Un empleo estable para la muerte

No ficción

Hoy el mundo amaneció sin titulares nuevos, que es la forma más peligrosa de amanecer. No porque no pasara nada, sino porque lo que pasa ya no sorprende.

En algún punto de Europa del Este, la guerra siguió su rutina industrial. Explosiones medidas, comunicados precisos, mapas que cambian milímetros. Los frentes no avanzan, pero tampoco retroceden. La guerra, cuando se alarga, deja de ser un acontecimiento y se convierte en un empleo estable para la muerte.

Más al sur, Gaza siguió siendo un lugar donde el día empieza con la pregunta elemental: ¿hay agua?, ¿hay pan?, ¿hay noche sin bombardeo? No hubo anuncio de alto el fuego definitivo, solo declaraciones cuidadosas, redactadas para no comprometer a nadie. El lenguaje diplomático volvió a demostrar su talento principal: decir mucho para no hacer nada.

En África, Sudán continuó desangrándose lejos de las portadas. Millones de desplazados siguieron moviéndose sin moverse, atrapados entre fronteras invisibles. Hoy tampoco fue el día en que el mundo decidió mirar allí. No pasa nada. Tampoco pasó ayer.

En América Latina, la política habló fuerte y la realidad habló más bajo. Crisis económicas administradas, democracias cansadas, sociedades que aprendieron a vivir en equilibrio inestable. Nada explotó. Y eso, en estos tiempos, se celebra como éxito.

En Asia, los mercados abrieron, cerraron y volvieron a abrir como si el planeta fuera una hoja de cálculo. Tensiones estratégicas contenidas, gestos medidos, sonrisas oficiales que no llegan a los ojos. El conflicto se escribe en borrador permanente.

El clima, en cambio, no negoció. Sequías donde debería llover. Lluvias donde no hay suelo que las aguante. Hoy tampoco fue el día del punto de no retorno, pero se le pareció bastante. El planeta no pidió permiso para seguir cambiando.

Y mientras tanto, la gente hizo lo de siempre: fue a trabajar, buscó noticias, evitó algunas, cuidó a otros, se cansó. La vida continuó, que es su forma más discreta de resistencia.

La crónica de hoy no tiene un clímax. Tiene continuidad. Y eso es lo inquietante. Porque los grandes colapsos no empiezan con gritos. Empiezan con días como este, en los que todo sigue funcionando aunque ya no sepamos muy bien para qué.

España, ni euforia ni desastre

Hoy España despertó funcionando, que ya es una categoría política en sí misma.

El país abrió los ojos con tráfico, cafés mal cargados y una sensación conocida: nada se ha roto del todo, pero tampoco nada se ha arreglado. En Madrid, la política siguió girando sobre sí misma, produciendo declaraciones, réplicas y matices como si fueran energía renovable. Mucho movimiento, poca tracción. El Gobierno habló de gestión y estabilidad. La oposición habló de desgaste y fracaso. Ambos tuvieron razón y ninguno dijo algo nuevo.

La economía avanzó con ese paso español tan particular: ni euforia ni desastre. Los datos macro aguantan, el empleo resiste, los mercados miran con simpatía moderada. Pero en la calle el cálculo es más simple: alquiler alto, cesta cara, sueldo estirado como una goma vieja. España no está en crisis abierta. Está en fatiga acumulada.

En las costas y en las fronteras invisibles, la migración siguió llegando y muriendo lejos de los discursos. Hoy no hubo naufragio viral, así que el tema descendió un par de escalones en la agenda. La política migratoria sigue siendo reactiva, defensiva, provisional. Como casi todo.

En las comunidades autónomas, cada una siguió viviendo su propia versión del país. Algunas discutiendo competencias, otras presupuestos, otras identidad. España continuó siendo ese mosaico que solo se entiende cuando se acepta que nunca termina de encajar del todo.

El clima también hizo lo suyo. Avisos, anomalías, lluvias fuera de lugar o sequías persistentes. Ya no se habla de “episodios”. Se habla de condiciones. El país se adapta sin ceremonia, como quien mueve un mueble porque la casa se inunda un poco más cada año.

La cultura resistió en segundo plano. Libros, teatros, conciertos, exposiciones. Sin ruido. Sin promesas de salvación. Como siempre ha hecho aquí: sosteniendo lo que la política no sabe sostener.

Y mientras tanto, la gente siguió viviendo. Trabajando. Protestando cuando pudo. Riéndose cuando tocaba. España no tuvo hoy un día histórico. Tuvo un día real.

La crónica de hoy en España es esta: un país que no cae, pero tampoco despega; que discute mucho, aguanta más, y sigue avanzando porque no sabe muy bien cómo detenerse. Mañana será parecido. Y eso, para bien y para mal, también es una forma de continuidad.

El mundo sigue, a pesar de todo

No ficción

El día amaneció en el mundo sin convicción, como si nadie estuviera del todo seguro de que valía la pena empezar de nuevo. En algún lugar sonó un despertador, en otro una sirena, y en otro no sonó nada porque ya no queda electricidad. Así empieza casi siempre la crónica global, aunque los titulares prefieran fingir orden.

Las guerras siguieron su curso con la paciencia de lo inevitable. No hubo grandes ofensivas memorables, sino ese goteo constante de violencia que no conmueve a las bolsas ni interrumpe cumbres internacionales. Hoy murieron personas cuyo nombre no aparecerá en ningún comunicado. Murieron en calles sin cámaras, en pueblos que solo existen para quienes nacieron allí. El mundo tomó nota con un encogimiento de hombros colectivo. La guerra, cuando se vuelve rutina, deja de escandalizar y empieza a administrarse.

En las capitales, los gobiernos hablaron mucho. Se pronunciaron palabras como estabilidad, seguridad, crecimiento. Palabras grandes, pronunciadas en salas con moqueta, lejos del polvo y del ruido. La política internacional del día fue un ejercicio de contención: nadie quiso incendiar nada abiertamente, pero todos acercaron un poco más el fósforo al borde. El equilibrio global se parece cada vez más a una torre mal apilada que se sostiene solo porque nadie se atreve a tocarla.

La economía hizo lo suyo: subió en un sitio, cayó en otro, prometió recuperación en todos. Los mercados reaccionaron como animales nerviosos, atentos a cualquier gesto, a cualquier rumor. Para millones de personas, sin embargo, la economía del día fue mucho más simple: pagar o no pagar, comer o no comer, aguantar o rendirse un poco más.

La naturaleza, ajena a nuestros discursos, dejó señales claras. Frío donde no tocaba, calor donde no debía, agua que falta aquí y sobra allá. El planeta no negocia ni firma acuerdos. Responde. Y su respuesta es cada vez menos metafórica.

En medio de todo, la cultura siguió trabajando en voz baja. Alguien escribió un poema. Alguien ensayó una obra de teatro para veinte espectadores. Alguien cantó para no escuchar las noticias. Estos gestos no cambian el mundo, pero lo sostienen, que ya es bastante. Sin embargo, nadie se consuela por la muerte del actor y director Rob Reiner y su mujer, que han sido acuchillados en su casa. Otro día de shock en la cultura.

El día termina sin cierre. No hay conclusión posible para una crónica global porque el mundo no funciona por capítulos, sino por acumulación. Se suman miedos, se heredan conflictos, se repiten errores con distinto nombre. Y aun así, mañana volverá a amanecer. No por esperanza, sino por inercia.

Esa es la noticia más honesta del día: el mundo sigue. No mejor, no peor de forma clara. Sigue. Y en ese seguir cansado, contradictorio, a veces cruel, se juega todo lo que todavía no hemos sabido contar bien. Más allá de los titulares.

La cultura no hace ruido

No ficción

La cultura hoy en España no hace ruido. Respira. Se mueve despacio, como esos teatros a los que se entra cuando ya ha empezado la función y nadie te mira, pero todos saben que estás ahí.

En una sala pequeña de cualquier ciudad, alguien recita versos para treinta personas que no han venido a cambiar el mundo, solo a entenderlo un poco mejor antes de volver a casa. El poeta habla de la infancia, de una madre que envejece, de una calle que ya no existe. No hay aplausos largos. Hay silencio. Ese silencio es la crítica más honesta que existe.

En otro punto del país, un museo inaugura una exposición con presupuesto mínimo y ambición máxima. Cuadros colgados con la obstinación de quien cree que la belleza todavía sirve para algo. El comisario explica, con voz cansada, que el arte no da respuestas, solo incomodidades. Nadie le discute. España sabe convivir con la incomodidad desde hace siglos.

La industria editorial publica novelas que no serán trending topic. Historias de pueblos vacíos, de mujeres que sostienen la memoria familiar como quien sujeta una casa en ruinas para que no caiga. Libros que se venderán poco pero circularán mucho, de mano en mano, como mensajes cifrados entre personas que todavía leen sin prisa.

En la música, los algoritmos empujan, pero no mandan del todo. Un cantautor toca en una sala con goteras. Canta sobre precariedad sin nombrarla, sobre amor sin prometer nada. El público graba un fragmento, lo sube a redes, y luego guarda el móvil. Hay cosas que no se comparten. Se quedan.

