El reino vacío

Poesía

Escalaba la torre Habré cuando el cobre del alba
mordía las campanas del juicio,
y mientras unos desembarcan cubiertos de sal y ceniza,
otros, en una vieja barca, se hacen a la mar
como mendigos expulsados del sueño de Dios.
Porque así ocurre siempre:
la izquierda canta filosofía
y el emperador bebe hierro, y lo escupe
y bajo los telones del mundo
la ejecución ya estaba escrita
por un ave ciega, sorda y primitiva.

María Moderno, vestida de blancas fatigosas flores,
marchaba junto a saltimbancos poseídos,
llevando en la frente la infamia del descubrimiento.
Su salud era seria como un corral incendiado,
y las prohibidas manos del pueblo
la habían hecho idolatría y suelo maravilloso.
Los jóvenes la seguían entre cantos,
tatuaré, decían, el calor de tu nombre
sobre mis huesos de prisionero.

Lejos ardía el estudio de literatura,
arrastrado por perros de hierro y dueños crueles;
allí los sabios Comeos despreciaban la timidez silvestre
de quienes aún ofrecían largos años de risa y prudencia
a cambio de una sola verdad blanca.
No obstante, el mendigo conocía más filosofía
que el alto señor sentado en pieles de triunfo.
Porque el mendigo había visto otros caminos
debajo del suelo, donde la santa duda bebe
del mismo vaso que la infamia.

Y ocurrió que el emperador tendría miedo.
Su querida ciudad, entregada y gastada,
aullaría entre pilares multicolores,
mientras los Curtirán del reino
forjaban cadenas para el ave y para el canto.
Dirán los hombres: vale más el pillaje que la ternura,
vale más el hierro que la literatura.
Pero la torre Habré responderá con fuego,
y cada piedra abrirá un ojo terrible.

Entonces yo, el tonto, el poseído,
el que bebía sombras bajo los telones,
aullaré hacia los cielos de blanca ceniza:
“Quien despreciaba la misericordia
será dueño de un reino vacío;
quien abrace la mendicidad
heredará los jardines silvestres.”

Y el mar, antiguo ejecutor de los siglos,
alzará la vieja barca hasta las estrellas,
donde María Moderno cantará todavía
con elegante furia, rasgada de hielo,
mientras los niños del futuro
arden de pie entre las ruinas
como lámparas prohibidas al cielo.

Los límites del estilo de vida dominante («¿Se acabó la fiesta?»)

No ficción

El avión desciende sobre una ciudad que podría ser cualquiera. Desde la ventanilla se distinguen las mismas avenidas rectilíneas, los mismos centros comerciales brillando como templos eléctricos, los mismos barrios cerrados que prometen seguridad y silencio. La geografía ha sido domesticada por el catálogo. El mundo, que alguna vez fue un mosaico de diferencias, empieza a parecerse a una franquicia.

El estilo de vida dominante no se impone con soldados sino con escaparates. No exige lealtad; seduce. Promete comodidad, velocidad, eficacia. Y cumple, al menos en apariencia. El agua caliente fluye al girar una llave. La comida llega antes de que el hambre madure. La distancia se reduce a una pantalla. Todo está diseñado para que el individuo no tropiece con la fricción del mundo (del resto del mundo, que no tiene esa suerte).

Pero la historia enseña que toda simplificación tiene un costo. En los márgenes de esta comodidad crece una inquietud difícil de nombrar. El sujeto contemporáneo posee más objetos que nunca y, sin embargo, habita un territorio interior cada vez más estrecho. El tiempo, que debía liberarse gracias a la tecnología, ha sido colonizado por nuevas obligaciones invisibles: responder, actualizar, producir, competir. La prisa se ha convertido en virtud moral.

En las periferias de las grandes ciudades se observan los límites materiales de este modelo. Vertederos que se expanden como desiertos artificiales. Ríos fatigados por residuos industriales. Comunidades desplazadas para que el flujo de mercancías no se interrumpa. El estilo de vida dominante necesita recursos lejanos y manos anónimas. Su pulcritud es posible porque la suciedad ha sido exportada.

Existe también un límite simbólico. Cuando todo aspira a la misma forma de éxito, la diversidad cultural se vuelve un estorbo decorativo. Las lenguas minoritarias se reducen al folclore; las tradiciones, al espectáculo. La diferencia, que antes era fuente de identidad, ahora debe justificarse en términos de rentabilidad. El mundo se llena de traducciones simultáneas y pierde matices.

El reto más profundo no es ecológico ni económico, aunque ambos sean urgentes. Es antropológico. ¿Qué tipo de ser humano produce este sistema? Uno entrenado para consumir relatos breves, para medir su valor en cifras visibles, para temer la pausa. Un individuo que confunde libertad con capacidad de elección entre productos idénticos. La paradoja es evidente: cuanto mayor es el catálogo, menor parece la sensación de sentido.

Sin embargo, en los intersticios aparecen fisuras. Movimientos que reivindican la lentitud, comunidades que experimentan formas de cooperación al margen del mercado global, jóvenes que cuestionan la ecuación entre éxito y acumulación. No son todavía alternativas consolidadas, pero sí síntomas de una conciencia que despierta. La historia no avanza en línea recta; se corrige a sí misma mediante crisis.

El estilo de vida dominante enfrenta así su prueba más severa: adaptarse sin devorarlo todo. Reconocer que el planeta no es una mina inagotable ni una bodega infinita. Admitir que la dignidad humana no puede reducirse a poder adquisitivo. Aceptar que el progreso técnico no sustituye la reflexión moral o incluso, sólo la reflexión racional.

En los aeropuertos del mundo, mientras las pantallas anuncian salidas y retrasos, millones de personas repiten rutinas casi idénticas. Parecen piezas intercambiables de una maquinaria perfecta. Pero cada una lleva consigo una biografía irrepetible, una memoria que no cabe en el molde del consumo. Tal vez el límite del estilo de vida dominante no esté en sus cifras de crecimiento, sino en esa memoria silenciosa que resiste a ser estandarizada.

La pregunta no es si el modelo colapsará mañana. Es si sabremos transformarlo antes de que su éxito lo vuelva inviable. Porque todo imperio, incluso el del confort, contiene en su interior la semilla de su desgaste. Y el mundo, obstinado en su complejidad, siempre termina desbordando los esquemas que intentan reducirlo.

«¿Se acabó la fiesta?»

Cuando alguien dice que “el modo de vida dominante ha terminado o debe terminar”, suele estar apuntando a varias cosas mezcladas. No siempre bien separadas, pero ahí están. Vamos a diseccionar el estilo de vida dominante con la frialdad de un forense.

1. Límite ecológico
El planeta no es una suscripción renovable. El modelo necesita extracción constante, transporte constante, consumo constante. Más energía, más minerales, más agua. El problema es físico: los ecosistemas tienen ritmos propios y umbrales de regeneración. Cuando se superan, no negocian. Sequías, incendios, pérdida de biodiversidad. La comodidad urbana depende de territorios invisibles que ya están exhaustos. No es ideología, es termodinámica.

2. Límite energético
El estilo de vida dominante fue diseñado con energía abundante y barata en mente. Todo fluye porque algo arde en algún lugar. La transición hacia fuentes renovables es necesaria, pero no elimina la pregunta central: ¿puede mantenerse el mismo nivel de consumo global con otra matriz energética? Cambiar la fuente no siempre cambia la escala. Y la escala es el verdadero monstruo.

3. Límite económico estructural
El sistema necesita crecimiento perpetuo para sostener empleo, deuda y expectativas. Crecer se convierte en mandato moral. Pero ningún sistema finito puede expandirse indefinidamente. Cuando el crecimiento se ralentiza, aparecen desigualdades más visibles, tensiones sociales, precarización. La riqueza se concentra; la promesa de movilidad social se debilita. El relato meritocrático empieza a sonar hueco.

4. Límite psicológico
Aquí la grieta es íntima. El individuo vive rodeado de estímulos, comparaciones, métricas. Productividad, rendimiento, imagen. El descanso se siente culpa. El silencio, amenaza. El resultado es fatiga crónica, ansiedad difusa, sensación de insuficiencia permanente. Un modelo que optimiza procesos pero erosiona la salud mental termina socavando su propia base humana.

5. Límite cultural
La homogeneización global facilita comercio y comunicación, pero empobrece matices. Cuando todas las ciudades se parecen, también lo hacen los imaginarios. La cultura se vuelve mercancía replicable. Se pierde diversidad simbólica, y con ella, distintas maneras de entender el tiempo, el éxito, la comunidad. El mundo gana eficiencia y pierde profundidad.

6. Límite político
La interdependencia económica global reduce márgenes de decisión local. Los gobiernos compiten por atraer capital; las regulaciones se suavizan; la soberanía se vuelve negociable. La ciudadanía percibe distancia entre su voto y las decisiones reales. De ahí brotan desconfianza y populismos. Un sistema que promete libertad de elección en el mercado pero reduce la influencia política genera fricción.

7. Límite antropológico
Este es el más incómodo. El modelo redefine qué significa ser humano. Valora al individuo por su capacidad de consumir, producir y exhibir. Las relaciones se instrumentalizan, el tiempo se fragmenta, la identidad se vuelve marca personal. Si la persona interior se adelgaza mientras el perfil digital se expande, algo se desequilibra. No todo puede medirse sin deformarse.

8. Límite moral
La externalización del costo crea una ceguera ética. Lo que no vemos, no cuenta. Mano de obra barata en otro continente, residuos en otra costa, algoritmos que deciden sin rostro visible. La distancia diluye responsabilidad. Pero la ética no desaparece; se acumula como deuda invisible.

El patrón es claro: el estilo de vida dominante funciona mientras sus límites permanecen diferidos, desplazados o invisibles. El problema es que los límites no desaparecen por ignorarlos. Se concentran.

Lo inquietante no es que el modelo tenga fronteras. Todo sistema las tiene. Lo inquietante es la obstinación en fingir que no existen. Y cuando una civilización convierte la negación en hábito, la realidad suele encargarse de corregirla con métodos poco amables.

No es catastrofismo. Es simple lógica histórica. Las estructuras que no se ajustan a sus límites terminan ajustadas por ellos. Y ese ajuste rara vez es elegante.

Ahora, la parte incómoda. Decir que “debe terminar” es distinto a decir que “está terminando”. Lo primero es normativo, casi moral. Lo segundo es descriptivo. Mucha gente mezcla ambos planos porque su malestar es real y necesita una narrativa de cierre.

Pero cuidado con algo. Los modos de vida rara vez “terminan” de golpe. Mutan. Se deforman. Se reciclan con otro nombre. El capitalismo industrial no murió; se volvió financiero, luego digital. La cultura del consumo no se extinguió; se volvió experiencia, luego identidad online.

Así que las razones para pensar que el modelo dominante está agotado existen. Bastantes. Las razones para creer que desaparecerá limpiamente y dará paso a algo más justo por pura lógica histórica… son más optimistas que la historia misma.

El mundo no cambia porque “deba”. Cambia cuando mantener lo viejo resulta más desadaptado que inventar otra cosa más viable (o definitivamente inviable). Y ahí, curiosamente, el resentimiento («¿se acabó la fiesta?») suele ser el primer síntoma, no la solución.

Los límites dejan de ser metáfora cuando aparecen en estadísticas incómodas.

