Cuando era pequeño, vivía en un cortijo en medio del campo, rodeado de olivos y caminos de tierra que se perdían entre veredas y sierras. La primavera llegaba con fuerza, y todo olía a tierra húmeda, a flores nuevas y a leña quemada de la chimenea.
Mi abuelo me despertaba temprano, cuando el cielo azul apenas empezaba a clarear. Salíamos al corralito donde nos esperaba nuestro viejo burro, “Canela”, que rebuznaba con impaciencia por salir. Le poníamos los aparejos y cargábamos unas cestas de mimbre con pepinos, tomates y hojas de tabaco que habíamos secado con cuidado durante días.
La huerta quedaba justo detrás del nogal grande, ese que daba sombra al banco donde mi abuelo pelaba almendras. Allí, junto a una higuera llena de brevas, estaba la noria. Yo me quedaba embobado mirando cómo los cangilones subían el agua desde el fondo. El agua iba a parar a unos aljibes que teníamos repartidos por el terreno, y desde ahí regábamos los surcos con palos que abrían pequeñas compuertas en la tierra.
A veces, mientras los mayores trabajaban, yo me escapaba por los caminos y veredas. Tenía escondrijos secretos entre los zarzales o debajo de una roca plana donde guardaba mis canicas y mis tesoros: un botón brillante, una navajita rota y una pluma azul que me gustaba imaginar que era de un pájaro mágico.
La vida en el cortijo era sencilla. Por la tarde, recogíamos leña y la apilábamos junto a la puerta. El sol se ponía tras la sierra, tiñendo todo de dorado. Entonces, nos sentábamos junto a la chimenea, con las manos aún manchadas de tierra, y yo escuchaba las historias de mi abuelo, mientras el burro roncaba tranquilo en su corralito.
Había olivos que contaban cuentos con sus ramas al viento, una higuera que daba sombra a mis juegos y una noria que cantaba cada vez que giraba.
Esa era mi huerta, y aunque ahora vivo lejos, cada vez que huelo el tabaco seco o veo un cielo azul de primavera, cierro los ojos… y vuelvo a ella.