Sobre el arte de desaprender

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He sospechado, desde hace tiempo, que todo aprendizaje verdadero encierra, como su sombra inevitable, un olvido. Los maestros, esos custodios de lo esencial, nos conducen por senderos de claridad: nos enseñan a nombrar el mundo, a ordenar el caos, a distinguir lo verdadero de lo falso. Con ellos, el conocimiento parece un ascenso, una lenta escalera hacia una biblioteca infinita que, sin embargo, promete sentido.

Pero existe una etapa posterior, menos celebrada y más ardua: la de desaprender lo que los ignorantes nos imponen. No es un olvido natural, como el que sugiere Pascal cuando habla de la fragilidad de la memoria; es un ejercicio deliberado, casi ritual.

Imagino un extraño libro –quizá escrito en Alejandría, quizá en un espejo– que contenga únicamente argumentos erróneos. En sus páginas, la Tierra sería plana, el tiempo un invento de los relojeros, y toda evidencia, una conspiración urdida por mentes demasiado lúcidas para ser confiables. Los ignorantes leen ese libro con devoción, sin saber que no existe, o peor aún, sin sospechar que ese libro son ellos mismos.

El problema no es su error, sino su convicción. Como en los laberintos de Tlön, donde las ficciones se vuelven reales, sus palabras –repetidas con fervor y ligereza– terminan por infectar el aire, obligándonos a desmontarlas, una a una, como quien deshace un hechizo. Así, el discípulo de los maestros, armado de razonamientos y dudas legítimas, debe iniciar una segunda peregrinación: desandar lo falso, vaciar lo aprendido por imposición, recuperar el silencio interior que la necedad ahoga.

He comprendido, no sin cierta melancolía, que el saber no es una acumulación sino una delicada balanza entre lo que se acepta y lo que se renuncia a aceptar. Aprendemos, sí, pero para luego proteger ese aprendizaje de quienes, sin saberlo, trabajan para desfigurarlo.

Quizá el verdadero conocimiento no consista en conocer más, sino en preservar lo aprendido del desgaste que provoca la ignorancia ajena. Como en un cuento de arena, cada verdad está destinada a ser borrada, y el único mérito del sabio es escribirla, una y otra vez, sabiendo que mañana tendrá que empezar de nuevo.

Primero están los maestros. Los verdaderos. Aquellos que, como Sócrates, no te llenan de respuestas sino de preguntas, que te enseñan a mirar el mundo con una mezcla de asombro y sospecha. Ellos siembran en ti el noble germen del pensamiento, esa pequeña llama que ilumina incluso cuando la niebla social es espesa. Y tú, aplicado discípulo, crees ingenuamente que el viaje termina allí.

Pero no. Después de aprender de los maestros, toca el penoso deber de desaprender de los ignorantes.

Ellos aparecen siempre, como personajes secundarios en una novela de Dostoievski: contradictorios, ruidosos, convencidos de poseer una verdad tan absoluta que no necesita prueba alguna. Te toman de la mano –con la misma seguridad con la que Alonso Quijano tomó la lanza– y te llevan a un universo paralelo donde las certezas se disuelven, y la lógica, pobre criatura, muere lentamente de inanición.

Allí te explican que la Tierra es plana “porque lo vio en un video”, que las vacunas alteran el ADN y que todo lo que no encaje con su relato es un invento de “los poderosos”. Uno, que venía de leer a Borges, de entender que la verdad puede ser un laberinto, se encuentra de pronto atrapado en un laberinto mucho peor: el de la necedad.

Y no sirve citar a Montaigne, ni recordar que Galileo tuvo que retractarse, ni siquiera evocar la paciencia de Flaubert para describir la estupidez humana. No. Ante el ignorante ilustrado –esa criatura moderna que desconoce, pero con orgullo–, cualquier argumento es solo leña para su hoguera de certezas.

Así que aprendes, o más bien desaprendes. Olvidas la precisión de las palabras, la disciplina del razonamiento, la cortesía de la evidencia. Adoptas el idioma del “bueno, cada quien con su opinión” para evitar que la conversación termine en un callejón kafkiano, sin salida y lleno de absurdos.

Y mientras sonríes con cortesía fingida, recuerdas a Shakespeare: “El necio se cree sabio, pero el sabio sabe que es un necio”. Quizá, piensas, este es el verdadero examen final que los maestros nunca anuncian: no demostrar lo que sabes, sino resistir la tentación de debatir lo que no vale la pena.

