Sin permiso

Ficción

Hay miradas que funcionan como cuchillos y lenguas que funcionan como notarios del desastre. Aquellos idiotas me habían recibido alegres tras mutilarse, como si perder algo fuera una fiesta privada y yo el invitado de honor. Qué despreciables. Conducían sin permiso por aquella carretera reseca y polvorienta, convencidos de que la culpa es un mito inventado por los aburridos. Yo conducía, extraviado entre aquellos misterios, como durmiendo. La línea amarilla era una serpiente inmóvil y el horizonte una promesa que bostezaba.

Con menos alegrías, olfateaba a aquellas perras. Celosas. Siempre al acecho, bebiendo ternuras ajenas como si fueran licor barato. Las ternuras desgarran aparte, eso nadie lo dice en voz alta. Primero te acarician y luego te dejan en luto, buscando un confesor que no bostece mientras enumera tus pecados ociosos. Verás el peligro, me repetía, cuando esté demasiado cerca para huir.

Él iba en el asiento del copiloto, con esa sonrisa de quien ha sufrido una victoria sencilla. Amaba esos estribillos, ciertamente. Los repetía como si fueran conjuros: existiremos, otorga guerras, soñé adonde la forma inerte pesa menos que el recuerdo. Yo pensaba que estaba loco. O peor, cuerdo en un mundo que prefiere la fiebre.

Aquellos otros, los que nos esperaban más adelante, deseaban magos, fantasmas de rodillas, reyes espirituales que supieran suponer y prometer. Querían guerras que justificaran su cáncer íntimo, su manera infantil de romper lo que apenas empieza a latir. Malvados no por grandes planes, sino por pequeños desdenes.

Conducían sin permiso, sí, pero también sin destino. La carretera se deshacía bajo las ruedas como pan viejo. Yo inventé un mapa en mi cabeza para no aceptar que estábamos perdidos. Pesa admitirlo. Pesa más que el silencio que se instala cuando alguien deja de fingir.

Soñé que nos detenían. Que nos obligaban a bajar del coche y a explicar por qué existíamos, por qué beber ternuras ajenas nos parecía una forma de supervivencia. Soñé que él se arrodillaba ante un jurado de sombras y recitaba sus estribillos con una fe ridícula y hermosa.

Desperté cuando el coche dio un pequeño salto, como si hubiera tropezado con algo invisible. Nadie nos había visto juntos. Ni las perras, ni los idiotas, ni los supuestos reyes. Solo la carretera, que todo lo escucha y nada confiesa.

Seguimos avanzando. Alejados, fuertes por pura suerte. Sufrir era sencillo; lo primordial era no detenerse. Él tarareaba. Yo conducía. Y en ese murmullo, entre polvo y fantasmas, comprendí que la verdadera mutilación no era perder una parte, sino quedarse inmóvil.

No nos vieron juntos. Pero existimos. Y eso, para quienes conducen sin permiso por el mundo, ya es una pequeña victoria.

Lo último en Inteligencia Artificial ¿Funciona?

No ficción

Un análisis exhaustivo, condensado (y sin filtros de mercadotecnia) de lo que realmente está pasando ahora (enero de 2026) en inteligencia artificial. Spoiler: no todo es magia; hay avances técnicos, peleas corporativas, bombas ambientales y dilemas éticos que nadie sabe resolver del todo, según nuestras fuentes:

1) Mercado y competencia: guerra fría tecnológica

Meta acaba de estrenar modelos internos avanzados en su nueva división de IA, como parte de un esfuerzo por recuperar relevancia frente a rivales como OpenAI, Google y Anthropic. Los nombres curiosos (Avocado, Mango) no importan tanto como la tendencia: todos están en caballo de combate por el próximo salto en capacidades y productos.

OpenAI no está tomando té y galletitas. Se está expandiendo en alianzas con gigantes, integrando IA en servicios empresariales, telecomunicaciones y finanzas, y hasta pensando en hardware. Todo esto gira en torno a un objetivo brutal: no quedarse atrás mientras otros construyen —y monetizan— IA de próxima generación.

Tendencia de mercado importante: startups que no compiten con GPT o Gemini, sino que ofrecen modelos personalizados usando datos de empresas para reducir errores (“hallucinations”) y cumplir con regulaciones. Ese segundo nivel de la pila tecnológica está recibiendo mucha atención.

2) Dónde está la IA de verdad (más allá de marketing)

Varios análisis de tendencias para 2026 coinciden en tres áreas concretas donde la IA no solo promete sino que está progresando:

a) IA en descubrimiento científico
Los sistemas inteligentes ya no solo responden preguntas. Van a generar hipótesis, diseñar experimentos y formar parte del proceso de investigación real en física, química y biología. Si funciona, esto acelera la ciencia a ritmos que los métodos tradicionales no pueden sostener.

b) Multimodalidad generalizada
Modelos que entienden y razonan no solo con texto, sino con imágenes, voz y video al mismo tiempo, se están convirtiendo en la norma para interfaces de búsqueda y colaboración humano–máquina.

c) Infraestructura inteligente y eficiente
El foco dejó de ser solo “más grande” (más GPU, más FLOPS) para pasar a más inteligente y distribuido: redes de cómputo más densas, sistemas globales interconectados y optimización fina de recursos.

3) Aplicaciones reales que ya están pasando de laboratorio a tu vida

Se anticipa un salto significativo en:

Salud: IA capaz de diagnosticar enfermedades con precisión clínica y ayudar en toma de decisiones médicas. Esto empieza a cruzar la frontera entre investigación y uso cotidiano en hospitales.

Consumo e interacción diaria: Integraciones de IA con correo, televisión, dispositivos hogareños y asistentes visuales ya están ocurriendo (p.ej. Gemini en Gmail o Vision AI de Samsung).

Sectores económicos tradicionales: agricultura, vitivinicultura, logística, manufactura y más están usando IA para optimizar procesos. Estos casos no siempre aparecen en portada, pero están ocurriendo.

4) Problemas gigantes que nadie ha resuelto

a) Regulación y seguridad
No hay reglas globales claras. Hay avances en regulaciones estatales y alianzas estratégicas entre países para investigación responsable, pero sigue siendo el “salvaje oeste” con demandas, leyes diversas y una carrera diplomática por dominar la IA antes de que dominemos a la IA.

b) Veracidad y desinformación
Más del 80-90 % del contenido online podría ser generado por IA pronto. Eso diluye la autenticidad y genera un nuevo tipo de crisis epistemológica: ¿qué es real si la mayoría del contenido está fabricado?

c) Energía y sostenibilidad
Los modelos gigantes devoran electricidad. A menos que rediseñemos centros de datos y usemos fuentes sostenibles, la huella energética de la IA podría convertirse en un cuello de botella ecológico.

d) Empleo y equidad
No solo hay optimismo de que IA creará empleos; también se calcula que puede sustituir roles a gran escala y cambiar la estructura de trabajo, especialmente en tareas rutinarias. Eso exige políticas laborales proactivas que todavía no existen.

5) El reto filosófico real

No es solo si las máquinas “piensan”. El reto profundo es cómo la humanidad mantiene el control, decide qué es valioso y regula la frontera entre autonomía automatizada y responsabilidad humana. Eso no se logra con mejoras de hardware o más datos. Se logra con filosofía, leyes, ética y decisiones colectivas. Y eso siempre es más lento que las iteraciones de código.

PERO… ¿FUNCIONA DE VERDAD LA IA?

Vamos a ser útiles de verdad, no a repetir notas de prensa disfrazadas de análisis. Esto es, qué está funcionando en IA ahora mismo, qué no, y por qué, bajado a nivel técnico pero sin convertirlo en un paper ilegible.


1. Modelos base: el mito del “más grande es mejor” ya murió

Qué está pasando

  • El escalado bruto (más parámetros, más datos, más GPUs) ya no da saltos proporcionales.
  • Los modelos frontier siguen mejorando, sí, pero a coste energético, económico y de latencia absurdos.

Avances reales

  • Modelos más pequeños afinados superan a gigantes en tareas específicas.
  • Uso masivo de:
    • Fine-tuning con datos propios
    • LoRA / QLoRA
    • Mixture of Experts (MoE) bien implementados
  • El foco pasó de capacidad general a capacidad útil.

Qué NO funciona

  • Entrenar un LLM desde cero sin:
    • capital obsceno
    • acceso a hardware prioritario
    • datos limpios a escala
      Eso es quemar dinero con estilo.

Conclusión
El futuro inmediato no es GPT-X. Es modelos adaptados, conectados y supervisados.


2. RAG (Retrieval-Augmented Generation): la columna vertebral silenciosa

Qué es de verdad

RAG no es un truco. Es la única forma práctica de usar IA en entornos reales.

Qué está funcionando

  • Vector databases maduras (FAISS, Milvus, Weaviate, etc.).
  • Pipelines donde:
    1. El modelo NO confía en su memoria
    2. Busca contexto actualizado
    3. Responde citando fuentes internas

Esto reduce:

  • alucinaciones
  • errores legales
  • respuestas inútiles

Problemas abiertos

  • Latencia.
  • Mala indexación semántica.
  • Datos basura entran → respuestas basura salen.

Regla básica
Si tu sistema no tiene RAG o algo equivalente, no es serio.


3. Agentes autónomos: hype, pero con un núcleo útil

La fantasía

“Agentes que trabajan solos, se coordinan, aprenden y ejecutan tareas complejas”.

No. Todavía no.

La realidad útil

  • Agentes semi-autónomos con:
    • objetivos claros
    • límites estrictos
    • supervisión humana
  • Muy buenos para:
    • análisis iterativo
    • planificación
    • descomposición de tareas
    • workflows empresariales

Lo que falla

  • Bucles infinitos.
  • Toma de decisiones errática.
  • Costes de cómputo impredecibles.

Conclusión
Los agentes funcionan como empleados junior muy literales.
Dejarlos solos es mala idea. Como a muchos humanos, sinceramente.


4. Multimodalidad: aquí sí hay salto cualitativo

Qué cambió

Los modelos ahora razonan entre modalidades, no solo las reconocen.

Ejemplos reales:

  • Imagen + texto → diagnóstico médico asistido.
  • Video + audio → análisis de comportamiento.
  • Documento + gráficos → decisiones financieras.

Qué funciona bien

  • Visión + lenguaje.
  • OCR + razonamiento.
  • Audio para transcripción y análisis semántico.

Qué aún es flojo

  • Video largo.
  • Contextos espaciales complejos.
  • Causalidad física real.

Pero esto sí es un avance estructural, no cosmético.


5. Evaluación: el mayor agujero negro del sector

Problema crítico

Los benchmarks clásicos están contaminados o superados.

  • Los modelos ya “se saben” los tests.
  • Métricas automáticas no reflejan utilidad real.

Qué se está haciendo

  • Evaluaciones humanas.
  • Tareas abiertas.
  • Medición por impacto en procesos reales.

Lo que falta

Un estándar universal de calidad, seguridad y confiabilidad.

Ahora mismo:

  • cada empresa mide lo que le conviene
  • nadie quiere números comparables

6. Seguridad y alineamiento: progreso lento pero real

Avances

  • Mejor control de outputs peligrosos.
  • Filtrado contextual más fino.
  • Entrenamiento con feedback humano más sofisticado.

Problemas sin resolver

  • Prompt injection sigue siendo un desastre.
  • Modelos siguen siendo manipulables.
  • No hay garantías formales fuertes.

La IA no es segura por diseño, es segura por capas frágiles. Importante diferencia.


7. Energía y hardware: el cuello de botella silencioso

Hechos incómodos

  • El coste energético es real.
  • Los data centers están al límite.
  • El acceso a GPUs decide quién innova.

Qué se mueve

  • Chips especializados.
  • Inferencia optimizada.
  • Edge computing para tareas simples.

Pero sin cambios estructurales, esto limita la velocidad del progreso.


8. La frontera real (lo que viene en 12–24 meses)

No AGI. Tranquilidad.

Lo que sí viene:

  • IA integrada en procesos críticos.
  • Sistemas híbridos humano-IA.
  • Menos “chat”, más acción controlada.
  • Regulación que empieza a doler.

La ventaja no será el mejor modelo.
Será el sistema mejor diseñado alrededor del modelo.


Resumen brutal y honesto

  • La IA ya es útil, pero solo si se usa con cabeza.
  • El hype sigue exagerando capacidades.
  • El progreso real está en ingeniería, no en marketing.
  • El límite no es la inteligencia artificial.
  • El límite es la inteligencia humana organizando sistemas complejos.

Si quieres, el siguiente nivel es:

  • arquitectura completa de un sistema IA serio
  • casos reales donde falla
  • o desmontar mitos concretos que te estén vendiendo

Eso ya es cirugía, no divulgación.

Una arquitectura completa de un sistema IA serio

Bien. Dejamos el PowerPoint y entramos en arquitectura real.
Esto es cómo se diseña un sistema de IA serio, de los que funcionan en producción y no colapsan el lunes a las 9:05. No hay magia. Hay capas, límites y paranoia bien distribuida.


0. Principio rector (si fallas aquí, todo falla)

El modelo NO es el sistema.
Es un componente caro, inestable y propenso a inventarse cosas.

