El guardián de los sauces

Ficción

Dicen en el pueblo que en cada primavera el viento baja beodo de la sierra, tambaleándose entre los huertos, buscando a los que aún seguirás recordando. Yo lo sé, porque lo huelo: ese aroma de flores engañosas, donde una centella cae sobre las aguas del río y todo parece acné de perfección, pero basta un suspiro para que nadie recuerde lo que vio.

En esas tardes, los eróticos perfumes de la multitud flotan entre los álamos, y la cabellera del aire se llena de hilos de araña que desea atrapar los suspiros de las violetas. Se dice que ellas reavivan lo muerto. Que si uno se atreve a romper una rama de los sauces, puede escapar del destino, aunque ello traiga consigo las puertas del desierto y sus pesares.

Yo lo hice. Lo confieso. Me arranqué la máscara del miedo y seguí el canto del río hasta adquirir una libertad que nunca pedí. Fui dispensada de los niños que reían junto a las atarjeas, porque yo los llamé y ninguno volvió. Eran tan tiernos, y el galope del agua se los llevó, como si el río reservara su propio combate.

Me refugié entre legumbres y sombras, y me creyeron tonta, pero era capaz de hablar con los muertos. Ellos, descarnado consuelo, me pidieron que dijera la auténtica palabra:
—No la que refiero, sino la que no ha nacido todavía.

Entonces el mundo se volvió un festín, un banquete mecánico de risas que no eran mías. Buscar sentido solo replicaba mis cuidados, mientras las moscas, grises, danzaban sobre el lago donde la luna se encogía entre hojas manchada de recuerdos.

Era la mártir del silencio. Había recuperado algo que no tenía nombre: tal vez las leyes antiguas de Francia, o de Europa, o de alguna camisa blanca que manda sobre los decorados del alma. Sentí que era mi oportunidad francesa, y que si vieras bien, entenderías que todo podría repetirse, como los sueños que estaban antes del nacimiento.

Pero las alimañas del tiempo me cercaron. Y supe que hacerse cuento es el único modo de sobrevivir a lo real. Me senté bajo la lámpara apagada, y el guardián —cuyo rostro era de sombra— me habló sin boca:
—No llores más, hija aventurera. Ni santa ni diosa. Solo un eco que mostró a los humanos lo que no deben tratar de comprender.

En el inmediato silencio nos emborrachábamos de vida.
—Si tienes miedo —me susurró—, deja que los carámbanos del norte alejen los espantosamente dulces recuerdos que te rodeen.

Y esto fue lo que aprendí: los consejos del alma valen más que la falta, y el Cristo existente no cuelga de una cruz, sino de un árbol en flor. Si algún día logras arrojar tus paisajes al occidente, verás cómo los halos custodian la clave del regreso.

Porque en este pueblo, donde las violetas hablan y los sauces lloran, la primavera nunca muere: solo cambia de sueño.

Cuaderno Estacional de Haikus

Poesía

🌸 Primavera

Estambres de fuego

Bajo ciruelos,
se enciende en los estambres
un mar de abejas.

Renacer

Bajo ciruelos,
el aire lleva aromas
de antiguos sueños.

Flores y vuelo

Entre cerezos,
las sombras se disuelven
con los gorriones.

Charcos de cielo

Charcos de lluvia,
en el agua danzan
cielos rosados.

Viento y aurora

Viento en el pino,
se encienden en la hierba
gotas de aurora.

Trémula orilla

Cruza la garza,
al filo del crepúsculo
tiembla la orilla.

 

☀️ Verano

Pausa en la noche

Noche sin viento,
cantan grillos de plata
bajo la grama.

La lagartija

Sol en la roca,
salta la lagartija
como una chispa.

Tejedoras de sombras

Noche serena,
las cigarras tejen hilos
de fuego y sombra.

El canto ardiente

Sol en la arena,
la cigarra resuena
como un incendio.

Juegos de espuma

Olas que rompen,
en la orilla los niños
construyen mundos.

Tarde serena

Al caer la tarde,
la brisa de la higuera
alivia el fuego.

 

🍂 Otoño

El ciervo y la luna

Montes dorados,
el ciervo se detiene
bajo la luna.

