un viento cimarrón…

Poesía

un viento cimarrón cabalga
como vestigio mudo
tengo que caminar dos mil millas
aprendiendo sin sangre
de pálido gris que me estremece
hasta volver a mi lado del sofá
una fiera serenata
por ti bebe y brinda
no asoma el llanto
viejo lirio del campo
por ahora
nada, corre y vuela
regresa pronto
no importa el nombre
está aquí para quedarse
un audaz banquete de chorlitos
bailando en la calle
esa arena tan hija del mar
ligeros hay que cabalgar
hoy, cuando más joven soy
un himno que suena en lo lejano
otra chica, otro planeta
del arrecife al piélago
alodial
abandona tu sombría opinión
dónde estás?
escucha la música del céfiro
con azulado delirio
en los finales clandestinos
con juventud de mayo
el mundo está dispuesto
asciende vulnerable
serpiente fría del invierno
mi beso cuelga de tu labio
cada tibia mañana
relumbrando en mi cabeza
porque quiero escribir
el lago a donde va el cisne
estoy pensando en ti
incluso la bruja más vieja
se suicida
coreando alegremente
abreva la intemperie
entre las flores muertas
puntual y certeramente
aunque hable solo
una muerte glacial
hinchada vela para un largo viaje
entre la sepultura ciega
te dejas embriagar
capaz de morir sin decibelios
toda la gente lo dice
ardiente
en el estanque quieto
donde suena el eco
versa, ora hasta el infinito
un sol, cuya aurora sonríe
una noche robada
en el enigma de un rincón
comienza a despertarse
la bruma nocturna exhala
un glorioso estruendo mudo
ágil y diligente
se agostó de desidia
sale una rana
en la quinta avenida de neón
el sol era memoria
ni rastro
junto a la charca
en el ebrio verano
entre las cortesanas
penetra su voz hasta la roca
en mi faro perdido
camino solitario
apacible insulario de desdichas
con su ala única de águila
chica furtiva del viernes
aunque ¿quién sabe?
del lado oscuro
víctima de la ebriedad
luce remotamente
un cantar fuera de tono
te abrazo
sin miedo de lavar la herida
en la brisa meditada
según se agita
oh, noble dama
insaciable
más que una sensación
el viento de otoño
ya no me acuerdo
el espejo no aprende nuestro gesto
en el fondo, sin límite
en tu boca aletea
una pandemia del alma es Pandemonia
transeúnte
en el cabaret celeste
la vibrante cigarra
con brisa matinal
mi nube tormentosa de mayo
nube, limusina del cielo
no lo pienses dos veces
dónde o cuándo?
febril sirena de las esferas
angelote con alas
solapante y teatral
mi trueno tras tu rayo
fiel a las migajas de la luna
—y qué?
un insondable río
no tienes que ser lejana estrella
tiene un destello divino
una herida amapola
luz de la hoguera
¿por qué sobre mí?
carajo
replegado en mi estancia
te escribo otra canción?
tiempo de alegría, oh virgen!
ondulando las aguas
en tu cristal solemne
un nuevo mirlo
despioja su camisa
nuestra salvaje foresta
deja que el buen tiempo llegue
un pirata del caribe
en el oscuro camino del astro
la suerte está eyaculada
se dijo alguna vez
en tu regazo
en el vals de un pífano ronco
un sepelio de voz
dulce muchacha del paraíso
feroz es el viento implacable
oscuro cigarro tras caoba café
lóbrego sobre lóbrego
el templo yermo de la duda
en el profundo y ancho azul
mágica mujer de rojo
si se empaña
por el crepúsculo del blues
una sideral región
si los fantasmas duermen
mira la hierba germinar
en un instante
con voz quebrada
si puedes palpitar solitario
ponme un café, lleno de noche
quizás por eso está
la colina de cerezos
para hacer esperar al hombre
lo más seguro salga el sol
una esquiva noche
al nuevo sol
al parecer escapa
el día que llegas al mar
la luna es un mendigo tuerto
¿soy yo esa chica?
con el suspiro de la bruma
se pudre o se renueva?
oh, valquiria
de etéreo simulacro
el sol es un caldero bien fregado
aquel trofeo nebuloso
caen las alas al abismo
parte de ti
—día tras noche—
ríndete al murmullo de la ciudad
una nube sombría y remolona
mejor aún?
lloreando cencellada
más sereno
en un viaje de mil millas
frente a las puertas de la luna
puedo soñar despierto
contra el rompedías
encontré la eternidad
más viva, más desnuda
de la perdición
corazón de cerezo
rezuma olor a madera
más me vuelvo a mirarla
dentro de la sombra caoba
se inclina sobre el cadáver diciendo…
el tiempo corre
amante de Roma
con viento fresco
cae hialino el cristal de nieve
un salvaje día
embiste sin domar
balido tras balada
cabalga de nuevo
conmigo eternamente
no puedo tomarme en serio
nada nos queda
seguramente también
mendigo ciego que murmura
está luciendo suave
indeleble y sublime
un rescoldo estelar
el espejo no entiende nuestra cara
recuerda siempre
un nocturno homenaje
insumisa noche del desierto
para salir de esta estrella
al borde del abismo
en blanco y negro
más…
cae sobre mi
de ausencia desnuda y cenicienta
se ruboriza el piélago
enciende mi peregrina voz
leve y lívidamente
sueño en el desierto
deja tu huella hoy
espera…
sueño del terafante
en voz alta y sonora
—absurdo! demencia!
pones una sonrisa en mi cara
bordado con mi cuerpo
un eco se hizo campo de corales
