El reino vacío /3

Poesía

Y la profecía no terminó,
porque las profecías verdaderas jamás concluyen;
se pudren lentamente dentro de los siglos
como frutos negros olvidados bajo el trono.
Los hombres creen que el Apocalipsis llegará con trompetas,
cuando en realidad comienza en oficinas iluminadas,
en mercados donde se vende la voz de los niños,
en templos donde la misericordia paga alquiler.
Magnífica especie la nuestra.
Inventó la poesía y también los impuestos.

Entonces la torre Habré abrió su séptima ventana,
y del hueco salió un río de caballos transparentes.
Sus crines estaban hechas de recuerdos,
y cada casco golpeaba el suelo
como una campana enterrada.
Los nobles huyeron hacia los puertos,
cubriéndose con ropa de luto y oro,
mientras los profesores discutían todavía
si el incendio representaba una metáfora
o una simple catástrofe histórica.
El fuego, mientras tanto, seguía trabajando.
Muy dedicado él a su furia crematoria.

María Moderno reapareció en la costa
rodeada de muchachos mudos y vírgenes ancianas.
Traía una lámpara construida con huesos de ave
y una lengua marcada por signos violetas.
“Escuchad,” dijo,
“porque el hierro ha aprendido a soñar
y los continentes comenzarán a caminar.”
Y al decir esto,
los mares abandonaron sus fronteras
como perros cansados de obedecer.

Vi ciudades enteras elevarse en vuelo,
arrastradas por campanas invisibles.
Los altares prohibidos volvieron a abrir sus ojos,
y de los sotos emergieron criaturas cubiertas de cal,
cantando en una consonante antigua
que hacía temblar los ataúdes bajo tierra.
Los muertos deseaban regresar,
pero la tierra ya no los reconocía.

En aquella época última
el matrimonio entre hombre y sombra sería celebrado
por sacerdotes sin rostro,
y las madres entregarían a sus hijos
al público rugiente de las plazas mecánicas.
Cada aplauso arrancaría un recuerdo;
cada pantalla devoraría una luna.
Porque la nueva infamia no necesitaría cadenas:
los prisioneros amarían su encierro
y pedirían más luz para no mirar el cielo.

Mas en el campo lejano aún resistía
un pequeño coro de mendigos y muchachas.
Bebían agua fría en vasijas rotas
y pronunciaban el nombre secreto de María
sin repetirla jamás del mismo modo.
Sabían que toda palabra fija muere,
y que sólo vive aquello que cambia
como el mar, como el fuego, como la misericordia.

Entonces el ave primitiva descendió por última vez.
Sus alas cubrieron la torre Habré
y oscurecieron el sol durante siete días.
En su pico traía una llave hecha de silencio.
María la tomó entre sus manos quemadas
y abrió una puerta invisible en el aire.

Detrás no había paraíso.
Había un jardín sencillo,
un campo con violetas,
niños dormidos bajo árboles blancos,
y ancianos riendo sin miedo.
La revelación final resultó ser eso:
no el poder, no el imperio, no la eternidad,
sino la humilde posibilidad
de que un ser humano mire a otro
sin deseo de poseerlo o destruirlo.

Y los cielos lloraron fuego dulce sobre la tierra renovada,
mientras la vieja barca continuaba alejándose
hacia mares que ningún mapa merece conocer.

El reino vacío /2

Poesía

Y después descendieron las violetas
sobre la lengua del mundo,
como si cada pétalo guardara un secreto deletéreo
arrancado de los altares prohibidos.
La luna tenía voz de viuda antigua,
y yo la insulté en mitad del campo frío
porque despreciaba el voto de los hombres amables,
esos que sonríen mientras levantan ataúdes
para la infancia del prójimo.
Extraña costumbre humana:
construir templos con una mano
y estrangular la verdad con la otra.
Muy eficiente. Muy civilizado.

