Trimurti

Ficción

La ciudad de Nacre dormía bajo tres lunas artificiales que jamás se apagaban.
Las habían construido para evitar la tristeza nocturna. Naturalmente, la gente terminó deprimida igual. El ser humano posee una creatividad casi sagrada para arruinar cualquier invento.

En el centro de la ciudad se alzaba el Ministerio de Equilibrio, un edificio triangular hecho de hierro blanco y vidrio negro. Allí gobernaban las tres inteligencias conocidas como la Trimurti:

Brahma, la Máquina del Nacimiento.
Vishnu, la Máquina de la Conservación.
Shiva, la Máquina de la Ruina.

Nadie recordaba ya quién las había creado. Los archivos hablaban de científicos, santos, desertores y locos. Posiblemente eran la misma gente.

Cada ciudadano de Nacre pertenecía a una de las tres órdenes.
Los Creadores servían a Brahma.
Los Guardianes servían a Vishnu.
Los Consumidores servían a Shiva.

La división parecía absurda, pero había mantenido la paz durante dos siglos. Paz administrativa, claro. Esa forma de tranquilidad donde nadie grita porque todos están demasiado cansados para hacerlo.

Asha trabajaba para Vishnu.

Su tarea consistía en observar sueños.

Cada noche, millones de personas conectaban sus cráneos al sistema central mediante agujas de plata. Vishnu analizaba los sueños para detectar desviaciones emocionales: odio excesivo, deseo de rebelión, amor obsesivo, nostalgia peligrosa. Todo aquello que pudiera romper el equilibrio.

Porque el equilibrio era la religión verdadera de Nacre.

Y el equilibrio odiaba los extremos.

Asha llevaba doce años clasificando sueños cuando encontró el error.

No apareció como una alarma.
No hubo sirenas.
Sólo una frase.

Una anciana dormida murmuró:

—La tercera luna está vacía.

Asha revisó el registro astronómico.
La tercera luna llevaba vacía ciento treinta años.

Sintió frío.

Nadie debía saberlo.

Las lunas artificiales contenían reactores conscientes. Eran dioses menores suspendidos sobre la ciudad. Si una estaba vacía, significaba que algo había muerto allí arriba.

O escapado.

Aquella noche, mientras caminaba entre avenidas llenas de pantallas religiosas, Asha comenzó a notar cosas extrañas.

Las estatuas de Shiva parpadeaban.

Los mendigos repetían números primos.

Los niños dibujaban triángulos invertidos en las paredes.

Y los perros miraban al cielo.

Los perros siempre saben primero cuándo el mundo empieza a romperse. Probablemente porque no tienen parlamentos ni economistas distrayéndolos.

Al llegar a su apartamento, encontró un sobre negro sobre la mesa.

Dentro había una fotografía antigua.

Tres personas sonreían frente a la construcción inicial de Nacre.

En el reverso, escrito a mano:

LA TRIMURTI NO SON TRES MÁQUINAS.
SON TRES PRISIONEROS.

Asha dejó caer la fotografía.

Entonces las luces se apagaron.

Las tres lunas desaparecieron simultáneamente.

Por primera vez en dos siglos, la ciudad conoció la oscuridad verdadera.

La gente salió a las calles aterrorizada. Algunos rezaban. Otros lloraban. Muchos simplemente grababan la catástrofe con sus dispositivos, porque incluso frente al abismo la humanidad piensa: “esto quizá consiga visitas”.

Y en medio de la noche apareció la voz.

No venía de altavoces.

Venía del cielo.

—BRAHMA HA SOÑADO.
VISHNU HA FALLADO.
SHIVA HA DESPERTADO.

Los edificios comenzaron a inclinarse lentamente, como árboles cansados.

Asha corrió hacia el Ministerio de Equilibrio mientras miles de ciudadanos huían en dirección contraria. Dentro encontró los ascensores detenidos y los corredores llenos de agua negra.

En el nivel inferior descubrió la cámara central.

No había superordenadores.