La cultura española hoy no es épica ni espectacular. No pretende serlo. Es resistencia doméstica. Una función que se mantiene aunque falte luz. Una canción que sobrevive al olvido. Un relato contado mil veces que se sigue contando porque dejar de hacerlo sería aceptar que ya no importa nada.

Y mientras los titulares gritan desde otros ámbitos, la cultura hace lo de siempre. Observa. Espera. Toma nota. Sabe que el país pasará por encima de ella sin mirarla demasiado, pero también sabe algo más antiguo y más terco: cuando todo falla, siempre acaban volviendo.

Crónica del día en España

No ficción

Sentado en una terraza imaginaria en una plaza de Madrid, con el café ya frío y la luz gris de diciembre colándose entre los periódicos que se deshacen como hojas bajo la lluvia, uno intenta hacer sentido de este mosaico de titulares que llaman “noticias” —palabra que en España suena a ritual diario de asombro y resignación.

Las discusiones de poder trascienden el teatro parlamentario y llegan hasta las fronteras de Europa. El primer ministro español, Pedro Sánchez, emerge como una rara excepción en el coro de dureza frente a la inmigración que resuena en otros capitales continentales. No es una postura heroica, sino un gesto de resistencia en un continente que parece abrazar muros y exclusiones mientras España apuesta, con toda la ambigüedad de su democracia, por reconocer la contribución social y económica de quienes llegaron de lejos.

El espíritu festivo también reinterpreta su guion. En Tiflis, jóvenes voces españolas intentaron transformar la brecha de la infancia en música, y aunque no fue la victoria final, el quinto lugar en Eurovisión Junior dejó una sensación de dulzura amarga. Entre el orgullo y la nostalgia, algunas miradas vagan hacia la decisión de la radiotelevisión pública de no retransmitir la edición adulta del certamen el año próximo, gesto que escenifica cuanto pesan hoy la política y la cultura en una sola respiración nacional.

Mientras tanto, la sed sigue siendo una presencia muda y persistente. Las reservas de agua de los embalses se sitúan alrededor de un 54 % de su capacidad, cifra que no canta promesas de abundancia sino más bien un recordatorio constante de la larga batalla contra la sequía y la incertidumbre climática que inclina la balanza del campo y la vida cotidiana.

La ley y el orden, siempre un relato paralelo en España, han hecho hoy una entrada sin música ni sonrisas. La policía desarticuló una banda criminal que usaba helicópteros para transportar drogas desde Marruecos, una escena que podría ser parte de una novela noir si no fuera porque las consecuencias tardan en desaparecer de los barrios y las historias personales.

En medio de todo, sigue el clic monótono de los algoritmos y las miradas digitales: listas de artistas más vistos en YouTube en España recuerdan que, pese a todo, hay almas buscando consuelo o distracción en la música y los clips virales, fragmentos de belleza ligera en un mar de titulares densos.

Ese es el país hoy: un cruce de política, agua, crimen, música y debate cultural. Nada es demasiado grandioso, pero todo es pesado en su frágil cotidianeidad, como si cada noticia fuera otra gota en el embalse de nuestra memoria colectiva, siempre a punto de desbordarse o secarse.

¿La humanidad necesita un remiendo? No.

No ficción

La humanidad —esa lenta secreción de células nerviosas en espiral, ese tumor autoinducido por el cosmos en la costra del carbono—, humanidad que se escupe a sí misma entre gases de escape y coágulos ideológicos, que se imagina eternamente coronada de lógica, cuando ni siquiera ha aprendido a no comerse las uñas de la ansiedad. ¿Es esto —dice el narrador, o quizá el eco del narrador, o quizá el pensamiento errático y salivado del mono que quiso ser dios— un proyecto con dirección? ¿Una línea ascendente hacia la conciencia? No, más bien un garabato de un niño borracho de azar, jugando con fuego en el rincón menos iluminado del universo.

El experimento. El experimento es, claro, una palabra que da prestigio, una bata blanca para cubrir el vómito del devenir. El experimento, dice la historia, consiste en ver qué hace un organismo cuando le das una chispa de lenguaje y una cuchara de miedo. Y la respuesta no tarda: hace religión, hace guerras, hace conceptos. El experimento es dejarlo solo con un espejo durante varios milenios y observar cómo se da de cabezazos, buscando dentro de la imagen una salida que no existe. El experimento ha consistido en darle herramientas y ver si las usa para acariciar o para diseccionar, y ya sabemos la respuesta, basta mirar los cadáveres —no los de carne, los otros, los de ideas, los de la posibilidad— que cubren las ruinas de cada utopía.

Y, sin embargo, sigue. Eso es lo más trágico del experimento: su insistencia. Porque un fracaso que se detiene es digno, incluso elegante. Pero uno que persiste —como una tos seca, como un recuerdo de infancia que uno no ha pedido— es sólo patético. Y ahí están, caminando con los pies descalzos sobre cables de alta tensión, los humanos, los autodenominados sapiens, que construyen sistemas que no comprenden, y después se ahogan en ellos como peces que se inventan el agua.

Luis, Pedro, Mateo —nombres, sí, pero también etiquetas para el caos. Cada uno con su voz interna como una radio mal sintonizada, cada uno empujado por el murmullo de lo no dicho, de lo apenas sentido, de lo que flota en los pasillos de la conciencia sin permiso ni origen. Y es esa voz, esa riada de pensamientos rotos, lo que queda cuando uno raspa la pintura de la civilización: no hay verdad, sólo residuos. Sólo ese murmullo histérico de un cerebro que intenta justificar su propia combustión.

Quizá, sólo quizá —dice un último pensamiento que no tiene sujeto ni verbo pero sí vértigo—, la humanidad era sólo una broma, un ensayo para algo que aún no ha comenzado. Un ensayo sin público, sin director, sin aplausos. Un ensayo en que los actores olvidaron el libreto y decidieron improvisar. Mal. Muy mal.

Un ensayo mal ensayado, sí, un intento sin ensayo general y sin posibilidad de repetir función, la humanidad como esa obra donde cada actor entra en escena sin saber si es tragedia o comedia, y al final se aplaude sólo porque se terminó. Como en Esperando a Godot, pero sin Godot y sin esperanza, sólo el murmullo que queda cuando se han apagado las luces y el telón no baja porque nunca subió del todo. Y los personajes siguen hablando, moviendo las manos, creyendo que hay alguien observando —Dios, el futuro, la posteridad—, cuando en realidad todo el teatro está vacío, y lo único que queda es la polilla, roedora tenaz de telones y discursos.

Pero claro, no hay que ser ingenuos: esta conciencia que se derrama por las grietas del cráneo no es nueva. Ya lo decía Dostoievski, ese profeta de las madrigueras, que el hombre se complace en el dolor, que se envicia con su propio veneno, que prefiere la destrucción consciente a la felicidad impuesta. ¡Ah, el hombre del subsuelo! Vive entre nosotros, se ha multiplicado, se ha refinado. Ahora escribe ensayos, hace podcasts, trabaja en recursos humanos. No escarba tierra, sino algoritmos. Pero es el mismo: el que se sabe enfermo y cultiva su enfermedad como quien cultiva bonsáis, con paciencia, con mimo, con un amor oscuro.

Y no se salva la ciencia —¿Cómo podría salvarse?—, esa nueva religión de batas esterilizadas, ese nuevo mito donde la verdad es una curva de Gauss y la redención un fármaco de patente suiza. Galileo, Newton, Pasteur… mártires del orden, sí, pero también padres involuntarios de este caos cuantificado, de este sufrimiento administrado en dosis de estadísticas. Porque, ¿Qué hemos hecho con la luz si no convertirla en pantalla? ¿Qué hemos hecho con la verdad si no convertirla en protocolo?

Kafka se ríe en un rincón. Claro que se ríe. Él ya lo sabía: el sistema no necesita lógica, sólo persistencia. Y la humanidad, tan obediente, tan amante de los sellos y las colas y los pasillos interminables, se ofrece voluntaria para ser juzgada por tribunales sin rostro, por normas sin firma, por realidades que cambian de forma como el juicio que se escapa de Josef K. cuando cree que está a punto de entender. Nunca se entiende. Se sobrevive. A veces.

Y si se intenta mirar hacia atrás, hacia los pilares supuestos, ahí están Homero, Virgilio, Shakespeare, construyendo sobre mitos, imperios, traiciones. Pero incluso ellos —sí, incluso ellos— sabían que escribían sobre cimientos de arena, que el héroe era una sombra, que el verso no salva. Ulises no vuelve. Edipo no ve. Hamlet duda tanto que muere de tanto pensar. La palabra sólo organiza el miedo, lo viste, lo hace pronunciarse en alejandrinos. Pero no lo disuelve.