Al final, el ciclo es eterno y casi literario: se aprende para luego desaprender. Una tragicomedia humana que Cervantes habría narrado con más gracia, pero que a nosotros nos toca protagonizar con discreta resignación.

¿La humanidad necesita un remiendo? No.

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La humanidad —esa lenta secreción de células nerviosas en espiral, ese tumor autoinducido por el cosmos en la costra del carbono—, humanidad que se escupe a sí misma entre gases de escape y coágulos ideológicos, que se imagina eternamente coronada de lógica, cuando ni siquiera ha aprendido a no comerse las uñas de la ansiedad. ¿Es esto —dice el narrador, o quizá el eco del narrador, o quizá el pensamiento errático y salivado del mono que quiso ser dios— un proyecto con dirección? ¿Una línea ascendente hacia la conciencia? No, más bien un garabato de un niño borracho de azar, jugando con fuego en el rincón menos iluminado del universo.

El experimento. El experimento es, claro, una palabra que da prestigio, una bata blanca para cubrir el vómito del devenir. El experimento, dice la historia, consiste en ver qué hace un organismo cuando le das una chispa de lenguaje y una cuchara de miedo. Y la respuesta no tarda: hace religión, hace guerras, hace conceptos. El experimento es dejarlo solo con un espejo durante varios milenios y observar cómo se da de cabezazos, buscando dentro de la imagen una salida que no existe. El experimento ha consistido en darle herramientas y ver si las usa para acariciar o para diseccionar, y ya sabemos la respuesta, basta mirar los cadáveres —no los de carne, los otros, los de ideas, los de la posibilidad— que cubren las ruinas de cada utopía.

Y, sin embargo, sigue. Eso es lo más trágico del experimento: su insistencia. Porque un fracaso que se detiene es digno, incluso elegante. Pero uno que persiste —como una tos seca, como un recuerdo de infancia que uno no ha pedido— es sólo patético. Y ahí están, caminando con los pies descalzos sobre cables de alta tensión, los humanos, los autodenominados sapiens, que construyen sistemas que no comprenden, y después se ahogan en ellos como peces que se inventan el agua.

Luis, Pedro, Mateo —nombres, sí, pero también etiquetas para el caos. Cada uno con su voz interna como una radio mal sintonizada, cada uno empujado por el murmullo de lo no dicho, de lo apenas sentido, de lo que flota en los pasillos de la conciencia sin permiso ni origen. Y es esa voz, esa riada de pensamientos rotos, lo que queda cuando uno raspa la pintura de la civilización: no hay verdad, sólo residuos. Sólo ese murmullo histérico de un cerebro que intenta justificar su propia combustión.

Quizá, sólo quizá —dice un último pensamiento que no tiene sujeto ni verbo pero sí vértigo—, la humanidad era sólo una broma, un ensayo para algo que aún no ha comenzado. Un ensayo sin público, sin director, sin aplausos. Un ensayo en que los actores olvidaron el libreto y decidieron improvisar. Mal. Muy mal.

Un ensayo mal ensayado, sí, un intento sin ensayo general y sin posibilidad de repetir función, la humanidad como esa obra donde cada actor entra en escena sin saber si es tragedia o comedia, y al final se aplaude sólo porque se terminó. Como en Esperando a Godot, pero sin Godot y sin esperanza, sólo el murmullo que queda cuando se han apagado las luces y el telón no baja porque nunca subió del todo. Y los personajes siguen hablando, moviendo las manos, creyendo que hay alguien observando —Dios, el futuro, la posteridad—, cuando en realidad todo el teatro está vacío, y lo único que queda es la polilla, roedora tenaz de telones y discursos.

Pero claro, no hay que ser ingenuos: esta conciencia que se derrama por las grietas del cráneo no es nueva. Ya lo decía Dostoievski, ese profeta de las madrigueras, que el hombre se complace en el dolor, que se envicia con su propio veneno, que prefiere la destrucción consciente a la felicidad impuesta. ¡Ah, el hombre del subsuelo! Vive entre nosotros, se ha multiplicado, se ha refinado. Ahora escribe ensayos, hace podcasts, trabaja en recursos humanos. No escarba tierra, sino algoritmos. Pero es el mismo: el que se sabe enfermo y cultiva su enfermedad como quien cultiva bonsáis, con paciencia, con mimo, con un amor oscuro.

