El verano me sueña

Ficción

Toda eternidad, aun la más dichosa, contiene secretamente su término. Lo comprendí una tarde en que el sol, declinando sobre las persianas, dibujó en el suelo un rectángulo de oro. Dentro de aquel rectángulo mi sombra parecía otra: más alta, más antigua, acaso perteneciente a una mujer que había vivido antes que yo y que, por una de esas ironías que tanto complacen al destino, había venido a visitarme.

Mi abuelo dormía en la habitación contigua. Recuerdo el rumor de su respiración y el lento, casi imperceptible andar del reloj. En aquella casa todo parecía esperar algo. Los muebles, los libros, las fotografías de muertos cuyo nombre ya no sabía pronunciar. Hasta el polvo tenía la paciencia de quien conoce el desenlace.

Fue entonces cuando encontré el libro.

Estaba oculto detrás de una hilera de volúmenes que mi abuelo jamás consultaba. No tenía título ni nombre de autor. Sus páginas, amarillentas, estaban escritas con una tinta que el tiempo había vuelto del color de la sangre seca. Lo abrí al azar y encontré una frase que todavía puedo repetir, aunque ignoro si la leí o si fui yo quien la escribió:

«Toda mujer que se contempla demasiado en un espejo termina por descubrir que ha sido contemplada antes.»

No comprendí aquellas palabras. O quizá las comprendí demasiado bien.

Desde aquel día comenzaron las coincidencias. La mujer de una fotografía se parecía a mí. Una fecha grabada en el marco de un retrato correspondía exactamente al día de mi nacimiento. En el último capítulo del libro aparecía descrito, con una precisión intolerable, aquel verano que yo creía exclusivamente mío: las sábanas, la ciudad silenciosa, las fiestas, el calor, incluso la habitación donde me encontraba en ese instante.

Comprendí entonces que mi memoria no era un refugio, sino un laberinto.

Mi abuelo despertó al anochecer. Me encontró junto a la ventana, con el libro entre las manos. Durante unos segundos no dijo nada. Después me preguntó si había llegado ya al último capítulo.

Le pregunté qué significaba aquello.

Sonrió con una tristeza que nunca había visto en él.

—Significa —dijo— que no eres la primera.

Quise reírme. No pude.

Aquella noche dormí poco. Antes del alba regresé al libro. Las últimas páginas estaban en blanco. Sin embargo, al acercarlas a la lámpara, descubrí que bajo la blancura del papel había palabras invisibles, como si hubieran sido escritas para unos ojos que todavía no existían.

La primera línea decía mi nombre.

La segunda describía el verano.

La tercera comenzaba así:

«Recuerdo aquel voluptuoso verano del año que pasé viviendo con mi abuelo…»

Entonces comprendí que el libro no contaba mi historia.

La estaba recordando.

Y acaso yo no había vivido aquel verano: acaso era el verano quien, desde alguna región inaccesible del tiempo, me había soñado a mí.

RITO DE OSCURIDAD

Ficción

No estamos llenos –dices– y bien, qué más da. Todo aumentará de nuevo algún día, incluso los gusanos recorriendo tus góticas arterias. Con nueva índole –lo sé– me regalarás aquel puro y aquellas ligas de color rojo que te pedí, estoy segura. Vale, he comprendido, hoy no te mato. Conservarás tus hombros, tu familia. A oscuras, a ciegas… reconocerás que te gustaban mis irreductibles piernas. Oh corazón, quiero lavarme, ya no me rindo a tu caricia. Vete segurísimo, pues tus grotescos encantos ya no me ponen en marcha. Conservo tan sólo el exclusivo recuerdo de un saltimbanqui que me llenaba de besos. Sobre mi eterna y joven piel sólo se corren ahora los demonios en violentas sacudidas. Ya soy, al fin, la Venus de alma tétrica que ha sido testigo severa de terribles deformidades y quimeras. Es asqueroso, ciertamente… Pero mis facultades, al menos, sorprenden a estas incautas gentes. Como es debido, cada víspera me levanto y elijo con cual de ellos volveré a fornicar. Hay esqueletos muy rezagados y tontos, sin duda, pero que gritan hasta ascender al placer inconmensurable de mis atroces lujurias. Retuerzo sus raíces, soy mala –lo sé–. Sobre el taller florido de mi pecho, que allí anda suelto todo el día, pongo también a la virgen pecadora y la azoto, le castigo las nalgas y los pechos. ¿Quién queda viva? Alguna burda protectora de los mártires, entrenada a sufrir. Pero entonces le regalo mis joyas y como una corderita regresa rauda… y adiós Gracia. Vale, corazón, nadie te obliga hoy, estás de suerte. Me lo hacían, sí, si tu querías. Y ¿adónde voy ahora sobre este terreno pantanoso? Vos sois el proveedor de mis defectos modernos y repugnantes. Pero en gritos de vanidad te llegará la locura –lo sé–. Entra, sigue mi consejo. Ahora recordarás cuando rodábamos hacia la mortal luz que nos rodea y entendí que aquel rodar no era huida sino rito. La luz nos rozaba como un animal cansado, y en su resplandor enfermo aprendimos a mentirnos con elegancia. Yo te miraba desde mi trono de carne intacta, y tú creías aún que el sacrificio era compartido. No lo era. Nunca lo fue.