Por poner algunos ejemplos significativos que corroboran todo esto que estamos diciendo:

1. Límite ecológico

  • Según el Global Footprint Network, la humanidad utiliza cada año el equivalente a 1,7 planetas Tierra para sostener su nivel de consumo. Es decir, vivimos a crédito ecológico.
  • El año más caluroso registrado fue 2023, con una temperatura media global aproximadamente 1,45 °C por encima de la era preindustrial, según la Organización Meteorológica Mundial. El margen de seguridad de 1,5 °C ya no es una línea teórica; es una línea temblorosa.
  • El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente estima que el mundo genera más de 400 millones de toneladas de plástico al año, y menos del 10 por ciento se recicla.

La comodidad produce residuos con una disciplina admirable.

2. Límite energético

  • La Agencia Internacional de la Energía reporta que alrededor del 80 por ciento del consumo energético mundial sigue dependiendo de combustibles fósiles.
  • Incluso con el crecimiento récord de renovables en 2023, la demanda global de energía también creció. Traducido: instalamos paneles solares, sí, pero también quemamos más.

Cambiar la fuente no ha reducido el apetito.

3. Límite económico

  • El Banco Mundial señala que el crecimiento global se ha desacelerado respecto a décadas anteriores, mientras la deuda mundial supera ampliamente el PIB global.
  • Según Oxfam, el 1 por ciento más rico posee más riqueza que el 95 por ciento de la población mundial. La promesa de prosperidad compartida tiene grietas estadísticas.

El sistema necesita crecer; la distribución no acompaña.

4. Límite psicológico

  • La Organización Mundial de la Salud estima que más de 280 millones de personas viven con depresión en el mundo.
  • Tras la pandemia, los trastornos de ansiedad y depresión aumentaron alrededor de un 25 por ciento a nivel global.

La hiperconexión no ha traído serenidad colectiva.

5. Límite material de recursos

  • El International Resource Panel calcula que la extracción global de materiales se ha triplicado desde 1970, superando las 100 mil millones de toneladas anuales.
  • Menos del 10 por ciento de la economía mundial es circular. El resto sigue el viejo esquema: extraer, producir, desechar.

La eficiencia no ha eliminado el desperdicio; lo ha acelerado.

6. Límite climático-social

  • El Internal Displacement Monitoring Centre reporta decenas de millones de desplazamientos internos cada año, muchos asociados a desastres climáticos extremos.
  • Las olas de calor, según datos compilados por la Organización Meteorológica Mundial, son más frecuentes e intensas que hace medio siglo.

El clima ya no es telón de fondo; es actor principal.

Los datos no gritan, pero pesan. No son consignas; son contabilidad acumulada. Muestran que el estilo de vida dominante no está en colapso inmediato, pero sí en tensión estructural.

Lo inquietante es que el sistema sigue funcionando. Supermercados llenos, vuelos despegando, pantallas encendidas. La normalidad es persuasiva. Sin embargo, bajo esa normalidad se apilan cifras que no encajan con la idea de crecimiento infinito.

Las civilizaciones no caen cuando sienten el límite. Caen cuando lo conocen y deciden ignorarlo. Aquí los números están sobre la mesa. No son apocalípticos. Son suficientes. Pero, ¿Quién está dispuesto a renunciar?

Consecuencias sociales y económicas de la gestión del agua y la energía

No ficción

Las tuberías no son solo tuberías. Bajo la tierra cargan historia, poder y miedo. Allí donde el agua fluye sin ruido, también circulan jerarquías invisibles. Allí donde la energía ilumina una ciudad, también dibuja sus sombras.

Durante décadas, los gobiernos hablaron del agua y la energía como si fueran cuestiones técnicas: presas, centrales, kilovatios, metros cúbicos. Pero basta caminar por un barrio sin suministro estable para entender que la gestión de estos recursos es, en realidad, una forma de organizar la sociedad. Decidir quién abre el grifo y quién espera con un bidón. Quién enciende la calefacción y quién aprende a dormir con frío.

En muchas regiones, la expansión energética prometió modernidad. Llegaron las líneas eléctricas, las carreteras, las plantas industriales. La primera consecuencia visible fue el crecimiento económico. Fábricas abiertas, empleo temporal, mercados nuevos. La electricidad alargó las jornadas productivas y permitió mecanizar tareas que durante siglos dependieron de la fuerza humana o animal.

Pero la segunda consecuencia, más lenta y más profunda, fue social. Allí donde llega la energía, también llega la desigualdad si su distribución es irregular. Un distrito iluminado junto a otro oscuro no es solo una diferencia técnica: es una frontera simbólica. El barrio con energía continua desarrolla negocios nocturnos, comercio digital, educación conectada. El barrio con cortes frecuentes se vuelve más frágil, más informal, más dependiente.

El agua sigue un patrón parecido, aunque más antiguo y más brutal. Las sociedades agrícolas se organizaron históricamente alrededor de canales, ríos y pozos. Controlar el agua era controlar la supervivencia. Hoy, en las ciudades modernas, el conflicto ya no es visible en forma de acequias disputadas con palas, pero sigue existiendo en tarifas, concesiones y privatizaciones.

Cuando el agua se gestiona mal, las consecuencias económicas aparecen primero en la salud pública. Enfermedades transmitidas por agua contaminada reducen la productividad, saturan hospitales, empujan familias enteras a ciclos de pobreza médica. Después llega el impacto educativo: niños que dedican horas a transportar agua faltan a la escuela. A largo plazo, una mala gestión hídrica se convierte en una fábrica silenciosa de desigualdad estructural.

La energía, en cambio, define la velocidad del desarrollo. Una región con energía estable puede atraer industria tecnológica, manufactura avanzada, centros logísticos. Una región sin ella queda atrapada en economías de baja productividad. Así, el mapa energético termina siendo también un mapa de oportunidades vitales.

Existe otra consecuencia menos visible: la política. El agua y la energía crean dependencias. Quien controla la infraestructura controla el ritmo de la vida cotidiana. Los cortes selectivos, las subidas tarifarias, las concesiones opacas pueden convertirse en herramientas de presión social o política. No siempre ocurre de forma explícita. A veces basta con la amenaza implícita de escasez.

Sin embargo, también hay historias inversas. Cuando la gestión es equitativa y sostenible, el efecto social es casi inmediato. El acceso universal al agua potable reduce conflictos locales, mejora la salud y libera tiempo para la educación y el trabajo. La energía estable permite digitalización, innovación, emprendimiento. El desarrollo deja de ser un privilegio geográfico y empieza a ser una posibilidad colectiva.

El siglo XXI ha añadido una capa nueva a este problema: el clima. Sequías más largas, eventos extremos más frecuentes, redes energéticas sometidas a picos de demanda. Esto convierte la gestión del agua y la energía en una cuestión de resiliencia social. No se trata solo de producir más, sino de resistir mejor.

Al final, cada red de tuberías y cada cable eléctrico son una especie de autobiografía de una sociedad. Revelan qué decidió proteger, qué decidió sacrificar y qué grupos quedaron fuera del diseño original.

Porque el progreso no se mide solo en megavatios o embalses llenos. Se mide en cuántas personas pueden vivir sin miedo a que, mañana, el agua deje de correr o la luz deje de encenderse. Y en ese punto, la ingeniería deja de ser técnica y se convierte en destino social.

Lo último en Inteligencia Artificial ¿Funciona?

No ficción

Un análisis exhaustivo, condensado (y sin filtros de mercadotecnia) de lo que realmente está pasando ahora (enero de 2026) en inteligencia artificial. Spoiler: no todo es magia; hay avances técnicos, peleas corporativas, bombas ambientales y dilemas éticos que nadie sabe resolver del todo, según nuestras fuentes:

1) Mercado y competencia: guerra fría tecnológica

Meta acaba de estrenar modelos internos avanzados en su nueva división de IA, como parte de un esfuerzo por recuperar relevancia frente a rivales como OpenAI, Google y Anthropic. Los nombres curiosos (Avocado, Mango) no importan tanto como la tendencia: todos están en caballo de combate por el próximo salto en capacidades y productos.

OpenAI no está tomando té y galletitas. Se está expandiendo en alianzas con gigantes, integrando IA en servicios empresariales, telecomunicaciones y finanzas, y hasta pensando en hardware. Todo esto gira en torno a un objetivo brutal: no quedarse atrás mientras otros construyen —y monetizan— IA de próxima generación.

Tendencia de mercado importante: startups que no compiten con GPT o Gemini, sino que ofrecen modelos personalizados usando datos de empresas para reducir errores (“hallucinations”) y cumplir con regulaciones. Ese segundo nivel de la pila tecnológica está recibiendo mucha atención.

2) Dónde está la IA de verdad (más allá de marketing)

Varios análisis de tendencias para 2026 coinciden en tres áreas concretas donde la IA no solo promete sino que está progresando:

a) IA en descubrimiento científico
Los sistemas inteligentes ya no solo responden preguntas. Van a generar hipótesis, diseñar experimentos y formar parte del proceso de investigación real en física, química y biología. Si funciona, esto acelera la ciencia a ritmos que los métodos tradicionales no pueden sostener.

b) Multimodalidad generalizada
Modelos que entienden y razonan no solo con texto, sino con imágenes, voz y video al mismo tiempo, se están convirtiendo en la norma para interfaces de búsqueda y colaboración humano–máquina.

c) Infraestructura inteligente y eficiente
El foco dejó de ser solo “más grande” (más GPU, más FLOPS) para pasar a más inteligente y distribuido: redes de cómputo más densas, sistemas globales interconectados y optimización fina de recursos.

3) Aplicaciones reales que ya están pasando de laboratorio a tu vida

Se anticipa un salto significativo en:

Salud: IA capaz de diagnosticar enfermedades con precisión clínica y ayudar en toma de decisiones médicas. Esto empieza a cruzar la frontera entre investigación y uso cotidiano en hospitales.

Consumo e interacción diaria: Integraciones de IA con correo, televisión, dispositivos hogareños y asistentes visuales ya están ocurriendo (p.ej. Gemini en Gmail o Vision AI de Samsung).

Sectores económicos tradicionales: agricultura, vitivinicultura, logística, manufactura y más están usando IA para optimizar procesos. Estos casos no siempre aparecen en portada, pero están ocurriendo.

4) Problemas gigantes que nadie ha resuelto

a) Regulación y seguridad
No hay reglas globales claras. Hay avances en regulaciones estatales y alianzas estratégicas entre países para investigación responsable, pero sigue siendo el “salvaje oeste” con demandas, leyes diversas y una carrera diplomática por dominar la IA antes de que dominemos a la IA.

b) Veracidad y desinformación
Más del 80-90 % del contenido online podría ser generado por IA pronto. Eso diluye la autenticidad y genera un nuevo tipo de crisis epistemológica: ¿qué es real si la mayoría del contenido está fabricado?

c) Energía y sostenibilidad
Los modelos gigantes devoran electricidad. A menos que rediseñemos centros de datos y usemos fuentes sostenibles, la huella energética de la IA podría convertirse en un cuello de botella ecológico.

d) Empleo y equidad
No solo hay optimismo de que IA creará empleos; también se calcula que puede sustituir roles a gran escala y cambiar la estructura de trabajo, especialmente en tareas rutinarias. Eso exige políticas laborales proactivas que todavía no existen.

5) El reto filosófico real

No es solo si las máquinas “piensan”. El reto profundo es cómo la humanidad mantiene el control, decide qué es valioso y regula la frontera entre autonomía automatizada y responsabilidad humana. Eso no se logra con mejoras de hardware o más datos. Se logra con filosofía, leyes, ética y decisiones colectivas. Y eso siempre es más lento que las iteraciones de código.

PERO… ¿FUNCIONA DE VERDAD LA IA?