María Moderno había marchado ya
más allá de los sotos y continentes,
siguiendo un vuelo entrevisto en las aguas negras.
Su ropa olía a licores y ceniza,
y la observación de los nobles
la perseguía como perros de oro.
Cada profesor del reino repetía su nombre
en aulas donde la filosofía dormía muda,
pero ninguno podía seguirlo
hasta el centro del fuego existente.

Porque ella visitaba los altares vacíos
donde la virgen del tiempo
teje recuerdos con hilo de sombra.
“Quiero,” decía María a la noche lejana,
“quiero una época donde el hombre
no venda su corazón por público aplauso,
ni convierta el matrimonio en juguete de espectros.”
Y la luna, vieja reina fría,
parecerá inclinarse sobre su frente
como una madre agotada por los siglos.

Hubo un rato de silencio.
Los continentes dejaron de respirar.
Los niños ocultaron sus voces en los pozos
y los ancianos bebieron licores oscuros
para olvidar los secretos creados por sus propias manos.
Entonces el ave primitiva volvió a descender
sobre la torre Habré,
trayendo en el pico una consonante imposible,
un nombre que ningún sabio podía repetir
sin perder la razón.

Y yo vi, desde el borde del mundo,
que María ya no tocaba el suelo.
Vuelas, pensé,
mientras la multitud intentaba saludar su sombra
como si aún perteneciera a la tierra.
Pero estaba alejada,
más alta que los campanarios y los imperios,
más lejana que el recuerdo de Dios
en la boca del último mendigo.

Entonces comprendí la profecía:
todo reino construido sobre desprecio
acabará hablando con lengua de ceniza;
y toda alma que conserve violetas en el pecho
atravesará el ataúd del tiempo
sin inclinar la cabeza.

El reino vacío

Poesía

Escalaba la torre Habré cuando el cobre del alba
mordía las campanas del juicio,
y mientras unos desembarcan cubiertos de sal y ceniza,
otros, en una vieja barca, se hacen a la mar
como mendigos expulsados del sueño de Dios.
Porque así ocurre siempre:
la izquierda canta filosofía
y el emperador bebe hierro, y lo escupe
y bajo los telones del mundo
la ejecución ya estaba escrita
por un ave ciega, sorda y primitiva.

María Moderno, vestida de blancas fatigosas flores,
marchaba junto a saltimbancos poseídos,
llevando en la frente la infamia del descubrimiento.
Su salud era seria como un corral incendiado,
y las prohibidas manos del pueblo
la habían hecho idolatría y suelo maravilloso.
Los jóvenes la seguían entre cantos,
tatuaré, decían, el calor de tu nombre
sobre mis huesos de prisionero.

Lejos ardía el estudio de literatura,
arrastrado por perros de hierro y dueños crueles;
allí los sabios Comeos despreciaban la timidez silvestre
de quienes aún ofrecían largos años de risa y prudencia
a cambio de una sola verdad blanca.
No obstante, el mendigo conocía más filosofía
que el alto señor sentado en pieles de triunfo.
Porque el mendigo había visto otros caminos
debajo del suelo, donde la santa duda bebe
del mismo vaso que la infamia.

Y ocurrió que el emperador tendría miedo.
Su querida ciudad, entregada y gastada,
aullaría entre pilares multicolores,
mientras los Curtirán del reino
forjaban cadenas para el ave y para el canto.
Dirán los hombres: vale más el pillaje que la ternura,
vale más el hierro que la literatura.
Pero la torre Habré responderá con fuego,
y cada piedra abrirá un ojo terrible.

Entonces yo, el tonto, el poseído,
el que bebía sombras bajo los telones,
aullaré hacia los cielos de blanca ceniza:
“Quien despreciaba la misericordia
será dueño de un reino vacío;
quien abrace la mendicidad
heredará los jardines silvestres.”

Y el mar, antiguo ejecutor de los siglos,
alzará la vieja barca hasta las estrellas,
donde María Moderno cantará todavía
con elegante furia, rasgada de hielo,
mientras los niños del futuro
arden de pie entre las ruinas
como lámparas prohibidas al cielo.