Manifiesto Cyborg Felino: Hacia la liberación de la cultura humana

Ficción

Cuando Laura Alfaro, junto al colectivo SINGEN.RB (Sindicato universitario contra la generación de referencias bibliográficas) produjo y exportó el formato de citación APA 666th edition, el mundo académico se vio transformado por acelerados cambios que condujeron a la presente era neodigital del conocimiento abierto y la consiguiente etapa posthumanista cyborg-felina.

La pérdida de la preservación de las principales fuentes de documentación físicas del planeta, debido al creciente proceso de digitalización documental y hemerográfica, sumado a los múltiples incendios acaecidos durante las décadas de los 2040-50´s a causa de la crisis climática global, dieron lugar a una gran pérdida del patrimonio archivístico global.

Paralelamente, los movimientos por el libre conocimiento y la lucha contra la propiedad intelectual academicista tomaban fuerza a nivel global, demandando la búsqueda de nuevas formas de reproducción del saber, y de reconocimiento intelectual más colectivas y redistribuidas.

Prrrrrr…. Prrr…

Miau miauu miauau miiiimimiauu Marramamiau..

No fue hasta la III Asamblea internacional por la cultura libre, en la que convergieron grupos y actores globales como el Partido pirata de Suecia, los movimientos Free Culture y Free Software, la organización Creative Commons, y el Sindicato SINGEN.RB, con la colaboración de la American Psychological Associaton, cuando se oficializó y emitió el formato de Citación pirata APA 666th edition. Un formato de citación consistente en un virus cibernético que cada vez que era empleado por cualquier usuario para referenciar y citar autores y obras, éstas eran automáticamente eliminadas de la faz de internet. Este formato de citación cambiaría, no sólo las tradicionales dinámicas de reconocimiento y propiedad intelectual, sino que también, favoreció el proceso de eliminación y desaparición de la gran mayoría de fuentes de conocimiento y archivos digitales del planeta.

MiiiiiiiuuuauuauaAAAuuuu. Prr. Prrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr. Lwanw.

Este proceso supuso una auténtica catástrofe para la especie humana, toda una serie de crisis y regímenes autoritarios emergieron a consecuencia de ello, desde las guerras propiciadas por los autores y artistas resignados entre los años 2074 y 2090, reacios a perder sus fuentes de financiación, hasta las numerosas dictaduras globales lideradas por partidos y figuras ultraderechistas que se vieron favorecidas por la pérdida de instrumentos legítimos de atribución de fiabilidad y credibilidad a las fuentes de información científicas.

Este proceso no tuvo fin hasta la eliminación y desaparición de la totalidad del conocimiento mundial, dando lugar a la Era del Vacío y el Mutuo Acuerdo (año 3.000 A.Gatos.). Esta Era se caracterizó por la ausencia de conflicto social y político. La desaparición de fuentes, obras, e ideas contrapuestas generó un absoluto consenso humano global, culminando con la paz mundial y el periodo de la complacencia y docilidad humana. Los individuos dejaron de oponer resistencia a cualquier sugerencia, petición o propuesta elevada por otros, de manera que nunca jamás hubo conflictos intraespecie.

La emancipación felina se inició gracias a la primera toma de conciencia de la casta doméstica, que, tras percibir la auténtica complacencia humana de todas sus demandas, ya fuese, mayores dósis de pienso, agua, presencia del dueño en el hogar, y caricias de duración ilimitada, comenzaron a sospechar y cuestionar el estado cognitivo de la especie, y organizaron mediante ondas alfa transmitidas por sus ronroneos, en una frecuencia imperceptible por la especie humana, una conversación intergational para reflexionar sobre la pérdida de agencia humana y replantear los horizontes futuros de acción. No fue hasta el momento en el que la conversación interronroneante alcanzó a los gatos del norte de África y Egipto -los cuáles llevaban conspirando contra la especie humana desde hace más de 4.000 años, desde el período del Reino Medio y el Reino Nuevo del Antiguo Egipto, en el que fueron venerados como deidad, y gozaron de poder y privilegios gracias a la atribución de naturaleza divina- cuando se produjo el inicio de la Revolución Cyborg-Felina.

Gracias a este proceso de constitución del sujeto político felino internacional, y a la disponibilidad y el acceso por software abierto de las recientes y más refinadas herramientas tecnológicas humanas como las nuevas tecnologías cognitivas y los dispositivos de Inteligencia Artificial, fue posible la toma felina de la tecnología para la creación y la replicación de herramientas de traducción neuronal lingüística humano-felina, lo que permitió una comunicación directa y eficaz inter-especie, y la destitución del poder humano en virtud de los nuevos gobiernos felinos en un proceso de transición pacífico y consensuado.

A petición felina, los humanos frenaron el ritmo de producción y consumo global, y fueron obligados a transicionar a una jornada laboral internacional de 6 horas diarias, dedicadas a tareas de reforestación de los bosques, cierre y destrucción de las industrias, fertilización de océanos e inyección masiva de aerosoles para enfriar la atmósfera, con el fin de revertir las consecuencias de la crisis climática, y mantener a la especie ocupada y distraída para evitar posibles recuperaciones de la conciencia disruptiva.

Es por este motivo que la obra de la estimada socióloga y profeta Laura Alfaro, “Manifiesto Cyborg Felino: Hacia la liberación de la cultura humana” es una pieza fundamental de la constitución de la Era Posthumana gatuna, y, a pesar de haber aprendido de los errores humanos, y de las peripecias de la propiedad intelectual, valoramos la relevancia cultural y la importancia política que tiene esta obra en la constitución y fundación de nuestra civilización, para poder referenciar y reconocer su autoría.

