Las páginas, amarillentas y quebradizas, estaban llenas de anotaciones hechas por manos distintas. Unas corregían el texto; otras lo insultaban; unas terceras parecían responder a preguntas que no figuraban en ninguna parte. Había márgenes donde alguien había escrito fechas separadas por siglos con la misma tinta, como si el tiempo hubiera decidido abandonar toda disciplina.
La primera frase que despertó mi interés no pertenecía al tratado, sino a un lector desconocido:
«No busques el crimen en la sangre. Búscalo en quien necesita nombrarlo.»
Aquella observación me incomodó. Cerré el libro y permanecí un momento inmóvil, con la impresión de que el verdadero autor se encontraba fuera de las cubiertas y utilizaba a los comentaristas como ventrílocuos.
Volví a abrirlo.
Imdugud no hablaba de leyes. Ni siquiera hablaba de hombres. Describía, más bien, una ciudad donde cada familia conservaba una habitación sellada que jamás debía abrirse. Según él, toda estirpe edificaba un cuarto para encerrar aquello que no podía transmitirse con palabras. Los hijos heredaban la llave sin conocer la cerradura; los padres conocían la cerradura, pero ignoraban ya el motivo del encierro. Así, generación tras generación, la llave viajaba mientras el secreto crecía en la oscuridad.
Pensé que se trataba de una alegoría mediocre. Sin embargo, unas páginas después descubrí que el manuscrito no pretendía explicar ningún tabú. Pretendía explicar la memoria.
Los símbolos, decía Jung en aquel extraño apéndice, no son máscaras del inconsciente, sino sus cicatrices.
Levanté la vista. La ventana del despacho seguía abierta. Juraría que la había cerrado una hora antes.
Continué leyendo con una atención que ya no era curiosidad, sino cautela.
Entonces apareció el diagrama.
No era un árbol genealógico, aunque lo imitaba. Sus ramas no descendían hacia los hijos ni ascendían hacia los antepasados. Se curvaban hasta encontrarse unas con otras formando círculos, espirales y nudos imposibles. Cada nombre reaparecía varias veces ocupando lugares distintos, como si una misma persona hubiera nacido en diversas familias o como si el parentesco obedeciera a otra geometría.
Reconocí uno de los apellidos.
Era el mío.
Convencido de una coincidencia, busqué la fecha que debía acompañarlo. En su lugar había una nota escrita con una caligrafía sorprendentemente moderna:
«El lector llegará aquí creyendo estudiar un libro.»
Pasé la hoja.
«Todavía ignora que el libro lo estudia a él.»
Fue entonces cuando comprendí la verdadera naturaleza del tratado. No contenía respuestas sobre el origen de ciertos delitos ni sobre la arquitectura del deseo. Era una máquina de lectura. Cada capítulo esperaba a un lector determinado, modificándose apenas lo suficiente para conducirlo hasta una sospecha íntima. Quizá todos habían leído un texto diferente. Quizá ninguno había salido de aquellas páginas con las mismas preguntas con las que había entrado.
Durante un instante pensé en arrojar el volumen al fuego.
Pero al levantarlo advertí que pesaba más que unos segundos antes.
Como si, mientras yo leía, el libro hubiese empezado lentamente a escribirme. A continuar mi vida.
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