se anuncia silente
otra embriagadora balada
en un oscuro trueno
mientras hablo sola
no necesita eso
ahora y siempre
otro naufragio
la mente resopla confundida
como judío errante, no tengo precio
sin penas y sin pan
el verano lo viste
en cada historia
silente todavía
no lloro lágrimas
¿alguien puede explicarlo?
una bagatela de violín
día tirado al retrete
del azul lacrimoso
en toda su eternidad
del arrítmico latido
la luna sigue girando
no se acaba el camino
canta hasta el trébol
un nardo lanza al viento
para romper el techo de cristal
mi montón de huesos
con la oblicua mirada del loco
un hombre al piano
se infla optimista
no puede ver tu esencia
el liego abandonado
tiembla en el silencioso paisaje
corcoveando equino
Toda ley humana es una forma de opresión sobre otros.
soy yo quien te escribe
una grave montaña
febril cual mosca cojonera
mira el hervor de su cicuta
salvo en la sombra
de París y Madrid
me pregunto
encontraba otro mar
moldeable de promesas
el universo en su rescoldo
un collar de perlas engarzado
se desmayó de primavera
un día de nieve todo cesa
se pavonea el pisaverdes
sin pensar en el desolado lirio
a sueldo de Moscú
nuestro fuego rezonga
el banquero araña su ábaco
delirescente, azulino
laberintos delusorios
de pereza sufrida
si supiera bailar
la ninfa ya no huye
nadie sabe…
caen las hojas
un ingenio penetrante
lo que todo el mundo dice
esta oscura y densa selva
lo que nos atraviesa
—¡oh, roedores judiciales!
parte de mi
caminando bajo el verde tilo
en un fundido a negro
la cúpula de una nube
herida de los labios
todo mi fuego
aguacero de versos
—¡abrid la ventana
un par de corazones escarlata
tras el verde ciprés
tras vivir y soñar
veo mi palabra perdida
háblame de la ociosa pubertad
sobre el verdor inédito
«allegro ma non troppo»
con sanguino añejo
llora en la lluvia, redundante
jugando al escondite
sólo a veces
pétalo de azahar
… mutis por el fiordo
mi satán desatado
postreramente
sin soñarlo siquiera
crepitando sutil
de tierra y cielo
también llega a su ocaso
Destructor y creador
tan risible como arrogante
el azul que me llena
sin nombre
mas, sin sobresaltos
nuestro amor
cruzar la puerta
sin embargo, oh sin embargo
si anochecen lunas en tu piel
más cerca aún, más cerca
pero di que serás mía
abrázame con fuerza, insensato!
ora interminable
ahora que llueve
sumiso como esclavo
ven a bailar conmigo
ante un vendaval
se convierte en canción
con ceniza de luna
indemne entre el cieno de cloaca
bajo el fuego impetuoso
al emerger de las aguas
gimoteando lluvia
estrella fugaz
amada ninfa
entre penumbra e intemperie
de nieve pegajosa
agradable recuento del latido
en la ladera
con el brillo de un alma brumosa
puede ser poco inteligible
pavimento de tumba
el verano sestea entre mies
con hervor sanguíneo
con lágrima de abril
rebosante de gracia
llueve suavemente
conspirando en el cielo
en el muro con lepra de un siglo
sometiendo a las olas de arena
como vieja armadura oxidada
acaso no es así?
tocaba el saxo
para, gozosos, celebrar el día
¿cómo reparar un corazón roto?
limusina
bacante surgida de mi sombra
amor de verano
mi silencio indolente y cobijado
en el profundo cielo y en el mar
huele a miel y rosa
¡ay la leche!
hay señales en la niebla
contigo siempre
ora breve y fugaz
por el oleaje empecinado
embiste nuestro rostro
con mística ebriedad
qué nos queda?
sombra sin ojos
bebe un vino amargo
¡toma castaña, Pandemonia!
cuando estás aquí
las hormigas arrastran
mi domingo de harápos
con la mítica valquiria
latiendo al unísono
di lo que quieras
pongo una sonrisa en tu boca
vuelo a casa
una palabra que grita
en la ensenada
con herrumbroso atardecer
—las olas están rotas
no se acaba la calle
escarcelante, libre
llueve un raudal de luz
llega otro día
surge siniestramente del naufragio
ninfa del cielo
ondea la nieve su bandera
al volver triunfal
un delusorio suspiro
con párpado de escarcha
niño de escarcha
se disuelve y coagula
a su embrujada hora
de vuelta a la melodía
rescoldo sepultado
cuanto más me alejo
sin azul ni desierto
una nada nadea
no será alcanzable
—la savia no está lejos
un silencio invisible
capitán Cebada
en la caverna
el eco claro de tu voz
su satán, otra vez!
agua llorada que cae
mientras pescas en un río revuelto
semejante a las sendas del mar
nuestro caballo más veloz
te entiendo, hermana
viejo y olvidado amor
si ya no significa nada
el origen de toda actividad
a veinte bajo cero
a veces
al alba y al ocaso
del frío monte al salvaje lago
breve cortejo nupcial
el azul es fácil de amar
radiante por el áureo
mira de cara o de reojo
dios bendiga el blee blop blues
mi candor nativo
lanza sus perlas la tempestad
te entiendo, hermano
mi frente sangrante
rompe las enseñanzas de Orfeo
fascinando sin más
con este swing sombrío
nada puede quedar
incontestable
en mi propia piel
si no hay forma de decir adiós
de estrellas deslunadas
con el humo y ceniza terminales
a remojo del cielo
la sombra mendiga