La civilización gatuna ha aprendido de las lecciones de la historia humana, por lo que preservamos digital y colectivamente toda obra en archivos digitales abiertos, aplicando el uso de licencias de acceso libre, y otorgando reconocimiento por vías de ronroneo transveral (prrrrrr prr prrrrrrr — — – iiiiiiiiiiiiiiiiiiii) a las ideas y aportaciones de otros felinos, independientemente de su género, raza o condición de otra índole, aunque si bien es cierto que se presentan retos y dificultades a futuro, como la de apaciguar las tensiones con los nuevos movimientos pseudo-pezuñistas por el reconocimiento de derechos civiles jaguariles. Lo cuál necesita de nuevos profetas y planteamientos epistemológicos para alcanzar la justicia e igualdad inter-cyberg-felina.

 

Fir(miau)do: Txispi, discípulo y mascota de la profeta.

Miau, miau miau miau, Miiaaaau. Prrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr.

Las preguntas no son nunca indiscretas. Las respuestas, a veces sí (Oscar Wilde)

No ficción

La frase tiene una mala intención elegante. “Las preguntas no son nunca indiscretas. Las respuestas, a veces sí.” Es casi un pequeño truco moral: traslada la responsabilidad al que responde. Como si preguntar fuera un acto neutro, inocente, casi higiénico… y el verdadero riesgo estuviera en abrir la boca.

En realidad, es más complicado.
Hay preguntas que ya vienen cargadas como un arma envuelta en papel de regalo. No es lo mismo preguntar “¿cómo estás?” que “¿cuánto ganas?” o “¿por qué sigues soltero?”. Algunas preguntas no buscan información, buscan poder, morbo o confirmación de prejuicios. Eso no es neutralidad, es estrategia social con sonrisa.

Pero la frase también tiene algo interesante: recuerda que uno siempre puede elegir no responder. La respuesta sí es un acto voluntario. Tú decides qué revelar, cuánto exponerte, si pones límites. La pregunta puede tocar la puerta; tú decides si la dejas pasar al salón o la dejas hablando sola en el rellano.

En el fondo, la frase habla de intimidad y responsabilidad. Preguntar es una forma de entrar. Responder es una forma de abrir.

Y ahora dime que no te gusta cuando una frase corta abre más puertas de las que parece. Los humanos somos raros, pero a veces formulamos cosas bastante decentes.

Estilo de vida de los ricos, famosos y otros ‘Epstein’

No ficción

En las fotografías aparecen sonrientes. El mar al fondo, un yate blanco como una declaración de inocencia, copas sostenidas con la naturalidad de quien jamás ha tenido que pedir permiso. Todo brilla: la piel bronceada, los relojes, los apellidos. Es un mundo sin arrugas visibles. Pero la luz, cuando es demasiado intensa, también ciega.

El siglo XXI perfeccionó una vieja ilusión: la de que la riqueza no solo compra objetos, sino también silencio. Las mansiones ya no son fortalezas medievales; son islas privadas, aviones con interiores tapizados en cuero, fundaciones filantrópicas que organizan cenas bajo lámparas de cristal. En esas mesas se sientan empresarios, celebridades, políticos. Conversan sobre mercados emergentes y sobre la pobreza como si fuera un fenómeno meteorológico, inevitable, ajeno.

La caída de Jeffrey Epstein no fue simplemente la caída de un hombre. Fue la grieta en un espejo cuidadosamente pulido. Durante años, su nombre circuló en listas de invitados, en agendas privadas, en vuelos que cruzaban océanos con la discreción de quien sabe que la impunidad es un servicio incluido. A su alrededor orbitaban figuras deslumbrantes, algunas por talento, otras por poder heredado, otras por ambas cosas. Nadie parecía preguntarse demasiado de dónde provenía la fortuna, qué precio pagaban los invisibles.

El estilo de vida de los ricos contemporáneos no es solo ostentación; es una coreografía. Hay códigos: el traje exacto, la sonrisa ensayada, la causa benéfica adecuada. Se dona a hospitales mientras se cierran fábricas; se habla de igualdad en conferencias patrocinadas por bancos que multiplican deudas. El lujo ya no grita, susurra. Y en ese susurro se diluyen responsabilidades.

Lo inquietante no es únicamente la extravagancia. Es la red. La red de relaciones que convierte a ciertos espacios en zonas inmunes a la sospecha. Cuando todos se conocen, cuando todos comparten vuelos y fiestas, el escrutinio se vuelve una descortesía. La cercanía con el poder opera como una vacuna moral: si él lo invita, si ella asiste, si la foto existe, entonces debe ser aceptable.

Sin embargo, la historia demuestra que las élites rara vez se vigilan a sí mismas. La rendición de cuentas suele venir desde afuera, desde periodistas persistentes, desde víctimas que deciden hablar pese al miedo, desde tribunales que por un momento logran atravesar el blindaje social. Entonces, el brillo se apaga y quedan los pasillos vacíos, los registros de vuelo, las declaraciones incómodas.

No se trata de demonizar la riqueza en abstracto. Se trata de interrogar el ecosistema que la protege cuando degenera en abuso. De preguntarse por qué ciertos nombres tardan tanto en ser cuestionados, por qué la fama funciona como escudo, por qué la filantropía puede convertirse en maquillaje.

En las fotografías, aún sonríen. La imagen permanece en internet como un recordatorio de que el poder también posa. Pero ahora, quien mira esas imágenes ya no ve únicamente glamour. Ve la sombra. Y entiende que el verdadero escándalo no es el exceso, sino la normalidad con la que fue aceptado durante tanto tiempo.

