EL BAJEL DE SOMBRAS

Ficción

También hierba crecía en los sotos donde antaño corrían niños y jugaban a los bolos bajo los olmos. Era una hierba meadero, áspera, que lloro en silencio cada vez que mis pasos la rozan. Allí, las orugas avanzan adelante, sin piedad, devorando todo lo verde como si fuesen parásitos del propio tiempo.

Me llamo simplemente Narrador, pues no os contentaré con mi verdadero nombre. Pintará la historia por mí, como ruja de un bajel hundido en mares de polvo. Fui testigo del nacimiento de la primogénita de vuestra desgracia, y todo parecía sombras tristes que deshonrados instintos tejían en silencio.

Había en la vieja fábrica de catequesis un tratado incomprensible, escrito para juzgados invisibles, lleno de estampas donde criaturas tullidos, insecto mías y mías vueltas de locura, aguardaban su momento. Allí, en las esquinas húmedas, los gusanos maniáticos reptaban como fusiles que persiguen su blanco eterno.

Partir no era posible. La tierra inmensa, con su inmenso desenfreno, me retenía. Rebelo mi voz y, sin embargo, veinte veces vuelvo a callar. Mi amante no era más que un fantasma: inocencia perdida, pureza corrompida que se disipa en cada instante, como un reloj que no marca tiempo sino existencia rota.

“Considerar vuestra piedad”, decía ella antes de caer abajo, entre polvo y raíces. “Crearlo de nuevo, o perecer”. Pero yo, armado con nada más que mi vértigo, no pude.

Ahora, desde la penumbra, os hablo. Darán vueltas las criaturas y perseguirla siempre, porque cuánto más se rebela uno contra su destino, más suave y más fuerte es la prisión. Espantos estamos, y el viático de la muerte no basta para disolver la consonante última que nos une: inocencia.

Ahí terminan mis palabras. Si escucháis a medianoche un reloj que no marca las horas, sabed que no hay tiempo… solo tierra, gusanos y la inmensa risa de aquellos que, deshonrados, ya no pueden volver.

También hierba crecía en los sotos, pero no era como cualquier hierba: era áspera, venenosa, tan amarga que los viejos del pueblo la llamaban hierba meadero. Se decía que quien la rozaba sentía un leve escalofrío en la piel, como si algo diminuto –quizás las orugas que siempre avanzaban adelante, con un sigilo implacable– se filtrara por los poros para invadir el alma.

Corrían rumores de que aquella hierba marcaba los lugares malditos, las tierras donde antaño los hombres habían deshonrado a la naturaleza. Yo, que he caminado por muchos lugares oscuros, os contentaré con deciros solo esto: nunca piséis un claro cubierto por ella cuando el sol se oculta. Porque allí, bajo los olmos que se arquean como viejos testigos del pecado, todavía se oyen los llantos de lo que no debería existir.

Había, no lejos de ese claro, una vieja fábrica abandonada. La llamaban la Fábrica de Catequesis, pues en otros tiempos los curas llevaban allí a los niños a rezar. Pero ahora sus muros estaban cubiertos de estampas profanas, símbolos que parecían insectos deformes, criaturas tullidas pintadas en verde oscuro, como si hubieran nacido del polvo mismo. No eran simples dibujos: parecían moverse en las noches de luna, y quien los contemplaba demasiado tiempo sentía el vértigo, un abismo interior que lo invitaba al desenfreno.

Fue en esa fábrica donde hallé el tratado. Era un libro sin título, escrito con consonante áspera y rota, como si el lenguaje hubiera sido creado solo para herir. Entre sus páginas, describía el nacimiento de la Primogénita, una entidad que parecía sombras tristes y que se alimentaba de lo que los hombres llaman inocencia. No se revelaba su forma verdadera; solo hablaba de su voz, suave como el susurro de un amante, pero cargada con la fuerza de mil espantos.

Leí demasiado. Sí, lo confieso: como un niño curioso, no supe detenerme. Allí estaba escrito:

“Cuando veinte lunas pasen, cuando los gusanos maniáticos trepen sobre los fusiles que aguardan, ella vendrá. Y no habrá tierra que la contenga, ni mías vueltas que la disuadan. Partiréis en polvo, como los parásitos que os creísteis dueños del tiempo.”

Desde ese día, cada amanecer traía señales. Las orugas se multiplicaban. Los insectos invadían las casas, se metían en las ropas, en las bocas. Bajo los sotos, los olmos comenzaban a sangrar savia oscura. Y en las noches, el reloj del campanario sonaba sin marcar las horas, un tic-tac disonante que no medía la existencia, sino la espera.

Muchos huyeron. Yo me quedé. No por valentía, sino porque ella me lo pidió. Era mi amante, o lo había sido alguna vez, antes de convertirse en algo que ya no puedo nombrar. “Demuestra pureza”, me dijo aquella última noche, su voz temblando como una vela antes de extinguirse. “Divirtiéndonos creamos esta prisión… ahora debemos pagarla.”

Y la vi caer. Cayó abajo, entre raíces y polvo, como si la tierra inmensa la tragara para siempre. Creí que todo había terminado, pero me equivoqué. Cuando me volví, la fábrica respiraba. Sí, respiraba, como un ser vivo. Las paredes se hinchaban y exhalaban un aire cálido, cargado de olor a gusanos y tierra mojada. Y entonces supe que la Primogénita estaba allí, esperando.

Rebelo mi voz para contarlo, aunque sé que pronto me disolveré como todos. Porque no hay salida. Cuánto más intentas perseguirla o huir, más te alcanza. No sirve considerar la piedad, no sirve rezar ni invocar los viejos nombres sagrados. Lo natural está muerto. Lo juzgado ha sido condenado. Y nosotros, los deshonrados, ya no podemos volver.

