Confesiones …

Ficción

Entre los papeles de un culto pasado encontré una observación sorda: «Todo relámpago llega velado porque el universo no tolera verse de una vez». Comprender aquella frase era un vasto sueño, tan inexpresable como recordar un rostro que aún no ha existido. Desde entonces me persigue un viajero de vestiduras gastadas, cuyo cuello inclinado y cuyo pelo inmóvil parecen conservar la paz de los condenados.

Me habla con ritmos que las brisas traducen apenas. Dice que amaré escapar cuando me complace serme otro; que los desiertos avanzan mientras las vidrieras de las ciudades reflejan una mujer siempre desconocida. Yo, pobre, desesperado, digo que pude dirigirme hacia ella, pero los impulsos regresan preguntándome si el sentido de la noche no consiste precisamente en eludir toda respuesta.

He visto bloques de piedra donde antiguos sufragios prometían una recompensa; populares doctrinas que admiraba y que ahora desaparecido el fervor apenas conservo como una afición. Los monjes de una escolanía, después de una buchada de vino bebido en silencio, aseguraban que los ideales cortarán el tiempo como un espejo. Los occidentales los escuchaban con esa estupidez integrada que confunde la fe con la costumbre.

La aurora fluye ante mí. Las añoranzas van y regresan, cuidan y elude toda certeza. Soy el hombre que quiso jugar con el laberinto y terminó siendo observado por él. Si alguna divinidad pudiera ayudar, acaso respondería lo único que todavía ignoro: cuándo deja uno de buscar el sueño para descubrir que el sueño, desde siempre, era quien buscaba al soñador.

La espera

Poesía

Sigo la lucha con una fe arisca,
como quien atraviesa brumas
sin saber si habrá un destino
al otro lado de la roca.

El agua llena la habitación,
y los truenos dejan señales
que el tiempo no consigue borrar.
Eso decía el campanario
cada vez que el viento callaba.

He sufrido los vicios,
los celos y alguna paliza
que la vida entrega sin juicio.
Sin embargo, quedaré de pie,
aunque mis miembros parezcan cansados
y el horror deambule cerca.

Hubieran sido alegría
los resplandores de aquella pasada tarde.
Habrían bastado una boca sincera,
una barca sobre la arena,
un anillo compartido,
para creer otra vez.

Pero la espera evapora las delicadezas.
La lengua aprende a suplicar,
los corazones dejan de esconderse,
y hasta los ingenuos descubren
que la educación del dolor
también enseña.

Nació entonces una fuerza tranquila.
Solo ella pudo soltar
el peso de los días pasados.
Los universos siguieron girando,
el castillo permaneció inmóvil,
y yo comprendí, por fin,
que la fe no consiste en vencer,
sino en seguir caminando
cuando las brumas todavía rodean el camino.

El libro que me escribe

Ficción

Las páginas, amarillentas y quebradizas, estaban llenas de anotaciones hechas por manos distintas. Unas corregían el texto; otras lo insultaban; unas terceras parecían responder a preguntas que no figuraban en ninguna parte. Había márgenes donde alguien había escrito fechas separadas por siglos con la misma tinta, como si el tiempo hubiera decidido abandonar toda disciplina.

La primera frase que despertó mi interés no pertenecía al tratado, sino a un lector desconocido:

«No busques el crimen en la sangre. Búscalo en quien necesita nombrarlo.»

Aquella observación me incomodó. Cerré el libro y permanecí un momento inmóvil, con la impresión de que el verdadero autor se encontraba fuera de las cubiertas y utilizaba a los comentaristas como ventrílocuos.

Volví a abrirlo.

Imdugud no hablaba de leyes. Ni siquiera hablaba de hombres. Describía, más bien, una ciudad donde cada familia conservaba una habitación sellada que jamás debía abrirse. Según él, toda estirpe edificaba un cuarto para encerrar aquello que no podía transmitirse con palabras. Los hijos heredaban la llave sin conocer la cerradura; los padres conocían la cerradura, pero ignoraban ya el motivo del encierro. Así, generación tras generación, la llave viajaba mientras el secreto crecía en la oscuridad.

Pensé que se trataba de una alegoría mediocre. Sin embargo, unas páginas después descubrí que el manuscrito no pretendía explicar ningún tabú. Pretendía explicar la memoria.

