Calma calva

Poesía

Calma calva,
dromedarios que levantan
la sed de los dramas.

Cazador de Nada,
me he alejado de los poemas de amor
como quien huye de su propia sombra
y, sin embargo,
un hipo sexi de la noche
me devuelve al cuerpo.

¡Grito!

Los demonios,
en su miscelánea de sangre,
preguntan por el Graal,
por la medicina que importa
antes de que importe la muerte.

Real es el delirio,
real las Hespérides
cuando el corazón,
animal sin patria,
las busca entre los demás.

Olvidaré los albergues.
Olvidaré la calma.
Olvidaré esta peligrosa manera
de estar vivo.

Y nada.

Nada levanta
al cazador caído
sino su propia sed,
su dromedario triste,
su drama calvo
caminando hacia la noche.

Tabla Redonda

Ficción

—Estamos hartos de este juego. Todos esos objetos maravillosos de los que hablas no son más que pamplinas, …el Graal, el rey Arturo, la Tabla Redonda… Historietas medievales de caballeros andantes dignas de la más ácida novela de Cervantes.
—Sí ciertamente, arrojemos al pantano el número doce. Al fin y al cabo, yo sólo soy un loco más.

Ureus

Poesía

No hay paz.

Hay una serpiente
levantada en el corazón
como un pequeño dios de veneno.

Ureus.

La noche no duerme:
vigila.

Los dromedarios pasan lejos,
cargados de aldeas muertas,
y nadie levanta la mano.

Nada.

Nada levanta al hombre
cuando el amor se queda
sin su antigua medicina.

¡Grito!

Y mi grito vuelve
con los ojos de los demonios,
con su miscelánea de huesos,
con un Graal vacío
entre las manos.

Las Hespérides han cerrado sus puertas.

Queda el árbol.

Queda la fruta
brillando como una herida.

Queda el cazador
que ya no sabe qué persigue.

Yo también he olvidado.

Los albergues.
Los poemas.
Los nombres.
La paz.

He olvidado incluso
aquello que iba a olvidar.

Y, sin embargo,
algo permanece despierto:

una serpiente
sobre la frente de la noche,
una boca sin sueño,
un veneno que piensa.

Ureus.

Cuando todas las aldeas
encienden sus lámparas,
mi corazón apaga la suya.

Cuando los demás regresan,
yo avanzo.

Cuando la fiesta comienza,
yo escucho debajo de la tierra
el lento movimiento
de algo que todavía vive.

No hay corazón en paz.

Hay corazón.

Y eso basta
para que la noche
no termine.

El corazón en paz ve una fiesta en todas las aldeas.

Poesía

Calma calva,
dromedarios de la tarde,
¿Quién os ha visto pasar
por las aldeas donde nadie espera?

Yo fui cazador de Nada
y levanté mis manos
contra los dramas del cielo.
Nada.

Nada levantaba el corazón
sino el recuerdo de haber amado
antes de saber que el amor
también se aleja.

¡Grito!

Y los demonios,
con su miscelánea de heridas,
se sientan conmigo a la mesa.
Preguntan por el Graal,
por la medicina que importa,
por aquello que cura al hombre
antes de que el hombre sepa
que está enfermo.

Las Hespérides arden lejos.
Yo las miro
con estos ojos demás,
con estos ojos que han visto
tantas veces regresar la noche.

Pero hoy
el corazón, por un instante,
se queda en paz.

Y entonces las aldeas,
todas las aldeas,
se llenan de una música
que nadie toca.

Los pobres salen a las puertas.
Los muertos levantan la cabeza.
Los dromedarios beben
de una fuente que no existía.

Y yo,
que olvidé los albergues,
que olvidé los caminos,
que olvidé hasta mi nombre,
comprendo al fin
que la fiesta no estaba afuera.

Era el corazón,
solamente el corazón,
cuando deja de pedirle al mundo
que lo salve.

Entonces pasa la noche.

Y nada.

Nada duele tanto
como estar en paz.