Ahora aguardo. Cada noche siento su presencia más cerca. Los fusiles en la plaza, armados por manos invisibles, apuntan al cielo. Sé que cuando disparen no caerá sangre, sino polvo verde, suave y corrosivo. Y después de eso, todo se volverá silencio.

Si escucháis este relato, recordadlo bien: cuando el reloj suene fuera del tiempo, no corráis. No bajéis a los sotos, no miréis los olmos. Porque ahí estará ella. Y cuando la veáis, demasiado tarde será para dar marcha atrás.

Ella no vendrá a mataros. Vendrá a recordaros que siempre le pertenecisteis.

MI GRITO CONDENADO

Poesía

Sí, cualquiera podía callarme. Bastaba un tímido chisporroteo al saludar y algo me atenazaba, ya no reía. Como si contemplara vergeles de cadáveres en una luna de plata. Pero ahora grito y es distinto. Arrastro mi voz, acaso reencontrada, desde esta playa… por todo el continente, como haré cuando, de cerca, me ofrezca sus rezagadas odas, esos juegos de palabras en los que antes pedía socorro con deletéreos estertores…

…y ya no hay temor en mi timbre, sino un incendio.
Un incendio que no pide permiso.
Porque cada palabra que hoy brota —áspera, desbocada, necesaria—
es la cicatriz viva de una lengua que se negó a morir.

No es que haya aprendido a hablar, no.
Es que ya no consiento el silencio impuesto.
Porque en cada sílaba vibra una multitud que fui escondiendo,
y me brotan los nombres que me negaron,
las calles que me hicieron rodear,
los rostros que fingí no ver por miedo a mirarlos.

Y si mi grito es torpe, si se traba, si cruje,
no importa.
Es mío.
Ya no lo devuelvo.

Que se entere el continente,
que se entere la lluvia,
que se entere hasta el aire que me vio encogido:
mi voz no vuelve a mendigar lugar.
Ahora es sitio.
Ahora es cuerpo.
Ahora es grieta que florece.

 

Greguerías cósmicas

Poesía

La luna es el chisme redondo que la Tierra le cuenta a la noche.

Saturno usa anillos porque Júpiter no le pidió matrimonio.

Las estrellas fugaces son ideas que el universo olvidó anotar.

El Sol madruga tanto que despierta hasta a los gallos interplanetarios.

Venus se maquilla con nubes porque tiene autoestima volcánica.

Marte se puso rojo cuando lo llamaron planeta virgen.

Los eclipses son peleas de pareja que la Tierra ve sin querer.

Neptuno escucha reguetón submarino a todo volumen.

El agujero negro es el cubo de basura del universo: todo va, nada vuelve.

La Vía Láctea es la serpentina borracha de una fiesta estelar.

Plutón sigue esperando que lo agreguen de nuevo al grupo.

El Sol no duerme: tiene insomnio nuclear.

Los cometas son barbas de hielo que el espacio se deja crecer en invierno.

La Tierra gira para no aburrirse de ver siempre lo mismo.

El tiempo es el mozo lento del restaurante del cosmos.

El sol opina

Ficción

Desde su trono de fuego y egocentrismo en el centro del sistema solar, el Sol —astro rey, divo incandescente y autoproclamado iluminador de todo lo que existe— decidió hoy lanzar su controversia del día:

“La lánguida Luna tiene las lolas caídas.”

¡Boom! Y con eso, explotó más drama cósmico que en un grupo de WhatsApp familiar en Navidad.

Mientras brillaba con la arrogancia de quien sabe que sin él las plantas no hacen ni la fotosíntesis, el Sol giró un rayo directo a la Tierra solo para asegurarse de que todos escucharan su comentario. Obviamente, no pudo resistirse a echarle un poco de sombra (¡irónicamente también!) a su eterna compañera nocturna.

La Luna, que por cierto ni pidió estar orbitando a nadie ni ser romantizada en canciones melosas desde hace siglos, simplemente parpadeó en cuarto menguante y respondió:

— «Perdón, ¿te molesta mi gravedad natural? No todas necesitamos explotar hidrógeno como método de validación personal.»

El resto del sistema solar quedó en silencio. Saturno levantó una ceja (anillos incluidos), Marte se rio por lo bajo, y Urano hizo un chiste que nadie entendió.

Pero el Sol, fiel a su estilo ardiente y ególatra, siguió brillando como si no hubiera dicho nada. Porque claro, si vas a ser el centro del universo —o al menos de este vecindario cósmico—, más vale que te comportes como tal… con comentarios innecesarios, luz deslumbrante, y un ego tan inflado como Júpiter.


Los diarios recogen la noticia, cada uno a su manera:

—El sol se ríe de la luna: dice que tiene las lolas caídas y le falta vitamina D.
—La luna no madruga porque sabe que el sol la criticaría por las lolas caídas.
—El sol la alumbra sólo para burlarse: «Mira esas lolas, ni la gravedad las quiere.»
—El sol, cruel como siempre, dice que la luna ya no es de queso, sino de flan.
—La luna se esconde en cuarto menguante para que el sol no le vea las lolas caídas.

