CONDENADA

Ficción

Salió como un lobo dispuesta a que le concediera la confesión de su crimen. Una comezón le rondaba. Cómo pido a los verdugos mis derechos -pensaba. Había asistido alguna vez desde los camarines a las sofocadas ejecuciones. Antes de ser los bribones apestados de aquella sociedad, jugaban su partida sin miedo. Pero ahora tocaba descansar y el pesar les era devuelto con las mismas culatas que usaron para sus crímenes. Perdían la compostura y sólo se rendían de cansancio. Ella, seducida por aquel espectáculo, gritaba y gruñia con desdén. Yo no me comporto con esas embusteras tristezas de rata -pensaba. Para ella eran como un oráculo: apuntaba los números de cada condenado en sus libritos de Cymeria y les dibujaba unas huríes bien entradas en mantecas. Luego volvía a los albergues que frecuentaba. Buscaba remedios, salidas, túneles… Hallándome así de despechada es absolutamente imposible encontrarlas -pensaba. Eran demasiado antiguas. Había que buscar entre nuestra carne como un leproso…

Salió otra vez, con esa terquedad suya que tenía más de fiebre que de coraje. Caminaba como si cada baldosa fuera a confesarle un secreto, aunque ya sabía que el mundo no suelta nada sin cobrarte primero la piel. La comezón seguía, clavándose en su nuca como si alguien la hubiera marcado sin avisar. Tal vez lo habían hecho. En ese lugar todos estábamos marcados, solo que unos tenían la decencia de admitirlo.

Se detuvo frente al muro de arcilla rojiza donde, según los viejos del hospicio, habían arrastrado a los primeros criminales para “purificarlos”. Una tradición encantadora, propia de gente que desayunaba supersticiones y cenaba resentimiento. Ella frotó la superficie con los nudillos. La arcilla respondió con un grumo que se desmoronó, dejando ver un hilo oscuro debajo. Carne vieja. O cicatriz. O recuerdo que se niega a morirse.

Esto podría ser una señal, se dijo, aunque lo hizo con esa ironía suya que siempre parecía una bofetada al destino. Las señales eran muy suyas: o no llegaban nunca, o llegaban en forma de cadáver. Aun así, siguió rascando. La arcilla cayó a montones, y aquello que había debajo empezó a hincharse como un pulmón que recupera el aire después de un ahogamiento demasiado largo.

Una voz, tiznada de polvo y abandono, salió de ese hueco recién abierto.

¿Ya vienes a buscar lo que te toca?

Ella retrocedió, no mucho, solo lo suficiente para demostrar que tenía la decencia de asustarse. La voz no tenía cuerpo, pero olía a humedad vieja, a condena sin lavar.

No quiero lo que me toca, dijo. Quiero lo que me escondieron.

El bulto dentro del muro pareció reírse. El sonido fue blando, casi un gorgoteo.

Entonces tendrás que abrir más, dijo la voz. Mucho más. Esto no se encuentra en la superficie. Ya lo sabías.

Ella tragó saliva, que le supo a metal. Volvió a meter los dedos en la arcilla, sintiendo que cada grumo era otra capa de sí misma que se desprendía. Había buscado en túneles, en letrinas, en los ojos apagados de quienes morían sin confesión. Nunca había buscado aquí, en este muro idiota que nadie miraba dos veces.

Mientras escarbaba, pensó en su propio crimen, ese que no se atrevía a nombrar. El crimen que la había vuelto loba. El crimen que ahora pedía confesión, aunque fuera a gritos. O a mordiscos.

El hueco se abrió del todo. Un resplandor débil salió de él, como una linterna agonizante.

Entra, dijo la voz.

Ella respiró hondo, y por un segundo creyó sentir algo parecido a alivio. Luego avanzó, con esa mezcla de rabia y devoción que siempre la había acompañado, y dejó que el muro la tragara.

Los secretos de su crimen no van a resultar un catálogo cualquiera de fechorías. Eso sería demasiado cómodo para ella. Lo que está enterrado detrás de ese muro es algo peor: la parte de sí misma que nunca quiso admitir que había creado. Porque no mató a nadie por accidente ni por defensa ni por un rapto heroico de furia. Lo hizo con cálculo, casi con ternura. Eligió a su víctima como quien elige una palabra exacta en un poema. Y lo que la persigue no es la sangre, sino el motivo.