Y no se salva la ciencia —¿Cómo podría salvarse?—, esa nueva religión de batas esterilizadas, ese nuevo mito donde la verdad es una curva de Gauss y la redención un fármaco de patente suiza. Galileo, Newton, Pasteur… mártires del orden, sí, pero también padres involuntarios de este caos cuantificado, de este sufrimiento administrado en dosis de estadísticas. Porque, ¿Qué hemos hecho con la luz si no convertirla en pantalla? ¿Qué hemos hecho con la verdad si no convertirla en protocolo?

Kafka se ríe en un rincón. Claro que se ríe. Él ya lo sabía: el sistema no necesita lógica, sólo persistencia. Y la humanidad, tan obediente, tan amante de los sellos y las colas y los pasillos interminables, se ofrece voluntaria para ser juzgada por tribunales sin rostro, por normas sin firma, por realidades que cambian de forma como el juicio que se escapa de Josef K. cuando cree que está a punto de entender. Nunca se entiende. Se sobrevive. A veces.

Y si se intenta mirar hacia atrás, hacia los pilares supuestos, ahí están Homero, Virgilio, Shakespeare, construyendo sobre mitos, imperios, traiciones. Pero incluso ellos —sí, incluso ellos— sabían que escribían sobre cimientos de arena, que el héroe era una sombra, que el verso no salva. Ulises no vuelve. Edipo no ve. Hamlet duda tanto que muere de tanto pensar. La palabra sólo organiza el miedo, lo viste, lo hace pronunciarse en alejandrinos. Pero no lo disuelve.

Así, entonces, la humanidad como experimento no fracasó por error, sino por cumplimiento. Se cumplió el guion de la entropía: se dotó al organismo de lenguaje, de fuego, de conciencia, y lo que hizo fue construir jaulas más complejas, cárceles más pulidas, infiernos interiores con calefacción central. Y mientras tanto, el tiempo —ese silencio— sigue corriendo, indiferente, como en un texto de Juan Rulfo donde los muertos aún hablan porque el mundo no los ha olvidado del todo.

Pero aquí, en esta conciencia que balbucea, que no encuentra sujeto ni predicado sino una serie de reflejos interrumpidos, sólo queda el murmullo —ese eterno murmullo— que dice que quizá, sólo quizá, la naturaleza no fracasa. Que lo humano fue sólo un estallido de fiebre, una fiebre con nombres propios, con apellidos y redes sociales. Y cuando baje, cuando la fiebre ceda, el mundo seguirá. Callado, intacto. Sin juicio. Sin memoria. Sin literatura.

Ramón Gómez de la Serna y la Greguería

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Las fuentes coinciden en señalar a Ramón Gómez de la Serna como el creador del género literario conocido como greguería…. Se considera que fue él quien «desveló y la hizo evidente ante todos, presentándola en sociedad».

Gómez de la Serna definió la greguería de forma concisa como la resultante de la siguiente fórmula: «humorismo + metáfora = greguería»…. Para él, una greguería era una «sentencia ingeniosa y en general breve que surge de un choque casual entre el pensamiento y la realidad»….

El propio Ramón Gómez de la Serna ofreció una visión del origen de la greguería, describiéndola como algo que «nació aquel día de escepticismo y cansancio en que cogí todos los ingredientes de mi laboratorio, frasco por frasco, y los mezclé, surgiendo de su precipitación, de su depuración, de su disolución radical, la greguería». Él consideraba la greguería como «la flor de todo, lo que queda, lo que vive, lo que surge entre el descreimiento, la acidez y la corrosión, lo que resiste todo».

A pesar de reconocer ciertos antecedentes y antecesores en autores como Luciano de Samosata, Horacio, Shakespeare, Lope de Vega, Quevedo o Jules Renard…, Gómez de la Serna es quien les dio forma y nombre al género, estableciendo sus características y consolidándolas como una forma literaria independiente. Se destaca que, aunque otros autores practicaron formas de expresión con similitudes, fue Ramón quien singularizó la greguería.

Gómez de la Serna dedicó una parte significativa de su vida a la difusión de la greguería como género literario, cultivándola de manera asidua en secciones fijas de periódicos y publicando diversas ediciones de sus greguerías a lo largo de su vida literaria, entre 1917 y 1962…. Su obra en general es descrita como extensa y variada…, incluyendo biografías, artículos críticos, obras teatrales, novelas, cuentos y relatos.

