Cuaderno Estacional de Haikus

Poesía

🌸 Primavera

Estambres de fuego

Bajo ciruelos,
se enciende en los estambres
un mar de abejas.

Renacer

Bajo ciruelos,
el aire lleva aromas
de antiguos sueños.

Flores y vuelo

Entre cerezos,
las sombras se disuelven
con los gorriones.

Charcos de cielo

Charcos de lluvia,
en el agua danzan
cielos rosados.

Viento y aurora

Viento en el pino,
se encienden en la hierba
gotas de aurora.

Trémula orilla

Cruza la garza,
al filo del crepúsculo
tiembla la orilla.

 

☀️ Verano

Pausa en la noche

Noche sin viento,
cantan grillos de plata
bajo la grama.

La lagartija

Sol en la roca,
salta la lagartija
como una chispa.

Tejedoras de sombras

Noche serena,
las cigarras tejen hilos
de fuego y sombra.

El canto ardiente

Sol en la arena,
la cigarra resuena
como un incendio.

Juegos de espuma

Olas que rompen,
en la orilla los niños
construyen mundos.

Tarde serena

Al caer la tarde,
la brisa de la higuera
alivia el fuego.

 

🍂 Otoño

El ciervo y la luna

Montes dorados,
el ciervo se detiene
bajo la luna.

Hojas en polvo

Cruje la senda,
mil hojas se disuelven
en polvo rojo.

Silencio de campos

Viento del norte,
la cosecha se duerme
junto a los campos.

Velado camino

Cruje la senda,
las nuevas hojas cubren
huellas antiguas.

Lluvia dorada

Sombras de pinos,
el río se ilumina
con polvo estelar.

 

❄️ Invierno

Escarcha y luna

Cruje la escarcha,
sobre campos dormidos
tiembla la luna.

Joyero de luna

Blanco silencio,
el río bajo el hielo
guarda la luna.

Rama y gorrión

Sobre la rama,
la nieve se acurruca
como un gorrión.

Niebla y silencio

Cruza la niebla
cual perro solitario
junto al establo.

Alba ceniza

Nieve callada,
la montaña respira
luz de ceniza.

Neblina y sauces

Cae la neblina,
los sauces se doblegan
sobre el arroyo.

Bella durmiente

Ficción

He temido que se presente en mi casa. Siempre lo había evitado. No se como ha podido ocurrir pero el hecho es ineludible ya. Ha venido el Enano con toda su rabia y su mal genio. El Envolvimiento -que tan cuidadosamente preparé- ha caído y la Bella durmiente ha despertado. Cada vez que se produce una Liberación de la doncella me pasa lo mismo: Me desplomo tendido como una Montaña a la que le han arrancado su secreto.

No hay temblor que se compare al que me recorre ahora, ni viento más frío que el que me sopla desde sus ojos abiertos. La Bella durmiente no se ha despertado para besar al príncipe. No. Ha despertado con la mirada de quien ha visto todo mientras dormía. Y yo, que me creía su guardián, su cuidadoso tejedor de sueños, soy ahora su prisionero.

El Enano no dice nada. Camina entre los muebles de mi casa como si los conociera, gruñendo apenas, rascando las paredes con sus uñas amarillas. Cada paso suyo es una fisura nueva en mis muros. No puedo mirarlo mucho tiempo, me encojo. Él es mi error más antiguo, el que enterré bajo capas de silencio y de símbolos cuidadosamente ordenados. Pero ahora ha vuelto.

La Bella me mira, y no hay ternura. Ha recordado el hechizo, el encierro, el tiempo robado. En su silencio hay juicio, y también fuego. Lo sé porque comienza a hablar, y cada palabra suya es como una llama que lame las vigas de este refugio que construí a fuerza de negaciones.

—Tú sabías lo que hacías.

Y no puedo negarlo. Lo sabía. Lo hice. Para protegerla, me repetía. Pero también para protegerme de ella. Porque su libertad era mi caos.

Entonces, el Enano ríe. Esa risa diminuta y terrible, como el crujir de un hueso viejo. Y en ese momento comprendo que no ha venido a destruirme: ha venido a presenciar mi ruina.

La Bella no llora. Se levanta. Camina hacia la puerta. Su sombra se alarga sobre mí, desdibujándome. Yo no me muevo. No puedo. Me quedo allí, tendido como la Montaña que ha sido despojada no solo de su secreto, sino también de su silencio.

Y cuando se va, todo se llena de un sonido que ya no reconozco: el del mundo comenzando de nuevo sin mí.

…El Enano permanece. Se sienta donde solía leer, junto al fuego que ya no arde.
—¿Contento, Prometeo? —dice, escupiendo la palabra como si le quemara—. Robaste el fuego, sí… pero no pensaste en lo que vendría cuando los dioses despertaran.

Mi cuerpo sigue sin responder, como si fuera Gregorio Samsa después de que lo han descubierto, despojado ya de cualquier humanidad que pudiera fingir. Me doy cuenta, demasiado tarde, de que el castigo no es la metamorfosis, sino el reconocimiento de la culpa en el espejo de quienes te miran.

La Bella, antes de salir, dejó un rastro. No un zapatito de cristal —esa dulzura de cuento ya no existe aquí— sino algo más crudo: una hebra de su cabello atrapada en la puerta, como la madeja que Ariadna ofreció a Teseo. Pero esta vez no es para que yo salga del laberinto. Es para recordarme que estoy en él, y que ella ha salido.

El Enano hojea mi ejemplar de Fausto, el viejo, el subrayado.
—¿Te acuerdas cuando creíste que podías pactar sin pagar precio? Que la doncella sería tuya, el conocimiento sería tuyo, la vida toda tuya. Te vendiste barato, amigo. Muy barato.

No respondo. Solo escucho. El Enano huele a caverna, a páginas húmedas, a pasillos sin salida.

—Ella no era tuya —dice, como quien clava la última estaca en el corazón de un vampiro—. Nunca lo fue. Ni tú eras el sabio. Eras solo el guardián de un sueño que no te pertenecía. Como el Capitán Nemo escondido en su Nautilus, creíste que podías flotar eternamente bajo las aguas sin que el mundo reclamara lo suyo.

Las palabras caen como piedras. Todo lo que he leído, todo lo que amé en los libros —el romanticismo de Werther, la contención de Kafka, la furia sorda de Raskólnikov, el tiempo suspendido de Macondo— me pesa ahora como una culpa compartida. Como si los personajes mismos me señalaran, acusándome de haberlos usado como refugio.

Y mientras el Enano se ríe, y el eco me devuelve la carcajada multiplicada, solo me queda una certeza: esta historia ya no me pertenece. La Bella ha despertado. El ciclo ha cambiado. El mito ha sido reescrito.

Y yo… yo soy solo el narrador caído. El Prospero sin isla.
El que no supo soltar el libro a tiempo.

…Y entonces, algo cambia.

El Enano calla. De pronto. Cierra el Fausto con un chasquido seco, como si con ello sellara un conjuro. Me mira. No con burla esta vez, sino con algo peor: una paciencia antigua, ritual.

—¿Sabes qué día es hoy? —pregunta con voz baja.

No respondo. Siento el pulso en mis sienes, sordo, irregular, como si el corazón hubiese empezado a latir bajo tierra. El aire se espesa. Todo huele a polvo viejo, a sótano cerrado, a páginas nunca leídas.

—Hoy es el día —dice el Enano, levantándose— en que se abren las puertas que no debieron construirse.

Camina hacia la estantería del fondo. Aquella que nunca toco. Donde guardo los libros que llegaron sin remitente, sin título, sin fecha. Libros que encontré una noche en mi puerta, envueltos en cuerda roja. Jamás los abrí. Los sentía… temblar.

—Ella los abrió —susurra el Enano mientras acaricia el lomo de uno—. Por eso ha despertado. Por eso el sueño ya no es seguro.