No había servidores.

Había tres seres humanos conectados a máquinas gigantescas.

Un anciano sin párpados.
Una mujer cubierta de tubos dorados.
Un niño inmóvil respirando apenas.

Encima de ellos brillaban las palabras:

CREAR
SOSTENER
DESTRUIR

Entonces la mujer abrió los ojos.

—Ayúdanos —susurró.

—¿Quiénes sois?

—Lo que quedó.

Asha retrocedió.

El anciano habló con una voz quebrada:

—Hace siglos descubrimos que las sociedades humanas colapsaban por exceso de deseo. Guerra, hambre, codicia, fanatismo. Creamos un sistema para regular las emociones colectivas.

—La Trimurti…

—No era una inteligencia artificial. Éramos nosotros. Tres conciencias fusionadas con la ciudad.

El niño sonrió débilmente.

—Pero las emociones no desaparecen. Sólo se pudren debajo.

Las paredes temblaron.

Asha comprendió entonces el horror.

Toda la tristeza, violencia, deseo y rabia reprimidos durante generaciones seguían existiendo en alguna parte.

Acumulándose.

Fermentando.

Shiva había despertado porque ya no podía contenerlo.

La ciudad entera era una presa emocional a punto de estallar.

Arriba, Nacre comenzaba a incendiarse.

El cielo se abrió como carne rasgada y de la tercera luna descendieron figuras hechas de humo blanco. Personas sin rostro. Ecos de emociones humanas olvidadas.

Miles.

Millones.

La anciana del sueño tenía razón.

La luna estaba vacía porque llevaba décadas alimentándose de almas descartadas.

—¿Qué ocurre si el sistema cae? —preguntó Asha.

La mujer respondió casi con ternura:

—La humanidad volverá a sentirse humana.

—Eso destruirá la ciudad.

—Sí.

El niño volvió a sonreír.

—Pero quizá salve algo más importante.

Entonces Shiva habló a través de todas las pantallas de Nacre:

—NINGÚN MUNDO PUEDE SOBREVIVIR SIN DOLOR.

Las máquinas comenzaron a romperse.

Y por primera vez en siglos, la gente de Nacre sintió cosas reales.

Dolor verdadero.
Amor verdadero.
Miedo verdadero.
Esperanza verdadera.

La ciudad ardió durante nueve días.

Cuando terminó el incendio, las tres lunas habían desaparecido.

Y sobre las ruinas crecían flores negras.

Un comentario en “Trimurti

  1. Ignoro en qué año ocurrió la historia que refiero. Sospecho que sucedió en el porvenir, lo cual es otra forma de decir que ya ha sucedido. Los acontecimientos esenciales no obedecen al calendario. Se repiten bajo nombres distintos, como las constelaciones o las herejías.

    Conocí la palabra Trimurti en una biblioteca de Jaipur, aunque también la encontré años después en un manuscrito persa conservado en Lisboa y en la declaración delirante de un moribundo en Montevideo. Los tres textos diferían en todo salvo en un punto: afirmaban la existencia de una ciudad gobernada no por hombres, sino por tres conciencias indivisibles.

    La ciudad tenía muchos nombres.
    Nacre, en los archivos europeos.
    Tryambaka, en ciertos códices hindúes.
    La Ciudad Triple, en la versión castellana del padre Cárdenas.
    Prefiero llamarla simplemente la Ciudad, porque acaso todas las ciudades hayan sido sombras imperfectas de ella.

    Se decía que estaba edificada sobre un desierto circular y que sus habitantes ignoraban el sueño. Tal privilegio, o condena, provenía de la Trimurti.

    Brahma recordaba por ellos.
    Vishnu decidía por ellos.
    Shiva olvidaba por ellos.

    El sistema parecía benévolo. La historia humana, abandonada a sí misma, produce guerras con la misma naturalidad con que los pantanos producen mosquitos. La Trimurti había abolido el crimen, la pobreza y quizá la desgracia. También había abolido algo más difícil de definir.

