Como parar el Armagedón nuclear

No ficción

El Armagedón, derivado de Har Megiddo (monte de Meguido) en Israel, es el lugar bíblico citado en el Apocalipsis donde se librará la batalla final entre el bien y el mal, representando el enfrentamiento definitivo entre Dios y los gobiernos humanos. Simboliza el fin de los tiempos, la destrucción del mal y a menudo se usa para catástrofes globales.

La noche antes del relámpago

En las guerras modernas siempre hay una noche en la que todo parece suspendido.

No es todavía el desastre. Tampoco es ya la paz. Es un tiempo extraño, una pausa tensa en la que las ciudades siguen iluminadas, los cafés siguen abiertos y los teléfonos siguen sonando, pero en el aire flota una pregunta que nadie formula en voz alta.

Esa noche existe ahora alrededor de Irán.

En Teherán, las avenidas siguen llenas de tráfico. Los vendedores de té siguen trabajando. Las familias siguen caminando por los parques. Pero de vez en cuando alguien levanta la vista hacia el cielo. No es un gesto dramático. Es casi inconsciente. Como si el cielo se hubiera convertido de pronto en un lugar del que puede llegar algo.

Las guerras del siglo XXI empiezan de forma extraña. No comienzan con ejércitos marchando, sino con puntos luminosos en pantallas de radar, con drones que parecen insectos metálicos, con mensajes cifrados que viajan entre bases militares.

En algún lugar del desierto, ingenieros y soldados vigilan instalaciones que el resto del mundo conoce por nombres que suenan técnicos y lejanos.

Son lugares invisibles para la mayoría de la población, enterrados bajo roca y hormigón. Pero en ellos se concentra una de las grandes tensiones de nuestra época: el átomo.

Desde hace décadas, las potencias del mundo observan ese programa nuclear con inquietud. Entre ellas están Israel y Estados Unidos. Ambas han dejado claro durante años que consideran inaceptable que Irán llegue a poseer armas nucleares.

En el centro de esta nueva crisis aparece de nuevo una figura que divide opiniones en todo el planeta: Donald Trump. Para algunos es un líder dispuesto a actuar cuando otros dudan. Para otros es un político imprevisible e imprudente en un momento que exige prudencia extrema.

Pero la guerra rara vez se entiende mirando sólo a los líderes.

Hay que mirar también a los expertos, los estrategas, los científicos que pasan noches enteras analizando probabilidades. Ellos hablan ahora de algo que hasta hace poco parecía pertenecer al pasado: el riesgo nuclear.

Durante ochenta años el mundo ha vivido bajo una especie de pacto silencioso. Las armas nucleares existen, pero no se utilizan. Desde Hiroshima y Nagasaki, ningún país ha vuelto a detonarlas en combate.

Ese silencio —tan largo, tan frágil— es lo que algunos llaman el tabú nuclear.

El problema de los tabúes es que dependen de la voluntad humana. No están escritos en piedra. Pueden romperse.

Los estrategas imaginan escenarios. Ninguno es tranquilizador.

Uno de ellos habla de una bomba nuclear táctica: un arma más pequeña que las gigantescas bombas estratégicas, pero capaz de destruir una base militar entera. Sería una señal desesperada, un intento de alterar el equilibrio de la guerra.

Otro escenario es aún más inquietante por su lógica teatral: una detonación de demostración. Una explosión nuclear en el mar o en el desierto, destinada no tanto a destruir como a advertir.

Un mensaje enviado en forma de luz.

Hay también un peligro más silencioso. Las bombas convencionales que caen sobre instalaciones nucleares pueden liberar radiación. No sería una explosión atómica, pero sí una nube invisible capaz de convertir regiones enteras en lugares inhabitables.

Los mapas estratégicos muestran flechas, rutas, objetivos. Pero los mapas nunca muestran el miedo.

El miedo aparece en otros lugares: en las conversaciones a media voz, en las colas frente a las gasolineras, en los mensajes que las familias envían a parientes en el extranjero.

En el Strait of Hormuz, los petroleros avanzan lentamente entre buques militares. Cada barco transporta millones de barriles de petróleo y, con ellos, una parte de la estabilidad económica del planeta.

El mundo moderno depende de estos estrechos, de estos cables submarinos, de estas rutas invisibles. Cuando la guerra aparece en uno de estos puntos, sus efectos se sienten muy lejos.

Quizá en una ciudad europea donde el precio de la energía sube de repente.

Quizá en un puerto asiático donde un carguero llega con retraso.

Las guerras de hoy no son sólo territoriales. Son sistémicas.

Y sin embargo, en su núcleo sigue existiendo algo profundamente humano: decisiones tomadas por personas bajo presión.

Un general que duda antes de firmar una orden.
Un político que decide esperar unas horas más.
Un operador de radar que vuelve a comprobar una señal.

La historia nuclear está llena de momentos así, pequeños instantes en los que alguien decidió verificar, preguntar, retrasar.

Momentos en los que el mundo siguió existiendo simplemente porque alguien eligió la prudencia.

Ahora el planeta vuelve a acercarse a uno de esos momentos.

Y como ocurre siempre antes del relámpago, la noche parece tranquila.

La guerra siempre empieza lejos. En el borde del fuego.

Empieza como un rumor. Una frase en la radio de un taxi. Un titular breve en una pantalla. Un mapa pequeño en la esquina de un periódico. Así comenzó también esta vez, en torno a Irán: primero rumores de ataques, luego columnas de humo, luego la palabra que siempre parece demasiado grande hasta que ocurre — guerra.

En Teherán, cuentan los periodistas, las noches se han vuelto más silenciosas. No porque no haya ruido, sino porque la gente escucha. Cuando un país entra en guerra, todos aprenden a escuchar: el cielo, las sirenas, los teléfonos, las noticias que llegan desde muy lejos.

En esta guerra hay muchos actores y ninguno parece tener el control total. Está Israel, que desde hace años considera el programa nuclear iraní una amenaza existencial. Está Estados Unidos, cuya presencia militar en la región nunca desapareció del todo. Y está Irán, un país que aprendió durante décadas a resistir sanciones, presiones y aislamiento.

En el centro de la escena aparece también una figura conocida y polémica: Donald Trump. Para sus seguidores, un líder decidido; para sus críticos, un hombre imprevisible. En tiempos de guerra, la percepción de quienes toman decisiones se vuelve casi tan importante como las decisiones mismas.

Pero el verdadero protagonista de esta historia no es un presidente ni un general.

Es el miedo.

El miedo tiene forma de átomo.

Desde hace meses, los expertos hablan de una palabra que durante décadas parecía relegada a los archivos de la Guerra Fría: nuclear. No porque alguien haya usado todavía un arma nuclear, sino porque la posibilidad ha vuelto a entrar en las conversaciones de diplomáticos y estrategas.