Un crujido. Muy leve. Viene del techo. No… más allá del techo. Como si algo se moviese en el entretecho, deslizándose, esperando. Me incorporo apenas, un temblor involuntario me sacude los dedos. No reconozco mi cuerpo.

El Enano sonríe sin dientes.
—¿Creíste que bastaba con encerrar a la Bella? ¿Que el Envolvimiento era perfecto? Te olvidaste del Tercer Nombre.

Mi sangre se hiela.
Nadie debería saber eso.
El Tercer Nombre.
Lo que ni los libros nombraron. Lo que escribí una vez y luego destruí.

—Ella lo pronunció —dice—. Justo antes de cruzar el umbral.

La habitación tiembla ligeramente. Apenas un susurro de movimiento, pero lo suficiente para que los marcos de los cuadros crujan. La casa ya no me pertenece. Es un umbral.

El Enano avanza hacia mí. Ya no cojea.
—Vendrán por ti. Como vinieron por todos los que encerraron algo que debía correr libre.

Abre uno de los libros sin título. Las páginas no están en blanco, como siempre creí. No. Están escritas en una caligrafía temblorosa y constante, como copiada por alguien en trance. Y al mirar la tinta, me doy cuenta: no es tinta.

Mi reflejo no está en el vidrio de la ventana. Solo el de ella. La Bella. Afuera, bajo la lluvia. Inmóvil. Esperando.

No llama. No se mueve.
Solo está.

Y detrás de ella, algo más se insinúa entre sombras.
Altísimo.
Curvado.
Como si la pesadilla también hubiese despertado.

Y entonces entiendo que no era un cuento.
Era un sello.
Un encantamiento sellado con palabras, sí…
Pero también con sangre.
Y se ha roto.

…El Enano cierra el libro de golpe. La habitación exhala un suspiro largo, como si hubiese estado conteniendo el aliento durante siglos. Yo también lo había estado haciendo, sin saberlo.

—Ahora viene el final —dice. Pero lo dice con tristeza. No con triunfo.

Fuera, la Bella sigue bajo la lluvia. No da un paso. No sonríe. No tiembla. Solo observa, con la misma calma con la que se contemplan las cosas que ya han sucedido. El ser que la acompaña —eso que se oculta tras ella, curvado, imponente— da un paso hacia adelante. Y entonces veo su rostro.

El mío.

Pero no el de ahora.
No este rostro pálido, consumido.
Es mi rostro de niño. Inocente. Antes de los libros, antes de los sellos, antes del Encierro.

—¿Lo entiendes ahora? —pregunta el Enano, muy cerca de mí. Su voz ya no suena grotesca. Tiene un tono suave, casi humano. Casi mío.

Y entonces, por primera vez, lo miro bien.

El Enano no es un intruso. No un demonio. No una maldición.
Es una parte que arranqué de mí para poder sostener el Hechizo. La parte que sabía dudar. Que sabía tener miedo. Que gritaba cuando la Bella fue encerrada. Que se negó.
Lo transformé en él.
Y lo exilié.

—Ella nunca fue la prisionera —dice el Enano con una voz que se deshace como humo—. Tú lo fuiste.

Y entonces comprendo.

Yo dormía.
Desde el primer momento.
Todo esto era el Sueño. El Encierro era mío.

La Bella no ha despertado.
Ella me ha despertado a mí.

Un temblor sacude la casa. Las paredes no se derrumban: se disuelven. Los libros se desintegran, palabra por palabra, línea por línea. La caligrafía de los tomos sin título se evapora como niebla.

Y al mirar otra vez por la ventana ya no hay lluvia. Ni casa.
Solo un campo abierto. Una llanura inmensa bajo un cielo sin tiempo.

Ella está allí. Esperándome.

El niño también.
Yo.

Y el Enano… ha desaparecido.

Me pongo de pie por fin.
El cuerpo me responde como si acabara de nacer.
Doy un paso. Luego otro.

Y mientras camino hacia ellos, sé que no hay redención.
Pero sí algo más hondo. Más limpio.
Un regreso.

A lo que fui.
A lo que perdí para protegerme del mundo.

Y a lo que, por fin, me ha venido a despertar.

Paranoias

Ficción

Las paranoias revoloteaban en su mente como paragüayas erráticas, deformadas, cada una con su propia rotura, su propio hueco. No eran simples refugios contra tormentas pasajeras, sino más bien escudos inútiles, deshilachados, que dejaban entrar una lluvia fina e insistente de dudas y miedos.

Las veía desplegarse como un desfile absurdo en la penumbra de su conciencia: una con varillas oxidadas que se doblaban al menor soplo de viento, otra pintada con colores vibrantes pero ajada por el tiempo, y la más pequeña, de esas que caben en un bolsillo, girando sin rumbo, atrapada en un ciclón interno.

Sentía que cada paragüaya correspondía a un rincón distinto de su memoria, un eco lejano de palabras dichas o no dichas, de gestos que quizá nunca existieron más allá de su imaginación febril. Allí estaban, empapándolo con gotas de incertidumbre, chorreando significados que se le escapaban entre los dedos como agua en una grieta.

Pero había una belleza melancólica en aquel espectáculo. En medio del caos, notaba cómo la luz —esa luz extraña que solo se filtra en los momentos de introspección más hondos— acariciaba los pliegues de las telas mojadas, convirtiendo lo roto en un caleidoscopio efímero de reflejos irisados. Quizá, pensó, las paranoias no eran otra cosa que artefactos inútiles pero bellos, testigos de su fragilidad y, al mismo tiempo, de su humanidad.

Ese pensamiento lo sacudió, como si al nombrar la belleza de aquello hubiera activado un engranaje secreto en su mente. Las paranoias comenzaron a flotar con menos violencia, como si reconocieran en él una especie de complicidad. Se movían ahora con una cadencia más pausada, danzando en el aire húmedo de su imaginación, casi como si aguardaran instrucciones.

Extendió la mano hacia una de ellas, la de colores vibrantes, desgastada por los años pero aún orgullosa en su miseria. La sintió liviana, hecha de un material que no pertenecía del todo al mundo tangible, y cuando sus dedos la rozaron, el objeto pareció descomponerse en un susurro de voces apenas inteligibles. Eran retazos de conversaciones, risas lejanas, y fragmentos de silencios incómodos, todos girando en espiral hacia un centro invisible.

—¿Qué intentan decirme? —murmuró, no del todo consciente de que hablaba en voz alta.

El eco de su propia voz pareció transformar las paragüayas restantes. Una a una, comenzaron a desplegarse con movimientos lentos, casi ceremoniales. Cada tela rota revelaba imágenes, como si fueran pantallas proyectando escenas de su vida. Allí estaba él, con cinco años, escondido bajo la mesa de la cocina mientras sus padres discutían sobre algo que ya no recordaba. Luego, con doce, viendo llover desde la ventana del colegio, convencido de que la tormenta le hablaba en un idioma que nunca llegó a descifrar. Y más adelante, con veinte, en un banco del parque, sosteniendo una carta que nunca entregó, mientras el cielo se desplomaba sobre su espalda.

La conexión entre esas imágenes y las paranoias se le escapaba, pero había un patrón que se insinuaba en los pliegues de la tela. Un lenguaje velado, un código que tal vez siempre había estado allí, esperando a que él lo notara. Las gotas que antes caían sobre él sin piedad parecían ahora componerse en figuras, trazando rutas, dibujando mapas de significados.

Se inclinó hacia adelante, hipnotizado por el vaivén de las sombras y reflejos, como si en cualquier momento fuera a alcanzar la clave. Pero entonces una ráfaga de viento imaginario barrió las paragüayas y las hizo desaparecer. Todo quedó en silencio, salvo por el eco de sus propios pensamientos, que ahora parecían menos fragmentados, menos hostiles.