El crimen que cometió fue un pacto. Entregó algo vivo para que algo muerto despertara. Y aunque durante años intentó convencerse de que la habían obligado, la verdad es que el trato la sedujo. Ella quería poder. No el poder barato de los verdugos ni el poder patético de los bribones que chillaban en las ejecuciones. Algo más antiguo. Más profundo. Más suyo.

Eso es lo que el muro está a punto de devolverle: el rastro del pacto, la criatura que nació de él y la deuda que nunca pagó. Y como cualquier deuda bien amasada, viene con intereses obscenos.

Cuando el muro termine de abrirse, lo que salga no será una confesión. Será un reconocimiento, la clase de verdad que desarma más que cualquier castigo. Un espejo vivo, moldeado por su culpa, dispuesto a reclamar lo que falta para completarse.

El muro terminó de abrirse con un suspiro lento, casi aliviado, como si llevar siglos guardando ese secreto le hubiera podrido las entrañas. Ella avanzó, tragándose el temblor de las piernas. Qué remedio. Cuando te persigue tu propia obra, esconderte solo alarga la humillación.

Adentro no había pasadizo ni cámara ritual ni ninguna de esas tonterías que tanto prometen los viejos. Solo un espacio estrecho, húmedo, iluminado por una luz que parecía recordar el color más que emitirlo. Y en medio, aguardando con la paciencia de un depredador educado, estaba la criatura.

No tenía forma definida, porque claro, ¿por qué iba a facilitarle las cosas? Era una sombra con bordes de carne, un murmullo con respiración. Pero esos ojos… esos ojos eran suyos. No parecidos. Suyos. Como si los hubiera dejado allí el día del pacto y no se hubiera dado cuenta de que caminaba por el mundo sin mirar de verdad nada desde entonces.

La criatura se incorporó, movida por un temblor antiguo.

Falta algo, dijo. Siempre ha faltado.

Ella respiró hondo, sabiendo que mentir era inútil. Había dado media vida para encender esa cosa y después había intentado enterrarla, como si la tierra fuera una niñera dispuesta a cargar con sus caprichos.

Sí, dijo. Lo sé.

La criatura extendió una mano que oscilaba entre garras y dedos humanos. Qué bonita metáfora, casi daba coraje. No pedía sangre, ni sumisión, ni ofrendas melodramáticas. Solo reclamaba lo que ella se quitó para sobrevivir: su propia voluntad desnuda, la que no necesitaba excusas, la que había usado para matar.

Ella se acercó y, por primera vez en años, dejó caer la máscara que llevaba puesta como un bozal. Se sintió ridícula y libre al mismo tiempo. El contacto fue breve, apenas un roce, pero bastó para que la criatura se estremeciera y se plegara, absorbiendo la parte perdida como un organismo que finalmente se completa.

Cuando abrió los ojos, ya no había criatura ni muro ni arcilla. Solo ella, en pie, con un peso menos y otro distinto, más honesto.

El crimen seguía existiendo, pero ya no tenía que perseguirlo como una loba. Era suyo. Podía cargarlo sin esconderse. Podía empezar, por fin, a caminar sin que el pasado le ladrara desde las sombras.

Salió a la calle. El aire estaba frío. Y por una vez, no le molestó.

Sans adieu

Ficción

 

Sí. Me gusta morderle el cuello como una rata que ha decidido olvidar su condición de sombra. También, dicho en voz baja y sin necesidad de paréntesis, en la entrepierna. Siempre ha sido un juego extraño entre nosotros, un contrato tácito donde la piel es territorio y la respiración, frontera. En el interior del coche, la luz del amanecer entra temblando por el parabrisas como si dudara de su propio derecho a existir.

Cierra la guantera, le digo, porque la tapa vibra con cada bache del camino y me pone nervioso. Ella obedece despacio, como si cada gesto cargara un significado oculto. Es una moraleja tu mirada, contesta sin mirarme. Su voz se derrama por la cabina, espesa y dulzona, incapaz de decidir si es burla, advertencia o simple ruido.

Son veinte pavos, digo al fin, intentando volver al terreno firme de lo concreto. Nunca funciona. Ella toma los billetes y los esparce en el aire con un gesto teatral, casi solemne, como un árbol que acepta que el otoño es un destino y no una estación. Los papeles caen sobre nosotros con suavidad, rozando mejillas y muslos, dejando un perfume a tinta y abandono.