Diseñamos alrededor de eso.


1. Capa de entrada (Input & Control)

Función

  • Recibir solicitudes.
  • Validar formato, permisos y contexto.
  • Decidir si la IA debe intervenir o no.

Componentes

  • API Gateway.
  • Autenticación y autorización.
  • Rate limiting.
  • Normalización del input.

Clave

Muchos sistemas serios bloquean inputs ambiguos o maliciosos antes de que lleguen al modelo.

Menos IA = más fiabilidad.


2. Orquestador (el cerebro aburrido)

Función

  • Decide el flujo.
  • Descompone tareas.
  • Llama a herramientas, bases de datos o modelos.

Qué hace de verdad

  • “¿Esto es búsqueda?”
  • “¿Esto requiere razonamiento?”
  • “¿Hay datos suficientes?”
  • “¿Necesito humano en el loop?”

Tecnologías típicas

  • Workflows declarativos.
  • Estado explícito.
  • Reglas duras + heurísticas simples.

Importante
Aquí NO hay creatividad. Hay control.


3. Capa de contexto y conocimiento (RAG bien hecho)

Componentes

  • Bases vectoriales.
  • Bases relacionales.
  • Document stores.
  • Versionado de conocimiento.

Flujo

  1. El sistema busca información relevante.
  2. Filtra por:
    • permisos
    • actualidad
    • calidad
  3. Construye un contexto compacto.
  4. Se lo pasa al modelo.

Regla de oro

El modelo nunca “recuerda”.
Siempre consulta.

Si no puedes rastrear de dónde sale una respuesta, es inaceptable.


4. Capa de modelos (sí, aquí va el LLM)

Qué incluye

  • Uno o varios modelos.
  • Diferentes tamaños y costes.
  • Routing inteligente.

Ejemplo

  • Modelo pequeño para clasificación.
  • Modelo mediano para resumen.
  • Modelo grande solo para razonamiento complejo.

Estrategia clave

Cost-aware inference
No usas un martillo hidráulico para clavar un alfiler.


5. Agentes y herramientas (acción controlada)

Qué son

  • Agentes con objetivos limitados.
  • Acceso a herramientas explícitas.

Qué pueden hacer

  • Consultar APIs.
  • Ejecutar cálculos.
  • Escribir borradores.
  • Proponer acciones.

Qué NO pueden hacer

  • Tomar decisiones finales críticas.
  • Ejecutar cambios irreversibles sin validación.

Aquí la IA propone, el sistema decide.


6. Validación y verificación (la capa que todos olvidan)

Funciones

  • Chequeos automáticos:
    • consistencia
    • formato
    • reglas de negocio
  • Detección de alucinaciones.
  • Comparación contra fuentes.

Técnicas

  • Modelos secundarios verificadores.
  • Reglas duras.
  • Thresholds de confianza.

Si no pasa validación, no sale.
Da igual lo convincente que suene.


7. Human-in-the-loop (porque seguimos siendo necesarios)

Cuándo entra el humano

  • Baja confianza.
  • Alto impacto.
  • Casos nuevos.
  • Decisiones legales, médicas, financieras.

Cómo entra

  • Revisión.
  • Corrección.
  • Feedback estructurado.

Ese feedback vuelve al sistema para:

  • ajustar prompts
  • mejorar RAG
  • refinar reglas

Esto es aprendizaje real, no magia.


8. Observabilidad y auditoría

Qué se mide

  • Inputs.
  • Contextos usados.
  • Outputs.
  • Decisiones.
  • Costes.
  • Errores.

Por qué importa

  • Cumplimiento legal.
  • Mejora continua.
  • Post-mortems cuando algo falla.

Si no puedes explicar por qué el sistema respondió algo, no es aceptable en producción.


9. Seguridad transversal (en todas las capas)

Amenazas reales

  • Prompt injection.
  • Data leakage.
  • Escalada de permisos.
  • Abuso automatizado.

Contramedidas

  • Sandboxing.
  • Separación de contextos.
  • Sanitización.
  • Tests adversariales continuos.

La seguridad no es una feature. Es un estado mental permanente.


10. Ciclo de vida y evolución

Un sistema serio:

  • Versiona modelos.
  • Versiona datos.
  • Versiona prompts.
  • Prueba cambios gradualmente.

Nada se despliega “a lo loco”.
Eso es para startups con VC y poco que perder.


Arquitectura resumida (en texto, no dibujitos)

Usuario
 ↓
Control de entrada
 ↓
Orquestador
 ↓
Contexto (RAG)
 ↓
Modelo(s)
 ↓
Agentes / Herramientas
 ↓
Validación
 ↓
Humano (si aplica)
 ↓
Salida

Todo monitoreado. Todo auditable. Todo con frenos.


Verdad incómoda final

Un sistema IA serio:

  • Tiene más ingeniería clásica que IA.
  • Gasta más tiempo en control que en creatividad.
  • Confía menos en el modelo que en el diseño.

Eso lo hace aburrido. Eso lo hace fiable.

Paranoias

Ficción

Las paranoias revoloteaban en su mente como paragüayas erráticas, deformadas, cada una con su propia rotura, su propio hueco. No eran simples refugios contra tormentas pasajeras, sino más bien escudos inútiles, deshilachados, que dejaban entrar una lluvia fina e insistente de dudas y miedos.

Las veía desplegarse como un desfile absurdo en la penumbra de su conciencia: una con varillas oxidadas que se doblaban al menor soplo de viento, otra pintada con colores vibrantes pero ajada por el tiempo, y la más pequeña, de esas que caben en un bolsillo, girando sin rumbo, atrapada en un ciclón interno.

Sentía que cada paragüaya correspondía a un rincón distinto de su memoria, un eco lejano de palabras dichas o no dichas, de gestos que quizá nunca existieron más allá de su imaginación febril. Allí estaban, empapándolo con gotas de incertidumbre, chorreando significados que se le escapaban entre los dedos como agua en una grieta.

Pero había una belleza melancólica en aquel espectáculo. En medio del caos, notaba cómo la luz —esa luz extraña que solo se filtra en los momentos de introspección más hondos— acariciaba los pliegues de las telas mojadas, convirtiendo lo roto en un caleidoscopio efímero de reflejos irisados. Quizá, pensó, las paranoias no eran otra cosa que artefactos inútiles pero bellos, testigos de su fragilidad y, al mismo tiempo, de su humanidad.

Ese pensamiento lo sacudió, como si al nombrar la belleza de aquello hubiera activado un engranaje secreto en su mente. Las paranoias comenzaron a flotar con menos violencia, como si reconocieran en él una especie de complicidad. Se movían ahora con una cadencia más pausada, danzando en el aire húmedo de su imaginación, casi como si aguardaran instrucciones.

Extendió la mano hacia una de ellas, la de colores vibrantes, desgastada por los años pero aún orgullosa en su miseria. La sintió liviana, hecha de un material que no pertenecía del todo al mundo tangible, y cuando sus dedos la rozaron, el objeto pareció descomponerse en un susurro de voces apenas inteligibles. Eran retazos de conversaciones, risas lejanas, y fragmentos de silencios incómodos, todos girando en espiral hacia un centro invisible.

—¿Qué intentan decirme? —murmuró, no del todo consciente de que hablaba en voz alta.

El eco de su propia voz pareció transformar las paragüayas restantes. Una a una, comenzaron a desplegarse con movimientos lentos, casi ceremoniales. Cada tela rota revelaba imágenes, como si fueran pantallas proyectando escenas de su vida. Allí estaba él, con cinco años, escondido bajo la mesa de la cocina mientras sus padres discutían sobre algo que ya no recordaba. Luego, con doce, viendo llover desde la ventana del colegio, convencido de que la tormenta le hablaba en un idioma que nunca llegó a descifrar. Y más adelante, con veinte, en un banco del parque, sosteniendo una carta que nunca entregó, mientras el cielo se desplomaba sobre su espalda.

La conexión entre esas imágenes y las paranoias se le escapaba, pero había un patrón que se insinuaba en los pliegues de la tela. Un lenguaje velado, un código que tal vez siempre había estado allí, esperando a que él lo notara. Las gotas que antes caían sobre él sin piedad parecían ahora componerse en figuras, trazando rutas, dibujando mapas de significados.

Se inclinó hacia adelante, hipnotizado por el vaivén de las sombras y reflejos, como si en cualquier momento fuera a alcanzar la clave. Pero entonces una ráfaga de viento imaginario barrió las paragüayas y las hizo desaparecer. Todo quedó en silencio, salvo por el eco de sus propios pensamientos, que ahora parecían menos fragmentados, menos hostiles.

Quizá —pensó— las paranoias no eran enemigas, sino mensajeras torpes, portadoras de verdades que solo podían revelarse entre líneas. O, tal vez, no tenían ningún mensaje, y su única razón de existir era recordarle que el caos, a veces, es solo otra forma de belleza.

El Bosco

Ficción

ASESINO (OFF)

Ha entrado la policía en mi apartamento. Lo dejaron todo patas arriba, esos imbéciles no tienen ningún sentido del orden. Revuelven los cajones, hurgan en los armarios, tocan mis libros con guantes que huelen a sudor y miedo. Y aún así, jamás descubrirán a un asesino tan ordenado como yo.

No comprenden que todos los detalles son importantes, incluso los que parecen triviales. Cada línea que trazo, cada objeto que muevo, cada mota de polvo que dejo caer tiene un significado. Ninguno de ellos sabrá interpretarlo, porque no han visto lo que yo he visto. Ellos creen que esto es solo un crimen. No entienden que es un rito, un lento despertar.

Les dejaré otra pista. No podrán evitar recogerla y preguntarse qué significa. Arpa. Esfera. Fuente. Nimbo. Rana. Esas cinco palabras sellan la próxima escena. Son como las notas de una melodía antigua, como los pasos de una danza que nadie recuerda. No importa si ahora os suenan inocentes; pronto sabréis que son más que simples símbolos.

Mientras ellos destrozan mi apartamento, yo escribo aquí, en este cuaderno forrado con cuero tan viejo como los olmos de los sotos. Desde mi ventana aún puedo ver la vieja fábrica de catequesis. Nadie se atreve a acercarse de noche, pero yo sí. Porque allí empezó todo. Allí hallé el tratado, el libro sin título que me reveló el verdadero orden de las cosas.

Lo recuerdo como si fuera ayer. Entré buscando refugio de la lluvia, y el suelo estaba cubierto de una hierba meadero que olía a óxido y a orugas aplastadas. Las sombras parecían correrse por las paredes como si estuvieran vivas, y en el centro de la nave principal había un bajel pintado sobre el polvo. Me acerqué, y el polvo se levantó como un velo… dejando ver una inscripción grabada en la piedra. No olvidaré nunca esas palabras:

“Veinte lunas pasarán. El que rebela su voz será juzgado. El que la invoque, volverá deshonrado. Los que huyan serán perseguidos. Los que queden… despertarán.”

Ahí empezó el vértigo. Ahí supe que no podía ser como los demás.

Porque yo ya había sentido su voz. La Primogénita. Ella me habló en sueños, susurrando como un amante que promete piedad pero solo trae espantos. Me dijo que el mundo está podrido, lleno de parásitos disfrazados de hombres, criaturas tullidas de espíritu. Me enseñó que el tiempo no es más que un reloj sin sentido, marcando una existencia vacía.

Desde entonces, no mato por matar. Cada cuerpo que dejo es un mensaje. Cada escena es una estampa que forma parte del gran mosaico. He visto sus rostros al morir: primero confusión, luego vértigo, y finalmente… comprensión. Porque en el instante final, ellos también escuchan su voz.

La policía jamás entenderá. Creen que persiguen a un maniático. No saben que solo estoy preparando el camino. La tierra inmensa que los sostiene será pronto su tumba. Los gusanos –mis pequeños mensajeros– ya aguardan bajo los sotos, listos para ascender.

Esta noche dejaré la primera pista verdadera. No será un cadáver. No esta vez. Será algo más sutil: Un arpa rota en el centro de la vieja plaza. Una esfera de cristal enterrada en la fuente del mercado. Un nimbo pintado en sangre sobre el campanario. Y por último, una rana viva, atrapada dentro de un reloj sin manecillas.

Quien logre verlos todos en el orden correcto… verá el rostro de ella.

Me pregunto si alguno tendrá el valor.

Mañana volveré a la fábrica. Ella me espera allí. Y cuando la vea de nuevo, sabré cuál es el siguiente paso.

Porque todo esto –los asesinatos, las pistas, la música muda del terror– no es mío. Es suyo. Yo solo obedezco.

Dejé el arpa donde debía estar: rota, pero afinada en su silencio. La apoyé contra la pared húmeda de la plaza, justo bajo el campanario. Nadie notará de inmediato que sus cuerdas forman un pentagrama invertido. Nadie verá que las notas muertas son un conjuro para abrir grietas en la realidad.

Luego fui a la fuente. Allí sumergí la esfera de cristal. Ahora descansa en el fondo, esperando que alguien tenga el valor de sacar el agua turbia y mirar dentro. Verán algo, sí… pero no será su reflejo.

