Tarot

Ficción

Como era de temer la psicosis colectiva ha cundido entre la población, no sólo el pánico. El Serpiente, como ahora le llaman los medios de comunicación, ha inoculado su virus destructivo a todos los asesinos de la ciudad. Los asesinatos se suceden en masa y, aunque se ha descartado la autoría de Serpiente en muchos casos, incluso los ajustes de cuentas se firman con símbolos utilizados por el supuesto masacrador.

¿Qué será greguería?

Ficción

En la penumbra de la tarde, con la luz oblicua dorando los filos de los muebles y arrancando brillos furtivos de la porcelana, me detuve a pensar: ¿Qué será greguería?

El eco de la palabra revoloteó en mi mente como un insecto dorado atrapado entre los visillos. Greguería. La repito y se deshace en una ristra de sílabas saltarinas: gre-gue-ría, como los pasos torpes de un niño que corre con zapatos nuevos. Se me antoja que tiene la textura de la espuma sobre el café recién hecho, burbujeante, efímera y llena de promesas.

Tal vez sea un chispazo de ingenio que se pierde entre los pliegues de la conversación, una de esas perlas que se sueltan sin aviso y ruedan bajo la mesa, inhallables hasta el día menos esperado. ¿No es acaso una greguería el chasquido del fuego cuando el ámbar de la madera se quiebra de repente? ¿O la forma en que las nubes a veces se disfrazan de animales imposibles?

No es solo palabra, sino relámpago. Un fogonazo breve que ilumina el abismo cotidiano y lo transforma en misterio. La greguería salta, se escurre, se escabulle. La miro de reojo, tratando de sorprenderla, pero se disfraza de mosca que se posa en el borde del vaso. Casi puedo escuchar su risa menuda, como el tintineo de una cuchara en la loza.

Tal vez, y solo tal vez, la greguería sea el guiño travieso que el mundo nos lanza en mitad de la seriedad con que fingimos entenderlo todo. Es la grieta por donde se asoma la broma cósmica, el resquicio por donde el universo se atreve a decir: «No te lo tomes tan en serio». Y allí está, agazapada entre la sombra de la cortina y la mueca que se forma cuando el espejo nos devuelve una imagen extraña de nosotros mismos.

¿Será, entonces, la greguería, el temblor de la realidad cuando la certeza se afloja? ¿Será la risa de las cosas cuando nadie las mira? No lo sé. Y qué bien que no lo sepa, porque si algo se vuelve definible, se marchita. Prefiero pensar que la greguería es un duende travieso que se oculta entre los pliegues del lenguaje y nos guiña el ojo justo antes de desaparecer.

Será quizá el destello fugitivo de un pensamiento que, al rozar las cosas, las convierte en metáforas. Como un rayo minúsculo que ilumina y se burla, como una chispa que se niega a arder en el fuego solemne de las explicaciones largas. La greguería no es prosa ni verso, sino el guiño cómplice del lenguaje que decide jugar en vez de explicar.

¿Será un pájaro breve posado en la rama de lo cotidiano? O acaso sea ese leve escalofrío que deja la risa cuando ha comprendido algo que nunca se le dijo. Porque la greguería es, al fin y al cabo, un susurro y una burla, un salto del ingenio que tropieza a propósito con lo imposible.

¿Y si fuera un espejo pequeño que nos devuelve la imagen torcida pero verdadera de las cosas? Un espejo donde las nubes tienen hambre y los relojes se cansan de contar el tiempo. Porque en el fondo, la greguería no quiere describir, sino transformar: convertir el mundo en un lugar más extraño y más propio, más absurdo y más real.

Ah, greguería, tal vez seas el eco juguetón de las palabras que, al perderse, encuentran un camino nuevo. Tal vez seas la carcajada diminuta de lo invisible, esa verdad descalza que no teme caminar sobre las baldosas rotas de la imaginación.

Si la greguería es la voz única que, con la agilidad de una libélula, se posa en el mundo para revelarlo distinto, el griterío es la estampida de mil voces que corren en todas direcciones, desbocadas y febriles.