Gracias, digo, bonita demostración de poder. La frase flota entre ambos, cargada de un sarcasmo que ninguno quiere reconocer abiertamente. Luego todo ocurre rápido, casi con la limpieza de un acto mecánico: la culata del arma baja en un arco preciso, chocando contra su cabeza con un sonido hueco, casi elegante. Durante un segundo su cuerpo parece querer responder, pero la conciencia se desploma antes de encontrar palabras.

¿Puedo fumar?, pregunto al vacío. Esta vez no recibo ni un murmullo, ni una frase enigmática, ni una de esas respuestas suyas que siempre parecían sacadas de un libro leído demasiado joven. Solo el susurro del viento entrando por la ventana entreabierta.

Oh mundo, pienso mientras enciendo el cigarrillo. Qué precio tiene la cultura, y qué barato lo que se paga por la carne. La primera bocanada me lleva de vuelta a la infancia, a los patios donde se jugaba a morir y resucitar sin comprender del todo que un día el juego sería la vida real. Recuerdo un polvo apresurado entre los senos de una vecina mayor, un memento mori improvisado que no supe interpretar, y la risa ligera de una mosca posándose en mi cuello sudado como si quisiera bautizarme.

Regreso al presente con el cigarrillo consumiéndose entre mis dedos. Muevo el cuerpo inerte hasta apoyarlo sobre la vaca del coche, como quien coloca una prenda demasiado usada en un perchero destinado al olvido. El motor aún tiembla, expectante. Con una calma que no entiendo, ni intento entender, pongo marcha atrás, coloco el vehículo mirando hacia el barranco y dejo que el peso de la gravedad haga lo que siempre ha querido hacer conmigo.

El coche se precipita con un grito metálico que no pertenece a ningún idioma. Lo observo perderse entre las rocas, una caja de secretos que por fin encuentra silencio.

Adieu, sans adieu. El eco se lo lleva todo, incluso la posibilidad del arrepentimiento.

La tierra, el cielo, la historia y yo nos quedamos quietos mientras el vehículo desaparece entre pliegues irreales.

Y por un instante, muy breve, juro que la escucho reír.

Los fantasmas del aire

Ficción

Andaba sola por la ciudad, como si el aire mismo susurrara oraciones antiguas que sólo los pájaros y los sacerdotes olvidados podían comprender. Era una tarde roja, florida de humo y de plagas, y cada paso que daba resonaba como un eco en una estancia donde alguna vez se celebró una boda de oro, ahora mortalmente vacía.

En el fondo de mi pensamiento, ardo. No sé si por la injusticia, por el cansancio, o porque me he estado acostumbrando al riesgo como quien se acostumbra a los cacharros rotos de una casa vieja, donde hasta el satén se ha vuelto áspero. Bebían los visionarios en las esquinas, hablando de eternidad y de fatalidades lícitas, mientras yo, esclava de apetitos que no eran míos, suspiraba por delicias que había dejado atrás.

«No pienses, vuela», me decía una voz, tal vez la de un filósofo francés, tal vez un fantasma. Pero yo pensaba. Pensaba en lo que querría decirle a esa Angélica de otras partes, la que fui, la que oigo aún cuando todo calla: «Ejercítate en el arte de eludir las hechicerías de lo sensible, porque cuanto más dependas de ellas, más caerás».

Había quienes se apostaban en las puertas como si fueran sacerdotes del abandono. Me enfada pensar en tales avaros del alma, tan necios, tan tranquilos en su sobriedad forzada. Porque yo sé que no es sobrio quien no ha conocido la embriaguez de la pérdida.

En ese lugar, donde se veían pinturas desgastadas por los diluvios y se recogían evidencias de amores enterrados como tumbas, todo parecía prepararse para un nuevo ataque del tiempo. Yo misma, borracha de tanto decir, había dejado partes de mí esparcidas por el suelo como si fueran restos de un rebaño disuelto.

Y sin embargo, en medio de tanto olvido, en medio de la ciudad vencida, hubo un momento en que me incorporé. Porque aunque no es lícito abandonar lo bueno por miedo a la caída, a veces caeré… y está bien. Algunos vuelan, otros se quedan, pero todos necesitamos ese lugar donde los fantasmas sean leves y las oraciones tengan sentido.

Piensa esto: incluso en la injusticia, incluso en la tumba, incluso en el fondo más hondo de tu cansancio, si escuchas con atención, oirás —muy quedo— que no estás sola.