Biblioteca de Ramón

Poesía
  1. El libro es un pájaro con más de cien alas para volar.
  2. El reloj despertador es un gallo de acero.
  3. La luna es el espejo de los enamorados pobres.
  4. La risa es una erupción instantánea.
  5. Las golondrinas son pájaros vestidos de etiqueta.
  6. El lápiz escribe bostezando.
  7. El cigarro es el palo de las fiestas solitarias.
  8. El gato es un tigre de salón.
  9. La estrella fugaz es la lágrima de un deseo.
  10. El tren se traga las estaciones sin saborearlas.
  11. El paraguas es un sombrero que se suicida.
  12. Los zapatos tienen la cara triste del que trabaja.
  13. El silencio es el único amigo que jamás traiciona.
  14. La nube es el pañuelo del cielo.
  15. Las rosas tienen más espinas que disculpas.
  16. El eco es el alma de las voces.
  17. El bostezo es un suspiro que se aburre.
  18. La jirafa es una grúa que come hojas.
  19. La nieve es la caspa del cielo.
  20. El espejo es el primer invento de la vanidad.
  21. El pavo real es el abanico de la vanidad.
  22. El pez es el único animal que se ahoga fuera del agua.
  23. La barba es la hierba que crece en el silencio del rostro.
  24. La calvicie es una playa sin olas.
  25. El semáforo es el ojo que vigila sin parpadear.
  26. El ascensor nos sube la autoestima.
  27. El cuervo es el abogado de la muerte.
  28. Las lágrimas son la sangre de los ojos.
  29. El faro es el ojo tuerto del mar.
  30. La niebla es el fantasma del aire.
  31. El beso es el truco de la boca.
  32. El ventilador es el pájaro mecánico del verano.
  33. El vino da sueños colorados.
  34. El teléfono es el timbre de los ausentes.
  35. El humo es el alma de lo que se quema.
  36. La mosca es el punto final de la siesta.
  37. El piano es una máquina de suspiros.
  38. La silla vacía es la ausencia hecha mueble.
  39. El pan caliente tiene alma.
  40. El bostezo es un grito sin ruido.
  41. El otoño es el andén de las hojas.
  42. La lluvia son lágrimas que no son de nadie.
  43. La bicicleta es el esqueleto del caballo.
  44. El fósforo es el estornudo del fuego.
  45. El sol es el pan del día.
  46. El silencio es el único paisaje que no cambia.
  47. La luna se peina en los charcos.
  48. La cabra es el paréntesis de la montaña.
  49. Las mariposas son flores que aprendieron a volar.
  50. La llave es el confidente de las puertas.
  51. El bostezo es una carta sin dirección.
  52. La lámpara es la luciérnaga doméstica.
  53. La muerte es una señora vestida de olvido.
  54. El murciélago es el ratón con paraguas.
  55. El acordeón es el fuelle de la música.
  56. El reloj es el dictador del tiempo.
  57. El papel es el eco de lo que pensamos.
  58. El beso es un punto y coma en el diálogo del amor.
  59. El zapato aprieta más cuando se va el amor.
  60. Las canas son las flores del tiempo.
  61. La chimenea es la nariz de la casa.
  62. El globo es un niño que quiere volar.
  63. El gato ronronea porque tiene el alma llena de cascabeles.
  64. El caracol lleva su casa a cuestas porque tiene miedo de perderla.
  65. El frío es el silencio del calor.
  66. La vejez es la niñez vuelta al revés.
  67. El espejo es el cómplice de Narciso.
  68. La radio es el periódico que habla.
  69. El mar es un sueño de agua.
  70. El cine es el circo de las sombras.
  71. La aspirina es la novia del dolor de cabeza.
  72. La cebolla hace llorar por dentro.
  73. El sollozo es la manera de llorar por dentro.
  74. Las cartas de amor se escriben sin tinta.
  75. El gato es la sombra con bigotes.
  76. La biblioteca es el cementerio de los pensamientos vivos.
  77. El ascensor es la montaña rusa de los edificios.
  78. La escalera es la lengua de los pisos.
  79. El paraguas se convierte en bastón cuando deja de llover.
  80. La escoba es la pluma con que se escribe en el suelo.
  81. El helado es el suspiro del verano.
  82. El tranvía es un gusano de hierro.
  83. La mecedora es la cuna de los abuelos.
  84. El cigarro es la bandera del ocio.
  85. El bigote es el toldo de la boca.
  86. El peine es el verdugo del enredo.
  87. Las campanas son el idioma de las torres.
  88. El pan se parte con respeto.
  89. La vejez es el invierno del cuerpo.
  90. El calendario es el carcelero de los días.
  91. Las pestañas son las persianas del alma.
  92. El corazón tiene razones que el pulso ignora.
  93. La almohada es el confidente de las noches.
  94. El beso robado es el más dulce.
  95. El bostezo es el abrazo del aburrimiento.
  96. Las tijeras son las serpientes mecánicas.
  97. El vino rojo es la sangre feliz de las uvas.
  98. La lluvia es el llanto del cielo.
  99. El tren es el lápiz que dibuja caminos.
  100. La sonrisa es el idioma más corto del mundo.

Entropía y Supercuerdas

Ficción

Lo supe una tarde cualquiera, mientras el sol se despedía con un bostezo anaranjado sobre los tejados del barrio. Aquiles —así se llama el gato— yacía en el alféizar, con la mirada fija en un punto invisible entre las sombras. Sus bigotes vibraban al ritmo de una sinfonía inaudible para el oído humano, y su cola oscilaba con la precisión de un metrónomo cósmico.

No era un simple movimiento. Cada sacudida parecía alterar la textura misma del aire, como si sus vértices felinos tocaran las membranas del universo. En un vaivén perezoso, retorcía el espacio-tiempo como si fuera un ovillo de lana cuántica. Yo, testigo accidental, vi el resplandor de las dimensiones colapsando sobre sí mismas, y comprendí que la física, tal como la conocíamos, no era más que una distracción menor para mentes con pretensiones.

Aquiles, indiferente a su genio, se estiró con pereza, como si nada de eso importara. Su cola se detuvo. El universo, obediente, volvió a su curso ordinario. Las paredes de la habitación respiraron con alivio. Yo también.

