También lloro adelante,
porque el reloj no sabe
que la existencia nos demuestra pureza
mientras, divirtiéndonos, la fábrica
cría un insecto de verde polvo.
Vuestra fuerza, armados apenas
con la inocencia de las criaturas,
quiso partir el bajel
que parecía hecho de sombras
y de un tratado triste.
Los olmos pintará el viento,
como si la tierra inmensa
contentaré algún día con su piedad natural.
Pero los deshonrados instintos,
parásitos del tiempo,
aguardan abajo.
La primogénita de mis vueltas,
amante de cuanto vértigo respira,
es mía y de las mías;
corrían los bolos del mundo
sin considerar el desenfreno
de los maniáticos que rebelo.
Hay estampas que el narrador disipo
con una consonante solamente.
Hay espantos que darán fuerza
a quien perseguirla quiso
hasta crearlo todo de nuevo.
Estamos juzgados
por un polvo suave
que no distingue entre la ganada
y la pérdida,
entre veinte relojes
y un solo instante.
Simplemente la tierra
nos mira existir.
Y también lloro adelante,
porque el tiempo,
cuando parece detenerse,
empieza otra vez a correr dentro de nosotros.