Irán posee uranio altamente enriquecido y un programa nuclear que desde hace años preocupa a organismos internacionales como el Organismo Internacional de Energía Atómica. Las instalaciones donde ese material se produce están enterradas bajo tierra, protegidas por roca y secreto.

Son lugares que no aparecen en los mapas turísticos, pero que pueden cambiar el destino del mundo.

Los estrategas hablan de varios escenarios. Ninguno es tranquilizador.

El primero sería el uso de un arma nuclear táctica: una bomba más pequeña que las gigantescas armas estratégicas, pero todavía capaz de destruir una base militar o una flota entera. Sería un gesto desesperado, una señal lanzada al enemigo y al mundo.

El segundo escenario es aún más extraño: una explosión nuclear de demostración. No contra una ciudad, sino en el mar o en el desierto. Un mensaje en forma de hongo de fuego.

Sería la primera detonación nuclear en guerra desde Hiroshima y Nagasaki.

Durante ochenta años el mundo ha vivido bajo una regla no escrita: las armas nucleares existen, pero no se usan. Los estrategas llaman a esto “el tabú nuclear”. Un tabú frágil, sostenido por miedo mutuo.

El problema de los tabúes es que funcionan… hasta el día en que dejan de funcionar.

Hay otro peligro, menos espectacular pero igualmente grave. Las bombas convencionales que caen sobre instalaciones nucleares pueden liberar radiación. No sería una explosión nuclear, pero sí una catástrofe ambiental que obligaría a evacuar ciudades enteras.

En los despachos de Washington, Moscú, Pekín y Bruselas se estudian mapas. Los mapas siempre parecen ordenados: flechas, líneas, círculos. En los mapas la guerra parece casi lógica.

Pero en el terreno las guerras son otra cosa.

Son conductores de taxi que no saben si habrá gasolina mañana. Son padres que miran el cielo cuando pasa un avión. Son soldados que esperan una orden que quizá nunca llegue.

En el estrecho de Ormuz —un canal de agua por donde pasa una quinta parte del petróleo del mundo— los barcos ya no navegan. Cada radar vigila el horizonte. Cada capitán sabe que una chispa puede incendiar la región.

Las guerras modernas ya no se deciden sólo en el campo de batalla. También se deciden en los mercados de energía, en los satélites que observan desde el espacio, en los algoritmos que interpretan datos.

Y sin embargo, en el fondo, siguen dependiendo de algo muy antiguo: el juicio humano.

Un general que decide esperar.
Un político que decide negociar.
Un operador de radar que interpreta correctamente una señal.

La historia nuclear está llena de momentos así, instantes invisibles en los que el mundo estuvo a punto de cambiar.

Por eso los expertos hablan ahora con tanta inquietud. No porque crean que el apocalipsis sea inevitable, sino porque saben lo frágil que es el equilibrio.

La guerra, al final, no empieza cuando cae la primera bomba.

Empieza cuando los líderes mundiales empiezan a creer que ya no hay otra salida.

Los que deciden la guerra

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En las guerras hay dos geografías.

La primera es la que aparece en los mapas militares: fronteras, flechas rojas, nombres de ciudades, rutas de suministro. Es una geografía limpia, ordenada, casi abstracta.

La segunda es la geografía real.

Está hecha de habitaciones oscuras, hospitales improvisados, estaciones de tren llenas de gente que espera sin saber exactamente qué espera.

Entre estas dos geografías existe una distancia enorme.

Quien mejor la conoce rara vez es quien toma las decisiones.

Los líderes que empiezan las guerras viven en otro paisaje. Trabajan en edificios silenciosos, con alfombras gruesas y mesas largas. Allí la guerra llega en forma de informes, gráficos, mapas satelitales. En esas habitaciones el conflicto tiene el aspecto de un problema técnico que puede resolverse con cálculos.

En un despacho de Washington, D.C. o de Teherán, la guerra se presenta como una cuestión de estrategia.

En el terreno, en cambio, es otra cosa.

Es polvo.

Es miedo.

Es espera.

La mayoría de la gente no habla de conquistar territorios ni de destruir enemigos. Habla de cosas más simples.

Gasolina.

Pan.

Escuelas.

Electricidad.

La gente común vive en una escala distinta a la de los líderes. Para un ministro, el mundo se divide en regiones estratégicas. Para un taxista, el mundo se divide en barrios.

En el barrio hay una panadería, una farmacia, una parada de autobús. Ese es el universo que la guerra destruye primero.

Cuando uno conversa con los dirigentes, escucha palabras grandes: seguridad nacional, equilibrio regional, líneas rojas. Cuando uno conversa con la gente en la calle, escucha preguntas pequeñas: ¿habrá trabajo mañana?, ¿volverá mi hijo?, ¿cuándo terminará esto?

Las guerras nacen casi siempre en la primera conversación.

Y se sufren en la segunda.

Hoy el mundo observa con inquietud lo que ocurre en torno a Irán, donde las tensiones con Estados Unidos e Israel han vuelto a colocar la palabra nuclear en los titulares.

En los despachos donde se toman decisiones estratégicas, la discusión gira en torno a instalaciones como Natanz Nuclear Facility o Fordow Fuel Enrichment Plant.

Son nombres que suenan técnicos, casi burocráticos.

Pero cada una de esas palabras puede convertirse en una explosión, en una evacuación, en una ciudad vacía.

Entre los líderes que dominan ahora los titulares está Donald Trump, un hombre cuya forma de ejercer el poder provoca admiración en unos y rechazo en otros. En tiempos de crisis, las personalidades de los dirigentes adquieren un peso extraordinario.

Pero incluso los líderes más poderosos se enfrentan a algo que rara vez aparece en los discursos: la incertidumbre.

Las guerras comienzan con planes muy claros y terminan casi siempre de forma inesperada.

Los generales creen conocer el terreno. Los economistas calculan el impacto. Los estrategas trazan escenarios.

Y sin embargo la historia de las guerras está llena de sorpresas.

Un puente que se derrumba antes de tiempo.

Un aliado que no llega.

Un soldado que dispara demasiado pronto.

La guerra es el territorio donde los planes se vuelven frágiles.

Por eso los corresponsales de guerra aprenden pronto una lección: quienes deciden las guerras casi nunca ven su verdadero rostro.

No ven las estaciones de tren llenas de refugiados.

No escuchan las sirenas en mitad de la noche.

No sienten el silencio extraño que aparece después de un bombardeo.

Ese silencio es una de las cosas más difíciles de describir.

No es tranquilidad.

Es una pausa en la que todos esperan el siguiente sonido.

Tal vez un avión.