Inventario

Poesía

Hagamos inventario de los días
en que tras los cristales recalamos,
después de mil periplos:
con las velas rasgadas por la duda,
y el timón cediendo al peso de los himnos.

Hubo también naufragios e islas solitarias
en nortes desolados y finitos.

Hubo también metáforas prestadas
e incendios imparables.

Hubo también, y siempre habrá,
helénicos triunfos y abandonos cautivos.

Mapas sin trazar en la penumbra
y cántaros vacíos junto al rito.
Promesas en lenguas que olvidamos,
y voces que dolieron como gritos.
Vivimos de intuir la madrugada
como quien carga el alba en los bolsillos,
sin pactos ni señales,
sin más ancla que el pulso compartido.

Hagamos inventario de los días
en que tras los cristales recalamos,
con las sienes mojadas de domingo,
después de mil periplos —¡ay!— sin brújula,
sin madre, sin voz y sin pañuelo.

Hubo también naufragios,
sí,
y un pan mojado en lágrimas solitarias,
y una isla —la del hombre—
que nos miró sin rostro desde el frío.

Hubo también metáforas,
las prestadas,
las que dolían de tan bellas,
las que caían como clavos de oro
en el costado oscuro del poema.

Hubo incendios imparables,
y un niño que lloraba bajo el fuego,
y un dios que no llegaba,
y la palabra «siempre»,
oxidada en los huesos.

Hubo también, y habrá,
helénicos triunfos sin corona,
y unos abandonos tan cautivos
que se amaban de tan rotos.

Y hubo este inventario:
las uñas rotas del alma,
el bostezo del hombre cuando calla,
el reloj que se desangra en el estante,
y el cristal,
el mismo,
esperando que volvamos
sin saber ya quién fuimos.

Typebot

No ficción

Typebot permite la incorporación de chatbots en aplicaciones web o móviles para recopilar resultados de manera eficiente, ofreciendo flujos de chat personalizables, fácil integración y recopilación de datos de usuario sin problemas. Está diseñado para empresas y desarrolladores que buscan mejorar la interacción con el usuario y agilizar los procesos de recopilación de datos.

Typebot es una plataforma sin código que permite crear e integrar chatbots avanzados en sitios web y plataformas de chat como WhatsApp. Con más de 45 bloques de construcción, Typebot facilita la creación de experiencias de chat personalizadas, incluyendo texto, imágenes, videos y diversas opciones de entrada como campos de texto, botones, selectores de fecha y entradas de pago.

Características Principales de Typebot

  1. Integración Multicanal: Typebot permite desplegar tu bot en cualquier lugar, ya sea mediante dominios personalizados, contenedores incrustados, ventanas emergentes, burbujas de chat o incluso en WhatsApp.
  2. Conexión con Herramientas: Se integra fácilmente con herramientas como OpenAI, Google Sheets, Zapier, y permite personalizar cada detalle, desde fuentes y colores hasta formas y sombras.
  3. Análisis y Crecimiento: Typebot ofrece análisis en tiempo real para mejorar la experiencia de chat de los clientes y optimizar estrategias. Puedes acceder a métricas detalladas como tasas de abandono y de finalización, y exportar datos a CSV para un análisis más profundo.
  4. Automatización para Todos los Departamentos: Desde marketing hasta soporte y ventas, Typebot automatiza conversaciones a lo largo de todo el recorrido del cliente.

Comunidad y Recursos

Typebot cuenta con una comunidad activa de más de 3,000 miembros en Discord, donde los entusiastas de los chatbots pueden compartir ideas, aprender juntos y crear automatizaciones avanzadas. Además, Typebot es 100% de código abierto, lo que permite a los desarrolladores contribuir y personalizar la plataforma según sus necesidades.

Conclusión

Typebot es una herramienta poderosa y flexible para cualquier negocio que desee mejorar la interacción con sus clientes a través de chatbots personalizados. Con su facilidad de uso, integración con múltiples herramientas y capacidad de análisis, Typebot se posiciona como una solución líder en el ámbito de la inteligencia artificial conversacional.

