El reino vacío

Poesía

Escalaba la torre Habré cuando el cobre del alba
mordía las campanas del juicio,
y mientras unos desembarcan cubiertos de sal y ceniza,
otros, en una vieja barca, se hacen a la mar
como mendigos expulsados del sueño de Dios.
Porque así ocurre siempre:
la izquierda canta filosofía
y el emperador bebe hierro, y lo escupe
y bajo los telones del mundo
la ejecución ya estaba escrita
por un ave ciega, sorda y primitiva.

María Moderno, vestida de blancas fatigosas flores,
marchaba junto a saltimbancos poseídos,
llevando en la frente la infamia del descubrimiento.
Su salud era seria como un corral incendiado,
y las prohibidas manos del pueblo
la habían hecho idolatría y suelo maravilloso.
Los jóvenes la seguían entre cantos,
tatuaré, decían, el calor de tu nombre
sobre mis huesos de prisionero.

Lejos ardía el estudio de literatura,
arrastrado por perros de hierro y dueños crueles;
allí los sabios Comeos despreciaban la timidez silvestre
de quienes aún ofrecían largos años de risa y prudencia
a cambio de una sola verdad blanca.
No obstante, el mendigo conocía más filosofía
que el alto señor sentado en pieles de triunfo.
Porque el mendigo había visto otros caminos
debajo del suelo, donde la santa duda bebe
del mismo vaso que la infamia.

Y ocurrió que el emperador tendría miedo.
Su querida ciudad, entregada y gastada,
aullaría entre pilares multicolores,
mientras los Curtirán del reino
forjaban cadenas para el ave y para el canto.
Dirán los hombres: vale más el pillaje que la ternura,
vale más el hierro que la literatura.
Pero la torre Habré responderá con fuego,
y cada piedra abrirá un ojo terrible.

Entonces yo, el tonto, el poseído,
el que bebía sombras bajo los telones,
aullaré hacia los cielos de blanca ceniza:
“Quien despreciaba la misericordia
será dueño de un reino vacío;
quien abrace la mendicidad
heredará los jardines silvestres.”

Y el mar, antiguo ejecutor de los siglos,
alzará la vieja barca hasta las estrellas,
donde María Moderno cantará todavía
con elegante furia, rasgada de hielo,
mientras los niños del futuro
arden de pie entre las ruinas
como lámparas prohibidas al cielo.

Aforismos (Leonardo da Vinci)

Ficción

Atención: fichero muy grande, pulse en el título para verlo.

LA ÉPICA DE LA IRONÍA

Ficción

En el crepúsculo de una era absurda, el Emperador, un tipo con el carisma de una piedra y la inteligencia de un zapato izquierdo, decidió que la única forma de inmortalizar su legado era organizar un torneo de proporciones mitológicas. El premio: un anillo encantado capaz de conceder cualquier deseo, o al menos, eso decía la publicidad.
Los participantes llegaban de todos los rincones del mundo conocido (y algunos del desconocido). Prometeo, harto de que la humanidad no le enviara ni una simple carta de correspondencia agradeciéndole el fuego, decidió competir solo para pedir como deseo la extinción de la especie. Lilith, con su eterna actitud de femme fatale, quería la victoria para demostrar que el patriarcado no era más que un chiste mal contado.
Entre los concursantes destacaba un bucentauro, mitad hombre, mitad barco (un error de hechizo, evidentemente). También estaba un gigante con un coeficiente intelectual inferior al de una serpiente, un dragón con problemas de autoestima y una de las Hespérides, que solo participaba porque le habían prometido un vale de descuento en un spa celestial.
La primera prueba consistía en atravesar un bosque de encinas carnívoras, seguido de un duelo con Cerbero, quien, en plena crisis existencial, se negaba a luchar a menos que alguien le diera una razón válida para seguir viviendo. Nadie la encontró.
Más tarde, en una prueba patrocinada por farmacéuticas, los concursantes debían escalar una montaña resbaladiza mientras lidiaban con los efectos secundarios de una dosis letal de Viagra. (Algunos siguen atrapados en esa ladera hasta el día de hoy).
El Enamorado, un donjuán con la elocuencia de una piedra pómez, intentó conquistar a Lilith. Ella, con una mezcla de fuerza y hartazgo, le estampó una maza en la cara.
El último obstáculo era un combate cuerpo a cuerpo con el pájaro de la mala suerte. Un gallo con complejo de dictador que se había autoproclamado juez supremo del torneo. Solo una persona lo venció: un competidor anónimo que, en un gesto de abrumadora sensatez, decidió usar un arma de verdad en lugar de las espadas de goma espuma provistas por la organización.
Para sorpresa de todos, el premio no era el anillo mágico, sino un vale de descuento para un servicio de cremación con un 10 % de rebaja. El Emperador, entre risas, declaró que la verdadera victoria era el aprendizaje.
Prometeo, con su paciencia agotada, prendió fuego al estadio y se marchó con un aire de satisfacción. Lilith fundó un gimnasio de guerreras radicales. Cerbero encontró un trabajo como terapeuta de almas errantes. Y el dragón, después de una intensa terapia, aceptó que no necesitaba que los demás le dijeran que era imponente para saberlo.