Vamos a ser útiles de verdad, no a repetir notas de prensa disfrazadas de análisis. Esto es, qué está funcionando en IA ahora mismo, qué no, y por qué, bajado a nivel técnico pero sin convertirlo en un paper ilegible.


1. Modelos base: el mito del “más grande es mejor” ya murió

Qué está pasando

  • El escalado bruto (más parámetros, más datos, más GPUs) ya no da saltos proporcionales.
  • Los modelos frontier siguen mejorando, sí, pero a coste energético, económico y de latencia absurdos.

Avances reales

  • Modelos más pequeños afinados superan a gigantes en tareas específicas.
  • Uso masivo de:
    • Fine-tuning con datos propios
    • LoRA / QLoRA
    • Mixture of Experts (MoE) bien implementados
  • El foco pasó de capacidad general a capacidad útil.

Qué NO funciona

  • Entrenar un LLM desde cero sin:
    • capital obsceno
    • acceso a hardware prioritario
    • datos limpios a escala
      Eso es quemar dinero con estilo.

Conclusión
El futuro inmediato no es GPT-X. Es modelos adaptados, conectados y supervisados.


2. RAG (Retrieval-Augmented Generation): la columna vertebral silenciosa

Qué es de verdad

RAG no es un truco. Es la única forma práctica de usar IA en entornos reales.

Qué está funcionando

  • Vector databases maduras (FAISS, Milvus, Weaviate, etc.).
  • Pipelines donde:
    1. El modelo NO confía en su memoria
    2. Busca contexto actualizado
    3. Responde citando fuentes internas

Esto reduce:

  • alucinaciones
  • errores legales
  • respuestas inútiles

Problemas abiertos

  • Latencia.
  • Mala indexación semántica.
  • Datos basura entran → respuestas basura salen.

Regla básica
Si tu sistema no tiene RAG o algo equivalente, no es serio.


3. Agentes autónomos: hype, pero con un núcleo útil

La fantasía

“Agentes que trabajan solos, se coordinan, aprenden y ejecutan tareas complejas”.

No. Todavía no.

La realidad útil

  • Agentes semi-autónomos con:
    • objetivos claros
    • límites estrictos
    • supervisión humana
  • Muy buenos para:
    • análisis iterativo
    • planificación
    • descomposición de tareas
    • workflows empresariales

Lo que falla

  • Bucles infinitos.
  • Toma de decisiones errática.
  • Costes de cómputo impredecibles.

Conclusión
Los agentes funcionan como empleados junior muy literales.
Dejarlos solos es mala idea. Como a muchos humanos, sinceramente.


4. Multimodalidad: aquí sí hay salto cualitativo

Qué cambió

Los modelos ahora razonan entre modalidades, no solo las reconocen.

Ejemplos reales:

  • Imagen + texto → diagnóstico médico asistido.
  • Video + audio → análisis de comportamiento.
  • Documento + gráficos → decisiones financieras.

Qué funciona bien

  • Visión + lenguaje.
  • OCR + razonamiento.
  • Audio para transcripción y análisis semántico.

Qué aún es flojo

  • Video largo.
  • Contextos espaciales complejos.
  • Causalidad física real.

Pero esto sí es un avance estructural, no cosmético.


5. Evaluación: el mayor agujero negro del sector

Problema crítico

Los benchmarks clásicos están contaminados o superados.

  • Los modelos ya “se saben” los tests.
  • Métricas automáticas no reflejan utilidad real.

Qué se está haciendo

  • Evaluaciones humanas.
  • Tareas abiertas.
  • Medición por impacto en procesos reales.

Lo que falta

Un estándar universal de calidad, seguridad y confiabilidad.

Ahora mismo:

  • cada empresa mide lo que le conviene
  • nadie quiere números comparables

6. Seguridad y alineamiento: progreso lento pero real

Avances

  • Mejor control de outputs peligrosos.
  • Filtrado contextual más fino.
  • Entrenamiento con feedback humano más sofisticado.

Problemas sin resolver

  • Prompt injection sigue siendo un desastre.
  • Modelos siguen siendo manipulables.
  • No hay garantías formales fuertes.

La IA no es segura por diseño, es segura por capas frágiles. Importante diferencia.


7. Energía y hardware: el cuello de botella silencioso

Hechos incómodos

  • El coste energético es real.
  • Los data centers están al límite.
  • El acceso a GPUs decide quién innova.

Qué se mueve

  • Chips especializados.
  • Inferencia optimizada.
  • Edge computing para tareas simples.

Pero sin cambios estructurales, esto limita la velocidad del progreso.


8. La frontera real (lo que viene en 12–24 meses)

No AGI. Tranquilidad.

Lo que sí viene:

  • IA integrada en procesos críticos.
  • Sistemas híbridos humano-IA.
  • Menos “chat”, más acción controlada.
  • Regulación que empieza a doler.

La ventaja no será el mejor modelo.
Será el sistema mejor diseñado alrededor del modelo.


Resumen brutal y honesto

  • La IA ya es útil, pero solo si se usa con cabeza.
  • El hype sigue exagerando capacidades.
  • El progreso real está en ingeniería, no en marketing.
  • El límite no es la inteligencia artificial.
  • El límite es la inteligencia humana organizando sistemas complejos.

Si quieres, el siguiente nivel es:

  • arquitectura completa de un sistema IA serio
  • casos reales donde falla
  • o desmontar mitos concretos que te estén vendiendo

Eso ya es cirugía, no divulgación.

Una arquitectura completa de un sistema IA serio

Bien. Dejamos el PowerPoint y entramos en arquitectura real.
Esto es cómo se diseña un sistema de IA serio, de los que funcionan en producción y no colapsan el lunes a las 9:05. No hay magia. Hay capas, límites y paranoia bien distribuida.


0. Principio rector (si fallas aquí, todo falla)

El modelo NO es el sistema.
Es un componente caro, inestable y propenso a inventarse cosas.

Diseñamos alrededor de eso.


1. Capa de entrada (Input & Control)

Función

  • Recibir solicitudes.
  • Validar formato, permisos y contexto.
  • Decidir si la IA debe intervenir o no.

Componentes

  • API Gateway.
  • Autenticación y autorización.
  • Rate limiting.
  • Normalización del input.

Clave

Muchos sistemas serios bloquean inputs ambiguos o maliciosos antes de que lleguen al modelo.

Menos IA = más fiabilidad.


2. Orquestador (el cerebro aburrido)

Función

  • Decide el flujo.
  • Descompone tareas.
  • Llama a herramientas, bases de datos o modelos.

Qué hace de verdad

  • “¿Esto es búsqueda?”
  • “¿Esto requiere razonamiento?”
  • “¿Hay datos suficientes?”
  • “¿Necesito humano en el loop?”

Tecnologías típicas

  • Workflows declarativos.
  • Estado explícito.
  • Reglas duras + heurísticas simples.

Importante
Aquí NO hay creatividad. Hay control.


3. Capa de contexto y conocimiento (RAG bien hecho)

Componentes

  • Bases vectoriales.
  • Bases relacionales.
  • Document stores.
  • Versionado de conocimiento.

Flujo

  1. El sistema busca información relevante.
  2. Filtra por:
    • permisos
    • actualidad
    • calidad
  3. Construye un contexto compacto.
  4. Se lo pasa al modelo.

Regla de oro

El modelo nunca “recuerda”.
Siempre consulta.

Si no puedes rastrear de dónde sale una respuesta, es inaceptable.


4. Capa de modelos (sí, aquí va el LLM)

Qué incluye

  • Uno o varios modelos.
  • Diferentes tamaños y costes.
  • Routing inteligente.

Ejemplo

  • Modelo pequeño para clasificación.
  • Modelo mediano para resumen.
  • Modelo grande solo para razonamiento complejo.

Estrategia clave

Cost-aware inference
No usas un martillo hidráulico para clavar un alfiler.


5. Agentes y herramientas (acción controlada)

Qué son

  • Agentes con objetivos limitados.
  • Acceso a herramientas explícitas.

Qué pueden hacer

  • Consultar APIs.
  • Ejecutar cálculos.
  • Escribir borradores.
  • Proponer acciones.

Qué NO pueden hacer

  • Tomar decisiones finales críticas.
  • Ejecutar cambios irreversibles sin validación.

Aquí la IA propone, el sistema decide.


6. Validación y verificación (la capa que todos olvidan)

Funciones

  • Chequeos automáticos:
    • consistencia
    • formato
    • reglas de negocio
  • Detección de alucinaciones.
  • Comparación contra fuentes.

Técnicas

  • Modelos secundarios verificadores.
  • Reglas duras.
  • Thresholds de confianza.

Si no pasa validación, no sale.
Da igual lo convincente que suene.


7. Human-in-the-loop (porque seguimos siendo necesarios)

Cuándo entra el humano

  • Baja confianza.
  • Alto impacto.
  • Casos nuevos.
  • Decisiones legales, médicas, financieras.

Cómo entra

  • Revisión.
  • Corrección.
  • Feedback estructurado.

Ese feedback vuelve al sistema para:

  • ajustar prompts
  • mejorar RAG
  • refinar reglas

Esto es aprendizaje real, no magia.


8. Observabilidad y auditoría

Qué se mide

  • Inputs.
  • Contextos usados.
  • Outputs.
  • Decisiones.
  • Costes.
  • Errores.

Por qué importa

  • Cumplimiento legal.
  • Mejora continua.
  • Post-mortems cuando algo falla.

Si no puedes explicar por qué el sistema respondió algo, no es aceptable en producción.


9. Seguridad transversal (en todas las capas)

Amenazas reales

  • Prompt injection.
  • Data leakage.
  • Escalada de permisos.
  • Abuso automatizado.

Contramedidas

  • Sandboxing.
  • Separación de contextos.
  • Sanitización.
  • Tests adversariales continuos.

La seguridad no es una feature. Es un estado mental permanente.


10. Ciclo de vida y evolución

Un sistema serio:

  • Versiona modelos.
  • Versiona datos.
  • Versiona prompts.
  • Prueba cambios gradualmente.

Nada se despliega “a lo loco”.
Eso es para startups con VC y poco que perder.


Arquitectura resumida (en texto, no dibujitos)

Usuario
 ↓
Control de entrada
 ↓
Orquestador
 ↓
Contexto (RAG)
 ↓
Modelo(s)
 ↓
Agentes / Herramientas
 ↓
Validación
 ↓
Humano (si aplica)
 ↓
Salida

Todo monitoreado. Todo auditable. Todo con frenos.


Verdad incómoda final

Un sistema IA serio:

  • Tiene más ingeniería clásica que IA.
  • Gasta más tiempo en control que en creatividad.
  • Confía menos en el modelo que en el diseño.

Eso lo hace aburrido. Eso lo hace fiable.

En la piel del relato

No ficción

Hoy el sol no ha bastado para calmar al mundo. Las noticias de hoy llegan como fragmentos de un mosaico quebrado, donde cada grieta sangra resignación, esperanza y urgencia. Trato de recomponerlo en una crónica —no exacta— con algo del eco en que el corresponsal no solo relate hechos, sino una piel que observa, siente y se resiste.


España se detiene —y camina— en la protesta

España se levanta esta mañana con una huelga general convocada por múltiples sindicatos y organizaciones estudiantiles en solidaridad con el pueblo palestino, y como rechazo a la persistencia del conflicto pese al armisticio inicial.