La greguería no levanta la voz, apenas la insinúa; suena como un campanilleo de plata en la lejanía, una ocurrencia que se desliza por la mente sin pedir permiso. En cambio, el griterío es un estruendo sin dueño, una marea de palabras que chocan entre sí, que no buscan claridad, sino presencia. La greguería propone; el griterío impone.

Si la greguería es una línea limpia y afilada —»El reloj es el buitre del tiempo»—, el griterío es un torbellino de líneas superpuestas que se anulan unas a otras. La primera es una chispa que ilumina la oscuridad con una verdad absurda pero nítida; el segundo es una tormenta de rayos que ciega más de lo que aclara.

La greguería te toma del brazo y te susurra: «Mira, aquí hay un secreto que no sabías». El griterío, en cambio, te empuja por la espalda, te sumerge en el tumulto y no te deja distinguir cuál voz es la tuya. La primera abre un portal hacia la extrañeza; el segundo te encierra en la confusión del mundo.

Si la greguería es el canto solitario de un pájaro loco, el griterío es la algarabía de un mercado en plena hora punta. No es que uno sea mejor que el otro; es que, mientras la greguería inventa, el griterío arrebata. Una nos invita a mirar el mundo con otros ojos; el otro nos deja con la sensación de haber visto todo al mismo tiempo, sin entender nada.

Lewis Carroll, Alicia y los portmanteaus

No ficción

Lewis Carroll es el seudónimo utilizado por el escritor británico Charles Lutwidge Dodgson (1832-1898), quien es conocido principalmente por su obra «Alicia en el País de las Maravillas».

La historia de «Alicia en el País de las Maravillas» fue publicada por primera vez en 1865, y se ha convertido en uno de los clásicos más populares de la literatura infantil. La historia sigue a una joven llamada Alicia, quien cae por una madriguera de conejo y entra en un mundo mágico y surrealista lleno de personajes extravagantes como el Gato de Cheshire, la Reina de Corazones y el Sombrerero Loco.

Lewis Carroll escribió la historia para entretener a las hermanas Liddell, a quienes les contaba cuentos mientras les hacía paseos en bote. La historia de Alicia se convirtió en una obra literaria después de que las hermanas Liddell insistieran en que la escribiera y la publicara.

Además de «Alicia en el País de las Maravillas», Lewis Carroll escribió varias otras obras, incluyendo «A través del espejo y lo que Alicia encontró allí» y «La caza del Snark». También fue un matemático y lógico destacado, y se le atribuye la invención del juego de palabras «portmanteau» (un tipo de palabra compuesta por la fusión de dos palabras) que se utiliza en la literatura y la lingüística.

«Alicia en el País de las Maravillas» ha sido adaptada en numerosas formas a lo largo de los años, incluyendo películas, programas de televisión y obras de teatro. La historia ha capturado la imaginación de generaciones de lectores con su mundo mágico y su estilo de escritura lúdico y creativo.

Volviendo a la palabra portmanteau, que es un tipo de palabra compuesta que se forma al combinar dos o más palabras existentes para crear una nueva palabra con un significado distinto.

El término «portmanteau» fue acuñado por Lewis Carroll en «Alicia en el País de las Maravillas» para describir palabras como «slithy«, que es una combinación de «slimy» (viscoso) y «lithe» (flexible), y «chortle«, que es una combinación de «chuckle» (risita) y «snort» (resoplido).

Desde entonces, el término «portmanteau» se ha utilizado para describir muchas palabras compuestas similares en la lengua inglesa, como «smog» (smoke + fog), «brunch» (breakfast + lunch), «spork» (spoon + fork), y «ginormous» (gigantic + enormous).

Los portmanteaus son muy comunes en el lenguaje cotidiano y en la literatura, y a menudo se utilizan como una forma creativa de describir objetos, situaciones o fenómenos que no tienen un término preciso. También pueden ser utilizados para simplificar el lenguaje y hacerlo más eficiente al combinar dos palabras en una sola. Es un recurso frecuente utilizado en la lengua inglesa.

Nunca está de más volver a leer Alicia en el país de las maravillas y A través del espejo. Son esas obras que vuelven a poner en nosotros el deseo de experimentar con la literatura y transcender los géneros literarios… O de jugar a los portmanteaus.