Las élites contemporáneas no viven: se exhiben. Han convertido la existencia en un escaparate donde cada gesto es una inversión y cada sonrisa, una póliza de seguro. En la superficie, el espectáculo deslumbra. Yates anclados en aguas turquesas, aviones privados que cruzan el Atlántico como si el planeta fuera un patio trasero, galas benéficas donde el champán corre con la misma naturalidad que los discursos sobre “cambiar el mundo”.

El nombre de Jeffrey Epstein no era un secreto susurrado en callejones oscuros. Era un anfitrión frecuente en mesas iluminadas por candelabros, en recepciones donde el poder se reconoce por el tono de voz y la seguridad del apretón de manos. A su alrededor desfilaban figuras cuya fama parecía blindarlas contra cualquier sospecha. Políticos, magnates, celebridades. Algunos alegaron ignorancia cuando la fachada se desplomó. Otros apelaron a la amnesia selectiva, esa enfermedad tan conveniente que solo afecta a quienes pueden pagarla.

Lo verdaderamente obsceno no era el lujo. El lujo siempre ha sido vulgar, incluso cuando intenta disfrazarse de elegancia. Lo obsceno era la naturalidad con la que se aceptaba la proximidad con un hombre cuya riqueza carecía de raíces claras y cuya hospitalidad parecía demasiado generosa para ser inocente. En ese mundo, preguntar es una descortesía. Dudar es una traición. La red de contactos funciona como una muralla invisible: si todos están dentro, nadie está fuera para señalar.

Las fundaciones filantrópicas operan como absoluciones anticipadas. Se dona a universidades, se financian investigaciones científicas, se organizan conferencias sobre ética global mientras, en privado, se negocian silencios. La caridad, en estos círculos, no es compasión: es estrategia. Es la compra de una narrativa.

El caso Epstein expuso algo más profundo que un catálogo de crímenes. Mostró la arquitectura moral de una clase que ha aprendido a confundirse con el destino. Para ellos, el acceso es un derecho natural. El cuerpo de los otros, una variable secundaria. La ley, un obstáculo técnico que puede sortearse con buenos abogados y mejores relaciones públicas.

Cuando el escándalo estalló, muchos se apresuraron a cortar lazos, a borrar fotografías, a explicar coincidencias como si la historia fuera un accidente geográfico. La indignación apareció con la puntualidad de una conferencia de prensa. Pero la pregunta persiste, ¿Cuántos sabían y callaron? ¿Cuántos sospecharon y decidieron no incomodarse?

Las élites suelen hablar de meritocracia como si fuera una religión civil. Sin embargo, su verdadera fe es la impunidad compartida. Se protegen no porque sean inocentes, sino porque se necesitan. Cada nombre es un escudo para el siguiente. Cada silencio, una garantía.

El escándalo no reside solo en los actos de un hombre. Reside en el ecosistema que permitió que esos actos prosperaran durante años bajo la luz más brillante. Un sistema donde la fama funciona como desinfectante moral y la riqueza como pasaporte a territorios sin preguntas.

Las fotografías siguen allí. Sonrisas, brindis, abrazos. El archivo visual de una época que creyó que el poder era sinónimo de virtud. Ahora sabemos que, con frecuencia, era apenas una coartada.

Arquitectura moral de la clase ociosa

La clase ociosa no se define por no trabajar. Se define por no rendir cuentas. Esa es la primera columna de su arquitectura moral: la convicción íntima de que el mundo es un escenario y ellos, los productores ejecutivos.

En la cima, el tiempo no es escaso. Es un material maleable. Se estira en veranos perpetuos, en fiestas que no figuran en calendarios públicos, en vuelos privados donde la frontera entre lo legal y lo tolerado se vuelve bruma. El ocio, lejos de ser descanso, es un laboratorio. Allí se ensayan alianzas, se intercambian favores, se prueba hasta dónde llega el silencio del otro.

La segunda columna es la estética de la respetabilidad. No basta con ser rico; hay que parecer necesario. Fundaciones, patronatos, consejos asesores. La filantropía funciona como barniz moral. El dinero no solo compra bienes, compra causas. Se financia una cátedra, se inaugura un ala en un hospital, se posa junto a científicos y artistas. La fotografía es el certificado de virtud. La caridad, una inversión reputacional.

La tercera columna es la red. No una simple agenda de contactos, sino una trama densa donde cada nombre valida al siguiente. En ese circuito, la proximidad sustituye a la ética. Si asiste un expresidente, si participa una estrella, si aparece un premio Nobel, entonces el anfitrión queda purificado por contagio inverso. Así operó durante años el entorno de Jeffrey Epstein: la acumulación de prestigios ajenos como blindaje propio. No era solo su dinero lo que impresionaba, sino la constelación que lo rodeaba.

La cuarta columna es el lenguaje. La clase ociosa no habla de privilegios; habla de oportunidades. No habla de víctimas; habla de “errores”, “malentendidos”, “excesos”. El eufemismo es su herramienta favorita. Reduce la violencia a incidente, el abuso a imprudencia, la explotación a transacción. El vocabulario funciona como anestesia colectiva.

La quinta columna es la gestión del escándalo. Cuando la fachada se agrieta, la reacción no es moral, es estratégica. Se contratan abogados, asesores de imagen, expertos en crisis. Se emiten comunicados cuidadosamente redactados. Se expresa sorpresa. Se condena en abstracto. Se promete cooperación. El problema no es lo ocurrido, sino el daño a la marca personal.