Tal vez nada.

A veces la paz depende precisamente de ese instante: de que alguien, en algún despacho lejano, decida esperar un poco más antes de firmar una orden.

Las autocracias en el mundo hoy

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Sobre las autocracias en el mundo a día de hoy, sin inventarse estadísticas, porque hasta las medidas más serias muestran que la democracia sigue cagándose de risa en muchos sitios, lo que podemos decir es:

Cómo está el panorama global

  • El autoritarismo ya no es marginal: varios informes recientes muestran que la mayoría de la población mundial vive bajo algún tipo de régimen autoritario o autocrático. Algunos de los datos que tienen sentido son que más del 70 % de la población mundial vive en sistemas autoritarios o con características autocráticas según análisis de institutos como V-Dem y expertos en política.
  • La cantidad de autocracias supera a la de democracias en algunos índices globales, algo que no pasaba desde hace décadas.
  • Las mediciones por parte de The Economist Intelligence Unit y otros índices muestran que el número de países clasificados como “autoritarismos” ha aumentado y que la tendencia general de la democracia es a empeorar o estancarse en muchos lugares.

Tipos de autocracias hoy
No es todo “dictadura militar con sable y sombrero”: hay varios matices que distinguen a los gobiernos en función de cómo controlan el poder:

  • Autocracias cerradas: Estados donde prácticamente no hay oposición real, ni elecciones competitivas (puro control, represión y uno o pocos líderes eternos). Ejemplos típicos son Corea del Norte o Arabia Saudita.
  • Autocracias “electorales”: tienen elecciones, pero están tan manipuladas (control del sistema judicial, medios, fraude tolerado) que el resultado es prácticamente fijo para el poder gobernante. Rusia o Venezuela se ven así.
  • Regímenes híbridos: entre democracia y autocracia, con libertades limitadas y fuertes controles al poder judicial o al parlamento (no estrictamente dictaduras clásicas, pero tampoco democracias sanas). Este tipo está creciendo, por ejemplo, los Estados Unidos de América con Trump.

Ejemplos notorios de autocracias actuales
(En todas partes hay quien discute las fronteras, pero los nombres siguientes aparecen recurrentemente en estudios serios)

  • China: Partido único con represión sistemática de disidencia.
  • Rusia: elecciones controladas y oposición restringida.
  • Corea del Norte: Estado totalitario clásico
  • Arabia Saudita y otras monarquías absolutistas: poder hereditario con muy pocas libertades.
  • Venezuela: proceso electoral y legal tiene tan poca competitividad real que muchos analistas la ubican como autocracia electoral.
  • Países africanos con golpes militares recientes (Burkina Faso, Mali, Níger, Chad, Gabon) han experimentado regresiones democráticas.

Tendencias y por qué esto importa

  • La democracia global está en retroceso y las autocracias no sólo siguen ahí, sino que en algunos casos aumentan su control interno.
  • Un tipo común ahora es el que usa elecciones para disfrazar poder autocrático, algo que no encaja con la idea clásica de gobierno absoluto por la fuerza, pero que sigue siendo autoritario en los hechos.
  • Esta expansión no es uniforme: regiones como Europa occidental o partes de Oceanía mantienen democracias sanas, mientras que muchas zonas de África subsahariana, Medio Oriente, Asia central y partes de América Latina muestran retrocesos en libertades y competencia política.

Resumiendo sin querer ponernos dramáticos: el mundo está menos democrático y más controlado por gobiernos autoritarios que hace una o dos décadas. No es una película apocalíptica, solo la constatación de que las mediciones de democracia y autocracia se están moviendo en la dirección que nadie pensaba después de los años 90.

¿Por qué las autocracias están ganando terreno?

Sin fingir sorpresa ni caer en el “es muy complejo” para no decir nada, podemos decir:

1. Fatiga democrática (o cuando la democracia promete y no cumple)

La democracia vende participación, igualdad y prosperidad. Luego entrega:

  • burocracia lenta
  • desigualdad creciente
  • políticos que rotan pero problemas que no

Mucha gente no se vuelve autoritaria por ideología, sino por agotamiento. Si votar no cambia nada tangible, aparece la tentación del “que mande uno y decida rápido”. No es amor al tirano, es hartazgo.

2. Desigualdad económica y precariedad crónica

Las autocracias prosperan cuando:

  • hay clases medias empobreciéndose
  • jóvenes sin expectativas
  • regiones enteras olvidadas

En ese caldo, el discurso autoritario funciona porque es simple y emocional: culpa a élites, extranjeros, minorías, periodistas, jueces. La democracia, en cambio, responde con gráficos y comisiones. Adivina cuál gana en TikTok.

3. Líderes que usan la democracia para matarla

Este es el truco moderno estrella:

  • llegas al poder por elecciones
  • debilitas tribunales, prensa y oposición
  • sigues celebrando elecciones, pero ya amañadas

No hacen falta tanques. Basta con leyes “técnicas”, reformas “legales” y control del relato. Es más limpio, más barato y mucho menos escandaloso. Rusia, Hungría, Turquía, Venezuela y compañía no inventaron nada, solo lo perfeccionaron.

4. Tecnología como aliada del control

Antes vigilar a la población era caro e ineficiente. Ahora:

  • cámaras
  • reconocimiento facial
  • rastreo digital
  • manipulación algorítmica

Las autocracias modernas no necesitan terror constante. Les basta con vigilancia permanente y castigo selectivo. El mensaje es claro: “Sabemos quién eres. Compórtate.” Funciona sorprendentemente bien.

5. El modelo autoritario dejó de dar vergüenza

Durante años, el consenso era: democracia = progreso. Eso se rompió.

  • China crece sin libertades
  • monarquías del Golfo son ricas y estables
  • Rusia vendió durante años la idea de orden y orgullo nacional

Muchos países miran eso y piensan: “No necesitamos democracia para desarrollarnos”. No es cierto a largo plazo, pero a corto plazo parece funcionar. Y la política vive de lo inmediato.

6. Crisis global tras crisis global

Desde 2008 el mundo encadena:

  • crisis financiera
  • pandemia
  • guerras
  • inflación
  • crisis climática

Las crisis favorecen el mando fuerte, el estado de excepción, el “ahora no es momento de protestar”. Las democracias sobreviven mal a emergencias prolongadas. Las autocracias se sienten como en casa.

7. Democracias que se disparan en el pie

Corrupción, polarización extrema, desinformación, partidos que prefieren ganar a gobernar. Cuando la democracia se convierte en:

  • insultos constantes
  • bloqueos institucionales
  • política como espectáculo

la gente deja de verla como algo valioso y empieza a verla como un circo caro. Y nadie defiende con entusiasmo un sistema que percibe como inútil.