Juguemos.

RPC

Ficción

Hay personas que levantan pasiones, países, guerras, revoluciones, catástrofes, inundaciones, huracanes, ruinas, desenlaces dramáticos, cataclismos, desastres, hecatombes, destrucciones, desgracias, accidentes, trastornos, quiebras, males, abatimientos, aniquilaciones, demoliciones, descalandrajos, descomposiciones, desintegraciones, desmembramientos, desmoronamientos, desolaciones, daños, destrozos, devastaciones, zafarranchos, estragos, estropicios, exterminios, deshechos, discordias, desavenencias, desvalijamientos, terribles consecuencias por la simple fruslería de un destripacuentos que diabólicamente, infernalmente, satánicamente, malignamente no reconoce sus deyecciones.
1.

Esa mañana Ester había desayunado un enorme tazón de cereales. Se sentía con mucha energía para emprender un nuevo día de trabajo en Radio Patraña Continental, la magnífica emisora de noticias.

Mientras se trasladaba en el taxi hacia la calle en que se hallaban los estudios de RPC pudo percatarse de unos insólitos personajes que discutían en las calles de la ciudad. En todas ellas había varios grupos de personas formando un círculo que parecían mantener una discusión un tanto acalorada para ser tan temprano. Como tenía un poco de sueño, no le concedió importancia y simplemente pensó en otra cosa. Había que tener muchas ganas para mantener esas absurdas polémicas matutinas. Cuando dejó el coche el taxista le gruño malhumorado y estuvo a punto de lanzarle un improperio pero se contuvo. Al llegar a la emisora Ester encontró también al jefe de programas discutiendo con el técnico de sonido y, de nuevo, no le concedió gran importancia, aunque ya le empezaba a cansar la enervación que se respiraba en todos sitios a esas horas de la mañana.

Ester se acercó al teletipo, que estaba escupiendo las noticias frescas. Había un atentado en el extranjero; unas elecciones con muchos disturbios en África; la subida del petróleo; la ruptura de los acuerdos de los países de Oriente Próximo; un acalorado debate en el Congreso de los diputados…; y una extravagante noticia que no comprendió pero que le llamó enormemente la atención. Como tenía mucha prisa, pues ya sólo faltaban veinte minutos para empezar el programa y aún no había preparado el comentario, dejó la noticia aparte para volver sobre ella luego. Hizo un resumen y decidió cual de ellas sería la noticia comentada del día.

En pocos minutos estaban emitiendo el programa de Ester, el más famoso de todo el continente. Después de comentar la noticia del día, Ester daba paso a sus infinitos oyentes. Estos llamaban por teléfono para hacer sus propios comentarios sobre la noticia.

Al principio pensaron que se trataba de problemas técnicos, pues no llegaba ninguna llamada. Era realmente raro que no telefonease nadie. Cualquier otro día el cúmulo de llamadas era tal que los técnicos de la emisora se volvían locos para seleccionarlas. Pero curiosamente hoy no entraba ninguna. Ester un poco abochornada se disculpó ante su supuesto auditorio por estos aparentes problemas técnicos e incluso pidió un poco de paciencia a los que intentaban llamar. Toda fue inútil. Los técnicos no encontraban ninguna avería y empezaron a discutir acaloradamente entre ellos. En toda esta discusión alguien entró de la calle gritando. Nadie le escuchó. Ester, un poco enfadada, quiso poner orden y, empezando por el que acababa de entrar, se puso a repartir improperios.

  • salid a la calle – dijo de nuevo con rabia el que acababa de entrar. Nadie le hizo caso. Tan solo Ester, que era muy curiosa, se asomó a la ventana. El espectáculo que contempló le dejó estupefacta. A pesar del estupendo cielo azul y el sol radiante, desde la calle del ferrocarril hasta la del parque y también en todas las calles aledañas, que habitualmente estaban transitadas por una pequeña cantidad de personas, se habían convertido en una auténtica y sorprendente romería de gentes que se gritaban y lanzaban trastos unos a otros. Ester no daba crédito a sus ojos. Todo el mundo parecía estar loco y no comprendía nada de lo que estaba ocurriendo. Incluso sus compañeros habían salido ya a la calle y continuaban allí la discusión que habían comenzado en el estudio. Ester pensó que estaba teniendo una pesadilla y para cerciorarse se pellizcó en los mofletes. Estaba despierta y bien despierta.

