El corazón en paz ve una fiesta en todas las aldeas.

Poesía

Calma calva,
dromedarios de la tarde,
¿Quién os ha visto pasar
por las aldeas donde nadie espera?

Yo fui cazador de Nada
y levanté mis manos
contra los dramas del cielo.
Nada.

Nada levantaba el corazón
sino el recuerdo de haber amado
antes de saber que el amor
también se aleja.

¡Grito!

Y los demonios,
con su miscelánea de heridas,
se sientan conmigo a la mesa.
Preguntan por el Graal,
por la medicina que importa,
por aquello que cura al hombre
antes de que el hombre sepa
que está enfermo.

Las Hespérides arden lejos.
Yo las miro
con estos ojos demás,
con estos ojos que han visto
tantas veces regresar la noche.

Pero hoy
el corazón, por un instante,
se queda en paz.

Y entonces las aldeas,
todas las aldeas,
se llenan de una música
que nadie toca.

Los pobres salen a las puertas.
Los muertos levantan la cabeza.
Los dromedarios beben
de una fuente que no existía.

Y yo,
que olvidé los albergues,
que olvidé los caminos,
que olvidé hasta mi nombre,
comprendo al fin
que la fiesta no estaba afuera.

Era el corazón,
solamente el corazón,
cuando deja de pedirle al mundo
que lo salve.

Entonces pasa la noche.

Y nada.

Nada duele tanto
como estar en paz.

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