El Libro de Khafaal de Thaunn

Poesía

NOTA PRELIMINAR: He dejado en blanco las partes que no eran legibles en la tablilla encontrada. Hay quien interpreta que la tablilla se va reescribiendo a lo largo de la historia, cuando pierde palabras, sin perder nunca su sentido y su potencia profética. Según esta teoría, el libro marcará el final del mundo cuando sólo quede la última palabra. Por ahora quedan 1722 palabras que he traducido como sigue…

Oh tierra batida por soles negros
tierra donde no germina el nombre
tierra donde el viento guarda juramentos rotos
escucha ahora el relato que nadie pidió
pero que aún así persiste

Había un hombre
No un rey No un dios No un héroe
Un hombre sin escudo
sin sangre real
pero con una herida que no cerraba

A él se le apareció el dragón de los siete rostros
el que se oculta en la raíz del silencio
el que devora nombres y los olvida
sin saborearlos

Y el hombre
el sin-manto
el que ya había perdido la ciudad de su infancia
sacó la fíbula de su cintura
símbolo inútil
símbolo último

No como arma
No como escudo
sino como juicio

Y fue entonces que descendió
no en carro de fuego
no con trompetas
no con antorchas
sino con polvo en los pies
y verdad en los ojos

“¡Tarde vienes!” gritó el hombre
“¡Todo está perdido!”
Pero él respondió
“No vengo a ganar
Vengo a mirar contigo”

Entonces el cielo se cerró
No con trueno
No con ira
sino con esa calma espesa
que anuncia la extinción del lenguaje

El dragón se alzó
No era un monstruo
Era la memoria sin dueño
Era el pasado que nadie sostuvo
Era el olvido con forma de aliento

Y el hombre caminó hacia él
Solo
Con el nombre roto colgando del pecho
como un amuleto vencido

El fuego no lo consumió
El dragón no lo devoró
El cielo no lo reconoció

Pero la ceniza supo su nombre

Y eso para algunos
fue suficiente

Amante de la verdad

He sacado la fíbula fuera de mi cintura
para poder acosar al dragón con ella

Estaba realmente enfurecido

Y vino en mi ayuda Khafaal de Thaunn
afortunadamente

Adiós
Adiós viejo cielo

He sacado la fíbula fuera de mi cintura
No como adorno
No esta vez
Como acero
Como grito
Como rabia

Con ella acosé al dragón
No el de escamas y fuego
El otro
El que se arrastra bajo la piel
El que devora los nombres de los caídos
El que susurra en las noches sin estrellas
«Ya no queda nada por salvar»

Estaba realmente enfurecido
No por miedo No por honor
Por memoria
Por los que creyeron
Por los que aún me llaman
Hermano
desde los huesos

Y entonces vino en mi ayuda Khafaal de Thaunn
Khafaal que juró no volver a empuñar su lanza
Khafaal que perdió a su hijo en las minas de Lorsamm Aar
Khafaal el último justo en esta tierra torcida
Gracias a los dioses rotos vino

Y juntos lo enfrentamos
El dragón
El pasado
El fin

El cielo
Ah viejo cielo
tan cansado de mirar guerras de hombres
Tan azul Tan inútilmente azul

Adiós
Adiós viejo cielo
Que otro levante la espada
Que otro recuerde nuestros nombres
Yo
Yo me duermo ya

Me la quité sin temblor
No era un adorno
era el eco de mi nombre
cosido al pecho

La lancé como lanza
y silbó en el aire
como si supiera
lo que el acero ha olvidado
«Que toda belleza
puede volverse herida»

No ruge
No alza el vuelo
No duerme sobre oro

Se arrastra por los pasillos
donde guardo los nombres de los que amé
Sabe deletrear el olvido
con lengua de humo

Y cada vez que dudo
se hace más real
Más hueso
Más rastro

Él llegó sin armadura
Solo una mirada
de quien ya ha muerto dos veces

No preguntó por qué luchaba
Clavó su lanza
como quien siembra algo
en tierra yerma