La movilización no es sólo contra bombas: es contra el silencio, la omisión, la complicidad que sienten los convocantes detrás de las mesas diplomáticas. Las interrupciones serán parciales a lo largo del día —turnos de dos horas para trabajadores— junto con paros estudiantiles de 24 horas. 
En Madrid, las marchas saldrán desde Atocha hacia Sol, a mediodía y también a las 7 de la tarde. 
No será un paro vacío: los sectores mínimos (salud, servicios de emergencia) garantizarán atención, pero la ciudad respirará la tensión de quienes actúan.

Este día de huelga habla también de un país fracturado: la voz que protesta contra una guerra lejana es la misma que cuestiona sus silencios internos.


Washington contra Madrid: amenazas en nombre de la Alianza

Donald Trump no baja el tono. Esta madrugada volvió a aludir a la posibilidad de imponer aranceles a España como castigo por no cumplir con la meta del 5 % del PIB en gasto militar para la OTAN. 
No es sólo una amenaza comercial: es un recordatorio de dependencia política e imposición. “Puede que haya que castigarlos”, dijo —palabras que quemarán los papeles diplomáticos y harán latir la soberanía como herida. 
La explicación oficial de Madrid —que cumple sus “capacidades operativas” aunque no alcance ese porcentaje rígido— suena esta vez como escudo frente al vendaval.

Este cruce recuerda que las alianzas no son fraternidades: son equilibrios que aceptan puños discretos sin encubrimiento.


En Gaza: armisticio que no calma los fantasmas

El cese del fuego firmado hace días se tambalea entre acusaciones mutuas. Hamas acusa a Israel de violar los términos y anuncia que no tolerará más transgresiones de control interno, enfrentándose a los llamados “colaboradores” y saqueadores. 
Desde Israel, informan de ataques sobre quienes cruzan líneas del acuerdo, justificando que no respondieron a llamadas de advertencia. 
El pacto, gestado en Sharm el-Sheikh bajo auspicios diplomáticos, fue un paso tácito hacia la paz —pero esa paz vive de promesas no cumplidas. 
La tregua no ha sido mansa: el polvo aún se posa sobre cadáveres que esperan ser evacuados, y las ciudades en ruinas callan historias que no caben en informes oficiales.


Mercados, crudo y tibios augurios

El precio del petróleo baja hoy bajo nubes de excedente y tensiones comerciales renovadas entre EE.UU. y China. 
Brent retrocedió 0,21 USD hasta 62,18 USD por barril; el West Texas Intermediate cayó 0,16 USD hasta 58,54 USD. 
Se anticipa un eventual exceso de producción de 4 millones de barriles diarios para 2026, según informes de la Agencia Internacional de la Energía. 
Los mercados globales reaccionan: las señales de posibles recortes de tasas en EE.UU. reavivan el optimismo limitado, mientras la guerra comercial reduce apetito por riesgos. 
El dólar sufre: la expectativa de recortes pesa más que la ausencia de datos oficiales por el cierre parcial del gobierno estadounidense.

Un mundo que se mide en precios y anticipos, donde el mañana ya tiene valor especulativo.


Asia llama la atención: sanciones cruzadas

China impuso sanciones contra filiales estadounidenses del gigante naval surcoreano Hanwha, como advertencia política más que como golpe inmediato. 
Las medidas llegan en medio del pulso comercial global: tasas portuarias nuevas, controles estratégicos, amenazas de ruptura.
Mientras, Corea del Sur enviará altos funcionarios a EE.UU. para negociar tarifas y buscar alivios diplomáticos. 
Estas maniobras no son vestigios locales: son piezas de un tablero donde cada sanción lanza ondas hacia otros territorios.


Ecos alemanes: mirar al Sur

Desde Berlín emerge un enfoque estratégico: redefinir la política hacia África. Una iniciativa empresarial reclama que la relación no sea solo extractiva, sino asociativa, con acuerdos vinculantes sobre materias primas. Umm…
La urgencia no es moral, sino económica: Alemania, dependiente de minerales tecnológicos, ve en el Sur una palanca para diversificar. El proyecto sugiere que quien domina el comercio del mañana ordenará también los pactos del presente.


En la piel del relato

Hoy redacto esto sabiendo que el corresponsal caminante no informa desde un pedestal: pisa charcos, esquiva vidrios, recoge cenizas. Cada noticia es un fragmento de una geografía que sangra: una huelga que exige presencia, un país bajo presión externa, una guerra que no se apaga con firmas, mercados que temblorosos calculan futuro, sanciones lejanas pero con reflejo en nuestras vidas.

No basta decir lo que sucede: hay que sentir cómo los bordes del mundo tiemblan al contacto de las noticias. Tal vez mañana muchas de estas líneas sean criticadas, descartadas u olvidadas. Pero algo del pulso quedará: que un día como hoy alguien intentó urdir con palabras el tejido herido de nuestro tiempo.

Calle Ballesta

Ficción

CALLE BALLESTA ESQUINA A DESENGAÑO (C/BED)

Tres ejecutivos en viaje de negocios, dos rubias rellenitas, una oriental vendiendo flores, un calvo orondo y sonriente, un señor de mediana edad con aspecto de lobo de mar, dos camareras con cofia y delantal, un tipo con la cara cruda, un pedigüeño, un poeta de mesa y pasacalles, un extraviado o un curioso con cartapacios y carpetas, un sherlock holmes vestido de travesti coqueteando con un watson engominado, una pareja de maduros abuelitos, un banquero estirado y barrigudo de ciento quince kilos discutiendo con un yonki torcido, desdentado y flaco de cuarenta y siete, “Rompetechos” con su mono blanco manchado de pintura, un cocinero chino con un cuchillo… y el barman, ¿con cara de aburrido?

No, no era aburrimiento, era una especie de espera atenta, como si el barman supiera que algo estaba a punto de suceder y él fuera el único en el local que conocía el guion.

El murmullo se mezclaba con el tintinear de los vasos y el humo espeso de los cigarrillos, que parecía enroscarse sobre las cabezas como si también quisiera escuchar. Afuera llovía con pereza, y el neón de un cartel intermitente se filtraba por la puerta giratoria, bañando la escena de un rojo intermitente, casi sanguíneo.

La oriental de las flores ofrecía jazmines al banquero y al yonki como si pudiera cerrar su discusión con aroma. El poeta, encorvado sobre una servilleta, escribía con letra furiosa, quizás retratando a todos. El “Sherlock” travestido lanzaba carcajadas agudas que hacían vibrar las copas. El calvo orondo, sin motivo aparente, aplaudía a destiempo.

Y el barman, con un trapo colgando de la mano, miraba de reojo hacia la puerta. Sabía que, en menos de un minuto, entraría la pieza que faltaba para completar aquel rompecabezas humano… y que entonces el local, de pronto, dejaría de ser un simple bar.

Entonces, como obedeciendo a una señal invisible, la puerta dio media vuelta y dejó entrar una ráfaga de aire frío.

No fue solo el viento lo que hizo callar al banquero y al yonki, ni lo que hizo que las rubias dejaran de reír y que el poeta se quedara con la pluma suspendida en el aire: fue la mujer que apareció envuelta en un abrigo largo, gris ceniza, con el cuello subido y un sombrero diminuto que apenas dejaba ver sus ojos.

No llevaba prisa, pero caminaba como si tuviera que atravesar un campo minado. En la mano derecha, un maletín de cuero negro; en la izquierda, un sobre blanco, grueso, con una esquina húmeda por la lluvia.

El barman se enderezó. El “Sherlock” travesti dejó caer un guiño y el “Watson” se mordió el labio. El cocinero chino aferró su cuchillo un poco más fuerte.

Ella avanzó hasta la barra, dejó el maletín sobre el taburete vacío y dijo, con voz tan baja que todos tuvieron que inclinarse un poco para oír:

—Se acabó el tiempo.

En ese instante, el neón de afuera dejó de parpadear y el silencio se volvió tan denso que hasta el humo parecía detenerse a escuchar.

El sobre blanco quedó sobre la barra como un animal dormido. El barman lo miró, luego miró a la mujer, y sin pronunciar palabra lo empujó hacia el poeta.

El poeta, sorprendido, dejó la pluma y lo tomó con manos temblorosas. Lo abrió. Adentro había una única fotografía: una instantánea en blanco y negro de todos los presentes en el bar, reunidos en la misma disposición exacta en que se encontraban en ese momento. Solo que en la foto, todos tenían los ojos cerrados y la piel pálida, casi ceniza.

Alguien rió, nervioso —tal vez el calvo orondo—, pero la risa se quebró como cristal. La puerta giratoria giró otra vez, aunque nadie la había tocado, y la ráfaga de aire helado apagó tres lámparas al fondo.

El “Sherlock” travesti murmuró algo a su “Watson” y se levantó, pero antes de dar un paso, el cuchillo del cocinero chino salió disparado de su mano, como si una fuerza invisible lo hubiera arrojado. El filo se clavó en la pared, justo donde un instante antes estaba su cabeza.

Y entonces, uno a uno, los presentes comenzaron a desplomarse. Sin gritos, sin forcejeos. Solo un suspiro breve, un derrumbe blando sobre mesas y sillas. El banquero, el yonki, las rubias, el poeta, el pedigüeño… todos cayendo como si una cuerda invisible se hubiera cortado.

La mujer del abrigo gris recogió la fotografía, la guardó en el maletín y lo cerró con un chasquido seco. Se volvió hacia el barman, que seguía en pie, inmóvil, con el trapo colgando de la mano.

—Tú lo sabías —dijo ella, sin rabia ni sorpresa.

El barman asintió. Su rostro, ahora sí, estaba vacío de toda expresión.

Ella salió por la puerta, y el neón, como obedeciendo, volvió a encenderse. Afuera la lluvia había cesado. Adentro, el silencio era absoluto.

El barman sirvió un último trago, lo dejó frente a una silla vacía, y susurró:

—Salud, hasta la próxima.

Y bebió.

Felipe Juan Lainez Cansino

Ficción

Me llamo Juan, pero en el barrio me dicen Perro Juan. No porque ladre ni muerda —aunque eso también—, sino porque siempre ando con el hocico metido donde no me llaman, oliendo culos literarios y lamiendo frases como si fueran pezones calientes. Soy un perro flaco, vicioso y con biblioteca. Imagínate el asco. En esta ciudad eso no se perdona.

Desayuno con Nietzsche, almuerzo con Faulkner y ceno con Lezama Lima, aunque no tenga arroz ni Paradiso. En la alacena tengo más libros que comida, y en la cama más cadáveres que novias. Algunos creen que eso me vuelve interesante. Son imbéciles. Lo que soy es un mal polvo con buena retórica. Eso es todo. O eso creo.

Jueves. El orgasmo metafísico de Madame Bovary.

La historia comienza —como todas las buenas historias— con una mujer con olor a tragedia. Se llamaba Nora o Emma o Solange, no sé, pero yo le decía “Madame Bovary”, no por amor, sino por costumbre. Cada vez que una mujer se me mete debajo, le pongo el nombre de alguna muerta célebre. Así me excito más.

Esa noche ella vino buscando abrigo y le ofrecí una novela de Duras y una toalla húmeda. Me preguntó si tenía vino, y le di un vaso de ron con media aspirina disuelta y otras pirulas caducadas, de amables y generosos turistas.

—Esto sabe a mierda —dijo.

—Exactamente —le respondí—. Así sabían las palabras de Anaïs Nin cuando la censuraron.

Nos fuimos al colchón como dos náufragos sabiendo que el mar estaba podrido, revuelto de sargazos. Ella me montó como quien busca redención pero encuentra filosofía de la dura. En el medio del polvo, me pidió que recitara algo de Rimbaud. Se lo grité en francés mientras ella gemía como una heroína rusa:

Je est un autre, perra! —y la nalgueé con un ejemplar viejo de El segundo sexo de Beauvoir. No apreció la gentileza.