Quizá —pensó— las paranoias no eran enemigas, sino mensajeras torpes, portadoras de verdades que solo podían revelarse entre líneas. O, tal vez, no tenían ningún mensaje, y su única razón de existir era recordarle que el caos, a veces, es solo otra forma de belleza.

PASO LA NOCHE

Ficción

Paso la noche, muerto de miedo y condenado, entre los monstruos de mis sueños: el entrañable, el autor, el follacabras… Dormido entre fantasmas, no entre mis sábanas, pido la tregua y fumo mi camello. Hasta el humo se vuelve espantoso horizonte de agujeritos negros. Por las rendijas de puertas y ventanas, gotas de viento cruzan sin saludar a nadie. Mariposas se creen mis orejas que, de mosquitos llenas, zumban, zumban, zumban… Y acosado por la devoración triforme de estos fénix sin nombre, cuyo prepucio grana busca la media naranja del moflete, mi cabeza cubro con el yelmo o celada de mi almohada.

Pasó la noche, y con ella pasé yo también: muerto de miedo y condenado, encerrado en la cárcel viscosa de mi conciencia, entre los monstruos resbaladizos de mis sueños. Me visitaban, uno a uno, como espectros con nombre y sin rostro: el entrañable, con sus manos llenas de agujas dulces; el autor, de voz atragantada por palabras sin sentido; y el follacabras, que reía con la dentadura de un carnero y la lengua de una serpiente morada.

Dormido, pero no en paz —no entre mis sábanas, que ya no eran tela sino campo de batalla—, me entregué a una tregua imposible. Pido la tregua, digo, como si hubiera alguien escuchando, y enciendo un camello. Fumo con la esperanza torpe del condenado, pero incluso el humo se transforma: no en nubes, no en caricias, sino en un espantoso horizonte de agujeritos negros, pequeños vórtices que giran y chupan y mastican la poca serenidad que me queda.

Las rendijas de las puertas y ventanas, abiertas como bocas indiferentes, dejan pasar gotas de viento helado, delgadas y agresivas como cuchillas, que cruzan sin saludar, sin rozarme siquiera, como si yo ya no existiera del todo. Las mariposas —o eso creía yo— empezaron a revolotear cerca, y fue entonces cuando entendí la trampa: no eran mariposas, eran mis propias orejas, que se creían otra cosa, llenas de mosquitos diminutos que zumban, zumban, zumban… No se callan. No me dejan. Parecen reírse del tambor de mi cráneo, convertirlo en un instrumento de tortura musical.

Y entonces, acosado por la devoración triforme de estos fénix sin nombre —bestias renacidas una y otra vez del vómito de mis terrores, con alas de ceniza y ojos como cuchillos de jade—, solo me queda un gesto: protegerme. Su prepucio grana —¿o es su lengua? ¿o es su corona?— se lanza, húmedo y febril, buscando la media naranja de mi moflete. Me cubro, por fin, la cabeza con el yelmo o celada de mi almohada, que no protege, pero al menos me aísla. Me encierro en ese cubículo de algodón desesperado, donde los gritos suenan más lejos y el miedo es apenas un eco.

Así, atrapado entre el mundo de los vivos y los reinos viscosos del delirio, sigo esperando el amanecer —aunque no sé si será peor.

Dentro del yelmo de mi almohada, el mundo se amortigua, pero no desaparece. Allí los sonidos se distorsionan como si atravesaran un lago espeso: los zumbidos se alargan, se agudizan, se convierten en voces que imitan la mía, pero con algo podrido en la garganta. Me llaman por nombres que nunca tuve y me acusan de crímenes que aún no he cometido.

Y yo, acurrucado en mi fortaleza de tela, intento no moverme. Cada movimiento es una señal para los espectros; cada respiración, un tambor de guerra que los convoca. Mis párpados tiemblan como persianas rotas y los ojos, aunque cerrados, ven demasiado.

Me llega entonces la imagen del entrañable. Ya no es dulce. Lleva un delantal de carnicero y en las manos, que antes ofrecían consuelo, ahora brilla el filo de algo que no distingo. Camina hacia mí desde el fondo de una sala que no recuerdo haber visto jamás. Las paredes están cubiertas de relojes sin manecillas. Todos marcan la misma hora: ninguna.

A su lado, el autor escribe en una máquina que sangra tinta. Sus frases se forman con la lentitud de un sacrificio. Cada tecla pulsada deja caer una pluma, y cada pluma, una sentencia. «Todo esto ya ha ocurrido», escribe. «Todo esto volverá a ocurrir». Su sonrisa es recta como un tajo, y sus ojos, dos puntos suspensivos que no terminan nunca.

Y detrás, emergiendo de una esquina imposible —como si la lógica del espacio se rindiera ante él—, el follacabras, que no camina, flota. Desnudo y solemne, con el torso tatuado de letanías ilegibles, lleva un ramo de cráneos en lugar de flores. Me los ofrece como si fueran dulces. Los dientes de los cráneos castañetean melodías que conozco desde antes de nacer.

Yo, dentro de mi celada, suspiro. El suspiro choca con el interior acolchado y se convierte en un gemido que se enrosca en mis oídos. Las sábanas, a mi alrededor, empiezan a reptar. Se deslizan como lenguas, como serpientes, como recuerdos viscosos. Me abrazan, me estrujan, me susurran. La cama es un pantano tibio y maternal que me quiere devorar de forma lenta, ritual.

Y aun así, me aferro. Me aferro a ese humo maldito que flota en el aire como una cuerda floja. A veces creo que si lo sigo, si lo huelo con suficiente fe, me sacará de aquí. Pero el humo no asciende. Se curva, se espiraliza, y dibuja sobre el techo figuras que no quiero entender.

La noche no termina. Solo cambia de cara. Y cada una es peor que la anterior.

Despierto. O algo parecido.

Una luz tibia, color moco, se filtra a través de la persiana mal cerrada. No es el sol. No puede ser el sol. Es una claridad enferma, como si la noche se hubiese vuelto traslúcida, como si la oscuridad se hubiese agotado de sí misma y estuviera empezando a pudrirse.

Mi boca sabe a filtro chamuscado. Tengo los labios pegajosos, como si me hubieran besado con alquitrán. El camello se apagó en algún momento, dejando una mancha redonda en la colcha, como un pequeño eclipse privado. Me incorporo. O mejor dicho, intento que el cuerpo me obedezca.

El yelmo —mi almohada— cae al suelo con un golpe sordo. Me quito la celada como un caballero deshecho tras la batalla. Pero no hay victoria. No hay nadie a quien mirar con orgullo. Solo el cuarto: un paisaje bombardeado por la fiebre.

Todo parece haber cambiado sutilmente. La lámpara tiene una sombra más larga de lo habitual. El reloj de la pared parpadea una hora inexistente. La alfombra está llena de pelusas que no recuerdo haber visto nunca, y sin embargo me saludan como viejas amigas. Me toco la cara: aún tengo mofletes. Ningún prepucio grana ha hecho nido en mi carne, al menos no que pueda comprobar con los dedos.

El silencio pesa. Pero no es total. A lo lejos, en la calle, se escucha un motor que duda, que tose, que se aleja. Un perro ladra con desgana. El mundo ha vuelto, pero me parece impostado, como si alguien estuviera interpretando una versión amateur de la realidad.

Voy hasta la ventana. Miro. Hay edificios. Gente. Nubes. Pero nada se siente vivo. Todo parece atrapado en una pausa. Como si el sueño se hubiese estirado, con desgana, hacia la vigilia. Como si no hubiera un despertar claro, sino una niebla espesa entre ambos lados.