El regreso

Ficción

Tanto trajín para acabar en el mismo vientre de la madre, pensaba Flegreo mientras observaba la danza caprichosa del polvo en el aire, cada partícula atrapada en un rayo de sol que se filtraba tímidamente por la ventana. La casa, con sus paredes gastadas y suelos de madera que crujían bajo el peso de los recuerdos, parecía resonar con sus pensamientos.

El murmullo de las voces pasadas susurraba en cada rincón, un coro de fantasmas familiares que se mezclaba con el zumbido lejano de la ciudad, esa urbe insaciable que devoraba sueños y esperanzas con la misma voracidad con la que el mar engulle las huellas en la arena.

Flegreo sentía el peso de los años, como si cada paso dado hubiese sido una vuelta más en una espiral infinita, una cinta de Moebius de experiencias y desencantos. Volvía a esa morada materna, no como el hijo pródigo que regresa en busca de redención, sino como un náufrago que se deja llevar por la corriente hacia la seguridad de una orilla conocida, aunque esta se revele inhóspita y ajena.

Los muebles, testigos mudos de infinidad de momentos íntimos y banales, parecían querer confesarle sus secretos, aunque él ya los conociera todos. Las fotos amarillentas en las paredes narraban historias de rostros conocidos, ahora desdibujados por la distancia del tiempo. Los rostros sonrientes en esas imágenes, antaño llenos de vida, se le antojaban máscaras de un teatro olvidado, donde él mismo había representado su papel con mayor o menor éxito.

En el corazón de aquella casa, la cocina permanecía inmutable, como un santuario. El aroma a café recién hecho y a pan horneado aún flotaba en el aire, un eco de tiempos más simples, cuando los problemas parecían resolverse con una caricia o un consejo sabio. Flegreo recordaba las manos de su madre, siempre ocupadas, siempre cálidas, capaces de transformar la harina y el agua en manjares que nutrían tanto el cuerpo como el alma.

Sentado en la mesa desgastada, donde tantas veces se habían discutido las alegrías y las penas de la vida, Flegreo se dejó llevar por una corriente de pensamientos y sensaciones. El murmullo del presente se entrelazaba con los susurros del pasado, y en ese vaivén, comprendió que regresar no era un acto de cobardía, sino un intento desesperado por hallar en el útero conocido un refugio contra el caos del mundo exterior.

Tanto trajín para acabar en el mismo vientre de la madre, y sin embargo, en esa aparente regresión, Flegreo vislumbró una verdad profunda: en la raíz de todas las cosas, en el origen de todo, residía una fuerza poderosa y eterna, una matriz de amor y pertenencia que, aunque distante, nunca había dejado de palpitar dentro de él.

El cementerio estaba vacío, y Flegreo se sentía como un espectro errante en ese mar de lápidas y cipreses. El viento susurraba entre las ramas, acariciando suavemente las tumbas con un murmullo melancólico, como si tratara de consolar a los muertos en su eterno reposo. Caminaba despacio, sus pasos resonando con un eco hueco sobre el sendero de grava, cada crujido una nota en la sinfonía de soledad que componía aquel lugar.

Las estatuas de mármol, guardianas silenciosas de los secretos más íntimos, observaban con sus ojos inertes y vacíos. Ángeles con alas extendidas, rostros tallados en expresiones de piedad eterna, testigos mudos del paso del tiempo y del olvido. Flegreo pensaba en las vidas que habían llegado a su fin, cada una una historia, un universo en sí mismo, ahora reducido a un nombre y unas fechas grabadas en piedra fría.

El aire estaba impregnado de un olor a tierra húmeda y flores marchitas, un aroma que le evocaba recuerdos de funerales pasados, de lágrimas derramadas y palabras susurradas en medio de la tristeza. El cielo, encapotado y gris, parecía compartir su luto, como una gran bóveda que reflejaba la pena del mundo. En ese manto grisáceo, las nubes se movían lentas, arrastrando con ellas las esperanzas y los sueños que alguna vez flotaron libres.

Se detuvo ante una tumba sin nombre, cubierta de musgo y enredaderas, una tumba olvidada por todos menos por el tiempo, que con paciencia infinita la reclamaba para sí. Flegreo se inclinó, dejando que sus dedos rozaran la piedra áspera, sintiendo en su piel la fría indiferencia de la muerte. Cerró los ojos y dejó que sus pensamientos fluyeran libremente, como un río desbordado por una tormenta interna.

Recordaba los días de su juventud, cuando la vida parecía eterna y la muerte una sombra lejana. Las risas compartidas, los amores fugaces, las promesas hechas bajo cielos estrellados. Pero el tiempo, implacable y voraz, había devorado esas ilusiones, dejando tras de sí un rastro de cicatrices y ausencias. Flegreo entendía ahora que el cementerio no era solo un lugar de descanso para los cuerpos, sino un espejo en el que se reflejaban las pérdidas de su propia alma.

El viento arremolinó las hojas caídas a sus pies, y en ese remolino vio la danza de los recuerdos, cada hoja un fragmento de su vida, un eco de lo que fue y ya no es. Se sintió parte de esa naturaleza cíclica, un ser efímero en medio de la perpetuidad de la tierra y el cielo. En la soledad de aquel cementerio vacío, Flegreo encontró una extraña paz, una aceptación de su propia finitud y de la eternidad del universo.

El cementerio estaba vacío, y en esa vacuidad, Flegreo se descubrió a sí mismo, no como un ser separado de todo lo demás, sino como una nota en la sinfonía eterna de la existencia. La muerte, pensó, no era el fin, sino una transición, un retorno al vientre primordial del que todos surgimos y al que todos, inevitablemente, regresamos.

Deposité las flores sobre la tumba, con la delicadeza de quien ofrece un tributo sagrado, una comunión silenciosa entre lo efímero y lo eterno. Las flores, recién cortadas, desprendían un aroma dulce y melancólico que se mezclaba con el aire frío del atardecer. Sus colores vibrantes, rojos intensos y amarillos soleados, parecían desafiar la penumbra que comenzaba a envolver el cementerio, como pequeños faros de vida en un mar de mármol y sombras.