Así, entonces, la humanidad como experimento no fracasó por error, sino por cumplimiento. Se cumplió el guion de la entropía: se dotó al organismo de lenguaje, de fuego, de conciencia, y lo que hizo fue construir jaulas más complejas, cárceles más pulidas, infiernos interiores con calefacción central. Y mientras tanto, el tiempo —ese silencio— sigue corriendo, indiferente, como en un texto de Juan Rulfo donde los muertos aún hablan porque el mundo no los ha olvidado del todo.

Pero aquí, en esta conciencia que balbucea, que no encuentra sujeto ni predicado sino una serie de reflejos interrumpidos, sólo queda el murmullo —ese eterno murmullo— que dice que quizá, sólo quizá, la naturaleza no fracasa. Que lo humano fue sólo un estallido de fiebre, una fiebre con nombres propios, con apellidos y redes sociales. Y cuando baje, cuando la fiebre ceda, el mundo seguirá. Callado, intacto. Sin juicio. Sin memoria. Sin literatura.

Felipe Juan Lainez Cansino

Ficción

Me llamo Juan, pero en el barrio me dicen Perro Juan. No porque ladre ni muerda —aunque eso también—, sino porque siempre ando con el hocico metido donde no me llaman, oliendo culos literarios y lamiendo frases como si fueran pezones calientes. Soy un perro flaco, vicioso y con biblioteca. Imagínate el asco. En esta ciudad eso no se perdona.

Desayuno con Nietzsche, almuerzo con Faulkner y ceno con Lezama Lima, aunque no tenga arroz ni Paradiso. En la alacena tengo más libros que comida, y en la cama más cadáveres que novias. Algunos creen que eso me vuelve interesante. Son imbéciles. Lo que soy es un mal polvo con buena retórica. Eso es todo. O eso creo.

Jueves. El orgasmo metafísico de Madame Bovary.

La historia comienza —como todas las buenas historias— con una mujer con olor a tragedia. Se llamaba Nora o Emma o Solange, no sé, pero yo le decía “Madame Bovary”, no por amor, sino por costumbre. Cada vez que una mujer se me mete debajo, le pongo el nombre de alguna muerta célebre. Así me excito más.

Esa noche ella vino buscando abrigo y le ofrecí una novela de Duras y una toalla húmeda. Me preguntó si tenía vino, y le di un vaso de ron con media aspirina disuelta y otras pirulas caducadas, de amables y generosos turistas.

—Esto sabe a mierda —dijo.

—Exactamente —le respondí—. Así sabían las palabras de Anaïs Nin cuando la censuraron.

Nos fuimos al colchón como dos náufragos sabiendo que el mar estaba podrido, revuelto de sargazos. Ella me montó como quien busca redención pero encuentra filosofía de la dura. En el medio del polvo, me pidió que recitara algo de Rimbaud. Se lo grité en francés mientras ella gemía como una heroína rusa:

—Je est un autre, perra! —y la nalgueé con un ejemplar viejo de El segundo sexo de Beauvoir. No apreció la gentileza.

Después del sexo me preguntó por qué no tenía sábanas. Le dije que ya no tenía fe en nada que no se manchara. Ella se puso a llorar. Me dijo que estaba cansada de ser personaje secundario en todas las novelas de los hombres que le abrían las piernas. Le respondí que nadie la obligaba a leerme. Ni tampoco a Beauvoir. Ella encendió un cigarro, me escupió en el pecho y dijo:

—Eres una contradicción con patas.

Y yo:

—No. Soy un ensayo sin tesis.

Durmió encima de mis libros. Literalmente. Tenía el culo sobre Cortázar y los muslos hundidos en Bolaño. Al despertar me robó un ejemplar de Crimen y castigo y un encendedor sin gas. No me molestó. Sabía que no lo iba a leer ni encender.

Me fui a caminar por el Vedado, sin un zapato y con el corazón colgando como una medalla vieja. Me senté en el muro, con el culo frío y el alma tibia, y leí unas líneas de Cioran que me sabían a semen seco: «La lucidez es el infierno de lo viviente.»

Volví a casa y encontré el cuarto desordenado. Olía a humedad, desesperanza y clítoris. Sobre la mesa, ella me había dejado una nota escrita con tinta roja: “Nunca aprendiste a querer sin comillas.”

La guardé en el lomo hueco de un libro de Sartre. Era la crítica literaria más honesta que me habían escrito en años.

Viernes. Las jineteras tropicales del Hotel Nacional.

Esa tarde bajé sin rumbo, con el estómago lleno de humo y la entrepierna palpitando con un entusiasmo que ya no se justificaba. Había leído tres páginas de Los sonetos a Orfeo y me sentía listo para cualquier derrota elegante. Me eché a andar con una camisa sin botones, los zapatos sin suela y el alma sin aspiraciones, ni siquiera ilegítimas. Terminé, como siempre, frente al Hotel Nacional. Ese mausoleo tropical donde los fantasmas cobran en dólares.

Ahí estaban ellas. Las cuatro carros. Paradas como esfinges en la sombra de las palmas. Las jineteras. Las diosas sucias del turismo espiritual. Todas con piernas como signos de interrogación, tetas perfectas de silicona imaginaria y ojos como citas a pie de página que nadie revisa. Se llamaban, según el orden en que me clavaron la mirada: Yailén, Lulú, Claudia y la otra carro. La otra nunca me dijo su nombre. Mejor así. Las mujeres y los hombres sin nombre te joden menos la memoria.

Me acerqué sin miedo. Ellas olieron la literatura en mis bolsillos. Lulú me dijo:

—¿Tú no eres escritol, mi amol?

—No, peor —respondí—: soy lector con úlcera.

Rieron. Les gusta cuando un hombre no quiere convencerlas de nada. Les ofrecí cigarros sin filtro y una botella de ron con sabor a epígrafe y hada verde. Hablamos del amor, de la humedad vaginal y yo de los poetas franceses Verlaine, Rimbaud, Baudelaire… Yailén me preguntó si era cierto que Sartre era feo y bisexual.

—Sí —le dije—, como todo lo que vale la pena. Pero no era poeta.

Claudia, que tenía las uñas negras y el acento de Ciego de Ávila, me recitó un fragmento de Alejandra Pizarnik mientras se acomodaba las tetas con una dignidad sacerdotal y venérea propia de Babalú Ayé. Me enamoré de inmediato. No por la cita. Por el descaro de decirla sin saber si estaba bien dicha pero con esa «r» tan suave del avileño.

Nos fuimos los cinco. Como si fuéramos una banda de son decadente y furtivo. Subimos al cuarto más barato que tenía un francés calvo que alquilaba habitaciones por horas y cobraba en postales. Yo sólo tenía libros. Les pagué con un ejemplar de Rayuela forrado con un poema mío adentro. Les pareció justo. Se desnudaron sin urgencia, como quien abre un archivo confidencial. Me dejaron ver todo. Lo real, lo sucio, lo hermoso. Me hicieron preguntas incómodas. Me desnudaron:

—¿A cuántas mujeres has amado sin meterles la lengua?

—¿Por qué siempre escribes en pasado?

—¿Cuándo fue la última vez que alguien te dijo “quédate”?

Me tocaban como quien busca errores ortográficos en un texto largo. Yo me dejaba corregir.

Después, cuando el cuarto olía a semen, a humo y a frase incompleta, nos quedamos tirados mirando el techo. Hablamos de Silvio, de los polacos que dejaban propinas de plástico, de si Dios aceptaba transferencias en peso o en dólar. La que no tenía nombre me miró sin lástima y me dijo:

—Tú no coges, tú citas.

Tenía razón. Pero esa noche sudé como si me hubieran borrado todos los subrayados y artificios. Me dejaron en letras desnudas.

Al amanecer me fui caminando por Línea, con el sol en la nuca y la vergüenza hecha pulpa. Me senté en una escalera y escribí en una servilleta mojada:

“Amé a cuatro mujeres que no creían en el amor, pero sí en los pronombres posesivos. Me dijeron ‘tú’ como quien dice ‘pan’. Las entendí. Las entendí demasiado.”

Guardé la servilleta en el bolsillo de atrás, justo al lado del condón sin usar durante años. Me reí. En voz baja. Como si me escuchara Cortázar. Porque en esta ciudad, si no aprendes a reírte de tus erecciones inútiles, acabas rezándole a Hemingway.

Sábado. Revelación barroca en la trastienda de La Bodeguita del Medio.

Ese día me desperté con el hígado protestando en francés y el corazón dando coletazos como una mojarra en el fondo de un cubo vacío. Había dormido vestido, como un suicida interruptus. En el piso, entre colillas, restos de tostón frío y páginas arrancadas de La náusea, había una nota escrita con lápiz labial que decía: “Tu problema no es el alcohol, es el tiempo.”

Me la guardé sin leerla dos veces. Como todo lo importante.

Salí a caminar por La Habana con la convicción de que esa mañana iba a ser irrepetible, aunque oliera a orine y a coco rancio. Llevaba en el bolsillo una edición desvencijada de El siglo de las luces, que me había prestado un ciego en Alamar a cambio de recitarle a Neruda en voz baja mientras él le sobaba las piernas a su mujer. Esa historia es cierta, aunque suene a simbolismo sucio.