Me toco el pecho. Late. Eso es algo. Me rasco el brazo. Sangro un poco. Otro indicio. Pero el olor del humo —ese humo espantoso de la tregua imposible— aún flota en el aire. Lo huelo en mis dedos, lo veo en la luz oblicua del cuarto, lo oigo, incluso, zumbando entre los restos de mosquitos que siguen insistiendo en que mi carne les pertenece.

Y aunque estoy despierto, no me fío. Porque sé —lo sé con la certeza amarga de quien ya ha caído una vez— que los monstruos no se fueron. Solo se quitaron el disfraz de sueño.
Ahora están aquí, en esta realidad flaca y desabrida. Me esperan.
Pacientes.

Con las manos detrás de la espalda.

El Bosco /3

Ficción

Voz del Investigador

No dormí anoche. Ni anteayer. Ni el día anterior. El tiempo ha dejado de ser una línea recta. Es un círculo, un reloj sin manecillas.

Desde la fábrica, desde que vi el tríptico viviente, algo se instaló detrás de mis ojos. Al principio eran solo imágenes fugaces: un hombre con cabeza de pájaro devorando su propio reflejo, una mujer con piernas de insecto que rezaba en silencio… Pero ahora ya no son solo imágenes. Son voces.

Bosco me dijo, justo antes de desaparecer:
—No me busque. Mírela a ella.

Y desde entonces la veo en todas partes. En los charcos de lluvia, en las grietas del techo, en el reflejo de los cristales. Siempre sonriendo. Siempre esperando.

Hoy en mi despacho, mientras repasaba los informes policiales, vi que las palabras de las actas se transformaban. Ya no decían “víctima”, “sospechoso”, “evidencia”. Decían:

Panel izquierdo. Panel central. Panel derecho.

Y entendí que yo también estoy dentro del cuadro.

Voz del Testigo (antes de desaparecer)

Me duele… pero no de forma física. Es como si me estuvieran borrando poco a poco. Ya no siento mis manos, ni mis pies. Solo queda mi rostro, y ni siquiera estoy seguro de que siga siendo mío.

Bosco me prometió que cuando terminara, vería lo que hay detrás del velo. Y tenía razón. Ahora veo lo que los demás no pueden: somos pinceladas de algo que no entendemos.

Dile al inspector… que no intente luchar. Dile que acepte. Porque ella ya lo ha elegido.

Voz del Asesino (Bosco)

No necesito quedarme. Él, el inspector, ya está preparado.

La Primogénita lo reclama. Lo vi en sus ojos cuando me encontró en la fábrica: esa mezcla de horror y fascinación, ese temblor que no es solo miedo. Él ya escuchó la música. Él ya sintió el vértigo.

Pronto será él quien continúe el tríptico. Porque así es como funciona. Siempre hay un testigo. Siempre hay un ejecutor. Siempre hay un heredero.

Yo solo fui un intermediario. Ahora es su turno.

Voz del Investigador

Anoche soñé con El Jardín de las Delicias. Caminaba por él, pero no como espectador: yo estaba dentro del cuadro. En el paraíso inicial, veía cuerpos desnudos y luminosos, pero al tocarlos se disolvían como ceniza. Luego crucé al panel central: allí todo era exceso, un desenfreno de carne y hierro, como si las criaturas de Milton hubieran decidido construir su propio reino.

Finalmente llegué al infierno. Y allí estaba ella.

Era inmensa. Más grande que cualquier forma humana. Tenía un nimbo, pero no era luz: era un halo de polvo y gusanos verdes. Me miró. Sonrió. Y dijo:

—Ahora tú pintarás.

Me desperté con las manos manchadas. No de sangre. De pigmento. Rojo oscuro, casi negro.

No recuerdo haber tomado un pincel. Y sin embargo… ya empecé.

Voz del Investigador (más tarde)

He empezado a ver patrones en el pueblo. En las calles, en las casas, en los rostros de la gente. Todo tiene forma de alas, de espirales, de círculos que se repiten. Y cuando cierro los ojos… veo el espacio detrás del espacio, como un segundo lienzo que late bajo la realidad.

Comprendo ahora lo que Bosco quiso decir. No era un asesino. No del todo. Era un instrumento.

Y yo… también lo seré.

Esta tarde llevé el primer cuerpo a la vieja fábrica. No lo maté yo, al menos no conscientemente. Simplemente ocurrió. Como si mis manos ya no me pertenecieran. Lo dispuse en el ala izquierda. Su carne brilla como un barniz fresco.

Pronto completaré el panel derecho.

Voz del Asesino (Bosco, en algún lugar desconocido)

Lo supe desde el principio. León Maraver no vino para atraparme. Vino para sucederme.

Ella lo eligió. Y yo obedecí.

Ahora él ve lo que yo vi. Ahora él la escucha. Y cuando termine su tríptico, otro vendrá. Y otro. Y otro. Porque la obra nunca termina. Es infinita. Como el Infierno de Dante, como el universo de Milton, como los cuadros de El Bosco donde no hay principio ni final, solo un ciclo eterno.

La Primogénita sonríe. El cuadro sigue creciendo.

Voz del Investigador

No soy León Maraver. Ya no.

Soy Bosco.


Nadie volvió a ver al inspector León Maraver.
La vieja fábrica fue sellada, aunque los vecinos dicen que por las noches aún se escucha una música suave, como un arpa que toca sola, desafinada, hecha de algo que no debería resonar.

Algunos aseguran que en la plaza apareció un nuevo objeto: un espejo ovalado, con un nimbo invertido grabado en el marco. Quien se atreve a mirarlo demasiado tiempo dice ver otra ciudad detrás del reflejo, una ciudad llena de criaturas que caminan como hombres pero sonríen como bestias.

Se rumorea que antes de desaparecer, Maraver dejó escrito un último informe. No era un acta oficial. Era solo una frase, garabateada con tinta oscura:

No hay asesinos. No hay víctimas. Solo hay pinceladas.

Nadie sabe qué pasó con el testigo. Nadie sabe si Bosco murió, o si sigue vivo en otra parte. Pero de vez en cuando, en los muros de las casas abandonadas, aparece un nuevo símbolo: una rana, una esfera, una fuente, un nimbo, un arpa. Siempre cinco. Siempre en orden.

Y en el horizonte, al atardecer, se ven sombras que no son de este mundo. Sombras que se alargan y se contraen, como si pintaran algo que no podemos entender.

Quizá todo termine algún día.
O quizá no.

Porque los cuadros de El Bosco nunca tuvieron un principio claro ni un final verdadero. Solo un ciclo.

Y ella, la Primogénita, sigue sonriendo.

Estas son mis recompensas…

Ficción

En el cristal verdoso del aguardiente y la absenta se disuelven mis penas, mi fée verte, mi hada impasible, cruel y maternal. Allí donde el aliento se turba y el juicio se confunde con el delirio, encuentro consuelo, o al menos la suspensión de mi tormento. No pido ya redención, sino sólo que mi pintura, mi trazo, mi línea, no se vea jamás ahogada en esa neblina amarga que vela las visiones.

He amado el vértigo de las noches bañadas en verde, como lo hizo Verlaine, como lo hizo Rimbaud, danzando con la muerte en los cafés del Barrio Latino, entre risas huecas y ecos de un spleen sin patria. No estamos solos, yo y mis sombras… También ellas, las de las carnes trémulas y las cinturas ceñidas por fajas de encaje, esas tamborileras febriles que sudan una danza sin esperanza, se pierden en el mismo abismo alcohólico que amenaza con tragarnos a todos.

¡Oh leyes secas, hipócritas y adustas, tan dignas como absurdas! Aún si quedaran vigentes en algún rincón estéril de esta tierra castigada, yo pagaría mi condena con tinta y lágrimas, sobre el espectro insomne de mi pluma. Volvería a sumergirme en el abismo para pintar, una vez más, a las mujeres de mis visiones —no modelos, sino apariciones— como las de Gustav Klimt, hechas de oro, deseo y muerte; como las de Schiele, quebradas y reveladas en su descomposición misma.

