
Mi querida Venus, no sólo le obligaré a aprehender todos los símbolos, también le obligaré a revisitarlos continuamente.

Mi querida Venus, no sólo le obligaré a aprehender todos los símbolos, también le obligaré a revisitarlos continuamente.
En la sala de espera del aeropuerto hay una veintena de personas. Inesperadamente un nutrido grupo de policías han entrado, deteniendo a todos los presentes. Se sospecha que en el grupo de pasajeros hay un asesino. No se preocupen —dice el inspector al mando— una vez comprobadas sus identidades serán dejados en libertad sin cargos. Ahora se dirige a uno de sus oficiales y le indica que comience con los que tengan los zapatos más caros y con los hombres más viejos. Dos ejecutivos son confiscados del grupo y llevados aparte. Otros cinco señores de mediana edad, los aparentemente más viejos, también son llevados al retrete. Tras una larga espera, el resto de los pasajeros son cacheados, identificados mediante iris y huellas digitales, comprobados en el ordenador central y finalmente dejados en libertad sin cargos. Al sentirse liberados de las sospechas policiales, ninguno pregunta, ninguno protesta, ninguno exige que se respeten sus derechos, que se les ofrezca una explicación, una disculpa. Liberados de la culpa, sus sandalias parecen aladas.
(A Bosco Urruti)
—Sí, pero ¿lo evidente es siempre falso?
—No, lo evidente simplemente no resuelve el caso, mejor dicho, los casos…
Yo sufrí primero el maleficio de las armas y el encanto de Diana. Ahora serás tú quien, ligada a la fuerza y el poder de Neptuno, use su tridente dentro del vasto Mar de Seda. Y serás implacablemente asesinada por tus vengadores hijos. ¡Oh Electra de mis entrañas!
Y aquel día por fin encontré a Wotan, cabalgando a Diana.
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