por una fotografía.

RITO DE OSCURIDAD

Ficción

No estamos llenos –dices– y bien, qué más da. Todo aumentará de nuevo algún día, incluso los gusanos recorriendo tus góticas arterias. Con nueva índole –lo sé– me regalarás aquel puro y aquellas ligas de color rojo que te pedí, estoy segura. Vale, he comprendido, hoy no te mato. Conservarás tus hombros, tu familia. A oscuras, a ciegas… reconocerás que te gustaban mis irreductibles piernas. Oh corazón, quiero lavarme, ya no me rindo a tu caricia. Vete segurísimo, pues tus grotescos encantos ya no me ponen en marcha. Conservo tan sólo el exclusivo recuerdo de un saltimbanqui que me llenaba de besos. Sobre mi eterna y joven piel sólo se corren ahora los demonios en violentas sacudidas. Ya soy, al fin, la Venus de alma tétrica que ha sido testigo severa de terribles deformidades y quimeras. Es asqueroso, ciertamente… Pero mis facultades, al menos, sorprenden a estas incautas gentes. Como es debido, cada víspera me levanto y elijo con cual de ellos volveré a fornicar. Hay esqueletos muy rezagados y tontos, sin duda, pero que gritan hasta ascender al placer inconmensurable de mis atroces lujurias. Retuerzo sus raíces, soy mala –lo sé–. Sobre el taller florido de mi pecho, que allí anda suelto todo el día, pongo también a la virgen pecadora y la azoto, le castigo las nalgas y los pechos. ¿Quién queda viva? Alguna burda protectora de los mártires, entrenada a sufrir. Pero entonces le regalo mis joyas y como una corderita regresa rauda… y adiós Gracia. Vale, corazón, nadie te obliga hoy, estás de suerte. Me lo hacían, sí, si tu querías. Y ¿adónde voy ahora sobre este terreno pantanoso? Vos sois el proveedor de mis defectos modernos y repugnantes. Pero en gritos de vanidad te llegará la locura –lo sé–. Entra, sigue mi consejo. Ahora recordarás cuando rodábamos hacia la mortal luz que nos rodea y entendí que aquel rodar no era huida sino rito. La luz nos rozaba como un animal cansado, y en su resplandor enfermo aprendimos a mentirnos con elegancia. Yo te miraba desde mi trono de carne intacta, y tú creías aún que el sacrificio era compartido. No lo era. Nunca lo fue.

Se alzaron campanas mudas bajo el fango y el aire se volvió espeso, ceremonial. Caminé. Cada paso arrancaba un recuerdo que dejaba atrás como una prenda usada. Mi nombre, mis pactos, tu sombra. Todo quedó allí, fermentando. Yo avancé sola, ungida por mi propia blasfemia.

Si vuelves a llamarme, será tarde. Tendré la boca sellada por flores negras y los ojos llenos de vísceras. No pediré, no prometeré. Seré estatua y herida a la vez. Y cuando mires atrás, con la fe hecha astillas, comprenderás por fin que no eras tú quien me perdía, sino yo quien aprendía a quedarme.

Quedarme fue aprender el peso exacto de mi nombre. Ya no lo pronuncio: lo deposito en cuencos de sombra para que se enfríe. Tú sigues buscando señales, un hilo, la migaja de una promesa. No hay. Hay ceniza ordenada, hay disciplina en el temblor.

Cruzo el pantano sin dejar huellas. Las criaturas me saludan con su silencio aprendido y yo les devuelvo la frente intacta. He hecho del rechazo un método y de la memoria un espejo empañado. Si algo duele, es antiguo; si algo arde, es porque quiere durar.

No me reclames el gesto que te salvaba. Ahora mi misericordia es exacta como un filo. Recojo las máscaras que dejaste caer y las cuelgo a secar en la noche. No me siguen. No me pertenecen.

Al final del sendero, donde la luz vuelve a ser mortal, me detengo. No para mirar atrás, sino para cerrar los ojos y escuchar cómo el mundo se recompone sin nosotros. Entonces avanzo. No hay triunfo ni caída. Hay forma. Y en esa forma, por primera vez, descanso.

Donde no apuntan las cámaras ni los titulares

No ficción

También pasan cosas buenas, aunque no hagan ruido ni coticen en bolsa. Hay que agacharse un poco para verlas, mirando donde no apuntan las cámaras.

Este fin de año el mundo no celebró grandes victorias, pero sí pequeñas continuidades, que a veces valen más. No se cayó el sistema. No estallaron todos los conflictos que parecían inevitables. Hubo guerras que no se ampliaron, crisis que no se desbordaron, odios que se quedaron a medio camino. En la política internacional, eso ya cuenta como una forma modesta de esperanza.

En varios países, la inflación empezó a ceder lo suficiente como para que la gente respirara un poco mejor. No es prosperidad, pero es alivio. El precio del pan dejó de subir tan rápido. El alquiler dejó de ser un sobresalto mensual en algunos lugares. La economía no abrazó a nadie, pero dejó de empujar al suelo a tantos.

La ciencia siguió avanzando sin pedir permiso. Nuevos tratamientos, mejores diagnósticos, tecnologías médicas que no salen en titulares porque no generan pánico. Este año se salvaron vidas que no sabrán nunca que estuvieron a punto de no salvarse. Esa es una estadística silenciosa y profundamente optimista.

La transición energética, lenta y contradictoria, dio pasos reales. Más renovables conectadas, menos dependencia de algunos combustibles, más ciudades entendiendo que el aire limpio no es un lujo ideológico, sino una necesidad física. El planeta no se curó, pero el daño dejó de acelerarse en ciertos frentes. También eso importa.

En el plano humano, ocurrieron millones de cosas invisibles. Reencuentros. Gente que consiguió trabajo después de meses. Migrantes que llegaron vivos. Profesores que no se rindieron. Médicos que siguieron yendo. Periodistas que escribieron sin creer demasiado, pero escribieron igual. La civilización se sostiene así, por insistencia.

Y en la cultura, que siempre llega tarde a las buenas noticias, hubo una persistencia casi obstinada. Libros leídos. Obras representadas. Canciones compartidas sin algoritmo de por medio. Cuando el mundo no sabe a dónde va, la cultura no responde. Acompaña. Y eso, al final, salva más de lo que parece.

Este fin de año no trae un mensaje triunfal. Trae algo más creíble: continuidad con sentido. La prueba de que, pese al cansancio, la humanidad no ha renunciado del todo a corregirse, a cuidarse, a no empeorarlo todo al mismo tiempo.

No es un final feliz. Es algo mejor y más raro: un final abierto donde todavía hay margen para hacerlo un poco mejor mañana. Y en estos tiempos, eso ya es una buena noticia.