La moraleja: no te apuntes a torneos organizados por idiotas.

Tarot

Ficción

La fuerza del Tarot reside no tanto en su capacidad de explicar y predecir, cuanto en su capacidad para crear combinaciones de historias y universos. En ese sentido es más parecido a un complejo mecano infantil, un juguete para construir mundos, objetos e interpretaciones que un sistema de explicación universal -como muchos de sus estudiosos han pretendido. Que, a veces, la realidad se parezca al Tarot no es una refutación de lo dicho sino, muy al contrario, la confirmación de que la realidad también es una combinación aleatoria de elementos como lo es el propio Tarot. Personalmente prefiero, al igual que Italo Calvino, utilizarlo como juego para la creación literaria que como instrumento profético o interpretativo. Véase, como ejemplo de su potencia creativa, su mapa de conceptos, que permitió a Temístocles de Alejandría llenar cientos de papiros enrollados, por desgracia hoy perdidos, y que yo, el judío errante, leí con avidez de adolescente mientras permanecí como discípulo suyo.

Acróbata, el Ahorcado, el Carro, Color positivo-negativo, Destrucción, el Diablo, Dodecanario, el Emperador, la Emperatriz, el Enamorado, el Eremita, las Estrellas, la Fuerza, Gran Sacerdote, Gran Sacerdotisa, Imagen del mundo, Inversión, el Juglar, el Juicio, la Justicia, Lámpara, Letras, el Loco, la Luna, la Muerte, el Mundo, Naipes, Nudo, Números, Ojo, la Rueda de la Fortuna, Simbolismo fonético, el Sol, Sombrero, la Templanza, Torre, la Torre herida por el rayo, Zodíaco

TAROT

Ficción

La fuerza del Tarot reside no tanto en su capacidad de explicar y predecir, cuanto en su capacidad para crear combinaciones de historias y universos. En ese sentido es más parecido a un complejo mecano infantil, un juguete para construir mundos, objetos e interpretaciones que un sistema de explicación universal -como muchos de sus estudiosos han pretendido. Que, a veces, la realidad se parezca al Tarot no es una refutación de lo dicho sino, muy al contrario, la confirmación de que la realidad también es una combinación aleatoria de elementos como lo es el propio Tarot. Personalmente prefiero, al igual que Italo Calvino, utilizarlo como juego para la creación literaria que como instrumento profético o interpretativo. Véase, como ejemplo de su potencia creativa, su mapa de conceptos, que permitió a Temístocles de Alejandría llenar cientos de papiros enrollados, por desgracia hoy perdidos, y que yo, el judío errante, leí con avidez de adolescente mientras permanecí como discípulo suyo.

Tarot

Ficción

Como era de temer la psicosis colectiva ha cundido entre la población, no sólo el pánico. El Serpiente, como ahora le llaman los medios de comunicación, ha inoculado su virus destructivo a todos los asesinos de la ciudad. Los asesinatos se suceden en masa y, aunque se ha descartado la autoría de Serpiente en muchos casos, incluso los ajustes de cuentas se firman con símbolos utilizados por el supuesto masacrador.

Todo lo que quiso saber del año nuevo y nadie le dijo

Ficción

Aquí tienes algunas curiosidades que quizás no conocías:

  • El origen de la celebración del año nuevo se remonta al año 46 a.C., cuando el emperador romano Julio César estableció el 1 de enero como el inicio del año, coincidiendo con el solsticio de invierno.
  • La costumbre de comer doce uvas al son de las campanadas se originó en España en 1909, como una forma de dar salida al excedente de cosecha de uva que hubo ese año.
  • El color de la ropa interior que se usa en la noche de fin de año tiene un significado simbólico según la tradición popular. El rojo atrae el amor, el amarillo la prosperidad, el blanco la paz y el verde la salud.
  • En algunos países, como Dinamarca, se rompen platos en las puertas de los amigos y familiares para desearles buena suerte. Cuantos más platos rotos haya en la entrada, más querido es el dueño de la casa.
  • En otros países, como Colombia, se lleva una maleta vacía alrededor de la casa o la manzana para atraer los viajes y las aventuras en el nuevo año.