Por último, la rana. Me costó encontrar una viva, lo confieso. La coloqué dentro de un reloj sin manecillas, en la sacristía de la iglesia. Alguien la escuchará croar cuando todo esté en silencio. Y entonces sabrá que el tiempo ya no existe.

Mientras tanto, la policía da vueltas como moscas. Hoy revolvieron mi apartamento de nuevo. No entienden nada. Pero pronto alguien lo hará. Ella quiere que alguien más despierte.

TESTIGO (OFF)

No pude dormir anoche. Desde mi ventana, veo el campanario de la plaza, siempre negro contra la luna. Escuché un ruido extraño, como un rasgueo de arpa… pero sé que allí no hay músicos desde hace años. Bajé, temblando.

La plaza estaba vacía, pero había un olor a tierra húmeda y a algo más… algo agrio, como insectos aplastados. Me acerqué a la fuente y vi algo brillar en el fondo. No quise tocarlo. Mi abuela siempre decía que en este pueblo hay cosas que no deben tocarse.

Entonces lo vi. Una rana dentro de un reloj, detrás de la puerta abierta de la sacristía. No sé cuánto tiempo estuve mirándola. Se movía, viva, pero su croar sonaba apagado, como si viniera de muy lejos.

Sentí vértigo. Un mareo, como si la plaza girara a mi alrededor. Me apoyé en el borde de la fuente y vi, por un segundo, algo que no estaba allí. Una mujer. Una mujer hecha de sombra y polvo verde, que me miraba sin ojos.

Corrí a casa. Cerré las puertas. Y aún así, sé que no estoy a salvo. Porque mientras intentaba dormir, escuché una voz. Muy suave. Muy cerca.

ASESINO (OFF)

Todo va según el plan. El testigo ya la ha visto. Siempre hay uno que no puede resistirse a mirar demasiado tiempo. Ahora él escuchará su voz en sueños, y al final vendrá a mí.

No saben que esta historia no es lineal. No avanza hacia adelante; da vueltas, como un reloj roto. Todo ya ocurrió y volverá a ocurrir.

Pronto la policía encontrará el arpa. Pensarán que es un simple símbolo de un loco. No verán el nimbo de sangre en lo alto del campanario. No verán los gusanos que empiezan a salir de la tierra.

Pero él, el testigo, sí los verá. Él está marcado.

TESTIGO (OFF)

Hoy vinieron los policías. Me hicieron preguntas. Me llevaron a la plaza para “reconocer” lo que había visto. Pero todo estaba cambiado. El arpa… ya no estaba rota. Sonaba, débilmente.

Les dije que escucharan, que prestaran atención. Pero ellos solo me miraron con lástima.

Y entonces la vi otra vez. Entre los olmos, cerca del mercado. La mujer hecha de sombras. Caminaba despacio, dejando huellas que se deshacían como polvo. Se volvió hacia mí. Y aunque no tenía rostro, supe que sonreía.

Creo que quiere que la siga.

ASESINO (OFF)

Ella se está acercando al pueblo. Pronto no seré solo yo quien la escuche. Pronto todos sentirán el peso de su presencia.

Lo divertido es que nadie creerá al testigo. Lo tomarán por loco. Lo encerrarán. Y entonces estará solo, como yo lo estuve al principio. Y en esa soledad, su voz será más clara.

Porque ella no viene para matar. Viene para recordarles que siempre le pertenecieron.

INSPECTOR (OFF)

Mi nombre es Inspector León Maraver. Me asignaron este caso después de que la prensa lo convirtiera en un circo. “El Carnicero de la Plaza”, lo llamaban al principio. Ahora, después de las últimas pistas, la prensa decidió bautizarlo con un nombre más… artístico: BOSCO.

Dicen que es por el pintor, Hieronymus Bosch, ese maestro de las visiones apocalípticas. Y la verdad… lo que encontramos tiene algo de esas escenas. En la plaza, justo al amanecer, hallamos el arpa. No estaba rota. No del todo. Pero sus cuerdas eran tendones humanos.

En la fuente, entre el agua lodosa, apareció una esfera de cristal. Dentro había un ojo. Un ojo que aún parecía mirar.

Y en lo alto del campanario, pintado con sangre seca, había un nimbo. Un halo invertido, como si fuera la corona de un santo profano.

No hubo cadáver. No todavía. Solo estos objetos, como fragmentos de una obra incompleta. Y, en la sacristía, un reloj sin manecillas. Dentro… una rana viva.

La prensa estaba encantada con el simbolismo. Yo no. Yo solo veía el inicio de algo más grande.

TESTIGO (OFF)

Me llevaron para “reconocer las pruebas”. Pero lo que vi no era lo que había visto aquella noche. Era peor.

El arpa ya no sonaba con notas. Sonaba con susurros. Si te acercabas demasiado, escuchabas palabras que no entendías, como un murmullo en una lengua muerta.

Cuando miré la esfera, vi mi propio rostro… pero distorsionado, como si me estuviera derritiendo.

Intenté decirle al inspector lo que vi, pero no me escuchó. Me miró con esa cara de “otro loco más”. Y tal vez tenga razón. Porque anoche, mientras intentaba dormir, ella volvió.

Entró en mi cuarto. No abrió la puerta. Simplemente apareció, hecha de sombras y polvo verde. Se inclinó sobre mi cama y susurró:

—Sigue al Bosco.

No sé qué significa. Pero creo que ella quiere que lo encuentre.

BOSCO (OFF)

Ya me han dado un nombre. Bosco. Qué irónico que me comparen con un pintor. Aunque en cierto modo tienen razón: yo también trabajo con símbolos, con visiones. Pero mi lienzo es más vasto.

No pinto para los hombres. Pinto para ella.

El inspector cree que está tras un asesino común. No entiende que cada objeto es parte de un tratado antiguo. El arpa, la esfera, la fuente, el nimbo, la rana… son los cinco signos que abren la grieta. Y cuando los cinco signos se completen con el sexto… ella vendrá por completo.

El testigo ya está marcado. Pronto no podrá distinguir entre sus sueños y la vigilia. Él será mi sexto signo. Su muerte será diferente: no un simple cadáver, sino una puerta.

Esta noche lo buscaré.

INSPECTOR (OFF)

El testigo está empezando a desvariar. Lo encontré en su casa, escribiendo compulsivamente sobre “la mujer de sombras” y sobre mí. Sí… sobre mí. Decía que yo también estaba “en su cuadro”, que Bosco ya me había elegido.

Estoy perdiendo la paciencia. Necesito hechos, no delirios. Y sin embargo… cuando salí de su casa, miré hacia el campanario y por un segundo juraría que vi algo. Una figura. Una mujer. Y sentí un escalofrío que no puedo explicar.

Quizá… quizá este Bosco sí esté pintando algo que no vemos todavía.

TESTIGO (OFF)

Ya no sé cuánto tiempo ha pasado. El reloj sin manecillas sigue croando en mi cabeza.

Esta noche, ella vino de nuevo. Se sentó a los pies de mi cama. No habla, pero sé que sonríe. Y cuando me toca, todo se vuelve blando, como si el mundo entero se derritiera en sombras.

Me dijo, sin palabras:

—Cuando lo veas, no corras. Déjalo hacer. Solo así verás la verdad.

Y entonces comprendí que Bosco viene por mí. Que yo soy el siguiente signo.

BOSCO (OFF)

Esta será la última vez que escriba antes del despertar.

El inspector está cerca, pero no lo suficiente. Él también forma parte del cuadro. El testigo… ah, el testigo ya está preparado. Su mente es frágil, su espíritu está abierto.

Cuando lo mate, no será un asesinato. Será una revelación. Él no morirá. Simplemente pasará al otro lado, donde ella lo espera.

Y entonces, el cuadro estará completo.

Felipe Juan Lainez Cansino

Ficción

Me llamo Juan, pero en el barrio me dicen Perro Juan. No porque ladre ni muerda —aunque eso también—, sino porque siempre ando con el hocico metido donde no me llaman, oliendo culos literarios y lamiendo frases como si fueran pezones calientes. Soy un perro flaco, vicioso y con biblioteca. Imagínate el asco. En esta ciudad eso no se perdona.

Desayuno con Nietzsche, almuerzo con Faulkner y ceno con Lezama Lima, aunque no tenga arroz ni Paradiso. En la alacena tengo más libros que comida, y en la cama más cadáveres que novias. Algunos creen que eso me vuelve interesante. Son imbéciles. Lo que soy es un mal polvo con buena retórica. Eso es todo. O eso creo.

Jueves. El orgasmo metafísico de Madame Bovary.

La historia comienza —como todas las buenas historias— con una mujer con olor a tragedia. Se llamaba Nora o Emma o Solange, no sé, pero yo le decía “Madame Bovary”, no por amor, sino por costumbre. Cada vez que una mujer se me mete debajo, le pongo el nombre de alguna muerta célebre. Así me excito más.

Esa noche ella vino buscando abrigo y le ofrecí una novela de Duras y una toalla húmeda. Me preguntó si tenía vino, y le di un vaso de ron con media aspirina disuelta y otras pirulas caducadas, de amables y generosos turistas.

—Esto sabe a mierda —dijo.

—Exactamente —le respondí—. Así sabían las palabras de Anaïs Nin cuando la censuraron.

Nos fuimos al colchón como dos náufragos sabiendo que el mar estaba podrido, revuelto de sargazos. Ella me montó como quien busca redención pero encuentra filosofía de la dura. En el medio del polvo, me pidió que recitara algo de Rimbaud. Se lo grité en francés mientras ella gemía como una heroína rusa:

—Je est un autre, perra! —y la nalgueé con un ejemplar viejo de El segundo sexo de Beauvoir. No apreció la gentileza.

Después del sexo me preguntó por qué no tenía sábanas. Le dije que ya no tenía fe en nada que no se manchara. Ella se puso a llorar. Me dijo que estaba cansada de ser personaje secundario en todas las novelas de los hombres que le abrían las piernas. Le respondí que nadie la obligaba a leerme. Ni tampoco a Beauvoir. Ella encendió un cigarro, me escupió en el pecho y dijo:

—Eres una contradicción con patas.

Y yo:

—No. Soy un ensayo sin tesis.

Durmió encima de mis libros. Literalmente. Tenía el culo sobre Cortázar y los muslos hundidos en Bolaño. Al despertar me robó un ejemplar de Crimen y castigo y un encendedor sin gas. No me molestó. Sabía que no lo iba a leer ni encender.

Me fui a caminar por el Vedado, sin un zapato y con el corazón colgando como una medalla vieja. Me senté en el muro, con el culo frío y el alma tibia, y leí unas líneas de Cioran que me sabían a semen seco: «La lucidez es el infierno de lo viviente.»

Volví a casa y encontré el cuarto desordenado. Olía a humedad, desesperanza y clítoris. Sobre la mesa, ella me había dejado una nota escrita con tinta roja: “Nunca aprendiste a querer sin comillas.”

La guardé en el lomo hueco de un libro de Sartre. Era la crítica literaria más honesta que me habían escrito en años.

Viernes. Las jineteras tropicales del Hotel Nacional.

Esa tarde bajé sin rumbo, con el estómago lleno de humo y la entrepierna palpitando con un entusiasmo que ya no se justificaba. Había leído tres páginas de Los sonetos a Orfeo y me sentía listo para cualquier derrota elegante. Me eché a andar con una camisa sin botones, los zapatos sin suela y el alma sin aspiraciones, ni siquiera ilegítimas. Terminé, como siempre, frente al Hotel Nacional. Ese mausoleo tropical donde los fantasmas cobran en dólares.

Ahí estaban ellas. Las cuatro carros. Paradas como esfinges en la sombra de las palmas. Las jineteras. Las diosas sucias del turismo espiritual. Todas con piernas como signos de interrogación, tetas perfectas de silicona imaginaria y ojos como citas a pie de página que nadie revisa. Se llamaban, según el orden en que me clavaron la mirada: Yailén, Lulú, Claudia y la otra carro. La otra nunca me dijo su nombre. Mejor así. Las mujeres y los hombres sin nombre te joden menos la memoria.

Me acerqué sin miedo. Ellas olieron la literatura en mis bolsillos. Lulú me dijo:

—¿Tú no eres escritol, mi amol?

—No, peor —respondí—: soy lector con úlcera.

Rieron. Les gusta cuando un hombre no quiere convencerlas de nada. Les ofrecí cigarros sin filtro y una botella de ron con sabor a epígrafe y hada verde. Hablamos del amor, de la humedad vaginal y yo de los poetas franceses Verlaine, Rimbaud, Baudelaire… Yailén me preguntó si era cierto que Sartre era feo y bisexual.

—Sí —le dije—, como todo lo que vale la pena. Pero no era poeta.

Claudia, que tenía las uñas negras y el acento de Ciego de Ávila, me recitó un fragmento de Alejandra Pizarnik mientras se acomodaba las tetas con una dignidad sacerdotal y venérea propia de Babalú Ayé. Me enamoré de inmediato. No por la cita. Por el descaro de decirla sin saber si estaba bien dicha pero con esa «r» tan suave del avileño.