En resumen, y sin poesía

Las autocracias avanzan porque:

  • ofrecen orden cuando la democracia ofrece frustración
  • usan elecciones como fachada
  • explotan crisis reales con soluciones falsas pero simples
  • controlan mejor el relato y la tecnología

No es que la gente ame menos la libertad. Es que muchos sienten que la libertad no les está sirviendo de mucho.

Y ahí está el problema de fondo. No el autócrata. El vacío que aprovecha.

En la mente de Trump

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Nadie está dentro de la mente de Trump. Ni siquiera Trump todo el tiempo. Pero sí se puede describir el patrón, que es más útil que intentar psicoanalizarlo desde el sofá.

En su cabeza no hay un mapa del mundo clásico. Hay un tablero de fuerza. Países fuertes, países débiles. Ganadores, perdedores. Lealtad, traición. Todo reducido a relaciones personales y transacciones. La geopolítica como negocio malhumorado.

Trump no piensa en “orden internacional”, “derecho multilateral” o “equilibrios estratégicos”. Esos conceptos le aburren. En su mente, el mundo funciona así:
si alguien no te teme, te está engañando.
si alguien te critica, te debe algo.
si algo no se puede vender como victoria, no sirve.

La coherencia ideológica no es su prioridad. La centralidad sí. Necesita ser el eje del conflicto, el que rompe el guion, el que obliga a todos a reaccionar. Para Trump, gobernar no es administrar. Es dominar la conversación.

Por eso su política exterior parece errática pero no lo es del todo. Tiene tres impulsos constantes:

  1. Demostrar poder, aunque sea simbólico. Amenazas, gestos extremos, declaraciones maximalistas. No siempre importa ejecutarlas. Importa que todos las escuchen.
  2. Romper reglas heredadas, porque las reglas las hicieron otros. El sistema previo es, para él, una humillación acumulada.
  3. Personalizar el mundo. Líderes amigos, líderes enemigos. No estados, personas. No procesos, pulsos.

En su mente, Estados Unidos no debe liderar porque sea responsable, sino porque puede. Y si no puede, castiga. Aranceles, presión diplomática, retirada de compromisos. El mensaje es simple: nada es gratis, ni siquiera la alianza.

Hay también algo más básico, menos sofisticado pero muy potente: resentimiento convertido en política. Contra élites, contra expertos, contra instituciones que no lo aplauden. Trump gobierna como alguien que nunca perdonó haber sido cuestionado.

¿Y el futuro? En su cabeza no existe el largo plazo. Existe la próxima jugada. El siguiente impacto. La siguiente humillación infligida o evitada. El día siguiente se improvisa cuando llega.

En resumen, en la mente de Trump no hay un plan maestro. Hay una obsesión clara: no parecer débil, nunca. Todo lo demás es negociable. Incluido el mundo.

Las consecuencias no son teóricas. Son acumulativas, y ya están ocurriendo aunque todavía no lleven su nombre en los libros.

Primera consecuencia: el mundo se vuelve más imprevisible.
Cuando la principal potencia actúa por impulsos, castigos y gestos personales, el resto deja de confiar en reglas estables. Los aliados dudan, los adversarios calculan mal, los neutrales se arman. La política internacional se convierte en una sala llena de gente hablando más alto porque nadie confía en que el moderador siga ahí mañana.

Segunda: el derecho internacional se debilita sin necesidad de abolirlo.
No hace falta romper tratados. Basta con ignorarlos selectivamente. Cuando eso lo hace quien antes exigía cumplirlos, el mensaje es devastador: las normas valen mientras convienen. El precedente es más peligroso que la acción concreta.

Tercera: los autoritarismos salen reforzados.
Si EE.UU. actúa sin pudor normativo, otros gobiernos encuentran la coartada perfecta. “Si ellos pueden, nosotros también.” Trump no crea autoritarismos, pero les quita la vergüenza. Y eso acelera procesos que ya estaban en marcha.

Cuarta: las alianzas se vuelven transacciones.
La OTAN, la UE, los acuerdos multilaterales pasan de ser compromisos estratégicos a facturas mensuales. Paga o te dejo solo. Eso no destruye las alianzas de golpe, pero las vacía por dentro. Y una alianza sin confianza es solo una reunión cara.

Quinta: el conflicto se normaliza como método.
Amenazar, tensar, humillar… deja de ser una excepción y se vuelve estilo. El problema no es el choque puntual. Es que se enseña al sistema a funcionar a golpes, no a procesos. Y los golpes siempre escalan.

Sexta: el corto plazo devora el futuro.
Decisiones tomadas para ganar hoy generan problemas que nadie quiere heredar mañana. Clima, deuda, seguridad global, tecnología militar. Todo se aplaza porque no da rédito inmediato. El mundo se gestiona como si no hubiera después.

Séptima: la política se contagia del espectáculo.
Cuando el poder se ejerce como show, otros lo imitan. Menos sustancia, más ruido. Menos soluciones, más enemigos. El ciudadano acaba agotado, cínico o radicalizado. A veces las tres cosas a la vez.

La consecuencia final no es el caos inmediato. Eso sería demasiado evidente.
La consecuencia real es peor: la erosión lenta de lo que evitaba el caos. El sistema no se rompe de golpe. Se vuelve frágil. Y los sistemas frágiles no avisan cuando caen.

Reconfiguración geopolítica del orden mundial. Cronología y tendencias

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El orden mundial está en pleno proceso de reconfiguración.
Los equilibrios que definieron el sistema tras la Segunda Guerra Mundial están siendo cuestionados tanto por hechos concretos (intervenciones militares, tensiones territoriales) como por la falta de consenso en mecanismos multilaterales.

1) Crisis internacional y tensiones geopolíticas

Estados Unidos contra Venezuela y el mundo
La captura del presidente venezolano Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses ha provocado una crisis diplomática global. Gobiernos de China, Brasil, Rusia y varios países de América Latina han condenado el operativo, advirtiendo que socava la soberanía y las normas internacionales.

Alarma por el orden mundial basado en reglas
Autoridades británicas señalan que este tipo de acciones estadounidenses podría significar la erosión del orden global basado en normas, impulsando debates sobre soberanía, derecho internacional y seguridad europea.

Trump y Groenlandia
El Gobierno de EE. UU. ha reiterado sus planes —incluyendo opciones militares— para obtener control estratégico de Groenlandia, lo que ha generado críticas en Dinamarca, Canadá y países nórdicos por considerarlo una amenaza a la soberanía territorial.

