
Mi querida Venus, no sólo le obligaré a aprehender todos los símbolos, también le obligaré a revisitarlos continuamente.

Mi querida Venus, no sólo le obligaré a aprehender todos los símbolos, también le obligaré a revisitarlos continuamente.
En la techumbre de la terraza, junto a los cadáveres de mosquitos atrapados por la telaraña, se ha posado una mariposa monarca. Ella también parece muerta, y quizás lo esté. Aunque lo más probable, dada la altura del verano a la que estamos, es que haya encontrado por fin el sitio donde poner sus huevos, al abrigo de la intemperie del otoño y cerca del almacén de cadáveres de mosquitos que la voraz araña se ha preparado para el invierno. Tentada estoy de frustrar los planes de ambas, dado mi natural instinto asesino. Pero recapacito, yo aguardaré, como la araña, a devorar los frescos y jugosos huevos depositados en su abdomen, mientras froto mi élitros con fruicción de mantis que acaba de darse como festín a su amante.
(A Odradek)
No sé cómo pero decidimos salir a comer al campo. Desde luego, el tiempo acompañaba y era grata la compañía. Tortilla preparada, bocatas hechos, cervezas frías y un magnífico sol… El camino era largo y mantuvimos una tendida conversación aunque nada profunda. Al llegar al lugar, extrañamente presidido por la estatua de una sirena, había comenzado ya una gran contienda que amenazaba en convertirse en una riña muy acalorada. Ajenos al comienzo de la misma, poco nos incumbía ni la causa, ni los contrincantes, ni los resultados y, alejándonos de la refriega, nos dispusimos a extender nuestro mantel de campo y nuestras frescas y apetecibles meriendas. Sólo para saciar nuestra curiosidad, más hambrienta, si cabe, que nuestros estómagos, nos acomodamos a pocos metros de la arena en que los rivales se batían. Y desde luego le dimos merienda para deglutir a ambas gazuzas. Al parecer un asunto de cuernos. Una mujer morena, generosa y apasionada ha quedado embarazada y el marido, sabedor exclusivo de su propia impotencia, arroja sus cuernos contra todo aquel que mira con agrado a su mujer. Una vez situados en la escena, ninguno de nosotros logra apartar la vista de los generosos pechos de aquella morena, esperando a ser retados en duelo pues, como boxeadores que somos, necesitamos un «saco» para nuestro entrenamiento vespertino y un seno que nos consuele tras la lucha.

Bajo la Estación de S. Lázaro ha transcurrido la historia de esta mañana. Tras hacer una obligada visita a los servicios, he podido observar el trasiego de gente. Eclipsada tras mi taza de té, esperé paciente. Un chivatazo, que parecía bastante fiable, me alertó de una posible nueva actuación estelar de nuestro hombre. He contemplado fugas, carreras, abandonos de sombreros de paja, cruces precipitados… pero nada de acción por su parte, ningún intento de homicidio, ni siquiera los habituales robos y tirones.
—Son Géminis al fin, un matrimonio que ha devorado la espiral de malos entendimientos. Se estrechan los lazos.
—Vamos, que ya saben llevar el yugo o el arado en armonía.
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