La espera

Poesía

Sigo la lucha con una fe arisca,
como quien atraviesa brumas
sin saber si habrá un destino
al otro lado de la roca.

El agua llena la habitación,
y los truenos dejan señales
que el tiempo no consigue borrar.
Eso decía el campanario
cada vez que el viento callaba.

He sufrido los vicios,
los celos y alguna paliza
que la vida entrega sin juicio.
Sin embargo, quedaré de pie,
aunque mis miembros parezcan cansados
y el horror deambule cerca.

Hubieran sido alegría
los resplandores de aquella pasada tarde.
Habrían bastado una boca sincera,
una barca sobre la arena,
un anillo compartido,
para creer otra vez.

Pero la espera evapora las delicadezas.
La lengua aprende a suplicar,
los corazones dejan de esconderse,
y hasta los ingenuos descubren
que la educación del dolor
también enseña.

Nació entonces una fuerza tranquila.
Solo ella pudo soltar
el peso de los días pasados.
Los universos siguieron girando,
el castillo permaneció inmóvil,
y yo comprendí, por fin,
que la fe no consiste en vencer,
sino en seguir caminando
cuando las brumas todavía rodean el camino.

La Ilusión del Búnker

No ficción

El preparacionismo es el arte de conjurar un apocalipsis antes de que ocurra. No se trata solo de almacenar latas de atún y bidones de agua, sino de fabricar un delirio: la certeza de que el mundo se derrumbará y que solo los más paranoicos—perdón, los más «preparados»—se alzarán de entre las ruinas. Es la religión de la catástrofe, la herejía del individualismo extremo, la fantasía de la autosuficiencia en un planeta tejido de interdependencias.

El preparacionista es el arquitecto de su propio miedo. Construye un búnker y lo llena de municiones, como si la civilización fuera un castillo de naipes a punto de desmoronarse con la primera ráfaga de viento. ¿Pero qué es este búnker sino un ataúd con WiFi? Una celda voluntaria donde el «sobreviviente» se entierra vivo, convencido de que el futuro es un páramo sin más leyes que las del plomo y el cuchillo.

La gran falacia del preparacionismo es su rechazo al tejido social. Se nos dice que, cuando llegue la crisis, solo los solitarios armados y bien abastecidos saldrán adelante. Pero la historia humana cuenta otra historia: las sociedades que sobreviven no son las que se atrincheran, sino las que cooperan. Los imperios caen, las civilizaciones se reinventan, pero siempre bajo un principio básico: la supervivencia es colectiva o no es en absoluto.

Y aún así, el preparacionista se aferra a su visión del mundo como un western posapocalíptico, donde la humanidad se reduce a hordas de saqueadores y él, rifle en mano, es el último bastión de la «civilización». No se prepara para vivir, sino para vigilar sus provisiones, para sospechar del otro, para convertir la vida en una trinchera sin fin. ¿Qué tipo de existencia es esa? ¿Sobrevivir para qué, si la única compañía será el eco de su propia respiración en una caverna de hormigón?

El verdadero preparacionismo no es el que acumula latas y balas, sino el que invierte en comunidades, en redes de apoyo, en soluciones compartidas. La resistencia no está en un búnker, sino en la capacidad de adaptarse y colaborar. El futuro pertenece a quienes tejen vínculos, no a quienes los rompen. Así que, en lugar de encerrarte en un refugio esperando el fin, abre la puerta. Sal. Construye. Porque el fin del mundo no es inevitable, pero la soledad sí lo es para quien decide enterrarse antes de tiempo.

Porque, claro, tú sí que estás listo. Mientras el resto de la humanidad se debate entre el caos y la desesperación, tú estarás ahí, en tu santuario subterráneo de paranoia y conservas caducadas, dando sorbos ceremoniales a tu agua filtrada con lágrimas de prepper.

Imaginemos el escenario: el mundo arde, los zombis (porque en tu mente, el fin del mundo siempre incluye zombis) asaltan supermercados, y tú, con una sonrisa de suficiencia, cierras la trampilla de tu búnker. Victoria. Has ganado el juego. ¿El premio? Un eterno monólogo con tu propia sombra. Ahora viene la parte divertida: ¿Qué harás cuando el último paquete de macarrones deshidratados se haya convertido en polvo? ¿Cazarás ratas en la penumbra? ¿Inventarás amigos imaginarios para debatir sobre la moral postapocalíptica? ¿O tal vez salgas al exterior, con tu rifle y tu máscara de gas, solo para descubrir que… sorpresa: los que realmente sobrevivieron fueron los que se ayudaron entre sí?