Nos fuimos los cinco. Como si fuéramos una banda de son decadente y furtivo. Subimos al cuarto más barato que tenía un francés calvo que alquilaba habitaciones por horas y cobraba en postales. Yo sólo tenía libros. Les pagué con un ejemplar de Rayuela forrado con un poema mío adentro. Les pareció justo. Se desnudaron sin urgencia, como quien abre un archivo confidencial. Me dejaron ver todo. Lo real, lo sucio, lo hermoso. Me hicieron preguntas incómodas. Me desnudaron:

—¿A cuántas mujeres has amado sin meterles la lengua?

—¿Por qué siempre escribes en pasado?

—¿Cuándo fue la última vez que alguien te dijo “quédate”?

Me tocaban como quien busca errores ortográficos en un texto largo. Yo me dejaba corregir.

Después, cuando el cuarto olía a semen, a humo y a frase incompleta, nos quedamos tirados mirando el techo. Hablamos de Silvio, de los polacos que dejaban propinas de plástico, de si Dios aceptaba transferencias en peso o en dólar. La que no tenía nombre me miró sin lástima y me dijo:

—Tú no coges, tú citas.

Tenía razón. Pero esa noche sudé como si me hubieran borrado todos los subrayados y artificios. Me dejaron en letras desnudas.

Al amanecer me fui caminando por Línea, con el sol en la nuca y la vergüenza hecha pulpa. Me senté en una escalera y escribí en una servilleta mojada:

“Amé a cuatro mujeres que no creían en el amor, pero sí en los pronombres posesivos. Me dijeron ‘tú’ como quien dice ‘pan’. Las entendí. Las entendí demasiado.”

Guardé la servilleta en el bolsillo de atrás, justo al lado del condón sin usar durante años. Me reí. En voz baja. Como si me escuchara Cortázar. Porque en esta ciudad, si no aprendes a reírte de tus erecciones inútiles, acabas rezándole a Hemingway.

Sábado. Revelación barroca en la trastienda de La Bodeguita del Medio.

Ese día me desperté con el hígado protestando en francés y el corazón dando coletazos como una mojarra en el fondo de un cubo vacío. Había dormido vestido, como un suicida interruptus. En el piso, entre colillas, restos de tostón frío y páginas arrancadas de La náusea, había una nota escrita con lápiz labial que decía: “Tu problema no es el alcohol, es el tiempo.”

Me la guardé sin leerla dos veces. Como todo lo importante.

Salí a caminar por La Habana con la convicción de que esa mañana iba a ser irrepetible, aunque oliera a orine y a coco rancio. Llevaba en el bolsillo una edición desvencijada de El siglo de las luces, que me había prestado un ciego en Alamar a cambio de recitarle a Neruda en voz baja mientras él le sobaba las piernas a su mujer. Esa historia es cierta, aunque suene a simbolismo sucio.

A la altura de Empedrado, sentí un hambre que no era de comida. Me metí en La Bodeguita del Medio no por el mojito —que ya no sabe a nada—, sino por un presentimiento. A veces el delirio tiene instinto premonitorio. Pedí un ron y una libreta de servilletas. Me las dieron sin sonreír. Yo ya no inspiro ternura. Ni siquiera asco. Inspiro referencias.

Me senté al fondo, entre turistas con cara de dopamina y deportiva de marca y camareros con espíritu disociado. Ahí fue cuando vi la puerta. Una trastienda apenas visible, oculta tras un biombo de mimbre y olores fermentados. Me levanté sin pedir permiso y la crucé. Porque a veces el cuerpo decide por uno, como en el sexo o en los funerales.

Dentro, la penumbra olía a madera vieja, tinta china y tiempo detenido. Un piano desafinado agonizaba en la esquina. Y sentado en una silla de mimbre, con un habano apagado en la boca y los ojos como vitrales rotos, estaba Carpentier. No un imitador. No una aparición. El mismísimo. Vivo. Más o menos. O algo parecido. Carpentier.

Me miró con la gravedad de quien ya ha descrito todos los portentos del universo y sólo le queda esperar el último.

—¿Tú eres el que anda citando autores en los burdeles? —me preguntó, sin mover la boca.

—A veces también cito a Dios —le respondí—, pero sólo cuando el polvo es bueno.

Se rio. O eso creí. El aire se contrajo como si lo chupara una campana de bronce.

—Ven —me dijo—. Siéntate. ¿Tú crees en la realidad?

Me senté sin responder. Con respeto. Él siguió.

—La realidad, chico, es un invento de los flojos. Yo te voy a mostrar lo real-maravilloso, pero sin folklore, sin putas vestidas de guayabera. Lo que tú haces es lindo, Perro Juan, pero sigue siendo diarrea existencial. Lo mío era… otra cosa.

—Lo tuyo olía a biblioteca con fiebre —le dije—. Pero igual me gusta.

Él asintió. Me pasó un vaso de algo oscuro y espeso como una misa negra.

—¿Sabes lo que pasa contigo, Juan? Que eres un místico sin fe. Un creyente del fracaso con vocación de testigo. Tú no escribes. Tú sobrevives en letra cursiva.

—Y tú estás muerto —le dije—.

—Todos estamos muertos. Lo difícil es darse cuenta.

Entonces lo entendí. No con la cabeza. Con el estómago. Todo lo que yo había vivido —el sexo barato, el hambre culta, los poemas escritos en cuerpos resudados— no era otra cosa que barroco tropical, escupido desde la ruina. Yo era un personaje de Carpentier. Solo que más sucio. Y con menos música.

Me desperté tirado en el baño de la Bodeguita, abrazado al inodoro como a una madre enferma. El sol pegaba en las baldosas como una trompeta desafinada. En la mano tenía una servilleta arrugada. En ella, escrito con letra antigua, decía:

“Lo real maravilloso no es un estilo. Es una condena.” —A.C.

Me limpié la boca. Me subí el pantalón. Y salí a escribir mi próxima caída.

Domingo. El secuestro intercontinental de Vallejo.

Ahora vamos al hueso. Vallejo, el poeta de la fractura. El que sangró sílabas y escupió humanidad. Y un yanqui, cómo no, el eterno policía del alma ajena. Los encuentro —uno arrastrado por la oreja, el otro arrastrando su imperio por dentro— en una esquina donde la poesía se vende más barata que el pan.

Aquella tarde me ardía el hígado y el español. Había discutido con un comunista de salón que me acusó de escribir como un burgués sin ideas claras. Yo le respondí que tenía ideas clarísimas: vivir, comer algo y tal vez —si la suerte me babeaba encima— corrérmela antes del apagón. El tipo me quiso citar a Brecht, pero le escupí a Vallejo y me fui.

Caminaba por Centro Habana, con el alma colgando como una bandera sin viento, cuando lo vi. En la esquina de Galiano con San Miguel. Un yanqui enorme, camisa de flores, piel de langosta recién hervida y cara de beisbolista jubilado, iba jalando de la oreja a un hombre huesudo, vestido de negro, con los ojos como dos domingos tristes.

Era César Vallejo.

No un actor, no una visión, no un poema mal leído. Vallejo. En carne, hueso y desconsuelo. El yanqui lo arrastraba como a un niño desobediente, mientras él balbuceaba algo en castellano fracturado:

—“¡Me moriré en París con aguacero…! ¡Un día del cual tengo ya el recuerdo…!”

Me congelé. No por miedo. Por reconocimiento. Era como ver a un tío muerto sacado por perro, caliente, con la cara de Dios escupida.

Me acerqué. No podía dejarlo así. Le grité al yanqui:

—¡Oye, socio! ¡Eso que llevas no se jala así, se lee!

El gringo se volteó, furioso, con cara de que no entendía un carajo pero igual se sentía ofendido.

—This fucking guy tried to recite poetry in the Marriott. Naked. In the sauna. While crying.

Miré a Vallejo. Temblaba. Llevaba un cuaderno mojado, hojas arrancadas, el rostro más arrugado que la moral de un banquero.

—¿Estás bien, maestro? —le pregunté.

—Estoy exactamente donde no debía estar —me respondió, y me abrazó sin permiso.

Me soltó palabras como espasmos:

—Ellos quieren cifras, yo tengo llagas.

—Ellos quieren turismo, yo traigo hueso.

—Me han golpeado sin que les hiciera nada.

El yanqui lo seguía sujetando, ya más cansado que molesto. Le ofrecí un trago de mi botellita escondida, y el gringo, confundido, la aceptó. Le di ron con pastillas añejas para la tos. Cayó de golpe sentado en el borde de la acera. Murmuró:

—I hate poetry, man. It makes my stomach feel weird.

Vallejo aprovechó y se soltó. Me tomó del brazo.

—Sácame de aquí, Perro Juan. Esto no es París ni Lima ni ningún infierno con nombre. Esto es otra cosa. Esto es una metáfora mal escrita por el capitalismo.

Corrimos. Vallejo, yo y su cuaderno hecho trizas. Lo llevé a una librería cerrada en la esquina de 23 y H. Rompí la cerradura. Encendí una vela. Le di una camisa mía. Le ofrecí arroz frío con sardinas. Comió como un apóstol. Como un Cardenal.

Luego lloró. Lloró por dentro. Lloró sin lágrimas.

—No puedo volver, Juan. Mi muerte ya está escrita. Sólo vine a comprobar que el dolor sigue vigente. Y que los yanquis aún no entienden nada.

Le pedí que me firmara el cuaderno. Me lo devolvió con una sola frase escrita con tinta roja:

“Hoy me muero otro poco. Lo dejo aquí. Cuídenme.”

A la mañana siguiente, ya no estaba. Ni su cuerpo, ni el cuaderno, ni el olor. Sólo un par de versos garabateados en la pared, con carbón:

“Hay golpes en la vida, tan fuertes… yo no los invito.

Pero llegan. Se sientan. Y me beben el café.”

Me senté en el suelo. Me encendí un cigarro. Pensé:

¿Y si todo esto no fue real? ¿Y si fui yo el arrastrado por el yanqui invisible?

Me reí. Como se ríe un loco en un velorio. Después salí a escribir otra derrota. Con la oreja aún doliéndome.

Lunes. Borrachera cubista con Picasso y Guillén en una barbería de Marianao.

La historia comienza con un diente flojo. Así, como casi todo lo importante en la vida: por el lado más absurdo y puñetero. Me dolía la muela como si me estuvieran recitando a Neruda dentro del cráneo. Y no tenía un peso. Ni uno. Así que me fui a Marianao, donde un viejo barbero —ciego y chamánico— arregla encías, corta pelo y exorciza penas con el mismo movimiento de muñeca y sincretismo.

La barbería no tenía nombre. Solo un letrero que decía:

«Aquí se afeita la desesperanza»

y debajo, en tiza, alguien había escrito:

«y a veces, se sirve ron.»

Entré. Un calor espeso como un tango mal parido me dio en la cara. En el fondo, dos figuras estaban sentadas frente a un espejo rajado:

Nicolás Guillén y Pablo Picasso.

No, no era una fantasía de fiebre. Estaban ahí. Uno con una libreta en la mano y el otro con una copa de ron que parecía pintada en óleo espeso.

Guillén me saludó con un gesto de compadre:

—¿Y tú quién eres, perro triste?

—Uno que sangra por las palabras —le dije.

—Entonces siéntate. Estás entre iguales.

Picasso no hablaba. Me miraba como si estuviera dibujando mis entrañas sin permiso. Tenía los ojos de un tipo que ha dormido con sus propios cuadros. Y en la cara, el cansancio milenario del que ya lo vio todo, incluso lo que no existe.

El barbero —ciego pero no sordo— sirvió ron en tazas de afeitar.

—Aquí no se brinda —dijo—. Aquí se muerde.

Brindamos igual. Empezaron a hablar. Guillén, afilado como machete:

—A mí me quitaron el ritmo, compay. Lo vendieron a un festival en Suiza.

Picasso, ronco como templo sin feligreses:

—Yo vi el alma. Está sobrevalorada. Prefiero un buen muslo o una curva mal intencionada.

Yo los escuchaba. Sin respirar. Era como ver a Martí hacer el perreo en cámara lenta. Guillén recitó un verso sobre mulatas cósmicas que me dejó con la piel erizada. Picasso hizo un dibujo en una servilleta con pasta de dientes: era yo, cagando tristeza.

—Ese soy yo —le dije.

—Ese somos todos —dijo él.

Hablamos de la revolución como orgasmo interrumpido. Del arte como enfermedad tropical. De cómo Cuba es un cuadro de Braque, pero con más ron y menos galería.

En algún punto, el barbero sacó una navaja y empezó a afeitarme el alma hasta los huesos. No mi barba. El alma. Sentí cómo me raspaba el pasado, los fracasos, las traiciones. Cuando terminó, escupió al piso y dijo:

—Ya. Estás casi limpio. Falta el tuétano.

—¿Y el dolor de muela? —pregunté.

—Eso no se quita. Eso se escribe.

Afuera empezaba a llover. Una lluvia oblicua. Cubista. Fragmentada.

Guillén me abrazó. Picasso me regaló la servilleta. En ella había escrito:

“Si el arte no te da ganas de vomitar o correrte, no sirve.” —P.P.

Salí a la calle con el diente aún latiendo. Y un poema nuevo que decía:

Hay barberías donde se corta el tiempo.

Hay hombres que no envejecen, solo se parten en ángulos.

