Un empleo estable para la muerte

No ficción

Hoy el mundo amaneció sin titulares nuevos, que es la forma más peligrosa de amanecer. No porque no pasara nada, sino porque lo que pasa ya no sorprende.

En algún punto de Europa del Este, la guerra siguió su rutina industrial. Explosiones medidas, comunicados precisos, mapas que cambian milímetros. Los frentes no avanzan, pero tampoco retroceden. La guerra, cuando se alarga, deja de ser un acontecimiento y se convierte en un empleo estable para la muerte.

Más al sur, Gaza siguió siendo un lugar donde el día empieza con la pregunta elemental: ¿hay agua?, ¿hay pan?, ¿hay noche sin bombardeo? No hubo anuncio de alto el fuego definitivo, solo declaraciones cuidadosas, redactadas para no comprometer a nadie. El lenguaje diplomático volvió a demostrar su talento principal: decir mucho para no hacer nada.

En África, Sudán continuó desangrándose lejos de las portadas. Millones de desplazados siguieron moviéndose sin moverse, atrapados entre fronteras invisibles. Hoy tampoco fue el día en que el mundo decidió mirar allí. No pasa nada. Tampoco pasó ayer.

En América Latina, la política habló fuerte y la realidad habló más bajo. Crisis económicas administradas, democracias cansadas, sociedades que aprendieron a vivir en equilibrio inestable. Nada explotó. Y eso, en estos tiempos, se celebra como éxito.

En Asia, los mercados abrieron, cerraron y volvieron a abrir como si el planeta fuera una hoja de cálculo. Tensiones estratégicas contenidas, gestos medidos, sonrisas oficiales que no llegan a los ojos. El conflicto se escribe en borrador permanente.

El clima, en cambio, no negoció. Sequías donde debería llover. Lluvias donde no hay suelo que las aguante. Hoy tampoco fue el día del punto de no retorno, pero se le pareció bastante. El planeta no pidió permiso para seguir cambiando.

Y mientras tanto, la gente hizo lo de siempre: fue a trabajar, buscó noticias, evitó algunas, cuidó a otros, se cansó. La vida continuó, que es su forma más discreta de resistencia.

La crónica de hoy no tiene un clímax. Tiene continuidad. Y eso es lo inquietante. Porque los grandes colapsos no empiezan con gritos. Empiezan con días como este, en los que todo sigue funcionando aunque ya no sepamos muy bien para qué.

España, ni euforia ni desastre

Hoy España despertó funcionando, que ya es una categoría política en sí misma.

El país abrió los ojos con tráfico, cafés mal cargados y una sensación conocida: nada se ha roto del todo, pero tampoco nada se ha arreglado. En Madrid, la política siguió girando sobre sí misma, produciendo declaraciones, réplicas y matices como si fueran energía renovable. Mucho movimiento, poca tracción. El Gobierno habló de gestión y estabilidad. La oposición habló de desgaste y fracaso. Ambos tuvieron razón y ninguno dijo algo nuevo.

La economía avanzó con ese paso español tan particular: ni euforia ni desastre. Los datos macro aguantan, el empleo resiste, los mercados miran con simpatía moderada. Pero en la calle el cálculo es más simple: alquiler alto, cesta cara, sueldo estirado como una goma vieja. España no está en crisis abierta. Está en fatiga acumulada.

En las costas y en las fronteras invisibles, la migración siguió llegando y muriendo lejos de los discursos. Hoy no hubo naufragio viral, así que el tema descendió un par de escalones en la agenda. La política migratoria sigue siendo reactiva, defensiva, provisional. Como casi todo.

En las comunidades autónomas, cada una siguió viviendo su propia versión del país. Algunas discutiendo competencias, otras presupuestos, otras identidad. España continuó siendo ese mosaico que solo se entiende cuando se acepta que nunca termina de encajar del todo.

El clima también hizo lo suyo. Avisos, anomalías, lluvias fuera de lugar o sequías persistentes. Ya no se habla de “episodios”. Se habla de condiciones. El país se adapta sin ceremonia, como quien mueve un mueble porque la casa se inunda un poco más cada año.