Luchó sin fe
pero con memoria
Y eso quizás
fue suficiente

Ese cielo
azul de cansancio azul de olvido
gris de tanto mirar sin tocar
no tiene dioses
Solo testigos

Cada estrella es una promesa rota
Cada nube un juramento olvidado

Le dije adiós
como se saluda a un padre
que nunca estuvo ahí

Cuando la sangre calla
el viento habla

Dice cosas que olvidamos
Que no hay victoria
Que no hay tumba justa
Que el mundo no recuerda

Pero aún así
mientras caía
apreté la fíbula en mi puño
como si fuera una flor

Y sonreí
Porque no me rendí

El Fuego de Thaunn
No descendió del cielo de ningún dios
Nadie abrió los cielos con relámpagos
La tierra no tembló
Y sin embargo supimos que había llegado la hora

El dragón no vino desde los bosques lejanos
ni surgió del abismo con alas negras
Estaba ya allí
en los pliegues del silencio
en la palabra no dicha
en la carne que recuerda
lo que la mente querría olvidar

Yo arrojé al suelo la fíbula
ya sin manto sin escudo
con el pecho expuesto al juicio del acero
No porque creyera en la victoria
sino porque aún me aferraba
a una forma rota de la verdad

Entonces llegó Khafaal de Thaunn
No traía estandarte
ni un nombre grabado en los anales
Solo cicatrices en el rostro
y una lámpara encendida
que parecía arder sin aceite

“No hay oro que salvar” dijo
“Ni mundo que redimir
Solo tú
y la llama que aún se resiste a extinguirse”

No me dio órdenes
No tomó mi mano
Se sentó a mi lado
y esperó

El dragón nos encontró así
uno con su lanza enterrada en la tierra
el otro con la mirada vuelta hacia adentro
Y cuando rugió
no fue su aliento lo que nos amenazó
sino su pregunta

“¿Por qué aún estás de pie?”

Yo no respondí con palabras
La fíbula ya era hierro candente entre mis dedos
Y la arrojé
No para matar
sino para marcar el límite
entre la oscuridad y lo que aún puede arder

El dragón no cayó
El cielo no se abrió
Pero en el humo
algo se quebraba

Y en el crujido de ese instante
supe que el mundo no se salva
pero uno puede salvar
una chispa
Una memoria
Un gesto limpio
en medio del caos

Khafaal asintió
Se levantó
Y sin mirar atrás
se perdió por el mismo camino
por donde vino

No todas las brasas son ceniza
Hay algunas que fingen haberse extinguido
pero en la noche del alma
arden más que el sol

Khafaal dijo
«Guarda esas brasas
No para incendiar el mundo
sino para iluminar tu nombre
cuando te sea negado»

El dragón no se alimenta de cuerpos
Devora los nombres
Los pronuncia lentamente
hasta hacerlos polvo

Por eso luchamos
no por el cuerpo
sino por el eco que lo sigue

El cielo es testigo pero no aliado

Khafaal alzó la mirada y dijo:
«No reces No maldigas
Mira ese azul
como quien mira una piedra
sin esperar respuesta
pero sabiendo que existes
porque puedes contemplarlo»

El umbral no es la puerta
Es la pregunta antes de cruzarla

¿Qué de ti debe morir
para que lo que debe vivir
respire?

Cuando el guerrero partió la fíbula en dos
ya no era un broche
Era el primer signo de revelación

Uno de los fragmentos se hundió
en el pecho del dragón
El otro en el suyo

Y así se volvieron iguales
dos cuerpos marcados
por la misma herida

Aquel que no haya sentido
el peso de un símbolo
no ha sentido aún el mundo

No busques la verdad como un mapa
búscala como se busca un recuerdo
sabiendo que quizás lo que encuentres
te cambie

El fuego no pregunta por tu causa
Solo consume lo que arde

Khafaal habló ante las llamas:
“No hay metal noble sin horno
Ni rostro verdadero sin incendio”

Y arrojó su nombre al brasero
como quien entrega una llave

Algunos fueron tocados
por una llama distinta
no los hirió
pero tampoco los dejó igual

