Bienvenido a mí, suave y tiernamente,
aunque a veces no pueda recordar lo que no veo.
Yang-Yin
rueda de las transformaciones
FicciónGéminis es como el código binario, el Ying-Yan de la multiplicidad, el motor y la rueda de las transformaciones. Y puerta de entrada a todos los caminos…
Basándonos en las descripciones de testigos oculares hemos podido realizar una aproximación al retrato robot del asesino: pelo corto, alborotado y liso, cabeza pequeña, cuerpo frágil y aparentemente juvenil, mediana estatura, quizás pequeña para ser un hombre. Realmente son pocos los datos de que disponemos…
Yang-Yin
Ficción
Bienvenido a mí, suave y tiernamente,
aunque a veces no pueda recordar lo que no veo.
Gráfico
FicciónDespués de largos y cautelosos estudios nadie supo descifrarlo. Se recurrió incluso a la Adivinación pero los resultados eran muy contradictorios entre los propios adivinos. Alguien propuso que podría tratarse de un antiguo y desconocido Alfabeto. Alguno se atrevió a decir que era de la época de Antimonio, pero el doctor Vischer lo descartó inmediatamente: bien conocía él su alfabeto y esto nada tenía que ver con aquel. Alquimia creyó ver en el mismo Animales sagrados de las lagunas negras, ya extinguidos, y Zollinger, en cambio, el retrato esquemático de Aristóteles el viejo. Tetramorfos por encargo de Valentin el magnífico, sacrificó incluso sus curvilíneas Venus al Alto poder Verde, lo que únicamente dio como fruto la pérdida definitiva de las mismas. Aquel Yang-yin se resistía a ser incluido entre los Símbolos lo mismo que yo me he resistido a ser incluido entre los muertos.
Aquel fue el error de todos: creer que el gráfico hablaba de algo.
Pasaron los años. Murieron tres adivinos, dos intérpretes de sueños y un fabricante de brújulas que había asegurado, en una taberna próxima al mar interior, que las líneas del dibujo señalaban una dirección. El gráfico, sin embargo, permanecía inmóvil sobre la mesa de piedra, indiferente a las teorías que iba devorando. Nadie lo entendía.
Fue entonces cuando el doctor Vischer regresó.
Llegó una tarde cubierta por un polvo verdoso que algunos identificaron como polen y otros como ceniza de estrellas. Traía consigo un volumen encuadernado con piel de pez nocturno y, sin saludar a nadie, se sentó frente al enigma.
Durante siete días observó el dibujo sin tomar una sola nota.
Al octavo anunció:
—No es un alfabeto.
Aquellos que llevaban décadas sosteniendo esa posibilidad celebraron su derrota con una mezcla de decepción y alivio.
—Tampoco es un símbolo. Ni un retrato. Ni un mapa.
—Entonces ¿qué es? —preguntó Zollinger.
Vischer tardó en responder.
—Es una huella.
La noticia recorrió la ciudad con la velocidad de las malas interpretaciones. Los estudiosos comenzaron a buscar qué criatura podía haber dejado semejante marca. Se habló de los Animales sagrados de las lagunas negras. Alquimia aseguró reconocer la curva de un antiguo anfibio transparente. Otros, más audaces, mencionaron a las Venus sacrificadas al Alto poder Verde. Ninguna explicación resultó satisfactoria.
Solo cuando llegó la primera luna de las lluvias ocurrió algo inesperado.
El gráfico cambió.
Nadie lo vio transformarse. Simplemente una mañana una de sus líneas aparecía donde antes no había nada. Un trazo breve, casi tímido.
Después apareció otro.
Y otro más.
Entonces comprendieron que el dibujo nunca había estado terminado.
Lo que contemplaban era únicamente una parte de algo que continuaba escribiéndose.
Las nuevas líneas no surgían de la tinta ni de la piedra. Nacían durante la noche, como si una mano invisible siguiera trabajando pacientemente desde el otro lado de la realidad.
Tetramorfos, ya muy anciano, recordó una frase atribuida a Antimonio:
—Todo alfabeto describe el mundo. Solo uno es descrito por él.
Por primera vez, el silencio ocupó el lugar de las teorías.
Y mientras los sabios observaban cómo el gráfico seguía creciendo, yo comprendí por qué nunca había querido ser incluido entre los muertos.
Los muertos terminan su historia.
Aquel dibujo, en cambio, todavía estaba empezando.
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