La tumba, con su lápida desgastada y sus inscripciones casi ilegibles, se erguía ante mí como un recordatorio implacable del paso del tiempo. Sentí un escalofrío recorrer mi espalda, no de miedo, sino de una profunda reverencia ante la fragilidad de la existencia. En ese espacio consagrado, donde el silencio se tornaba casi palpable, me parecía escuchar el murmullo de voces lejanas, ecos de vidas pasadas que aún resonaban en la memoria del mundo.

Me arrodillé frente a la tumba, sintiendo la humedad de la tierra penetrar en mis rodillas, un contacto crudo y real que me anclaba al presente. Cerré los ojos y dejé que mis pensamientos vagaran libremente, como hojas llevadas por el viento. Recordé sus ojos, esos ojos que alguna vez me miraron con ternura y comprensión, que ahora estaban cerrados para siempre, dejando tras de sí un vacío insondable.

Las palabras, tantas veces inútiles, parecían aún más fútiles en ese momento. Sin embargo, en la intimidad de mi mente, pronuncié un silencioso adiós, una plegaria muda cargada de amor y tristeza. Cada flor depositada era un gesto de despedida, un intento desesperado de mantener viva una conexión que trascendía la barrera de la muerte.

El crepúsculo avanzaba, tiñendo el cielo de tonos púrpura y dorado, como una pintura sublime que marcaba el final de un día y el comienzo de la noche. Las sombras se alargaban, abrazando las tumbas en un manto de penumbra, mientras el viento susurraba entre los árboles, su canto un lamento y una promesa a la vez.

En el recogimiento de aquel lugar, comprendí que la muerte no era un final abrupto, sino un pasaje hacia otra forma de existencia, un retorno al vasto océano de donde todos provenimos. Las flores sobre la tumba, efímeras en su belleza, eran un símbolo de esa transición, un puente entre lo tangible y lo inefable.

Me levanté con un suspiro, sintiendo el peso de la despedida en mis hombros, pero también una extraña ligereza, una paz nacida de la aceptación. Mientras me alejaba, volví la vista una última vez hacia la tumba. Las flores brillaban en la penumbra, una ofrenda silenciosa que hablaba de amor, pérdida y esperanza en la perpetuidad de la memoria.

Deposité las flores sobre la tumba, y en ese gesto simple y profundo, dejé una parte de mi corazón, sabiendo que, aunque los cuerpos perecen, el amor perdura, latente en cada rincón del alma, en cada soplo de viento que acaricia las flores y las lleva a danzar en un abrazo eterno con el universo.

Regresé a la pequeña y solitaria aldea, en otras ocasiones bulliciosa, y me recibió el silencio como un viejo amigo que aguardaba pacientemente mi retorno. Las calles, una vez animadas con el ir y venir de los aldeanos, ahora yacían desiertas, bañadas por una luz tenue que el sol de la tarde derramaba con parsimonia. Los muros de las casas, encalados y adornados con geranios marchitos, parecían testigos mudos de un tiempo que se había detenido, congelado en un instante de perpetua espera.

Caminé despacio, dejando que mis pasos resonaran en el empedrado, un eco solitario que reverberaba en la quietud. Cada esquina, cada rincón de aquella aldea, evocaba recuerdos de días llenos de vida y risas. Recordé las fiestas que iluminaban las noches de verano, con farolillos colgando de los árboles y música que se mezclaba con las voces alegres de la gente. Ahora, todo parecía un sueño lejano, un susurro de tiempos mejores que se desvanecía en el aire.

Las ventanas cerradas y las puertas entornadas me miraban con ojos vacíos, como si la aldea misma hubiera perdido su alma. Sentí un nudo en la garganta al pasar frente a la plaza principal, donde antes los niños jugaban y los ancianos se sentaban a contar historias. La fuente en el centro, que antaño burbujeaba con agua fresca, estaba seca, y su estructura de piedra estaba cubierta de musgo, una reliquia de una vitalidad extinguida.

El viento, que solía llevar consigo el aroma del pan recién horneado y el canto de los pájaros, soplaba ahora con un susurro sordo, arrastrando consigo hojas secas y polvo. Me acerqué a la iglesia, cuyas campanas habían dejado de sonar, y entré en su interior fresco y sombrío. La luz se filtraba a través de los vitrales, proyectando sombras coloridas en las paredes desnudas. En el altar, una vela solitaria parpadeaba, su llama temblorosa un reflejo de la esperanza que aún latía, aunque débilmente, en el corazón de la aldea.

Me senté en un banco, dejando que el silencio y la penumbra me envolvieran. Mis pensamientos se agolparon, recordando los rostros de aquellos que habían sido mis compañeros de juegos, mis amigos, mi familia. La aldea, con su quietud desoladora, me hablaba de ausencias, de partidas sin retorno, de un ciclo inevitable de vida y muerte que se repetía una y otra vez.

Regresé a la pequeña y solitaria aldea, en otras ocasiones bulliciosa, y en ese retorno encontré un espejo de mi propia existencia. La vida, como la aldea, tiene sus momentos de esplendor y sus épocas de recogimiento, de silencios cargados de significado. Mientras me levantaba para salir, comprendí que la aldea no estaba muerta, solo dormía, esperando el regreso de la vida, de las risas, del bullicio que algún día, quizás, volvería a llenar sus calles y sus plazas.

Y así, con una mezcla de melancolía y esperanza, dejé la iglesia y retomé mi camino, sintiendo que, aunque la aldea estuviera en silencio, su espíritu permanecía intacto, aguardando el día en que despertaría una vez más al son de la vida.