Y hay días en que el arte no se mira: se bebe.

Apaga la luz, cierra la puerta con doble vuelta y escucha el ronco eco de los santos cansados.

Porque esta vez Perro Juan se enfrenta a el apagón final, y la Muerte —sí, ella, la gran mulata de ojos vacíos— no viene con guadaña, sino con timbal y son.

Esto no es el final del cuento. Es el principio del gran silencio.

Martes. Apagón final o con la Muerte tocando timba.

Esa noche el apagón fue tan profundo que se borraron hasta los recuerdos. No quedaba una vela, ni un fósforo, ni siquiera el resplandor miserable del celular de un vecino. Todo era sombra espesa, como vientre de estatua. Caminé a tientas por Centro Habana, con el corazón latiéndome en los dientes y el alma como una cucaracha boca arriba.

En los balcones se oían susurros, radios apagados por decreto y madres acariciando hijos que ya no estaban. Alguien cantaba un bolero sin letra. Un gato me siguió durante tres cuadras, como si supiera a dónde iba. Yo no.

Hasta que llegué a una esquina donde nunca había estado, aunque la ciudad me la había prometido muchas veces. Un solar. Grande, abierto, con una tarima improvisada de madera podrida. Y ahí, en el centro, bajo una lámpara que brillaba sin corriente —milagro o truco, no sabré decir—, estaba la Muerte.

No con capa, no con calavera. Era una mulata vieja, encorvada, con cuerpo de tambor y mirada de eclipse. Llevaba un vestido rojo deshilachado, unas chancletas rotas y tocaba los timbales como si estuviera desenterrando el universo.

El ritmo era brutal. Afrocaribeño. Doloroso. Una timba que no bailaba nadie, pero que hacía temblar las piernas.

—¿Vienes a buscarme? —le grité.

Ella no respondió. Solo tocó más fuerte. Cada golpe era un año. Cada golpe era un nombre que ya no podía pronunciar.

Entonces lo entendí: no venía por mí.

Venía para mí.

—¿Por qué ahora? —le pregunté.

—Porque ya estás vacío, Juan. Te sacaron las palabras, los orgasmos, los cigarros y las ganas. Ya no escribes. Ya confiesas.

—¿Y los otros?

—Están esperando turno. Vos sos VIP. Te ganaste la despedida con música.

Cerré los ojos. Respiré hondo. Pensé en Vallejo, en Virgilio Piñera, en las jineteras del Nacional, en Picasso dibujando con pasta dental, en Carpentier encendiendo velas de otro siglo. Pensé en la barbería, en Guillén, en el primer poema que escribí en un cuerpo sudado. Pensé en mi madre, en el hambre, en el ron, en el son.

La Muerte me miró por última vez. Y sonrió.

Tenía los dientes de mi infancia.

Me ofreció una copa.

La bebí. Era oscura, caliente y dulce.

Sabía a punto final.

Y entonces bailé.

Con ella.

Conmigo.

Con todo lo que alguna vez fui.

Y que ya no volverá.

Esto no es resurrección, ni epílogo, ni redención.

Esto es la persistencia del hueso.

Porque Perro Juan no se fue.

Solo se pudrió un poco.

Y regresó.

Con un redoble en los pulmones.

Y Vallejo, sí, Vallejo, tocando el bombo de su cráneo como si Dios le debiera sueldo y paga extra perpetua.

Miércoles. El regreso con redoble de cráneo.

Dicen que morí.

Que la Muerte me bailó hasta dejarme seco, que toqué el fondo del apagón y me abracé a la sombra como se abraza un cuerpo que ya no nos quiere.

Mentira.

Me fui un rato.

Eso sí.

Me apagué como se apagan los transistores en la tormenta.

Pero no era el fin.

Era el eco.

Y el eco, ya se sabe, tiene mal carácter y peor memoria.

Volví porque alguien —no sé si fue Vallejo, Lezama o un viejo bolero descompuesto— gritó mi nombre desde abajo. Desde muy abajo. Desde donde no hay voz, pero sí golpe.

Volví arrastrándome. Con barro en la lengua y ceniza en los dedos.

Volví sin palabras. Solo con ritmo.

Y ese ritmo era un redoble.

Y ese redoble lo tocaba Vallejo.

Sí, Vallejo.

Con cara de profeta descalzo y manos de carpintero loco.

Tocando un tambor que era su propio cráneo.

Tocando con rabia. Con hambre. Con verbo.

Me encontró tirado entre ruinas de hospitales y poemas mal recitados.

Me pateó el costado.

Me gritó:

—¡Juan, carajo! ¡Esto no se acaba así! ¡Aquí nadie se muere sin repetir tres veces su nombre en voz alta!

—¿Qué nombre? —le dije.

—El tuyo, imbécil —me dijo—. El que no te dio tu madre ni tu patria.

El que te inventaste a fuerza de perder.

Entonces lo supe.

Yo no era Perro Juan.

Yo era lo que quedaba después de Perro Juan.

La cáscara. El hueso con música.

El tam-tam de los que no se rinden porque no saben qué otra cosa hacer.

Subí.

No al cielo, porque no me dan la visa.

Subí a La Habana.

A la de verdad. La sucia. La caliente. La que no sale en los folletos.

Volví al malecón.

Las putas me reconocieron.

Los perros me ignoraron, después de olerme hermano.

Las viejas me dieron café.

Y me senté.

Con un cuaderno nuevo.

Una botella vieja.

Y el redoble de Vallejo haciéndome temblar el hígado.

Escribí esto:

Regresé.

Sin carne. Pero con ruido.

Sin patria. Pero con el tambor del cráneo.

No me esperen. No me entierren.

Que todavía me falta morder otra metáfora

y orinar en el altar de algún dios correcto.

El tambor suena.

Sigue sonando, como cráneo roto.

Vallejo me mira.

No sonríe. No puede. Pero golpea.

Y con cada golpe, me devuelve una palabra.

Ya no soy Perro Juan.

Soy el ritmo que quedó cuando el poema se fue.

Miércoles, noche.

Margarita Carmen Cansino me hubiera definido como su carne, sus sentidos y sus placeres. Pero eso mismo podría decirlo también más de un negro cubano del malecón. De mi condición sexual no voy a hablar, pues he sido de todo y, con este apunte, baste. Por lo demás, a quien nunca he podido serle infiel es a Katy Jurado. Ahora me acomodo en la decadencia y en el ron. Por último, mi lema: la única interpretación posible de la vida tiene que ser erótica.

Me renombré muchas veces. Una de ellas —quizá la más escandalosa— fue cuando Margarita Carmen Cansino, más conocida como Rita Hayworth en las tardes alcohólicas de la posguerra, me definió como su carne, sus sentidos y sus placeres. Una definición modesta, la suya. Poética incluso, si uno no supiera que me lo dijo después de vomitar sobre sus zapatos Ferragamo en el baño de un hotel en Acapulco. Aun así, se lo agradezco. Hay algo digno en que una estrella en decadencia reconozca a otra.

No fui exclusivo. Ni ella lo esperaba. También podría decir lo mismo de mí más de un negro cubano del malecón —el de las madrugadas eternas, el que tocaba el contrabajo como si tuviera el corazón colgado del cuello— y no se equivocaría. Cada amante fue un ensayo, una nota disonante en mi sinfonía corporal. De mi condición sexual no hablaré. No por discreción, sino por tedio. La identidad, a estas alturas, me parece un invento nada reciente. He sido de todo: flor y fango, máscara y espina. Fui sodomita en el Renacimiento, musa andrógina en el Berlín de Weimar, dama en el burdel de Colette, y un trazo mal hecho en una orgía de Egon Schiele. Con este apunte, baste.

A quien nunca pude —ni quise— serle infiel fue a Katy Jurado. Ella representaba lo que ni Hollywood pudo desvestir: la altivez de la tierra, el peso del maíz y la sangre bajo la falda. Nunca me amó, y eso la hace aún más deseable. Uno no se enamora del amor correspondido: se esclaviza del imposible. Katy fue mi diosa laica, mi religión de carne.

Con los años, me acomodé en la decadencia. No como derrota, sino como estilo. La decadencia, bien llevada, es un arte que pocos saben vestir. La juventud es pornografía barata; la vejez, si se la interpreta con cinismo, puede ser literatura. Me volví lector de Proust por necesidad y de Bukowski por venganza. Vivo entre ruinas que decoré con sarcasmo. Levanté altares a mis propios errores. Adoro el fracaso como otros adoran a sus hijos. El ron es mi cómplice. El cigarro, mi editor. Y el espejo… un viejo enemigo al que aprendí a parodiar. No tengo herederos, ni perros, ni ahorros. Pero tengo historias que no se pueden escribir sin escándalo ni demanda judicial.

Mi lema, sí. Mi único lema es que la única interpretación posible de la vida debe ser erótica. Porque todo lo demás —la política, la religión, la bolsa, la moral, la buena educación— son excusas mediocres para disimular que lo único que nos conmueve verdaderamente es la posibilidad de rozar otra piel, aunque sea con la mirada. El erotismo no es sexo. Es estilo. Es hambre. Es no saber si uno quiere amar o destruir. Es la contradicción como forma de existencia.

He sido amante, fantasma, travestido, traidor, profeta de burdel y mártir de sábana. Ahora solo soy un eco, un perfume, una nota al pie en la biografía de otros. Pero si algo queda de mí cuando el ron se acaba y el cuerpo ya no responde, es esta certeza: fui carne. Y la carne, por un instante fugaz, me hizo creer que estaba vivo.

Y sin embargo, aquí estoy. Esta habitación donde escribo —sí, esta con las cortinas cerradas desde hace diez años, con la radio rota que solo emite interferencia— no existe. Nunca existió. Ni el ron, ni los amantes, ni siquiera el cuerpo que mencioné. Lo descubrí hace unos días, cuando intenté salir por la puerta. Y la puerta no daba a ningún lugar. Era una superficie lisa, como una escenografía mal terminada. Rompí el espejo —no había reflejo. Quemé una carta antigua —las llamas no consumían nada. He llegado a sospechar que no soy más que el residuo de una historia contada tantas veces que ya nadie recuerda su origen. Una ficción mal cerrada. Una voz extraviada en una novela que nadie terminó de escribir. ¿Y si esta autobiografía es sólo el epílogo de un personaje que fue descartado en la página treinta y tres? ¿Y si nunca viví, y mi vida fue una digresión literaria, un pie de página sin texto al que anclar? Quizá fui inventado por alguien que no soportaba envejecer solo. O por una mujer que perdió a su amante en el mar y necesitó escribirle a un fantasma. Quizá tú me estás leyendo ahora… y al cerrar este párrafo, yo desaparezca. O peor aún: me quede atrapado aquí, repitiendo esta historia una y otra vez, como una maldición barroca en la biblioteca de los personajes olvidados.

No tengo patria, ni vocación de víctima, ni biografía que soporte el peso de una cronología limpia. Fui carne antes que conciencia, deseo antes que doctrina, y nunca aprendí a pedir permiso ni a callar en los entierros. No fui un hombre, ni una mujer, ni un poeta. Fui una circunstancia, un delirio con piernas, un error sostenido con tanto estilo que algunos se atrevieron a llamarlo personalidad. Mis padres —si existieron— me abandonaron en un teatro en ruinas; aprendí a hablar repitiendo los diálogos de películas dobladas al español neutro y a amar sin pronombres. Mis primeras certezas fueron el tacto y la música, y hasta el día de hoy desconfío de toda verdad que no se exprese con las yemas de los dedos o con un contrabajo en fa menor. Nadie podrá decir que no viví como un exceso, que no quemé la vela por los dos extremos y por la mecha intermedia, que no besé donde dolía y no mentí por puro arte. Me vendí por joyas falsas, me regalé por vino barato, pero jamás, escúchese bien, jamás me alquilé por seguridad o costumbre.

Margarita Carmen Cansino, la que el mundo adora como Rita Hayworth, me describió —en una de sus madrugadas más lúgubres— como su carne, sus sentidos y sus placeres. Lo dijo sin solemnidad, como quien anota un número telefónico en la piel de alguien que sabe que no volverá a llamar. Pero no fue la única. También me declararon suyo, en distintos idiomas y dialectos del cuerpo, un marinero portugués con dientes de oro, un seminarista colombiano que juraba ver a Cristo en los orgasmos, y un actor francés que sólo podía tener erecciones si recitaba a Racine durante el coito. A todos les dije lo mismo: “No soy tuyo. Soy del instante.” Y el instante, como es sabido, no tiene dueño ni tumba.

Del sexo no tengo anécdotas: tengo monumentos. He visto cuerpos abrirse como himnos y cerrarse como juicios finales. He sido herido con ternura y amado con crueldad, he llorado en las espaldas de extraños, he fingido placer por compasión y he sentido compasión por no sentir nada. En mí se han cruzado géneros, estéticas, pronombres y categorías que ni Foucault hubiera sabido etiquetar sin una copa de más. Pero si insisten, si verdaderamente necesitan una etiqueta para dormir tranquilos, digan simplemente que fui libre, aunque a un precio tan alto que sólo los desesperados y los lúcidos se atreverían a pagarlo.