Te deseo un feliz y próspero año nuevo. 😊

HÉRCULES

Ficción

El crepúsculo se deslizaba como una gasa sobre los campos dorados, tiñendo el horizonte de malvas y ocres, mientras Hércules descendía por el sendero de encinas que crujían bajo sus pasos. La maza, lustrosa de antiguas batallas, reposaba sobre su hombro como un viejo amigo cansado. Su mirada, ardiente como la antorcha que portaba Prometeo, vagaba por el confín del mundo conocido, buscando la sombra fugaz del bucentauro que escapaba entre las brumas del ocaso.

El gigante del Olimpo había recibido correspondencia del Emperador. Un pergamino sellado con un anillo de oro que destellaba con el fulgor de Hespérides, convocándolo a nuevas pruebas. La tinta, oscura como el veneno de la serpiente, anunciaba que Lilith había despertado en las profundidades del Tártaro y que Cerbero, inquieto, comenzaba a desobedecer las reglas de los infiernos. Era la fuerza del enamorado lo que impulsó a Hércules a emprender el camino, pues sólo con el ardor de su corazón podía vencer los miedos del alma.

A medida que avanzaba, un pájaro de plumaje negro surcó los cielos, lanzando un canto que resonó como un presagio. En las colinas lejanas, el rugido de un dragón resquebrajó la calma del atardecer. Hércules apretó la empuñadura de sus armas y sintió en su pecho el tamborileo de la gesta. La cremación de sus temores se avivaba con cada paso, dejando tras de sí la ceniza de antiguas derrotas.

Géminis ascendía en el firmamento cuando Hércules divisó la entrada al bosque donde Lilith tejía su reino de sombras. La túnica de piel de león ondeaba con el viento, y la victoria, esquiva como el rocío, se erguía ante él como una promesa. Se dijo que no era más que un hombre, pero en su pecho ardía el fuego de un dios. Como viagra para el espíritu, el deber encendió en él una pasión inquebrantable, y con cada latido, la historia de Hércules se escribía en las estrellas.

Al adentrarse en el bosque, las sombras se desvanecieron ante su luz, y Lilith emergió, etérea y serpentina, envuelta en los velos de la noche. Habló con una voz que era susurro y viento, pero Hércules no titubeó. La maza se alzó y, con un golpe que resonó en los abismos, la oscuridad se dispersó como cenizas al viento.

Cerbero, vencido y dócil, volvió a su lugar en la puerta del Hades, y el dragón, ahora mudo, se desvaneció entre las estrellas. El enamorado regresó triunfante, sabiendo que su verdadera victoria no yacía en la fuerza de sus brazos, sino en la llama inextinguible de su corazón. Al llegar al Olimpo, el Emperador lo recibió con una corona de encina, y las Hespérides cantaron su gesta al ritmo del crepúsculo.

Hércules sonrió, sabiendo que, aunque sus hazañas se grabaran en mármol y leyenda, su verdadero legado vibraba en cada alma que se atreviera a desafiar las sombras con la antorcha de su espíritu.

Ojos rasgados

Ficción

1

El gato, con su andar sigiloso y mirada enigmática, ha ocupado un lugar peculiar en la mitología y la cultura china desde tiempos ancestrales. No es extraño pensar en él como un «eslabón perdido», una criatura liminal que se desliza entre lo mundano y lo místico, entre la domesticidad y la independencia absoluta.

Los antiguos chinos observaban a los gatos con reverencia y misterio, pues estos animales parecían moverse en perfecta armonía con los ritmos de la naturaleza. Los felinos capturaban el aura de lo divino, el perfecto equilibrio entre el Yin y el Yang. Su cuerpo, suave y flexible, era el símbolo viviente de la adaptabilidad, mientras que sus ojos reflejaban la luna y el sol, fusionando lo diurno con lo nocturno.