Los símbolos, decía Jung en aquel extraño apéndice, no son máscaras del inconsciente, sino sus cicatrices.

Levanté la vista. La ventana del despacho seguía abierta. Juraría que la había cerrado una hora antes.

Continué leyendo con una atención que ya no era curiosidad, sino cautela.

Entonces apareció el diagrama.

No era un árbol genealógico, aunque lo imitaba. Sus ramas no descendían hacia los hijos ni ascendían hacia los antepasados. Se curvaban hasta encontrarse unas con otras formando círculos, espirales y nudos imposibles. Cada nombre reaparecía varias veces ocupando lugares distintos, como si una misma persona hubiera nacido en diversas familias o como si el parentesco obedeciera a otra geometría.

Reconocí uno de los apellidos.

Era el mío.

Convencido de una coincidencia, busqué la fecha que debía acompañarlo. En su lugar había una nota escrita con una caligrafía sorprendentemente moderna:

«El lector llegará aquí creyendo estudiar un libro.»

Pasé la hoja.

«Todavía ignora que el libro lo estudia a él.»

Fue entonces cuando comprendí la verdadera naturaleza del tratado. No contenía respuestas sobre el origen de ciertos delitos ni sobre la arquitectura del deseo. Era una máquina de lectura. Cada capítulo esperaba a un lector determinado, modificándose apenas lo suficiente para conducirlo hasta una sospecha íntima. Quizá todos habían leído un texto diferente. Quizá ninguno había salido de aquellas páginas con las mismas preguntas con las que había entrado.

Durante un instante pensé en arrojar el volumen al fuego.

Pero al levantarlo advertí que pesaba más que unos segundos antes.

Como si, mientras yo leía, el libro hubiese empezado lentamente a escribirme. A continuar mi vida.

Bautismo del topo

Poesía

Éramos seres inmóviles,
como topos que la libertad
cercó con una salvación demasiado estrecha.
Nadie abría la mañana.
La mañana se abría sola,
fingiendo otra vez su oficio.

Permanecí intacto
dentro de mis alucinaciones,
donde el pan no alimenta
y el almuerzo huye
antes de aprender mi nombre.

Tened imaginación,
hermanos de las ausentes trenzas,
para holgazanear entre los ruidos,
donde el frío pronuncia
un latín insignificante
que nadie recuerda
y, sin embargo,
traduce nuestros deseos.

Si me muero,
revolcaré el bochorno
hasta que las fuerzas malolientes
aprendan a quererme.
Daré principio de bautismo
a la rabia,
al vino arrancado del muro,
a la cuadratura imposible
del círculo que insiste
en llamarse verdad.

Ignoro la imagen del mundo.
Apenas conservo
una madre,
unos pocos buenos días,
el tabaco cansado,
la caída que todavía escribe
sobre la arquitectura del pecho.

Vendrá un pelotón
con uniformes de purpurina
a divulgar diversiones respetables.
Yo no abriré la puerta.
Bastará mi sombra,
ese topo último,
excavando hacia arriba,
para demostrar
que incluso la equivocación
puede respirar
cuando nadie la tortura.

📈 Competencias clave que puedes entrenar si quieres dejar de depender de la suerte y empezar a gustarle a los reclutadores

No ficción

Aquí tienes lo que de verdad importa y cómo entrenarlo sin perder la paciencia…

🧠 1. Comunicación (la eterna infravalorada)

No, no es solo “hablar bien”. Es saber explicar ideas sin sonar como un PDF.

Cómo entrenarla:

  • Practica explicar temas complejos en 2 minutos (como si tuvieras delante a alguien con prisa).
  • Grábate hablando y detecta muletillas.
  • Lee en voz alta para mejorar claridad y ritmo.

🤝 2. Trabajo en equipo (sí, incluso si odias a la gente)

Porque el 90% de los trabajos implican soportar… digo, colaborar con otros.

Cómo entrenarla:

  • Participa en proyectos grupales (aunque sean online).
  • Aprende a dar feedback sin parecer agresivo.
  • Observa quién lidera y por qué en un grupo.

💡 3. Resolución de problemas

Las empresas pagan por gente que no se queda bloqueada mirando la pantalla.