Porque mientras tú contabas tus cartuchos de escopeta con amor maniático, los demás—los ingenuos, los optimistas, los que creían en la cooperación—reconstruyeron algo parecido a una sociedad. Qué tontos, ¿verdad? Se ayudaron mutuamente, compartieron recursos, establecieron sistemas de apoyo… ¡Menudos ilusos! Mientras tú practicabas cómo decir «alto o disparo» en el espejo, ellos creaban redes de comercio, cultivo y protección mutua. Qué falta de visión la suya, confiar en la humanidad y no en la pólvora. Y lo mejor de todo: cuando por fin salgas de tu madriguera, esperando encontrar un Mad Max lleno de tribus bárbaras donde puedas ejercer tu fantasía de guerrero solitario… te toparás con algo peor: gente normal, sonriendo, compartiendo pan recién horneado, sin necesidad de machetes en la cintura. Qué pesadilla.

Así que sí, sigue preparándote. Sigue convencido de que el verdadero camino es el de la soledad armada y la hostilidad perpetua. Mientras tanto, los que realmente quieren un futuro están construyéndolo. Y cuando llegue el momento, serán ellos quienes decidan si te dejan entrar o no.

UNICORNIO

Ficción

Nuestras historias y destinos estaban cruzados, como en aquel famoso castillo de Calvino. Había Animales, provistos o no de Cuernos, como el unicornio; también un Hombre, que compartía el destino con un Pez, y luego estaban todos los Tetramorfos posibles. Era realmente prodigioso dejarse llevar por aquel torrente de vida tan desigual pero tan aleatoriamente uniforme.

Nuestras historias y destinos, entrelazados en una trama invisible, se desplegaban como los pasillos laberínticos del castillo de Calvino, donde cada puerta abierta revelaba un nuevo enigma. Aquella amalgama de seres, como piezas de un rompecabezas cósmico, danzaba en un caos orquestado por manos invisibles. Los Animales, unos con Cuernos afilados que se enroscaban hacia el cielo, otros desprovistos de tales ornamentos, se movían con la gracia de criaturas míticas, como el unicornio, cuya figura destellaba con la luz de lo imposible.

Entre ellos, un Hombre, cuya sombra se alargaba hasta confundirse con la de un Pez, nadaba en aguas de destino compartido. Sus caminos, tan diferentes en apariencia, se fundían en la corriente subterránea de la existencia, como ríos que se encuentran en su búsqueda del mar.

Y allí estaban, además, los Tetramorfos, figuras que desafiaban la lógica y la simetría, componiendo una geometría sagrada que se desplegaba en cada esquina de aquel vasto universo. Sus formas, a la vez familiares y alienígenas, eran reflejos distorsionados de un espejo antiguo, uno que contenía los secretos del tiempo.

En ese torbellino de vida, en esa espiral de seres tan dispares y, sin embargo, tan misteriosamente uniformes, se hallaba una especie de verdad esencial, un ritmo oculto que latía bajo la superficie de lo visible. Era prodigioso, sí, dejarse arrastrar por ese torrente de vida desigual, en el que todo, aunque en apariencia caótico, parecía obedecer a una armonía oculta, a un patrón en el que cada historia, cada destino, encontraba su lugar en la vasta red de lo eterno.

Ah, cómo nos sumergíamos en ese entrelazado de fábulas y ensoñaciones, un tejido finamente hilado con los hilos de lo improbable. En ese castillo etéreo, suspendido entre el sueño y la vigilia, nuestros destinos se cruzaban como la urdimbre y la trama de un tapiz imposible. Allí, los Animales, aquellos seres mitológicos que desafiaban las leyes de la lógica y del tiempo, deambulaban con la misma naturalidad que la niebla se posa sobre los valles.

El unicornio, con su majestuoso cuerno en espiral, no era más que una sombra alargada en ese juego de luces y tinieblas. Pero, ¡ay!, en ese lugar donde lo real y lo fantástico convergían sin esfuerzo, la naturaleza de los seres se volvía un enigma perpetuo. El Hombre, aquel peregrino de caminos inciertos, compartía su alma con un Pez de escamas iridiscentes, como si ambos fueran dos caras de la misma moneda cósmica, nadando en el río insondable del destino. ¿Y qué decir de los Tetramorfos? Esas entidades que parecían surgir de los pliegues de un antiguo grimorio, sus formas múltiples reflejaban la diversidad misma del universo, haciendo del caos una simetría perfecta.

Era en verdad prodigioso, un vértigo de existencia que nos arrastraba en un torbellino de significados ocultos y revelaciones fugaces. Y sin embargo, todo seguía un orden, un ritmo secreto, como si una mano invisible tejiera cada hilo, cada encuentro, cada respiro de ese castillo de Calvino. Nos dejábamos llevar, atrapados en esa corriente de vida donde la disparidad se reconciliaba en una inesperada uniformidad, donde la desmesura encontraba su eco en la armonía.

Ahí estábamos, tú y yo, navegando en ese río sin nombre, cruzando puentes de palabras y silencios, mientras el universo entero, con todos sus seres y formas, se desplegaba a nuestros pies como una alfombra mágica, invitándonos a soñar, a perdernos y, quizás, a encontrarnos.