En la cosmogonía felina de los pueblos chinos, el gato era un guardián entre mundos. Los emperadores de las dinastías pasadas tenían a sus gatos no solo como mascotas, sino como protectores contra los espíritus malignos. Quizás sea esta dualidad mística la que lo sitúe como el «eslabón perdido»: un animal que, a simple vista, se muestra mundano y cercano, pero que en sus profundidades oculta los secretos de los ancestros.

¿Qué ves cuando el gato te observa desde las sombras? Tal vez sea el eco de los viejos sabios chinos quienes, al intentar descifrar la naturaleza misma de la existencia, encontraban en los felinos una clave oculta, el eslabón perdido de una sabiduría que aún hoy permanece esquiva y silenciosa.


2

La neblina se había asentado como una alfombra etérea sobre el pequeño pueblo al pie de la montaña. Bajo la tenue luz del amanecer, los tejados de las casas se alzaban como siluetas fantasmas, mientras en las calles dormía un silencio denso, quebrado solo por el leve crujir de la escarcha bajo el peso de los pasos felinos.

Había rumores en el aire. Rumores de siglos que hablaban de una conexión perdida, un vínculo entre humanos y gatos que nadie se atrevía a nombrar en voz alta. Decían que los primeros hombres que llegaron a esas tierras no venían solos. Traían consigo a los felinos, no como simples compañeros, sino como iguales. Los ancianos susurraban que las líneas entre ambos se difuminaban, como si fueran ramas del mismo árbol genealógico que, en algún momento de la historia, se habían desviado, pero no completamente.

Bai Ling había oído toda su vida aquellas viejas historias. Sin embargo, lo que realmente le inquietaba no eran las palabras de los mayores, sino los ojos de su propio gato, Shen. Cada mañana, cuando ella se levantaba y se encontraba con esos ojos amarillos, rasgados y penetrantes, algo en su interior vibraba con una sensación de extraña familiaridad, como si no fuera una simple mirada animal lo que le devolvía la atención, sino algo más antiguo y profundo. Algo que la observaba desde un pasado enterrado.

—Los gatos son los guardianes de nuestro secreto —le había dicho su abuela una vez, sentada junto al fuego, mientras Shen, apenas un cachorro entonces, se enroscaba en su regazo—. Hace mucho tiempo, los primeros que llegaron aquí trajeron consigo una sabiduría oculta, y la sellaron en los ojos de los felinos. Ellos recuerdan lo que nosotros hemos olvidado.

Bai Ling, por supuesto, había reído entonces. ¿Cómo no hacerlo? Eran solo cuentos. Sin embargo, en las semanas recientes, algo había cambiado. Sentía que Shen la seguía de cerca, con una intensidad que nunca antes había percibido. Sus movimientos eran sigilosos, pero sus ojos, siempre esos ojos, parecían esperar algo de ella. Una respuesta, una reacción, como si aguardara el momento preciso para revelar algo que cambiaría la forma en que Bai Ling veía el mundo.

Una noche, incapaz de dormir, salió al patio bajo la luna creciente. Shen estaba allí, como si la hubiera estado esperando. Se detuvo frente a ella, sus ojos amarillos reflejaban la luz lunar, y en ese instante, Bai Ling lo sintió con una claridad inusitada. No había diferencia entre los ojos del gato y los suyos propios. El mismo brillo, la misma forma alargada, como dos espejos enfrentados en los que una sola alma se observaba desde dos cuerpos distintos.

Y entonces recordó.

No era una memoria concreta, sino un torrente de imágenes, sensaciones y sonidos que la asaltaron de golpe. Fragmentos de otro tiempo, de otro cuerpo. Vio a hombres y mujeres caminando al lado de gatos, no como dueños, sino como hermanos. Vio templos levantados en honor a seres felinos que custodiaban secretos ancestrales. Vio cómo, en algún punto de la historia, se había hecho un pacto. Un acuerdo silencioso entre especies, en el que los humanos cedieron una parte de sí mismos, confiando su conocimiento a los gatos, para preservarlo a lo largo de las eras.

Los ojos rasgados de los chinos, los de su pueblo, no eran una simple característica física. Eran una marca, un vestigio de ese antiguo lazo. Una señal de que, en algún lugar profundo de su ser, aún quedaba algo de los felinos con los que una vez caminaron codo a codo. Los gatos, guardianes del misterio, les habían legado esa forma en sus ojos como recordatorio de lo que alguna vez fueron.

Shen la miró, inmóvil, y entonces lo comprendió todo.