A la altura de Empedrado, sentí un hambre que no era de comida. Me metí en La Bodeguita del Medio no por el mojito —que ya no sabe a nada—, sino por un presentimiento. A veces el delirio tiene instinto premonitorio. Pedí un ron y una libreta de servilletas. Me las dieron sin sonreír. Yo ya no inspiro ternura. Ni siquiera asco. Inspiro referencias.

Me senté al fondo, entre turistas con cara de dopamina y deportiva de marca y camareros con espíritu disociado. Ahí fue cuando vi la puerta. Una trastienda apenas visible, oculta tras un biombo de mimbre y olores fermentados. Me levanté sin pedir permiso y la crucé. Porque a veces el cuerpo decide por uno, como en el sexo o en los funerales.

Dentro, la penumbra olía a madera vieja, tinta china y tiempo detenido. Un piano desafinado agonizaba en la esquina. Y sentado en una silla de mimbre, con un habano apagado en la boca y los ojos como vitrales rotos, estaba Carpentier. No un imitador. No una aparición. El mismísimo. Vivo. Más o menos. O algo parecido. Carpentier.

Me miró con la gravedad de quien ya ha descrito todos los portentos del universo y sólo le queda esperar el último.

—¿Tú eres el que anda citando autores en los burdeles? —me preguntó, sin mover la boca.

—A veces también cito a Dios —le respondí—, pero sólo cuando el polvo es bueno.

Se rio. O eso creí. El aire se contrajo como si lo chupara una campana de bronce.

—Ven —me dijo—. Siéntate. ¿Tú crees en la realidad?

Me senté sin responder. Con respeto. Él siguió.

—La realidad, chico, es un invento de los flojos. Yo te voy a mostrar lo real-maravilloso, pero sin folklore, sin putas vestidas de guayabera. Lo que tú haces es lindo, Perro Juan, pero sigue siendo diarrea existencial. Lo mío era… otra cosa.

—Lo tuyo olía a biblioteca con fiebre —le dije—. Pero igual me gusta.

Él asintió. Me pasó un vaso de algo oscuro y espeso como una misa negra.

—¿Sabes lo que pasa contigo, Juan? Que eres un místico sin fe. Un creyente del fracaso con vocación de testigo. Tú no escribes. Tú sobrevives en letra cursiva.

—Y tú estás muerto —le dije—.

—Todos estamos muertos. Lo difícil es darse cuenta.

Entonces lo entendí. No con la cabeza. Con el estómago. Todo lo que yo había vivido —el sexo barato, el hambre culta, los poemas escritos en cuerpos resudados— no era otra cosa que barroco tropical, escupido desde la ruina. Yo era un personaje de Carpentier. Solo que más sucio. Y con menos música.

Me desperté tirado en el baño de la Bodeguita, abrazado al inodoro como a una madre enferma. El sol pegaba en las baldosas como una trompeta desafinada. En la mano tenía una servilleta arrugada. En ella, escrito con letra antigua, decía:

“Lo real maravilloso no es un estilo. Es una condena.” —A.C.

Me limpié la boca. Me subí el pantalón. Y salí a escribir mi próxima caída.

Domingo. El secuestro intercontinental de Vallejo.

Ahora vamos al hueso. Vallejo, el poeta de la fractura. El que sangró sílabas y escupió humanidad. Y un yanqui, cómo no, el eterno policía del alma ajena. Los encuentro —uno arrastrado por la oreja, el otro arrastrando su imperio por dentro— en una esquina donde la poesía se vende más barata que el pan.

Aquella tarde me ardía el hígado y el español. Había discutido con un comunista de salón que me acusó de escribir como un burgués sin ideas claras. Yo le respondí que tenía ideas clarísimas: vivir, comer algo y tal vez —si la suerte me babeaba encima— corrérmela antes del apagón. El tipo me quiso citar a Brecht, pero le escupí a Vallejo y me fui.

Caminaba por Centro Habana, con el alma colgando como una bandera sin viento, cuando lo vi. En la esquina de Galiano con San Miguel. Un yanqui enorme, camisa de flores, piel de langosta recién hervida y cara de beisbolista jubilado, iba jalando de la oreja a un hombre huesudo, vestido de negro, con los ojos como dos domingos tristes.

Era César Vallejo.

No un actor, no una visión, no un poema mal leído. Vallejo. En carne, hueso y desconsuelo. El yanqui lo arrastraba como a un niño desobediente, mientras él balbuceaba algo en castellano fracturado:

—“¡Me moriré en París con aguacero…! ¡Un día del cual tengo ya el recuerdo…!”

Me congelé. No por miedo. Por reconocimiento. Era como ver a un tío muerto sacado por perro, caliente, con la cara de Dios escupida.

Me acerqué. No podía dejarlo así. Le grité al yanqui:

—¡Oye, socio! ¡Eso que llevas no se jala así, se lee!

El gringo se volteó, furioso, con cara de que no entendía un carajo pero igual se sentía ofendido.

—This fucking guy tried to recite poetry in the Marriott. Naked. In the sauna. While crying.

Miré a Vallejo. Temblaba. Llevaba un cuaderno mojado, hojas arrancadas, el rostro más arrugado que la moral de un banquero.

—¿Estás bien, maestro? —le pregunté.

—Estoy exactamente donde no debía estar —me respondió, y me abrazó sin permiso.

Me soltó palabras como espasmos:

—Ellos quieren cifras, yo tengo llagas.

—Ellos quieren turismo, yo traigo hueso.

—Me han golpeado sin que les hiciera nada.

El yanqui lo seguía sujetando, ya más cansado que molesto. Le ofrecí un trago de mi botellita escondida, y el gringo, confundido, la aceptó. Le di ron con pastillas añejas para la tos. Cayó de golpe sentado en el borde de la acera. Murmuró:

—I hate poetry, man. It makes my stomach feel weird.

Vallejo aprovechó y se soltó. Me tomó del brazo.

—Sácame de aquí, Perro Juan. Esto no es París ni Lima ni ningún infierno con nombre. Esto es otra cosa. Esto es una metáfora mal escrita por el capitalismo.

Corrimos. Vallejo, yo y su cuaderno hecho trizas. Lo llevé a una librería cerrada en la esquina de 23 y H. Rompí la cerradura. Encendí una vela. Le di una camisa mía. Le ofrecí arroz frío con sardinas. Comió como un apóstol. Como un Cardenal.

Luego lloró. Lloró por dentro. Lloró sin lágrimas.

—No puedo volver, Juan. Mi muerte ya está escrita. Sólo vine a comprobar que el dolor sigue vigente. Y que los yanquis aún no entienden nada.

Le pedí que me firmara el cuaderno. Me lo devolvió con una sola frase escrita con tinta roja:

“Hoy me muero otro poco. Lo dejo aquí. Cuídenme.”

A la mañana siguiente, ya no estaba. Ni su cuerpo, ni el cuaderno, ni el olor. Sólo un par de versos garabateados en la pared, con carbón:

“Hay golpes en la vida, tan fuertes… yo no los invito.

Pero llegan. Se sientan. Y me beben el café.”

Me senté en el suelo. Me encendí un cigarro. Pensé:

¿Y si todo esto no fue real? ¿Y si fui yo el arrastrado por el yanqui invisible?

Me reí. Como se ríe un loco en un velorio. Después salí a escribir otra derrota. Con la oreja aún doliéndome.

Lunes. Borrachera cubista con Picasso y Guillén en una barbería de Marianao.

La historia comienza con un diente flojo. Así, como casi todo lo importante en la vida: por el lado más absurdo y puñetero. Me dolía la muela como si me estuvieran recitando a Neruda dentro del cráneo. Y no tenía un peso. Ni uno. Así que me fui a Marianao, donde un viejo barbero —ciego y chamánico— arregla encías, corta pelo y exorciza penas con el mismo movimiento de muñeca y sincretismo.

La barbería no tenía nombre. Solo un letrero que decía:

«Aquí se afeita la desesperanza»

y debajo, en tiza, alguien había escrito:

«y a veces, se sirve ron.»

Entré. Un calor espeso como un tango mal parido me dio en la cara. En el fondo, dos figuras estaban sentadas frente a un espejo rajado:

Nicolás Guillén y Pablo Picasso.

No, no era una fantasía de fiebre. Estaban ahí. Uno con una libreta en la mano y el otro con una copa de ron que parecía pintada en óleo espeso.

Guillén me saludó con un gesto de compadre:

—¿Y tú quién eres, perro triste?

—Uno que sangra por las palabras —le dije.

—Entonces siéntate. Estás entre iguales.

Picasso no hablaba. Me miraba como si estuviera dibujando mis entrañas sin permiso. Tenía los ojos de un tipo que ha dormido con sus propios cuadros. Y en la cara, el cansancio milenario del que ya lo vio todo, incluso lo que no existe.

El barbero —ciego pero no sordo— sirvió ron en tazas de afeitar.

—Aquí no se brinda —dijo—. Aquí se muerde.

Brindamos igual. Empezaron a hablar. Guillén, afilado como machete:

—A mí me quitaron el ritmo, compay. Lo vendieron a un festival en Suiza.