Fui fiel, eso sí. Fiel a una sola figura. Katy Jurado. No a la mujer real —que ni siquiera llegué a conocer— sino a la imagen que de ella forjé: una mezcla de la Virgen de los Dolores con una reina tolteca exiliada en un western. Esa mujer de cejas como puñales y voz de petróleo fue, para mí, un país imposible. Cada vez que el mundo me decepcionaba (y lo hacía con alarmante regularidad), pensaba en Katy, en su forma de mirar como quien mide distancias entre pecados, y me prometía resistir un poco más. A ella le dediqué mi lealtad más irracional, mi última mentira, mi primer silencio.

Y llegó el tiempo. El tiempo verdadero. Ese que ya no tiene minutos, sino ausencias. Me acomodé en la decadencia como otros se acomodan en la jubilación. Aprendí a encontrar belleza en los objetos rotos, en las pieles marchitas, en las voces que tiemblan al final de una canción. Me hice amigo del ron y del insomnio, del olvido parcial y del espejo sin reflejo. Abandoné la nostalgia por ser un vicio de los cobardes y abracé el sarcasmo como se abraza a un amante que uno sabe que lo traicionará, pero que besa como nadie. Mi biblioteca andante se redujo a tres autores: Duras para la melancolía, Cioran para las mañanas, y Sade para cuando quería recordar que aún tenía cuerpo. Lo demás era memoria viva en mi sesera.

Y ahora, aquí estoy. En este cuarto sin ventanas, sin relojes, sin eco. No sé desde cuándo. Tampoco sé si alguien encontrará esto o si ya lo encontraron y lo volvieron a esconder. Lo que sé es que esta vida —si fue vida— no fue un error, sino una excepción. Me niego a creer que fui una nota marginal. Prefiero pensar que fui un ensayo para una obra que aún no se ha escrito. Tal vez por eso no puedo morir del todo. Tal vez por eso sigo dictando esta, sin manos, sin boca, sin papel. Tal vez yo ya no sea yo, Rita, sino la forma que ha tomado tu olvido.


Nota. Fragmentos de un manuscrito hallado entre las ropas de un cadáver no identificado escrito en servilletas. La caligrafía es irregular, bellísima, pero ya casi ilegible. Posiblemente redactado en La Habana entre 1962 y 1987. Va firmado por un tal «P.J.»

Breaking Bad o la meta es el camino

Ficción

¿Yo?

Yo era un buen tipo.

Profesor de química. Salud frágil. Pobre como una rata. Uno de esos héroes trágicos que solo quieren lo mejor para su familia. Ya sabes, la típica historia de hombre blanco heterosexual oprimido por el sistema.

Solo quería cocinar un poco de metanfetamina de altísima pureza, generar unos dólares y salir de escena como un caballero.

Nada del otro mundo.

Y luego claro, como a cualquiera le pasa, terminé liderando un imperio criminal, haciendo volar media ciudad, envenenando niños, derritiendo cuerpos en ácido, y dejando un reguero de cadáveres que haría sonrojar a cualquier dictador.

Pero eh… ¿quién no se ha desviado un poco alguna vez?

Teníamos todos los clichés listos:

El compañero yonqui con corazón de oro.
La esposa que no entiende nada (hasta que entiende demasiado).
El cuñado policía que se sienta a comer contigo mientras investiga al monstruo que duerme en tu casa.
Y claro… los narcos: el loco, el frío, el que no habla, el que hace sonar una campana para decir “te voy a matar”.

Una verdadera pasarela de tipos televisivos.

Solo que nosotros no los usamos para contar una historia bonita.
Nosotros los hervimos, los destilamos, los comprimimos y los inyectamos en vena.

¿El resultado?
Una bomba.

¿Sabes lo mejor?

Que durante cinco temporadas completas, la gente me apoyaba.
Me defendía.
Me justificaba.

«Es que lo hace por su familia.»
«Es que el sistema lo jodió.»
«Es que no tenía opción.»

Claro. Porque cuando te diagnostican cáncer, lo primero que haces es asociarte con un drogadicto, construir un super-laboratorio y asesinar a media competencia con una bomba casera en una silla de ruedas.

Muy lógico todo.

Pero te diré algo.

No fue por el cáncer.
No fue por la familia.
No fue por el dinero.

Fue por el respeto.
Porque durante toda mi vida fui el tipo invisible. El que tragaba. El que callaba.
Y un día decidí que ya no más.

Ese día nací de nuevo.

Y me llamé Heisenberg.

Así que sí, puedes llamarme monstruo.

Puedes llamarme sociópata, criminal, genio del mal.

Pero por favor…

No me llames mártir.

Eso sí que me ofende.

¿Sólo era un profesor? Por favor, un respeto…

Kit emocional para cuando la civilización sufra un apagón

No ficción

Querido lector (familia, amigos, etc.), imagina por un momento que te despiertas y el interruptor de la luz decide ignorarte. No hay WiFi. No hay café (porque la cafetera es eléctrica). No puedes pedir socorro por WhatsApp. Y lo peor: Netflix, ese oráculo de evasión emocional, se ha desvanecido. ¿Pánico? Tranquilo. Aquí te traigo el kit emocional definitivo para que no pierdas la compostura ni la civilización… o al menos no tan rápido.

Autodiagnóstico emocional: “¿Estoy muerto o solo sin batería?”

En el minuto uno del apagón prolongado, tu alma urbana entrará en fase de negación tecnológica. “Seguro vuelve en diez minutos”, repites mientras miras fijamente el microondas como si fuera un oráculo. No vuelve. No va a volver. Respira. Siente el vacío. Ese temblor que recorre tu cuerpo no es hambre, es síndrome de abstinencia digital.

Consejo: mira al horizonte, suspira fuerte y di: “Estoy vivo, solo que sin señal”. Funciona como un mantra. Bonus si lo gritas al balcón para sembrar esperanza (o terror) entre tus vecinos. «Perro Shanshes», o cosas similares, no funciona.

El Kit emocional básico

Porque sin emociones ordenadas no hay civilización que resista. Aquí tu arsenal mínimo:

  • Una libreta y boli. Para escribir tus memorias del colapso o hacer dibujitos si no sabes escribir sin teclado.
  • Un espejo. Para verte mientras hablas contigo mismo. Dicen que ayuda a no volverse loco, pero sobre todo entretiene.
  • Fotos impresas. Sí, impresas. De seres queridos o de tu gato. Para recordar que alguna vez fuiste parte de algo más grande que tú.
  • Un libro físico. No, no una tablet. Un libro. De papel. Páginas. Palabras. Sorpresas sin batería.

Mantén la llama (emocional y literal)

Sin electricidad, el fuego es la nueva app estrella. Sirve para todo: cocinar, calentar, asar tus prejuicios tecnológicos. Pero sobre todo, reúne personas a su alrededor, y eso, amigo mío, es la red social más estable que tendrás. Coméntale al vecino: “¿Te gusta el fuego? A mí también. ¿Hacemos comunidad?”. Boom. Civilización.

Advertencia legal: no hagas fogatas en el salón. Ni en el balcón. Ser el Prometeo del barrio puede acabar mal.

El duelo de la nevera

Es hora de enfrentarte al mayor drama: todo lo que amabas en tu nevera ha muerto. El yogur, el queso, el pollo de oferta. Todos, víctimas de la falta de voltios. Vas a pasar por las cinco fases del duelo (negación, ira, pacto, depresión, aceptación) en menos de una hora, especialmente cuando veas flotar el brócoli en su jugo.

¿Solución emocional? Organiza un funeral vikingo para tu helado. Que se derrita con dignidad mientras le cantas una balada. Llora si hace falta. Luego, aprende a fermentar verduras. Es como tener una nevera espiritual.

Reinventa el ocio: teatro interior y otros delirios

Sin Netflix, TikTok, ni podcasts de gente que habla como si fuera filósofa del yoga, tu mente se convierte en el único escenario disponible. ¡Es tu momento!

  • Interpreta monólogos delante del espejo.
  • Recrea películas desde la memoria.
  • Haz una “charla TED” para tus plantas sobre resiliencia post-luz.
  • Pásate al origami emocional: dobla tu ansiedad hasta que parezca una paloma.

Verás qué divertido es inventarte roles para no perder la cordura. (Bueno, perderla con estilo también cuenta y es civilizado.)

Cómo mantener la civilización

(spoiler: con pegamento y conversación)

La civilización, según algunos expertos del Apocalipsis™, no se sostiene por la tecnología sino por la cooperación humana. Así que toca hablar. Con humanos reales. De carne, hueso y cara. Ya sé, qué horror.

Ve y llama al vecino que antes evitabas en el ascensor. “Hola, ¿te interesa construir una civilización post-eléctrica conmigo?”. Es probable que te mire raro, pero si tiene una estufa de gas o un transistor a manubrio, el pacto está sellado.

Conversa, comparte, coopera. La civilización nació así. La electricidad vino después. Si puedes encender una charla, no necesitas encender una bombilla.

Meditación para urbanitas sin enchufe

Ya sin aparatos que te absorban la atención, vas a experimentar un fenómeno extraño: el tiempo. De repente tendrás horas. Días. Inmensidades sin notificaciones. Es abrumador.

Haz esto:

  1. Siéntate.
  2. Mira un punto fijo (puede ser la mancha de humedad del techo).
  3. Respira.
  4. Repite: “No soy mi router. No soy mi móvil. Soy más que un algoritmo.”

Con práctica, desarrollarás una extraña capacidad llamada presencia. Es como el WiFi del alma, pero sin contraseña.

Visionarios del apagón

Si sobrevives las primeras 72 horas (eso dicen) sin volverte un troglodita que grita “¡LUZ!” al cielo, ya eres parte de una nueva élite: los visionarios del apagón. Gente que entendió que la civilización no se carga por USB. Que el progreso no está solo en la tecnología, sino en la capacidad humana de adaptarse, reírse del caos y construir con lo que haya a mano (en la plaza de Olavide, una fiesta, por ejemplo).

Puedes fundar tu propio consejo de sabios, llevar una capa hecha de cortinas y proclamar las nuevas leyes del civismo sin red eléctrica. ¿Demasiado? Tal vez. Pero alguien tiene que escribir la constitución post-luz. A lo mejor eres tú.

El accesorio definitivo: guantes para tocar realidad

Por último, y como broche de oro de este kit, te recomiendo adquirir un par de guantes (figurativos o no) para tocar la vida sin filtros. Porque cuando ya no hay pantallas ni asistentes de voz que te digan qué pensar, vas a tener que tocar, sentir, oler, vivir.

Y ahí, en ese regreso incómodo pero visceral al mundo real, descubrirás que la civilización no se perdió: estaba esperando que alguien volviera a encenderla desde dentro.

No necesitas luz para brillar. Solo un poco de sentido del humor, algunas habilidades olvidadas y mucha, pero mucha, disposición a parecer raro durante un tiempo. Porque al final, sobrevivir sin electricidad no se trata solo de conservar la comida: se trata de no perder el alma, el ingenio… y el sentido de comunidad.

Y si todo falla, siempre puedes hacer como en la Edad Media: escribir este artículo a mano, enrollarlo en un pergamino y lanzarlo al viento. Con suerte, algún otro náufrago eléctrico lo leerá… y reirá contigo. Saludos, familia y amigos. Seguimos aquí. Conservemos la civilización. Aunque perdamos todo, podremos volver a encender la luz.

¿Comercio Social o Comercio Justo?

No ficción

El nuevo teatro de las transacciones humanas

En este instante donde el pulso del mundo late a la velocidad de un clic, el Comercio Social ha dejado de ser una promesa futurista para convertirse en un paisaje que respiramos a diario. Como una enredadera salvaje, trepa por los muros de Instagram, serpentea entre los Reels de TikTok y se incrusta en los grupos de WhatsApp como un virus de deseo.

El comercio ya no habita frías páginas de catálogo: ahora se desliza entre stories, vibra en directos, se convierte en meme, en trend, en necesidad disfrazada de descubrimiento casual. La compra no se siente como compra; se siente como un guiño, una confesión entre amigos, un susurro de «yo también lo quiero».

¿Qué diablos es el Comercio Social?
Es el matrimonio posmoderno entre redes sociales y transacciones económicas. Una boda sin corbata, llena de filtros, emojis y ventas que parecen conversaciones entre almas gemelas. Es vender en el escenario donde la gente ya está —entre sus likes, sus comentarios, sus eternos desplazamientos de pulgar.

¿Cómo funciona esta alquimia?
Se nutre de dos carburantes potentes: confianza y urgencia.

  • La confianza se construye a través de influencers, reseñas, y recomendaciones boca-oreja digitales.
  • La urgencia se incendia con botones de “compra ahora”, ofertas que desaparecen como luciérnagas al amanecer y lanzamientos que se agotan antes de que puedas decir «¡lo necesito!«.

Los escaparates se han convertido en timelines, los vendedores en creadores de contenido, y los clientes en comunidades orgánicas de replicadores emocionales. Comprar es compartir, consumir es pertenecer.
El producto ya no basta: hay que vender una historia, un universo, una causa.

¿Por qué importa?
Porque quien ignore el Comercio Social hoy, será fósil mañana. Empresas grandes y pequeñas están entendiendo que su tienda virtual debe bailar al ritmo del algoritmo, hablar en hashtags, moverse en tendencia. Quien no sepa vender en los patios digitales, venderá para nadie.

