La errata de un instante

Ficción

No respondí. Comprendí que toda respuesta habría sido una variante del mismo error. El viajero sonrió con una melancolía que no era suya, sino heredada de innumerables hombres que, siglos antes, habían llegado a la misma revelación sin advertirlo. Entonces abrió un libro desprovisto de letras. Sus páginas estaban hechas de un polvo tenue que mudaba de forma según la memoria de quien lo contemplaba. Vi mi infancia. Vi una biblioteca donde nunca había entrado y cuyos anaqueles, sin embargo, recordaban mi nombre. Vi ciudades levantadas sobre el olvido, templos donde los espejos evitaban reflejar a los vivos y un jardín en el que cada sendero concluía exactamente en el punto donde otro comenzaba. Ninguna de aquellas imágenes me pertenecía; todas me esperaban desde antes de mi nacimiento. El viajero cerró el volumen. El polvo no cayó al suelo: permaneció suspendido, como si el aire también fuese una página.

«Crees haber encontrado el libro», murmuró. «Es el libro el que ha encontrado un lector capaz de inventarlo.»

Sentí entonces que el relámpago inicial no había iluminado el cielo, sino mi recuerdo del cielo. La aurora retrocedió. La noche, lejos de extinguirse, adquirió una transparencia insoportable. Advertí que cada decisión de mi vida era una nota escrita al margen de un manuscrito inaccesible y que los siglos no eran otra cosa que sucesivas correcciones de una frase imposible. Cuando alcé la vista, el viajero había desaparecido. En su lugar quedaba un espejo circular. No devolvía mi imagen, sino la de un anciano inclinado sobre estas mismas líneas, corrigiendo una palabra, borrando otra, dudando de un adjetivo.

Fue entonces cuando comprendí la única verdad que me estaba permitida: nunca fui el autor de este relato. Apenas soy la errata que, por un instante, creyó ser el libro.