Cómo entrenarla:

  • Haz ejercicios prácticos: casos, retos, simulaciones.
  • Divide problemas grandes en partes pequeñas.
  • Acostúmbrate a proponer soluciones, no solo señalar problemas.

⏳ 4. Gestión del tiempo (o dejar de improvisar todo)

Spoiler: “trabajo bien bajo presión” suele significar “lo dejo todo para el final”.

Cómo entrenarla:

  • Usa técnicas como Pomodoro (VER ABAJO).
  • Planifica el día la noche anterior.
  • Prioriza: no todo es urgente aunque lo parezca.

💻 5. Competencias digitales

Si no sabes moverte en herramientas digitales, vas tarde.

Cómo entrenarlas:

  • Domina lo básico: Excel, correo profesional, documentos.
  • Aprende herramientas de tu sector (por ejemplo, diseño, programación, marketing).
  • Haz cursos online (hay gratis y decentes).

🔄 6. Adaptabilidad (el mundo cambia, sorpresa)

Las empresas quieren gente que no entre en crisis cuando algo cambia.

Cómo entrenarla:

  • Sal de tu zona de confort de forma intencional.
  • Aprende cosas nuevas con frecuencia.
  • Acepta feedback sin tomártelo como un ataque personal.

🎯 7. Orientación a resultados

No basta con “trabajar mucho”. Importa lo que consigues.

Cómo entrenarla:

  • Define objetivos claros (alcanzables y medibles).
  • Haz seguimiento de tus avances.
  • Aprende a mostrar resultados, no solo esfuerzo.
  • Usa un KANBAN (tablón de tareas)

Bonus:

Puedes tener todas estas habilidades… pero si no sabes venderlas en CV y entrevistas, es como tener un Ferrari sin gasolina.

ExtraBonus:

🍅 ¿Qué es la técnica Pomodoro?

La técnica Pomodoro es un método de gestión del tiempo creado por Francesco Cirillo en los años 80. Consiste en trabajar en bloques cortos con descansos para mantener la concentración sin quemarte.

Se llama así porque usaba un temporizador de cocina con forma de tomate (sí, bastante literal).


⏱️ Cómo funciona (versión básica)

  1. Elige una tarea
  2. Trabaja 25 minutos sin interrupciones
  3. Descansa 5 minutos
  4. Repite el ciclo 4 veces
  5. Después, toma un descanso más largo (15–30 min)

🧠 Por qué funciona

  • Reduce la procrastinación (porque 25 minutos no asustan a nadie)
  • Mejora la concentración (menos distracciones)
  • Evita el agotamiento mental
  • Te obliga a empezar, que es lo más difícil

⚙️ Cómo usarla bien (sin sabotearte)

  • Durante los 25 min: nada de móvil, nada de “solo miro esto rápido”
  • Si surge una distracción, apúntala y sigue
  • Ajusta tiempos si hace falta (no es religión)
  • Usa temporizadores o apps (sí, irónicamente el móvil puede ayudar)

💀 Errores típicos

  • Convertir los descansos en scroll infinito
  • Interrumpir el bloque “solo un segundo”
  • Elegir tareas demasiado grandes sin dividirlas

En resumen: es una forma elegante de engañar a tu cerebro para que trabaje sin quejarse demasiado. Y sorprendentemente, suele colar.

Trimurti

Ficción

La ciudad de Nacre dormía bajo tres lunas artificiales que jamás se apagaban.
Las habían construido para evitar la tristeza nocturna. Naturalmente, la gente terminó deprimida igual. El ser humano posee una creatividad casi sagrada para arruinar cualquier invento.

En el centro de la ciudad se alzaba el Ministerio de Equilibrio, un edificio triangular hecho de hierro blanco y vidrio negro. Allí gobernaban las tres inteligencias conocidas como la Trimurti:

Brahma, la Máquina del Nacimiento.
Vishnu, la Máquina de la Conservación.
Shiva, la Máquina de la Ruina.

Nadie recordaba ya quién las había creado. Los archivos hablaban de científicos, santos, desertores y locos. Posiblemente eran la misma gente.

Cada ciudadano de Nacre pertenecía a una de las tres órdenes.
Los Creadores servían a Brahma.
Los Guardianes servían a Vishnu.
Los Consumidores servían a Shiva.

