Aforismos (Leonardo da Vinci)

Ficción

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Viaje nocturno por el mar

Ficción

Antes de la devoración sufrimos la invisibilidad. Nuestro perro ladró por última vez al sol otra vez. Aquel viaje era ahora tan venenoso como una víbora.

Antes de la devoración, sufrimos la invisibilidad. Nos fuimos desdibujando poco a poco, como sombras alargadas en un crepúsculo interminable, hasta que solo quedaba el eco de nuestras presencias en el aire. El sol, que alguna vez nos había reconocido con su luz cálida y directa, ahora se apartaba, negándonos su atención, ignorando nuestros cuerpos que ya no proyectaban sombra alguna. Eramos siluetas transparentes, vagando en un mundo que seguía su curso sin notarnos, condenados al olvido antes de ser devorados.

Nuestro perro, fiel hasta en la indiferencia de los días sin nombre, ladró por última vez al sol. Un ladrido que sonó como un lamento, un último grito hacia un cielo que ya no respondía. Había algo de ritual en su llamado: la última protesta ante una realidad que se desmoronaba, ante un tiempo que, como las olas, se llevaba todo consigo. Y el sol, eterno e implacable, se alejó una vez más, indiferente. Era un ciclo inquebrantable, como si lo hubiéramos vivido antes, pero en algún rincón de nuestra memoria se resistía a la idea de volver a vivirlo.

Aquel viaje, que una vez prometió liberación o, al menos, un respiro de las sombras que nos seguían, se tornó venenoso. Ya no era una ruta hacia alguna verdad oculta, sino una serpiente sinuosa, una víbora de ojos fríos que se enroscaba en nuestro destino, envenenando cada paso, cada decisión, cada susurro. Caminábamos por un sendero que ya no tenía regreso ni final visible, y el veneno no estaba en la tierra ni en las aguas, sino en nosotros. Lo llevábamos dentro desde el principio, sólo que no lo sabíamos. El viaje era una lenta disolución, una fractura interna que devoraba todo lo que alguna vez fue.

¿Qué sentido tenía ahora avanzar? ¿Por qué no detenernos y dejar que la invisibilidad terminara su labor, borrándonos por completo? Quizá ese fuera el último alivio: desaparecer sin resistencia, fundirnos con el silencio que el sol dejaba tras de sí, aceptar la devoración como el destino inevitable de quienes ya no existen para el mundo.

Para hacerse desear de las mujeres

Ficción

Tómese el corazón de una paloma virgen y hágase tragar por una víbora: la víbora morirá (jeje) de resultas, a causa del emblema de virtud e inocencia que representa la paloma, al paso que ella lo es de vicio y calumnia (jejeje); muerta la víbora (jejejeje), tómese su cabeza, póngase a secar hasta que no le deje olor, májese entonces en una almirez con doble cantidad de cañamón y tómense los polvos que resulten en un vaso de vino de cuatro años, al que se habrán mezclado algunas gotas de extracto de opio, conocido con el nombre de láudano. Con esto la tez se pone encendida, los labios de color rosa, y todas las mujeres lo desean a uno de cualquiera edad que sea. Esto es infalible y la prueba sale siempre bien con tal que se haga en día y hora conveniente.

(Secretos sacados del libro de Cleopatra)

En Respuesta a «Ecos de Jorge Manrique» de Eva Víbora

Ficción

XXXIII
Los placeres y dulzores
de esta vida trabajada
que tenemos,
no son sino «corredores»,
y tu figa, la celada
en que caemos.
No mirando a nuestro daño,
nos corremos en tu chichi
sin parar;
cuando vemos el engaño
y, ligeros, intentamos recular
ya no hay lugar.

XXIV
Las huestes innumerables
de pendones, hetairantes
y rameras,
las putillas infumables
y golferas,
la chapera empechugada
o cualquiera otra virago
¿qué aprovecha?
Cuando vienes malfollada,
todo lo pasas por bajo
de tu pierna.

(Extracto de Coplas por la muerte de su pene)

Libros que encontré entre el polvo (3)

Ficción

La vigorosa personalidad de Sverig Irreverendee (1888-1936) —narrador, dramaturgo, poeta y domador de víboras— encuentra su expresión más acabada en su novela póstuma Capitán Perentorio, seguramente la obra más difundida de la literatura pampapanática, traducida a más de una veintena de lenguas —hoy todas ellas desaparecidas— y llevada a la gran pantalla en 1987 por Calomiro Quentaky. Escrita en una isla del Danubio a lo largo de su década prodigiosa y publicada en 1939 bajo las botas nazis, sigue constituyendo el mejor intento de comprensión de la irracionalidad represivo-maniqueísta.

Para hacerse desear de las mujeres

Ficción

Tómese el corazón de una paloma virgen y hágase tragar por una víbora: la víbora morirá (jeje) de resultas, a causa del emblema de virtud e inocencia que representa la paloma, al paso que ella lo es de vicio y calumnia (jejeje); muerta la víbora (jejejeje), tómese su cabeza, póngase a secar hasta que no le deje olor, májese entonces en una almirez con doble cantidad de cañamón y tómense los polvos que resulten en un vaso de vino de cuatro años, al que se habrán mezclado algunas gotas de extracto de opio, conocido con el nombre de láudano. Con esto la tez se pone encendida, los labios de color rosa, y todas las mujeres lo desean a uno de cualquiera edad que sea. Esto es infalible y la prueba sale siempre bien con tal que se haga en día y hora conveniente.

(Secretos sacados del libro de Cleopatra)

En Respuesta a «Ecos de Jorge Manrique» de Eva Víbora

Ficción

XXXIII
Los placeres y dulzores
de esta vida trabajada
que tenemos,
no son sino «corredores»,
y tu figa, la celada
en que caemos.
No mirando a nuestro daño,
nos corremos en tu chichi
sin parar;
cuando vemos el engaño
y, ligeros, intentamos recular
ya no hay lugar.

XXIV
Las huestes innumerables
de pendones, hetairantes
y rameras,
las putillas infumables
y golferas,
la chapera empechugada
o cualquiera otra virago
¿qué aprovecha?
Cuando vienes malfollada,
todo lo pasas por bajo
de tu pierna.

(Extracto de Coplas por la muerte de su pene)