DANZA DE INMUNDICIA

Poesía

La peste sigue su lenta danza,
escupe pruebas malsanas
sobre el sendero seco donde habito.

Nosotros, feroces y pueriles,
bandoleros del hambre y la rabia,
seguimos contando extraños
como quien mide el aire con los dedos.

La domesticidad amarga abrió su choza,
pero no quise habitarlo.
Hubiera sido seguro,
hubiera sido permitido,
pero mi olor no era inmundicia
y nadie quiso alquilarme su sombra.

Corteses artistas caritativos
dejaban su conocimiento protegido,
pero yo sólo quise consagrarla,
estrangularla,
dejarla llorada en la cuneta.

No queda nada.
Habiéndose ido hasta el unto de los sentidos,
estaré seco.
Sólo queda la danza,
y la danza no deja estarse.

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