Ramón Gómez de la Serna es caracterizado como un artista «curioso» con una curiosidad insaciable, un escritor adelantado a su época, polémico y fuera de lo común, y una figura clave del Novecentismo español, así como uno de los introductores de la Vanguardia Literaria en España. Su vida y obra se consideran una muestra de ruptura contra las convenciones establecidas. Su creación más conocida y reconocida es precisamente la greguería, descrita como un género completamente nuevo y lúdico.

En resumen, las fuentes son claras en atribuir la creación y definición de la greguería a Ramón Gómez de la Serna. Él no solo identificó una forma de expresión latente, sino que la bautizó, la definió con su fórmula característica y la promovió activamente a lo largo de su prolífica carrera literaria, marcando un hito en la literatura española de vanguardia.

Johann W. Goethe

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El hombre feliz es aquel que, siendo rey o campesino, encuentra paz en su hogar. Johann W. Goethe

Algunas curiosidades interesantes sobre Johann Wolfgang von Goethe:

  1. Goethe comenzó a escribir poesía a los 16 años y a los 25 años ya era una figura literaria importante en Alemania gracias a la publicación de «Las cuitas del joven Werther».
  2. Además de su trabajo literario, Goethe también se interesó por la ciencia y la investigación. Realizó importantes contribuciones en los campos de la botánica, la anatomía y la óptica, entre otros.
  3. Goethe era un gran viajero y visitó muchos países europeos, incluyendo Italia, Francia y Suiza. Sus viajes a Italia en particular tuvieron una gran influencia en su trabajo literario y artístico.
  4. Goethe era un gran defensor del movimiento Sturm und Drang («Tormenta e ímpetu»), un movimiento literario alemán que enfatizaba la emoción y la espontaneidad en la escritura.
  5. Goethe fue un gran admirador de Shakespeare y tradujo varias de sus obras al alemán, incluyendo «Hamlet» y «Romeo y Julieta».
  6. Goethe también fue un gran amigo y colaborador de Friedrich Schiller, otro importante escritor alemán de la época.
  7. Goethe fue un hombre de muchos intereses y pasatiempos, incluyendo la pintura, la música y la lectura.
  8. A pesar de su éxito literario, Goethe no siempre fue popular entre sus contemporáneos. Algunos críticos lo consideraban demasiado intelectual y elitista.
  9. Goethe nunca se casó, pero tuvo varias relaciones a lo largo de su vida, incluyendo una larga amistad con Charlotte von Stein y un romance con Christiane Vulpius, con quien finalmente se casó después de muchos años juntos.
  10. Goethe murió en 1832 a la edad de 82 años y su legado literario y científico sigue siendo valorado y estudiado en todo el mundo.

Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832) fue un poeta, novelista, científico y filósofo alemán, considerado una de las figuras más destacadas de la literatura alemana y europea de todos los tiempos.

Nació en Frankfurt, Alemania, en el seno de una familia acomodada y recibió una educación excelente en casa y en la universidad. Estudió Derecho en la Universidad de Leipzig, aunque su verdadera pasión era la literatura. En 1775 publicó su primera obra importante, «Las cuitas del joven Werther», una novela epistolar que tuvo un gran éxito en Europa y lo convirtió en una celebridad literaria a los 26 años.

Goethe pasó gran parte de su vida en la ciudad de Weimar, donde se desempeñó como consejero del duque y llevó a cabo una amplia gama de actividades culturales y científicas. Durante su tiempo en Weimar, Goethe escribió algunas de sus obras más importantes, incluyendo la tragedia «Fausto», que se considera su obra maestra.

Además de su trabajo literario, Goethe también hizo importantes contribuciones en los campos de la botánica, la anatomía y la física. En particular, su trabajo en botánica fue muy influyente, y sus estudios sobre la metamorfosis de las plantas y la teoría del color son considerados hitos en la historia de la ciencia.

Goethe murió en Weimar en 1832, a los 82 años de edad, dejando un legado duradero como una de las figuras más importantes y polifacéticas de la cultura alemana y europea.