Desde entonces, cada vez que lo veo mover la cola, me pregunto cuántos universos se habrán doblado en silencio, cuántas leyes habrán cambiado de lugar, cuántas realidades posibles se habrán deslizado por el pasillo sin que nos demos cuenta.

Y él, como todos los gatos, sigue sin decir nada. Solo observa. Y mueve la cola.

No lo supe de inmediato. Al principio, era solo un gesto más en su repertorio de silencios: ese vaivén leve, casi imperceptible, con que parecía medir la densidad del aire o ajustar el equilibrio de su mundo interior. Lo observaba desde el rincón del sofá, libro en mano, creyendo ingenuamente que yo era el espectador y él, el objeto. Qué torpeza.

Aquiles —así lo llamé porque me pareció que caminaba como un héroe que hubiera vencido a la muerte— había llegado una noche de invierno, empapado y hambriento, con los ojos como faros de otra galaxia. Nunca entendí de dónde vino, ni por qué eligió mi casa. Quizá yo también emitía algún tipo de frecuencia invisible, una cuerda vibrando débilmente en medio de una sinfonía más grande.

Lo cierto es que su presencia fue cambiando cosas. Al principio, detalles mínimos: el reloj de la cocina empezó a marcar la hora con un desfase leve, como si intentara adaptarse a otro ritmo. Las plantas crecían torcidas hacia donde él dormía. Y mis sueños comenzaron a hablarme en lenguajes que no conocía, pero que sentía que alguna vez había entendido.

Todo giraba en torno a su cola. Cuando la movía, algo pasaba. No me refiero al gesto común de irritación o aburrimiento, no. Era un movimiento preciso, calculado, casi ritual. Una ondulación suave que parecía tejer patrones en el espacio. Había noches en que la movía al compás de la lluvia, y otras en que lo hacía en seco, como quien pulsa una cuerda sin sonido pero con eco. Entonces el aire se curvaba. Lo juro. Las paredes temblaban como un holograma mal proyectado, y yo sentía un tirón, como si estuviera a punto de caer dentro de mí mismo.

Empecé a investigar. Abandoné escritos, redes, trabajo. Me sumergí en tratados de física, mecánica cuántica, teoría de cuerdas, geometrías imposibles. Leí a los antiguos y a los que aún no han nacido, buscando una explicación. Descubrí que la teoría de las supercuerdas propone que todo en el universo, cada partícula, no es sino una vibración diminuta en una cuerda subatómica. Como las cuerdas de un violín tocadas por una voluntad oculta. Entonces entendí: Aquiles no era un gato. O no solo. Era un instrumento, o tal vez el músico.

Una noche, mientras él dormía en espiral junto a mis papeles caóticos, me atreví a tocarle la cola. Apenas un roce. Fue como introducir la mano en un río de antimateria. Me vi multiplicado en infinitas versiones de mí mismo: uno lloraba, otro reía, otro caminaba por una ciudad sin cielos, otro era un pez, otro jamás había nacido. Vi a Aquiles en todas ellas, siempre igual, siempre distinto, siempre moviendo la cola. Me desmayé.

Al despertar, todo parecía normal. Pero había un cuaderno en mi mesa con mi letra que comenzaba con una frase:

«Cuando el gato mueve la cola reinventa la teoría de las supercuerdas.»

Desde entonces, vivo en un estado de vigilia intermitente. No duermo más de lo necesario. Observo. Anoto. Escucho el susurro del universo reacomodándose cada vez que Aquiles mueve la cola, cada vez que, sin saberlo —o sabiéndolo del todo—, redibuja la arquitectura misma de la existencia.

No sé cuánto tiempo más podré sostener esta verdad. A veces pienso que no estoy en mi universo original. Que he sido desplazado sin saberlo. Que cada vez que Aquiles se estira y gira la cola en un gesto distraído, me transporta a otra versión del mundo, similar pero jamás idéntica. Solo él lo sabe. Pero no habla. Solo observa. Y mueve la cola.

Desde que toqué la cola de Aquiles, todo había cambiado. Aunque las paredes seguían en su lugar, aunque el café aún sabía a lo mismo y la radio repetía los viejos noticieros de siempre, yo sabía que había algo… desplazado. Una vibración que antes no estaba allí, como si el universo respirara por otra válvula.

Una noche, mientras revisaba mis notas —algunas escritas con mi letra pero firmadas por alguien llamado “E. Kaonis”, nombre que nunca había usado—, el timbre de la puerta sonó. No era común. Nadie venía a verme. No tenía vecinos curiosos ni amigos espontáneos. La campanilla resonó como un eco de otro plano, y por un momento pensé que solo era otra ilusión más. Pero no lo fue.

Era una mujer. O algo con forma de mujer. Vestía un abrigo azul tan oscuro que absorbía la luz como un pozo, y llevaba un paraguas cerrado, seco, aunque afuera llovía. Sus ojos no eran iguales: uno parecía ser de vidrio, pero se movía. El otro era opaco, como una piedra lunar. Sonrió apenas.

—¿Él está aquí? —preguntó, sin presentarse.

—¿Quién?

—El músico. El que afina el tejido.

Mi estómago se cerró en un nudo. No sabía si correr o invitarla a pasar. Ella entró como si conociera la casa.

Cuando Aquiles la vio, no se inmutó. La reconocía. Se estiró, caminó hasta ella y frotó su cabeza contra su pierna. Ella se inclinó y le habló en una lengua sin vocales. Aquiles respondió con un parpadeo.

—¿Quién es usted? —pregunté al fin, con la voz apenas audible.