Se les conocía por la mirada
ardían en silencio
y no buscaban testigos

No es el cuerpo el que muere primero
sino el nombre al que ya nadie llama

El dragón lo sabe
por eso guarda los nombres
en su vientre
como huesos no digeridos

“Cuando digas mi nombre
dilo despacio
No por reverencia
sino por precisión
Cada sílaba fue ganada
como una trinchera”

Lo que no se nombra
se desvanece
Pero lo que se nombra mal
también perece

La noche no es oscuridad
Es el silencio donde se decide
si aún eres tú

Cuando no pude dormir
Khafaal habló
“La noche es el rostro
de lo que no pudiste perdonar
Pero si la atraviesas
te hablará sin mentir”

Si ves una figura en la noche
que no tiene sombra
síguela

No te llevará a la luz
pero tampoco al engaño

No hay mayor consuelo
que aquel que no promete consuelo

Khafaal no prometió nada
Se sentó
Y en su silencio
supe que no estaba solo

El compañero no lucha por ti
Lucha para que tú no olvides
cómo hacerlo

“¿Y si caemos?”
“Entonces no caerás solo”

“¿Eso basta?”
“A veces es todo lo que hay”

No todo lo olvidado está perdido
Hay cosas que duermen bajo la ceniza
esperando que alguien respire hondo

El olvido no borra
Desvía

Un día miras un rostro y no sabes
si fue un enemigo
un hermano
o tú mismo

La muerte no es olvido
El olvido es más lento

Es el crujido del nombre
mientras cae
sin que nadie lo recoja

Yo no fui testigo
No combatí en los días de la fíbula
No hablé con Khafaal de Thaunn
No vi al dragón
ni al cielo viejo
ni al fuego sin causa

Y sin embargo he vivido con estas tablillas
más tiempo del que he vivido con mi propio nombre
Las heredé de manos temblorosas
en un zigurat sin lámparas
entre estantes rotos y juramentos carcomidos

Nadie recuerda ya por qué se escribió este libro
Algunos creen que es un canto épico
disfrazado de fragmentos
Otros dicen que es alquimia
disfrazada de mito

Para mí es un espejo

No uno liso no uno de palacio
sino de los antiguos
curvo oxidado
que muestra el rostro
que no sabías
que llevabas dentro

Hay quienes buscan aquí instrucciones
No las hay
Hay quienes buscan consuelo
Lo encontrarán pero no como esperaban

Aquí hay fuego Nombre Noche Compañero Olvido
Y algo más
Un Eco Un eco
un eco

Porque cada vez que recito estas líneas
aunque las sepa de memoria
hay una palabra que suena distinta