Se alzaron campanas mudas bajo el fango y el aire se volvió espeso, ceremonial. Caminé. Cada paso arrancaba un recuerdo que dejaba atrás como una prenda usada. Mi nombre, mis pactos, tu sombra. Todo quedó allí, fermentando. Yo avancé sola, ungida por mi propia blasfemia.

Si vuelves a llamarme, será tarde. Tendré la boca sellada por flores negras y los ojos llenos de vísceras. No pediré, no prometeré. Seré estatua y herida a la vez. Y cuando mires atrás, con la fe hecha astillas, comprenderás por fin que no eras tú quien me perdía, sino yo quien aprendía a quedarme.

Quedarme fue aprender el peso exacto de mi nombre. Ya no lo pronuncio: lo deposito en cuencos de sombra para que se enfríe. Tú sigues buscando señales, un hilo, la migaja de una promesa. No hay. Hay ceniza ordenada, hay disciplina en el temblor.

Cruzo el pantano sin dejar huellas. Las criaturas me saludan con su silencio aprendido y yo les devuelvo la frente intacta. He hecho del rechazo un método y de la memoria un espejo empañado. Si algo duele, es antiguo; si algo arde, es porque quiere durar.

No me reclames el gesto que te salvaba. Ahora mi misericordia es exacta como un filo. Recojo las máscaras que dejaste caer y las cuelgo a secar en la noche. No me siguen. No me pertenecen.

Al final del sendero, donde la luz vuelve a ser mortal, me detengo. No para mirar atrás, sino para cerrar los ojos y escuchar cómo el mundo se recompone sin nosotros. Entonces avanzo. No hay triunfo ni caída. Hay forma. Y en esa forma, por primera vez, descanso.

Secretos sacados del libro de Cleopatra

Ficción

Para hacerse amar de los hombres o, en su defecto, conservar el cutis suave, fino, blanco y agradable al tacto

Tómese un licor llamado agua de Citiso, que los antiguos filósofos conocían con el nombre de Akarim, déjese en un vaso descubierto expuesto tres noches a las influencias de Urano, Marte y Venus, y luego veinte y cuatro horas del sol; entonces se retira, y se mezclan algunas gotas con la leche fresca de vaca o cabra, aunque es preferible la de yegua o burra, y al cabo de cinco minutos se lava con esta mezcla las manos o la parte que sea. Cleopatra, por ejemplo, se hacía llenar una piscina con leche de burra virgen a este solo efecto y no sólo conquistaba hombres sino incluso imperios.

Para que la piel resplandezca como el alba de Egipto

Tómese un licor llamado agua de heliotropo, que los sabios caldeos veneraban bajo el nombre de Zareph. Déjese reposar en un cuenco de alabastro durante dos noches al claro influjo de Venus y la Luna creciente. Luego, antes del alba del tercer día, introdúzcase en el baño un trozo de ámbar rojo envuelto en hojas de mirto. Esta infusión, mezclada con cinco gotas de esencia de jazmín, debe aplicarse sobre el rostro con un velo de lino, sin hablar palabra durante el acto. Dicen que Cleopatra lo usaba antes de cada aparición pública, y ningún hombre podía sostenerle la mirada sin caer rendido a sus pies.

Para encender el deseo en el corazón de un soberano

Árdase una mezcla de canela, almizcle y raíces de mandrágora en un pebetero de bronce, y en el humo espeso que se alce, dibújese con la mano izquierda el símbolo de Isis desvelada. Acto seguido, tómese una gota de aceite de nardos silvestres y colóquese detrás de cada oreja y en la curva interior de la muñeca. Este rito debe realizarse en la hora exacta del ocaso, cuando el cielo se tiñe de rojo, y jamás debe repetirse dos veces bajo la misma luna. Con este secreto, cuenta el papiro, Cleopatra doblegó la voluntad de César como se dobla una hoja de papiro mojada.

Para conservar la juventud más allá de los años

Recójanse pétalos de rosa al despuntar la aurora, antes de que el sol los haya tocado. Se maceran en miel pura del desierto, junto con una pizca de sal de Amón y cinco granos de polvo de ópalo. La mezcla se guarda en un frasco de cristal oscuro y se deja reposar siete días bajo tierra, entre raíces de granado. Una vez filtrado el ungüento, se frota cada noche sobre el cuello y el pecho, pronunciando en voz baja el nombre de una diosa antigua e ignota. Así, aseguran las tablillas, permanecía Cleopatra inmutable ante los años, como si el tiempo se negara a tocarla.