Después del sexo me preguntó por qué no tenía sábanas. Le dije que ya no tenía fe en nada que no se manchara. Ella se puso a llorar. Me dijo que estaba cansada de ser personaje secundario en todas las novelas de los hombres que le abrían las piernas. Le respondí que nadie la obligaba a leerme. Ni tampoco a Beauvoir. Ella encendió un cigarro, me escupió en el pecho y dijo:

—Eres una contradicción con patas.

Y yo:

—No. Soy un ensayo sin tesis.

Durmió encima de mis libros. Literalmente. Tenía el culo sobre Cortázar y los muslos hundidos en Bolaño. Al despertar me robó un ejemplar de Crimen y castigo y un encendedor sin gas. No me molestó. Sabía que no lo iba a leer ni encender.

Me fui a caminar por el Vedado, sin un zapato y con el corazón colgando como una medalla vieja. Me senté en el muro, con el culo frío y el alma tibia, y leí unas líneas de Cioran que me sabían a semen seco: «La lucidez es el infierno de lo viviente.»

Volví a casa y encontré el cuarto desordenado. Olía a humedad, desesperanza y clítoris. Sobre la mesa, ella me había dejado una nota escrita con tinta roja: “Nunca aprendiste a querer sin comillas.”

La guardé en el lomo hueco de un libro de Sartre. Era la crítica literaria más honesta que me habían escrito en años.

Viernes. Las jineteras tropicales del Hotel Nacional.

Esa tarde bajé sin rumbo, con el estómago lleno de humo y la entrepierna palpitando con un entusiasmo que ya no se justificaba. Había leído tres páginas de Los sonetos a Orfeo y me sentía listo para cualquier derrota elegante. Me eché a andar con una camisa sin botones, los zapatos sin suela y el alma sin aspiraciones, ni siquiera ilegítimas. Terminé, como siempre, frente al Hotel Nacional. Ese mausoleo tropical donde los fantasmas cobran en dólares.

Ahí estaban ellas. Las cuatro carros. Paradas como esfinges en la sombra de las palmas. Las jineteras. Las diosas sucias del turismo espiritual. Todas con piernas como signos de interrogación, tetas perfectas de silicona imaginaria y ojos como citas a pie de página que nadie revisa. Se llamaban, según el orden en que me clavaron la mirada: Yailén, Lulú, Claudia y la otra carro. La otra nunca me dijo su nombre. Mejor así. Las mujeres y los hombres sin nombre te joden menos la memoria.

Me acerqué sin miedo. Ellas olieron la literatura en mis bolsillos. Lulú me dijo:

—¿Tú no eres escritol, mi amol?

—No, peor —respondí—: soy lector con úlcera.

Rieron. Les gusta cuando un hombre no quiere convencerlas de nada. Les ofrecí cigarros sin filtro y una botella de ron con sabor a epígrafe y hada verde. Hablamos del amor, de la humedad vaginal y yo de los poetas franceses Verlaine, Rimbaud, Baudelaire… Yailén me preguntó si era cierto que Sartre era feo y bisexual.

—Sí —le dije—, como todo lo que vale la pena. Pero no era poeta.

Claudia, que tenía las uñas negras y el acento de Ciego de Ávila, me recitó un fragmento de Alejandra Pizarnik mientras se acomodaba las tetas con una dignidad sacerdotal y venérea propia de Babalú Ayé. Me enamoré de inmediato. No por la cita. Por el descaro de decirla sin saber si estaba bien dicha pero con esa «r» tan suave del avileño.

Nos fuimos los cinco. Como si fuéramos una banda de son decadente y furtivo. Subimos al cuarto más barato que tenía un francés calvo que alquilaba habitaciones por horas y cobraba en postales. Yo sólo tenía libros. Les pagué con un ejemplar de Rayuela forrado con un poema mío adentro. Les pareció justo. Se desnudaron sin urgencia, como quien abre un archivo confidencial. Me dejaron ver todo. Lo real, lo sucio, lo hermoso. Me hicieron preguntas incómodas. Me desnudaron:

—¿A cuántas mujeres has amado sin meterles la lengua?

—¿Por qué siempre escribes en pasado?

—¿Cuándo fue la última vez que alguien te dijo “quédate”?

Me tocaban como quien busca errores ortográficos en un texto largo. Yo me dejaba corregir.

Después, cuando el cuarto olía a semen, a humo y a frase incompleta, nos quedamos tirados mirando el techo. Hablamos de Silvio, de los polacos que dejaban propinas de plástico, de si Dios aceptaba transferencias en peso o en dólar. La que no tenía nombre me miró sin lástima y me dijo:

—Tú no coges, tú citas.

Tenía razón. Pero esa noche sudé como si me hubieran borrado todos los subrayados y artificios. Me dejaron en letras desnudas.

Al amanecer me fui caminando por Línea, con el sol en la nuca y la vergüenza hecha pulpa. Me senté en una escalera y escribí en una servilleta mojada:

“Amé a cuatro mujeres que no creían en el amor, pero sí en los pronombres posesivos. Me dijeron ‘tú’ como quien dice ‘pan’. Las entendí. Las entendí demasiado.”

Guardé la servilleta en el bolsillo de atrás, justo al lado del condón sin usar durante años. Me reí. En voz baja. Como si me escuchara Cortázar. Porque en esta ciudad, si no aprendes a reírte de tus erecciones inútiles, acabas rezándole a Hemingway.

Sábado. Revelación barroca en la trastienda de La Bodeguita del Medio.

Ese día me desperté con el hígado protestando en francés y el corazón dando coletazos como una mojarra en el fondo de un cubo vacío. Había dormido vestido, como un suicida interruptus. En el piso, entre colillas, restos de tostón frío y páginas arrancadas de La náusea, había una nota escrita con lápiz labial que decía: “Tu problema no es el alcohol, es el tiempo.”

Me la guardé sin leerla dos veces. Como todo lo importante.

Salí a caminar por La Habana con la convicción de que esa mañana iba a ser irrepetible, aunque oliera a orine y a coco rancio. Llevaba en el bolsillo una edición desvencijada de El siglo de las luces, que me había prestado un ciego en Alamar a cambio de recitarle a Neruda en voz baja mientras él le sobaba las piernas a su mujer. Esa historia es cierta, aunque suene a simbolismo sucio.

A la altura de Empedrado, sentí un hambre que no era de comida. Me metí en La Bodeguita del Medio no por el mojito —que ya no sabe a nada—, sino por un presentimiento. A veces el delirio tiene instinto premonitorio. Pedí un ron y una libreta de servilletas. Me las dieron sin sonreír. Yo ya no inspiro ternura. Ni siquiera asco. Inspiro referencias.

Me senté al fondo, entre turistas con cara de dopamina y deportiva de marca y camareros con espíritu disociado. Ahí fue cuando vi la puerta. Una trastienda apenas visible, oculta tras un biombo de mimbre y olores fermentados. Me levanté sin pedir permiso y la crucé. Porque a veces el cuerpo decide por uno, como en el sexo o en los funerales.

Dentro, la penumbra olía a madera vieja, tinta china y tiempo detenido. Un piano desafinado agonizaba en la esquina. Y sentado en una silla de mimbre, con un habano apagado en la boca y los ojos como vitrales rotos, estaba Carpentier. No un imitador. No una aparición. El mismísimo. Vivo. Más o menos. O algo parecido. Carpentier.

Me miró con la gravedad de quien ya ha descrito todos los portentos del universo y sólo le queda esperar el último.

—¿Tú eres el que anda citando autores en los burdeles? —me preguntó, sin mover la boca.

—A veces también cito a Dios —le respondí—, pero sólo cuando el polvo es bueno.

Se rio. O eso creí. El aire se contrajo como si lo chupara una campana de bronce.

—Ven —me dijo—. Siéntate. ¿Tú crees en la realidad?

Me senté sin responder. Con respeto. Él siguió.

—La realidad, chico, es un invento de los flojos. Yo te voy a mostrar lo real-maravilloso, pero sin folklore, sin putas vestidas de guayabera. Lo que tú haces es lindo, Perro Juan, pero sigue siendo diarrea existencial. Lo mío era… otra cosa.

—Lo tuyo olía a biblioteca con fiebre —le dije—. Pero igual me gusta.

Él asintió. Me pasó un vaso de algo oscuro y espeso como una misa negra.

—¿Sabes lo que pasa contigo, Juan? Que eres un místico sin fe. Un creyente del fracaso con vocación de testigo. Tú no escribes. Tú sobrevives en letra cursiva.

—Y tú estás muerto —le dije—.

—Todos estamos muertos. Lo difícil es darse cuenta.

Entonces lo entendí. No con la cabeza. Con el estómago. Todo lo que yo había vivido —el sexo barato, el hambre culta, los poemas escritos en cuerpos resudados— no era otra cosa que barroco tropical, escupido desde la ruina. Yo era un personaje de Carpentier. Solo que más sucio. Y con menos música.

Me desperté tirado en el baño de la Bodeguita, abrazado al inodoro como a una madre enferma. El sol pegaba en las baldosas como una trompeta desafinada. En la mano tenía una servilleta arrugada. En ella, escrito con letra antigua, decía:

“Lo real maravilloso no es un estilo. Es una condena.” —A.C.

Me limpié la boca. Me subí el pantalón. Y salí a escribir mi próxima caída.

Domingo. El secuestro intercontinental de Vallejo.

Ahora vamos al hueso. Vallejo, el poeta de la fractura. El que sangró sílabas y escupió humanidad. Y un yanqui, cómo no, el eterno policía del alma ajena. Los encuentro —uno arrastrado por la oreja, el otro arrastrando su imperio por dentro— en una esquina donde la poesía se vende más barata que el pan.

Aquella tarde me ardía el hígado y el español. Había discutido con un comunista de salón que me acusó de escribir como un burgués sin ideas claras. Yo le respondí que tenía ideas clarísimas: vivir, comer algo y tal vez —si la suerte me babeaba encima— corrérmela antes del apagón. El tipo me quiso citar a Brecht, pero le escupí a Vallejo y me fui.

Caminaba por Centro Habana, con el alma colgando como una bandera sin viento, cuando lo vi. En la esquina de Galiano con San Miguel. Un yanqui enorme, camisa de flores, piel de langosta recién hervida y cara de beisbolista jubilado, iba jalando de la oreja a un hombre huesudo, vestido de negro, con los ojos como dos domingos tristes.

Era César Vallejo.

No un actor, no una visión, no un poema mal leído. Vallejo. En carne, hueso y desconsuelo. El yanqui lo arrastraba como a un niño desobediente, mientras él balbuceaba algo en castellano fracturado:

—“¡Me moriré en París con aguacero…! ¡Un día del cual tengo ya el recuerdo…!”

Me congelé. No por miedo. Por reconocimiento. Era como ver a un tío muerto sacado por perro, caliente, con la cara de Dios escupida.

Me acerqué. No podía dejarlo así. Le grité al yanqui:

—¡Oye, socio! ¡Eso que llevas no se jala así, se lee!

El gringo se volteó, furioso, con cara de que no entendía un carajo pero igual se sentía ofendido.

—This fucking guy tried to recite poetry in the Marriott. Naked. In the sauna. While crying.

Miré a Vallejo. Temblaba. Llevaba un cuaderno mojado, hojas arrancadas, el rostro más arrugado que la moral de un banquero.