Cada día una herida se cierra y otra se abre, pensaba Flegreo mientras observaba el lento fluir del arroyo, cuyas aguas cristalinas reflejaban los cielos cambiantes y las sombras alargadas de los árboles. La vida, en su incesante movimiento, era un vaivén de cicatrices y sanaciones, un tejido de experiencias que se entrelazaban en un ciclo perpetuo de dolor y curación.

Flegreo se sentó junto a la orilla, dejando que el sonido del agua le brindara un consuelo sutil. Miró sus manos, marcadas por el tiempo y las labores, y en cada arruga vio un recuerdo, un testimonio de los desafíos enfrentados y las alegrías vividas. En la quietud del momento, su mente se remontó a esos días donde el dolor parecía insoportable, y la esperanza una luz distante.

Recordó la pérdida de seres queridos, aquellos momentos en que el corazón parecía romperse en mil pedazos, y la oscuridad lo envolvía todo. Pero también recordó cómo, con el paso de los días, la herida abierta empezaba a cerrarse, lenta pero inexorablemente, dejando una cicatriz que, aunque visible, se convertía en un símbolo de resistencia. Cada despedida, cada adiós doloroso, había dejado una marca indeleble, un aprendizaje.

En su juventud, las heridas parecían más profundas, las pérdidas más intensas, como si cada fracaso, cada desilusión, fuera una herida abierta en el alma. Pero con el tiempo, Flegreo había aprendido que las cicatrices eran signos de fortaleza, recordatorios de su capacidad para sanar y seguir adelante. Entendió que el dolor era parte intrínseca del vivir, un maestro cruel pero necesario que enseñaba a valorar los momentos de paz y felicidad.

Mientras contemplaba el movimiento constante del arroyo, Flegreo reflexionó sobre las heridas del presente, aquellas que aún supuraban y dolían. Pensó en las palabras no dichas, en los rencores no resueltos, en las oportunidades perdidas. Sabía que, con el tiempo, estas también sanarían, aunque el proceso fuera arduo y lento. Cada día traía consigo una nueva herida, pero también una nueva oportunidad de curación, un nuevo comienzo en el ciclo interminable de la vida.

El cielo comenzó a teñirse de colores cálidos con la llegada del crepúsculo, y las sombras se alargaron, envolviendo el paisaje en una suave penumbra. Flegreo se levantó, sintiendo una calma renovada, una aceptación de la dualidad de la existencia. Las heridas, comprendió, eran inevitables, pero también lo era la capacidad de sanarlas. En cada cicatriz veía una historia, una prueba superada, un paso más en su viaje hacia la sabiduría.

Cada día una herida se cierra y otra se abre, pero en ese continuo fluir, en ese balance entre el dolor y la curación, Flegreo encontró una profunda belleza. La vida, con todas sus cicatrices y sanaciones, era un proceso de transformación constante, una danza entre la fragilidad y la fortaleza. Y en esa danza, Flegreo se descubrió más humano, más completo, aceptando tanto el sufrimiento como la alegría como partes esenciales de su ser.

Con una sonrisa serena, Flegreo se adentró en la penumbra de la noche, llevando consigo la sabiduría de las cicatrices y la esperanza de las sanaciones futuras, listo para enfrentar el siguiente amanecer con el coraje de quien ha aprendido a vivir plenamente, a pesar de, y gracias a, cada herida.

O quizás solo era uEl eco de un ladrido reverbera entre las colinas rocosas como si la caliginosa niebla lo tuviera atrapado, prisionero de su espesura etérea. Flegreo se detiene un instante, aguzando el oído, tratando de discernir la dirección de ese sonido solitario que rompe el silencio de la noche. La aldea duerme, sumida en un sopor tranquilo, pero el ladrido parece vibrar con una urgencia primitiva, una llamada desde lo profundo de las entrañas de la tierra.

La niebla, densa y pesada, envuelve todo a su paso, difuminando los contornos y creando formas espectrales que se mueven al compás del viento. Las colinas, normalmente claras y definidas, se transforman en fantasmas de sí mismas, sus perfiles apenas visibles a través del velo blanquecino. El ladrido resuena de nuevo, más cercano esta vez, y Flegreo siente un escalofrío recorrer su espalda, no de miedo, sino de una extraña anticipación, como si el ladrido fuera un presagio, un mensaje cifrado en el lenguaje de la naturaleza.

Avanza con paso firme, siguiendo el rastro del sonido, sus botas resonando sobre el suelo pedregoso. El eco parece guiarlo, llamándolo hacia un destino incierto pero inevitable. La niebla se agita a su alrededor, como si tuviera vida propia, acariciando su rostro con dedos fríos y húmedos. En su mente, se desatan pensamientos que se mezclan con los recuerdos, formando un torrente de imágenes y emociones que lo envuelven en una corriente incesante.

El ladrido se hace más insistente, casi desesperado, y Flegreo siente que el corazón le late con más fuerza, como si cada palpitar fuera un martilleo en el silencio espectral de la noche. Los árboles, apenas visibles en la penumbra, parecen inclinarse hacia él, sus ramas extendidas como manos que buscan un sueño, una fantasía tejida por la mente enredada en recuerdos y añoranzas.

Finalmente, llega a un claro entre las colinas, donde la niebla se dispersa ligeramente, revelando un paisaje de rocas y arbustos que parecen surgir de la tierra como figuras petrificadas en un gesto de asombro. El ladrido suena una vez más, fuerte y claro, y Flegreo ve, en el centro del claro, una silueta borrosa que se mueve inquieta entre las sombras.

Se acerca con cautela, sus pasos amortiguados por la vegetación húmeda. Al llegar más cerca, distingue la figura de un perro, de pelaje oscuro y ojos brillantes que reflejan la luz tenue de la luna oculta tras las nubes. El animal lo mira con una mezcla de temor y esperanza, como si su presencia fuera tanto una amenaza como una salvación.