2) Estudios y riesgos globales para 2026

Riesgos del nuevo año
Un informe reciente sobre los principales riesgos globales en 2026 destaca lo que podría definir la política mundial este año:

  1. Inestabilidad política interna en EE. UU. y debilitación de instituciones democráticas.
  2. Rivalidad tecnológica y económica entre Estados Unidos y China.
  3. Tensiones persistentes en Europa, especialmente con Rusia y sus efectos en la OTAN.
  4. Impactos sociales y políticos de la inteligencia artificial y la gestión del agua.
  5. Desigualdad en crecimiento, con riesgos de conflicto social y migración masiva.

3) Balance del año anterior e implicaciones

Lo que definió 2025
Un análisis de eventos globales que marcaron el año pasado subraya tres enfoques persistentes:

  • El reforzamiento de políticas de poder unilateral por parte de grandes potencias.
  • El ascenso de tensiones regionales que no se resuelven a través de organismos multilaterales.
  • La aparición de nuevas alianzas estratégicas y rivales —ya sea por recursos, tecnología o influencia— que configuran un mundo menos estable.

Resumen de la situación actual del orden mundial

Orden global en tensión: Los principios de soberanía, cooperación multilateral y respeto a normas internacionales están bajo presión por las acciones unilaterales de potencias como Estados Unidos.

Polarización y riesgos latentes: La política mundial se mueve entre rivalidades geoeconómicas (EE. UU. vs China), disputas territoriales simbólicas (como Groenlandia) y crisis regionales que tienen eco global.

Debate sobre soberanía y legalidad: Actos como la detención de presidentes en territorio extranjero o cambios forzados de orientación política de un Estado están alimentando un debate serio sobre si el orden mundial basado en reglas está en riesgo de desintegrarse.

Mercados y tecnología: A pesar de tensiones políticas, mercados mundiales mostraron señales de recuperación y rally sincronizado que podría influir en la estabilidad económica general este año. (Información de mercado más reciente disponible, con movimientos al inicio de 2026.)

Conclusión rápida de hoy

El orden mundial está en pleno proceso de reconfiguración.
Los equilibrios que definieron el sistema tras la Segunda Guerra Mundial están siendo cuestionados tanto por hechos concretos (intervenciones militares, tensiones territoriales) como por la falta de consenso en mecanismos multilaterales.
Esto no es sólo diplomacia de alto nivel: son decisiones que afectan la estabilidad económica, la seguridad regional y la confianza en instituciones internacionales.

Aquí tienes una cronología paso a paso de los acontecimientos más relevantes que están configurando el orden mundial, organizada por fecha y con hechos verificables del final de 2025 hasta hoy, enero de 2026:


CRONOLOGÍA GLOBAL — DICIEMBRE 2025 / ENERO 2026

15 de marzo-abril 2025 — Crisis del Mar Rojo

Una gran operación militar liderada por Estados Unidos contra posiciones hutíes en Yemen marcó un punto de tensión prolongado en el tráfico marítimo y la seguridad del comercio global. Este conflicto generó ataques múltiples a buques en el estrecho y una respuesta coordinada de potencias occidentales.


18-24 de junio 2025 — Alto el fuego entre Israel y Hamás

Tras casi dos años de guerra en Gaza, un alto el fuego entró en vigor tras mediación internacional, con la liberación de rehenes a cambio de prisioneros y apoyo político externo. Este acuerdo fue considerado frágil desde el primer día.


24-25 de junio 2025 — Cumbre de la OTAN en La Haya

Los países miembros acordaron aumentar el gasto militar hasta el 5 % del PIB de manera escalonada y reforzar compromisos defensivos ante amenazas híbridas y convencionales persistentes.


Finales de 2025 — Crisis económica y geopolítica

Organismos internacionales como la ONU señalaron que tensiones geopolíticas, conflictos abiertos y políticas proteccionistas amenazaban la recuperación económica global, con crecimiento moderado y riesgos persistentes en comercio internacional.


31 de diciembre de 2025 — Inicio de 2026 marcado por reacciones globales

Líderes mundiales hicieron declaraciones públicas por la unidad y la cooperación, mientras tensiones latentes —como el conflicto en Taiwán y el peso político de grandes potencias— marcaron el inicio del año.


1 de enero de 2026 — Eventos importantes

  • Bulgaria entra en la eurozona, adoptando el euro y generando debates internos sobre estabilidad económica.
  • Zohran Mamdani es investido alcalde de Nueva York, un hecho político simbólico en Estados Unidos.
  • Estados Unidos ejecuta una operación militar en Venezuela, arrestando al presidente Nicolás Maduro y elevando la crisis diplomática a nivel global.

3 de enero de 2026 — Reacciones por la operación en Venezuela

La detención de Maduro desencadenó protestas diplomáticas en América Latina y condenas desde Rusia, China y la ONU, que calificaron la acción como una violación de la soberanía nacional.


5 de enero de 2026 — Tensiones del Medio Oriente y drones en Europa del Este

  • Ataques israelíes en Líbano por presuntas posiciones de Hezbolá aumentaron las tensiones regionales.
  • Ucrania derribó decenas de drones lanzados por Rusia, destacando la continuidad de enfrentamientos en ese frente.

6 de enero de 2026 — Reconfiguraciones geopolíticas en curso

  • Estados Unidos reitera intención de asegurar petróleo venezolano y plantea opciones sobre Groenlandia, lo que provocó rechazos diplomáticos de países europeos interesados en mantener la soberanía territorial y el orden jurídico internacional.
  • Se consolidan acusaciones de que acciones unilaterales por parte de la administración estadounidense podrían socavar el actual sistema internacional basado en normas y soberanía.

Tendencias que emergen de esta cronología

1. Intervenciones militares sin precedentes:
La operación norteamericana en Venezuela representa un giro de política exterior con implicaciones directas para el principio de no intervención.

2. Tensiones persistentes en Oriente Medio:
Las operaciones en Líbano y los enfrentamientos en Ucrania muestran que conflictos prolongados siguen activos, sin solución clara a la vista.

3. Rechazo y respuestas diplomáticas:
Gobiernos aliados europeos y potencias como China y Rusia han rechazado acciones unilaterales, cuestionando el actual orden global.

4. Crisis económicas y geopolíticas interconectadas:
Las tensiones comerciales, conflictos y la seguridad energética están afectando la confianza del mercado global y la cooperación multilateral.


Resumen de impacto inmediato

Esta cronología muestra que el orden mundial ha entrado en un periodo de reconfiguración acelerada, donde:

  • las normas internacionales tradicionales están siendo desafiadas por acciones unilaterales;
  • los conflictos armados y tensiones diplomáticas se mantienen activos en múltiples frentes;
  • y las respuestas multilaterales (ONU, OTAN, alianzas regionales) están enfrentadas a decisiones políticas que rompen precedentes.

Tres pulsos del día

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La energía como poder, la diplomacia como herida, y la memoria como espejo.