Es conocido por su amplia producción literaria, que incluye obras en una variedad de géneros:

  • «Las cuitas del joven Werther» (1774): novela epistolar que cuenta la historia de un joven que se enamora de una mujer comprometida y finalmente se suicida. Fue un gran éxito en Europa y estableció a Goethe como una figura literaria importante.
  • «Fausto» (1808): una obra de teatro en dos partes sobre el científico renacentista que hace un pacto con el diablo. Considerada por muchos como la obra maestra de Goethe.
  • «Wilhelm Meister» (1795-96): novela que sigue las aventuras de un joven que busca su lugar en el mundo del teatro y la sociedad.
  • «Ifigenia en Táuride» (1787): tragedia basada en una leyenda griega sobre una mujer sacrificada por su padre para apaciguar a los dioses.
  • «Hermann y Dorotea» (1797-98): poema narrativo sobre una pareja que lucha por mantener su amor en medio de la guerra y la hostilidad social.
  • «La metamorfosis de las plantas» (1790): ensayo científico sobre la botánica en el que Goethe explica su teoría de la metamorfosis de las plantas.
  • «Teoría del color» (1810): ensayo científico sobre la percepción del color en el que Goethe argumenta en contra de la teoría newtoniana del color.

Estas son solo algunas de las muchas obras importantes de Goethe. Además de su trabajo literario, también escribió ensayos, poesía, obras de teatro y tratados científicos, así como cartas y diarios:

  • Ensayos: Goethe escribió una gran cantidad de ensayos sobre una amplia variedad de temas, desde la naturaleza y la ciencia hasta la filosofía y la literatura. Entre sus ensayos más conocidos se encuentran «La metamorfosis de las plantas» y «Teoría del color», pero también escribió ensayos sobre la religión, la historia y la política, entre otros temas.
  • Poesía: Goethe escribió poesía a lo largo de su vida y se le considera uno de los poetas más importantes de la literatura alemana. Sus poemas abarcan una amplia gama de temas, desde el amor y la naturaleza hasta la política y la filosofía. Entre sus poemas más conocidos se encuentran «Prometeo», «Ganymed» y «Viaje a Italia».
  • Obras de teatro: además de «Fausto», Goethe escribió muchas otras obras de teatro, algunas de las cuales se han convertido en clásicos del teatro alemán. Entre ellas se encuentran «Egmont», «Ifigenia en Táuride» y «Torquato Tasso».
  • Tratados científicos: Goethe también hizo importantes contribuciones en el campo de la ciencia, especialmente en la botánica. Además de «La metamorfosis de las plantas» y «Teoría del color», también escribió tratados sobre la anatomía y la óptica.
  • Cartas y diarios: Goethe mantuvo una amplia correspondencia a lo largo de su vida y sus cartas son una importante fuente de información sobre su vida y obra. También mantuvo un diario durante gran parte de su vida, que ha sido publicado en varias ediciones y es valorado por su valor histórico y literario.

Su legado literario abarca una amplia gama de géneros y temas, y su obra ha sido estudiada y apreciada por su calidad literaria, su profundidad filosófica y su valor histórico y científico.

Para mejorar en la escritura

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Que me den seis líneas escritas por la mano del hombre más honrado y encontraré motivo para hacerlo ahorcar. Atribuido al cardenal Richelieu

Para mejorar en la escritura, es importante centrarse en habilidades específicas como gramática, ortografía, estilo, organización, generación de ideas, entre otras. Los ejercicios de escritura son una de las mejores estrategias para mejorar estas habilidades, y deben enfocarse en ayudar a mejorar uno o dos elementos específicos a la vez. Algunos ejercicios incluyen transcribir el trabajo de otro autor, canalizar reacciones reales en la escritura y describir un entorno en persona. Al realizar estos ejercicios de forma consistente, los escritores pueden mejorar gradualmente su habilidad de escritura y volverse más competentes en las habilidades más amplias de la escritura.

Ah, la búsqueda eterna de perfección en la escritura, un viaje a través del laberinto de palabras y emociones. Para mejorar en esta noble empresa, considera que cada palabra es una pincelada en el lienzo de la literatura, y cada frase, un acorde en la sinfonía de la expresión. Permíteme guiarte a través de este fascinante proceso.