Flegreo se agacha lentamente, extendiendo una mano en un gesto de paz. El perro, después de un momento de duda, se acerca con cautela, oliendo el aire entre ellos. Su cuerpo tiembla ligeramente, y Flegreo puede sentir la tensión en cada músculo del animal. Murmura palabras suaves, casi sin sentido, solo sonidos tranquilos para calmarlo. Lentamente, el perro se relaja, acercándose lo suficiente para que Flegreo pueda acariciarle el lomo.

El ladrido, ahora convertido en un suave gemido, parece desvanecerse en la quietud de la noche. Flegreo siente una conexión profunda con el animal, una comprensión mutua nacida de la soledad compartida. Mira alrededor, tratando de entender por qué el perro estaba allí, solo y perdido en la niebla. Pero el paisaje no ofrece respuestas, solo el eco distante de la naturaleza que se mezcla con el murmullo del viento.

Flegreo decide que no puede dejar al perro allí, abandonado a su suerte. Se levanta despacio, y el animal lo sigue de cerca, sus pasos sincronizados en una marcha silenciosa hacia la aldea. La niebla, como si comprendiera la resolución de Flegreo, empieza a disiparse, revelando el camino de regreso con una claridad creciente.

Mientras caminan, Flegreo siente que no solo ha encontrado al perro, sino también una parte de sí mismo que había estado perdida en la bruma de sus pensamientos y recuerdos. Cada paso parece borrar una herida, cerrar una cicatriz, y en la compañía del animal encuentra un reflejo de su propia búsqueda, de su necesidad de conexión y comprensión.

Llegan a la aldea cuando las primeras luces del amanecer comienzan a teñir el horizonte de tonos rosados y dorados. El silencio de la noche se rompe con los primeros cantos de los pájaros y el susurro de la vida que despierta. Flegreo y el perro se detienen en la plaza central, donde la fuente, ahora visible en toda su claridad, parece brillar con una luz renovada.

Flegreo se sienta en un banco, y el perro se acurruca a su lado, sus ojos cerrándose en un descanso merecido. Observa el cielo cambiar de color, y en ese momento de transición, comprende que cada día trae consigo nuevas heridas y nuevas sanaciones, pero también oportunidades para encontrar paz y propósito en los lugares más inesperados.

El eco del ladrido se desvanece en su memoria, reemplazado por el susurro tranquilo de la aldea que despierta. En la compañía silenciosa de su nuevo amigo, Flegreo encuentra una serenidad que había estado buscando, un recordatorio de que, incluso en la soledad y la niebla, siempre hay luz y compañía esperando ser descubiertas.

Mientras avanzaba por los caminos empedrados de la aldea, las imágenes se desvanecían como neblina matinal al toque del sol. La realidad y la ilusión se entrelazaban, creando un tapiz de sensaciones que oscurecían la frontera entre lo vivido y lo imaginado.

Cada piedra del camino, cada rincón polvoriento, me hablaba con la familiaridad de lo conocido y la extrañeza de lo olvidado. Me pregunté si alguna vez había realmente existido ese bullicio, esa alegría palpable que ahora parecía tan distante. Los ecos de risas y canciones podían ser recuerdos de tiempos pasados o simplemente creaciones de una mente hambrienta de consuelo y compañía.

La luz del atardecer se extendía perezosamente sobre las casas, alargando las sombras en una danza lenta y melancólica. Miré a mi alrededor, buscando signos de vida, pero todo permanecía inmutable, como un escenario abandonado tras el final de una obra. La aldea, en su soledad, parecía un reflejo de mi propio estado interior, un paisaje desierto de emociones y conexiones.

Me detuve frente a una antigua casa, sus ventanas oscurecidas y su puerta entreabierta. Recordé haber jugado en su jardín, corriendo tras las mariposas en tardes soleadas. Pero ahora, esa imagen parecía tan lejana, casi irreal, como si perteneciera a otra vida, a otro yo. Entré en la casa, mis pasos resonando en las habitaciones vacías. Las paredes, cubiertas de polvo, guardaban los susurros de conversaciones olvidadas, de momentos íntimos que se desvanecieron con el tiempo.

Subí las escaleras crujientes, cada peldaño un lamento de madera envejecida. Llegué a una habitación con una ventana rota, donde el viento soplaba suavemente, moviendo las cortinas con un murmullo tenue. Me acerqué a la ventana y miré hacia afuera, hacia la aldea sumida en su silenciosa vigilia. Me pregunté si realmente alguna vez había dejado este lugar o si siempre había estado aquí, prisionero de mis propias memorias.

O quizás solo era un sueño, un espejismo creado por una mente fatigada de buscar sentido en la vastedad de la existencia. Tal vez, en el fondo, sabía que la aldea no era más que un símbolo, una representación de mis anhelos y temores, un lugar donde el pasado y el presente se fundían en una amalgama de realidad y fantasía.

Sentí una paz extraña, una aceptación serena de la incertidumbre. Salí de la casa y volví a caminar por las calles, dejando que el silencio me acompañara. Cada paso era un retorno a mí mismo, una exploración de los rincones más profundos de mi ser. La aldea, con su quietud y su misterio, me enseñaba que a veces, lo real y lo soñado se entrelazan de tal manera que es imposible distinguir uno del otro.

O quizás solo era un sueño, pero en ese sueño encontré respuestas que la vigilia me había negado, una comprensión de que la vida, con todas sus incertidumbres y dualidades, es un viaje continuo entre lo tangible y lo intangible, entre lo que es y lo que podría ser. Y así, seguí caminando, abrazando la dualidad, dejando que el sueño y la realidad se fusionaran en un todo armonioso, en el cual encontrar mi propio sentido y mi propio lugar.