—¿Estás bien, maestro? —le pregunté.

—Estoy exactamente donde no debía estar —me respondió, y me abrazó sin permiso.

Me soltó palabras como espasmos:

—Ellos quieren cifras, yo tengo llagas.

—Ellos quieren turismo, yo traigo hueso.

—Me han golpeado sin que les hiciera nada.

El yanqui lo seguía sujetando, ya más cansado que molesto. Le ofrecí un trago de mi botellita escondida, y el gringo, confundido, la aceptó. Le di ron con pastillas añejas para la tos. Cayó de golpe sentado en el borde de la acera. Murmuró:

—I hate poetry, man. It makes my stomach feel weird.

Vallejo aprovechó y se soltó. Me tomó del brazo.

—Sácame de aquí, Perro Juan. Esto no es París ni Lima ni ningún infierno con nombre. Esto es otra cosa. Esto es una metáfora mal escrita por el capitalismo.

Corrimos. Vallejo, yo y su cuaderno hecho trizas. Lo llevé a una librería cerrada en la esquina de 23 y H. Rompí la cerradura. Encendí una vela. Le di una camisa mía. Le ofrecí arroz frío con sardinas. Comió como un apóstol. Como un Cardenal.

Luego lloró. Lloró por dentro. Lloró sin lágrimas.

—No puedo volver, Juan. Mi muerte ya está escrita. Sólo vine a comprobar que el dolor sigue vigente. Y que los yanquis aún no entienden nada.

Le pedí que me firmara el cuaderno. Me lo devolvió con una sola frase escrita con tinta roja:

“Hoy me muero otro poco. Lo dejo aquí. Cuídenme.”

A la mañana siguiente, ya no estaba. Ni su cuerpo, ni el cuaderno, ni el olor. Sólo un par de versos garabateados en la pared, con carbón:

“Hay golpes en la vida, tan fuertes… yo no los invito.

Pero llegan. Se sientan. Y me beben el café.”

Me senté en el suelo. Me encendí un cigarro. Pensé:

¿Y si todo esto no fue real? ¿Y si fui yo el arrastrado por el yanqui invisible?

Me reí. Como se ríe un loco en un velorio. Después salí a escribir otra derrota. Con la oreja aún doliéndome.

Lunes. Borrachera cubista con Picasso y Guillén en una barbería de Marianao.

La historia comienza con un diente flojo. Así, como casi todo lo importante en la vida: por el lado más absurdo y puñetero. Me dolía la muela como si me estuvieran recitando a Neruda dentro del cráneo. Y no tenía un peso. Ni uno. Así que me fui a Marianao, donde un viejo barbero —ciego y chamánico— arregla encías, corta pelo y exorciza penas con el mismo movimiento de muñeca y sincretismo.

La barbería no tenía nombre. Solo un letrero que decía:

«Aquí se afeita la desesperanza»

y debajo, en tiza, alguien había escrito:

«y a veces, se sirve ron.»

Entré. Un calor espeso como un tango mal parido me dio en la cara. En el fondo, dos figuras estaban sentadas frente a un espejo rajado:

Nicolás Guillén y Pablo Picasso.

No, no era una fantasía de fiebre. Estaban ahí. Uno con una libreta en la mano y el otro con una copa de ron que parecía pintada en óleo espeso.

Guillén me saludó con un gesto de compadre:

—¿Y tú quién eres, perro triste?

—Uno que sangra por las palabras —le dije.

—Entonces siéntate. Estás entre iguales.

Picasso no hablaba. Me miraba como si estuviera dibujando mis entrañas sin permiso. Tenía los ojos de un tipo que ha dormido con sus propios cuadros. Y en la cara, el cansancio milenario del que ya lo vio todo, incluso lo que no existe.

El barbero —ciego pero no sordo— sirvió ron en tazas de afeitar.

—Aquí no se brinda —dijo—. Aquí se muerde.

Brindamos igual. Empezaron a hablar. Guillén, afilado como machete:

—A mí me quitaron el ritmo, compay. Lo vendieron a un festival en Suiza.

Picasso, ronco como templo sin feligreses:

—Yo vi el alma. Está sobrevalorada. Prefiero un buen muslo o una curva mal intencionada.

Yo los escuchaba. Sin respirar. Era como ver a Martí hacer el perreo en cámara lenta. Guillén recitó un verso sobre mulatas cósmicas que me dejó con la piel erizada. Picasso hizo un dibujo en una servilleta con pasta de dientes: era yo, cagando tristeza.

—Ese soy yo —le dije.

—Ese somos todos —dijo él.

Hablamos de la revolución como orgasmo interrumpido. Del arte como enfermedad tropical. De cómo Cuba es un cuadro de Braque, pero con más ron y menos galería.

En algún punto, el barbero sacó una navaja y empezó a afeitarme el alma hasta los huesos. No mi barba. El alma. Sentí cómo me raspaba el pasado, los fracasos, las traiciones. Cuando terminó, escupió al piso y dijo:

—Ya. Estás casi limpio. Falta el tuétano.

—¿Y el dolor de muela? —pregunté.

—Eso no se quita. Eso se escribe.

Afuera empezaba a llover. Una lluvia oblicua. Cubista. Fragmentada.

Guillén me abrazó. Picasso me regaló la servilleta. En ella había escrito:

“Si el arte no te da ganas de vomitar o correrte, no sirve.” —P.P.

Salí a la calle con el diente aún latiendo. Y un poema nuevo que decía:

Hay barberías donde se corta el tiempo.

Hay hombres que no envejecen, solo se parten en ángulos.

Y hay días en que el arte no se mira: se bebe.

Apaga la luz, cierra la puerta con doble vuelta y escucha el ronco eco de los santos cansados.

Porque esta vez Perro Juan se enfrenta a el apagón final, y la Muerte —sí, ella, la gran mulata de ojos vacíos— no viene con guadaña, sino con timbal y son.

Esto no es el final del cuento. Es el principio del gran silencio.

Martes. Apagón final o con la Muerte tocando timba.

Esa noche el apagón fue tan profundo que se borraron hasta los recuerdos. No quedaba una vela, ni un fósforo, ni siquiera el resplandor miserable del celular de un vecino. Todo era sombra espesa, como vientre de estatua. Caminé a tientas por Centro Habana, con el corazón latiéndome en los dientes y el alma como una cucaracha boca arriba.

En los balcones se oían susurros, radios apagados por decreto y madres acariciando hijos que ya no estaban. Alguien cantaba un bolero sin letra. Un gato me siguió durante tres cuadras, como si supiera a dónde iba. Yo no.

Hasta que llegué a una esquina donde nunca había estado, aunque la ciudad me la había prometido muchas veces. Un solar. Grande, abierto, con una tarima improvisada de madera podrida. Y ahí, en el centro, bajo una lámpara que brillaba sin corriente —milagro o truco, no sabré decir—, estaba la Muerte.

No con capa, no con calavera. Era una mulata vieja, encorvada, con cuerpo de tambor y mirada de eclipse. Llevaba un vestido rojo deshilachado, unas chancletas rotas y tocaba los timbales como si estuviera desenterrando el universo.

El ritmo era brutal. Afrocaribeño. Doloroso. Una timba que no bailaba nadie, pero que hacía temblar las piernas.

—¿Vienes a buscarme? —le grité.

Ella no respondió. Solo tocó más fuerte. Cada golpe era un año. Cada golpe era un nombre que ya no podía pronunciar.

Entonces lo entendí: no venía por mí.

Venía para mí.

—¿Por qué ahora? —le pregunté.

—Porque ya estás vacío, Juan. Te sacaron las palabras, los orgasmos, los cigarros y las ganas. Ya no escribes. Ya confiesas.

—¿Y los otros?

—Están esperando turno. Vos sos VIP. Te ganaste la despedida con música.

Cerré los ojos. Respiré hondo. Pensé en Vallejo, en Virgilio Piñera, en las jineteras del Nacional, en Picasso dibujando con pasta dental, en Carpentier encendiendo velas de otro siglo. Pensé en la barbería, en Guillén, en el primer poema que escribí en un cuerpo sudado. Pensé en mi madre, en el hambre, en el ron, en el son.

La Muerte me miró por última vez. Y sonrió.

Tenía los dientes de mi infancia.

Me ofreció una copa.

La bebí. Era oscura, caliente y dulce.

Sabía a punto final.

Y entonces bailé.

Con ella.

Conmigo.

Con todo lo que alguna vez fui.

Y que ya no volverá.

Esto no es resurrección, ni epílogo, ni redención.

Esto es la persistencia del hueso.

Porque Perro Juan no se fue.

Solo se pudrió un poco.

Y regresó.

Con un redoble en los pulmones.

Y Vallejo, sí, Vallejo, tocando el bombo de su cráneo como si Dios le debiera sueldo y paga extra perpetua.

Miércoles. El regreso con redoble de cráneo.

Dicen que morí.

Que la Muerte me bailó hasta dejarme seco, que toqué el fondo del apagón y me abracé a la sombra como se abraza un cuerpo que ya no nos quiere.

Mentira.

Me fui un rato.

Eso sí.

Me apagué como se apagan los transistores en la tormenta.

Pero no era el fin.

Era el eco.

Y el eco, ya se sabe, tiene mal carácter y peor memoria.

Volví porque alguien —no sé si fue Vallejo, Lezama o un viejo bolero descompuesto— gritó mi nombre desde abajo. Desde muy abajo. Desde donde no hay voz, pero sí golpe.

Volví arrastrándome. Con barro en la lengua y ceniza en los dedos.

Volví sin palabras. Solo con ritmo.

Y ese ritmo era un redoble.

Y ese redoble lo tocaba Vallejo.

Sí, Vallejo.

Con cara de profeta descalzo y manos de carpintero loco.

Tocando un tambor que era su propio cráneo.

Tocando con rabia. Con hambre. Con verbo.

Me encontró tirado entre ruinas de hospitales y poemas mal recitados.

Me pateó el costado.

Me gritó:

—¡Juan, carajo! ¡Esto no se acaba así! ¡Aquí nadie se muere sin repetir tres veces su nombre en voz alta!

—¿Qué nombre? —le dije.

—El tuyo, imbécil —me dijo—. El que no te dio tu madre ni tu patria.

El que te inventaste a fuerza de perder.

Entonces lo supe.

Yo no era Perro Juan.

Yo era lo que quedaba después de Perro Juan.

La cáscara. El hueso con música.

El tam-tam de los que no se rinden porque no saben qué otra cosa hacer.

Subí.

No al cielo, porque no me dan la visa.

Subí a La Habana.

A la de verdad. La sucia. La caliente. La que no sale en los folletos.

Volví al malecón.

Las putas me reconocieron.

Los perros me ignoraron, después de olerme hermano.

Las viejas me dieron café.

Y me senté.

Con un cuaderno nuevo.

Una botella vieja.

Y el redoble de Vallejo haciéndome temblar el hígado.

Escribí esto:

Regresé.

Sin carne. Pero con ruido.

Sin patria. Pero con el tambor del cráneo.

No me esperen. No me entierren.

Que todavía me falta morder otra metáfora

y orinar en el altar de algún dios correcto.

El tambor suena.

Sigue sonando, como cráneo roto.

Vallejo me mira.

No sonríe. No puede. Pero golpea.

Y con cada golpe, me devuelve una palabra.

Ya no soy Perro Juan.

Soy el ritmo que quedó cuando el poema se fue.

Miércoles, noche.