Bajó, ella también, a la calle con su grabadora, como habitualmente hacía cuando iba a la caza de noticias. Un predicador estaba subido en un púlpito improvisado con unas grandes cajas de transporte y arengaba a las multitudes. Recordó la noticia que había leído en el teletipo. Hablaba de una secta, del fin del mundo y no recordaba que otros presagios de mal agüero, pero no le otorgó importancia en vista de los tumultos que se arremolinaban a su alrededor.

  1. De los muchos disturbios que se produjeron, ninguno fue tan sonado como el que recorría las calles de Madenera a la hora del almuerzo. “Ardieron troyas”, como decía ufana Ester de Clementín y Zárate de Sopichanche, conocidísima diva de la radio y la primera que descubrió el asunto en la mañana del 18 de julio de 1963.

Mientras se fumaba aquel gran Coíbas fálico que caracterizaba a Ester de Clementín y Zárate de Sopichanche, contempló como el predicador se esforzaba vanamente hasta llegar a la extenuación, pues más bien parecía provocar las alergias de los concurrentes que sus adhesiones y amenes. Ya desde que entró en la secta se caracterizaba por su fulgor fatuo al predicar. Y es que, como decía mi difunta abuela, “una cosa es predicar y otra dar trigo”.

Ester, por esa curiosidad innata que la caracterizaba, empezó a escuchar a aquel energúmeno propagandista.

  • … y una nube dejará su rastro de discordia y desolación entre los que no escuchan a “los enviados encima de las cajas”, pues el Señor es justo y compasivo con los que le escuchan… – vociferaba el predicante.

Emilio Sobeque. Cuentos escogidos. Madrid, 1987.

Poema lunático (resumen)

Poesía

La luna está llena de ombligos
La luna es el moflete de la noche
La luna es el becerro de plata de los locos
La luna es el caracol del firmamento
La luna es un plato de asteroides
La luna es la risa de un payaso
La luna es la vajilla de una mora
La luna es una sandía exangüe
La luna es el escapulario del rapsoda
La luna es el polvo de arroz de las geishas
La luna es el pañuelo de himeneo del gitano
La luna es la porcelana china del lucífero Lucifer
La luna es la fatalidad de la noche
La luna es un globo farruco y albo
La luna es el fuego fatuo de los muertos
La luna es el anteojo de un Luzbel aristocrático
La luna es el burdel de las estrellas
La luna es el escaparate del capricho y el disparate
La luna es el enchufe de los enamorados
La luna es la máscara histriónica de un griego
La luna es alfanje y alfaguara del Ahasvero

TAROT

Ficción

La fuerza del Tarot reside no tanto en su capacidad de explicar y predecir, cuanto en su capacidad para crear combinaciones de historias y universos. En ese sentido es más parecido a un complejo mecano infantil, un juguete para construir mundos, objetos e interpretaciones que un sistema de explicación universal -como muchos de sus estudiosos han pretendido. Que, a veces, la realidad se parezca al Tarot no es una refutación de lo dicho sino, muy al contrario, la confirmación de que la realidad también es una combinación aleatoria de elementos como lo es el propio Tarot. Personalmente prefiero, al igual que Italo Calvino, utilizarlo como juego para la creación literaria que como instrumento profético o interpretativo. Véase, como ejemplo de su potencia creativa, su mapa de conceptos, que permitió a Temístocles de Alejandría llenar cientos de papiros enrollados, por desgracia hoy perdidos, y que yo, el judío errante, leí con avidez de adolescente mientras permanecí como discípulo suyo.

