CONDENADO DOS

Ficción

He enterrado su cuerpo como un animal podrido, hundiéndolo en la tierra húmeda. Su carne es semilla de gusanos y la he regado con mi propio escupitajo. Hay que tener esos detalles. Hoy celebro lo único que merece celebrarse: el enemigo bajo tierra. Levanto el sombrero. Lo dejé en calzoncillos, desnudo de dignidad, pienso con una sonrisa torcida. Nadie lo encontrará en este laberinto.

—Qué muerte tan poética —murmura Mira.
—Poética no, brutal —corrijo.
—El cascabel de la muerte vuelve a enredarse en nuestra familia. Otro cuerpo, otra peste.

El cementerio huele a orín y a hierro oxidado, como una herida abierta. Ese símbolo maldito se repite en todas partes, ardiendo en las paredes. Saco un pañuelo, me cubro la nariz, aunque el hedor ya se me ha metido en la sangre.

—La literatura, niña —le digo con voz seca—, es el barco donde este viejo se aferra a tu carne como a un madero en mitad del naufragio.

Ella sonríe, y su sonrisa tiene algo de fosa recién abierta.