La cultura resistió en segundo plano. Libros, teatros, conciertos, exposiciones. Sin ruido. Sin promesas de salvación. Como siempre ha hecho aquí: sosteniendo lo que la política no sabe sostener.

Y mientras tanto, la gente siguió viviendo. Trabajando. Protestando cuando pudo. Riéndose cuando tocaba. España no tuvo hoy un día histórico. Tuvo un día real.

La crónica de hoy en España es esta: un país que no cae, pero tampoco despega; que discute mucho, aguanta más, y sigue avanzando porque no sabe muy bien cómo detenerse. Mañana será parecido. Y eso, para bien y para mal, también es una forma de continuidad.

Inventario

Poesía

Hagamos inventario de los días
en que tras los cristales recalamos,
después de mil periplos:
con las velas rasgadas por la duda,
y el timón cediendo al peso de los himnos.

Hubo también naufragios e islas solitarias
en nortes desolados y finitos.

Hubo también metáforas prestadas
e incendios imparables.

Hubo también, y siempre habrá,
helénicos triunfos y abandonos cautivos.

Mapas sin trazar en la penumbra
y cántaros vacíos junto al rito.
Promesas en lenguas que olvidamos,
y voces que dolieron como gritos.
Vivimos de intuir la madrugada
como quien carga el alba en los bolsillos,
sin pactos ni señales,
sin más ancla que el pulso compartido.

Hagamos inventario de los días
en que tras los cristales recalamos,
con las sienes mojadas de domingo,
después de mil periplos —¡ay!— sin brújula,
sin madre, sin voz y sin pañuelo.

Hubo también naufragios,
sí,
y un pan mojado en lágrimas solitarias,
y una isla —la del hombre—
que nos miró sin rostro desde el frío.

Hubo también metáforas,
las prestadas,
las que dolían de tan bellas,
las que caían como clavos de oro
en el costado oscuro del poema.

Hubo incendios imparables,
y un niño que lloraba bajo el fuego,
y un dios que no llegaba,
y la palabra «siempre»,
oxidada en los huesos.

Hubo también, y habrá,
helénicos triunfos sin corona,
y unos abandonos tan cautivos
que se amaban de tan rotos.

Y hubo este inventario:
las uñas rotas del alma,
el bostezo del hombre cuando calla,
el reloj que se desangra en el estante,
y el cristal,
el mismo,
esperando que volvamos
sin saber ya quién fuimos.