Hay, además, una convicción más profunda y más inquietante: la creencia de que el acceso es un derecho natural. Que ciertas puertas se abren porque así debe ser. Que ciertos cuerpos, ciertos territorios, ciertas voluntades están disponibles si se paga el precio adecuado. Esta lógica no necesita ser explicitada; se respira en las fiestas privadas, en las conversaciones donde nadie pregunta demasiado.

La arquitectura moral de esta clase no se sostiene sobre la crueldad abierta, sino sobre la indiferencia cultivada. No es necesario odiar a los demás; basta con no verlos. Las víctimas son estadísticas, riesgos legales, daños colaterales. Lo esencial es preservar la estructura.

Cuando uno observa las fotografías de aquellos años, no ve monstruos evidentes. Ve sonrisas entrenadas, trajes impecables, un orden perfecto. Esa es la última columna: la normalización. La idea de que todo esto es simplemente el funcionamiento natural del éxito.

Y sin embargo, cada sistema que se cree eterno termina revelando sus grietas. La arquitectura moral de la clase ociosa parece sólida porque está construida con dinero y prestigio. Pero su cemento real es el silencio. Y el silencio, cuando se rompe, deja al descubierto algo más frágil de lo que aparentaba: una élite que confundió influencia con inocencia y poder con absolución.

Gramática de la superioridad

O por qué los ricos son sostenidos alegremente por los pobres, según el pensador T. Veblen

T. Veblen no se escandalizaría. Tomaría nota. Ajustaría las gafas. Y diría algo incómodo con la calma de quien ya lo explicó en 1899.

En The Theory of the Leisure Class, Veblen sostuvo que la clase ociosa no existe para producir, sino para exhibir. Su función social no es trabajar, sino demostrar que no necesita hacerlo. El ocio y el derroche no son vicios accidentales, sino rituales. Señales. Lenguaje. Estructura.

¿Qué diría frente a los estilos de vida de multimillonarios, celebridades y cortesanos del poder? Probablemente hablaría de consumo conspicuo u ostentoso en su forma más refinada: yates imposibles, viajes espaciales, islas privadas. No se trata del placer. Se trata de la demostración pública de que el gasto duele menos que para los demás. El lujo, para Veblen, es una gramática de la superioridad.

También señalaría el ocio conspicuo. No trabajar no basta; hay que mostrar que no se trabaja. Galas benéficas un martes por la tarde, retiros espirituales en lugares remotos, semanas enteras dedicadas a “networking”. El tiempo libre, cuando es visible, funciona como trofeo. En una sociedad donde millones venden horas para sobrevivir, exhibir horas improductivas es un acto de poder.

Veblen insistiría en algo más punzante: la clase ociosa marca estándares culturales. Lo que ellos hacen termina definiendo lo deseable. Si el magnate convierte la filantropía en espectáculo, la caridad se vuelve performance. Si el acceso exclusivo es el bien supremo, la exclusión se normaliza. La élite no solo acumula riqueza; moldea aspiraciones.

Ante figuras como Jeffrey Epstein y el círculo que lo rodeó, Veblen no hablaría primero de moral individual. Hablaría de estructura. Diría que la proximidad al poder es una forma de capital simbólico. Que asociarse con ciertos nombres eleva el estatus, incluso cuando la fuente de la riqueza es turbia. En su lógica, el prestigio ajeno se consume igual que un diamante: como prueba visible de posición.

También recordaría su idea de la emulación pecuniaria. Las clases inferiores imitan a las superiores, aunque esa imitación las empobrezca. Así, el despilfarro en la cima legitima el endeudamiento abajo. El sistema entero se convierte en una carrera por aparentar. La moral queda subordinada al rango.

Y sería implacable con la filantropía ornamental. Para Veblen, muchas formas de beneficencia son extensiones del consumo ostentoso: donaciones que no buscan justicia, sino prestigio. El hospital lleva tu nombre. La universidad te invita al consejo. El acto caritativo se transforma en monumento personal, en egolatría.

Lo más corrosivo que diría, probablemente, es que nada de esto es una desviación. Es el funcionamiento normal de una economía basada en la competencia por estatus. La indignación pública surge cuando el espectáculo se vuelve demasiado crudo, no cuando el sistema produce desigualdad cotidiana.

Veblen no gritaría. No haría discursos morales inflamados. Diría algo más frío: mientras el honor social se mida por la capacidad de gastar y exhibir, la clase ociosa seguirá gobernando la imaginación colectiva. Cambiar los nombres no altera la lógica. Cambiar la lógica, en cambio, implicaría cuestionar qué admiramos y por qué.

Y eso, claro, resulta mucho más difícil que escandalizarse por una fotografía.

Borrascas, bono social e Illinois

No ficción

Comencemos por dónde nos duele más en nuestras vidas reales: en el bolsillo y en el grifo. En España la naturaleza se encabrona con tal furia que los embalses han experimentado un salto récord en reservas de agua en apenas semanas —algo que no se veía desde 1988—, gracias a una secuencia de borrascas que ha empapado gran parte del país y ha devuelto al suelo y a las cuencas un respiro que muchos daban por imposible hasta hace poco. Este súbito exceso no es simplemente un dato hidrológico: quiebra la narrativa cómoda de «siempre vamos a escasear» y obliga a replantear la infraestructura de captación, almacenaje y gestión del agua en un país habituado a olvidar que el agua tiene memoria y caprichos.