Picasso, ronco como templo sin feligreses:

—Yo vi el alma. Está sobrevalorada. Prefiero un buen muslo o una curva mal intencionada.

Yo los escuchaba. Sin respirar. Era como ver a Martí hacer el perreo en cámara lenta. Guillén recitó un verso sobre mulatas cósmicas que me dejó con la piel erizada. Picasso hizo un dibujo en una servilleta con pasta de dientes: era yo, cagando tristeza.

—Ese soy yo —le dije.

—Ese somos todos —dijo él.

Hablamos de la revolución como orgasmo interrumpido. Del arte como enfermedad tropical. De cómo Cuba es un cuadro de Braque, pero con más ron y menos galería.

En algún punto, el barbero sacó una navaja y empezó a afeitarme el alma hasta los huesos. No mi barba. El alma. Sentí cómo me raspaba el pasado, los fracasos, las traiciones. Cuando terminó, escupió al piso y dijo:

—Ya. Estás casi limpio. Falta el tuétano.

—¿Y el dolor de muela? —pregunté.

—Eso no se quita. Eso se escribe.

Afuera empezaba a llover. Una lluvia oblicua. Cubista. Fragmentada.

Guillén me abrazó. Picasso me regaló la servilleta. En ella había escrito:

“Si el arte no te da ganas de vomitar o correrte, no sirve.” —P.P.

Salí a la calle con el diente aún latiendo. Y un poema nuevo que decía:

Hay barberías donde se corta el tiempo.

Hay hombres que no envejecen, solo se parten en ángulos.

Y hay días en que el arte no se mira: se bebe.

Apaga la luz, cierra la puerta con doble vuelta y escucha el ronco eco de los santos cansados.

Porque esta vez Perro Juan se enfrenta a el apagón final, y la Muerte —sí, ella, la gran mulata de ojos vacíos— no viene con guadaña, sino con timbal y son.

Esto no es el final del cuento. Es el principio del gran silencio.

Martes. Apagón final o con la Muerte tocando timba.

Esa noche el apagón fue tan profundo que se borraron hasta los recuerdos. No quedaba una vela, ni un fósforo, ni siquiera el resplandor miserable del celular de un vecino. Todo era sombra espesa, como vientre de estatua. Caminé a tientas por Centro Habana, con el corazón latiéndome en los dientes y el alma como una cucaracha boca arriba.

En los balcones se oían susurros, radios apagados por decreto y madres acariciando hijos que ya no estaban. Alguien cantaba un bolero sin letra. Un gato me siguió durante tres cuadras, como si supiera a dónde iba. Yo no.

Hasta que llegué a una esquina donde nunca había estado, aunque la ciudad me la había prometido muchas veces. Un solar. Grande, abierto, con una tarima improvisada de madera podrida. Y ahí, en el centro, bajo una lámpara que brillaba sin corriente —milagro o truco, no sabré decir—, estaba la Muerte.

No con capa, no con calavera. Era una mulata vieja, encorvada, con cuerpo de tambor y mirada de eclipse. Llevaba un vestido rojo deshilachado, unas chancletas rotas y tocaba los timbales como si estuviera desenterrando el universo.

El ritmo era brutal. Afrocaribeño. Doloroso. Una timba que no bailaba nadie, pero que hacía temblar las piernas.

—¿Vienes a buscarme? —le grité.

Ella no respondió. Solo tocó más fuerte. Cada golpe era un año. Cada golpe era un nombre que ya no podía pronunciar.

Entonces lo entendí: no venía por mí.

Venía para mí.

—¿Por qué ahora? —le pregunté.

—Porque ya estás vacío, Juan. Te sacaron las palabras, los orgasmos, los cigarros y las ganas. Ya no escribes. Ya confiesas.

—¿Y los otros?

—Están esperando turno. Vos sos VIP. Te ganaste la despedida con música.

Cerré los ojos. Respiré hondo. Pensé en Vallejo, en Virgilio Piñera, en las jineteras del Nacional, en Picasso dibujando con pasta dental, en Carpentier encendiendo velas de otro siglo. Pensé en la barbería, en Guillén, en el primer poema que escribí en un cuerpo sudado. Pensé en mi madre, en el hambre, en el ron, en el son.

La Muerte me miró por última vez. Y sonrió.

Tenía los dientes de mi infancia.

Me ofreció una copa.

La bebí. Era oscura, caliente y dulce.

Sabía a punto final.

Y entonces bailé.

Con ella.

Conmigo.

Con todo lo que alguna vez fui.

Y que ya no volverá.

Esto no es resurrección, ni epílogo, ni redención.

Esto es la persistencia del hueso.

Porque Perro Juan no se fue.

Solo se pudrió un poco.

Y regresó.

Con un redoble en los pulmones.

Y Vallejo, sí, Vallejo, tocando el bombo de su cráneo como si Dios le debiera sueldo y paga extra perpetua.

Miércoles. El regreso con redoble de cráneo.

Dicen que morí.

Que la Muerte me bailó hasta dejarme seco, que toqué el fondo del apagón y me abracé a la sombra como se abraza un cuerpo que ya no nos quiere.

Mentira.

Me fui un rato.

Eso sí.

Me apagué como se apagan los transistores en la tormenta.

Pero no era el fin.

Era el eco.

Y el eco, ya se sabe, tiene mal carácter y peor memoria.

Volví porque alguien —no sé si fue Vallejo, Lezama o un viejo bolero descompuesto— gritó mi nombre desde abajo. Desde muy abajo. Desde donde no hay voz, pero sí golpe.

Volví arrastrándome. Con barro en la lengua y ceniza en los dedos.

Volví sin palabras. Solo con ritmo.

Y ese ritmo era un redoble.

Y ese redoble lo tocaba Vallejo.

Sí, Vallejo.

Con cara de profeta descalzo y manos de carpintero loco.

Tocando un tambor que era su propio cráneo.

Tocando con rabia. Con hambre. Con verbo.

Me encontró tirado entre ruinas de hospitales y poemas mal recitados.

Me pateó el costado.

Me gritó:

—¡Juan, carajo! ¡Esto no se acaba así! ¡Aquí nadie se muere sin repetir tres veces su nombre en voz alta!

—¿Qué nombre? —le dije.

—El tuyo, imbécil —me dijo—. El que no te dio tu madre ni tu patria.

El que te inventaste a fuerza de perder.

Entonces lo supe.

Yo no era Perro Juan.

Yo era lo que quedaba después de Perro Juan.

La cáscara. El hueso con música.

El tam-tam de los que no se rinden porque no saben qué otra cosa hacer.

Subí.

No al cielo, porque no me dan la visa.

Subí a La Habana.

A la de verdad. La sucia. La caliente. La que no sale en los folletos.

Volví al malecón.

Las putas me reconocieron.

Los perros me ignoraron, después de olerme hermano.

Las viejas me dieron café.

Y me senté.

Con un cuaderno nuevo.

Una botella vieja.

Y el redoble de Vallejo haciéndome temblar el hígado.

Escribí esto:

Regresé.

Sin carne. Pero con ruido.

Sin patria. Pero con el tambor del cráneo.

No me esperen. No me entierren.

Que todavía me falta morder otra metáfora

y orinar en el altar de algún dios correcto.

El tambor suena.

Sigue sonando, como cráneo roto.

Vallejo me mira.

No sonríe. No puede. Pero golpea.

Y con cada golpe, me devuelve una palabra.

Ya no soy Perro Juan.

Soy el ritmo que quedó cuando el poema se fue.

Miércoles, noche.

Margarita Carmen Cansino me hubiera definido como su carne, sus sentidos y sus placeres. Pero eso mismo podría decirlo también más de un negro cubano del malecón. De mi condición sexual no voy a hablar, pues he sido de todo y, con este apunte, baste. Por lo demás, a quien nunca he podido serle infiel es a Katy Jurado. Ahora me acomodo en la decadencia y en el ron. Por último, mi lema: la única interpretación posible de la vida tiene que ser erótica.

Me renombré muchas veces. Una de ellas —quizá la más escandalosa— fue cuando Margarita Carmen Cansino, más conocida como Rita Hayworth en las tardes alcohólicas de la posguerra, me definió como su carne, sus sentidos y sus placeres. Una definición modesta, la suya. Poética incluso, si uno no supiera que me lo dijo después de vomitar sobre sus zapatos Ferragamo en el baño de un hotel en Acapulco. Aun así, se lo agradezco. Hay algo digno en que una estrella en decadencia reconozca a otra.

No fui exclusivo. Ni ella lo esperaba. También podría decir lo mismo de mí más de un negro cubano del malecón —el de las madrugadas eternas, el que tocaba el contrabajo como si tuviera el corazón colgado del cuello— y no se equivocaría. Cada amante fue un ensayo, una nota disonante en mi sinfonía corporal. De mi condición sexual no hablaré. No por discreción, sino por tedio. La identidad, a estas alturas, me parece un invento nada reciente. He sido de todo: flor y fango, máscara y espina. Fui sodomita en el Renacimiento, musa andrógina en el Berlín de Weimar, dama en el burdel de Colette, y un trazo mal hecho en una orgía de Egon Schiele. Con este apunte, baste.

