Fragua de la noche urbana,
un suspiro de neón se quiebra,
y la sombra, enmascarada en lujo,
desliza su espectro envarado,
por salones de espejos circenses.
Sombras juguetonas, azules
cuerpos de humo, bocanadas
danzan en la penumbra
de un escenario sin aire.
El eco de risas sintéticas
roza las paredes huecas
y un corazón de papel
late de monotonía ceniza.
Días de orín y sangre, agónicos,
gotean por las grietas del tiempo,
y la máscara de cera cruje, estalla,
el vacío se oculta tras un brillo dorado.
Caverna de los silencios nocturnos,
un murmullo, un trazo en la oscuridad.
Plumas invisibles dibujan signos,
constelaciones de un anhelo en fuga.
Refugio de la soledad adusta,
cada sombra es un verso muerto,
el espectro se contempla, hombre
despojado de sus máscaras.
Susurro pobre del viento, sin pan,
memorias de un deseo inefable,
y entre las ruinas de amores efímeros,
florecen pensamientos de barro y luz.
Días de orín y sangre trémulos,
manchas que el tiempo no borra,
la soledad, fiel compañera, como perra,
teje hilos dorados en la noche desierta.
Un laberinto de espejos rotos,
cada reflejo es un recuerdo triste,
y en el centro, un ser sin nombre,
esculpiendo sus ritos en el éter fatuo.
La ciudad aún estaba consumida por las moscas. Eran moscas tenaces, pegajosas, que dejaban en nuestros cuerpos el rastro de los cadáveres sobre los que antes se habían posado, eran alados coágulos de muerte. Yo llegué acompañado de mi pedagogo. Buscábamos a mi nodriza, a la que me amamantó mientras la perra de mi madre retozaba con su amante y mi padre teñía el Escamandro con la sangre estragada de sus héroes. Me acordaba de la dulzura de sus senos, de su lechosa piel, de la tibieza de los atardeceres a su lado. De repente, emergiendo de entre las ruinas del palacio, una sombra harapienta nos abordó. Me costó reconocer en aquel espantajo a aquella, mi criandera del alma. Sus ojos me miraban con burlona familiaridad, pero no me reconocieron. Apestaba a orín y un séquito de moscas gravitaba a su alrededor. Me besó con repugnante lascivia mientras su risa desdentada resonaba entre aquellos tristes escombros. Fue entonces cuando tuve la certeza de que mi madre tenía las horas contadas y de que yo sería su asesino.
La engañosa geografía del meadero
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