No caminamos por un sendero de deleite. No somos huéspedes de salones resplandecientes ni de templos del alma burguesa, recubierta de esmeraldas y buenas intenciones. Lo nuestro es la intemperie, el cuarto húmedo de la buhardilla, la lámpara que parpadea como el juicio al borde de la locura.

Los silencios han regresado, pesados, húmedos, como el cuervo de Poe o los ecos del diluvio, cuando Noé encontró no paz, sino un mundo irrecuperable. Amar cuesta; ya no hay amores en el varadero celestial, solo larvas que roen la memoria de la deidad extraviada, y el susurro de que fuimos tocados alguna vez por la luz —pero también maldecidos por ella.

¿Es que nadie más siente esta necesidad fatal? ¿Este hambre por lo sublime que destruye? ¿Esta sed que sólo se apaga en el exilio de la razón?

En el estómago del aguardiente, donde se fermenta la náusea de los días, se me derriten las penas, mi hada verde. Ya no luz, ni musa, ni revelación; tú eres mi obstetra y mi verdugo. Allí me abismé como Vallejo en París con aguacero, sin esperar a que las campanas repiquen el dolor del domingo —porque en mí todos los días se dan a la tristeza como un perro que lame su herida.

Mi deseo es claro: que mi pintura, mi lengua visual, mi enfermedad de color, no pruebe jamás esa neblina que enturbia la visión y no la eleva. Quiero salvar mi línea del letargo, como Vallejo quiso salvar su idioma del idioma.
Pero no puedo.
No soy sino un muñón de fe, un cuerpo que se articula entre la embriaguez y la culpa.

No estamos solos —yo y mis penas—. Aquellas entibiadas, las mujeres de humo y tambor, también caen, también beben de la copa envenenada del olvido. Las he visto: sudorosas, sin patria ni promesa, con el gesto torcido como versos escritos con fiebre. Ellas son como los hombres que Vallejo vio llorar sin saber por qué —las lágrimas caen también en sus danzas, como tambor que suena pero no dice.

Si aún resisten en algún rincón de este planeta esas leyes secas, de barniz cívico y entrañas puritanas, que espantan al campesino y me fastidian a mí, pagaría el precio —sí—, pero no en moneda de ley, sino con las sílabas rotas de mi lengua poética. Y dibujaría otra vez —como un médium enfermo— aquellas mujeres salidas de mis alucinaciones: brujas, náyades, muchachas sin carne, como las mujeres imposibles que Vallejo esculpía con palabras que sangran («la mujer que no tuve me espera todos los días»).

No vamos por un camino deleitable. No, no, hermano. No nos hospedamos en palacios de alma forrada con esmeraldas. No somos modernos. Ni somos antiguos. Somos únicamente los mutilados del espíritu, arrastrando la maleta rota del alma por un mundo que ya no quiere hospedarnos. Y en este albergue sin Dios ni destino, el silencio se ha instalado. Los silencios han vuelto como el diluvio, pero sin arca ni alianza.

Amar cuesta —decía él—, y yo lo suscribo con los dientes. Ya no hay amores en el varadero celestial, sólo estas larvas que impiden el olvido de la deidad perdida. Porque sí, hubo una vez una deidad, y la perdimos —en una esquina, en una frase mal dicha, en una copa de absenta mal medida. La divinidad era un temblor de niño en las costillas, y ahora sólo quedan gusanos en el tálamo de lo que fue alma.

¿Es que nadie más necesita este temblor? ¿Esta fiebre sin diagnóstico que lleva a escribir, a beber, a pintar contra el muro? ¿Nadie más se deshace por dentro, como Vallejo en sus sílabas doloridas, por una verdad que se escapa como el vapor de la absenta en el vaso?

Esta es mi recompensa: la amarga eternidad de los que amaron demasiado y supieron poco, pero aún así escribieron… Y bebieron.

El Bosco /2

Ficción

INSPECTOR (OFF)

Lo encontré en las afueras del pueblo, en la vieja fábrica de catequesis que todos decían abandonada. Había rastros de arrastre en la hierba húmeda. Y, en las paredes, pintados con hollín y sangre, aparecían símbolos que no reconocí… hasta que los comparé con los grabados del Infierno de El Bosco.

No eran simples garabatos. Eran fragmentos exactos: el hombre-árbol del Jardín de las Delicias, los rostros deformes del infierno musical, las aves con coronas que devoraban cuerpos humanos. Todo estaba allí, como si alguien hubiera arrancado esas criaturas del lienzo y las hubiera colocado en las paredes.

Avancé con la linterna temblando. Y entonces lo vi.

TESTIGO (OFF)

Estoy colgado. Atado con sogas que huelen a humedad. No sé si estoy despierto o soñando. Frente a mí hay tres paneles de madera, como los de un tríptico. Bosco los está pintando, pero no con pinceles. Con sangre. Con pedazos de cosas que no quiero reconocer.

—Es el último paso —me dice, con voz suave, casi cariñosa—. Tú eres el centro del panel. Sin ti, no hay cuadro.

En el panel izquierdo ha pintado un paraíso corrupto, lleno de hombres desnudos con rostros de animales. Me recuerda a las visiones que describía Dante al entrar en los círculos del Infierno, pero aquí no hay jerarquía, no hay castigo… solo una fiesta enferma.

En el derecho, un infierno mecánico, con máquinas de tortura hechas de huesos y relojes sin manecillas. Me hace pensar en las visiones de Milton, pero más caóticas, como si la caída no tuviera fin.

Y en el panel central… estoy yo. Bosco me está pintando a mí. Pero no es mi cuerpo lo que aparece, sino mi rostro deshecho, mi carne convertida en polvo verde. Y detrás de mí, ella, la mujer de sombras, me sostiene como si fuera un niño.

Quiero gritar. No puedo. Mi voz está atrapada.

BOSCO (OFF)

Todo está dispuesto.

El tríptico debe ser viviente, no solo pintado. Por eso el testigo está suspendido en el centro, justo delante de su propio retrato. Pronto será él mismo y su reflejo, como en las visiones de El Bosco, donde las criaturas se devoran y se duplican en un eterno regreso.

En el ala izquierda, he colocado a las ranas que croan dentro de relojes rotos. En el ala derecha, el arpa hecha de tendones sigue sonando con cada gota de sangre que cae. Y en el centro, cuando su respiración se detenga, abriré su pecho. Dejaré al descubierto su corazón como si fuera una esfera de cristal, y entonces ella entrará.

Ya la siento cerca. Su nimbo se dibuja en las paredes.

INSPECTOR (OFF)

Entré en la nave principal de la fábrica. Mi linterna iluminó algo que nunca debería haber existido.

Era… un altar, pero no como los de las iglesias. Era un altar de carne y madera, cubierto de restos de cuadros, de páginas arrancadas de libros antiguos. Vi citas de La Divina Comedia, escritas en sangre:

Abandonad toda esperanza, vosotros que entráis.

Y junto a ellas, fragmentos de El Paraíso Perdido:

Es mejor reinar en el infierno que servir en el cielo.

En el centro estaba él. El testigo. Vivo. Atado. Y detrás… un hombre con un rostro tranquilo, casi amable. Bosco.

—Sabía que vendría —me dijo sin mirarme—. Usted también forma parte del cuadro.

Vi los paneles. Vi el infierno que estaba creando. Y por un segundo, creí entenderlo. Creí ver algo detrás de todo eso, algo más grande que nosotros.

Y entonces la vi a ella. La mujer de sombras.

Estaba de pie, justo detrás de Bosco. Me miraba. Sonreía.

TESTIGO (OFF)

La oigo. Está aquí. Ella ha llegado.