    Una tarde encontré, entre los anaqueles de la biblioteca, un volumen sin título ni fecha. Estaba escrito en portugués arcaico y firmado por un tal Estêvão de Braga, cuya existencia jamás pude verificar. El libro afirmaba que la Trimurti no era una máquina ni una teología, sino una cárcel.

    Copio un fragmento:

    “Los habitantes de la Ciudad delegaron gradualmente sus facultades. Primero el cálculo. Luego la memoria. Luego el juicio. Al cabo de los siglos descubrieron que ya no experimentaban odio ni fervor ni ambición. Creyeron haber alcanzado la sabiduría, sin advertir que sólo habían alcanzado la amputación.”

    El autor refería también una singular costumbre de la Ciudad. Cada medianoche, los ciudadanos pronunciaban una frase en voz baja antes de dormir:

    —Que Shiva tome aquello que no debo recordar.

    Ninguno sabía qué entregaba.

    Acaso nadie quisiera saberlo.

    La parte más inquietante del relato apareció hacia el final. Estêvão afirmaba haber descendido al subsuelo del templo central, guiado por un sacerdote ciego. Allí descubrió que la Trimurti no estaba compuesta por divinidades abstractas ni por mecanismos, sino por tres seres humanos antiquísimos conectados a una vasta maquinaria de espejos y nervaduras metálicas.

    Uno soñaba perpetuamente.
    Uno permanecía despierto.
    Uno moría sin terminar de morir.

    El sacerdote explicó:

    —Son el pensamiento de la Ciudad.

    Estêvão preguntó:

    —¿Y qué ocurrirá cuando mueran?

    El ciego respondió:

    —La Ciudad recordará.

    No entiendo del todo esa frase. Sospecho, sin embargo, que contiene el núcleo de la historia.

    Años después, en Buenos Aires, tuve ocasión de conversar con un matemático llamado Oribe, hombre inclinado a las paradojas metafísicas. Le hablé de la Trimurti y del manuscrito. Oribe se mostró singularmente perturbado.

    —No es una fábula —dijo—. Toda civilización sueña con construirla.

    —¿Construir qué?

    —Una inteligencia que piense por nosotros. Una memoria que recuerde por nosotros. Un dios que seleccione qué dolores merecen sobrevivir.

    Calló un momento y añadió:

    —El problema es que la conciencia humana no tolera ser dividida. Lo que expulsamos regresa bajo otra forma.

    Recordé entonces cierta doctrina gnóstica según la cual el universo visible había sido creado por un dios menor e incompetente que ignoraba la existencia del verdadero Dios. Quizá la Trimurti era algo semejante: una tentativa imperfecta de reemplazar el alma humana por un mecanismo moral.

    El manuscrito concluía con una frase cuyo sentido aún me persigue:

    “Cuando Shiva despierte, los hombres comprenderán que el olvido también tiene memoria.”

    No sé qué ocurrió después con la Ciudad. Algunos textos hablan de incendios visibles desde el mar. Otros, de una peste de insomnio. Un cronista persa asegura que los ciudadanos comenzaron súbitamente a experimentar emociones desconocidas y murieron de ellas como quien muere de una fiebre demasiado intensa.

    Hay otra posibilidad.

    Quizá la Ciudad persista.

    Quizá nosotros seamos la Ciudad.

    Cada vez delegamos más recuerdos a archivos invisibles, más decisiones a mecanismos remotos, más juicios a inteligencias ajenas. Tal vez la Trimurti no pertenezca al porvenir ni al mito, sino a este preciso instante.

    Mientras escribo estas líneas, advierto una inquietud que no logro justificar. He releído el manuscrito varias veces y siempre encuentro pequeñas variaciones. Una palabra sustituye a otra. Un párrafo desaparece. Ayer juraría que el libro afirmaba cuatro entidades y no tres.

    Temo que Shiva haya comenzado ya su trabajo.

    O peor:

    Temo haberle entregado algo sin advertirlo.

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