El gato no era solo su compañero; era el último eslabón, el guardián del conocimiento perdido, el puente entre lo que los humanos habían sido y lo que podrían volver a ser. Bai Ling dio un paso adelante, con el corazón latiendo con fuerza en su pecho. Los ojos de Shen brillaron más intensamente, y en ese destello, ella vio una puerta, una oportunidad. No sabía adónde la llevaría, pero ya no podía ignorarlo.

El eslabón perdido no era un mito. Era real, y vivía entre ellos, oculto en la mirada silenciosa de cada gato que, en su aparente indiferencia, custodiaba un secreto que solo unos pocos se atreverían a desvelar. Y Bai Ling estaba a punto de convertirse en una de ellos.

—¿Te gustaría que exploremos más el trasfondo de este mundo? —Le dijo Shen.


3

El viento acariciaba las hojas secas en el umbral del templo, levantando un susurro que parecía formar palabras inaudibles, como si las piedras mismas quisieran contar su historia. Bai Ling estaba allí, al pie de aquella estructura que había observado durante años sin prestarle atención, sin entender lo que verdaderamente albergaba. Ahora, después de aquella revelación en la noche bajo la luna, el templo ya no era solo un lugar olvidado por el tiempo, sino el epicentro de un conocimiento ancestral, guardado celosamente por los felinos.

Desde niña, le habían advertido que no debía entrar. «Es un lugar sagrado para los gatos», decían las ancianas del pueblo. «Solo ellos saben qué oculta». Y siempre había pensado que eran supersticiones, cuentos para mantener a los curiosos alejados. Pero ahora, Shen la había guiado hasta aquí, caminando a su lado como una sombra constante, y Bai Ling sabía que estaba al borde de algo profundo. Una verdad que su familia, su linaje, había olvidado.

El interior del templo estaba cubierto de musgo, pero el aroma a incienso quemado se mantenía, flotando en el aire como si alguien lo hubiera encendido hacía poco. Los ojos de las estatuas de piedra —gatos tallados con precisión inquietante— la seguían mientras avanzaba por el pasillo central, con Shen caminando a su lado, sus patas felinas haciendo eco en la piedra. En sus manos, Bai Ling sentía un cosquilleo, una especie de energía latente, como si algo dentro de ella despertara al contacto con el lugar.

De repente, Shen se detuvo frente a una gran puerta de madera, oscura por los años, pero con símbolos dorados grabados en su superficie. Bai Ling los reconoció. No por haberlos visto antes, sino por algo más profundo, algo que vibraba en su mente con la misma claridad que las imágenes que había visto en su revelación. Era una lengua antigua, olvidada por los humanos, pero que los gatos habían conservado. Shen levantó una pata y, con un movimiento sorprendentemente humano, tocó uno de los símbolos, activando un mecanismo oculto.

La puerta se abrió lentamente, dejando a la vista una sala circular, iluminada por una luz que parecía emanar de ningún lugar en particular, como si el mismo espacio contuviera su propia energía. En el centro, había un altar de piedra lisa, y sobre él, un pergamino antiguo, flanqueado por dos estatuas de gatos que parecían observarlo con reverencia.

Bai Ling sintió un escalofrío recorrer su espalda. Este era el corazón del misterio. Aquí, en este lugar olvidado, estaba la clave del pacto que los humanos habían sellado con los gatos, y que ahora ella debía descifrar. Shen se sentó a su lado, mirándola con esa misma intensidad de siempre, como si aguardara su siguiente movimiento.

Con manos temblorosas, Bai Ling levantó el pergamino. Al tocarlo, una corriente de imágenes volvió a inundar su mente, pero esta vez eran más vívidas, más claras. Vio a los primeros humanos llegar a aquellas tierras, cansados y heridos, perseguidos por fuerzas que no comprendían. Los gatos, habitantes de aquellos parajes antes de la llegada de los hombres, los habían acogido, no como amos, sino como iguales. Había sido un tiempo de armonía, donde ambas especies compartían sus conocimientos. Los humanos ofrecían su destreza para construir y crear, y los gatos les enseñaban los secretos del alma y del espíritu. A través de los ojos de los felinos, los hombres podían ver más allá de lo tangible, percibir lo invisible.

Pero los hombres, en su sed de poder, comenzaron a desconfiar. Querían más, querían controlar ese conocimiento, dominar lo que los gatos habían compartido libremente. Y así, el pacto se rompió. Los humanos decidieron enterrar la verdad, olvidar su conexión, y los gatos, traicionados, se retiraron a las sombras, llevándose con ellos la clave de todo: el don de ver más allá.