Margarita Carmen Cansino me hubiera definido como su carne, sus sentidos y sus placeres. Pero eso mismo podría decirlo también más de un negro cubano del malecón. De mi condición sexual no voy a hablar, pues he sido de todo y, con este apunte, baste. Por lo demás, a quien nunca he podido serle infiel es a Katy Jurado. Ahora me acomodo en la decadencia y en el ron. Por último, mi lema: la única interpretación posible de la vida tiene que ser erótica.

Me renombré muchas veces. Una de ellas —quizá la más escandalosa— fue cuando Margarita Carmen Cansino, más conocida como Rita Hayworth en las tardes alcohólicas de la posguerra, me definió como su carne, sus sentidos y sus placeres. Una definición modesta, la suya. Poética incluso, si uno no supiera que me lo dijo después de vomitar sobre sus zapatos Ferragamo en el baño de un hotel en Acapulco. Aun así, se lo agradezco. Hay algo digno en que una estrella en decadencia reconozca a otra.

No fui exclusivo. Ni ella lo esperaba. También podría decir lo mismo de mí más de un negro cubano del malecón —el de las madrugadas eternas, el que tocaba el contrabajo como si tuviera el corazón colgado del cuello— y no se equivocaría. Cada amante fue un ensayo, una nota disonante en mi sinfonía corporal. De mi condición sexual no hablaré. No por discreción, sino por tedio. La identidad, a estas alturas, me parece un invento nada reciente. He sido de todo: flor y fango, máscara y espina. Fui sodomita en el Renacimiento, musa andrógina en el Berlín de Weimar, dama en el burdel de Colette, y un trazo mal hecho en una orgía de Egon Schiele. Con este apunte, baste.

A quien nunca pude —ni quise— serle infiel fue a Katy Jurado. Ella representaba lo que ni Hollywood pudo desvestir: la altivez de la tierra, el peso del maíz y la sangre bajo la falda. Nunca me amó, y eso la hace aún más deseable. Uno no se enamora del amor correspondido: se esclaviza del imposible. Katy fue mi diosa laica, mi religión de carne.

Con los años, me acomodé en la decadencia. No como derrota, sino como estilo. La decadencia, bien llevada, es un arte que pocos saben vestir. La juventud es pornografía barata; la vejez, si se la interpreta con cinismo, puede ser literatura. Me volví lector de Proust por necesidad y de Bukowski por venganza. Vivo entre ruinas que decoré con sarcasmo. Levanté altares a mis propios errores. Adoro el fracaso como otros adoran a sus hijos. El ron es mi cómplice. El cigarro, mi editor. Y el espejo… un viejo enemigo al que aprendí a parodiar. No tengo herederos, ni perros, ni ahorros. Pero tengo historias que no se pueden escribir sin escándalo ni demanda judicial.

Mi lema, sí. Mi único lema es que la única interpretación posible de la vida debe ser erótica. Porque todo lo demás —la política, la religión, la bolsa, la moral, la buena educación— son excusas mediocres para disimular que lo único que nos conmueve verdaderamente es la posibilidad de rozar otra piel, aunque sea con la mirada. El erotismo no es sexo. Es estilo. Es hambre. Es no saber si uno quiere amar o destruir. Es la contradicción como forma de existencia.

He sido amante, fantasma, travestido, traidor, profeta de burdel y mártir de sábana. Ahora solo soy un eco, un perfume, una nota al pie en la biografía de otros. Pero si algo queda de mí cuando el ron se acaba y el cuerpo ya no responde, es esta certeza: fui carne. Y la carne, por un instante fugaz, me hizo creer que estaba vivo.

Y sin embargo, aquí estoy. Esta habitación donde escribo —sí, esta con las cortinas cerradas desde hace diez años, con la radio rota que solo emite interferencia— no existe. Nunca existió. Ni el ron, ni los amantes, ni siquiera el cuerpo que mencioné. Lo descubrí hace unos días, cuando intenté salir por la puerta. Y la puerta no daba a ningún lugar. Era una superficie lisa, como una escenografía mal terminada. Rompí el espejo —no había reflejo. Quemé una carta antigua —las llamas no consumían nada. He llegado a sospechar que no soy más que el residuo de una historia contada tantas veces que ya nadie recuerda su origen. Una ficción mal cerrada. Una voz extraviada en una novela que nadie terminó de escribir. ¿Y si esta autobiografía es sólo el epílogo de un personaje que fue descartado en la página treinta y tres? ¿Y si nunca viví, y mi vida fue una digresión literaria, un pie de página sin texto al que anclar? Quizá fui inventado por alguien que no soportaba envejecer solo. O por una mujer que perdió a su amante en el mar y necesitó escribirle a un fantasma. Quizá tú me estás leyendo ahora… y al cerrar este párrafo, yo desaparezca. O peor aún: me quede atrapado aquí, repitiendo esta historia una y otra vez, como una maldición barroca en la biblioteca de los personajes olvidados.

No tengo patria, ni vocación de víctima, ni biografía que soporte el peso de una cronología limpia. Fui carne antes que conciencia, deseo antes que doctrina, y nunca aprendí a pedir permiso ni a callar en los entierros. No fui un hombre, ni una mujer, ni un poeta. Fui una circunstancia, un delirio con piernas, un error sostenido con tanto estilo que algunos se atrevieron a llamarlo personalidad. Mis padres —si existieron— me abandonaron en un teatro en ruinas; aprendí a hablar repitiendo los diálogos de películas dobladas al español neutro y a amar sin pronombres. Mis primeras certezas fueron el tacto y la música, y hasta el día de hoy desconfío de toda verdad que no se exprese con las yemas de los dedos o con un contrabajo en fa menor. Nadie podrá decir que no viví como un exceso, que no quemé la vela por los dos extremos y por la mecha intermedia, que no besé donde dolía y no mentí por puro arte. Me vendí por joyas falsas, me regalé por vino barato, pero jamás, escúchese bien, jamás me alquilé por seguridad o costumbre.

Margarita Carmen Cansino, la que el mundo adora como Rita Hayworth, me describió —en una de sus madrugadas más lúgubres— como su carne, sus sentidos y sus placeres. Lo dijo sin solemnidad, como quien anota un número telefónico en la piel de alguien que sabe que no volverá a llamar. Pero no fue la única. También me declararon suyo, en distintos idiomas y dialectos del cuerpo, un marinero portugués con dientes de oro, un seminarista colombiano que juraba ver a Cristo en los orgasmos, y un actor francés que sólo podía tener erecciones si recitaba a Racine durante el coito. A todos les dije lo mismo: “No soy tuyo. Soy del instante.” Y el instante, como es sabido, no tiene dueño ni tumba.

Del sexo no tengo anécdotas: tengo monumentos. He visto cuerpos abrirse como himnos y cerrarse como juicios finales. He sido herido con ternura y amado con crueldad, he llorado en las espaldas de extraños, he fingido placer por compasión y he sentido compasión por no sentir nada. En mí se han cruzado géneros, estéticas, pronombres y categorías que ni Foucault hubiera sabido etiquetar sin una copa de más. Pero si insisten, si verdaderamente necesitan una etiqueta para dormir tranquilos, digan simplemente que fui libre, aunque a un precio tan alto que sólo los desesperados y los lúcidos se atreverían a pagarlo.

Fui fiel, eso sí. Fiel a una sola figura. Katy Jurado. No a la mujer real —que ni siquiera llegué a conocer— sino a la imagen que de ella forjé: una mezcla de la Virgen de los Dolores con una reina tolteca exiliada en un western. Esa mujer de cejas como puñales y voz de petróleo fue, para mí, un país imposible. Cada vez que el mundo me decepcionaba (y lo hacía con alarmante regularidad), pensaba en Katy, en su forma de mirar como quien mide distancias entre pecados, y me prometía resistir un poco más. A ella le dediqué mi lealtad más irracional, mi última mentira, mi primer silencio.

Y llegó el tiempo. El tiempo verdadero. Ese que ya no tiene minutos, sino ausencias. Me acomodé en la decadencia como otros se acomodan en la jubilación. Aprendí a encontrar belleza en los objetos rotos, en las pieles marchitas, en las voces que tiemblan al final de una canción. Me hice amigo del ron y del insomnio, del olvido parcial y del espejo sin reflejo. Abandoné la nostalgia por ser un vicio de los cobardes y abracé el sarcasmo como se abraza a un amante que uno sabe que lo traicionará, pero que besa como nadie. Mi biblioteca andante se redujo a tres autores: Duras para la melancolía, Cioran para las mañanas, y Sade para cuando quería recordar que aún tenía cuerpo. Lo demás era memoria viva en mi sesera.

Y ahora, aquí estoy. En este cuarto sin ventanas, sin relojes, sin eco. No sé desde cuándo. Tampoco sé si alguien encontrará esto o si ya lo encontraron y lo volvieron a esconder. Lo que sé es que esta vida —si fue vida— no fue un error, sino una excepción. Me niego a creer que fui una nota marginal. Prefiero pensar que fui un ensayo para una obra que aún no se ha escrito. Tal vez por eso no puedo morir del todo. Tal vez por eso sigo dictando esta, sin manos, sin boca, sin papel. Tal vez yo ya no sea yo, Rita, sino la forma que ha tomado tu olvido.


Nota. Fragmentos de un manuscrito hallado entre las ropas de un cadáver no identificado escrito en servilletas. La caligrafía es irregular, bellísima, pero ya casi ilegible. Posiblemente redactado en La Habana entre 1962 y 1987. Va firmado por un tal «P.J.»

Breaking Bad o la meta es el camino

Ficción

¿Yo?

Yo era un buen tipo.

Profesor de química. Salud frágil. Pobre como una rata. Uno de esos héroes trágicos que solo quieren lo mejor para su familia. Ya sabes, la típica historia de hombre blanco heterosexual oprimido por el sistema.

Solo quería cocinar un poco de metanfetamina de altísima pureza, generar unos dólares y salir de escena como un caballero.

Nada del otro mundo.

Y luego claro, como a cualquiera le pasa, terminé liderando un imperio criminal, haciendo volar media ciudad, envenenando niños, derritiendo cuerpos en ácido, y dejando un reguero de cadáveres que haría sonrojar a cualquier dictador.

Pero eh… ¿quién no se ha desviado un poco alguna vez?

Teníamos todos los clichés listos:

El compañero yonqui con corazón de oro.
La esposa que no entiende nada (hasta que entiende demasiado).
El cuñado policía que se sienta a comer contigo mientras investiga al monstruo que duerme en tu casa.
Y claro… los narcos: el loco, el frío, el que no habla, el que hace sonar una campana para decir “te voy a matar”.

Una verdadera pasarela de tipos televisivos.

Solo que nosotros no los usamos para contar una historia bonita.
Nosotros los hervimos, los destilamos, los comprimimos y los inyectamos en vena.

¿El resultado?
Una bomba.

¿Sabes lo mejor?

Que durante cinco temporadas completas, la gente me apoyaba.
Me defendía.
Me justificaba.

«Es que lo hace por su familia.»
«Es que el sistema lo jodió.»
«Es que no tenía opción.»

Claro. Porque cuando te diagnostican cáncer, lo primero que haces es asociarte con un drogadicto, construir un super-laboratorio y asesinar a media competencia con una bomba casera en una silla de ruedas.

Muy lógico todo.

Pero te diré algo.

No fue por el cáncer.
No fue por la familia.
No fue por el dinero.

Fue por el respeto.
Porque durante toda mi vida fui el tipo invisible. El que tragaba. El que callaba.
Y un día decidí que ya no más.

Ese día nací de nuevo.

Y me llamé Heisenberg.