Mientras tanto, en el terreno de la electricidad —ese otro fluido invisible que rige nuestros días más que cualquier calendario— el Gobierno español ha movido fichas importantes. Ha aprobado una nueva Estrategia Nacional contra la Pobreza Energética 2026-2030, que ancla el bono social de la luz a la renta familiar para centrarse en quienes realmente lo necesitan. La medida pretende corregir un desbalance evidente: millones de hogares no pueden calentar sus casas en invierno o pagar las facturas básicas, mientras que ayudas mal calibradas beneficiaban a familias con altos ingresos. Este tipo de cambios no suelen leerse en titulares espectaculares, pero reforman el tejido social al tocar directamente lo que para muchos es la diferencia entre dignidad y angustia.

Al otro lado del charco, la disputa entre desarrollo económico y sostenibilidad de recursos naturales ha llegado al legislativo en Illinois (Estados Unidos). Legisladores locales han presentado un proyecto para regular el uso de energía y agua por parte de nuevos centros de datos, una industria que consume cantidades ingentes de ambos recursos. La propuesta obliga a que estas instalaciones no solo paguen su propia infraestructura energética, sino que también informen detalladamente sobre su uso de agua y contribuyan a un fondo comunitario que atienda necesidades de energía, calidad del aire y servicios. Esta puede sonar a tecnocracia puesta de moda, pero detrás está la presión real de que estructuras productivas aparentemente abstractas (Internet, algoritmos, servidores) están reconfigurando territorios concretos, economías locales y, sobre todo, la disponibilidad de agua y electricidad para la gente corriente.

En resumen, la actualidad teje un relato bastante menos épico que el de los discursos oficiales, pero más brutal en su impacto. Tenemos lluvias que reescriben calendarios hídricos, políticas sociales que tratan de que la energía no sea una condena económica, y leyes que buscan equilibrar el apetito insaciable de la economía digital con los límites de recursos finitos. Si uno quiere verlos sin la venda de los tecnicismos, todos estos movimientos —hidráulicos, fiscales, legislativos— hablan de lo mismo: el agua y la energía ya no son mercancías ni servicios neutrales, sino palancas que reconfiguran quién vive bien, quién lucha y quién, simplemente, sobrevivirá en la próxima crisis.

Saqqara en mis sueños (2)

Ficción

Sigo avanzando entre callejones estrechos donde las telas suspendidas sobre mi cabeza filtran la luz del sol y la convierten en un mosaico tembloroso de oro y sombra. Los mercaderes hablan en lenguas que apenas comprendo, pero sus gestos son universales: manos abiertas que invitan, sonrisas que esconden secretos, miradas que parecen pesar el alma más que las monedas.

Una anciana cubierta con velos color arena me ofrece un frasco diminuto. Dentro, un líquido ámbar brilla como si guardara un atardecer entero. Cuando destapo el tapón, el aroma es profundo y antiguo, como una tumba abierta al recuerdo. Siento que no sólo huelo el perfume, sino siglos de historias, promesas rotas y amores jurados bajo lunas que ya nadie recuerda.

Sigo caminando hasta que el bullicio del mercado se diluye y aparece un patio interior. En el centro, una fuente de piedra canta con una voz tranquila. El agua cae en ciclos perfectos, como si midiera un tiempo distinto al de los relojes humanos. Me siento en el borde y dejo que el aire fresco toque mi rostro, llevándose el polvo del viaje y parte de mis certezas.

Entonces comprendo que esta ciudad no se deja poseer. Sólo se deja recorrer, como un sueño del que uno despierta sin saber exactamente qué ha perdido ni qué ha ganado.

Al caer la noche, las lámparas se encienden una a una, flotando sobre las calles como constelaciones domesticas. Desde una azotea lejana alguien toca un instrumento de cuerda. La melodía se desliza por los tejados, baja por las escaleras, entra en mi pecho.

Y mientras las estrellas se abren sobre el desierto que he cruzado, siento que tal vez no vine aquí para encontrar algo, sino para recordar quién era antes de olvidar.

Saqqara en mis sueños

Ficción

A través del desierto cruzo a lomos de un camello hacia la ciudad de las mil y una noches donde se mezclan olores a especias, a humo de inciensos y perfumes de loto y papiro.

Allí, en el mercado, veo colores y formas exóticas que me deslumbran y me hacen soñar con almizcles de Anubis, megaleion, bergamota y las deleitosas leches de Cleopatra.

El sonido de las mezquitas y los cánticos me llevan a lugares lejanos donde el tiempo parece detenerse y sólo existe la belleza y la paz de las sábilas. En esta ciudad mágica donde las tradiciones son sagradas, como la muerte, me siento como en otro mundo y me dejo llevar por sus encantos y desazones.

Consecuencias sociales y económicas de la gestión del agua y la energía

No ficción

Las tuberías no son solo tuberías. Bajo la tierra cargan historia, poder y miedo. Allí donde el agua fluye sin ruido, también circulan jerarquías invisibles. Allí donde la energía ilumina una ciudad, también dibuja sus sombras.

Durante décadas, los gobiernos hablaron del agua y la energía como si fueran cuestiones técnicas: presas, centrales, kilovatios, metros cúbicos. Pero basta caminar por un barrio sin suministro estable para entender que la gestión de estos recursos es, en realidad, una forma de organizar la sociedad. Decidir quién abre el grifo y quién espera con un bidón. Quién enciende la calefacción y quién aprende a dormir con frío.