España, entre el gas, la palabra y la sombra

Hay días en que las noticias no son hechos, sino síntomas. No hay titulares ruidosos, pero sí un rumor persistente —una vibración que anuncia que el mundo se mueve bajo la superficie, sin necesidad de explosiones visibles. Hoy España despierta en esa cadencia: entre un gasoducto, una amenaza y un fantasma.


El poder que circula bajo tierra

En Bruselas se comentan cifras, en Madrid se hacen llamadas discretas. Enagás negocia la compra de un 32 % de la empresa francesa Terega, operadora de redes de gas y posible arteria futura del hidrógeno europeo.
No es una transacción cualquiera: son 600 millones de euros que valen más por lo simbólico que por lo contable. Es la promesa de que España deje de ser el extremo del mapa y se convierta en su bisagra energética.

El gas —ese soplo invisible que mantiene en pie los inviernos del continente— ya no se mide solo en metros cúbicos, sino en soberanía. Detrás de cada válvula hay un gesto de poder: quién controla el flujo, quién depende, quién firma los contratos.
Y el hidrógeno, esa palabra que huele a futuro, se perfila como nueva frontera del dominio industrial.

Enagás quiere comprar un pasaje al mañana; Francia ofrece asiento en su red. Pero en esta transacción late la pregunta antigua: ¿Quién posee a quién?


Las amenazas de la distancia

Desde el otro lado del Atlántico, Donald Trump habla como quien lanza piedras a un estanque. Ha repetido —otra vez— que España debería ser “castigada” por no alcanzar el 5 % de su PIB en gasto militar.
Lo dijo sin diplomacia, con el mismo tono con que se regaña a un socio moroso. “Quizás debamos imponer aranceles”, advirtió.

El eco de esa frase llega a Madrid como una bofetada disfrazada de cálculo económico.
En los despachos se mide la indignación con frialdad, porque en política internacional el orgullo tiene precio y la respuesta se calcula como en una partida de ajedrez.
España no es un país belicoso; su presupuesto militar apenas toca el 1,3 %. Pero en la lógica de las alianzas, la virtud no cuenta: solo la fuerza, o la apariencia de ella.

Los imperios nunca amenazan solos: lo hacen a través de su retórica. Y las palabras, cuando vienen del poder, son armas más precisas que los misiles.


El ruido de la memoria

Mientras los diplomáticos intercambian notas y los economistas diagramas, en Vitoria el pasado se desentierra a gritos. Una manifestación de extrema derecha terminó en disturbio: 17 detenidos, banderas con el yugo y las flechas ondeando como si el tiempo no hubiera pasado.

A cada golpe de porra respondía un eco que no era solo de rabia: era la memoria de un país que todavía no decide cómo hablar de sí mismo.
Los símbolos que creíamos relegados al museo regresan con la furia de lo no resuelto.
Los viejos himnos, los gestos marciales, la retórica de la patria pura: regresan no porque tengan futuro, sino porque siguen teniendo herida.

La democracia española se prueba en su capacidad de recordar sin revivir, de mirar atrás sin quedarse ciega. Pero cada manifestación de este tipo es un espejo turbio: muestra lo que intentamos olvidar.


Tres pulsos del mismo cuerpo

Uno podría pensar que estos temas no se tocan —energía, diplomacia, memoria—, y sin embargo respiran el mismo aire.
Todos hablan de dependencia: del gas que nos conecta a Europa, del poder extranjero que nos exige gastar más en armas, del pasado que se niega a soltarnos.
España, como el resto del mundo, vive en esa tensión entre autonomía y subordinación, entre voz propia y coro impuesto.

Hoy, bajo la lluvia que moja el Mediterráneo y la política que humedece los despachos, el país parece un cuerpo dividido:
una mano negocia con París, la otra responde a Washington, y los pies siguen pisando calles donde la historia aún tiembla.

El corresponsal, si es honesto, no debería concluir. Solo observar.
Y al mirar este día, uno entiende que no hay “grandes” ni “pequeñas” noticias: solo señales.
Y todas, de algún modo, apuntan a lo mismo: que el poder sigue siendo una forma de respirar.

En la piel del relato

No ficción

Hoy el sol no ha bastado para calmar al mundo. Las noticias de hoy llegan como fragmentos de un mosaico quebrado, donde cada grieta sangra resignación, esperanza y urgencia. Trato de recomponerlo en una crónica —no exacta— con algo del eco en que el corresponsal no solo relate hechos, sino una piel que observa, siente y se resiste.


España se detiene —y camina— en la protesta

España se levanta esta mañana con una huelga general convocada por múltiples sindicatos y organizaciones estudiantiles en solidaridad con el pueblo palestino, y como rechazo a la persistencia del conflicto pese al armisticio inicial.

La movilización no es sólo contra bombas: es contra el silencio, la omisión, la complicidad que sienten los convocantes detrás de las mesas diplomáticas. Las interrupciones serán parciales a lo largo del día —turnos de dos horas para trabajadores— junto con paros estudiantiles de 24 horas. 
En Madrid, las marchas saldrán desde Atocha hacia Sol, a mediodía y también a las 7 de la tarde. 
No será un paro vacío: los sectores mínimos (salud, servicios de emergencia) garantizarán atención, pero la ciudad respirará la tensión de quienes actúan.

Este día de huelga habla también de un país fracturado: la voz que protesta contra una guerra lejana es la misma que cuestiona sus silencios internos.


Washington contra Madrid: amenazas en nombre de la Alianza

Donald Trump no baja el tono. Esta madrugada volvió a aludir a la posibilidad de imponer aranceles a España como castigo por no cumplir con la meta del 5 % del PIB en gasto militar para la OTAN. 
No es sólo una amenaza comercial: es un recordatorio de dependencia política e imposición. “Puede que haya que castigarlos”, dijo —palabras que quemarán los papeles diplomáticos y harán latir la soberanía como herida. 
La explicación oficial de Madrid —que cumple sus “capacidades operativas” aunque no alcance ese porcentaje rígido— suena esta vez como escudo frente al vendaval.

Este cruce recuerda que las alianzas no son fraternidades: son equilibrios que aceptan puños discretos sin encubrimiento.


En Gaza: armisticio que no calma los fantasmas

El cese del fuego firmado hace días se tambalea entre acusaciones mutuas. Hamas acusa a Israel de violar los términos y anuncia que no tolerará más transgresiones de control interno, enfrentándose a los llamados “colaboradores” y saqueadores. 
Desde Israel, informan de ataques sobre quienes cruzan líneas del acuerdo, justificando que no respondieron a llamadas de advertencia. 
El pacto, gestado en Sharm el-Sheikh bajo auspicios diplomáticos, fue un paso tácito hacia la paz —pero esa paz vive de promesas no cumplidas. 
La tregua no ha sido mansa: el polvo aún se posa sobre cadáveres que esperan ser evacuados, y las ciudades en ruinas callan historias que no caben en informes oficiales.