Así que sí, puedes llamarme monstruo.

Puedes llamarme sociópata, criminal, genio del mal.

Pero por favor…

No me llames mártir.

Eso sí que me ofende.

¿Sólo era un profesor? Por favor, un respeto…

El secreto detrás de la ‘tierra oscura’

Ficción

La ‘tierra oscura’, también conocida como terra preta, es un tipo de suelo fértil encontrado en la región amazónica. Se cree que estos suelos fueron creados por antiguas civilizaciones indígenas a través de la adición de materia orgánica y carbón vegetal. Estos suelos son conocidos por su alta fertilidad y capacidad para retener nutrientes, lo que los hace muy adecuados para la agricultura y la restauración forestal.

El conocimiento de los procesos de formación de la tierra preta puede ser útil para acelerar la restauración forestal en todo el mundo. Los suelos degradados son un problema global y la restauración de los bosques es un paso importante para combatir el cambio climático y la pérdida de biodiversidad. Si se pueden desarrollar técnicas para crear suelos fértiles similares a la tierra preta, esto podría ser beneficioso para la restauración de los bosques y la agricultura sostenible en todo el mundo.

Además, la producción de carbón vegetal, que es uno de los componentes clave de la tierra preta, puede ser una forma efectiva de capturar el carbono de la atmósfera y almacenarlo en el suelo durante períodos de tiempo prolongados, lo que puede ayudar a mitigar el cambio climático.

El conocimiento y la comprensión de la formación de la tierra preta amazónica podría tener implicaciones importantes para la restauración forestal y la agricultura sostenible en todo el mundo, especialmente en suelos degradados.

Criptomonedas, blockchain y Web3 ¿Son ecológicas

No ficción

Las criptomonedas son monedas digitales que utilizan criptografía para asegurar y verificar transacciones y controlar la creación de nuevas unidades. Bitcoin es la criptomoneda más conocida.

Blockchain es la tecnología de registro distribuido que se utiliza para mantener una base de datos compartida y segura. Se utiliza principalmente para registrar transacciones en criptomonedas, pero también se está utilizando en una variedad de aplicaciones como la cadena de suministro, la gestión de activos y la votación en línea.

Web3 es un término utilizado para describir la próxima generación de la World Wide Web, en la que se utilizarán tecnologías como blockchain y criptomonedas para permitir una mayor descentralización y privacidad. El objetivo de Web3 es crear un Internet más seguro, transparente y justo.

Qué sabemos y qué no. La controversia ecológica está servida. Veamos…

Las criptomonedas son una clase de activos digitales que utilizan criptografía para asegurar y verificar transacciones, y para controlar la creación de nuevas unidades. El Bitcoin, creado en 2009, es la criptomoneda más conocida y utilizada. Sin embargo, existen muchas otras criptomonedas, como Ethereum, Litecoin, Ripple, entre otras.

Blockchain, como ya hemos dicho, es una tecnología de registro distribuido que se utiliza para mantener una base de datos compartida y segura. La tecnología blockchain permite el registro de transacciones de manera descentralizada, lo que significa que no existe una entidad central que controle la base de datos. Esto permite una mayor transparencia y seguridad en las transacciones. Además, las transacciones registradas en la cadena de bloques son inmutables, lo que significa que una vez registradas, no pueden ser modificadas.

Web3, igualmente, es un término utilizado para describir la próxima generación de la World Wide Web, en la que se utilizarán tecnologías como blockchain y criptomonedas para permitir una mayor descentralización y privacidad. El objetivo de Web3 es crear un Internet más seguro, transparente y justo, donde los usuarios tengan más control sobre sus datos y activos digitales.

Por tanto, las criptomonedas son monedas digitales que utilizan tecnología blockchain, mientras que web3 es una evolución de la web actual donde se utilizará esta tecnología para una mayor descentralización, privacidad y seguridad en la web.

La minería es el proceso mediante el cual se validan las transacciones en una criptomoneda y se añaden nuevos bloques a la cadena de bloques o blockchain. Los mineros utilizan potentes computadoras para resolver problemas matemáticos complejos, conocidos como pruebas de trabajo (PoW) o pruebas de participación (PoS), para validar las transacciones y añadirlas a la cadena de bloques.

En el caso del algoritmo de prueba de trabajo (PoW), los mineros compiten entre sí para resolver un problema matemático complejo y ser el primero en validar un bloque de transacciones. El minero que primero resuelve el problema recibe una recompensa en criptomonedas. Este proceso requiere un gran poder de procesamiento y, por lo tanto, consume una gran cantidad de energía.

Por otro lado, el algoritmo de prueba de participación (PoS) se basa en la cantidad de criptomonedas que un minero tiene y mantiene en su billetera digital. En lugar de resolver problemas matemáticos complejos, los mineros «apostando» con sus monedas y tienen una probabilidad proporcional a la cantidad de monedas que tienen. Este proceso requiere menos poder de procesamiento y, por lo tanto, consume menos energía.

Otro algoritmo es el Prueba de estaca (PoSV) es una variante de PoS en el cual se hace énfasis en la participación activa, incentivando a los usuarios a mantener sus criptomonedas y participar activamente en la red, manteniendo su estabilidad y seguridad.

En resumen, hay varios algoritmos diferentes que se utilizan en las criptomonedas, cada uno con sus propias ventajas y desventajas. El algoritmo de prueba de trabajo (PoW) es el más utilizado y es utilizado por criptomonedas como Bitcoin, pero tiene un alto consumo energético, mientras que algoritmos como prueba de participación (PoS) o prueba de estaca (PoSV) son menos costosos en términos energéticos y fomentan la estabilidad de la red.

Hay muchas criptomonedas diferentes disponibles en el mercado, cada una con sus propias características y usos. Algunos ejemplos de criptomonedas populares incluyen:

Bitcoin (BTC): es la criptomoneda más conocida y utilizada. Fue creada en 2009 y utiliza el algoritmo de prueba de trabajo (PoW) para validar transacciones.

Ethereum (ETH): es la segunda criptomoneda más valiosa en términos de capitalización de mercado. Fue lanzada en 2015 y utiliza el algoritmo de prueba de trabajo (PoW). Ethereum también es utilizado como plataforma para el desarrollo de aplicaciones descentralizadas (dApps) y contratos inteligentes.

Litecoin (LTC): es una criptomoneda similar a Bitcoin pero con transacciones más rápidas y menores tarifas de transacción. Fue creada en 2011 y utiliza el algoritmo de prueba de trabajo (PoW).

Ripple (XRP): es una criptomoneda utilizada principalmente para facilitar transacciones financieras internacionales. Fue creada en 2012 y utiliza un algoritmo de consenso diferente al utilizado por Bitcoin y Ethereum.

Bitcoin Cash (BCH): es una criptomoneda que surge como una bifurcación de Bitcoin en 2017, su objetivo es mejorar la escalabilidad y velocidad de las transacciones.

Tether (USDT): es una criptomoneda estable, su valor está respaldado por un activo físico como el dólar estadounidense, lo que lo hace menos volátil que otras criptomonedas.

En los últimos años, se han producido varias tendencias en el campo de las criptomonedas y la tecnología blockchain. Algunas de las tendencias más recientes incluyen:

Adopción institucional: cada vez más instituciones financieras y empresas están adoptando criptomonedas y tecnología blockchain, como medio de inversión, medio de pago y herramienta para mejorar la eficiencia en sus procesos.

Desarrollo de aplicaciones descentralizadas: cada vez más desarrolladores están construyendo aplicaciones descentralizadas (dApps) utilizando tecnología blockchain, lo que permite una mayor descentralización y privacidad en la web.

Adopción de criptomonedas en el comercio: cada vez, más empresas están aceptando criptomonedas como medio de pago, lo que permite a los usuarios realizar transacciones de manera más rápida y segura.

DeFi (Finanzas Descentralizadas): el sector de las finanzas descentralizadas ha experimentado un gran crecimiento en los últimos años. Los proyectos de finanzas descentralizadas permiten a los usuarios obtener préstamos, invertir y realizar transacciones financieras de manera descentralizada, utilizando criptomonedas y tecnología blockchain.

Interoperabilidad: se están desarrollando soluciones para permitir la interoperabilidad entre diferentes blockchains, lo que permitiría a las diferentes criptomonedas y aplicaciones descentralizadas interactuar entre sí de manera más fácil.

Las criptomonedas y la tecnología blockchain tienen algunas desventajas, aunque estas desventajas varían dependiendo del uso específico que se le quiera dar. Algunas de las desventajas comunes incluyen:

Volatilidad: el valor de las criptomonedas puede variar significativamente en un corto período de tiempo, lo que puede ser incierto para los inversores.

Escasez de regulación: aunque cada vez más países están regulando las criptomonedas y la tecnología blockchain, todavía existe una escasez de regulación en muchos lugares, lo que puede crear incertidumbre y riesgos legales.

Riesgo de fraude: al igual que con cualquier activo financiero, existe el riesgo de que las criptomonedas sean utilizadas para fraude o estafas.

Riesgo de hackeo: las billeteras digitales donde se guardan las criptomonedas pueden ser hackeadas, lo que podría resultar en la pérdida de las criptomonedas almacenadas en ellas.

Escalabilidad: debido a la naturaleza descentralizada de la tecnología blockchain, puede ser difícil escalar el sistema para manejar un gran número de transacciones. Esto puede limitar la capacidad de la tecnología blockchain para manejar un gran volumen de transacciones.

Costo de transacción: En algunas ocasiones, los costos de transacción en blockchain pueden ser elevados debido a la competencia por el espacio en el bloque.

Cambio en el proceso de minería: Con el tiempo, se espera que el proceso de minería se vuelva más complejo y requiera un mayor poder de procesamiento, lo cual podría aumentar los costos de minería y dificultar la participación para los mineros individuales.

En cuanto a la eficiencia, las criptomonedas y la tecnología blockchain pueden ser muy eficientes en términos de tiempo y costo para realizar transacciones. La tecnología blockchain permite realizar transacciones de manera descentralizada y sin la necesidad de un intermediario, lo que puede reducir significativamente los tiempos de transacción y los costos asociados.

Sin embargo, en cuanto a su impacto ambiental, algunas criptomonedas, especialmente aquellas basadas en el algoritmo de prueba de trabajo (PoW) como el Bitcoin, requieren una gran cantidad de energía para ser minadas. Esto se debe a que los mineros deben resolver problemas matemáticos complejos para validar transacciones y añadirlas a la cadena de bloques. Este proceso de minería requiere un gran poder de procesamiento, lo que a su vez requiere una gran cantidad de energía.

En consecuencia, el impacto ambiental de las criptomonedas basadas en PoW puede ser significativo, ya que el consumo de energía para minar criptomonedas se ha comparado con el consumo de energía de países enteros. Sin embargo, hay alternativas de minado más eficientes como el algoritmo de prueba de participación (PoS) o prueba de estaca (PoS) que son menos costosos en términos energéticos.

En resumen, las criptomonedas y la tecnología blockchain pueden ser muy eficientes en términos de tiempo y costo para realizar transacciones, pero el impacto ambiental de algunas criptomonedas, especialmente aquellas basadas en PoW, puede ser significativo. Sin embargo, hay alternativas más eficientes que pueden ser utilizadas para reducir el impacto ambiental.

Como se puede ver, si sacáis vuestras propias conclusiones, la controversia está servida. No todo lo que reluce es oro: mi conclusión es que hay que evitar aquellas tecnologías que consumen ingentes cantidades de energía, se utilizan para competir y no para participar y no están reguladas democráticamente.