Conozco el pensamiento que se alza cuando el frío entra en los pulmones y las calles parecen romperse bajo los pasos de los hombres. “Ay”, murmura la geografía de la patria, como si las naciones fueran costillas expuestas de un cuerpo antiguo, cubierto de ruinas y días perdidos. Sabéis que la vejez no llega sola: trae consigo una jerga de sombras, divagaciones nocturnas, y ese beso prematuro que parece inferior, contiguo a la despedida. Reírme fue mi último cobijo cuando los vasallos del miedo comenzaron a devorar la ternura. En los almacenes de la memoria, entre carbones apagados y óperas humanas que nunca alcanzan su final, hice de la rebeldía un idioma. Lo repetí a mis hermanos: divulgarlo era sostener algo que no dejará de latir, aunque el mundo se vuelva hosco y profano. Viajaremos, dije, aunque las adormideras del oriente nos prometan un edén del que será imposible evadirse. Bailo entre lo que fui y lo que habrán de ser mis ruinas, mientras las razas, los pobres, los paganos y los enfurecidos se mezclan en un vaudeville absurdo que soporta todo, incluso el perdón. Parecerá que el valor se pierde, como arenilla entre los dedos, en estos complicados días donde ningún mapa logra salvarme. Pero hay algo en la alquimia de las palabras, en los sentimientos que aún hablan, que insiste en encender lo que está mustio.
“Animum debes mutare, non caelum”, repito, no como consuelo, sino como acto de fe.
Porque cambiar el cielo es tarea de dioses, y bastante tienen con no entendernos. Cambiar el ánimo, en cambio, es lo único que aún nos pertenece. Incluso cuando todo lo demás ya ha sido devorado.






























































































































































































































































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