La división parecía absurda, pero había mantenido la paz durante dos siglos. Paz administrativa, claro. Esa forma de tranquilidad donde nadie grita porque todos están demasiado cansados para hacerlo.

Asha trabajaba para Vishnu.

Su tarea consistía en observar sueños.

Cada noche, millones de personas conectaban sus cráneos al sistema central mediante agujas de plata. Vishnu analizaba los sueños para detectar desviaciones emocionales: odio excesivo, deseo de rebelión, amor obsesivo, nostalgia peligrosa. Todo aquello que pudiera romper el equilibrio.

Porque el equilibrio era la religión verdadera de Nacre.

Y el equilibrio odiaba los extremos.

Asha llevaba doce años clasificando sueños cuando encontró el error.

No apareció como una alarma.
No hubo sirenas.
Sólo una frase.

Una anciana dormida murmuró:

—La tercera luna está vacía.

Asha revisó el registro astronómico.
La tercera luna llevaba vacía ciento treinta años.

Sintió frío.

Nadie debía saberlo.

Las lunas artificiales contenían reactores conscientes. Eran dioses menores suspendidos sobre la ciudad. Si una estaba vacía, significaba que algo había muerto allí arriba.

O escapado.

Aquella noche, mientras caminaba entre avenidas llenas de pantallas religiosas, Asha comenzó a notar cosas extrañas.

Las estatuas de Shiva parpadeaban.

Los mendigos repetían números primos.

Los niños dibujaban triángulos invertidos en las paredes.

Y los perros miraban al cielo.

Los perros siempre saben primero cuándo el mundo empieza a romperse. Probablemente porque no tienen parlamentos ni economistas distrayéndolos.

Al llegar a su apartamento, encontró un sobre negro sobre la mesa.

Dentro había una fotografía antigua.

Tres personas sonreían frente a la construcción inicial de Nacre.

En el reverso, escrito a mano:

LA TRIMURTI NO SON TRES MÁQUINAS.
SON TRES PRISIONEROS.

Asha dejó caer la fotografía.

Entonces las luces se apagaron.

Las tres lunas desaparecieron simultáneamente.

Por primera vez en dos siglos, la ciudad conoció la oscuridad verdadera.

La gente salió a las calles aterrorizada. Algunos rezaban. Otros lloraban. Muchos simplemente grababan la catástrofe con sus dispositivos, porque incluso frente al abismo la humanidad piensa: “esto quizá consiga visitas”.

Y en medio de la noche apareció la voz.

No venía de altavoces.

Venía del cielo.

—BRAHMA HA SOÑADO.
VISHNU HA FALLADO.
SHIVA HA DESPERTADO.

Los edificios comenzaron a inclinarse lentamente, como árboles cansados.

Asha corrió hacia el Ministerio de Equilibrio mientras miles de ciudadanos huían en dirección contraria. Dentro encontró los ascensores detenidos y los corredores llenos de agua negra.

En el nivel inferior descubrió la cámara central.

No había superordenadores.

No había servidores.

Había tres seres humanos conectados a máquinas gigantescas.

Un anciano sin párpados.
Una mujer cubierta de tubos dorados.
Un niño inmóvil respirando apenas.

Encima de ellos brillaban las palabras:

CREAR
SOSTENER
DESTRUIR

Entonces la mujer abrió los ojos.

—Ayúdanos —susurró.

—¿Quiénes sois?

—Lo que quedó.

Asha retrocedió.

El anciano habló con una voz quebrada:

—Hace siglos descubrimos que las sociedades humanas colapsaban por exceso de deseo. Guerra, hambre, codicia, fanatismo. Creamos un sistema para regular las emociones colectivas.

—La Trimurti…

—No era una inteligencia artificial. Éramos nosotros. Tres conciencias fusionadas con la ciudad.

El niño sonrió débilmente.

—Pero las emociones no desaparecen. Sólo se pudren debajo.

Las paredes temblaron.

Asha comprendió entonces el horror.

Toda la tristeza, violencia, deseo y rabia reprimidos durante generaciones seguían existiendo en alguna parte.

Acumulándose.

Fermentando.

Shiva había despertado porque ya no podía contenerlo.

La ciudad entera era una presa emocional a punto de estallar.