Mercados, crudo y tibios augurios

El precio del petróleo baja hoy bajo nubes de excedente y tensiones comerciales renovadas entre EE.UU. y China. 
Brent retrocedió 0,21 USD hasta 62,18 USD por barril; el West Texas Intermediate cayó 0,16 USD hasta 58,54 USD. 
Se anticipa un eventual exceso de producción de 4 millones de barriles diarios para 2026, según informes de la Agencia Internacional de la Energía. 
Los mercados globales reaccionan: las señales de posibles recortes de tasas en EE.UU. reavivan el optimismo limitado, mientras la guerra comercial reduce apetito por riesgos. 
El dólar sufre: la expectativa de recortes pesa más que la ausencia de datos oficiales por el cierre parcial del gobierno estadounidense.

Un mundo que se mide en precios y anticipos, donde el mañana ya tiene valor especulativo.


Asia llama la atención: sanciones cruzadas

China impuso sanciones contra filiales estadounidenses del gigante naval surcoreano Hanwha, como advertencia política más que como golpe inmediato. 
Las medidas llegan en medio del pulso comercial global: tasas portuarias nuevas, controles estratégicos, amenazas de ruptura.
Mientras, Corea del Sur enviará altos funcionarios a EE.UU. para negociar tarifas y buscar alivios diplomáticos. 
Estas maniobras no son vestigios locales: son piezas de un tablero donde cada sanción lanza ondas hacia otros territorios.


Ecos alemanes: mirar al Sur

Desde Berlín emerge un enfoque estratégico: redefinir la política hacia África. Una iniciativa empresarial reclama que la relación no sea solo extractiva, sino asociativa, con acuerdos vinculantes sobre materias primas. Umm…
La urgencia no es moral, sino económica: Alemania, dependiente de minerales tecnológicos, ve en el Sur una palanca para diversificar. El proyecto sugiere que quien domina el comercio del mañana ordenará también los pactos del presente.


En la piel del relato

Hoy redacto esto sabiendo que el corresponsal caminante no informa desde un pedestal: pisa charcos, esquiva vidrios, recoge cenizas. Cada noticia es un fragmento de una geografía que sangra: una huelga que exige presencia, un país bajo presión externa, una guerra que no se apaga con firmas, mercados que temblorosos calculan futuro, sanciones lejanas pero con reflejo en nuestras vidas.

No basta decir lo que sucede: hay que sentir cómo los bordes del mundo tiemblan al contacto de las noticias. Tal vez mañana muchas de estas líneas sean criticadas, descartadas u olvidadas. Pero algo del pulso quedará: que un día como hoy alguien intentó urdir con palabras el tejido herido de nuestro tiempo.

¿Está el enemigo? ¡Qué se ponga!

No ficción

La felicidad es un bulo. Un fraude a gran escala. Una campaña de marketing diseñada para vendernos velas aromáticas y retiros de meditación en Bali. Nos han hecho creer que la felicidad es un destino, un nirvana alcanzable si combinamos la dosis justa de esfuerzo, pensamiento positivo y aguacates en tostada. Pero no, amigos. La felicidad es una línea de meta que se aleja cada vez que damos un paso.

Lo más gracioso de todo es que el verdadero verdugo de la felicidad no es la tristeza, sino las expectativas. Ay, las expectativas, esos castillos en el aire con wifi ultrarrápido y vistas al mar. Nos prometemos a nosotros mismos que seremos felices cuando consigamos ese trabajo, cuando viajemos a Tokio, cuando tengamos pareja, cuando la pareja nos deje, cuando compremos un perro, cuando el perro deje de destrozarnos los zapatos… Y así, la zanahoria sigue colgando delante de la nariz, mientras trotamos con la ilusión de que algún día la atraparemos.

Nos pasamos la vida haciendo malabares con lo que creemos que debería ser y lo que realmente es. “Debería haber conseguido más a mi edad”, “Debería ser más delgado”, “Debería estar disfrutando esto más”. Debería, debería, debería… Qué palabra más hermosa para amargarnos la existencia.

El enemigo no es la infelicidad, sino la farsa. Nos vendieron la idea de que la felicidad es un estado permanente, una línea recta de éxtasis ininterrumpido. Pero la felicidad no es más que un accidente químico, un vaivén de dopamina que dura lo que un suspiro. Unas veces viene y otras se esfuma sin previo aviso, como un amante cobarde. Y ahí estamos nosotros, exigiéndole que vuelva, como si fuera un empleado con horario fijo.

Lo peor de todo es que seguimos negociando con la vida como si ella nos debiera algo. «Si trabajo duro, seré exitoso». «Si soy una buena persona, encontraré el amor». Queridos míos, la vida no ha firmado ningún contrato con nosotros. No hay reembolsos, ni garantías, ni servicio de atención al cliente. Lo que hay es caos, puro y bello caos, en el que a veces la suerte te sonríe y otras veces te da una patada en la boca, o en sitios peores.

Así que, ¿Qué hacemos? ¿Nos rendimos? ¿Nos ponemos en modo zombi y aceptamos la mediocridad? No. Lo que hacemos es afilar el cinismo y ajustar las expectativas a la realidad, como quien se compra un paraguas en Londres sabiendo que tarde o temprano va a llover. ¿Quieres ser feliz? Perfecto. Pero no le pidas demasiado a la felicidad. No le pongas condiciones. No esperes que sea espectacular. A veces es simplemente no tener dolor de cabeza, encontrar sitio en el metro o que tu canción favorita suene en la radio. A veces es aceptar que la vida es más tragicómica que épica.

Así que deja de esperar que el destino sea justo. Deja de imaginar que en algún momento todo encajará perfectamente. Porque si sigues persiguiendo esa zanahoria, lo único que conseguirás es morirte de hambre.

Nos han programado para vivir con un ojo puesto en el horizonte y el otro en la calculadora. Siempre proyectando, siempre midiendo, siempre anticipando. Pero, ¿y si el truco no está en la previsión sino en la entrega? No en la esperanza ciega, sino en la disposición plena a lo inesperado. Porque la esperanza, aunque parezca un bálsamo, tiene su trampa: es una deuda con el futuro. Un contrato implícito con lo que debería ser, con lo que esperamos recibir a cambio de nuestros desvelos. Y cuando la esperanza se frustra, se convierte en resentimiento, en cinismo mal llevado, en esa amargura de quien siente que la vida le debe algo. En un Trump.