Y atención: el Comercio Social no es solo para cosméticos o zapatillas con suela de espuma lunar. Estamos viendo seguros, cursos, muebles y hasta vehículos deslizarse dentro de este torbellino.

¿El futuro?
Llevamos la brújula clavada al pecho: la inteligencia artificial personalizará los escaparates hasta el delirio, las experiencias inmersivas (hola, Realidad Aumentada) convertirán el “ver para creer” en un “probar para querer”, y las comunidades de compra evolucionarán en verdaderas tribus digitales donde se elegirá qué comprar como quien elige un tótem.

En el horizonte ya se divisan nuevas bestias: compra por voz, live shopping gamificado, pagos invisibles. La frontera entre el contenido y el carrito desaparecerá como lágrimas bajo la lluvia.

El Comercio Social es una bestia que no piensa esperar a nadie. No importa si tienes una tienda o un proyecto de garaje: o te haces uno con la bestia, o acabarás siendo parte de su decorado fosilizado.
Y recuerda: en este nuevo mundo, no gana quien más grita, sino quien más conecta.

Comercio Justo: sembrar dignidad, cosechar futuro

Vivimos en un planeta que gira loco sobre su propio eje, donde la avaricia corta el hilo de la justicia como una tijera oxidada. En este tablero de juego desigual, surge el Comercio Justo: no como una moda de escaparate, sino como un latido necesario, un acto de rebeldía y ternura a la vez.

¿Qué es el Comercio Justo?
Es el arte de hacer negocios sin pisotear. Es un pacto silencioso entre productores, consumidores y comerciantes para que la balanza no se incline siempre hacia el más fuerte. No es caridad ni limosna: es intercambio con dignidad, un apretón de manos limpio de trampas.

Significa pagar precios que reflejen el verdadero valor del trabajo, respetar los ritmos de la tierra y de los cuerpos, garantizar condiciones de trabajo humanas, abolir las cadenas invisibles del abuso. Significa decir no a la explotación infantil, no a las jornadas eternas por migajas, no al envenenamiento de nuestros ríos y nuestras almas.

¿Cómo funciona esta utopía práctica?

  • Precios justos: el productor recibe lo que merece, no lo que dicta el capricho del mercado.
  • Relaciones a largo plazo: no se juega al usa y tira con las personas. Se construyen alianzas estables.
  • Respeto al medio ambiente: cada semilla, cada cosecha, cada gota de agua se honra como si fuera un poema.
  • Empoderamiento: especialmente de mujeres y comunidades vulnerables, dándoles voz, no solo un salario.

Las certificaciones como Fairtrade, WFTO o Ecocert funcionan como escudos: no perfectos, pero necesarios en esta jungla de etiquetas huecas.

¿Por qué importa hoy más que nunca?
Porque mientras tú lees esto en la comodidad de tu nube digital, millones de trabajadores cultivan, cosen, extraen, bajo soles que matan o bajo techos que gotean miseria.
Porque la globalización puede ser una máquina trituradora o un puente de manos entrelazadas: tú decides con cada euro que gastas.

El Comercio Justo es urgente porque el planeta no soporta más saqueos; porque la inequidad no se resuelve sola; porque la ética no debe quedarse colgada en discursos bonitos.

¿Y el futuro?
El Comercio Justo debe mutar, expandirse, infiltrarse en la corriente principal hasta volverse la norma, no la excepción.
El consumidor del futuro —ese ser despierto que no traga cuentos— exigirá trazabilidad, justicia, y coherencia.
Las marcas que no entiendan esto serán dinosaurios atrapados en ámbar.

Comprar Comercio Justo no es cambiar el mundo de un plumazo.
Es regar pequeñas semillas de equidad en un jardín que ha estado demasiado tiempo reseco.
No es perfección, es intención. No es caridad, es justicia.

Y la justicia, como el buen café de Comercio Justo, debe saborearse caliente, urgente, colectiva.

Wiki

Ficción

Quería evitar herirle en los ojos e instintivamente me dirigí a la TommeO.Tal como le había dicho a NoNakis, prosiguió mi amiga, TraD pensaba proseguir los trabajos que le habían mantenido hasta ese momento.Durante esos diez años no sólo se desarrolló la nueva construcción del templo…—¿Verdad que KaeM era muy chistoso?, comentó emocionada MaoTe.—De un tiempo a esta parte, por todo el QaicmU han aparecido toda clase de GummivuT. Es realmente desagradable.Por la negra ventana se veía a Sigou abrazada a un JupcsI.Aquellas riberas eran de un amarillo quemado. Subimos hasta las colinas y nos quedamos contemplando el espectáculo de TumiT que el cielo nos regalaba en ese momento. Se respiraba olor a verdadera VoissE y extasiados por aquel inesperado goce de los sentidos mantuvimos un largo y contemplativo silencio.Me quiere como ella, libre de las cargas que la ataban a todos los convencionalismo al uso. Es así como comenzamos las construcción del MecisopVu.Reina guerrera casi inmortal, de belleza perenne y con la capacidad de hacerse entender en cualquier idioma aunque no lo domine.Por encima de toda apariencia, era necesario descubrir el camino de regreso, la puesta de sol se acercaba y nadie pensaba en otra cosa que no fuera volver, antes del trágico desenlace. Era imprescindible abrir nuevas puertas lógicas con la esperanza de dar, aunque sólo fuera por casualidad, con la salida.Un templo con suelo de baldosas rojas y negras y UnTrono entre la ColumnaJakin, columna azul que representa a una hembra joven desnuda y bella, y la ColumnaBohaz, columna roja que representa a una mujer vieja y zarrapastrosa que mira envidiosamente a la joven. Entre ambas hay UnaPuerta. HEH, el gran sacerdote, gordo y seboso, aparece sentado en su trono comiendo todo tipo de viandas de UnaCesta. El cetro termina en una triple cruz de metales y piedras preciosos, cuyos extremos redondeados dan lugar a ElSeptenario. Aparecen también dos fieles arrodillados, uno DeRojo, que levanta su mano con ira exigente como pidiendo favores, y otro DeNegro, que deja caer perezosamente su mano como pidiendo perdón. Música religiosa de órgano.Un faro dando vueltas con UnaPuerta de entrada de la que parte UnCamino, que es de piedras rectangulares a lo largo de la parte más alta de un acantilado en ElMar. Hay UnRío navegable con un pequeño embarcadero en el que hay un ViejoBote abandonado en el suelo y un carro para uncir un asno. Sonido de sirenas, marea y oleaje.Un desierto de piedras y arena, cerca hay Un Precipicio y Un Obelisco derribado. Hay Un Cocodrilo y un Lince Blanco que muerde a Tau Mat Urge, el loco del desierto. Silencio, estatismo, leve zumbido de una mosca. Zumbido progresivamente más intenso de algunas moscas hasta convertirse en un fuerte zumbido de muchas moscas.Un santuario con suelo de baldosas blancas y negras. Hay un trono entre dos cariátides, La Jakin, roja y La Bohaz, azul, unidas por el velo que cierra la entrada o La Salida del templo. Rezos, cantos, sombras y luces. BETH, la gran sacerdotisa con Una Corona, se apoya sentada sobre La Esfinge de las interrogaciones cósmicas, tiene Un Libro entreabierto en la mano derecha y unas llaves en la izquierda, Una Dorada y Otra Plateada.—Alguien había hablado de ”beinzin”, pero ¿cómo se pronunciaba correctamente aquel nombre extraño en el idioma IrqEpUm?Las trampas estaban colocadas con extremada maldad, ocultas tras aquella maleza indómita y la dificultad se acrecentaba a medida que el cansancio hacía mella en nuestras energías.Se improvisó una morgue en la casa más apartada del pueblo, los cuerpos se amontonaban como si fueran frutas podridas, comenzaron a llegar las gordas y verdes moscas que revoloteaban sobre los pies que sobresalían de las sábanas.Nuestro trabajo consistía en acarrear con los cuerpos desde la plaza del pueblo, donde cinco horas antes habían sido ajusticiados hombres jóvenes, ancianos, mujeres e incluso algún anciano desdentado, todos ellos musulmanes.Me asaltó una duda ¿en qué dirección se encontraba La Meca? Puesto que nos habían encargado que les diéramos sepultura, era de justicia que tuviéramos la precaución de enterrarlos mirando a La Meca, aunque ¿de qué sirve mirar si ya no hay nada que ver?Entablé un discusión con Padov puesto que él se negaba a enterrarlos conforme a sus creencias, al final le convencí, los pusimos envueltos en un sudario blanco, paralelos, con las manos cruzadas sobre el pecho y mirando a la Meca.Aquella jornada fue agotadora, me lavé la cara y las manos con furia, el olor y la visión de todos esos cuerpos no dejaron que pegara ojo en toda la noche.El fantasma colectivo de aquellos muertos me velará cada una de las noches que me queden por vivir.Las familias de los cuerpos que yacían a dos metros de sus pies se consolaban las unas a las otras como queriendo descubrir un sufrimiento mayor en el rostro de los demás. Pero, en el fondo, ellos sabían que todo formaba parte del mismo engaño, del mismo dolor, de la misma miseria.Enterraron la cabeza de Sigou bajo un cedro gigante y, a pesar del tiempo transcurrido, seguía siendo tan abierta de mente como siempre. Sus pensamientos no habían cambiado respecto de nosotras. Regresamos a la ciudad, después de haberla limpiado cuidadosamente. El tiempo no había hecho grandes estragos en su cerebro, y emprendimos el largo viaje. En el horizonte se divisaba un atardecer esplendoroso.Aquellas riberas eran de un amarillo quemado. Subimos hasta las colinas y nos quedamos contemplando el espectáculo de colores que el cielo nos regalaba en ese momento. Se respiraba olor a verdadera tierra mojada y extasiados por aquel inesperado goce de los sentidos mantuvimos un largo y contemplativo silencio.Por lo general, cuando recuerdo el día en que terminaron las guerras internas, tengo la impresión de haber hecho el mismo recorrido que el día en que Petra vino a visitarme a mi casa y se quedó plantada en la puerta de la calle. Desde la bifurcación, era difícil encontrar otra vez el camino de vuelta a casa. Afortunadamente mi orientación era entonces más instintiva que lo es ahora y, tras varios días, logré llegar al pueblo. La guerra hacía estragos allí también y no pude quedarme durante mucho tiempo. No lograba mi objetivo. El país arrasado, Petra de nuevo perdida o quizás algo peor. Aunque yo bien sabía que era muy capaz de sobrevivir en las condiciones más extremas, no estaba ahora tan segura. Todos perdimos parte de nuestros instintos. Eramos más débiles. Pregunte de nuevo por Petra, antes de mi partida, y nadie me dio señales de ella. Había perdido definitivamente todas las referencias.El General Mislov, mientras tanto, daba cuenta de un copioso almuerzo en el único restaurante que se encontraba abierto.Era una estupidez y, a pesar de todo, su empecinamiento la condujo a aquel extraño edificio de palabras. Era quizás el recogimiento, que propiciaba la tormenta o aquel ambiente cargado de electricidad, pero nada era reprobable en su conducta ahora que estaba allí.—Qué coño de limbo, joder!—Venid a mi InfiernO…No me abandonaría, como lo hago ahora. Podría jugar hasta el agotamiento. Decir y no decir es lo mismo. Entrar en la caverna prohibida con paso marcial y quedar tendida sobre el suelo, una vez acabado el negocio, sin dejarse alcanzar por el infundio tiñoso. Descubrir los infinitos mundos que aún no han sido inventados, manosearlos recién estrenados y guardarlos en el tarro del paraíso para fermento de los irrefrenables instintos. El viaje es la única forma de renacimiento posible. Contemplar el paisaje mientras pasa a tu lado raudo y resignado; y dejarse llevar por el cicerone del viento, mientras saboreas el tintorro de la tarde. Saludar al galgo que se cruza en tu camino y que vuelve preocupado por tu soledad elegida a que le acaricies el cuello de nuevo. Con su olfato pregunta a tus piernas porque andas vagando a aquellas horas por parajes solitarios y tristes, mientras la lluvia amenaza con espantar tu huida, reclamando con un perezoso permiso si puede acompañarte.Era generosa
como una garza japonesa. Con displicencia se contoneó con gesto canalla. Abrió el cerillero y encendió su cigarrillo rubio. La arboleda no quedaba lejos; hacía una tarde espléndida de mayo y azuzó a sus lebreles para que corriesen hacia el río.NoDete estaba alejado de la ciudad. Pero aquel alacrán se interpuso en su camino y aún le obligó a alejarse más del camino.—Alambra, cable, hilo, filamento… hay que encenagarse como un cerdo—Vaya idioma!—Eh! hay alguien ahí?—Esto es más raro que un perro verde—Vaya toalla!