A quien nunca pude —ni quise— serle infiel fue a Katy Jurado. Ella representaba lo que ni Hollywood pudo desvestir: la altivez de la tierra, el peso del maíz y la sangre bajo la falda. Nunca me amó, y eso la hace aún más deseable. Uno no se enamora del amor correspondido: se esclaviza del imposible. Katy fue mi diosa laica, mi religión de carne.

Con los años, me acomodé en la decadencia. No como derrota, sino como estilo. La decadencia, bien llevada, es un arte que pocos saben vestir. La juventud es pornografía barata; la vejez, si se la interpreta con cinismo, puede ser literatura. Me volví lector de Proust por necesidad y de Bukowski por venganza. Vivo entre ruinas que decoré con sarcasmo. Levanté altares a mis propios errores. Adoro el fracaso como otros adoran a sus hijos. El ron es mi cómplice. El cigarro, mi editor. Y el espejo… un viejo enemigo al que aprendí a parodiar. No tengo herederos, ni perros, ni ahorros. Pero tengo historias que no se pueden escribir sin escándalo ni demanda judicial.

Mi lema, sí. Mi único lema es que la única interpretación posible de la vida debe ser erótica. Porque todo lo demás —la política, la religión, la bolsa, la moral, la buena educación— son excusas mediocres para disimular que lo único que nos conmueve verdaderamente es la posibilidad de rozar otra piel, aunque sea con la mirada. El erotismo no es sexo. Es estilo. Es hambre. Es no saber si uno quiere amar o destruir. Es la contradicción como forma de existencia.

He sido amante, fantasma, travestido, traidor, profeta de burdel y mártir de sábana. Ahora solo soy un eco, un perfume, una nota al pie en la biografía de otros. Pero si algo queda de mí cuando el ron se acaba y el cuerpo ya no responde, es esta certeza: fui carne. Y la carne, por un instante fugaz, me hizo creer que estaba vivo.

Y sin embargo, aquí estoy. Esta habitación donde escribo —sí, esta con las cortinas cerradas desde hace diez años, con la radio rota que solo emite interferencia— no existe. Nunca existió. Ni el ron, ni los amantes, ni siquiera el cuerpo que mencioné. Lo descubrí hace unos días, cuando intenté salir por la puerta. Y la puerta no daba a ningún lugar. Era una superficie lisa, como una escenografía mal terminada. Rompí el espejo —no había reflejo. Quemé una carta antigua —las llamas no consumían nada. He llegado a sospechar que no soy más que el residuo de una historia contada tantas veces que ya nadie recuerda su origen. Una ficción mal cerrada. Una voz extraviada en una novela que nadie terminó de escribir. ¿Y si esta autobiografía es sólo el epílogo de un personaje que fue descartado en la página treinta y tres? ¿Y si nunca viví, y mi vida fue una digresión literaria, un pie de página sin texto al que anclar? Quizá fui inventado por alguien que no soportaba envejecer solo. O por una mujer que perdió a su amante en el mar y necesitó escribirle a un fantasma. Quizá tú me estás leyendo ahora… y al cerrar este párrafo, yo desaparezca. O peor aún: me quede atrapado aquí, repitiendo esta historia una y otra vez, como una maldición barroca en la biblioteca de los personajes olvidados.

No tengo patria, ni vocación de víctima, ni biografía que soporte el peso de una cronología limpia. Fui carne antes que conciencia, deseo antes que doctrina, y nunca aprendí a pedir permiso ni a callar en los entierros. No fui un hombre, ni una mujer, ni un poeta. Fui una circunstancia, un delirio con piernas, un error sostenido con tanto estilo que algunos se atrevieron a llamarlo personalidad. Mis padres —si existieron— me abandonaron en un teatro en ruinas; aprendí a hablar repitiendo los diálogos de películas dobladas al español neutro y a amar sin pronombres. Mis primeras certezas fueron el tacto y la música, y hasta el día de hoy desconfío de toda verdad que no se exprese con las yemas de los dedos o con un contrabajo en fa menor. Nadie podrá decir que no viví como un exceso, que no quemé la vela por los dos extremos y por la mecha intermedia, que no besé donde dolía y no mentí por puro arte. Me vendí por joyas falsas, me regalé por vino barato, pero jamás, escúchese bien, jamás me alquilé por seguridad o costumbre.

Margarita Carmen Cansino, la que el mundo adora como Rita Hayworth, me describió —en una de sus madrugadas más lúgubres— como su carne, sus sentidos y sus placeres. Lo dijo sin solemnidad, como quien anota un número telefónico en la piel de alguien que sabe que no volverá a llamar. Pero no fue la única. También me declararon suyo, en distintos idiomas y dialectos del cuerpo, un marinero portugués con dientes de oro, un seminarista colombiano que juraba ver a Cristo en los orgasmos, y un actor francés que sólo podía tener erecciones si recitaba a Racine durante el coito. A todos les dije lo mismo: “No soy tuyo. Soy del instante.” Y el instante, como es sabido, no tiene dueño ni tumba.

Del sexo no tengo anécdotas: tengo monumentos. He visto cuerpos abrirse como himnos y cerrarse como juicios finales. He sido herido con ternura y amado con crueldad, he llorado en las espaldas de extraños, he fingido placer por compasión y he sentido compasión por no sentir nada. En mí se han cruzado géneros, estéticas, pronombres y categorías que ni Foucault hubiera sabido etiquetar sin una copa de más. Pero si insisten, si verdaderamente necesitan una etiqueta para dormir tranquilos, digan simplemente que fui libre, aunque a un precio tan alto que sólo los desesperados y los lúcidos se atreverían a pagarlo.

Fui fiel, eso sí. Fiel a una sola figura. Katy Jurado. No a la mujer real —que ni siquiera llegué a conocer— sino a la imagen que de ella forjé: una mezcla de la Virgen de los Dolores con una reina tolteca exiliada en un western. Esa mujer de cejas como puñales y voz de petróleo fue, para mí, un país imposible. Cada vez que el mundo me decepcionaba (y lo hacía con alarmante regularidad), pensaba en Katy, en su forma de mirar como quien mide distancias entre pecados, y me prometía resistir un poco más. A ella le dediqué mi lealtad más irracional, mi última mentira, mi primer silencio.

Y llegó el tiempo. El tiempo verdadero. Ese que ya no tiene minutos, sino ausencias. Me acomodé en la decadencia como otros se acomodan en la jubilación. Aprendí a encontrar belleza en los objetos rotos, en las pieles marchitas, en las voces que tiemblan al final de una canción. Me hice amigo del ron y del insomnio, del olvido parcial y del espejo sin reflejo. Abandoné la nostalgia por ser un vicio de los cobardes y abracé el sarcasmo como se abraza a un amante que uno sabe que lo traicionará, pero que besa como nadie. Mi biblioteca andante se redujo a tres autores: Duras para la melancolía, Cioran para las mañanas, y Sade para cuando quería recordar que aún tenía cuerpo. Lo demás era memoria viva en mi sesera.

Y ahora, aquí estoy. En este cuarto sin ventanas, sin relojes, sin eco. No sé desde cuándo. Tampoco sé si alguien encontrará esto o si ya lo encontraron y lo volvieron a esconder. Lo que sé es que esta vida —si fue vida— no fue un error, sino una excepción. Me niego a creer que fui una nota marginal. Prefiero pensar que fui un ensayo para una obra que aún no se ha escrito. Tal vez por eso no puedo morir del todo. Tal vez por eso sigo dictando esta, sin manos, sin boca, sin papel. Tal vez yo ya no sea yo, Rita, sino la forma que ha tomado tu olvido.


Nota. Fragmentos de un manuscrito hallado entre las ropas de un cadáver no identificado escrito en servilletas. La caligrafía es irregular, bellísima, pero ya casi ilegible. Posiblemente redactado en La Habana entre 1962 y 1987. Va firmado por un tal «P.J.»

Kit emocional para cuando la civilización sufra un apagón

No ficción

Querido lector (familia, amigos, etc.), imagina por un momento que te despiertas y el interruptor de la luz decide ignorarte. No hay WiFi. No hay café (porque la cafetera es eléctrica). No puedes pedir socorro por WhatsApp. Y lo peor: Netflix, ese oráculo de evasión emocional, se ha desvanecido. ¿Pánico? Tranquilo. Aquí te traigo el kit emocional definitivo para que no pierdas la compostura ni la civilización… o al menos no tan rápido.

Autodiagnóstico emocional: “¿Estoy muerto o solo sin batería?”

En el minuto uno del apagón prolongado, tu alma urbana entrará en fase de negación tecnológica. “Seguro vuelve en diez minutos”, repites mientras miras fijamente el microondas como si fuera un oráculo. No vuelve. No va a volver. Respira. Siente el vacío. Ese temblor que recorre tu cuerpo no es hambre, es síndrome de abstinencia digital.