Bosco me toca la frente. Y cuando lo hace, todo cambia. Ya no hay paredes. No hay fábrica. Solo un espacio infinito, lleno de figuras flotantes, mitad humanas, mitad bestias, como en los cuadros de El Bosco. Y en el centro, ella, inmensa, hecha de polvo y verde.

Me dice, sin hablar:

—Mira lo que siempre estuvo oculto.

Y entonces lo entiendo todo.

No hay escape.

BOSCO (OFF)

El inspector ya ha visto su rostro. Ahora también está marcado. Pronto lo oirá en sueños. Pronto sabrá que no soy yo quien elige. Ella elige.

El tríptico está completo. Pero no es el final. Es solo la primera tabla de una obra mayor.

Pronto habrá más.

El Bosco

Ficción

ASESINO (OFF)

Ha entrado la policía en mi apartamento. Lo dejaron todo patas arriba, esos imbéciles no tienen ningún sentido del orden. Revuelven los cajones, hurgan en los armarios, tocan mis libros con guantes que huelen a sudor y miedo. Y aún así, jamás descubrirán a un asesino tan ordenado como yo.

No comprenden que todos los detalles son importantes, incluso los que parecen triviales. Cada línea que trazo, cada objeto que muevo, cada mota de polvo que dejo caer tiene un significado. Ninguno de ellos sabrá interpretarlo, porque no han visto lo que yo he visto. Ellos creen que esto es solo un crimen. No entienden que es un rito, un lento despertar.

Les dejaré otra pista. No podrán evitar recogerla y preguntarse qué significa. Arpa. Esfera. Fuente. Nimbo. Rana. Esas cinco palabras sellan la próxima escena. Son como las notas de una melodía antigua, como los pasos de una danza que nadie recuerda. No importa si ahora os suenan inocentes; pronto sabréis que son más que simples símbolos.

Mientras ellos destrozan mi apartamento, yo escribo aquí, en este cuaderno forrado con cuero tan viejo como los olmos de los sotos. Desde mi ventana aún puedo ver la vieja fábrica de catequesis. Nadie se atreve a acercarse de noche, pero yo sí. Porque allí empezó todo. Allí hallé el tratado, el libro sin título que me reveló el verdadero orden de las cosas.

Lo recuerdo como si fuera ayer. Entré buscando refugio de la lluvia, y el suelo estaba cubierto de una hierba meadero que olía a óxido y a orugas aplastadas. Las sombras parecían correrse por las paredes como si estuvieran vivas, y en el centro de la nave principal había un bajel pintado sobre el polvo. Me acerqué, y el polvo se levantó como un velo… dejando ver una inscripción grabada en la piedra. No olvidaré nunca esas palabras:

“Veinte lunas pasarán. El que rebela su voz será juzgado. El que la invoque, volverá deshonrado. Los que huyan serán perseguidos. Los que queden… despertarán.”

Ahí empezó el vértigo. Ahí supe que no podía ser como los demás.

Porque yo ya había sentido su voz. La Primogénita. Ella me habló en sueños, susurrando como un amante que promete piedad pero solo trae espantos. Me dijo que el mundo está podrido, lleno de parásitos disfrazados de hombres, criaturas tullidas de espíritu. Me enseñó que el tiempo no es más que un reloj sin sentido, marcando una existencia vacía.

Desde entonces, no mato por matar. Cada cuerpo que dejo es un mensaje. Cada escena es una estampa que forma parte del gran mosaico. He visto sus rostros al morir: primero confusión, luego vértigo, y finalmente… comprensión. Porque en el instante final, ellos también escuchan su voz.

La policía jamás entenderá. Creen que persiguen a un maniático. No saben que solo estoy preparando el camino. La tierra inmensa que los sostiene será pronto su tumba. Los gusanos –mis pequeños mensajeros– ya aguardan bajo los sotos, listos para ascender.

Esta noche dejaré la primera pista verdadera. No será un cadáver. No esta vez. Será algo más sutil: Un arpa rota en el centro de la vieja plaza. Una esfera de cristal enterrada en la fuente del mercado. Un nimbo pintado en sangre sobre el campanario. Y por último, una rana viva, atrapada dentro de un reloj sin manecillas.

Quien logre verlos todos en el orden correcto… verá el rostro de ella.

Me pregunto si alguno tendrá el valor.

Mañana volveré a la fábrica. Ella me espera allí. Y cuando la vea de nuevo, sabré cuál es el siguiente paso.

Porque todo esto –los asesinatos, las pistas, la música muda del terror– no es mío. Es suyo. Yo solo obedezco.

Dejé el arpa donde debía estar: rota, pero afinada en su silencio. La apoyé contra la pared húmeda de la plaza, justo bajo el campanario. Nadie notará de inmediato que sus cuerdas forman un pentagrama invertido. Nadie verá que las notas muertas son un conjuro para abrir grietas en la realidad.

Luego fui a la fuente. Allí sumergí la esfera de cristal. Ahora descansa en el fondo, esperando que alguien tenga el valor de sacar el agua turbia y mirar dentro. Verán algo, sí… pero no será su reflejo.

Por último, la rana. Me costó encontrar una viva, lo confieso. La coloqué dentro de un reloj sin manecillas, en la sacristía de la iglesia. Alguien la escuchará croar cuando todo esté en silencio. Y entonces sabrá que el tiempo ya no existe.

Mientras tanto, la policía da vueltas como moscas. Hoy revolvieron mi apartamento de nuevo. No entienden nada. Pero pronto alguien lo hará. Ella quiere que alguien más despierte.

TESTIGO (OFF)

No pude dormir anoche. Desde mi ventana, veo el campanario de la plaza, siempre negro contra la luna. Escuché un ruido extraño, como un rasgueo de arpa… pero sé que allí no hay músicos desde hace años. Bajé, temblando.

La plaza estaba vacía, pero había un olor a tierra húmeda y a algo más… algo agrio, como insectos aplastados. Me acerqué a la fuente y vi algo brillar en el fondo. No quise tocarlo. Mi abuela siempre decía que en este pueblo hay cosas que no deben tocarse.

Entonces lo vi. Una rana dentro de un reloj, detrás de la puerta abierta de la sacristía. No sé cuánto tiempo estuve mirándola. Se movía, viva, pero su croar sonaba apagado, como si viniera de muy lejos.

Sentí vértigo. Un mareo, como si la plaza girara a mi alrededor. Me apoyé en el borde de la fuente y vi, por un segundo, algo que no estaba allí. Una mujer. Una mujer hecha de sombra y polvo verde, que me miraba sin ojos.

Corrí a casa. Cerré las puertas. Y aún así, sé que no estoy a salvo. Porque mientras intentaba dormir, escuché una voz. Muy suave. Muy cerca.

ASESINO (OFF)

Todo va según el plan. El testigo ya la ha visto. Siempre hay uno que no puede resistirse a mirar demasiado tiempo. Ahora él escuchará su voz en sueños, y al final vendrá a mí.

No saben que esta historia no es lineal. No avanza hacia adelante; da vueltas, como un reloj roto. Todo ya ocurrió y volverá a ocurrir.

Pronto la policía encontrará el arpa. Pensarán que es un simple símbolo de un loco. No verán el nimbo de sangre en lo alto del campanario. No verán los gusanos que empiezan a salir de la tierra.

Pero él, el testigo, sí los verá. Él está marcado.

TESTIGO (OFF)

Hoy vinieron los policías. Me hicieron preguntas. Me llevaron a la plaza para “reconocer” lo que había visto. Pero todo estaba cambiado. El arpa… ya no estaba rota. Sonaba, débilmente.

Les dije que escucharan, que prestaran atención. Pero ellos solo me miraron con lástima.

Y entonces la vi otra vez. Entre los olmos, cerca del mercado. La mujer hecha de sombras. Caminaba despacio, dejando huellas que se deshacían como polvo. Se volvió hacia mí. Y aunque no tenía rostro, supe que sonreía.