un viento cimarrón…

Poesía

un viento cimarrón cabalga
como vestigio mudo
tengo que caminar dos mil millas
aprendiendo sin sangre
de pálido gris que me estremece
hasta volver a mi lado del sofá
una fiera serenata
por ti bebe y brinda
no asoma el llanto
viejo lirio del campo
por ahora
nada, corre y vuela
regresa pronto
no importa el nombre
está aquí para quedarse
un audaz banquete de chorlitos
bailando en la calle
esa arena tan hija del mar
ligeros hay que cabalgar
hoy, cuando más joven soy
un himno que suena en lo lejano
otra chica, otro planeta
del arrecife al piélago
alodial
abandona tu sombría opinión
dónde estás?
escucha la música del céfiro
con azulado delirio
en los finales clandestinos
con juventud de mayo
el mundo está dispuesto
asciende vulnerable
serpiente fría del invierno
mi beso cuelga de tu labio
cada tibia mañana
relumbrando en mi cabeza
porque quiero escribir
el lago a donde va el cisne
estoy pensando en ti
incluso la bruja más vieja
se suicida
coreando alegremente
abreva la intemperie
entre las flores muertas
puntual y certeramente
aunque hable solo
una muerte glacial
hinchada vela para un largo viaje
entre la sepultura ciega
te dejas embriagar
capaz de morir sin decibelios
toda la gente lo dice
ardiente
en el estanque quieto
donde suena el eco
versa, ora hasta el infinito
un sol, cuya aurora sonríe
una noche robada
en el enigma de un rincón
comienza a despertarse
la bruma nocturna exhala
un glorioso estruendo mudo
ágil y diligente
se agostó de desidia
sale una rana
en la quinta avenida de neón
el sol era memoria
ni rastro
junto a la charca
en el ebrio verano
entre las cortesanas
penetra su voz hasta la roca
en mi faro perdido
camino solitario
apacible insulario de desdichas
con su ala única de águila
chica furtiva del viernes
aunque ¿quién sabe?
del lado oscuro
víctima de la ebriedad
luce remotamente
un cantar fuera de tono
te abrazo
sin miedo de lavar la herida
en la brisa meditada
según se agita
oh, noble dama
insaciable
más que una sensación
el viento de otoño
ya no me acuerdo
el espejo no aprende nuestro gesto
en el fondo, sin límite
en tu boca aletea
una pandemia del alma es Pandemonia
transeúnte
en el cabaret celeste
la vibrante cigarra
con brisa matinal
mi nube tormentosa de mayo
nube, limusina del cielo
no lo pienses dos veces
dónde o cuándo?
febril sirena de las esferas
angelote con alas
solapante y teatral
mi trueno tras tu rayo
fiel a las migajas de la luna
—y qué?
un insondable río
no tienes que ser lejana estrella
tiene un destello divino
una herida amapola
luz de la hoguera
¿por qué sobre mí?
carajo
replegado en mi estancia
te escribo otra canción?
tiempo de alegría, oh virgen!
ondulando las aguas
en tu cristal solemne
un nuevo mirlo
despioja su camisa
nuestra salvaje foresta
deja que el buen tiempo llegue
un pirata del caribe
en el oscuro camino del astro
la suerte está eyaculada
se dijo alguna vez
en tu regazo
en el vals de un pífano ronco
un sepelio de voz
dulce muchacha del paraíso
feroz es el viento implacable
oscuro cigarro tras caoba café
lóbrego sobre lóbrego
el templo yermo de la duda
en el profundo y ancho azul
mágica mujer de rojo
si se empaña
por el crepúsculo del blues
una sideral región
si los fantasmas duermen
mira la hierba germinar
en un instante
con voz quebrada
si puedes palpitar solitario
ponme un café, lleno de noche
quizás por eso está
la colina de cerezos
para hacer esperar al hombre
lo más seguro salga el sol
una esquiva noche
al nuevo sol
al parecer escapa
el día que llegas al mar
la luna es un mendigo tuerto
¿soy yo esa chica?
con el suspiro de la bruma
se pudre o se renueva?
oh, valquiria
de etéreo simulacro
el sol es un caldero bien fregado
aquel trofeo nebuloso
caen las alas al abismo
parte de ti
—día tras noche—
ríndete al murmullo de la ciudad
una nube sombría y remolona
mejor aún?
lloreando cencellada
más sereno
en un viaje de mil millas
frente a las puertas de la luna
puedo soñar despierto
contra el rompedías
encontré la eternidad
más viva, más desnuda
de la perdición
corazón de cerezo
rezuma olor a madera
más me vuelvo a mirarla
dentro de la sombra caoba
se inclina sobre el cadáver diciendo…
el tiempo corre
amante de Roma
con viento fresco
cae hialino el cristal de nieve
un salvaje día
embiste sin domar
balido tras balada
cabalga de nuevo
conmigo eternamente
no puedo tomarme en serio
nada nos queda
seguramente también
mendigo ciego que murmura
está luciendo suave
indeleble y sublime
un rescoldo estelar
el espejo no entiende nuestra cara
recuerda siempre
un nocturno homenaje
insumisa noche del desierto
para salir de esta estrella
al borde del abismo
en blanco y negro
más…
cae sobre mi
de ausencia desnuda y cenicienta
se ruboriza el piélago
enciende mi peregrina voz
leve y lívidamente
sueño en el desierto
deja tu huella hoy
espera…
sueño del terafante
en voz alta y sonora
—absurdo! demencia!
pones una sonrisa en mi cara
bordado con mi cuerpo
un eco se hizo campo de corales
se anuncia silente
otra embriagadora balada
en un oscuro trueno
mientras hablo sola
no necesita eso
ahora y siempre
otro naufragio
la mente resopla confundida
como judío errante, no tengo precio
sin penas y sin pan
el verano lo viste
en cada historia
silente todavía
no lloro lágrimas
¿alguien puede explicarlo?
una bagatela de violín
día tirado al retrete
del azul lacrimoso
en toda su eternidad
del arrítmico latido
la luna sigue girando
no se acaba el camino
canta hasta el trébol
un nardo lanza al viento
para romper el techo de cristal
mi montón de huesos
con la oblicua mirada del loco
un hombre al piano
se infla optimista
no puede ver tu esencia
el liego abandonado
tiembla en el silencioso paisaje
corcoveando equino
Toda ley humana es una forma de opresión sobre otros.
soy yo quien te escribe
una grave montaña
febril cual mosca cojonera
mira el hervor de su cicuta
salvo en la sombra
de París y Madrid
me pregunto
encontraba otro mar
moldeable de promesas
el universo en su rescoldo
un collar de perlas engarzado
se desmayó de primavera
un día de nieve todo cesa
se pavonea el pisaverdes
sin pensar en el desolado lirio
a sueldo de Moscú
nuestro fuego rezonga
el banquero araña su ábaco
delirescente, azulino
laberintos delusorios
de pereza sufrida
si supiera bailar
la ninfa ya no huye
nadie sabe…
caen las hojas
un ingenio penetrante
lo que todo el mundo dice
esta oscura y densa selva
lo que nos atraviesa
—¡oh, roedores judiciales!
parte de mi
caminando bajo el verde tilo
en un fundido a negro
la cúpula de una nube
herida de los labios
todo mi fuego
aguacero de versos
—¡abrid la ventana
un par de corazones escarlata
tras el verde ciprés
tras vivir y soñar
veo mi palabra perdida
háblame de la ociosa pubertad
sobre el verdor inédito
«allegro ma non troppo»
con sanguino añejo
llora en la lluvia, redundante
jugando al escondite
sólo a veces
pétalo de azahar
… mutis por el fiordo
mi satán desatado
postreramente
sin soñarlo siquiera
crepitando sutil
de tierra y cielo
también llega a su ocaso
Destructor y creador
tan risible como arrogante
el azul que me llena
sin nombre
mas, sin sobresaltos
nuestro amor
cruzar la puerta
sin embargo, oh sin embargo
si anochecen lunas en tu piel
más cerca aún, más cerca
pero di que serás mía
abrázame con fuerza, insensato!
ora interminable
ahora que llueve
sumiso como esclavo
ven a bailar conmigo
ante un vendaval
se convierte en canción
con ceniza de luna
indemne entre el cieno de cloaca
bajo el fuego impetuoso
al emerger de las aguas
gimoteando lluvia
estrella fugaz
amada ninfa
entre penumbra e intemperie
de nieve pegajosa
agradable recuento del latido
en la ladera
con el brillo de un alma brumosa
puede ser poco inteligible
pavimento de tumba
el verano sestea entre mies
con hervor sanguíneo
con lágrima de abril
rebosante de gracia
llueve suavemente
conspirando en el cielo
en el muro con lepra de un siglo
sometiendo a las olas de arena
como vieja armadura oxidada
acaso no es así?
tocaba el saxo
para, gozosos, celebrar el día
¿cómo reparar un corazón roto?
limusina
bacante surgida de mi sombra
amor de verano
mi silencio indolente y cobijado
en el profundo cielo y en el mar
huele a miel y rosa
¡ay la leche!
hay señales en la niebla
contigo siempre
ora breve y fugaz
por el oleaje empecinado
embiste nuestro rostro
con mística ebriedad
qué nos queda?
sombra sin ojos
bebe un vino amargo
¡toma castaña, Pandemonia!
cuando estás aquí
las hormigas arrastran
mi domingo de harápos
con la mítica valquiria
latiendo al unísono
di lo que quieras
pongo una sonrisa en tu boca
vuelo a casa
una palabra que grita
en la ensenada
con herrumbroso atardecer
—las olas están rotas
no se acaba la calle
escarcelante, libre
llueve un raudal de luz
llega otro día
surge siniestramente del naufragio
ninfa del cielo
ondea la nieve su bandera
al volver triunfal
un delusorio suspiro
con párpado de escarcha
niño de escarcha
se disuelve y coagula
a su embrujada hora
de vuelta a la melodía
rescoldo sepultado
cuanto más me alejo
sin azul ni desierto
una nada nadea
no será alcanzable
—la savia no está lejos
un silencio invisible
capitán Cebada
en la caverna
el eco claro de tu voz
su satán, otra vez!
agua llorada que cae
mientras pescas en un río revuelto
semejante a las sendas del mar
nuestro caballo más veloz
te entiendo, hermana
viejo y olvidado amor
si ya no significa nada
el origen de toda actividad
a veinte bajo cero
a veces
al alba y al ocaso
del frío monte al salvaje lago
breve cortejo nupcial
el azul es fácil de amar
radiante por el áureo
mira de cara o de reojo
dios bendiga el blee blop blues
mi candor nativo
lanza sus perlas la tempestad
te entiendo, hermano
mi frente sangrante
rompe las enseñanzas de Orfeo
fascinando sin más
con este swing sombrío
nada puede quedar
incontestable
en mi propia piel
si no hay forma de decir adiós
de estrellas deslunadas
con el humo y ceniza terminales
a remojo del cielo
la sombra mendiga

Tarot

Ficción

La fuerza del Tarot reside no tanto en su capacidad de explicar y predecir, cuanto en su capacidad para crear combinaciones de historias y universos. En ese sentido es más parecido a un complejo mecano infantil, un juguete para construir mundos, objetos e interpretaciones que un sistema de explicación universal -como muchos de sus estudiosos han pretendido. Que, a veces, la realidad se parezca al Tarot no es una refutación de lo dicho sino, muy al contrario, la confirmación de que la realidad también es una combinación aleatoria de elementos como lo es el propio Tarot. Personalmente prefiero, al igual que Italo Calvino, utilizarlo como juego para la creación literaria que como instrumento profético o interpretativo. Véase, como ejemplo de su potencia creativa, su mapa de conceptos, que permitió a Temístocles de Alejandría llenar cientos de papiros enrollados, por desgracia hoy perdidos, y que yo, el judío errante, leí con avidez de adolescente mientras permanecí como discípulo suyo.

Acróbata, el Ahorcado, el Carro, Color positivo-negativo, Destrucción, el Diablo, Dodecanario, el Emperador, la Emperatriz, el Enamorado, el Eremita, las Estrellas, la Fuerza, Gran Sacerdote, Gran Sacerdotisa, Imagen del mundo, Inversión, el Juglar, el Juicio, la Justicia, Lámpara, Letras, el Loco, la Luna, la Muerte, el Mundo, Naipes, Nudo, Números, Ojo, la Rueda de la Fortuna, Simbolismo fonético, el Sol, Sombrero, la Templanza, Torre, la Torre herida por el rayo, Zodíaco

TAROT

Ficción

La fuerza del Tarot reside no tanto en su capacidad de explicar y predecir, cuanto en su capacidad para crear combinaciones de historias y universos. En ese sentido es más parecido a un complejo mecano infantil, un juguete para construir mundos, objetos e interpretaciones que un sistema de explicación universal -como muchos de sus estudiosos han pretendido. Que, a veces, la realidad se parezca al Tarot no es una refutación de lo dicho sino, muy al contrario, la confirmación de que la realidad también es una combinación aleatoria de elementos como lo es el propio Tarot. Personalmente prefiero, al igual que Italo Calvino, utilizarlo como juego para la creación literaria que como instrumento profético o interpretativo. Véase, como ejemplo de su potencia creativa, su mapa de conceptos, que permitió a Temístocles de Alejandría llenar cientos de papiros enrollados, por desgracia hoy perdidos, y que yo, el judío errante, leí con avidez de adolescente mientras permanecí como discípulo suyo.