En la penumbra de mi estudio, el Tarot se despliega ante mí como un tapiz antiguo, sus cartas brillando con una luz propia, atrapada en sus bordes dorados y en sus ilustraciones enigmáticas. No es una herramienta para desentrañar el futuro, sino un portal hacia mundos insospechados, un caleidoscopio de narrativas posibles. Cada carta es una llave, cada combinación, una puerta abierta a nuevas historias.

Recuerdo la pasión con la que Temístocles de Alejandría se adentraba en ese universo simbólico. Su mente, aguda como la hoja de un puñal, transformaba cada arcano en un concepto, cada tirada en un mapa que guiaba su pluma sobre el papiro. Así lo observaba yo, un adolescente curioso, en la penumbra de su estudio, bebiendo del manantial de su conocimiento. ¡Cuántas tardes pasé allí, en su compañía, perdido entre las páginas enrolladas de su sabiduría, desentrañando los misterios que los antiguos habían ocultado bajo capas de simbolismo!

El Tarot, con sus figuras arquetípicas, se convierte en un lenguaje, una gramática del alma que nos permite explorar las profundidades de nuestra psique. La Torre, el Loco, la Estrella, todos ellos se entrelazan en una danza cósmica, sus movimientos creando patrones que reflejan nuestras propias luchas y esperanzas. La vida, en su esencia, es como una tirada de cartas: impredecible, caótica, a veces cruel, pero siempre fascinante.

Así como Italo Calvino encontró en el Tarot un juego literario, yo también lo veo como un lienzo en blanco, una invitación a crear. Las cartas no dictan el futuro, pero nos susurran al oído, nos incitan a soñar, a imaginar posibilidades. Cada lectura es un relato en potencia, cada carta, un personaje esperando a ser desarrollado. En el laberinto de significados que el Tarot nos ofrece, hallamos no respuestas, sino preguntas más profundas, hilos que al tirar de ellos revelan nuevos tapices, nuevas historias entrelazadas.

La realidad, como bien dijiste, es también una combinación aleatoria de elementos, un mosaico cuyas piezas se reordenan con cada decisión, cada giro del destino. En ese sentido, el Tarot no es un espejo del futuro, sino un reflejo de nuestra propia capacidad de crear y reinterpretar la vida. Y así, mientras contemplo las cartas extendidas ante mí, me veo a mí mismo no como un profeta, sino como un narrador, tejiendo mundos con cada tirada, escribiendo la historia del errante judío que alguna vez fui, y del soñador que siempre seré.

Runas y piedras preciosas

Ficción

Desperté con la sensación de que el día traía consigo un mensaje oculto. La bruma matutina se disipaba lentamente, y mientras mis ojos se acostumbraban a la luz difusa, sentí el impulso irresistible de dirigirme a mi rincón de runas y piedras. Como un ritual antiguo, mis manos acariciaron el terciopelo negro donde descansaban mis herramientas de premonición. La amatista, siempre fría y serena, parecía susurrar secretos en un idioma que solo yo comprendía.

“La amatista habla de la calma en el caos,” me repetí, buscando consuelo en su familiaridad. Pero hoy, su luz púrpura tenía una tonalidad diferente, un destello inquietante que me llevó a tomar la runa de Gebo. La forma cruzada de Gebo, el regalo, siempre me desconcertaba. ¿Qué me ofrecería el destino hoy? ¿Un regalo envuelto en dolor o en alegría?

Mis pensamientos se arremolinaban, cada uno luchando por sobresalir en la corriente de conciencia que fluía sin control. La figura de Gebo me llevó a recordar la última vez que confié en una premonición de esta piedra. Aquella tarde en el mercado, los colores y olores aún vivos en mi memoria, había visto en la runa una promesa. Una unión que nunca se materializó. La decepción se mezclaba con la esperanza, como un veneno dulce que me mantenía atado a estas piedras.

“Jade, ¿Qué me dices tú hoy?” Su verde resplandor era una promesa de nuevos comienzos, pero también una advertencia de envidias y celos. Mis dedos acariciaron su superficie lisa, y cerré los ojos, dejándome llevar por el flujo de imágenes y sensaciones. La cara de un desconocido apareció, una figura etérea con una sonrisa que no pude descifrar. ¿Era una amenaza o una oportunidad?