Como si el libro no fuera un libro
sino un ser que escucha

Que espera
Que no olvida

Que quizás recuerda de ti
más de lo que tú mismo recuerdas

LA ÉPICA DE LA IRONÍA

Ficción

En el crepúsculo de una era absurda, el Emperador, un tipo con el carisma de una piedra y la inteligencia de un zapato izquierdo, decidió que la única forma de inmortalizar su legado era organizar un torneo de proporciones mitológicas. El premio: un anillo encantado capaz de conceder cualquier deseo, o al menos, eso decía la publicidad.
Los participantes llegaban de todos los rincones del mundo conocido (y algunos del desconocido). Prometeo, harto de que la humanidad no le enviara ni una simple carta de correspondencia agradeciéndole el fuego, decidió competir solo para pedir como deseo la extinción de la especie. Lilith, con su eterna actitud de femme fatale, quería la victoria para demostrar que el patriarcado no era más que un chiste mal contado.
Entre los concursantes destacaba un bucentauro, mitad hombre, mitad barco (un error de hechizo, evidentemente). También estaba un gigante con un coeficiente intelectual inferior al de una serpiente, un dragón con problemas de autoestima y una de las Hespérides, que solo participaba porque le habían prometido un vale de descuento en un spa celestial.
La primera prueba consistía en atravesar un bosque de encinas carnívoras, seguido de un duelo con Cerbero, quien, en plena crisis existencial, se negaba a luchar a menos que alguien le diera una razón válida para seguir viviendo. Nadie la encontró.
Más tarde, en una prueba patrocinada por farmacéuticas, los concursantes debían escalar una montaña resbaladiza mientras lidiaban con los efectos secundarios de una dosis letal de Viagra. (Algunos siguen atrapados en esa ladera hasta el día de hoy).
El Enamorado, un donjuán con la elocuencia de una piedra pómez, intentó conquistar a Lilith. Ella, con una mezcla de fuerza y hartazgo, le estampó una maza en la cara.
El último obstáculo era un combate cuerpo a cuerpo con el pájaro de la mala suerte. Un gallo con complejo de dictador que se había autoproclamado juez supremo del torneo. Solo una persona lo venció: un competidor anónimo que, en un gesto de abrumadora sensatez, decidió usar un arma de verdad en lugar de las espadas de goma espuma provistas por la organización.
Para sorpresa de todos, el premio no era el anillo mágico, sino un vale de descuento para un servicio de cremación con un 10 % de rebaja. El Emperador, entre risas, declaró que la verdadera victoria era el aprendizaje.
Prometeo, con su paciencia agotada, prendió fuego al estadio y se marchó con un aire de satisfacción. Lilith fundó un gimnasio de guerreras radicales. Cerbero encontró un trabajo como terapeuta de almas errantes. Y el dragón, después de una intensa terapia, aceptó que no necesitaba que los demás le dijeran que era imponente para saberlo.

La moraleja: no te apuntes a torneos organizados por idiotas.

Agua inferior y superior

Ficción

Dios quería matarme de aburrimiento haciéndome inmortal. Pero yo le imité en todo, pues siendo él mismo inmortal de alguna forma debía vencer el tedio de los siglos. Y dí con la clave: había que crear el mundo —mi propio mundo— para no caer en su trampa mortal. Separé las aguas en submundos inferiores y superiores; imaginé todas las posibles versiones de un dragón; combine todas las letras hasta escribir todos los libros; convencí a Neptuno de su existencia en infinitos diosecillos; y he recreado en las nubes todos los universos y figuras. Se con seguridad que nunca acabaré mi obra y por tanto que nunca moriré.

HÉRCULES

Ficción

El crepúsculo se deslizaba como una gasa sobre los campos dorados, tiñendo el horizonte de malvas y ocres, mientras Hércules descendía por el sendero de encinas que crujían bajo sus pasos. La maza, lustrosa de antiguas batallas, reposaba sobre su hombro como un viejo amigo cansado. Su mirada, ardiente como la antorcha que portaba Prometeo, vagaba por el confín del mundo conocido, buscando la sombra fugaz del bucentauro que escapaba entre las brumas del ocaso.

El gigante del Olimpo había recibido correspondencia del Emperador. Un pergamino sellado con un anillo de oro que destellaba con el fulgor de Hespérides, convocándolo a nuevas pruebas. La tinta, oscura como el veneno de la serpiente, anunciaba que Lilith había despertado en las profundidades del Tártaro y que Cerbero, inquieto, comenzaba a desobedecer las reglas de los infiernos. Era la fuerza del enamorado lo que impulsó a Hércules a emprender el camino, pues sólo con el ardor de su corazón podía vencer los miedos del alma.

A medida que avanzaba, un pájaro de plumaje negro surcó los cielos, lanzando un canto que resonó como un presagio. En las colinas lejanas, el rugido de un dragón resquebrajó la calma del atardecer. Hércules apretó la empuñadura de sus armas y sintió en su pecho el tamborileo de la gesta. La cremación de sus temores se avivaba con cada paso, dejando tras de sí la ceniza de antiguas derrotas.

Géminis ascendía en el firmamento cuando Hércules divisó la entrada al bosque donde Lilith tejía su reino de sombras. La túnica de piel de león ondeaba con el viento, y la victoria, esquiva como el rocío, se erguía ante él como una promesa. Se dijo que no era más que un hombre, pero en su pecho ardía el fuego de un dios. Como viagra para el espíritu, el deber encendió en él una pasión inquebrantable, y con cada latido, la historia de Hércules se escribía en las estrellas.