Consejo: mira al horizonte, suspira fuerte y di: “Estoy vivo, solo que sin señal”. Funciona como un mantra. Bonus si lo gritas al balcón para sembrar esperanza (o terror) entre tus vecinos. «Perro Shanshes», o cosas similares, no funciona.

El Kit emocional básico

Porque sin emociones ordenadas no hay civilización que resista. Aquí tu arsenal mínimo:

  • Una libreta y boli. Para escribir tus memorias del colapso o hacer dibujitos si no sabes escribir sin teclado.
  • Un espejo. Para verte mientras hablas contigo mismo. Dicen que ayuda a no volverse loco, pero sobre todo entretiene.
  • Fotos impresas. Sí, impresas. De seres queridos o de tu gato. Para recordar que alguna vez fuiste parte de algo más grande que tú.
  • Un libro físico. No, no una tablet. Un libro. De papel. Páginas. Palabras. Sorpresas sin batería.

Mantén la llama (emocional y literal)

Sin electricidad, el fuego es la nueva app estrella. Sirve para todo: cocinar, calentar, asar tus prejuicios tecnológicos. Pero sobre todo, reúne personas a su alrededor, y eso, amigo mío, es la red social más estable que tendrás. Coméntale al vecino: “¿Te gusta el fuego? A mí también. ¿Hacemos comunidad?”. Boom. Civilización.

Advertencia legal: no hagas fogatas en el salón. Ni en el balcón. Ser el Prometeo del barrio puede acabar mal.

El duelo de la nevera

Es hora de enfrentarte al mayor drama: todo lo que amabas en tu nevera ha muerto. El yogur, el queso, el pollo de oferta. Todos, víctimas de la falta de voltios. Vas a pasar por las cinco fases del duelo (negación, ira, pacto, depresión, aceptación) en menos de una hora, especialmente cuando veas flotar el brócoli en su jugo.

¿Solución emocional? Organiza un funeral vikingo para tu helado. Que se derrita con dignidad mientras le cantas una balada. Llora si hace falta. Luego, aprende a fermentar verduras. Es como tener una nevera espiritual.

Reinventa el ocio: teatro interior y otros delirios

Sin Netflix, TikTok, ni podcasts de gente que habla como si fuera filósofa del yoga, tu mente se convierte en el único escenario disponible. ¡Es tu momento!

  • Interpreta monólogos delante del espejo.
  • Recrea películas desde la memoria.
  • Haz una “charla TED” para tus plantas sobre resiliencia post-luz.
  • Pásate al origami emocional: dobla tu ansiedad hasta que parezca una paloma.

Verás qué divertido es inventarte roles para no perder la cordura. (Bueno, perderla con estilo también cuenta y es civilizado.)

Cómo mantener la civilización

(spoiler: con pegamento y conversación)

La civilización, según algunos expertos del Apocalipsis™, no se sostiene por la tecnología sino por la cooperación humana. Así que toca hablar. Con humanos reales. De carne, hueso y cara. Ya sé, qué horror.

Ve y llama al vecino que antes evitabas en el ascensor. “Hola, ¿te interesa construir una civilización post-eléctrica conmigo?”. Es probable que te mire raro, pero si tiene una estufa de gas o un transistor a manubrio, el pacto está sellado.

Conversa, comparte, coopera. La civilización nació así. La electricidad vino después. Si puedes encender una charla, no necesitas encender una bombilla.

Meditación para urbanitas sin enchufe

Ya sin aparatos que te absorban la atención, vas a experimentar un fenómeno extraño: el tiempo. De repente tendrás horas. Días. Inmensidades sin notificaciones. Es abrumador.

Haz esto:

  1. Siéntate.
  2. Mira un punto fijo (puede ser la mancha de humedad del techo).
  3. Respira.
  4. Repite: “No soy mi router. No soy mi móvil. Soy más que un algoritmo.”

Con práctica, desarrollarás una extraña capacidad llamada presencia. Es como el WiFi del alma, pero sin contraseña.

Visionarios del apagón

Si sobrevives las primeras 72 horas (eso dicen) sin volverte un troglodita que grita “¡LUZ!” al cielo, ya eres parte de una nueva élite: los visionarios del apagón. Gente que entendió que la civilización no se carga por USB. Que el progreso no está solo en la tecnología, sino en la capacidad humana de adaptarse, reírse del caos y construir con lo que haya a mano (en la plaza de Olavide, una fiesta, por ejemplo).

Puedes fundar tu propio consejo de sabios, llevar una capa hecha de cortinas y proclamar las nuevas leyes del civismo sin red eléctrica. ¿Demasiado? Tal vez. Pero alguien tiene que escribir la constitución post-luz. A lo mejor eres tú.

El accesorio definitivo: guantes para tocar realidad

Por último, y como broche de oro de este kit, te recomiendo adquirir un par de guantes (figurativos o no) para tocar la vida sin filtros. Porque cuando ya no hay pantallas ni asistentes de voz que te digan qué pensar, vas a tener que tocar, sentir, oler, vivir.

Y ahí, en ese regreso incómodo pero visceral al mundo real, descubrirás que la civilización no se perdió: estaba esperando que alguien volviera a encenderla desde dentro.

No necesitas luz para brillar. Solo un poco de sentido del humor, algunas habilidades olvidadas y mucha, pero mucha, disposición a parecer raro durante un tiempo. Porque al final, sobrevivir sin electricidad no se trata solo de conservar la comida: se trata de no perder el alma, el ingenio… y el sentido de comunidad.

Y si todo falla, siempre puedes hacer como en la Edad Media: escribir este artículo a mano, enrollarlo en un pergamino y lanzarlo al viento. Con suerte, algún otro náufrago eléctrico lo leerá… y reirá contigo. Saludos, familia y amigos. Seguimos aquí. Conservemos la civilización. Aunque perdamos todo, podremos volver a encender la luz.

¿Comercio Social o Comercio Justo?

No ficción

El nuevo teatro de las transacciones humanas

En este instante donde el pulso del mundo late a la velocidad de un clic, el Comercio Social ha dejado de ser una promesa futurista para convertirse en un paisaje que respiramos a diario. Como una enredadera salvaje, trepa por los muros de Instagram, serpentea entre los Reels de TikTok y se incrusta en los grupos de WhatsApp como un virus de deseo.

El comercio ya no habita frías páginas de catálogo: ahora se desliza entre stories, vibra en directos, se convierte en meme, en trend, en necesidad disfrazada de descubrimiento casual. La compra no se siente como compra; se siente como un guiño, una confesión entre amigos, un susurro de «yo también lo quiero».

¿Qué diablos es el Comercio Social?
Es el matrimonio posmoderno entre redes sociales y transacciones económicas. Una boda sin corbata, llena de filtros, emojis y ventas que parecen conversaciones entre almas gemelas. Es vender en el escenario donde la gente ya está —entre sus likes, sus comentarios, sus eternos desplazamientos de pulgar.

¿Cómo funciona esta alquimia?
Se nutre de dos carburantes potentes: confianza y urgencia.

  • La confianza se construye a través de influencers, reseñas, y recomendaciones boca-oreja digitales.
  • La urgencia se incendia con botones de “compra ahora”, ofertas que desaparecen como luciérnagas al amanecer y lanzamientos que se agotan antes de que puedas decir «¡lo necesito!«.

Los escaparates se han convertido en timelines, los vendedores en creadores de contenido, y los clientes en comunidades orgánicas de replicadores emocionales. Comprar es compartir, consumir es pertenecer.
El producto ya no basta: hay que vender una historia, un universo, una causa.

¿Por qué importa?
Porque quien ignore el Comercio Social hoy, será fósil mañana. Empresas grandes y pequeñas están entendiendo que su tienda virtual debe bailar al ritmo del algoritmo, hablar en hashtags, moverse en tendencia. Quien no sepa vender en los patios digitales, venderá para nadie.

Y atención: el Comercio Social no es solo para cosméticos o zapatillas con suela de espuma lunar. Estamos viendo seguros, cursos, muebles y hasta vehículos deslizarse dentro de este torbellino.

¿El futuro?
Llevamos la brújula clavada al pecho: la inteligencia artificial personalizará los escaparates hasta el delirio, las experiencias inmersivas (hola, Realidad Aumentada) convertirán el “ver para creer” en un “probar para querer”, y las comunidades de compra evolucionarán en verdaderas tribus digitales donde se elegirá qué comprar como quien elige un tótem.

En el horizonte ya se divisan nuevas bestias: compra por voz, live shopping gamificado, pagos invisibles. La frontera entre el contenido y el carrito desaparecerá como lágrimas bajo la lluvia.

El Comercio Social es una bestia que no piensa esperar a nadie. No importa si tienes una tienda o un proyecto de garaje: o te haces uno con la bestia, o acabarás siendo parte de su decorado fosilizado.
Y recuerda: en este nuevo mundo, no gana quien más grita, sino quien más conecta.