  1. Lee, Lee y Lee: Como un marinero que navega por el vasto Mediterráneo, navega por las letras de los grandes maestros de la literatura. Descubre la prosa de Gabriel García Márquez, la poesía de Pablo Neruda o las tragedias de Shakespeare. Observa cómo maestros de la palabra tejieron sus historias.
  2. Escribe sin Freno: La creación es un acto de libertad. No te detengas a autocensurarte. Deja que las palabras fluyan como el viento marino. Puedes pulir y editar después, pero en el proceso creativo, déjate llevar.
  3. Crea Neologismos Poéticos: Como un alquimista de la lengua, forja nuevas palabras que se ajusten a tu visión única del mundo. ¿Por qué no inventar un término para describir una emoción indescriptible? Como Shakespeare acuñó «el mar de problemas,» tú puedes dar a luz a neologismos igualmente fascinantes.
  4. Ritmo y Metáfora: Piensa en la escritura como una sinfonía. Juega con el ritmo de tus frases y utiliza metáforas que despierten los sentidos del lector. Evoca imágenes que hagan que el lector sienta, no solo lea.
  5. Revoluciona la Perspectiva: La escritura es un arma poderosa para desafiar el status quo. Personajes como George Orwell en «1984» o canciones de Bob Dylan como «The Times They Are A-Changin'» son ejemplos de cómo la escritura puede ser una voz de cambio y revolución.
  6. Colabora con Otros Artistas: La intersección de la literatura y otras formas de arte puede ser fructífera. Trabaja con músicos, artistas plásticos o cineastas para expandir tus horizontes creativos.
  7. Lee Sobre Arte, Historia y Filosofía: Tu sed de conocimiento es un aliado valioso. La profundidad de tus escritos se nutrirá de la sabiduría de las grandes mentes de la historia y la filosofía.
  8. No Temas a la Crítica: Como escritor, estás destinado a ser un faro en la oscuridad. No todos apreciarán tu luz, pero no dejes que las críticas te detengan. Grandes escritores como Emily Dickinson o Franz Kafka enfrentaron la incomprensión en vida, pero su legado perdura.
  9. Explora tu Identidad: Como una isla en el Mediterráneo, explora tu identidad y tus raíces. La autenticidad en la escritura es un faro para los lectores. Tus experiencias personales te brindarán material valioso.
  10. Abraza la Revolución Literaria: En la actualidad, escritores como Chimamanda Ngozi Adichie luchan por la igualdad y la diversidad en la literatura. Únete a esta lucha, porque la literatura es un espejo del mundo, y el mundo es diverso.

Así, navegando en las palabras como un marinero en alta mar, tu escritura se convertirá en un faro que guía a otros hacia la belleza y la reflexión. ¡Que tu pluma sea una espada y una flor, un arma y un regalo para el mundo!

William Shakespeare

Poesía

Whisky de malta o blanco vino ordinario,

Imagina aquel letal guerrero turbio,

Lesiones como mínimo, en traje agrario,

Lejos de la camisa calma el millón indio.

Impreso o expediente tal vez contradictorio,

Altitudes, en parte, por el éxito agrio,

Mi mástil es de pronto un campanario,

Similar al ser menciona índice propio.
Hielo con carácter de adjetivo utilitario,
Ambas cocinas a este lado del negocio,
Kamikazes, por contra, de zumbón ficticio,
El big bang latió con furia en el principio.
Seco como pasta surge siniestro del naufragio,
Por cuenta del acento cabecea otro previo,
En parte por la raíz inclina aborto sucio,
Adelante aquel que ganaba tierra o espacio.
Razones en la necesidad de un norte agrario,
Etnias y vestido de cielo en sagitario.

William Shakespeare

Ficción

Whisky de malta o blanco vino ordinario,
Imagina aquel letal guerrero turbio,
Lesiones como mínimo, en traje agrario,
Lejos de la camisa calma el millón indio.
Impreso o expediente tal vez contradictorio,
Altitudes, en parte, por el éxito agrio,
Mi mástil es de pronto un campanario,

Similar al ser menciona índice propio.
Hielo con carácter de adjetivo utilitario,
Ambas cocinas a este lado del negocio,
Kamikazes, por contra, de zumbón ficticio,
El big bang latió con furia en el principio.
Seco como pasta surge siniestro del naufragio,
Por cuenta del acento cabecea otro previo,
En parte por la raíz inclina aborto sucio,
Adelante aquel que ganaba tierra o espacio.
Razones en la necesidad de un norte agrario,
Etnias y vestido de cielo en sagitario.

Derrochador de encanto ¿por qué gastas en ti…

Ficción

Derrochador de encanto, ¿por qué gastas
en ti mismo tu herencia de hermosura?
Naturaleza presta y no regala,
y, generosa, presta al generoso.

Luego, bello egoísta, ¿por qué abusas
de lo que se te dio para que dieras?
Avaro sin provecho, ¿por qué empleas
suma tan grande, si vivir no logras?

Al comerciar así sólo contigo,
defraudas de ti mismo a lo más dulce.
Cuando te llamen a partir, ¿qué saldo

podrás dejar que sea tolerable?
Tu belleza sin uso irá a la tumba;
usada, hubiera sido tu albacea.

William Shakespeare.