A veces, dudaba de mi capacidad para interpretar estos mensajes. ¿Eran realmente visiones del futuro o simples reflejos de mis propios deseos y miedos? Las noches, largas y solitarias, se llenaban de estas preguntas. Cada piedra, cada runa, una estrella en el vasto universo de mi mente. Me perdía en ellas, buscando respuestas que tal vez no existían.

El cuarzo rosado me devolvió a una tarde cálida, la caricia de su tacto evocando el recuerdo de un amor perdido. Suspiré, el peso de los recuerdos arrastrándome al borde de la melancolía. “Las piedras nunca mienten,” me decía, pero ¿y yo? ¿Acaso mi interpretación no estaba teñida por mi propio dolor?

Flegreo, el lector de runas y piedras, eso decían de mí en el pueblo. Una figura misteriosa, medio sabio, medio loco. ¿Pero qué sabían ellos del verdadero arte de ver más allá del velo de la realidad? A veces, yo mismo dudaba de esa capacidad. ¿Era un vidente o simplemente un soñador atrapado en sus propias fantasías?

El sol avanzaba en su arco celeste, y las sombras en mi santuario cambiaban, danzando como espíritus inquietos. La runa de Uruz, fuerza y poder, llamó mi atención. La sostuve en mis manos, sintiendo su energía vibrante. “Necesito tu coraje,” murmuré, esperando que su fortaleza se transfiriera a mi ser. El futuro era incierto, y aunque las runas y piedras podían ofrecer vislumbres, el camino debía ser recorrido con pasos firmes y decididos.

Así, en la soledad de mi refugio, entre susurros de piedras y ecos de runas, navegaba en el mar de mis pensamientos. Cada visión una ola, cada interpretación una estrella en el firmamento de mi conciencia. El destino, tan esquivo y seductor, me llamaba, y yo, Flegreo, el lector premonitorio, respondía, perdido y encontrado en el mismo suspiro del universo.

Flegreo, sumergido en la penumbra de su santuario, dejaba que sus pensamientos se deslizaran como un río manso, acariciando las runas y piedras que, en su fría belleza, guardaban secretos milenarios. «La obsidiana siempre me muestra sombras», pensaba, «¿Es el reflejo de mi propia alma? O tal vez, el mundo exterior está más oscuro de lo que deseo admitir.» La runa Uruz, símbolo de fuerza, parecía latir bajo su tacto. «¿Será que debo encontrar el coraje en medio de estas visiones confusas?» Y así, entre la certeza del tacto y la incertidumbre del significado, Flegreo navegaba en el mar de su mente, donde cada piedra era una estrella y cada runa, un cometa fugaz.

Una mañana de niebla, la predicción parecía funesta e inminente. El aire, cargado de humedad, me envolvía con un abrazo frío mientras mis pasos me guiaban, casi por inercia, hacia el rincón sagrado de las runas y las piedras preciosas. Aquel rincón, mi refugio, donde el terciopelo negro y el brillo apagado de las gemas se mezclaban en un diálogo silencioso.

Mis dedos, temblorosos y ágiles a la vez, recorrieron la superficie de la obsidiana, siempre negra y enigmática. «La obsidiana no miente,» me dije, mientras su tacto helado parecía advertirme de sombras que aún no lograba descifrar. La runa de Hagalaz, símbolo de destrucción y caos, se reveló ante mí con una claridad escalofriante.

El miedo se deslizó por mi columna vertebral como un reptil venenoso. «¿Qué desastre se avecina?» Mis pensamientos eran un torbellino, cada uno luchando por tomar el control. Recordé la última vez que Hagalaz había hablado: un incendio en el pueblo, pérdidas que aún pesaban en el aire como cenizas invisibles.

La amatista, con su resplandor púrpura, parecía querer calmarme, pero incluso su serenidad habitual no podía disipar la sensación de inminente catástrofe. Cerré los ojos, buscando en la profundidad de su color algún indicio de esperanza. Pero lo único que sentí fue un vacío, un abismo que se abría bajo mis pies.