un viento cimarrón…

Poesía

un viento cimarrón cabalga
como vestigio mudo
tengo que caminar dos mil millas
aprendiendo sin sangre
de pálido gris que me estremece
hasta volver a mi lado del sofá
una fiera serenata
por ti bebe y brinda
no asoma el llanto
viejo lirio del campo
por ahora
nada, corre y vuela
regresa pronto
no importa el nombre
está aquí para quedarse
un audaz banquete de chorlitos
bailando en la calle
esa arena tan hija del mar
ligeros hay que cabalgar
hoy, cuando más joven soy
un himno que suena en lo lejano
otra chica, otro planeta
del arrecife al piélago
alodial
abandona tu sombría opinión
dónde estás?
escucha la música del céfiro
con azulado delirio
en los finales clandestinos
con juventud de mayo
el mundo está dispuesto
asciende vulnerable
serpiente fría del invierno
mi beso cuelga de tu labio
cada tibia mañana
relumbrando en mi cabeza
porque quiero escribir
el lago a donde va el cisne
estoy pensando en ti
incluso la bruja más vieja
se suicida
coreando alegremente
abreva la intemperie
entre las flores muertas
puntual y certeramente
aunque hable solo
una muerte glacial
hinchada vela para un largo viaje
entre la sepultura ciega
te dejas embriagar
capaz de morir sin decibelios
toda la gente lo dice
ardiente
en el estanque quieto
donde suena el eco
versa, ora hasta el infinito
un sol, cuya aurora sonríe
una noche robada
en el enigma de un rincón
comienza a despertarse
la bruma nocturna exhala
un glorioso estruendo mudo
ágil y diligente
se agostó de desidia
sale una rana
en la quinta avenida de neón
el sol era memoria
ni rastro
junto a la charca
en el ebrio verano
entre las cortesanas
penetra su voz hasta la roca
en mi faro perdido
camino solitario
apacible insulario de desdichas
con su ala única de águila
chica furtiva del viernes
aunque ¿quién sabe?
del lado oscuro
víctima de la ebriedad
luce remotamente
un cantar fuera de tono
te abrazo
sin miedo de lavar la herida
en la brisa meditada
según se agita
oh, noble dama
insaciable
más que una sensación
el viento de otoño
ya no me acuerdo
el espejo no aprende nuestro gesto
en el fondo, sin límite
en tu boca aletea
una pandemia del alma es Pandemonia
transeúnte
en el cabaret celeste
la vibrante cigarra
con brisa matinal
mi nube tormentosa de mayo
nube, limusina del cielo
no lo pienses dos veces
dónde o cuándo?
febril sirena de las esferas
angelote con alas
solapante y teatral
mi trueno tras tu rayo
fiel a las migajas de la luna
—y qué?
un insondable río
no tienes que ser lejana estrella
tiene un destello divino
una herida amapola
luz de la hoguera
¿por qué sobre mí?
carajo
replegado en mi estancia
te escribo otra canción?
tiempo de alegría, oh virgen!
ondulando las aguas
en tu cristal solemne
un nuevo mirlo
despioja su camisa
nuestra salvaje foresta
deja que el buen tiempo llegue
un pirata del caribe
en el oscuro camino del astro
la suerte está eyaculada
se dijo alguna vez
en tu regazo
en el vals de un pífano ronco
un sepelio de voz
dulce muchacha del paraíso
feroz es el viento implacable
oscuro cigarro tras caoba café
lóbrego sobre lóbrego
el templo yermo de la duda
en el profundo y ancho azul
mágica mujer de rojo
si se empaña
por el crepúsculo del blues
una sideral región
si los fantasmas duermen
mira la hierba germinar
en un instante
con voz quebrada
si puedes palpitar solitario
ponme un café, lleno de noche
quizás por eso está
la colina de cerezos
para hacer esperar al hombre
lo más seguro salga el sol
una esquiva noche
al nuevo sol
al parecer escapa
el día que llegas al mar
la luna es un mendigo tuerto
¿soy yo esa chica?
con el suspiro de la bruma
se pudre o se renueva?
oh, valquiria
de etéreo simulacro
el sol es un caldero bien fregado
aquel trofeo nebuloso
caen las alas al abismo
parte de ti
—día tras noche—
ríndete al murmullo de la ciudad
una nube sombría y remolona
mejor aún?
lloreando cencellada
más sereno
en un viaje de mil millas
frente a las puertas de la luna
puedo soñar despierto
contra el rompedías
encontré la eternidad
más viva, más desnuda
de la perdición
corazón de cerezo
rezuma olor a madera
más me vuelvo a mirarla
dentro de la sombra caoba
se inclina sobre el cadáver diciendo…
el tiempo corre
amante de Roma
con viento fresco
cae hialino el cristal de nieve
un salvaje día
embiste sin domar
balido tras balada
cabalga de nuevo
conmigo eternamente
no puedo tomarme en serio
nada nos queda
seguramente también
mendigo ciego que murmura
está luciendo suave
indeleble y sublime
un rescoldo estelar
el espejo no entiende nuestra cara
recuerda siempre
un nocturno homenaje
insumisa noche del desierto
para salir de esta estrella
al borde del abismo
en blanco y negro
más…
cae sobre mi
de ausencia desnuda y cenicienta
se ruboriza el piélago
enciende mi peregrina voz
leve y lívidamente
sueño en el desierto
deja tu huella hoy
espera…
sueño del terafante
en voz alta y sonora
—absurdo! demencia!
pones una sonrisa en mi cara
bordado con mi cuerpo
un eco se hizo campo de corales
