Ureus

Poesía

No hay paz.

Hay una serpiente
levantada en el corazón
como un pequeño dios de veneno.

Ureus.

La noche no duerme:
vigila.

Los dromedarios pasan lejos,
cargados de aldeas muertas,
y nadie levanta la mano.

Nada.

Nada levanta al hombre
cuando el amor se queda
sin su antigua medicina.

¡Grito!

Y mi grito vuelve
con los ojos de los demonios,
con su miscelánea de huesos,
con un Graal vacío
entre las manos.

Las Hespérides han cerrado sus puertas.

Queda el árbol.

Queda la fruta
brillando como una herida.

Queda el cazador
que ya no sabe qué persigue.

Yo también he olvidado.

Los albergues.
Los poemas.
Los nombres.
La paz.

He olvidado incluso
aquello que iba a olvidar.

Y, sin embargo,
algo permanece despierto:

una serpiente
sobre la frente de la noche,
una boca sin sueño,
un veneno que piensa.

Ureus.

Cuando todas las aldeas
encienden sus lámparas,
mi corazón apaga la suya.

Cuando los demás regresan,
yo avanzo.

Cuando la fiesta comienza,
yo escucho debajo de la tierra
el lento movimiento
de algo que todavía vive.

No hay corazón en paz.

Hay corazón.

Y eso basta
para que la noche
no termine.

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