Me despertaron los ruidos de abajo, las voces que ascendían por la escalera. Todo parecía provenir de mundos paralelos, alejados de mi conciencia por escalones infranqueables, y el desasosiego no se hizo esperar. La amargura viajaba en ascensor hacia mi habitáculo. La mal engrasada rueda del ascensor gritaba, al girar, como un agorero y, en el centro de aquel cubículo ascendente, la cabeza de aquel asno se me ofrecía en una bandeja. Ascendía del abismo como un viento transportado desde un cuento de hadas, hacia mí misma que, agitada, pasaba con ansiedad las hojas del libro para llegar al final de aquella historia.
Asno
Saturno
Ficción
Yo soy el que ha cuajado los planetas
con el metal pesado de los asnos;
el hechicero que a Cibeles engaña
con sargazos de plomo y de desidia;
el que a guadaña pasa los dioses planetarios
con ignorados múltiplos de amargura y de sombra;
quien alado desciende del templo de la muerte
para planchar los duelos del horizonte en los abismos.
Trinidad
FicciónMuerto en la curva del camino estaba Pedro. Su asno lamía las heridas de basilisco que le mataron junto al trébol de cuatro hojas que su burro comió.
Yahvé
Ficción—¿Por qué tan serios, reinos de la sombra?
—¿Por qué tan asnos, extraordinarios reinos?
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