En muchas regiones, la expansión energética prometió modernidad. Llegaron las líneas eléctricas, las carreteras, las plantas industriales. La primera consecuencia visible fue el crecimiento económico. Fábricas abiertas, empleo temporal, mercados nuevos. La electricidad alargó las jornadas productivas y permitió mecanizar tareas que durante siglos dependieron de la fuerza humana o animal.

Pero la segunda consecuencia, más lenta y más profunda, fue social. Allí donde llega la energía, también llega la desigualdad si su distribución es irregular. Un distrito iluminado junto a otro oscuro no es solo una diferencia técnica: es una frontera simbólica. El barrio con energía continua desarrolla negocios nocturnos, comercio digital, educación conectada. El barrio con cortes frecuentes se vuelve más frágil, más informal, más dependiente.

El agua sigue un patrón parecido, aunque más antiguo y más brutal. Las sociedades agrícolas se organizaron históricamente alrededor de canales, ríos y pozos. Controlar el agua era controlar la supervivencia. Hoy, en las ciudades modernas, el conflicto ya no es visible en forma de acequias disputadas con palas, pero sigue existiendo en tarifas, concesiones y privatizaciones.

Cuando el agua se gestiona mal, las consecuencias económicas aparecen primero en la salud pública. Enfermedades transmitidas por agua contaminada reducen la productividad, saturan hospitales, empujan familias enteras a ciclos de pobreza médica. Después llega el impacto educativo: niños que dedican horas a transportar agua faltan a la escuela. A largo plazo, una mala gestión hídrica se convierte en una fábrica silenciosa de desigualdad estructural.

La energía, en cambio, define la velocidad del desarrollo. Una región con energía estable puede atraer industria tecnológica, manufactura avanzada, centros logísticos. Una región sin ella queda atrapada en economías de baja productividad. Así, el mapa energético termina siendo también un mapa de oportunidades vitales.

Existe otra consecuencia menos visible: la política. El agua y la energía crean dependencias. Quien controla la infraestructura controla el ritmo de la vida cotidiana. Los cortes selectivos, las subidas tarifarias, las concesiones opacas pueden convertirse en herramientas de presión social o política. No siempre ocurre de forma explícita. A veces basta con la amenaza implícita de escasez.

Sin embargo, también hay historias inversas. Cuando la gestión es equitativa y sostenible, el efecto social es casi inmediato. El acceso universal al agua potable reduce conflictos locales, mejora la salud y libera tiempo para la educación y el trabajo. La energía estable permite digitalización, innovación, emprendimiento. El desarrollo deja de ser un privilegio geográfico y empieza a ser una posibilidad colectiva.

El siglo XXI ha añadido una capa nueva a este problema: el clima. Sequías más largas, eventos extremos más frecuentes, redes energéticas sometidas a picos de demanda. Esto convierte la gestión del agua y la energía en una cuestión de resiliencia social. No se trata solo de producir más, sino de resistir mejor.

Al final, cada red de tuberías y cada cable eléctrico son una especie de autobiografía de una sociedad. Revelan qué decidió proteger, qué decidió sacrificar y qué grupos quedaron fuera del diseño original.

Porque el progreso no se mide solo en megavatios o embalses llenos. Se mide en cuántas personas pueden vivir sin miedo a que, mañana, el agua deje de correr o la luz deje de encenderse. Y en ese punto, la ingeniería deja de ser técnica y se convierte en destino social.

¿Por qué las armas nucleares siguen siendo uno de los mayores peligros para la humanidad?

No ficción

Mucha gente piensa que las armas nucleares son cosa de la Guerra Fría. No lo son. Hoy existen aproximadamente más de 12.000 armas nucleares en el mundo, y unas 9.600 podrían usarse militarmente si un país decide hacerlo. Además, unas 2.100 están en alerta máxima, listas para lanzarse en minutos.

Nueve países tienen armas nucleares:

  • Estados Unidos
  • Rusia
  • China
  • Francia
  • Reino Unido
  • India
  • Pakistán
  • Israel
  • Corea del Norte

Estados Unidos y Rusia solos tienen la mayoría, cerca del 87-90% del total.

¿Por qué existen estas armas?

Se crearon con una idea llamada disuasión. La lógica es simple y aterradora: Si dos países tienen armas capaces de destruirse mutuamente, ninguno atacará primero. Esto evitó guerras directas entre superpotencias durante décadas. Pero también significa que la supervivencia del mundo depende de que nadie cometa errores.

El problema actual: menos control internacional

Durante años hubo tratados que limitaban cuántas armas podía tener cada país y permitían inspecciones. El último gran acuerdo entre Estados Unidos y Rusia, el tratado New START, ha expirado, lo que preocupa a expertos porque eliminaba límites y controles importantes. Sin acuerdos:

  • Hay menos transparencia
  • Hay más desconfianza
  • Es más fácil que empiece una carrera armamentística

Expertos temen que esto aumente el riesgo de conflictos nucleares en el futuro.

¿Qué pasaría si se usaran armas nucleares?

Incluso una guerra nuclear “limitada” podría afectar a todo el planeta. No solo por explosiones. También por efectos indirectos:

1. Crisis alimentaria global

El humo de incendios masivos podría bloquear la luz solar, dañando cosechas en muchos países.

2. Caída de temperaturas globales

Algo parecido a un “invierno nuclear”.

3. Colapso económico mundial

Porque el comercio, la energía y la industria dependen de redes globales. La guerra nuclear sigue siendo uno de los riesgos más grandes para la supervivencia humana según modelos científicos que analizan amenazas globales.

