He pasado la noche
como quien debe una muerte
y no recuerda a quién.
El miedo
ha aprendido mis huesos
antes que mi nombre.
Hay animales
que nadie cría,
criaturas sin infancia,
y vienen
desde la costumbre del sueño
a sentarse en mi pecho,
como si mi respiración
les perteneciera desde siempre.
No duermo.
Soy dormido.
Entre los fantasmas
hay uno que se parece demasiado
a la sombra que dejo
cuando todavía es de día.
Pido una tregua.
El cigarro sube
como un pobre cielo deshecho,
y el humo,
que debía marcharse,
regresa convertido
en un panal de agujeros
donde la noche
me mastica despacio.
Las puertas
lloran viento.
Las ventanas
no saben cerrar
la herida del aire.
Mis orejas,
equivocadas de cuerpo,
quieren ser alas;
pero sólo consiguen
el zumbido interminable
de los insectos
que también buscan
un lugar donde sufrir.
Entonces llegan.
No tienen nombre
porque el dolor
nunca lo necesita.
Se alimentan
de esa fruta invisible
que madura
entre la vergüenza
y la carne.
Y yo,
más pequeño que mi propia cabeza,
levanto la almohada
como quien levanta
la última piedra
contra el cielo.
Amanece.
Pero el alba,
pobre también,
entra descalza
y no encuentra
a quién salvar.
Es curioso como llegada cierta edad la vida se empeña en regalarnos a casi todos los mismos óbolos, sólo que tú pareces haber sido el elegido para hablar en nombre de tantos. Menudo «embolao».
I feel the same.
A ver que día volvemos a tomar fotos de Bacon.
Este Lugar nunka dejará de superarse.. :))
Estimadísimas amigas, virtuales o no, me remito a lo que Sobre este sitio se dice en el lateral: «Sólo espero que este sitio jamás llegue a ser útil para nadie.»
Pues oye, ser-vicio tampoco es algo que suene y siente tan mal. Lo de la utilidad ya es otro rollo. Un beso oníricamente turbado. Vuelvo a mi yelmo que estoy muuuuy cansada.
Pues brindemos por la poesía y el vicio, para que nunca sean útiles a nadie.
Ah, yo ahora me pondré el yelmo para desfacer entuertos.