Nos vieron no

Poesía

No nos vieron juntos.
Nadie.
Como dos piedras metidas al revés en el mismo zapato.
Ella, carácter de fuego muerto,
bebida como ternura quebrada,
desgarrada por los colmillos del tiempo.

Aparte quedó mi luto,
tirado como abrigo de enfermo
en la silla del confesor sin voz.
Celosos los días,
celoso el pan que no mordimos,
y el peligro…
el peligro era verte
sin sufrir.

Pero qué victoria tan sencilla:
la del que pierde con los ojos cerrados.

¡Idiotas!
Me esperaban, mutilados de sí,
con su alegría renga,
su domingo sin almuerzo.
Qué despreciables.
Conducían sin permiso
por aquella carretera polvorienta
—ni Dios los miraba—.
Yo, sin una sola alegría,
les olfateaba el alma
como un perro
que aún recuerda a su amo
pero ya no le cree.

Ella dijo:
«Existiremos».
Otórgame guerras, cerdo.
Soñé.
Soñé con formas inertes,
cáncer de infancia,
y fantasmas tan pequeños
que cabían en mi ombligo.

Luchaba.
Luchaba por inventarme otra biografía.
Pero pesa.
Pesa la sangre cuando no la llaman.
Pesa un sí cuando no lo firma nadie.

Yo conducía,
extraviado en los misterios que bostezan.
Como durmiendo
con los párpados abiertos.

Estaríamos.
Eso me dije.
Adonde sea, pero estaríamos.
Hagamos lo que hagamos,
será lamentable.
Lo primordial
ya se fue con los zapatos puestos.

Los malvados
se alejan con la bondad en los bolsillos.
Los fuertes desean suerte
y reciben magia rota.
El fantasma de ella
me arrodilla por dentro.
No puedo suponer que no está.
No me dejan.

Hete aquí:
yo,
en pie,
entre reyes vencidos,
coronado de silencio.

Pero él,
ese yo remoto, con fiebre y costillas,
aún ama los estribillos
como quien ama
un clavo
en la garganta.

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