Hojas en polvo

Cruje la senda,
mil hojas se disuelven
en polvo rojo.

Silencio de campos

Viento del norte,
la cosecha se duerme
junto a los campos.

Velado camino

Cruje la senda,
las nuevas hojas cubren
huellas antiguas.

Lluvia dorada

Sombras de pinos,
el río se ilumina
con polvo estelar.

 

❄️ Invierno

Escarcha y luna

Cruje la escarcha,
sobre campos dormidos
tiembla la luna.

Joyero de luna

Blanco silencio,
el río bajo el hielo
guarda la luna.

Rama y gorrión

Sobre la rama,
la nieve se acurruca
como un gorrión.

Niebla y silencio

Cruza la niebla
cual perro solitario
junto al establo.

Alba ceniza

Nieve callada,
la montaña respira
luz de ceniza.

Neblina y sauces

Cae la neblina,
los sauces se doblegan
sobre el arroyo.

El sueño americano es una pesadilla para la tortilla española

Ficción

La tortilla española llegó a Nueva York en la maleta de Teresa, una cocinera madrileña con aspiraciones internacionales y una inquebrantable fe en las propiedades místicas del huevo. Venía con una receta ancestral, heredada de su abuela, que según la leyenda familiar había conseguido evitar tres guerras, dos divorcios y una plaga de langostas.

—Aquí, en América, lo vais a flipar con mi tortilla —dijo Teresa, convencida de que la mezcla de huevos, patatas y cebolla haría temblar a Gordon Ramsay.

Montó su food truck en Brooklyn, el lugar donde los hipsters van a morir de ironía, y lo bautizó “Omelette? No, gracias”. Pintó una gran tortilla sonriente sobre fondo rojo y escribió en letras doradas: “Sabe a España. No es paella. No lleva chorizo. No es un taco.” Porque uno tiene que cubrir todas las bases.

Los primeros clientes llegaron por curiosidad. El primero, un influencer gastronómico llamado Sky con más seguidores que neuronas, preguntó:

—¿Esto tiene gluten?

—No.

—¿Y es vegano?

—No. Es huevo, cielo. Huevo real.

Sky hizo una mueca de dolor, como si le hubieran ofrecido un filete crudo en una reunión de veganos de Vermont.

—¿Y si le pones tofu? ¿Y lo sirves en una tostada de pan de cúrcuma?

Teresa sintió un escalofrío recorrerle el espinazo. La palabra tofu y tortilla española no deberían compartir planeta, mucho menos frase. Pero como buena emprendedora, fingió una sonrisa homicida y contestó:

—Claro, lo apunto para nunca hacerlo.

Pero lo peor estaba por llegar. Un día se acercó un ejecutivo de una cadena de comida rápida con una camiseta que decía: “Innovar es freír la tradición”. Le propuso franquiciar el concepto.

—Imagínatelo: TortiBurger. Tortilla en pan de brioche, con ketchup, bacon y… ¿Qué te parece si le metemos trufa?

Teresa pensó en el espíritu de su abuela revolviéndose en la tumba y probablemente también preparando una maldición. Contestó:

—Lo que me parece es que acabas de matar a toda mi línea materna con esa frase.

Pero el capitalismo, como el colesterol, no descansa. El concepto Tortilla 2.0 se viralizó gracias a un vídeo donde un actor que no sabía pronunciar “España” probaba la tortilla mientras decía:

—Es como un panqueque de papas… pero con más alma. ¡Y sin hot sauce! So exotic.

La gente empezó a hacer colas kilométricas. Pero no por la tortilla original. No, eso sería demasiado lógico. Querían la “versión con esencia de trufa y espuma de chipotle” creada por un chef de Portland que había visto un tutorial en YouTube sobre tapas.

Teresa, frustrada, vio cómo su receta se deformaba como una pesadilla freudiana: tortillas en conos de helado, tortillas azules (por la estética Instagram), tortillas servidas con leche de avena, y una cosa que llamó especialmente su atención: tortilla molecular desestructurada en cápsulas de gelatina biodegradable. Eso último lo sirvieron en una galería de arte moderno con una performance de fondo titulada «Desayuno postcolonial».