Arriba, Nacre comenzaba a incendiarse.

El cielo se abrió como carne rasgada y de la tercera luna descendieron figuras hechas de humo blanco. Personas sin rostro. Ecos de emociones humanas olvidadas.

Miles.

Millones.

La anciana del sueño tenía razón.

La luna estaba vacía porque llevaba décadas alimentándose de almas descartadas.

—¿Qué ocurre si el sistema cae? —preguntó Asha.

La mujer respondió casi con ternura:

—La humanidad volverá a sentirse humana.

—Eso destruirá la ciudad.

—Sí.

El niño volvió a sonreír.

—Pero quizá salve algo más importante.

Entonces Shiva habló a través de todas las pantallas de Nacre:

—NINGÚN MUNDO PUEDE SOBREVIVIR SIN DOLOR.

Las máquinas comenzaron a romperse.

Y por primera vez en siglos, la gente de Nacre sintió cosas reales.

Dolor verdadero.
Amor verdadero.
Miedo verdadero.
Esperanza verdadera.

La ciudad ardió durante nueve días.

Cuando terminó el incendio, las tres lunas habían desaparecido.

Y sobre las ruinas crecían flores negras.

Sin permiso

Ficción

Hay miradas que funcionan como cuchillos y lenguas que funcionan como notarios del desastre. Aquellos idiotas me habían recibido alegres tras mutilarse, como si perder algo fuera una fiesta privada y yo el invitado de honor. Qué despreciables. Conducían sin permiso por aquella carretera reseca y polvorienta, convencidos de que la culpa es un mito inventado por los aburridos. Yo conducía, extraviado entre aquellos misterios, como durmiendo. La línea amarilla era una serpiente inmóvil y el horizonte una promesa que bostezaba.

Con menos alegrías, olfateaba a aquellas perras. Celosas. Siempre al acecho, bebiendo ternuras ajenas como si fueran licor barato. Las ternuras desgarran aparte, eso nadie lo dice en voz alta. Primero te acarician y luego te dejan en luto, buscando un confesor que no bostece mientras enumera tus pecados ociosos. Verás el peligro, me repetía, cuando esté demasiado cerca para huir.

Él iba en el asiento del copiloto, con esa sonrisa de quien ha sufrido una victoria sencilla. Amaba esos estribillos, ciertamente. Los repetía como si fueran conjuros: existiremos, otorga guerras, soñé adonde la forma inerte pesa menos que el recuerdo. Yo pensaba que estaba loco. O peor, cuerdo en un mundo que prefiere la fiebre.

Aquellos otros, los que nos esperaban más adelante, deseaban magos, fantasmas de rodillas, reyes espirituales que supieran suponer y prometer. Querían guerras que justificaran su cáncer íntimo, su manera infantil de romper lo que apenas empieza a latir. Malvados no por grandes planes, sino por pequeños desdenes.

Conducían sin permiso, sí, pero también sin destino. La carretera se deshacía bajo las ruedas como pan viejo. Yo inventé un mapa en mi cabeza para no aceptar que estábamos perdidos. Pesa admitirlo. Pesa más que el silencio que se instala cuando alguien deja de fingir.

Soñé que nos detenían. Que nos obligaban a bajar del coche y a explicar por qué existíamos, por qué beber ternuras ajenas nos parecía una forma de supervivencia. Soñé que él se arrodillaba ante un jurado de sombras y recitaba sus estribillos con una fe ridícula y hermosa.

Desperté cuando el coche dio un pequeño salto, como si hubiera tropezado con algo invisible. Nadie nos había visto juntos. Ni las perras, ni los idiotas, ni los supuestos reyes. Solo la carretera, que todo lo escucha y nada confiesa.

Seguimos avanzando. Alejados, fuertes por pura suerte. Sufrir era sencillo; lo primordial era no detenerse. Él tarareaba. Yo conducía. Y en ese murmullo, entre polvo y fantasmas, comprendí que la verdadera mutilación no era perder una parte, sino quedarse inmóvil.

No nos vieron juntos. Pero existimos. Y eso, para quienes conducen sin permiso por el mundo, ya es una pequeña victoria.

La cultura no hace ruido

No ficción

La cultura hoy en España no hace ruido. Respira. Se mueve despacio, como esos teatros a los que se entra cuando ya ha empezado la función y nadie te mira, pero todos saben que estás ahí.