—No importa el nombre. En esta versión, soy la segunda nota. La disonancia necesaria. Llevo buscándolos en ochocientos diecisiete planos. Siempre se desvían. Esta vez, tú los hiciste desviar.

—¿Desviar qué?

Ella se acercó a mi mesa, hojeó el cuaderno de notas y alzó una ceja.

—Esto no deberías haberlo escrito. Es peligroso saber antes de ser. Todo lo que crees que estás observando te está observando a ti. Y ahora saben que lo sabes.

Miró a Aquiles.

—¿Ha movido la cola hoy?

Yo asentí. Ella suspiró.

—Entonces el eje está roto.

—¿Qué significa eso?

—Significa que ya no hay retorno seguro. Cada movimiento altera no solo los posibles futuros, sino los recuerdos de los pasados descartados. Te convertirás en un acumulador de residuos de realidades. Un archivo viviente. Empezarán los desdoblamientos. ¿Ya sueñas con otras versiones de ti?

—Sí… —dije, aterrado.

—Pronto dejarás de saber cuál eres tú realmente.

Ella se dirigió a Aquiles otra vez. Él la miró largamente y luego, sin apuro, volvió al alféizar. Su cola se movió. Una sola vez. Las lámparas titilaron. El aire cambió de sabor.

Yo caí de rodillas, no por dolor, sino por vértigo. Imágenes me atravesaron como flechas de luz: ciudades que no conocía pero reconocía, yo mismo muerto y yo mismo escribiendo desde una celda hecha de cristales líquidos, y en todas las versiones, Aquiles… observando.

La mujer me ayudó a ponerme de pie.

—Aún hay una forma de estabilizar el tejido —dijo—. Pero necesitaré tu ayuda. Y su permiso.

Me miró con gravedad.

—Tendremos que ir a donde empezó todo. Donde Aquiles fue afinado por primera vez.

—¿Dónde es eso?

Ella me tomó del hombro. La habitación se volvió difusa. Afuera, la lluvia caía hacia arriba.

—No está en este mundo.

Cuando dijo “No está en este mundo”, sentí algo rasgarse en el interior de mi conciencia. Como una página arrancada sin cuidado de un libro muy antiguo. Pero antes de que pudiera hacer otra pregunta, ella ya había extendido el paraguas. Lo abrió dentro de la casa, desafiando todas las supersticiones triviales. Al hacerlo, la habitación cambió.

No desapareció, ni se transformó con un efecto teatral. Fue más sutil. La ventana que daba al callejón ahora daba al vacío. Las paredes comenzaron a desdibujarse, como si fueran bosquejos a lápiz en una hoja que alguien estaba borrando. Sólo el gato y el paraguas parecían completamente definidos.

—No intentes entenderlo —dijo ella—. Los marcos que sostienen la realidad aquí no están hechos para moverse. Pero se mueven igual.

Me tomó de la muñeca. La tela del paraguas se onduló, y al mirar hacia arriba, no vi tela negra, sino un cielo extraño: violeta, lleno de luces flotantes, como medusas cósmicas navegando por un océano sin agua.

Aquiles saltó dentro del paraguas como si fuera su cama favorita. Al tocar el centro con su pata, todo giró. Y caímos.

Desperté en un paisaje imposible. Era un campo extenso, cubierto de un pasto transparente que sonaba al crujir como vidrio molido. El cielo era negro, pero lleno de raíces blancas que se movían lentamente, como neuronas buscando conexiones. En el horizonte había estructuras que no podían haber sido construidas por manos: eran más bien pensamientos solidificados, recuerdos con forma.

Ella estaba de pie junto a mí.

—Bienvenido al nodo origen —dijo—. Aquí fue donde Aquiles aprendió a mover la cola por primera vez.

El gato caminaba delante, guiando, como si supiera el camino. Y quizás lo sabía. Era suyo.

—¿Qué es este lugar?

—Un pliegue entre las dimensiones primarias. Aquí se ensayan los patrones del universo antes de ser desplegados. Los seres que pueden moverse aquí son extremadamente raros. Tú no deberías estar aquí. Pero él… —miró al gato— él te eligió.

—¿Él me trajo?

—Él te creó.

El peso de la frase me dejó sin aire.

—¿Cómo…?

—Aquiles no es un gato. Ni siquiera un ser. Es un algoritmo vivo. Cuando mueve la cola, no lo hace por placer ni por azar. Cada movimiento ajusta las frecuencias fundamentales de la realidad. Pero hubo un error. Una variación en su patrón. Te incluyó.

—¿Me incluyó?

—Sí. Fuiste incorporado a su partitura. No eras parte de este universo, pero ahora estás anclado. Por eso las realidades se alteran. Por eso no sabes cuál de tus versiones es la original. Aquiles te afinó… por accidente. O por curiosidad.

Me costaba hablar.

—¿Entonces no soy real?

—Eres más real que muchos. Porque fuiste elegido.

Mientras caminábamos, el campo de pasto de cristal comenzó a dividirse. Aparecieron espejos flotantes, uno tras otro. En cada uno me vi distinto: con cicatrices, sin ojos, con alas, con edades que nunca tuve. Y en todos los reflejos, Aquiles. Viéndome. Observando. Evaluando.

—Aquí elegiremos una frecuencia estable —dijo ella—. Una donde puedas quedarte. Si lo logras, él dejará de moverse. Y el universo se estabilizará.

—¿Y si no?

Ella me miró.

—Entonces ya no habrá universos. Solo versiones fallidas.