se anuncia silente
otra embriagadora balada
en un oscuro trueno
mientras hablo sola
no necesita eso
ahora y siempre
otro naufragio
la mente resopla confundida
como judío errante, no tengo precio
sin penas y sin pan
el verano lo viste
en cada historia
silente todavía
no lloro lágrimas
¿alguien puede explicarlo?
una bagatela de violín
día tirado al retrete
del azul lacrimoso
en toda su eternidad
del arrítmico latido
la luna sigue girando
no se acaba el camino
canta hasta el trébol
un nardo lanza al viento
para romper el techo de cristal
mi montón de huesos
con la oblicua mirada del loco
un hombre al piano
se infla optimista
no puede ver tu esencia
el liego abandonado
tiembla en el silencioso paisaje
corcoveando equino
Toda ley humana es una forma de opresión sobre otros.
soy yo quien te escribe
una grave montaña
febril cual mosca cojonera
mira el hervor de su cicuta
salvo en la sombra
de París y Madrid
me pregunto
encontraba otro mar
moldeable de promesas
el universo en su rescoldo
un collar de perlas engarzado
se desmayó de primavera
un día de nieve todo cesa
se pavonea el pisaverdes
sin pensar en el desolado lirio
a sueldo de Moscú
nuestro fuego rezonga
el banquero araña su ábaco
delirescente, azulino
laberintos delusorios
de pereza sufrida
si supiera bailar
la ninfa ya no huye
nadie sabe…
caen las hojas
un ingenio penetrante
lo que todo el mundo dice
esta oscura y densa selva
lo que nos atraviesa
—¡oh, roedores judiciales!
parte de mi
caminando bajo el verde tilo
en un fundido a negro
la cúpula de una nube
herida de los labios
todo mi fuego
aguacero de versos
—¡abrid la ventana
un par de corazones escarlata
tras el verde ciprés
tras vivir y soñar
veo mi palabra perdida
háblame de la ociosa pubertad
sobre el verdor inédito
«allegro ma non troppo»
con sanguino añejo
llora en la lluvia, redundante
jugando al escondite
sólo a veces
pétalo de azahar
… mutis por el fiordo
mi satán desatado
postreramente
sin soñarlo siquiera
crepitando sutil
de tierra y cielo
también llega a su ocaso
Destructor y creador
tan risible como arrogante
el azul que me llena
sin nombre
mas, sin sobresaltos
nuestro amor
cruzar la puerta
sin embargo, oh sin embargo
si anochecen lunas en tu piel
más cerca aún, más cerca
pero di que serás mía
abrázame con fuerza, insensato!
ora interminable
ahora que llueve
sumiso como esclavo
ven a bailar conmigo
ante un vendaval
se convierte en canción
con ceniza de luna
indemne entre el cieno de cloaca
bajo el fuego impetuoso
al emerger de las aguas
gimoteando lluvia
estrella fugaz
amada ninfa
entre penumbra e intemperie
de nieve pegajosa
agradable recuento del latido
en la ladera
con el brillo de un alma brumosa
puede ser poco inteligible
pavimento de tumba
el verano sestea entre mies
con hervor sanguíneo
con lágrima de abril
rebosante de gracia
llueve suavemente
conspirando en el cielo
en el muro con lepra de un siglo
sometiendo a las olas de arena
como vieja armadura oxidada
acaso no es así?
tocaba el saxo
para, gozosos, celebrar el día
¿cómo reparar un corazón roto?
limusina
bacante surgida de mi sombra
amor de verano
mi silencio indolente y cobijado
en el profundo cielo y en el mar
huele a miel y rosa
¡ay la leche!
hay señales en la niebla
contigo siempre
ora breve y fugaz
por el oleaje empecinado
embiste nuestro rostro
con mística ebriedad
qué nos queda?
sombra sin ojos
bebe un vino amargo
¡toma castaña, Pandemonia!
cuando estás aquí
las hormigas arrastran
mi domingo de harápos
con la mítica valquiria
latiendo al unísono
di lo que quieras
pongo una sonrisa en tu boca
vuelo a casa
una palabra que grita
en la ensenada
con herrumbroso atardecer
—las olas están rotas
no se acaba la calle
escarcelante, libre
llueve un raudal de luz
llega otro día
surge siniestramente del naufragio
ninfa del cielo
ondea la nieve su bandera
al volver triunfal
un delusorio suspiro
con párpado de escarcha
niño de escarcha
se disuelve y coagula
a su embrujada hora
de vuelta a la melodía
rescoldo sepultado
cuanto más me alejo
sin azul ni desierto
una nada nadea
no será alcanzable
—la savia no está lejos
un silencio invisible
capitán Cebada
en la caverna
el eco claro de tu voz
su satán, otra vez!
agua llorada que cae
mientras pescas en un río revuelto
semejante a las sendas del mar
nuestro caballo más veloz
te entiendo, hermana
viejo y olvidado amor
si ya no significa nada
el origen de toda actividad
a veinte bajo cero
a veces
al alba y al ocaso
del frío monte al salvaje lago
breve cortejo nupcial
el azul es fácil de amar
radiante por el áureo
mira de cara o de reojo
dios bendiga el blee blop blues
mi candor nativo
lanza sus perlas la tempestad
te entiendo, hermano
mi frente sangrante
rompe las enseñanzas de Orfeo
fascinando sin más
con este swing sombrío
nada puede quedar
incontestable
en mi propia piel
si no hay forma de decir adiós
de estrellas deslunadas
con el humo y ceniza terminales
a remojo del cielo
la sombra mendiga