Pero ojo, tampoco se trata de temer. Porque el miedo es solo la otra cara de la misma moneda: un exceso de expectativas, pero en negativo. En lugar de promesas radiantes, nos inventamos futuros lúgubres y nos preparamos para lo peor como si estuviéramos en una película apocalíptica. La clave está en bajar las armas sin rendirse. En caminar sin guion, sin pedir garantías, sin hipotecar la felicidad en una idea prefabricada de éxito. Es mirar al presente con la curiosidad infantil de quien ha olvidado lo que viene después, de quien no necesita que la vida le dé la razón.

Sorprenderse es el arte de vivir sin mapa, sin un destino rígido. No significa resignación, sino ligereza. No significa apatía, sino disponibilidad. Es la diferencia entre esperar el amanecer con ansiedad y dejarse encandilar por la luz que se filtra entre los edificios grises de nuestra ciudad sin haberlo previsto. No se trata de no querer nada. Se trata de no necesitar que las cosas sean de una forma específica para sentirse vivo. Se trata de dejar que la vida nos desarme y, en ese desarme, encontrar lo que nunca supimos que buscábamos. Afrontemos con un chiste la desgracia, démosle una lección. Sorprendámonos y conjuremos la vida con una gran carcajada cuando nos viene mal dada. Como decía Gila: «¿Está el enemigo? ¡Qué se ponga!

La libertad en Internet continúa en descenso

No ficción

Internet ha dejado de ser, según los últimos informes, un lugar donde los usuarios gozan de libertad plena para comunicar y expresar cualquier tipo de información, a un espacio cada vez más controlado y vigilado por instituciones políticas de todo el mundo.

Hace apenas unos días, la organización Freedom House, dedicada a tratar de expandir la libertad y democracia por todo el mundo, publicó un informe en el cual se evalúa el estado en el que se encuentran 195 países y 14 territorios en cuanto a la presencia de libertades en sus respectivas sociedades durante el año 2017. Cada país y territorio recibe una puntuación, teniendo en cuenta 25 indicadores diferentes y puntuando sobre un máximo de 100 puntos.

Según el informe, los derechos políticos y libertades civiles a nivel global en los últimos 10 años llegaron a su punto más bajo en 2017. Es importante recordar que 2017 constituyó un momento político marcado por el alzamiento de autócratas alentados, democracias asediadas, y por la retirada de los Estados Unidos de su papel de liderazgo en la lucha global a favor de las libertades humanas. Además, en los países civilizados, encontramos problemas crecientes como las brechas económicas y sociales, fragmentaciones partidistas, ataques terroristas o el influjo de refugiados que ha provocado un endurecimiento de las políticas migratorias y ha llevado a muchos a desconfiar del prójimo. Todos estos nuevos desafíos a los que se enfrentan gran parte de los países democráticos a día de hoy, han impulsado el ascenso de líderes populistas quienes optan por adoptar medidas anti-inmigración y dan poca atención a defender las libertades civiles y políticas fundamentales. De esta manera, vemos como partidos de extrema derecha en Europa han ganado votos y escaños en países como Francia, Holanda, Alemania y Austria, durante el 2017.

El informe anual de 2018 de esta organización, también recoge que diferentes gobiernos de todo el mundo están intentando hacerse con un control más rígido sobre los datos de los internautas, al mismo tiempo que sacan ventaja de una serie de leyes aprobadas por ellos mismos para luchar contra la desinformación en la red, contra las llamadas “Fake News”, las cuales están floreciendo en estos últimos años.

El presidente de Freedom House, Mike Abramowitz, dijo a los periodistas que existe una creciente aceptación de la idea por parte de la ciudadanía de que internet está siendo cada vez más utilizado para obstaculizar los esfuerzos democráticos, en lugar de para derrocar regímenes dictatoriales. Él añadió: “La propaganda y la desinformación están, cada vez más, envenenando la esfera digital, y los autoritarios y populistas están aprovechándose de la lucha contra estas noticias falsas como pretexto para encarcelar a periodistas de impacto y críticos de las redes sociales, a menudo a través de leyes que criminalizan la difusión de información falsa”.

Además, se sabe que los gobiernos de 18 países han aumentado sus controles de información digital entre junio de 2017 y ahora, con 15 de ellos considerando nuevas leyes de protección de datos, lo que podría obligar a empresas a almacenar localmente los datos de sus usuarios, facilitando en gran medida el acceso a éstos por parte de los gobiernos.

Además, el informe señala que los gobiernos de 32 países emplearon comentaristas pagados, bots y bulos para manipular conversaciones online. WhatsApp y otras apps de mensajería cifradas, se están convirtiendo en blancos de manipulación, los autores del informe señalan.

OTROS DATOS INTERESANTES SOBRE ESTE INFORME:

  1. Los países con las puntuaciones más bajas a nivel global son: Siria (-1/100), Sudán del sur (2/100), Eritrea (3/100) y Corea del Norte (3/100).
  2. España cuenta con una puntuación de 94 sobre 100, superior a la de países como Francia (90/100), Italia (89/100), Estados Unidos (86/100) o la República Checa (93/100).
  3. Un 39% de la población mundial disfruta plenamente de libertades fundamentales, frente a un 24% que lo hace parcialmente, y un 37% que carece de libertades de todo tipo.
  4. El país que más ha sufrido en el mantenimiento de sus libertades civiles y derechos políticos es Turquía, que pasa de ser un país “parcialmente libre” a un país “no libre”, perdiendo 34 puntos en los últimos 10 años.
  5. Estados Unidos, quien ha sido considerado el principal país promotor de la defensa de las libertades y de la democracia, ha perdido 8 puntos de la puntuación dada por Freedom House en los últimos 10 años. Ello se debe principalmente a: la hipótesis cada vez más certera de que Rusia haya podido interferir en la campaña presidencial de 2016, violaciones de estándares éticos por la administración Trump, así como la reducción en transparencia por parte del gobierno.
  6. Si observamos el balance neto de los distintos países que participan en el estudio en los últimos 12 años, podemos afirmar que 113 países han empeorado sus respectivas puntuaciones, mientras que 62 países han conseguido mejorar con respecto a la garantía de libertades y actuaciones democráticas.

La próxima cumbre de Trump y Norcoreano será en un lecho de rosas

Ficción

Pendientes de la nueva cumbre entre Trump y el líder Norcoreano, nuestra redacción de Le Monda ha podido acceder en exclusiva al lecho matrimonial que unirá a ambos líderes mundiales.

Se trata de un lecho de rosas confeccionado para la ocasión por voluntarios obligados a punta de pistola por el régimen de Pionyang en la casita de Pin y Pon.

«Less Guns, more glitter», ha declarado el carismático y anaranjado Trump para subrayar su conversión del naranja al rosa.