Para cuando Teresa quiso reaccionar, la tortilla ya no le pertenecía. Había pasado a ser parte del catálogo de apropiaciones culturales junto con los sombreros mexicanos y el yoga sin contexto.

Una mañana, al ver una versión “low carb” servida en hojas de kale y decorada con oro comestible, Teresa rompió. Cerró el food truck, se compró un billete de ida a Madrid y dejó un cartel que decía: “La tortilla ha muerto. Viva la tortilla.”

En el vuelo de regreso, una azafata le ofreció un menú internacional.

—¿Quiere probar nuestro Spanish egg pie? —preguntó sonriendo.

Teresa lloró en silencio mientras miraba por la ventana. Allá abajo, el mundo giraba sin entender nada. Y yo tampoco.

Teresa volvió a Madrid como quien regresa de una guerra que nadie ha reconocido, con el alma revuelta y el colesterol en cifras de escándalo. Al llegar a Barajas, la recibió un cartel que decía: “Bienvenido a Madrid: ahora también con poke bowls”. Tuvo una visión rápida de la Virgen del Pilar llorando lágrimas de soja dulce.

Ya no confiaba en nadie. Ni en los turistas con acento de GPS ni en las abuelas que cocinaban tortillas light “porque el médico me lo ha dicho”. Teresa se encerró en su cocina con su sartén de hierro fundido, esa que tiene más carácter que un concejal corrupto, y decidió hacer una última tortilla, una definitiva, una tortilla que haría que los dioses se levantaran de sus sillas plegables del Olimpo y aplaudieran con las chanclas puestas.

Pero algo falló.

La patata lloraba nostalgia americana. El huevo dudaba de su identidad. La cebolla estaba infiltrada por el existencialismo francés. El aceite, antes virgen, ahora venía con traumas. Teresa gritó:

—¡Maldita globalización, me has jodido la yema!

Encendió la tele para olvidar, pero ahí estaba: un concurso culinario llamado Master Castiza. Un jurado con acento argentino-madrileño-croata le explicaba a un niño de 9 años que su tortilla debía “tener altura emocional y narrativa transmedia”. El niño, que llevaba un delantal con emojis y se llamaba Kevin José, respondía:

—Yo la hice sin patata porque es más sostenible. Le puse quinoa y esencia de huevo.

Teresa soltó una greguería en voz baja, como quien lanza un conjuro:

La tortilla sin patata es como un toro sin cuernos: se convierte en vaca y da pena.

Fue entonces cuando decidió vengarse. Si no podía salvar la tortilla, al menos arrastraría al enemigo con ella. Se infiltró en una de esas startups gastronómicas donde sirven aire en tarros de vidrio reciclado y tienen menús escritos en código QR, como si la comida fuera un videojuego indie.

Pidió trabajo como “consultora de identidad culinaria”.

—¿Experiencia? —le preguntó una chica con el pelo rosa y un máster en Fenomenología Gastronómica Comparada.

—Mi abuela me pegó con una espumadera por ponerle perejil a la tortilla. ¿Eso cuenta?

La contrataron de inmediato.

Teresa entonces lo hizo. Lanzó la “Tortilla NFT”: una tortilla virtual, en 3D, que se vendía en Ethereum y solo se podía comer con los ojos (literalmente, venía con unas gafas de realidad virtual). Se volvió un éxito rotundo. La gente pagaba 800 euros por verla girar en cámara lenta mientras sonaba flamenco vaporwave.

Cuando entrevistaron a Teresa en El País Gourmet, respondió:

—Es la evolución lógica. Si no puedes comerte una tortilla sin sentir culpa por las calorías, cómprate una tortilla que solo existe en la nube. Así engordas el alma, que es lo único que engorda sin consecuencias fiscales.

Mientras tanto, en un barrio olvidado de Madrid, una anciana encendía su cocina de gas, pelaba patatas sin Wi-Fi y batía los huevos con ritmo de bolero. Sin saberlo, estaba resistiendo. Porque hay cosas que no se pueden destruir ni siquiera con likes: la memoria, el fuego lento, y el punto exacto en el que la tortilla está jugosa pero no babosa.

Teresa lo entendió demasiado tarde.