Bai Ling respiraba con dificultad mientras las visiones se sucedían. La traición, el olvido… todo estaba escrito en el pergamino, una advertencia para las generaciones futuras. Pero también había esperanza, una última oportunidad de restaurar el equilibrio perdido. Los gatos, pacientes como siempre, habían estado esperando. Y ahora, a través de ella, la puerta se abría de nuevo.

—Siempre has tenido la llave —murmuró Bai Ling, mirando a Shen, cuyos ojos rasgados brillaban con una sabiduría antigua—. Nosotros somos los olvidados, los ciegos.

Shen ronroneó suavemente, como si aprobara sus palabras. Bai Ling comprendió entonces que el templo no solo guardaba el pasado, sino también el futuro. Era el centro de algo mucho mayor, una red de templos y guardianes felinos dispersos por el mundo, esperando el momento en que la humanidad estuviera lista para recordar. Y ella había sido elegida para iniciar ese proceso.

Al levantar la mirada, los ojos de las estatuas de piedra parecían moverse, observando, vigilando. Los gatos siempre habían estado allí, en las sombras, custodiando lo que los humanos habían olvidado. Bai Ling sabía que debía tomar una decisión. Desvelar el secreto o dejar que el pacto roto siguiera enterrado.

Pero ya no podía dar marcha atrás. Shen se levantó, caminó hasta el altar y con un suave movimiento de su cabeza, la instó a tomar el pergamino. Era su destino.

Con el corazón latiendo con fuerza, Bai Ling lo desplegó completamente. Era el comienzo de un nuevo pacto. Uno que conectaría a los humanos con los felinos una vez más, restaurando el equilibrio entre los dos mundos.

Canicas de Villar

Ficción

Aquel niño, agachado bajo la luz del sol que hacía brillar las canicas como diminutas lunas, no lo sabía, pero en su mente ya tejía sueños de grandeza. Su mirada, fija en las esferas de vidrio, ocultaba la ambición desmedida de quien anhela dominar un reino, aunque sea uno de mesas verdes y esferas numeradas. Era un pequeño emperador en formación, apenas consciente de que ese juego inocente era el preludio de una lucha más oscura, donde las reglas no se escriben y las victorias se cobran con algo más que un puñado de fichas.

Así comienzan todos los gánsters, con esa mezcla extraña de fantasía infantil y determinación adulta que aún no ha encontrado su cauce. La inocencia es una semilla que crece torcida cuando se riega con las aguas del poder y el deseo. Así empecé yo también, con una canica en la mano y la idea de que el mundo era una mesa de billar infinita, donde yo, y solo yo, podría controlar el juego.

Me veo en él, en su mirada concentrada, en ese gesto minúsculo pero definitivo al lanzar la canica, como si con cada golpe forjara su destino. ¿Acaso fue así conmigo? Tal vez nunca hubo un momento exacto, tal vez no fue un día ni una hora, sino un goteo lento de sueños, un desliz que se convirtió en caída. De una canica a un taco, de un juego de niños a uno de hombres.

¿Quién decide cuándo el juego deja de ser juego?

Aquel niño, con los dedos temblorosos y la mirada fija en las canicas que brillan bajo la luz mortecina del atardecer, tiene la ilusión ingenua de ser algo más. Juega como si en cada choque de esas esferas de vidrio estuviera en juego un destino, el suyo. Aspira a ser el dios de los billares, el dueño absoluto de cada rincón en penumbra donde las mesas verdes dibujan los senderos del azar. No lo sabe aún, pero ahí, en esa mezcla de deseo infantil y ego incipiente, germinan las semillas de lo que será su reino en sombras. Así empiezan todos los gánsters, con una mirada voraz y una sonrisa que esconde la ambición desmedida. Así empecé yo, con las manos aún pequeñas pero ya aferradas al ímpetu de conquistar lo que otros no ven, lo que otros no se atreven a tocar.

Me veo en él, como en un reflejo desviado en la curvatura de esas canicas, en la inocencia rota antes de tiempo. Me pregunto si, dentro de unos años, él también recordará este día como yo recuerdo el mío, ese día en el que dejé de ser un niño que jugaba y me convertí en alguien más, en alguien que haría lo necesario para que su nombre resonara en los ecos oscuros de las salas de billar y las calles que nunca duermen.