Al adentrarse en el bosque, las sombras se desvanecieron ante su luz, y Lilith emergió, etérea y serpentina, envuelta en los velos de la noche. Habló con una voz que era susurro y viento, pero Hércules no titubeó. La maza se alzó y, con un golpe que resonó en los abismos, la oscuridad se dispersó como cenizas al viento.

Cerbero, vencido y dócil, volvió a su lugar en la puerta del Hades, y el dragón, ahora mudo, se desvaneció entre las estrellas. El enamorado regresó triunfante, sabiendo que su verdadera victoria no yacía en la fuerza de sus brazos, sino en la llama inextinguible de su corazón. Al llegar al Olimpo, el Emperador lo recibió con una corona de encina, y las Hespérides cantaron su gesta al ritmo del crepúsculo.

Hércules sonrió, sabiendo que, aunque sus hazañas se grabaran en mármol y leyenda, su verdadero legado vibraba en cada alma que se atreviera a desafiar las sombras con la antorcha de su espíritu.

Agua inferior y superior

Ficción

En el vasto silencio de la eternidad, comprendí que el dios que me hizo inmortal no era más que un bromista cósmico, empeñado en ahogar mi esencia en el océano del aburrimiento. Pero su chiste me reveló un secreto: si el tedio era su castigo, la creación sería mi salvación.

Así que, armado con el poder que solo la inmortalidad concede, decidí imitar a mi creador, pero no en su omnipotencia, sino en su arte. Me propuse diseñar un universo propio, uno que se desplegara ante mí como un tapiz interminable, donde cada hilo, cada color, cada figura, fuera fruto de mi imaginación desbordada. Separen las aguas, ordené, y lo que fue un único mar se dividió en corrientes de fantasía y realidad, en mares profundos y etéreos, donde criaturas imposibles nadaban en la frontera entre lo tangible y lo soñado.

El primer día imaginé a los dragones. Pero no me conformé con uno solo, no. Les di todas las formas, desde los colosos que emergen de la lava hasta los serpenteantes espectros de niebla que custodian los límites de la conciencia. Cada dragón llevaba en sus escamas el reflejo de una emoción olvidada, de un sueño roto, y su aliento ardía con la furia de todos los dioses que jamás existieron.

El segundo día, tomé las letras del universo y las mezclé hasta que cada combinación posible formara palabras, y esas palabras, libros. Mi mundo rebosaba de bibliotecas infinitas, donde se escribían las historias que nunca se contarían, donde cada página era un espejo de mi mente, reflejando las sombras y las luces que habitaban mi alma eterna.

El tercer día, fui a las profundidades del océano y convencí a Neptuno de que, más allá de su poder, existían millones de diosecillos, pequeños y caprichosos, que controlaban las mareas de mundos diminutos. Cada uno de esos dioses, que sólo yo conocía, gobernaba un reino de detalles infinitesimales, donde la arena no era arena, sino tiempo, y donde cada grano era un segundo de eternidad que se escurría por mis dedos.

Finalmente, tomé el cielo como lienzo y recreé en las nubes los universos que soñaba, figuras que se desvanecían y renacían con cada soplo de viento, eternamente en movimiento, eternamente cambiantes. Dibujé galaxias que giraban en torno a un sol inexistente, estrellas que se apagaban solo para renacer en constelaciones nunca vistas. Y mientras lo hacía, sentí la chispa de lo divino en mi interior, no como un dios distante, sino como un creador obsesivo, que, sabiendo que su obra nunca terminará, se deleita en la certeza de su inmortalidad.

Porque en ese acto de creación infinita, entendí que había burlado al destino. No moriré, no porque no pueda, sino porque mientras haya un universo por imaginar, un dragón por reinventar, un libro por escribir, mi alma seguirá tejiendo la trama de su propia eternidad. Y en ese hilo interminable, encontré la única verdad que el dios olvidó: la vida no se mide en años, sino en mundos creados. Y yo, en mi rebelión creativa, viviré para siempre.