Una noche, su propia tortilla NFT apareció en un museo posmoderno dentro de una vitrina, al lado de un zapato con espuma de lenteja y una performance titulada «El hummus soy yo». Un turista se acercó, leyó la descripción y dijo:

—¿Tortilla española? ¡Ah! ¿Eso no es lo que hacen en Texas con jalapeños y bacon?

Y en ese momento, la tortilla, desde su encierro digital, suspiró. Sí, la tortilla suspiró. Porque hasta las ideas, cuando se retuercen lo suficiente, acaban teniendo alma. Una alma frita, por supuesto.

Greguerías finales, por cortesía de Teresa:

  • El huevo es el círculo perfecto donde la patria se derrite.
  • El aceite de oliva es el sudor del sol llorando por la gastronomía.
  • A la tortilla le duele el mundo y sangra cebolla cada vez que alguien le dice “omelette”.

Fragmentos al ocaso

Poesía

Primavera beodo, sigue la senda,
donde el hielo se funde en engañosas aguas.
Perfección basta en la multitud de nadie,
mientras el deseo de violetas reaviva la cabellera.

Romperé los sauces que nos atan al desierto,
abriré puertas a la libertad del canto sin máscara.
En el combate reservado de las cumbres,
hallaré la auténtica tierra fecunda.

Capaz y tonta, la mecánica festina de la búsqueda,
donde las leyes recuperadas se manchan de grises.
En los decorados de la oportunidad verás,
la alimaña que se hace cuento en la noche apagada.

Llorarán los guardias del tiempo,
mientras la aventurera muestra el camino.
Humanos tratad inmediato de embriagaros,
con la esencia de los carámbanos que rodean el consejo.

Falta existente para arrojar luz a los paisajes del ocaso,
donde la clave de la vida se revela en la danza de amor.

Primavera embriagada, sigues danzando,
en el hálito engañoso de aguas centelleantes,
armé mi corazón en la perfección de lo erótico,
donde nadie basta, en la multitud de lo efímero.

Romperé los sauces, huiré del desierto,
tras puertas de pesares y máscaras de canto,
llamé a los tiernos niños, dispensé las atarjeas,
reservaba un galope para el combate.

Tonto y capaz, auténtico en mi descarnado ser,
busqué en el festín mecánica de la vida,
donde las moscas replicaban cuidadosamente,
y el lago encogía bajo el gris mártir de las leyes.

Decoré mi camisa con la oportunidad de ver,
en un cuento apagado donde el guardián llora,
la aventura carnal de los humanos,
un destino inmediato embriagándonos.

Que tengas carámbanos espantosos rodeando,
este consejo falta de un existente, vivo,
arrojando paisajes al ocaso, clave en la vida,
la primavera nos embriaga, y el sentido revive.

La luna renueva

Poesía

La luna llena se asoma
entre las hojas del sauce,
y en el aire flota aroma
de tristeza.

Estrellas fulgura el cielo,
como lágrimas de un niño,
y en mi corazón deseo
volar lejos, volar lejos…

La noche es fría y oscura,
el viento sopla con fuerza,
y en mi mente una figura
de tristeza.

Más la luna se despierta…
Mi poesía sigue viva,
y en cada verso que escribo
mi espíritu se renueva.

ANTI BELLUM

Ficción

Mientras crecen enfurecidos los fusiles,
bien disfrazados de sonoros sauces,
resurgen, cantando himnos patrióticos,
esos mártires y poderosos pelotones
que aman la beatitud del condenado
y encantan a las ortigas del pillaje
sobre el incienso impuro y sacro
que reavivan caritativos cerdos
-como alimañas aldeanas y crueles-
y marchan tras violentas quimeras,
desembarcando en tierra de embriaguez,
en la herrumbre que dejan los gusanos
al escapar de sus entrañas bochornosas,
en las decapitadas cabezas del caballo.

Among the willows

Poesía

Among the willows, withered and forlorn,
where the wind whispers its lament,
the bonds of love slowly unravel and mourn,
and in my lips, sorrow finds its ascent.

Love, like a leaf falling into the abyss,
fades away in shadows of sadness,
and in the silence, despair persists,
slowly dying, bereft of its gracefulness.

