Confesiones …

Ficción

Entre los papeles de un culto pasado encontré una observación sorda: «Todo relámpago llega velado porque el universo no tolera verse de una vez». Comprender aquella frase era un vasto sueño, tan inexpresable como recordar un rostro que aún no ha existido. Desde entonces me persigue un viajero de vestiduras gastadas, cuyo cuello inclinado y cuyo pelo inmóvil parecen conservar la paz de los condenados.

Me habla con ritmos que las brisas traducen apenas. Dice que amaré escapar cuando me complace serme otro; que los desiertos avanzan mientras las vidrieras de las ciudades reflejan una mujer siempre desconocida. Yo, pobre, desesperado, digo que pude dirigirme hacia ella, pero los impulsos regresan preguntándome si el sentido de la noche no consiste precisamente en eludir toda respuesta.

He visto bloques de piedra donde antiguos sufragios prometían una recompensa; populares doctrinas que admiraba y que ahora desaparecido el fervor apenas conservo como una afición. Los monjes de una escolanía, después de una buchada de vino bebido en silencio, aseguraban que los ideales cortarán el tiempo como un espejo. Los occidentales los escuchaban con esa estupidez integrada que confunde la fe con la costumbre.

La aurora fluye ante mí. Las añoranzas van y regresan, cuidan y elude toda certeza. Soy el hombre que quiso jugar con el laberinto y terminó siendo observado por él. Si alguna divinidad pudiera ayudar, acaso respondería lo único que todavía ignoro: cuándo deja uno de buscar el sueño para descubrir que el sueño, desde siempre, era quien buscaba al soñador.

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