Playboy intempestivo

Poesía

Fragua de la noche urbana,
un suspiro de neón se quiebra,
y la sombra, enmascarada en lujo,
desliza su espectro envarado,
por salones de espejos circenses.

Sombras juguetonas, azules
cuerpos de humo, bocanadas
danzan en la penumbra
de un escenario sin aire.

El eco de risas sintéticas
roza las paredes huecas
y un corazón de papel
late de monotonía ceniza.

Días de orín y sangre, agónicos,
gotean por las grietas del tiempo,
y la máscara de cera cruje, estalla,
el vacío se oculta tras un brillo dorado.

Caverna de los silencios nocturnos,
un murmullo, un trazo en la oscuridad.
Plumas invisibles dibujan signos,
constelaciones de un anhelo en fuga.

Refugio de la soledad adusta,
cada sombra es un verso muerto,
el espectro se contempla, hombre
despojado de sus máscaras.

Susurro pobre del viento, sin pan,
memorias de un deseo inefable,
y entre las ruinas de amores efímeros,
florecen pensamientos de barro y luz.

Días de orín y sangre trémulos,
manchas que el tiempo no borra,
la soledad, fiel compañera, como perra,
teje hilos dorados en la noche desierta.

Un laberinto de espejos rotos,
cada reflejo es un recuerdo triste,
y en el centro, un ser sin nombre,
esculpiendo sus ritos en el éter fatuo.

VOLVER A TEBAS

Ficción

Euforbo alimenta a EdipoLa ciudad aún estaba consumida por las moscas. Eran moscas tenaces, pegajosas, que dejaban en nuestros cuerpos el rastro de los cadáveres sobre los que antes se habían posado, eran alados coágulos de muerte. Yo llegué acompañado de mi pedagogo. Buscábamos a mi nodriza, a la que me amamantó mientras la perra de mi madre retozaba con su amante y mi padre teñía el Escamandro con la sangre estragada de sus héroes. Me acordaba de la dulzura de sus senos, de su lechosa piel, de la tibieza de los atardeceres a su lado. De repente, emergiendo de entre las ruinas del palacio, una sombra harapienta nos abordó. Me costó reconocer en aquel espantajo a aquella, mi criandera del alma. Sus ojos me miraban con burlona familiaridad, pero no me reconocieron. Apestaba a orín y un séquito de moscas gravitaba a su alrededor. Me besó con repugnante lascivia mientras su risa desdentada resonaba entre aquellos tristes escombros. Fue entonces cuando tuve la certeza de que mi madre tenía las horas contadas y de que yo sería su asesino.

COPROFILIA 5

Ficción

benedictLa engañosa geografía del meadero
Y la bella ortografía del orín fangoso,
Navegando en murallas amarillas
O en blancos nidos de la polla
En que, esparcidos, quedan
El agitado musgo obrero
Y la fétida plegaria del burgués
Levanta el apetito carnal
De aquel castrado y lujurioso
Rábano, de benedictas plumas,
Por la promesa cálida de oro
De sátiros satanes evacuantes.

VOLVER A TEBAS

Ficción

La ciudad aún estaba consumida por las moscas. Eran moscas tenaces, pegajosas, que dejaban en nuestros cuerpos el rastro de los cadáveres sobre los que antes se habían posado, eran alados coágulos de muerte. Yo llegué acompañado de mi pedagogo. Buscábamos a mi nodriza, a la que me amamantó mientras la perra de mi madre retozaba con su amante y mi padre teñía el Escamandro con la sangre estragada de sus héroes. Me acordaba de la dulzura de sus senos, de su lechosa piel, de la tibieza de los atardeceres a su lado. De repente, emergiendo de entre las ruinas del palacio, una sombra harapienta nos abordó. Me costó reconocer en aquel espantajo a aquella, mi criandera del alma. Sus ojos me miraban con burlona familiaridad, pero no me reconocieron. Apestaba a orín y un séquito de moscas gravitaba a su alrededor. Me besó con repugnante lascivia mientras su risa desdentada resonaba entre aquellos tristes escombros. Fue entonces cuando tuve la certeza de que mi madre tenía las horas contadas y de que yo sería su asesino.