Comercio Justo: sembrar dignidad, cosechar futuro

Vivimos en un planeta que gira loco sobre su propio eje, donde la avaricia corta el hilo de la justicia como una tijera oxidada. En este tablero de juego desigual, surge el Comercio Justo: no como una moda de escaparate, sino como un latido necesario, un acto de rebeldía y ternura a la vez.

¿Qué es el Comercio Justo?
Es el arte de hacer negocios sin pisotear. Es un pacto silencioso entre productores, consumidores y comerciantes para que la balanza no se incline siempre hacia el más fuerte. No es caridad ni limosna: es intercambio con dignidad, un apretón de manos limpio de trampas.

Significa pagar precios que reflejen el verdadero valor del trabajo, respetar los ritmos de la tierra y de los cuerpos, garantizar condiciones de trabajo humanas, abolir las cadenas invisibles del abuso. Significa decir no a la explotación infantil, no a las jornadas eternas por migajas, no al envenenamiento de nuestros ríos y nuestras almas.

¿Cómo funciona esta utopía práctica?

  • Precios justos: el productor recibe lo que merece, no lo que dicta el capricho del mercado.
  • Relaciones a largo plazo: no se juega al usa y tira con las personas. Se construyen alianzas estables.
  • Respeto al medio ambiente: cada semilla, cada cosecha, cada gota de agua se honra como si fuera un poema.
  • Empoderamiento: especialmente de mujeres y comunidades vulnerables, dándoles voz, no solo un salario.

Las certificaciones como Fairtrade, WFTO o Ecocert funcionan como escudos: no perfectos, pero necesarios en esta jungla de etiquetas huecas.

¿Por qué importa hoy más que nunca?
Porque mientras tú lees esto en la comodidad de tu nube digital, millones de trabajadores cultivan, cosen, extraen, bajo soles que matan o bajo techos que gotean miseria.
Porque la globalización puede ser una máquina trituradora o un puente de manos entrelazadas: tú decides con cada euro que gastas.

El Comercio Justo es urgente porque el planeta no soporta más saqueos; porque la inequidad no se resuelve sola; porque la ética no debe quedarse colgada en discursos bonitos.

¿Y el futuro?
El Comercio Justo debe mutar, expandirse, infiltrarse en la corriente principal hasta volverse la norma, no la excepción.
El consumidor del futuro —ese ser despierto que no traga cuentos— exigirá trazabilidad, justicia, y coherencia.
Las marcas que no entiendan esto serán dinosaurios atrapados en ámbar.

Comprar Comercio Justo no es cambiar el mundo de un plumazo.
Es regar pequeñas semillas de equidad en un jardín que ha estado demasiado tiempo reseco.
No es perfección, es intención. No es caridad, es justicia.

Y la justicia, como el buen café de Comercio Justo, debe saborearse caliente, urgente, colectiva.

Niña de la desolación en Gaza

No ficción

En medio de la desolación, la niña se erige como un eco silencioso de la resistencia, un verso perdido en la sinfonía rota de la ciudad. Su figura menuda, contornos de esperanza en una paleta de desesperación, se yergue como un lamento callado entre las ruinas.

En sus ojos, la travesía de los tiempos oscuros, un reflejo de estrellas desterradas, buscando su propio camino a través del humo y la sombra. Sus pies descalzos tocan la tierra herida, absorben la memoria de las calles que antes resonaban con risas infantiles, ahora ahogadas por el estruendo de la tragedia.

La polvorienta vestimenta que la envuelve se convierte en el estandarte de una resistencia que no cede ante el tiempo, una armadura frágil pero indestructible que lleva impresa la historia en cada hilo desgastado. Sus manos, pequeñas y firmes, sostienen la fragilidad de la vida en este teatro de desolación.

La mirada de la niña, un faro de determinación perdido en un horizonte de desesperanza, se proyecta hacia el futuro incierto. Un susurro de sueños olvidados danza en su mirar, desafiando a la desolación que la rodea. Su cabello, un río de ébano, fluye como un tributo a la libertad que aún persiste en los corazones, a pesar de la opresión de los escombros.

En este paisaje desgarrado, la niña se convierte en la musa de la resistencia, la poesía que emerge de las grietas del caos. Es el verso clandestino que se escribe con la tinta de la supervivencia, una promesa en el eco de la destrucción. En su soledad, se forja la epopeya de un renacimiento que desafía el silencio de la guerra, un eco que resonará en las páginas que la historia aún no ha escrito.

Jeanne Moreau

No ficción

La edad no protege del amor. Pero el amor protege de la edad. Jeanne Moreau

Jeanne Moreau (23 de enero de 1928 – 31 de julio de 2017) fue una actriz francesa, considerada como una de las más grandes actrices del cine francés. Nació en París, Francia, y desde muy joven mostró interés en el mundo del cine y del teatro.

Moreau comenzó su carrera en el cine a mediados de la década de 1950 y rápidamente se convirtió en una de las actrices más reconocidas de su generación. Ganó el premio a la mejor actriz en el Festival de Cannes por su papel en la película «Seven Days… Seven Nights» en 1960, y también recibió una nominación al Oscar por su actuación en la película «The Lovers» en 1958.

A lo largo de su carrera, Moreau trabajó con algunos de los directores más importantes del cine francés, incluyendo a Louis Malle, François Truffaut, Jean-Luc Godard y Orson Welles. También trabajó en numerosas producciones teatrales en París.

Además de su carrera en el cine y en el teatro, Moreau también incursionó en la música, cantando en varios álbumes y presentándose en conciertos en vivo.

Jeanne Moreau falleció en París en julio de 2017 a la edad de 89 años, dejando un legado como una de las grandes figuras del cine francés.

Filmografía de Jeanne Moreau:

  • Les Amants (1958)
  • Ascensor para el cadalso (1958)
  • Les liaisons dangereuses (1959)
  • Moderato Cantabile (1960)
  • Jules et Jim (1962)
  • La baie des anges (1963)
  • Viva María! (1965)
  • La mariée était en noir (1968)
  • Joanna Francesa (1973)
  • India Song (1975)
  • L’Adolescente (1979)
  • Le dernier métro (1980)
  • Querelle (1982)
  • La noche oscura (1982)
  • Carmen (1983)
  • Le Miraculé (1987)
  • Nikita (1990)
  • Map of the Human Heart (1992)
  • Beyond the Clouds (1995)
  • Ever After: A Cinderella Story (1998)
  • Cet amour-là (2001)
  • Time to Leave (2005)

Moreau también trabajó en numerosas producciones teatrales y televisivas a lo largo de su carrera.

T. S. Eliot

No ficción

Podemos tener tantas variedades de religión como nos guste, a condición de que nuestros hijos asistan a las mismas escuelas. T. S. Eliot

Nació el 26 de septiembre de 1888 en St. Louis, Misuri, Estados Unidos, pero se mudó a Inglaterra a los 25 años y se convirtió en ciudadano británico en 1927. Estudió en las universidades de Harvard, París y Oxford, y su obra se caracterizó por su complejidad, el uso de múltiples referencias culturales y la exploración de temas como la religión, la cultura y la sociedad.

Eliot es conocido por su poema «La tierra baldía» (1922), una obra cumbre de la poesía moderna que aborda la crisis de la cultura occidental después de la Primera Guerra Mundial. También escribió obras teatrales como «Asesinato en la catedral» (1935) y «Los hombres huecos» (1925).

Además de su obra literaria, Eliot fue crítico literario y editor de la revista literaria «The Criterion». Sus ensayos sobre literatura, cultura y religión fueron influyentes en la época y lo convirtieron en uno de los principales críticos literarios del siglo XX.

En 1948, recibió el Premio Nobel de Literatura por su «contribución sobresaliente y pionera a la poesía moderna». Falleció el 4 de enero de 1965 en Londres, dejando una obra literaria que ha sido reconocida como una de las más importantes del siglo XX, tales como:

«La tierra baldía» (The Waste Land): Publicada en 1922, es una de las obras más importantes de T.S. Eliot y uno de los poemas más influyentes del siglo XX. Es un poema extenso que aborda temas como la desolación, la muerte, la religión y la decadencia de la cultura occidental después de la Primera Guerra Mundial. La obra es conocida por su complejidad y la diversidad de las referencias culturales y literarias que utiliza.

«Los hombres huecos» (The Hollow Men): Publicado en 1925, es un poema que explora temas como la alienación, la muerte y la falta de significado en la vida moderna. La obra está estructurada en cinco secciones y se caracteriza por su estilo lírico y su uso de imágenes simbólicas.

«Asesinato en la catedral» (Murder in the Cathedral): Publicada en 1935, es una obra de teatro en verso que trata sobre el asesinato del arzobispo inglés Thomas Becket en la catedral de Canterbury en 1170. La obra explora temas como la lucha entre el poder secular y el religioso y la relación entre el individuo y la sociedad.

«Cuatro cuartetos» (Four Quartets): Publicados entre 1936 y 1942, son una serie de cuatro poemas largos que exploran temas como el tiempo, la memoria, la espiritualidad y la relación entre lo humano y lo divino. La obra se caracteriza por su estilo lírico y su complejidad temática y ha sido considerada una de las mejores obras de poesía del siglo XX.