Dios quería matarme de aburrimiento haciéndome inmortal. Pero yo le imité en todo, pues siendo él mismo inmortal de alguna forma debía vencer el tedio de los siglos. Y dí con la clave: había que crear el mundo —mi propio mundo— para no caer en su trampa mortal. Separé las aguas en submundos inferiores y superiores; imaginé todas las posibles versiones de un dragón; combine todas las letras hasta escribir todos los libros; convencí a Neptuno de su existencia en infinitos diosecillos; y he recreado en las nubes todos los universos y figuras. Se con seguridad que nunca acabaré mi obra y por tanto que nunca moriré.

Uther Pendragón

Ficción

Uther Pendragón es una figura legendaria en la tradición artúrica, conocido como el padre del rey Arturo y uno de los grandes reyes de Britania. Su historia está envuelta en un aura de misticismo y poder, imbuida de los elementos mágicos y las luchas por el control de una tierra dividida.

Origen y Mito

Uther, cuyo nombre podría significar «Dragón Terrible» o «Jefe del Dragón», es presentado en las leyendas como un rey fuerte y decidido, pero también como un hombre consumido por sus pasiones. Según algunas versiones, su epíteto «Pendragón» se deriva de un dragón que Uther vio en el cielo, un presagio de su destino como gobernante.

La Concepción de Arturo

El episodio más conocido de Uther Pendragón es su obsesión con Igraine, la esposa de Gorlois, duque de Cornualles. En su deseo por Igraine, Uther acude al mago Merlín, quien utiliza sus artes para cambiar la apariencia del rey y hacerlo parecer Gorlois, permitiéndole así entrar en el castillo de Tintagel. De esta unión, bajo el velo de la magia y el engaño, nace Arturo, quien más tarde se convertirá en el rey legendario de Britania y líder de los Caballeros de la Mesa Redonda.

Su Reinado y Muerte

El reinado de Uther es marcado por constantes conflictos, tanto con enemigos externos como con rebeldes internos. A pesar de sus habilidades como guerrero y estratega, su reinado es inestable, en parte debido a las mismas pasiones que lo llevaron a conquistar a Igraine. Uther es a menudo retratado como un rey que lucha por mantener la unidad en un reino fragmentado.

La muerte de Uther también está envuelta en misterio. Algunas versiones de la leyenda afirman que murió envenenado por sus enemigos, mientras que otras sugieren que sucumbió a la enfermedad o a la desesperación. Su muerte deja un vacío de poder, preparando el terreno para la ascensión de Arturo y la búsqueda del Santo Grial.

Interpretaciones y Simbolismo

Uther Pendragón es una figura que simboliza tanto el poder como la vulnerabilidad del liderazgo. Su carácter pasional y su dependencia de la magia para alcanzar sus fines reflejan la tensión entre el deber y el deseo, un tema recurrente en la tradición artúrica. Además, Uther encarna la idea del gobernante que, a pesar de sus defectos, es un precursor necesario para el advenimiento de un líder más grande y sabio, como lo es su hijo Arturo.

En la literatura y el folclore, Uther Pendragón sigue siendo una figura fascinante, un rey que, aunque no logra la grandeza de su hijo, establece las bases para el reino legendario de Camelot y las historias que han cautivado a la imaginación humana durante siglos.

Incesto

Ficción

Rebuscando entre mis papeles al fin encontré aquel antiguo tratado sobre el incesto: El gran mito de la devoración por el dragón y el inconsciente de los Símbolos con otros asuntos sobre la Individuación según el consejero real C. G. Jung, seguido del Tratado de los Delitos sexuales de Imdugud. Pero mi decepción no se hizo esperar. El famoso tratado no parecía contener las claves que yo deseaba o quizás no supe descifrarlas…

Filalete

Ficción

He sacado la fíbula fuera de mi cintura, para poder acosar al dragón con ella. Estaba realmente enfurecido. Y vino en mi ayuda Filipo de Thaün, menos mal. Bye, bye, old sky…