Creo que quiere que la siga.

ASESINO (OFF)

Ella se está acercando al pueblo. Pronto no seré solo yo quien la escuche. Pronto todos sentirán el peso de su presencia.

Lo divertido es que nadie creerá al testigo. Lo tomarán por loco. Lo encerrarán. Y entonces estará solo, como yo lo estuve al principio. Y en esa soledad, su voz será más clara.

Porque ella no viene para matar. Viene para recordarles que siempre le pertenecieron.

INSPECTOR (OFF)

Mi nombre es Inspector León Maraver. Me asignaron este caso después de que la prensa lo convirtiera en un circo. “El Carnicero de la Plaza”, lo llamaban al principio. Ahora, después de las últimas pistas, la prensa decidió bautizarlo con un nombre más… artístico: BOSCO.

Dicen que es por el pintor, Hieronymus Bosch, ese maestro de las visiones apocalípticas. Y la verdad… lo que encontramos tiene algo de esas escenas. En la plaza, justo al amanecer, hallamos el arpa. No estaba rota. No del todo. Pero sus cuerdas eran tendones humanos.

En la fuente, entre el agua lodosa, apareció una esfera de cristal. Dentro había un ojo. Un ojo que aún parecía mirar.

Y en lo alto del campanario, pintado con sangre seca, había un nimbo. Un halo invertido, como si fuera la corona de un santo profano.

No hubo cadáver. No todavía. Solo estos objetos, como fragmentos de una obra incompleta. Y, en la sacristía, un reloj sin manecillas. Dentro… una rana viva.

La prensa estaba encantada con el simbolismo. Yo no. Yo solo veía el inicio de algo más grande.

TESTIGO (OFF)

Me llevaron para “reconocer las pruebas”. Pero lo que vi no era lo que había visto aquella noche. Era peor.

El arpa ya no sonaba con notas. Sonaba con susurros. Si te acercabas demasiado, escuchabas palabras que no entendías, como un murmullo en una lengua muerta.

Cuando miré la esfera, vi mi propio rostro… pero distorsionado, como si me estuviera derritiendo.

Intenté decirle al inspector lo que vi, pero no me escuchó. Me miró con esa cara de “otro loco más”. Y tal vez tenga razón. Porque anoche, mientras intentaba dormir, ella volvió.

Entró en mi cuarto. No abrió la puerta. Simplemente apareció, hecha de sombras y polvo verde. Se inclinó sobre mi cama y susurró:

—Sigue al Bosco.

No sé qué significa. Pero creo que ella quiere que lo encuentre.

BOSCO (OFF)

Ya me han dado un nombre. Bosco. Qué irónico que me comparen con un pintor. Aunque en cierto modo tienen razón: yo también trabajo con símbolos, con visiones. Pero mi lienzo es más vasto.

No pinto para los hombres. Pinto para ella.

El inspector cree que está tras un asesino común. No entiende que cada objeto es parte de un tratado antiguo. El arpa, la esfera, la fuente, el nimbo, la rana… son los cinco signos que abren la grieta. Y cuando los cinco signos se completen con el sexto… ella vendrá por completo.

El testigo ya está marcado. Pronto no podrá distinguir entre sus sueños y la vigilia. Él será mi sexto signo. Su muerte será diferente: no un simple cadáver, sino una puerta.

Esta noche lo buscaré.

INSPECTOR (OFF)

El testigo está empezando a desvariar. Lo encontré en su casa, escribiendo compulsivamente sobre “la mujer de sombras” y sobre mí. Sí… sobre mí. Decía que yo también estaba “en su cuadro”, que Bosco ya me había elegido.

Estoy perdiendo la paciencia. Necesito hechos, no delirios. Y sin embargo… cuando salí de su casa, miré hacia el campanario y por un segundo juraría que vi algo. Una figura. Una mujer. Y sentí un escalofrío que no puedo explicar.

Quizá… quizá este Bosco sí esté pintando algo que no vemos todavía.

TESTIGO (OFF)

Ya no sé cuánto tiempo ha pasado. El reloj sin manecillas sigue croando en mi cabeza.

Esta noche, ella vino de nuevo. Se sentó a los pies de mi cama. No habla, pero sé que sonríe. Y cuando me toca, todo se vuelve blando, como si el mundo entero se derritiera en sombras.

Me dijo, sin palabras:

—Cuando lo veas, no corras. Déjalo hacer. Solo así verás la verdad.

Y entonces comprendí que Bosco viene por mí. Que yo soy el siguiente signo.

BOSCO (OFF)

Esta será la última vez que escriba antes del despertar.

El inspector está cerca, pero no lo suficiente. Él también forma parte del cuadro. El testigo… ah, el testigo ya está preparado. Su mente es frágil, su espíritu está abierto.

Cuando lo mate, no será un asesinato. Será una revelación. Él no morirá. Simplemente pasará al otro lado, donde ella lo espera.

Y entonces, el cuadro estará completo.

EL BAJEL DE SOMBRAS

Ficción

También hierba crecía en los sotos donde antaño corrían niños y jugaban a los bolos bajo los olmos. Era una hierba meadero, áspera, que lloro en silencio cada vez que mis pasos la rozan. Allí, las orugas avanzan adelante, sin piedad, devorando todo lo verde como si fuesen parásitos del propio tiempo.

Me llamo simplemente Narrador, pues no os contentaré con mi verdadero nombre. Pintará la historia por mí, como ruja de un bajel hundido en mares de polvo. Fui testigo del nacimiento de la primogénita de vuestra desgracia, y todo parecía sombras tristes que deshonrados instintos tejían en silencio.

Había en la vieja fábrica de catequesis un tratado incomprensible, escrito para juzgados invisibles, lleno de estampas donde criaturas tullidos, insecto mías y mías vueltas de locura, aguardaban su momento. Allí, en las esquinas húmedas, los gusanos maniáticos reptaban como fusiles que persiguen su blanco eterno.

Partir no era posible. La tierra inmensa, con su inmenso desenfreno, me retenía. Rebelo mi voz y, sin embargo, veinte veces vuelvo a callar. Mi amante no era más que un fantasma: inocencia perdida, pureza corrompida que se disipa en cada instante, como un reloj que no marca tiempo sino existencia rota.

“Considerar vuestra piedad”, decía ella antes de caer abajo, entre polvo y raíces. “Crearlo de nuevo, o perecer”. Pero yo, armado con nada más que mi vértigo, no pude.

Ahora, desde la penumbra, os hablo. Darán vueltas las criaturas y perseguirla siempre, porque cuánto más se rebela uno contra su destino, más suave y más fuerte es la prisión. Espantos estamos, y el viático de la muerte no basta para disolver la consonante última que nos une: inocencia.

Ahí terminan mis palabras. Si escucháis a medianoche un reloj que no marca las horas, sabed que no hay tiempo… solo tierra, gusanos y la inmensa risa de aquellos que, deshonrados, ya no pueden volver.

También hierba crecía en los sotos, pero no era como cualquier hierba: era áspera, venenosa, tan amarga que los viejos del pueblo la llamaban hierba meadero. Se decía que quien la rozaba sentía un leve escalofrío en la piel, como si algo diminuto –quizás las orugas que siempre avanzaban adelante, con un sigilo implacable– se filtrara por los poros para invadir el alma.

Corrían rumores de que aquella hierba marcaba los lugares malditos, las tierras donde antaño los hombres habían deshonrado a la naturaleza. Yo, que he caminado por muchos lugares oscuros, os contentaré con deciros solo esto: nunca piséis un claro cubierto por ella cuando el sol se oculta. Porque allí, bajo los olmos que se arquean como viejos testigos del pecado, todavía se oyen los llantos de lo que no debería existir.