Aquiles se detuvo frente a un portal de luz en forma de espiral. Su cola, quieta. Era hora de entrar. Y elegir quién era yo. O perderlo todo. Cruzamos el portal de espiral. No fue un salto ni un deslizamiento, sino un desvanecerse lento, como si nos desenredáramos de nosotros mismos. El campo de cristales quedó atrás. Entramos a un espacio sin forma, un lugar que no debía ser visto por ojos humanos. Aquí no había tiempo, ni arriba ni abajo. Solo una vibración constante, como el zumbido que queda después del trueno.

Allí estaba ella. La Silenciadora. No tenía cuerpo. O quizás lo tenía, pero cambiaba constantemente, deshaciéndose y rehaciéndose como si no pudiera soportar su propia existencia. No era exactamente un ser. Era una sensación: un frío lento, un olvido activo. El deterioro de todo lo que alguna vez tuvo forma.

La mujer —mi guía— se detuvo. Aquiles también.

—¿Eso es…? —pregunté, sin poder terminar la frase.

—Sí —dijo ella en voz baja—. Es la Entropía. Pero no como la entienden en tu mundo. Aquí tiene conciencia. Sabe que existe. Sabe que la estamos desafiando.

La Entropía habló sin sonido, directamente dentro de mi mente. Su voz era un coro de cosas rotas.

“Todo tiende a mí.
Todo lo que nace, se deshace.
Todo lo que vibra, se cansa.
Y tú… pequeño intervalo entre dos colapsos… ¿crees que puedes evitarme?”

Vi imágenes: un universo que se apaga, galaxias que se deshacen como papel mojado, pensamientos que se marchitan antes de nacer. Y entre todo eso, Aquiles… resistiendo. Su cola, aún quieta.

—Él te desafía —dije, más a mí que a la Entropía.

“Él desafina.”

—¿Por qué le temes? —pregunté, tomando impulso en mi propia duda—. Si todo termina en ti… ¿por qué molestarte en venir?

La Entropía no respondió. Pero sentí que se agitaba. Como si no hubiera esperado esa pregunta.

Entonces, la mujer habló.

—La Entropía no es solo el fin. Es la corrección. Odia a Aquiles porque él es anomalía, singularidad. Porque cada vez que mueve la cola, extiende el juego. Agrega variaciones. Y lo insoportable para la Entropía no es el caos. Es la música.

Aquiles dio un paso al frente. Su cola se alzó. Y comenzó a moverse. No era un movimiento simple. Era una danza. Una sinfonía hecha de gestos mínimos, como una partitura escrita en el aire. Con cada curva, el espacio alrededor se reorganizaba. Nacían estructuras. Se formaban posibilidades.

La Entropía gritó sin boca. El espacio se llenó de oscuridad líquida.

Y entonces vi lo que Aquiles realmente era: no un gato, sino una partitura encarnada. Cada hebra de su cola era una cuerda fundamental del universo. Su andar, la notación de una sinfonía eterna. Y yo, al haberlo tocado, era parte de ella ahora.

—Debes elegir —dijo la mujer—. Puedes fundirte con la Entropía. Convertirte en olvido. En final. O puedes unirte a Aquiles. Ser nota. Ser intervalo. Ser lucha.

Yo vi a la Silenciadora. Sentí su llamada. Era tentadora. No más duda, no más miedo. Solo… terminar.

Pero entonces Aquiles me miró. Solo una vez. Y su cola hizo una curva como una firma en el aire. Elegí. Dije su nombre. No el que le di, sino el verdadero. Aquél que resonaba en la vibración misma del tejido. Y en ese instante, el universo cantó. Un solo acorde. Perfecto. Y terrible.

Desperté en el sofá. La luz entraba a raudales por la ventana, de ese modo oblicuo y cálido que solo ocurre una vez al día, cuando el sol parece dudar si quedarse o irse. La casa estaba en silencio. No había pasto de cristal, ni portales, ni estructuras imposibles. Solo mi mesa de siempre, mi taza fría, y un cuaderno lleno de garabatos incoherentes.

Me llevé una mano a la frente. Sudaba. Sentía la boca seca, como si hubiera gritado durante siglos. Traté de recordar todo, pero los detalles huían de mí como humo entre los dedos. Tenía imágenes, sí: una mujer con un paraguas, un campo imposible, un gato que no era un gato… pero todo eso sonaba ahora como un eco de otro yo. ¿Un sueño? ¿Una alucinación inducida por el insomnio, la lectura obsesiva, la soledad?

Entonces lo vi. Aquiles, dormido en el alféizar. Tan real, tan corriente. Respiraba lento, en paz. Pero había algo en su forma —en la curva leve de su cola— que me hizo dudar. Como si aún estuviera escribiendo una partitura en el aire. Como si aún tejiera sin que yo pudiera escucharlo.

Me levanté, tambaleante, y caminé hacia él. No hizo ningún gesto, salvo entreabrir un ojo perezoso para mirarme. Un ojo inmenso, negro, sereno. Y luego… cerrarlo otra vez. Sobre la mesa, el cuaderno seguía abierto. No recordaba haber escrito esa página.

“La entropía canta en todo lo que termina.
Pero Aquiles… Aquiles compone lo que no debe existir.
Y a veces, solo a veces, el universo escucha.”

Lo cerré. No sabía si era mía la letra, o si alguna versión de mí lo había escrito. Me dirigí a la cocina, puse agua para el café, e intenté no pensar demasiado. Pero, al pasar frente al espejo, me detuve. Algo en mi reflejo estaba… mal. No de forma obvia. Nada monstruoso, nada imposible. Solo… una sutileza. La manera en que mi reflejo respiraba con un leve retardo. Una demora de un segundo. Como si estuviera esperando una instrucción. O una señal. Volví la mirada hacia el alféizar. La cola de Aquiles se movió. Una vez. Y el aire pareció susurrar.