«Gebo, el regalo,» murmuré, aferrándome a la runa como a una tabla de salvación. La cruz de Gebo me prometía una unión, una alianza en medio del caos. ¿Pero con quién? ¿Era una advertencia o una promesa? Mis pensamientos volaron hacia aquel desconocido que había visto en mis visiones, su sonrisa ambigua grabada en mi memoria.

El jade, su verde esperanza ahora teñida de inquietud, me habló de celos y envidias. ¿Quién en el pueblo podría albergar tales sentimientos? ¿Qué conflicto se estaba gestando bajo la superficie tranquila de nuestra rutina diaria? Los rostros de mis vecinos pasaron por mi mente, uno tras otro, cada uno con sus secretos y deseos ocultos.

A veces dudaba de mi capacidad para interpretar estos mensajes. ¿Eran realmente visiones del futuro o simples reflejos de mis propios deseos y miedos? Las noches, largas y solitarias, se llenaban de estas preguntas. Cada piedra, cada runa, una estrella en el vasto universo de mi mente. Me perdía en ellas, buscando respuestas que tal vez no existían.

El cuarzo rosado me devolvió a una tarde cálida, la caricia de su tacto evocando el recuerdo de un amor perdido. Suspiré, el peso de los recuerdos arrastrándome al borde de la melancolía. “Las piedras nunca mienten,” me decía, pero ¿y yo? ¿Acaso mi interpretación no estaba teñida por mi propio dolor?

Flegreo, el lector de runas y piedras, eso decían de mí en el pueblo. Una figura misteriosa, medio sabio, medio loco. ¿Pero qué sabían ellos del verdadero arte de ver más allá del velo de la realidad? A veces, yo mismo dudaba de esa capacidad. ¿Era un vidente o simplemente un soñador atrapado en sus propias fantasías?

El sol avanzaba en su arco celeste, y las sombras en mi santuario cambiaban, danzando como espíritus inquietos. La runa de Uruz, fuerza y poder, llamó mi atención. La sostuve en mis manos, sintiendo su energía vibrante. “Necesito tu coraje,” murmuré, esperando que su fortaleza se transfiriera a mi ser. El futuro era incierto, y aunque las runas y piedras podían ofrecer vislumbres, el camino debía ser recorrido con pasos firmes y decididos.

En la soledad de mi refugio, entre susurros de piedras y ecos de runas, navegaba en el mar de mis pensamientos. Cada visión una ola, cada interpretación una estrella en el firmamento de mi conciencia. El destino, tan esquivo y seductor, me llamaba, y yo, Flegreo, el lector premonitorio, respondía, perdido y encontrado en el mismo suspiro del universo.

SIR JAMES FRAZER

Ficción

Yo ostentaba entonces el título de Sir y el nombre de James Frazer, exactamente igual que mi abuelastro paterno, del que heredé no sólo el nombre sino también una importante fortuna y conocimientos. De nada me sirvieron.
Había que proceder, de todos modos, a la fragmentación del ahorcado. Empuñé mi bastón y salí a pasear, necesitaba aire fresco. Al llegar a aquella sólida plaza un bufón representaba, subido en un cono, el crepúsculo del dragón. Era premonitorio. Siendo como era extranjero en todas partes, nadie dejaba de observar mis más ínfimos movimientos. Sentía fuego en el estómago. Por fin el bufón acabó con el gigante gráfico que representaba al dragón. ¡Estaba confeccionado con tiras que podían volver a unirse! Rememoré mis aventuras, o más bien desventuras, en la habitación de aquel loco, que al descubrír su máscara vomitaba el muérdago de la muerte. Pero yo me sentí liberado como un pájaro por la idea de aquel payaso. Emprendí como un perro salvaje mi carrera hacia la saturnalia. El sol era ahora tan fresco como la sombra. Había llegado el momento…

I showed then the title of Sir and the name of James Frazer, exactly just as my paternal step-grandfather, of whom I also inherited not only the name but an important fortune and knowledge. the Hanged person farcical cane cone twilight dragoon Being like was foreign everywhere graphical giant fire My adventures, or rather misfortune, in the room the Crazy mask muérdago death bird wild clown saturnalia sun shades Freir