«Caelum, non animum mutant, qui trans mare currunt.» – «Cambian de cielo, no de alma, aquellos que cruzan el mar.» Estas palabras de Horacio resonaban en la mente de Flegreo mientras caminaba por las calles desiertas de la aldea, envuelto en una neblina de recuerdos y melancolía. Se preguntaba si todo el esfuerzo de su viaje había sido en vano, si al regresar a este lugar, que una vez fue hogar, había encontrado algo más que un reflejo de su propia inquietud.

El cielo sobre la aldea se teñía de un azul profundo, salpicado de nubes que parecían carneros vagando en un prado celeste. A pesar del cambio de escenario, la inquietud persistía en su corazón, una constante que no se disipaba con la distancia ni con el paso del tiempo. Los paisajes que había visto, las gentes que había conocido, todo se fundía en una amalgama de experiencias que, aunque enriquecedoras, no lograban apaciguar el torbellino interno que lo había impulsado a partir.

Se detuvo frente a la fuente en la plaza central, cuya agua cristalina reflejaba su rostro con una precisión inquietante. En sus ojos vio las huellas de las jornadas pasadas, de las esperanzas y los desengaños que habían jalonado su camino. Recordó las palabras de Horacio y comprendió que el viaje no había cambiado su esencia, sino que había revelado con más claridad las verdades que llevaba consigo, ocultas bajo capas de ilusión y deseo.

Las flores silvestres que crecían alrededor de la fuente, en tonos de violeta y amarillo, parecían susurrar sus propios secretos al viento. Flegreo se inclinó y recogió una, sintiendo el delicado tacto de los pétalos entre sus dedos. Pensó en cómo esas flores, arraigadas en la misma tierra, florecían cada año con una belleza renovada, sin necesidad de buscar nuevos horizontes. Quizás, reflexionó, la verdadera transformación no estaba en el cambio de lugar, sino en la capacidad de ver con nuevos ojos el lugar de siempre.

Las casas encaladas, las callejuelas serpenteantes, el murmullo del arroyo cercano: todo adquiría un matiz diferente bajo su nueva perspectiva. En cada piedra del camino, en cada rincón del paisaje, encontraba fragmentos de su propia historia, trozos de un puzzle que finalmente empezaban a encajar. La aldea, que antes le parecía un lugar de partida, se revelaba ahora como un símbolo de la constancia, de la inalterabilidad del alma frente a los avatares del mundo.

Flegreo se dirigió al mirador, desde donde podía contemplar el valle extendiéndose hasta el horizonte. El sol poniente bañaba la escena en tonos dorados, y las sombras se alargaban como si quisieran abrazar todo a su paso. Allí, en la quietud del crepúsculo, sintió una paz profunda, una reconciliación con su propio ser. Entendió que no importaba cuán lejos viajara, siempre llevaría consigo su esencia, su alma inmutable que, como un faro, lo guiaba a través de las tormentas y las calmas.

«Caelum, non animum mutant, qui trans mare currunt.» Las palabras de Horacio se desvanecieron suavemente, dejando en su lugar una certeza renovada: el cielo puede cambiar, pero el alma permanece fiel a sí misma. Y en esa fidelidad, en esa aceptación serena de su propia naturaleza, Flegreo encontró finalmente el sosiego que había buscado a lo largo de su travesía.

Y por fin, descansó en paz, recordando en un instante toda su vida, como si cada momento, cada emoción y cada rostro amado se desplegara ante sus ojos en un tapiz de recuerdos que lo envolvía en su calidez. Flegreo sintió cómo el peso de los años, las penas acumuladas y las alegrías efímeras se deslizaban suavemente de sus hombros, dejándolo libre, ligero como una pluma en la brisa vespertina.

El sol se deslizaba lentamente tras las colinas, pintando el cielo con tonos de oro y púrpura, un espectáculo de despedida que parecía hecho para él. La aldea, con su silencio sagrado, se convertía en un santuario donde su espíritu podía finalmente encontrar reposo. Los árboles susurraban una melodía ancestral, y el arroyo cercano cantaba con una voz serena, acompañándolo en su último viaje.

En su mente, las imágenes fluían con una claridad sorprendente. Vio su niñez, corriendo descalzo por los campos verdes, sintiendo la hierba fresca bajo sus pies y el sol cálido sobre su piel. Escuchó las risas de sus amigos, las voces de sus padres, y sintió de nuevo el abrazo reconfortante de su madre, un refugio de amor incondicional. Cada sonrisa, cada lágrima, se desvelaba en un mosaico perfecto, un reflejo de la belleza y la fragilidad de la vida.

Revivió los primeros amores, esos amores jóvenes y ardientes que parecían capaces de conquistar el mundo. Recordó las cartas perfumadas, los paseos bajo la luna y las promesas susurradas al oído. Sintió de nuevo la intensidad de esos momentos, la chispa de la pasión y la dulzura de la entrega. Luego, los años de madurez, las decisiones difíciles, las responsabilidades asumidas. Cada triunfo y cada derrota, cada alegría y cada dolor, formaban parte de la compleja sinfonía de su existencia.

Los rostros de aquellos que habían compartido su camino aparecieron ante él, uno por uno, como estrellas en la noche. Amigos leales, amores perdidos, hijos que habían crecido y seguido sus propios senderos. Flegreo comprendió que su vida había sido un entramado de conexiones, de vínculos tejidos con hilos invisibles pero irrompibles, que lo habían sostenido y dado forma a su ser.

Finalmente, sintió el abrazo de la aldea, ese lugar que había sido su punto de partida y ahora se revelaba como su destino final. Las flores silvestres, el sonido del viento, el murmullo del arroyo: todo conspiraba para envolverlo en una paz profunda, una armonía que trascendía el tiempo y el espacio. Supo, en lo más hondo de su ser, que había llegado a casa.