La luna desnuda

Poesía

La luna viene desnuda
por la vereda del río,
lleva encajes de azahares
y un temblor de casamiento.

Gime el yunque con la fragua
como un pecho malherido,
se peina el alma el gitano
con peine de coral fino.

¡Ay luna, luna sin sombra,
pañuelo de amor cautivo!
Te alza Himeneo en sus brazos
como bandera sin himno.

La novia baila en la era
con un clavel en los rizos,
y los gallos de la noche
cantan sangre en su alarido.

Las castañuelas se apagan.
El tambor ha enmudecido.
Un caballo sin jinete
cruza el campo estremecido.

Porque en la juncia del río
se besaron sin permiso,
y la luna, blanca y sola,
lloró lirios encendidos.

¡Qué no cruce más la luna
por los olivares fríos!
Pañuelo de bodas negras,
y sudario del suspiro.

La luna bosteza

Poesía

La luna bosteza en la noche con su pijama blanco,
y se le abre el alma por el ombligo.
¡Ay! cómo cruje el hueso del silencio
cuando la luna se cansa.

Hay una costura rota en su manga izquierda
—la que toca al mundo—
y por ahí se le escapan los suspiros,
como niños flacos que nunca fueron bautizados.

No es sueño lo que carga.
Es otro bostezo,
viejo, enfermo,
que heredó de un abuelo cometa.

Duerme de lado la luna,
sobre el hombro del último muerto del día.
Y mientras bosteza,
un ángel se le cae del párpado
como una uña arrancada del cielo.

¡Qué frío de sábanas negras!
¡Qué pálido insomnio se le mete entre las costillas!

Yo la he visto,
yo, que tampoco duermo,
rascarme la frente con su luz mustia,
y maldecir —con dientes de tiza—
al reloj sin manecillas que hay en Dios.

La luna bosteza con un diente partido,
como un niño que ya no tiene madre,
y su pijama blanco —oh tela de hueso—
cae en jirones por la grieta del cielo.

Un bostezo lunar no es bostezo,
es un hueco tibio que sangra
en la frente rota de la noche.
Yo la he visto, yo la he sentido
con los párpados hinchados de frío
y el ombligo cubierto de polvo astral.

La luna bosteza y no hay pan.
Los relojes se miran entre sí
con ojos de cárcel.
El gallo que aún no nace
ya sospecha su grito.
Y ella —pobre luna con fiebre—
arrastra su pijama
como un sudario infantil.

Ay, luna que bostezas…
¿A quién le cuentas tu sueño?
¿Quién te cose los botones
cuando te rompes en plata?

Yo he venido aquí,
con mi costado lleno de calambres,
a decir que tú también sufres.
Tú también bostezas cansada,
y nadie, ni Dios,
te ofrece un vaso de sombra.

¿Comercio Social o Comercio Justo?

No ficción

El nuevo teatro de las transacciones humanas

En este instante donde el pulso del mundo late a la velocidad de un clic, el Comercio Social ha dejado de ser una promesa futurista para convertirse en un paisaje que respiramos a diario. Como una enredadera salvaje, trepa por los muros de Instagram, serpentea entre los Reels de TikTok y se incrusta en los grupos de WhatsApp como un virus de deseo.

El comercio ya no habita frías páginas de catálogo: ahora se desliza entre stories, vibra en directos, se convierte en meme, en trend, en necesidad disfrazada de descubrimiento casual. La compra no se siente como compra; se siente como un guiño, una confesión entre amigos, un susurro de «yo también lo quiero».

¿Qué diablos es el Comercio Social?
Es el matrimonio posmoderno entre redes sociales y transacciones económicas. Una boda sin corbata, llena de filtros, emojis y ventas que parecen conversaciones entre almas gemelas. Es vender en el escenario donde la gente ya está —entre sus likes, sus comentarios, sus eternos desplazamientos de pulgar.

¿Cómo funciona esta alquimia?
Se nutre de dos carburantes potentes: confianza y urgencia.

  • La confianza se construye a través de influencers, reseñas, y recomendaciones boca-oreja digitales.
  • La urgencia se incendia con botones de “compra ahora”, ofertas que desaparecen como luciérnagas al amanecer y lanzamientos que se agotan antes de que puedas decir «¡lo necesito!«.

Los escaparates se han convertido en timelines, los vendedores en creadores de contenido, y los clientes en comunidades orgánicas de replicadores emocionales. Comprar es compartir, consumir es pertenecer.
El producto ya no basta: hay que vender una historia, un universo, una causa.

¿Por qué importa?
Porque quien ignore el Comercio Social hoy, será fósil mañana. Empresas grandes y pequeñas están entendiendo que su tienda virtual debe bailar al ritmo del algoritmo, hablar en hashtags, moverse en tendencia. Quien no sepa vender en los patios digitales, venderá para nadie.

Y atención: el Comercio Social no es solo para cosméticos o zapatillas con suela de espuma lunar. Estamos viendo seguros, cursos, muebles y hasta vehículos deslizarse dentro de este torbellino.

¿El futuro?
Llevamos la brújula clavada al pecho: la inteligencia artificial personalizará los escaparates hasta el delirio, las experiencias inmersivas (hola, Realidad Aumentada) convertirán el “ver para creer” en un “probar para querer”, y las comunidades de compra evolucionarán en verdaderas tribus digitales donde se elegirá qué comprar como quien elige un tótem.

En el horizonte ya se divisan nuevas bestias: compra por voz, live shopping gamificado, pagos invisibles. La frontera entre el contenido y el carrito desaparecerá como lágrimas bajo la lluvia.