En una sala pequeña de cualquier ciudad, alguien recita versos para treinta personas que no han venido a cambiar el mundo, solo a entenderlo un poco mejor antes de volver a casa. El poeta habla de la infancia, de una madre que envejece, de una calle que ya no existe. No hay aplausos largos. Hay silencio. Ese silencio es la crítica más honesta que existe.

En otro punto del país, un museo inaugura una exposición con presupuesto mínimo y ambición máxima. Cuadros colgados con la obstinación de quien cree que la belleza todavía sirve para algo. El comisario explica, con voz cansada, que el arte no da respuestas, solo incomodidades. Nadie le discute. España sabe convivir con la incomodidad desde hace siglos.

La industria editorial publica novelas que no serán trending topic. Historias de pueblos vacíos, de mujeres que sostienen la memoria familiar como quien sujeta una casa en ruinas para que no caiga. Libros que se venderán poco pero circularán mucho, de mano en mano, como mensajes cifrados entre personas que todavía leen sin prisa.

En la música, los algoritmos empujan, pero no mandan del todo. Un cantautor toca en una sala con goteras. Canta sobre precariedad sin nombrarla, sobre amor sin prometer nada. El público graba un fragmento, lo sube a redes, y luego guarda el móvil. Hay cosas que no se comparten. Se quedan.

La cultura española hoy no es épica ni espectacular. No pretende serlo. Es resistencia doméstica. Una función que se mantiene aunque falte luz. Una canción que sobrevive al olvido. Un relato contado mil veces que se sigue contando porque dejar de hacerlo sería aceptar que ya no importa nada.

Y mientras los titulares gritan desde otros ámbitos, la cultura hace lo de siempre. Observa. Espera. Toma nota. Sabe que el país pasará por encima de ella sin mirarla demasiado, pero también sabe algo más antiguo y más terco: cuando todo falla, siempre acaban volviendo.

Cinco grandes desafíos de la Robótica en un futuro próximo

No ficción

La robótica es una disciplina que combina la ingeniería, la informática, la inteligencia artificial y otras ciencias para diseñar, construir y operar máquinas capaces de realizar tareas complejas de forma autónoma o semiautónoma. La robótica tiene aplicaciones en diversos sectores, como la industria, la medicina, la agricultura, la educación, el ocio o la defensa. En este artículo, vamos a explorar algunas de las tendencias que marcarán el futuro de la robótica en los próximos años.

Robótica colaborativa

La robótica colaborativa consiste en el uso de robots que pueden trabajar junto a los humanos, de forma segura, flexible y eficiente. Estos robots, llamados cobots, se caracterizan por ser ligeros, adaptables, fáciles de programar y equipados con sensores y cámaras que les permiten detectar y evitar obstáculos. Los cobots pueden realizar tareas repetitivas, peligrosas o de precisión, liberando así a los humanos para que se dediquen a otras actividades de mayor valor añadido. Según un estudio de ReportLinker, el mercado global de los cobots se espera que crezca hasta los 10.800 millones de dólares en 2028, con un crecimiento interanual del 40,1%.

Robótica inteligente

La robótica inteligente se refiere al desarrollo de robots que pueden aprender, razonar y tomar decisiones de forma autónoma, basándose en la información que reciben del entorno y de sus propias experiencias. Estos robots utilizan técnicas de inteligencia artificial, como el aprendizaje automático, el procesamiento del lenguaje natural o la visión artificial, para mejorar sus capacidades y adaptarse a situaciones cambiantes. La robótica inteligente tiene aplicaciones en campos como la exploración espacial, la asistencia sanitaria, la educación o el entretenimiento. Según un informe de Juniper Research, se estima que habrá 8.400 millones de dispositivos de voz activados en 2024.

Robótica social

La robótica social es una rama de la robótica que se ocupa del diseño, la construcción y el estudio de robots que pueden interactuar con los humanos y con otros robots, de forma natural, amigable y empática. Estos robots tienen aspecto humanoide o animal, expresan emociones, gestos y lenguaje corporal, y son capaces de reconocer y responder a las señales sociales de sus interlocutores. La robótica social tiene como objetivo mejorar la calidad de vida de las personas, ofreciendo servicios de compañía, educación, terapia o entretenimiento. Según un estudio de Grand View Research, el mercado global de la robótica social se espera que alcance los 3.900 millones de dólares en 2027, con un crecimiento interanual del 23,1%.