Y por fin, descansó en paz, recordando en un instante toda su vida, aceptando cada fragmento con gratitud y amor. En ese momento de quietud absoluta, de completa entrega, comprendió la esencia de su existencia: un viaje lleno de significado, de aprendizajes y de amor. Con una sonrisa serena, cerró los ojos, dejando que su espíritu se fundiera con el universo, libre y eterno, como un susurro de viento en la vastedad del cielo estrellado.

Capitán chinchilla

Ficción

Bajo la sombra cilíndrica de cipreses perpetuos, el nuevo capitán chinchilla, antaño cebada, bebió su primer Aperol a la sombra vesperal, frente a los muros de un convento enclaustrado. Susurros de antaño vibran en el aire estancado,
cual reliquias de las tardes de oro de un pasado, donde el alma trocaba su cebada por chispeantes burbujas, y la sed, por un fragmento de melancolía añeja.

Los monjes de silencio custodian los secretos del viento, mientras el capitán chinchilla, poeta en la mira, destapa el elixir naranja de crepúsculos tardíos, brindando con los fantasmas de sus días olvidados. Esas paredes, tan altivas, tan plenas de ausencias, contienen más rezos que voces, más ecos que presencias; y el Aperol, con su danza rubí, tienta a la memoria, a deshojar los capítulos en un libro de sombras. «Hoy soy chinchilla,» dice, «mañana quizá paja, y siempre la sed, el ardor en los labios, el anhelo de lo nunca habido, de lo jamás pronunciado, de esa espuma dorada que no retorna, sólo vaga.»

En el pozo del vaso, los cipreses se reflejan, mezcla de realidad y desvelo en un sorbo, donde el convento se disuelve, se redime y olvida, y el capitán chinchilla ve más allá de su embozo. Escribir es beber del cáliz de los dioses dormidos, y con cada trago, cada sílaba, se desata un destino. Así, el capitán chinchilla, entre sorbo y verso, rememora su ser cebada, su futuro incierto.

Ya con tres Aperoles más hundidos en su ser, el capitán chinchilla, ebrio de revelaciones, bajo cipreses que apuntan al infinito, se desnuda de su nombre, de su piel, de las máscaras del día. Sus dedos, tinta y carne, trazan constelaciones en el aire denso de una tarde sin relojes. El convento murmura plegarias olvidadas, y él, desbordado, es eco y viento, es llama y agua. «Sólo un capitán de cenizas, de destellos efímeros,» susurra al vaso vacío que refleja sus ojos perdidos, y en los cipreses, sombras alargadas como recuerdos, se mezclan los silencios de la noche venidera.

Cada Aperol, un poema no escrito, una lágrima naranja que corre por su garganta como un río de antaño, lavando su pasado de cebada, y con ello, la memoria de los campos dorados bajo soles idos. «Soy chinchilla, y en mi ebriedad soy también polvo, fragmento de sueños rotos, versos inconclusos,» piensa, mientras el convento se desdibuja en la penumbra creciente, la noche inminente. Las estrellas, esos testigos impasibles del hombre, parpadean sobre su cabeza, riendo quizás, de este capitán chinchilla que, en su delirio, ha visto el universo en el fondo de un Aperol. Así, entre cipreses y sombra, el tiempo se disuelve, y el capitán chinchilla, marioneta de su deseo, se hunde en la madrugada, poeta ebrio, buscando en el abismo el sentido de su viaje.

11. Llegaba…

Ficción

Llegaba temprano para sus costumbres. La entrada al edificio administrativo donde trabaja estaba enmarcada por tres enhiestas banderas y tres cipreses inclinados. El edificio era un cubo azul y blanco con enormes cristaleras. Entre los compañeros de trabajo tenía fama de ser una persona divertida pero meticulosa, e incluso, a veces, demasiado quisquillosa. Saludó al guardia de seguridad y se acercó al ascensor… El San Pedro que guardaba la entrada al cielo de metacrilato interpuso su porra entre él y el ascensor. «Alto, usted no tiene autorizada la entrada, debe expiar sus pecados primero» -le dijo. Horrorizado, despertó.

11. Llegaba…

Ficción

Llegaba temprano para sus costumbres. La entrada al edificio administrativo donde trabaja estaba enmarcada por tres enhiestas banderas y tres cipreses inclinados. El edificio era un cubo azul y blanco con enormes cristaleras. Entre los compañeros de trabajo tenía fama de ser una persona divertida pero meticulosa, e incluso, a veces, demasiado quisquillosa. Saludó al guardia de seguridad y se acercó al ascensor… El San Pedro que guardaba la entrada al cielo de metacrilato interpuso su porra entre él y el ascensor. «Alto, usted no tiene autorizada la entrada, debe expiar sus pecados primero» -le dijo. Horrorizado, despertó.

Cipreses

Ficción

Altas chimeneas de la fábrica de cadáveres.

En el jardín del tiempo, el reloj se detiene, mientras las nubes son barcos en el cielo que navegan. Los árboles son torres que tocan el cielo, como catedrales de la naturaleza que rezan.

Los cipreses son altas chimeneas de la fábrica de la muerte, sus ramas son brazos que lloran por los que se fueron. El viento susurra un requiem por los ausentes, y el silencio es una tumba que guarda los recuerdos.

Las flores son colores que pintan el paisaje, como un lienzo donde el amor se dibuja. Las mariposas son notas que cantan en el aire, y el sol es un faro que alumbra la vida.

En este jardín del tiempo, la belleza y la muerte se abrazan, como dos amantes que se buscan tras la noche. Y yo soy un poeta que escribe en la oscuridad, intentando encontrar un sentido.