La engañosa geografía del meadero

Ficción

La engañosa geografía del meadero
Y la bella ortografía del orín fangoso,
Navegando en murallas amarillas
O en blancos nidos de la polla
En que, esparcidos, quedan
El agitado musgo obrero
Y la fétida plegaria del burgués
Levanta el apetito carnal
De aquel castrado y lujurioso
Rábano, de benedictas plumas,
Por la promesa cálida de oro
De sátiros satanes evacuantes.

Coprofilia

Poesía

La engañosa geografía del meadero
Y la bella ortografía del orín fangoso,
Navegando en murallas amarillas
O en blancos nidos de la polla
En que, esparcidos, quedan
El agitado musgo obrero
Y la fétida plegaria del burgués
Levanta el apetito carnal
De aquel castrado y lujurioso
Rábano, de benedictas plumas,
Por la promesa cálida de oro
De sátiros satanes evacuantes.

ZÓHAR VENDE

Ficción

Subidos en su árbol,
adoran su cabeza,
esa víscera urna de camello enjuto y cuaternario.
Descienden la escalera cual divas impolutas.
Mas venden hilo viejo de vanos Sefirotes.
No hay simbolismo más mudo
que el rebuzno fonético
de estos pardos gramáticos.
Ni orín errante
que aclare sus comerciales y bárbaras tinieblas.

CONDENADO DOS

Ficción

He sembrado como un tubérculo su carne y la he regado de rocío. Conviene tener ese detalle. Sólo porque hoy celebro esa clase de éxito moderno de enterrar al enemigo. Levanto mi sombrero. Le dejé en calzoncillos, pienso con gran satisfacción. En este laberinto, de todas formas, no lo van a encontrar. Qué muerte tan poética, comenta Mira. Ha sido rápido, respondo. El cascabel de la muerte sonando de nuevo en nuestra familia, otro cadáver más, dice. El cementerio huele a orín y ese maldito símbolo está por todas partes. Saco un pañuelo del bolsillo y cubro mi nariz. La literatura, muchacha, es el barco en que este viejo acaricia tus senos, digo para animarla. Sonríe.

Antigua

Ficción

Pasa la vida en negro
y blanco y gris de grises.

Y no hay ángeles

sino perros callejeros y famélicos.

Es húmeda y lluviosa

y con orín corriendo por las calles.

La piedra desgastada

por los que se arrastran en sus calles.

Mendigos de sueños imposibles,

que recorren sus laberintos

y sus cuestas imposibles.

Hay calles que son casas

y casas que son calle.

Y todo se confunde y es oscuro.

Y sólo buscas algo que has perdido,

Mientras se necrosan tus dedos

y tienes que tirarlos a los perros.

CONDENADO DOS

Ficción

He enterrado su cuerpo como un animal podrido, hundiéndolo en la tierra húmeda. Su carne es semilla de gusanos y la he regado con mi propio escupitajo. Hay que tener esos detalles. Hoy celebro lo único que merece celebrarse: el enemigo bajo tierra. Levanto el sombrero. Lo dejé en calzoncillos, desnudo de dignidad, pienso con una sonrisa torcida. Nadie lo encontrará en este laberinto.

—Qué muerte tan poética —murmura Mira.
—Poética no, brutal —corrijo.
—El cascabel de la muerte vuelve a enredarse en nuestra familia. Otro cuerpo, otra peste.

El cementerio huele a orín y a hierro oxidado, como una herida abierta. Ese símbolo maldito se repite en todas partes, ardiendo en las paredes. Saco un pañuelo, me cubro la nariz, aunque el hedor ya se me ha metido en la sangre.

—La literatura, niña —le digo con voz seca—, es el barco donde este viejo se aferra a tu carne como a un madero en mitad del naufragio.

Ella sonríe, y su sonrisa tiene algo de fosa recién abierta.