El Comercio Social es una bestia que no piensa esperar a nadie. No importa si tienes una tienda o un proyecto de garaje: o te haces uno con la bestia, o acabarás siendo parte de su decorado fosilizado.
Y recuerda: en este nuevo mundo, no gana quien más grita, sino quien más conecta.

Comercio Justo: sembrar dignidad, cosechar futuro

Vivimos en un planeta que gira loco sobre su propio eje, donde la avaricia corta el hilo de la justicia como una tijera oxidada. En este tablero de juego desigual, surge el Comercio Justo: no como una moda de escaparate, sino como un latido necesario, un acto de rebeldía y ternura a la vez.

¿Qué es el Comercio Justo?
Es el arte de hacer negocios sin pisotear. Es un pacto silencioso entre productores, consumidores y comerciantes para que la balanza no se incline siempre hacia el más fuerte. No es caridad ni limosna: es intercambio con dignidad, un apretón de manos limpio de trampas.

Significa pagar precios que reflejen el verdadero valor del trabajo, respetar los ritmos de la tierra y de los cuerpos, garantizar condiciones de trabajo humanas, abolir las cadenas invisibles del abuso. Significa decir no a la explotación infantil, no a las jornadas eternas por migajas, no al envenenamiento de nuestros ríos y nuestras almas.

¿Cómo funciona esta utopía práctica?

  • Precios justos: el productor recibe lo que merece, no lo que dicta el capricho del mercado.
  • Relaciones a largo plazo: no se juega al usa y tira con las personas. Se construyen alianzas estables.
  • Respeto al medio ambiente: cada semilla, cada cosecha, cada gota de agua se honra como si fuera un poema.
  • Empoderamiento: especialmente de mujeres y comunidades vulnerables, dándoles voz, no solo un salario.

Las certificaciones como Fairtrade, WFTO o Ecocert funcionan como escudos: no perfectos, pero necesarios en esta jungla de etiquetas huecas.

¿Por qué importa hoy más que nunca?
Porque mientras tú lees esto en la comodidad de tu nube digital, millones de trabajadores cultivan, cosen, extraen, bajo soles que matan o bajo techos que gotean miseria.
Porque la globalización puede ser una máquina trituradora o un puente de manos entrelazadas: tú decides con cada euro que gastas.

El Comercio Justo es urgente porque el planeta no soporta más saqueos; porque la inequidad no se resuelve sola; porque la ética no debe quedarse colgada en discursos bonitos.

¿Y el futuro?
El Comercio Justo debe mutar, expandirse, infiltrarse en la corriente principal hasta volverse la norma, no la excepción.
El consumidor del futuro —ese ser despierto que no traga cuentos— exigirá trazabilidad, justicia, y coherencia.
Las marcas que no entiendan esto serán dinosaurios atrapados en ámbar.

Comprar Comercio Justo no es cambiar el mundo de un plumazo.
Es regar pequeñas semillas de equidad en un jardín que ha estado demasiado tiempo reseco.
No es perfección, es intención. No es caridad, es justicia.

Y la justicia, como el buen café de Comercio Justo, debe saborearse caliente, urgente, colectiva.

Ramón Gómez de la Serna y la Greguería

No ficción

Las fuentes coinciden en señalar a Ramón Gómez de la Serna como el creador del género literario conocido como greguería…. Se considera que fue él quien «desveló y la hizo evidente ante todos, presentándola en sociedad».

Gómez de la Serna definió la greguería de forma concisa como la resultante de la siguiente fórmula: «humorismo + metáfora = greguería»…. Para él, una greguería era una «sentencia ingeniosa y en general breve que surge de un choque casual entre el pensamiento y la realidad»….

El propio Ramón Gómez de la Serna ofreció una visión del origen de la greguería, describiéndola como algo que «nació aquel día de escepticismo y cansancio en que cogí todos los ingredientes de mi laboratorio, frasco por frasco, y los mezclé, surgiendo de su precipitación, de su depuración, de su disolución radical, la greguería». Él consideraba la greguería como «la flor de todo, lo que queda, lo que vive, lo que surge entre el descreimiento, la acidez y la corrosión, lo que resiste todo».

A pesar de reconocer ciertos antecedentes y antecesores en autores como Luciano de Samosata, Horacio, Shakespeare, Lope de Vega, Quevedo o Jules Renard…, Gómez de la Serna es quien les dio forma y nombre al género, estableciendo sus características y consolidándolas como una forma literaria independiente. Se destaca que, aunque otros autores practicaron formas de expresión con similitudes, fue Ramón quien singularizó la greguería.

Gómez de la Serna dedicó una parte significativa de su vida a la difusión de la greguería como género literario, cultivándola de manera asidua en secciones fijas de periódicos y publicando diversas ediciones de sus greguerías a lo largo de su vida literaria, entre 1917 y 1962…. Su obra en general es descrita como extensa y variada…, incluyendo biografías, artículos críticos, obras teatrales, novelas, cuentos y relatos.

Ramón Gómez de la Serna es caracterizado como un artista «curioso» con una curiosidad insaciable, un escritor adelantado a su época, polémico y fuera de lo común, y una figura clave del Novecentismo español, así como uno de los introductores de la Vanguardia Literaria en España. Su vida y obra se consideran una muestra de ruptura contra las convenciones establecidas. Su creación más conocida y reconocida es precisamente la greguería, descrita como un género completamente nuevo y lúdico.

En resumen, las fuentes son claras en atribuir la creación y definición de la greguería a Ramón Gómez de la Serna. Él no solo identificó una forma de expresión latente, sino que la bautizó, la definió con su fórmula característica y la promovió activamente a lo largo de su prolífica carrera literaria, marcando un hito en la literatura española de vanguardia.