Dormir es ensayar la muerte

Ficción

Dormir es ese ritual sagrado en el que la conciencia se desvanece, diluyéndose como tinta en el agua, ensayando la entrega última, la rendición absoluta al olvido. Es un abandono sin resistencia, un preámbulo de la muerte, donde el cuerpo se hunde en la quietud y el alma se desprende de sus ataduras terrenales, vagando por los paisajes oníricos que se dibujan en la penumbra del subconsciente. Cada vez que cerramos los ojos, nos sumergimos en ese ensayo, explorando los rincones más profundos de nuestro ser, donde los miedos, los deseos y las memorias se mezclan en un caos ordenado. Dormir es ceder, es practicar el olvido, es abrazar la nada y dejarse arrastrar por la corriente del tiempo hacia un lugar donde el «yo» se disuelve, como una gota en el océano infinito.

Es en ese limbo donde la vida se desnuda de sus artificios y se muestra tal cual es: efímera, frágil, un susurro que se pierde en la vastedad del silencio eterno. Dormir es, en última instancia, un recordatorio de nuestra condición mortal, un ensayo que repetimos cada noche, sabiendo que algún día, la función será definitiva. Dormir es ensayar la muerte, esa danza silenciosa que nos envuelve cada noche, cuando el mundo se apaga y los fantasmas del día se disuelven en el manto de la oscuridad. Es un ritual antiguo, una imitación sutil del último adiós, donde nos entregamos al abrazo de lo desconocido, esperando regresar al amanecer.

El cuerpo se abandona, cede su peso a la gravedad de los sueños, mientras la mente se desplaza hacia territorios insospechados, flotando entre las brumas de lo consciente y lo inconsciente. En ese umbral, el tiempo pierde su sentido, y la vida se desdibuja en un murmullo, como un río que se adentra en la neblina. Cada noche, en ese acto repetido de sumisión, enfrentamos el vacío con la esperanza de despertar, de encontrar, en las primeras luces del alba, la promesa de un nuevo día. Sin embargo, en ese abandono momentáneo, hay una sutil resignación, una aceptación tácita de lo inevitable, un ensayo de la quietud eterna que un día habrá de llegar sin retorno.

Dormir es ensayar la muerte, sí. Es un abandono voluntario, una rendición diaria al manto oscuro de la noche, donde el cuerpo se desprende de su vigilia y el alma se adentra en las tierras de lo desconocido. Es un acto de fe, de ciega confianza en que habrá un amanecer. Es una pausa en la obra, un intervalo en la sinfonía de la existencia, donde los acordes del día quedan suspendidos en un limbo de silencio y quietud. Dormir es descender a la caverna de los sueños, a ese reino donde las leyes de la lógica se disuelven y el tiempo se convierte en un espejismo. Es un ensayo, sí, de la última despedida, un recordatorio de la fragilidad de nuestra conciencia, de lo efímero que es nuestro estar despiertos. En el sueño, nos sumergimos en un océano de sombras, como quien se prepara para el gran naufragio, para el abrazo final con lo eterno.

Y sin embargo, en cada despertar, hay un renacer. El sol asoma tímido por el horizonte, las aves cantan sus himnos matutinos, y nosotros, pequeños mortales, regresamos de ese ensayo con la esperanza renovada, con el corazón latiendo, al menos por un día más, en la danza incesante de la vida. Pero siempre queda la pregunta, latente, susurrante: ¿Qué sucederá cuando el ensayo termine y llegue el acto final?

CAPITÁN

Ficción

Hagamos inventario de los días
en que tras los cristales recalamos,
después de mil periplos:

Hubo también naufragios e islas solitarias
en nortes desolados y finitos.

Hubo también metáforas prestadas
e incendios imparables

Hubo también, y siempre habrá,
helénicos triunfos y abandonos cautivos.

Publicidad Nativa

No ficción

La publicidad integrada en el contenido se ha vuelto más efectiva. Las marcas buscan formas sutiles de presentar sus mensajes sin interrumpir la experiencia del usuario.

La publicidad nativa es una forma de hacer publicidad en internet que se adapta al contexto y al contenido de la plataforma donde se muestra, con el fin de ofrecer una experiencia más agradable y menos intrusiva al usuario. A continuación, te explicamos qué es, cuáles son sus características y ventajas, y algunos ejemplos de cómo se aplica.

Qué es la publicidad nativa

La publicidad nativa, también conocida como native advertising, es una estrategia publicitaria que consiste en insertar mensajes integrados al concepto, visualización y contenido de los medios de comunicación digitales. Esta busca adaptarse a la forma y funcionalidad del entorno donde se presenta para reducir las diferencias entre el contexto y el anuncio.