Greguerías cósmicas

Poesía

La luna es el chisme redondo que la Tierra le cuenta a la noche.

Saturno usa anillos porque Júpiter no le pidió matrimonio.

Las estrellas fugaces son ideas que el universo olvidó anotar.

El Sol madruga tanto que despierta hasta a los gallos interplanetarios.

Venus se maquilla con nubes porque tiene autoestima volcánica.

Marte se puso rojo cuando lo llamaron planeta virgen.

Los eclipses son peleas de pareja que la Tierra ve sin querer.

Neptuno escucha reguetón submarino a todo volumen.

El agujero negro es el cubo de basura del universo: todo va, nada vuelve.

La Vía Láctea es la serpentina borracha de una fiesta estelar.

Plutón sigue esperando que lo agreguen de nuevo al grupo.

El Sol no duerme: tiene insomnio nuclear.

Los cometas son barbas de hielo que el espacio se deja crecer en invierno.

La Tierra gira para no aburrirse de ver siempre lo mismo.

El tiempo es el mozo lento del restaurante del cosmos.

Venus

Ficción

Mi querida Venus, no sólo le obligaré a aprehender todos los símbolos, también le obligaré a revisitarlos continuamente.

Gráfico

Ficción

Después de largos y cautelosos estudios nadie supo descifrarlo. Se recurrió incluso a la Adivinación pero los resultados eran muy contradictorios entre los propios adivinos. Alguien propuso que podría tratarse de un antiguo y desconocido Alfabeto. Alguno se atrevió a decir que era de la época de Antimonio, pero el doctor Vischer lo descartó inmediatamente: bien conocía él su alfabeto y esto nada tenía que ver con aquel. Alquimia creyó ver en el mismo Animales sagrados de las lagunas negras, ya extinguidos, y Zollinger, en cambio, el retrato esquemático de Aristóteles el viejo. Tetramorfos por encargo de Valentin el magnífico, sacrificó incluso sus curvilíneas Venus al Alto poder Verde, lo que únicamente dio como fruto la pérdida definitiva de las mismas. Aquel Yang-yin se resistía a ser incluido entre los Símbolos lo mismo que yo me he resistido a ser incluido entre los muertos.

Aquel fue el error de todos: creer que el gráfico hablaba de algo.

Pasaron los años. Murieron tres adivinos, dos intérpretes de sueños y un fabricante de brújulas que había asegurado, en una taberna próxima al mar interior, que las líneas del dibujo señalaban una dirección. El gráfico, sin embargo, permanecía inmóvil sobre la mesa de piedra, indiferente a las teorías que iba devorando. Nadie lo entendía.

Fue entonces cuando el doctor Vischer regresó.

Llegó una tarde cubierta por un polvo verdoso que algunos identificaron como polen y otros como ceniza de estrellas. Traía consigo un volumen encuadernado con piel de pez nocturno y, sin saludar a nadie, se sentó frente al enigma.

Durante siete días observó el dibujo sin tomar una sola nota.

Al octavo anunció:

—No es un alfabeto.

Aquellos que llevaban décadas sosteniendo esa posibilidad celebraron su derrota con una mezcla de decepción y alivio.

—Tampoco es un símbolo. Ni un retrato. Ni un mapa.

—Entonces ¿qué es? —preguntó Zollinger.

Vischer tardó en responder.

—Es una huella.

La noticia recorrió la ciudad con la velocidad de las malas interpretaciones. Los estudiosos comenzaron a buscar qué criatura podía haber dejado semejante marca. Se habló de los Animales sagrados de las lagunas negras. Alquimia aseguró reconocer la curva de un antiguo anfibio transparente. Otros, más audaces, mencionaron a las Venus sacrificadas al Alto poder Verde. Ninguna explicación resultó satisfactoria.

Solo cuando llegó la primera luna de las lluvias ocurrió algo inesperado.

El gráfico cambió.

Nadie lo vio transformarse. Simplemente una mañana una de sus líneas aparecía donde antes no había nada. Un trazo breve, casi tímido.

Después apareció otro.

Y otro más.

Entonces comprendieron que el dibujo nunca había estado terminado.

Lo que contemplaban era únicamente una parte de algo que continuaba escribiéndose.

Las nuevas líneas no surgían de la tinta ni de la piedra. Nacían durante la noche, como si una mano invisible siguiera trabajando pacientemente desde el otro lado de la realidad.

Tetramorfos, ya muy anciano, recordó una frase atribuida a Antimonio:

—Todo alfabeto describe el mundo. Solo uno es descrito por él.

Por primera vez, el silencio ocupó el lugar de las teorías.

Y mientras los sabios observaban cómo el gráfico seguía creciendo, yo comprendí por qué nunca había querido ser incluido entre los muertos.

Los muertos terminan su historia.

Aquel dibujo, en cambio, todavía estaba empezando.