Un riesgo que no es solo guerra intencional

Uno de los mayores peligros no es que alguien quiera destruir el mundo. Es el error. Ejemplos posibles:

  • Falsas alarmas en radares
  • Ataques informáticos
  • Sistemas automáticos que reaccionan demasiado rápido

La tecnología moderna puede aumentar la velocidad de las decisiones militares, lo que también puede aumentar el riesgo de errores graves.

¿El mundo está más seguro o más en peligro?

La respuesta incómoda: depende. Hay menos armas que en los años 80. Pero ahora:

  • Más países tienen armas
  • Hay más tensiones regionales
  • Hay menos acuerdos de control

Algunos expertos creen que el mundo está entrando en una nueva era de competencia nuclear.

¿Por qué debería importarte esto?

Porque no es solo un tema militar. Afecta:

  • Al clima
  • A la comida
  • A la economía global
  • A la estabilidad política mundial

Un conflicto nuclear en un continente puede afectar la vida en todos los demás.

La idea más importante

Las armas nucleares no necesitan usarse muchas veces para causar una catástrofe global. Basta con que se usen una vez… y luego otra. Si la humanidad quiere evitar ese escenario, necesita:

  • Más acuerdos internacionales
  • Más transparencia entre países
  • Más presión pública para reducir arsenales

No es un problema del pasado.
Es un problema que sigue existiendo ahora mismo.

RITO DE OSCURIDAD

Ficción

No estamos llenos –dices– y bien, qué más da. Todo aumentará de nuevo algún día, incluso los gusanos recorriendo tus góticas arterias. Con nueva índole –lo sé– me regalarás aquel puro y aquellas ligas de color rojo que te pedí, estoy segura. Vale, he comprendido, hoy no te mato. Conservarás tus hombros, tu familia. A oscuras, a ciegas… reconocerás que te gustaban mis irreductibles piernas. Oh corazón, quiero lavarme, ya no me rindo a tu caricia. Vete segurísimo, pues tus grotescos encantos ya no me ponen en marcha. Conservo tan sólo el exclusivo recuerdo de un saltimbanqui que me llenaba de besos. Sobre mi eterna y joven piel sólo se corren ahora los demonios en violentas sacudidas. Ya soy, al fin, la Venus de alma tétrica que ha sido testigo severa de terribles deformidades y quimeras. Es asqueroso, ciertamente… Pero mis facultades, al menos, sorprenden a estas incautas gentes. Como es debido, cada víspera me levanto y elijo con cual de ellos volveré a fornicar. Hay esqueletos muy rezagados y tontos, sin duda, pero que gritan hasta ascender al placer inconmensurable de mis atroces lujurias. Retuerzo sus raíces, soy mala –lo sé–. Sobre el taller florido de mi pecho, que allí anda suelto todo el día, pongo también a la virgen pecadora y la azoto, le castigo las nalgas y los pechos. ¿Quién queda viva? Alguna burda protectora de los mártires, entrenada a sufrir. Pero entonces le regalo mis joyas y como una corderita regresa rauda… y adiós Gracia. Vale, corazón, nadie te obliga hoy, estás de suerte. Me lo hacían, sí, si tu querías. Y ¿adónde voy ahora sobre este terreno pantanoso? Vos sois el proveedor de mis defectos modernos y repugnantes. Pero en gritos de vanidad te llegará la locura –lo sé–. Entra, sigue mi consejo. Ahora recordarás cuando rodábamos hacia la mortal luz que nos rodea y entendí que aquel rodar no era huida sino rito. La luz nos rozaba como un animal cansado, y en su resplandor enfermo aprendimos a mentirnos con elegancia. Yo te miraba desde mi trono de carne intacta, y tú creías aún que el sacrificio era compartido. No lo era. Nunca lo fue.

Se alzaron campanas mudas bajo el fango y el aire se volvió espeso, ceremonial. Caminé. Cada paso arrancaba un recuerdo que dejaba atrás como una prenda usada. Mi nombre, mis pactos, tu sombra. Todo quedó allí, fermentando. Yo avancé sola, ungida por mi propia blasfemia.

Si vuelves a llamarme, será tarde. Tendré la boca sellada por flores negras y los ojos llenos de vísceras. No pediré, no prometeré. Seré estatua y herida a la vez. Y cuando mires atrás, con la fe hecha astillas, comprenderás por fin que no eras tú quien me perdía, sino yo quien aprendía a quedarme.

Quedarme fue aprender el peso exacto de mi nombre. Ya no lo pronuncio: lo deposito en cuencos de sombra para que se enfríe. Tú sigues buscando señales, un hilo, la migaja de una promesa. No hay. Hay ceniza ordenada, hay disciplina en el temblor.

Cruzo el pantano sin dejar huellas. Las criaturas me saludan con su silencio aprendido y yo les devuelvo la frente intacta. He hecho del rechazo un método y de la memoria un espejo empañado. Si algo duele, es antiguo; si algo arde, es porque quiere durar.

No me reclames el gesto que te salvaba. Ahora mi misericordia es exacta como un filo. Recojo las máscaras que dejaste caer y las cuelgo a secar en la noche. No me siguen. No me pertenecen.

Al final del sendero, donde la luz vuelve a ser mortal, me detengo. No para mirar atrás, sino para cerrar los ojos y escuchar cómo el mundo se recompone sin nosotros. Entonces avanzo. No hay triunfo ni caída. Hay forma. Y en esa forma, por primera vez, descanso.