También se puede definir como una publicidad encubierta, cuyo propósito es la creación de anuncios promocionales que generen engagement en las plataformas digitales, pero sin contraponerse a la estética de los canales o medios.

Además, esta técnica intenta ponerse en los zapatos de los consumidores y erradicar la publicidad explícita o directa para que los usuarios conecten con sus mensajes de una forma natural.

Características de la publicidad nativa

La publicidad nativa tiene las siguientes características:

  • Simple: no abusa de elementos gráficos como imágenes, vídeos o banners, sino que procura mantenerse neutral y creativa.
  • Natural: pretende conservar una naturalidad al emplear solo contenido que agregue valor y se relacione con los productos o servicios que se quieren promocionar.
  • Limpia y discreta: se adapta al medio publicitario o a la plataforma en la que se expone y su propósito es pasar de manera discreta como un contenido más de la línea editorial del medio.
  • Relevante: ofrece información, entretenimiento o ambos, que sea de interés o utilidad para el usuario, dejando de lado el enfoque comercial.
  • Adaptativa: se integra a las distintas plataformas y dispositivos, respetando el diseño y el formato de cada uno.
  • No intrusiva: no interfiere con la navegación o el consumo de contenido del usuario, sino que aparece en el momento adecuado y de forma sutil.
  • Personalizada: se basa en el historial de preferencias del usuario para mostrarle anuncios que se ajusten a sus gustos y necesidades.
  • Medible: se puede evaluar el impacto y el rendimiento de los anuncios mediante indicadores como el tiempo de permanencia, el número de clics, el porcentaje de rebote, etc.

Ventajas de la publicidad nativa

La publicidad nativa ofrece las siguientes ventajas:

  • Mejora la experiencia de usuario: al no ser invasiva ni molesta, hace que el usuario se sienta más cómodo y satisfecho con el contenido que consume.
  • Aumenta la credibilidad y la confianza: al estar integrada en el medio o la plataforma, la publicidad nativa se beneficia de la reputación y la autoridad de estos, lo que genera una mayor confianza en el usuario.
  • Genera más engagement: al ofrecer contenido relevante y de valor, la publicidad nativa capta la atención y el interés del usuario, lo que favorece la interacción y la fidelización.
  • Potencia el recuerdo de marca: al ser más sutil y menos agresiva, la publicidad nativa logra que el usuario recuerde mejor la marca y el mensaje que se quiere transmitir.
  • Evita el rechazo o la indiferencia: al no ser percibida como publicidad, la publicidad nativa evita el efecto contrario al deseado, como el bloqueo de anuncios, el abandono de la página o la pérdida de audiencia4.

Ejemplos de publicidad nativa

Existen diversos formatos con los que se puede hacer publicidad nativa, los más populares y utilizados son:

  • Branded content: se trata de crear contenido de calidad que esté relacionado con la marca, pero que no tenga un fin comercial explícito, sino que busque informar, educar o entretener al usuario. Un ejemplo de este formato es el blog de Red Bull, que ofrece artículos, vídeos y podcasts sobre deportes extremos, música, cultura y estilo de vida, sin mencionar directamente sus productos.
  • Content ads: son anuncios que se insertan en medios digitales, como portales de noticias o redes sociales, y que tienen un aspecto similar al resto de los contenidos, pero que se diferencian con etiquetas como “patrocinado” o “publicidad”. Un ejemplo de este formato son los anuncios que aparecen en Facebook, que se adaptan al diseño y al contenido de la plataforma, pero que se identifican con la palabra “patrocinado” debajo del nombre de la marca.
  • Native display ads: son anuncios que se muestran en sitios web, aplicaciones o juegos, y que tienen un formato gráfico o de vídeo, pero que se integran al entorno y al contenido donde se ubican. Un ejemplo de este formato son los anuncios que aparecen en Spotify, que se ajustan al diseño y al estilo de la aplicación, pero que se distinguen con un botón de “escuchar ahora” o “descargar” que redirige al usuario a la página de la marca.

Espero que os haya quedado claro qué es la publicidad nativa, cuáles son sus características y ventajas, y algunos ejemplos de cómo se aplica. Si queréis saber más sobre este tema, podéis consultar los siguientes enlaces:

En definitiva, es lo que podemos hacer por vuestra marca, producto, empresa, etc. en este sitio dedicado a los temas más explosivos, las tendencias del mercado.