In each branch that dances with the breeze,
I perceive the echo of a lost love,
a connection wilting, devoid of ease,
hidden in the cold air, undreamed of.

The willows, witnesses to our agony,
envelop us with their weeping arms,
reflecting the melancholy in their spree,
of two souls unearthing love’s charms.

No more whispers or sweetness remain,
only the echo of a love’s demise,
and among the willows, in mournful strain,
the passion once blossomed now lies.

I yearn for those days of radiant sun,
when love surged through our veins,
but now only distant ashes are spun,
and memories deep in my soul remains.

The wind among the willows sighs in vain,
and my eyes shed tears in confusion,
for the love that was, lost in autumn’s reign,
plunging my heart into a sad seclusion.

Oh, sorrowful willows that weep at dawn,
the farewell hides within their boughs,
as my heart dissipates in a final yawn,
and departing love becomes wounds.

Among the willows, dreams fade away,
and in the void, my tears descend,
for when love starts to wane and sway,
the soul tears apart, pain to no end.


Tra i salici, appassiti e tristi,
dove il vento sussurra il suo lamento,
i legami d’amore si dissolvono, amore mio,
e nella mia bocca si annida la sofferenza.

L’amore, come una foglia che cade nell’abisso,
svanisce nell’ombra della tristezza,
e nel silenzio sboccia l’angoscia,
morendo lentamente, senza nobiltà.

In ogni ramo che danza con il vento,
percepisco l’eco di un amore perduto,
un legame che appassisce, senza respiro,
e nell’aria fredda si nasconde.

I salici, testimoni della nostra agonia,
con i loro rami piangenti ci avvolgono,
riflettendo nel loro sguardo la malinconia,
di due anime che sotterrano l’amore.

Non restano che sussurri e dolcezza,
solo l’eco di un amore che svanisce,
e tra i salici, in amarezza triste,
si estingue la passione che un tempo fioriva.

Mi mancano quei giorni di sole radioso,
quando l’amore solcava i nostri corpi,
ma oggi restano solo ceneri lontane,
e nell’anima, i ricordi più profondi.

Il vento tra i salici sospira invano,
e le lacrime dei miei occhi si confondono,
perché quando l’amore si perde,
l’anima si strappa e il dolore si accende.

Oh, tristi salici che piangono all’alba,
nelle loro fronde si nasconde l’addio,
mentre il mio cuore svanisce nel cadere,
e l’amore che se ne va diventa ferita.

Tra i salici, svaniscono i sogni,
e nel vuoto, le mie lacrime scendono,
perché quando l’amore si va perdendo,
l’anima si dilania e il dolore si accende.


Entre los sauces, marchitos y tristes,
donde el viento susurra su lamento,
los lazos del amor se disuelven, amor mío,
y en mi boca acecha el sufrimiento.
El amor, como una hoja que cae en el abismo,
se desvanece en la sombra de la tristeza,
y en el silencio florece la angustia,
muriendo lentamente, sin nobleza.
En cada rama que baila con el viento
percibo el eco de un amor perdido,
un vínculo marchito, sin aliento,
y en el aire frío se esconde.
Los sauces, testigos de nuestra agonía,
con sus ramas llorosas nos envuelven,
reflejando en su mirada la melancolía
de dos almas que entierran el amor.
No quedan más que susurros y dulzura,
sólo el eco de un amor que se desvanece,
y entre los sauces, en triste amargura,
se extingue la pasión que un día floreció.
Echo de menos aquellos días de sol radiante
cuando el amor surcaba nuestros cuerpos
pero hoy sólo quedan cenizas lejanas,
y en el alma, los recuerdos más profundos.
El viento en los sauces suspira en vano
y las lágrimas en mis ojos se empañan,
porque cuando se pierde el amor,
el alma se desgarra y se enciende el dolor.
Oh, tristes sauces que lloran al alba
en sus ramas se esconde el adiós,
mientras mi corazón se desvanece al caer,
y el amor que se va se convierte en herida.
Entre los sauces, los sueños se desvanecen
y en el vacío, caen mis lágrimas,
porque cuando el amor se pierde,
el alma se desgarra y el dolor se enciende.