Antes de la devoración sufrimos la invisibilidad. Nuestro perro ladró por última vez al sol otra vez. Aquel viaje era ahora tan venenoso como una víbora.
Antes de la devoración, sufrimos la invisibilidad. Nos fuimos desdibujando poco a poco, como sombras alargadas en un crepúsculo interminable, hasta que solo quedaba el eco de nuestras presencias en el aire. El sol, que alguna vez nos había reconocido con su luz cálida y directa, ahora se apartaba, negándonos su atención, ignorando nuestros cuerpos que ya no proyectaban sombra alguna. Eramos siluetas transparentes, vagando en un mundo que seguía su curso sin notarnos, condenados al olvido antes de ser devorados.
Nuestro perro, fiel hasta en la indiferencia de los días sin nombre, ladró por última vez al sol. Un ladrido que sonó como un lamento, un último grito hacia un cielo que ya no respondía. Había algo de ritual en su llamado: la última protesta ante una realidad que se desmoronaba, ante un tiempo que, como las olas, se llevaba todo consigo. Y el sol, eterno e implacable, se alejó una vez más, indiferente. Era un ciclo inquebrantable, como si lo hubiéramos vivido antes, pero en algún rincón de nuestra memoria se resistía a la idea de volver a vivirlo.
Aquel viaje, que una vez prometió liberación o, al menos, un respiro de las sombras que nos seguían, se tornó venenoso. Ya no era una ruta hacia alguna verdad oculta, sino una serpiente sinuosa, una víbora de ojos fríos que se enroscaba en nuestro destino, envenenando cada paso, cada decisión, cada susurro. Caminábamos por un sendero que ya no tenía regreso ni final visible, y el veneno no estaba en la tierra ni en las aguas, sino en nosotros. Lo llevábamos dentro desde el principio, sólo que no lo sabíamos. El viaje era una lenta disolución, una fractura interna que devoraba todo lo que alguna vez fue.
¿Qué sentido tenía ahora avanzar? ¿Por qué no detenernos y dejar que la invisibilidad terminara su labor, borrándonos por completo? Quizá ese fuera el último alivio: desaparecer sin resistencia, fundirnos con el silencio que el sol dejaba tras de sí, aceptar la devoración como el destino inevitable de quienes ya no existen para el mundo.
Jamás había visto un viaje tan corto
O tan largo, según se mire…
Sobre todo si es el viaje eterno, como deduzco…
Nocturnal trip by the sea
Before the devoration we underwent the invisibility. Our dog barked again for the last time to the sun. That trip was now as poisonous as a viper.