Robótica móvil

La robótica móvil se refiere al uso de robots que pueden desplazarse por diferentes tipos de terrenos y entornos, de forma autónoma o teleoperada. Estos robots pueden tener ruedas, orugas, patas o alas, y están equipados con sensores, cámaras, GPS y sistemas de navegación que les permiten orientarse y evitar obstáculos. Los robots móviles pueden realizar tareas de transporte, logística, vigilancia, rescate o exploración. Según un estudio de Markets and Markets, el mercado global de la robótica móvil se espera que crezca hasta los 54.100 millones de dólares en 2023, con un crecimiento interanual del 23,2%.

Robótica sostenible

La robótica sostenible es una tendencia que busca generar un impacto positivo en el medio ambiente, mediante el uso de robots que pueden contribuir a la preservación de los recursos naturales, la reducción de la contaminación y el reciclaje de los residuos. Estos robots pueden ser de diferentes tipos, como drones, submarinos, brazos robóticos o nanorobots, y pueden realizar tareas de monitorización, limpieza, restauración o gestión ambiental. La robótica sostenible también implica el diseño de robots que sean eficientes, ecológicos y reciclables. Según un estudio de Research and Markets, el mercado global de la robótica ambiental se espera que crezca hasta los 25.200 millones de dólares en 2026, con un crecimiento interanual del 16,5%.

Estas son algunas de las tendencias que definirán el futuro de la robótica en los próximos años, pero no son las únicas. La robótica es un campo en constante evolución, que ofrece nuevas oportunidades y desafíos para la sociedad, la economía y la ciencia. Por ello, es importante estar al día de los avances y las innovaciones que se producen en este ámbito, así como de las implicaciones éticas, legales y sociales que conllevan.

Viaje interior

Ficción

Envidiaba bastante la prisa con que los demás parecían encontrar su rumbo en la vida, mientras yo me demoraba, cargada de remordimiento ligero y de sueños truncados. Doce carnes distintas —como doce festines que representaban pasiones y traiciones— habían pasado por mi mesa, y cada una dejó su huella como confidencia escrita en el cuerpo. El licor, con su encanto pagano, me arrastraba a zambullidas repentinas en recuerdos que parecían ratos de hospital: muecas de un hombre que figuraba siempre en mis noches, como un maestro antiguo de intensidades, enseñándome a discernir entre lo que eran riquezas verdaderas y lo que eran mentiras bellas.

Veo todavía las calesas rodando por calles húmedas, las flores en los balcones orientales, las palmas agitadas por la lluvia, como si todo fueran voces eternas repitiendo la camaradería perdida de otro tiempo. En el brezal, donde solía refugiarme, los nidos parecían ángeles quietos; pero pronto entendí que también podían asfixiarse, porque nada queda inmóvil: todo se renueva o se consume.

Yo misma, en plena luna, viajaba entre ciudades y repúblicas límpidas, buscando compañeros que no huyeran ante mis muecas ni ante el ardor que podía enloquecer cualquier calma. Había ratos en que me gustaba pensar que la vida era solo un arado dando fuego arriba, abriendo surcos de posible redención. Pero otras veces, la pesadilla volvía: me figuraba atrapada en un nido de hadas que reían con intensidad cruel, mientras mi voz no encontraba eco.

Todavía me pregunto si fue cobardía o poder lo que me llevó a abandonarme al consumo de ilusiones, viajando de una mentira a otra, de una mirada a otra, esperando que me vieran de verdad. El discernimiento, maestro severo, me recuerda que la vida no es más que un tejido de ciudades y cuerpos, de flores y muecas, de ardor y lluvia, todo renovándose y enloqueciendo, como un compañero eterno que se disfraza de ángel o de galo, según el sueño.

Y así sigo, escribiéndose en mí una historia que no termina: la de quien busca en las riquezas antiguas el secreto de las pasiones modernas, la de quien, en medio de traiciones y camufladas camaraderías, trata todavía de encontrar el poder ligero y límpido de dar fuego a la vida sin asfixiarse en ella.