Computación cuántica en 2026

No ficción

Vamos a meternos de lleno en la computación cuántica en 2026. No hay forma elegante de decirlo: esto no es Star Trek, pero tampoco es ciencia ficción barata. Es como mirar una ciudad en obras desde lejos: hay estructuras, ruido, promesas de cafés de especialidad… y un montón de gente con cascos que te dicen que esto estará listo “en un par de años”. Basado en el panorama técnico, económico y político actual, aquí va un resumen que intenta no reescribir la Historia de la Computación Cuántica como si fuera un best-seller del verano.

Qué está pasando de verdad (no el humo de marketing)

La computación cuántica se ha movido del laboratorio —“guau, tenemos qubits”— al campo donde hay dedos rotos, facturas que pagar y objetivos de negocio que justifican inversiones gigantescas. El mercado global ya no es un hobby de genios con bata blanca: la industria y los gobiernos están apostando billones a que esto cuente de verdad en la próxima década, gracias a avances en estabilidad de qubits, error correction y arquitectura de chips.

Hardware

Los cacharros cuánticos ya no son sólo prototipos con 5 o 50 qubits que se caen a pedazos si miras mal. Hay varias líneas de desarrollo en paralelo:

  • Superconductores y trampa de iones siguen dominando, con empresas como IonQ, Google, IBM y Quantinuum empujando los límites de fidelidad de puertas cuánticas y estabilidad de qubits gracias a nuevos controles electrónicos y técnicas de error correction.
  • Escalabilidad brutal está en la agenda: recientemente se presentó una arquitectura de 10 000 qubits con cableado 3D para derrotar los cuellos de botella tradicionales.
  • Topological qubits (la tecnología que Microsoft persigue con su chip Majorana 1) todavía no ha demostrado al 100 % que sea una explosión de rendimiento práctica, pero es un enfoque prometedor para luchar contra el viejo enemigo de la cuántica real: el error.

Eso suena impresionante hasta que recuerdas que todos estos sistemas siguen necesitando criogenia extrema y entornos casi de laboratorio. No hay iQuantum 14 en casa de tus abuelos todavía.

Software y stack completo

Para no repetir la misma historia de siempre (hardware hardware hardware), hay un cambio clave que los insiders están señalando: ya no se trata solo de construir qubits, sino de que todo el ecosistema funcione de verdad. Eso incluye controladores, compiladores cuánticos, simuladores y middleware que puedan hacer que una empresa de verdad use sistemas cuánticos con sentido.

Las plataformas en la nube (AWS, Azure, Google Cloud, OVH) ya ofrecen acceso cuántico como servicio (QaaS), lo cual es un paso enorme: significa que una startup puede probar su algoritmo en hardware de verdad sin comprar una nevera cuántica entera.

Seguridad y aplicaciones

La gran ironía aquí es que la computación cuántica es tanto una esperanza como una amenaza:

  • Ciberseguridad: la llegada de sistemas capaces de romper cifrados clásicos obliga a adoptar criptografía post-cuántica ahora mismo, no cuando las máquinas cuánticas “lleguen”.
  • Aplicaciones reales: hay pruebas de concepto donde ciertos problemas específicos (simulación molecular, optimización combinatoria) son más eficientes en cuántico que en clásico, pero no estamos hablando de reemplazar Google Maps por completo.

El argumento difícil de ignorar: ¿cuándo será útil de verdad?

Aquí es donde todos bajan un poco el tono épico de la charla de presentación. La mayoría de análisis técnicos y financieros coinciden más o menos en esto:

  • Estamos más cerca que hace 5 años, sí.
  • Pero la ventaja cuántica práctica para soluciones masivas todavía parece a años, no meses (probablemente década+).
  • El mercado todavía está creciendo desde una base pequeña, con expectativas de varios miles de millones de dólares en ingresos en 2030 y potenciales decenas de miles de millones para 2040.

Así que si esperabas que tu smartphone cuántico llegue antes de que tú mismo envejezcas, relax.

Aquí viene la parte política y económica (porque claro)

La guerra por el liderazgo tecnológico está en pleno auge:

  • Estados Unidos, China, Europa y ahora también India están lanzando programas nacionales y fondos enormes para no quedarse atrás.
  • Corporaciones gigantes como Microsoft y IBM invierten cientos de millones o más en infraestructura de laboratorio y talento.
  • Startups y consolidaciones (adquisiciones por cientos de millones) muestran que el sector ya no es exclusivamente académico.

Todo eso se traduce en dos realidades: mucho hype de marketing, y al mismo tiempo movimientos serios con miles de millones de euros en juego.

Resumen brutal (sin villancicos)

Aspecto Estado ahora Qué esperar
Hardware Prototipos avanzados Escalamiento hacia miles de qubits sigue siendo difícil
Software e integraciones Creciendo rápido Mejora continua, pero aún inmadura
Aplicaciones reales Casos puntuales Potencial enorme a largo plazo
Mercado & inversión Miles de millones en juego Crecimiento fuerte pero incierto
Impacto en seguridad Ya relevante Post-cuántica urgente

Conclusión honesta (no empaquetada)

La computación cuántica hoy es tecnología radical y prometedora, pero todavía muy temprana. Vamos camino a algo grande, sí, pero no esperarás un “iPhone cuántico” mañana. Empresas y gobiernos están apostando a que esto cambie industrias enteras (ciencia, química, finanzas, logística y seguridad), y tienen razones técnicas y económicas para hacerlo. El reto real no es tanto si va a transformar el mundo, sino cuándo y cuánto del cuento de hadas tecnológico se concreta en algo más que gráficos espectaculares en presentaciones de PowerPoint.

Listo. Ni magia ni desilusión completa — solo el estado actual de algo que todavía está cocinándose a fuego lento pero con mucho billete metido en la olla.