Dormir es ensayar la muerte

Ficción

Dormir es ese ritual sagrado en el que la conciencia se desvanece, diluyéndose como tinta en el agua, ensayando la entrega última, la rendición absoluta al olvido. Es un abandono sin resistencia, un preámbulo de la muerte, donde el cuerpo se hunde en la quietud y el alma se desprende de sus ataduras terrenales, vagando por los paisajes oníricos que se dibujan en la penumbra del subconsciente. Cada vez que cerramos los ojos, nos sumergimos en ese ensayo, explorando los rincones más profundos de nuestro ser, donde los miedos, los deseos y las memorias se mezclan en un caos ordenado. Dormir es ceder, es practicar el olvido, es abrazar la nada y dejarse arrastrar por la corriente del tiempo hacia un lugar donde el «yo» se disuelve, como una gota en el océano infinito.

Es en ese limbo donde la vida se desnuda de sus artificios y se muestra tal cual es: efímera, frágil, un susurro que se pierde en la vastedad del silencio eterno. Dormir es, en última instancia, un recordatorio de nuestra condición mortal, un ensayo que repetimos cada noche, sabiendo que algún día, la función será definitiva. Dormir es ensayar la muerte, esa danza silenciosa que nos envuelve cada noche, cuando el mundo se apaga y los fantasmas del día se disuelven en el manto de la oscuridad. Es un ritual antiguo, una imitación sutil del último adiós, donde nos entregamos al abrazo de lo desconocido, esperando regresar al amanecer.

El cuerpo se abandona, cede su peso a la gravedad de los sueños, mientras la mente se desplaza hacia territorios insospechados, flotando entre las brumas de lo consciente y lo inconsciente. En ese umbral, el tiempo pierde su sentido, y la vida se desdibuja en un murmullo, como un río que se adentra en la neblina. Cada noche, en ese acto repetido de sumisión, enfrentamos el vacío con la esperanza de despertar, de encontrar, en las primeras luces del alba, la promesa de un nuevo día. Sin embargo, en ese abandono momentáneo, hay una sutil resignación, una aceptación tácita de lo inevitable, un ensayo de la quietud eterna que un día habrá de llegar sin retorno.

Dormir es ensayar la muerte, sí. Es un abandono voluntario, una rendición diaria al manto oscuro de la noche, donde el cuerpo se desprende de su vigilia y el alma se adentra en las tierras de lo desconocido. Es un acto de fe, de ciega confianza en que habrá un amanecer. Es una pausa en la obra, un intervalo en la sinfonía de la existencia, donde los acordes del día quedan suspendidos en un limbo de silencio y quietud. Dormir es descender a la caverna de los sueños, a ese reino donde las leyes de la lógica se disuelven y el tiempo se convierte en un espejismo. Es un ensayo, sí, de la última despedida, un recordatorio de la fragilidad de nuestra conciencia, de lo efímero que es nuestro estar despiertos. En el sueño, nos sumergimos en un océano de sombras, como quien se prepara para el gran naufragio, para el abrazo final con lo eterno.

Y sin embargo, en cada despertar, hay un renacer. El sol asoma tímido por el horizonte, las aves cantan sus himnos matutinos, y nosotros, pequeños mortales, regresamos de ese ensayo con la esperanza renovada, con el corazón latiendo, al menos por un día más, en la danza incesante de la vida. Pero siempre queda la pregunta, latente, susurrante: ¿Qué sucederá cuando el ensayo termine y llegue el acto final?

CAPITÁN

Ficción

Hagamos inventario de los días
en que tras los cristales recalamos,
después de mil periplos:

…

…

Hubo también naufragios e islas solitarias
en nortes desolados y finitos.

Hubo también metáforas prestadas
e incendios imparables

Hubo también, y siempre habrá,
helénicos triunfos y abandonos cautivos.

Narciso

Poesía

No hay poemas que me enamoren más que los míos, rosas al viento es lo que vive mi magdalena killer, en el estercolero de los oscuros vanos, curvas y caderas.

En el cristalino espejo del arroyo,
Narciso se encontró en éxtasis profundo,
sus ojos reflejaron un ego soberbio,
y en su propio ser quedó moribundo.

Oh, Narciso, belleza que te consumes,
ebrio de ti mismo, te precipitas al abismo,
reflejo inalcanzable que a tu alma consumas,
en tu amor por ti mismo, naufragio y abismo.

Las aguas murmurantes, espejo y testigo,
reflejan la pasión que en tu pecho arde,
tu imagen atrapa, tu esencia persigo,
pero en el espejismo, mi voz se hace tarde.

El lamento del viento susurra tu nombre,
Narciso, en tu narcisismo encantado,
belleza que deslumbra, pero también sombría,
te hundes en tu reflejo, ahogado y quebrado.

Tu piel es el lienzo, pálido y etéreo,
donde el ansia de amarte te consume sin tregua,
y en tu danza final, un adiós funerario,
la muerte te abraza, implacable y hueca.

Oh, Narciso, tu vanidad te ha llevado,
a ser prisionero de tu propia ilusión,
en el espejo de aguas, quedas atrapado,
un reflejo en la muerte, eterna canción.

Narciso, lección de un amor vano,
en aguas y versos se encierra tu gloria,
en el poema de muerte, eterno y humano.

William Shakespeare

Poesía

Whisky de malta o blanco vino ordinario,

Imagina aquel letal guerrero turbio,

Lesiones como mínimo, en traje agrario,

Lejos de la camisa calma el millón indio.

Impreso o expediente tal vez contradictorio,

Altitudes, en parte, por el éxito agrio,

Mi mástil es de pronto un campanario,

Similar al ser menciona índice propio.
Hielo con carácter de adjetivo utilitario,
Ambas cocinas a este lado del negocio,
Kamikazes, por contra, de zumbón ficticio,
El big bang latió con furia en el principio.
Seco como pasta surge siniestro del naufragio,
Por cuenta del acento cabecea otro previo,
En parte por la raíz inclina aborto sucio,
Adelante aquel que ganaba tierra o espacio.
Razones en la necesidad de un norte agrario,
Etnias y vestido de cielo en sagitario.

William Shakespeare

Ficción

Whisky de malta o blanco vino ordinario,
Imagina aquel letal guerrero turbio,
Lesiones como mínimo, en traje agrario,
Lejos de la camisa calma el millón indio.
Impreso o expediente tal vez contradictorio,
Altitudes, en parte, por el éxito agrio,
Mi mástil es de pronto un campanario,

Similar al ser menciona índice propio.
Hielo con carácter de adjetivo utilitario,
Ambas cocinas a este lado del negocio,
Kamikazes, por contra, de zumbón ficticio,
El big bang latió con furia en el principio.
Seco como pasta surge siniestro del naufragio,
Por cuenta del acento cabecea otro previo,
En parte por la raíz inclina aborto sucio,
Adelante aquel que ganaba tierra o espacio.
Razones en la necesidad de un norte agrario,
Etnias y vestido de cielo en sagitario.