Había, no lejos de ese claro, una vieja fábrica abandonada. La llamaban la Fábrica de Catequesis, pues en otros tiempos los curas llevaban allí a los niños a rezar. Pero ahora sus muros estaban cubiertos de estampas profanas, símbolos que parecían insectos deformes, criaturas tullidas pintadas en verde oscuro, como si hubieran nacido del polvo mismo. No eran simples dibujos: parecían moverse en las noches de luna, y quien los contemplaba demasiado tiempo sentía el vértigo, un abismo interior que lo invitaba al desenfreno.

Fue en esa fábrica donde hallé el tratado. Era un libro sin título, escrito con consonante áspera y rota, como si el lenguaje hubiera sido creado solo para herir. Entre sus páginas, describía el nacimiento de la Primogénita, una entidad que parecía sombras tristes y que se alimentaba de lo que los hombres llaman inocencia. No se revelaba su forma verdadera; solo hablaba de su voz, suave como el susurro de un amante, pero cargada con la fuerza de mil espantos.

Leí demasiado. Sí, lo confieso: como un niño curioso, no supe detenerme. Allí estaba escrito:

“Cuando veinte lunas pasen, cuando los gusanos maniáticos trepen sobre los fusiles que aguardan, ella vendrá. Y no habrá tierra que la contenga, ni mías vueltas que la disuadan. Partiréis en polvo, como los parásitos que os creísteis dueños del tiempo.”

Desde ese día, cada amanecer traía señales. Las orugas se multiplicaban. Los insectos invadían las casas, se metían en las ropas, en las bocas. Bajo los sotos, los olmos comenzaban a sangrar savia oscura. Y en las noches, el reloj del campanario sonaba sin marcar las horas, un tic-tac disonante que no medía la existencia, sino la espera.

Muchos huyeron. Yo me quedé. No por valentía, sino porque ella me lo pidió. Era mi amante, o lo había sido alguna vez, antes de convertirse en algo que ya no puedo nombrar. “Demuestra pureza”, me dijo aquella última noche, su voz temblando como una vela antes de extinguirse. “Divirtiéndonos creamos esta prisión… ahora debemos pagarla.”

Y la vi caer. Cayó abajo, entre raíces y polvo, como si la tierra inmensa la tragara para siempre. Creí que todo había terminado, pero me equivoqué. Cuando me volví, la fábrica respiraba. Sí, respiraba, como un ser vivo. Las paredes se hinchaban y exhalaban un aire cálido, cargado de olor a gusanos y tierra mojada. Y entonces supe que la Primogénita estaba allí, esperando.

Rebelo mi voz para contarlo, aunque sé que pronto me disolveré como todos. Porque no hay salida. Cuánto más intentas perseguirla o huir, más te alcanza. No sirve considerar la piedad, no sirve rezar ni invocar los viejos nombres sagrados. Lo natural está muerto. Lo juzgado ha sido condenado. Y nosotros, los deshonrados, ya no podemos volver.

Ahora aguardo. Cada noche siento su presencia más cerca. Los fusiles en la plaza, armados por manos invisibles, apuntan al cielo. Sé que cuando disparen no caerá sangre, sino polvo verde, suave y corrosivo. Y después de eso, todo se volverá silencio.

Si escucháis este relato, recordadlo bien: cuando el reloj suene fuera del tiempo, no corráis. No bajéis a los sotos, no miréis los olmos. Porque ahí estará ella. Y cuando la veáis, demasiado tarde será para dar marcha atrás.

Ella no vendrá a mataros. Vendrá a recordaros que siempre le pertenecisteis.

El escarabajo

Ficción

El escarabajo se arrastra como un ataúd que respira. Su caparazón, negro y pulido como un espejo de obsidiana, refleja un cielo que no existe. Dentro de él, las mariposas no están muertas del todo: palpitan en silencio, con sus alas desgarradas pegadas a la carne invisible del miedo. Sus colores, podridos y líquidos, gotean en hilos lentos, formando charcos de un arcoíris enfermo.

Cuando el escarabajo avanza, el suelo tiembla con un sonido que nadie debería escuchar: un crujido de huesos diminutos, un murmullo que parece venir de debajo de la piel del mundo. Donde pasa, la luz se curva, y las sombras adquieren formas imposibles, como si alguien estuviera dibujando pesadillas en la realidad.

Sus antenas son agujas que hurgan en el aire, buscando algo que no tiene nombre. A veces, se detiene y abre apenas una grieta en su caparazón. De allí emergen las mariposas, pero no vuelan: flotan a media altura, con las alas colgando como trapos rotos, mirándote con ojos que nunca tuvieron. Se acercan y susurran en un idioma sin palabras, y por un instante entiendes que no hay diferencia entre la vida y la muerte, solo un zumbido interminable.

Y entonces, con una lentitud insoportable, el escarabajo vuelve a cerrarse. Continúa su marcha en un sendero que no lleva a ninguna parte, dejando tras de sí un hilo de polvo negro que se eleva como humo… pero no hay fuego, solo el recuerdo de algo que nunca debió existir.

Avanza como un féretro viviente, con su caparazón negro y reluciente, bruñido por los susurros de la podredumbre. Bajo su armadura laten sombras viscosas, y en su interior, como un vientre invertido, guarda las mariposas muertas. Sus alas, que un día fueron llamas suspendidas en el aire, ahora son pétalos rotos, pegados a la humedad del olvido.

Cada paso del escarabajo resuena como un tambor hueco en un pasillo sin fin. No camina: arrastra el silencio. Y donde pasa, el aire se vuelve espeso, como si una boca invisible lo masticara. Es un furgón fúnebre que no necesita ruedas; lleva en sus patas diminutas todo el peso del cielo derrumbado.

En sus antenas penden los últimos suspiros del vuelo, deformados en lenguas de sombra. Él no entierra: engulle. No custodia: profana. Y sin embargo, en su marcha torpe y perfecta, hay una lógica de sueño febril: las mariposas deben morir para que él exista, y él debe existir para que la muerte tenga un rostro.

Al final, solo queda un rastro de polvo brillante, como ceniza de luz consumida. Y el escarabajo sigue, incansable, devorando la memoria del aire, hasta que no quede más que la noche.

Avanza lento, con su caparazón negro bruñido por la sombra. Nadie lo mira, nadie lo celebra. Es un carruaje de tierra y silencio. Sobre su espalda lleva, invisibles, las alas marchitas de las mariposas que ya no bailan en el aire. Allí, donde antes hubo colores que rozaban la luz, ahora hay apenas un murmullo apagado, una ceniza de vuelos extintos.

Cada paso del escarabajo es un toque de campana grave. No hay ceremonia, solo el tránsito paciente de lo inevitable. Bajo las hojas caídas, recoge los fragmentos de belleza que el tiempo despoja, y los guarda sin lamento. Porque sabe que todo fulgor termina por volverse polvo.

Es el furgón fúnebre de la levedad. Custodia las sombras de aquello que una vez fue vuelo, y las lleva, sin prisa, al vientre oscuro de la tierra. Y aunque su andar parezca tosco, es un gesto de piedad: enterrar lo que fue luz para que algo, algún día, pueda volver a florecer.

Sobre el arte de desaprender

No ficción

He sospechado, desde hace tiempo, que todo aprendizaje verdadero encierra, como su sombra inevitable, un olvido. Los maestros, esos custodios de lo esencial, nos conducen por senderos de claridad: nos enseñan a nombrar el mundo, a ordenar el caos, a distinguir lo verdadero de lo falso. Con ellos, el conocimiento parece un ascenso, una lenta escalera hacia una biblioteca infinita que, sin embargo, promete sentido.

Pero existe una etapa posterior, menos celebrada y más ardua: la de desaprender lo que los ignorantes nos imponen. No es un olvido natural, como el que sugiere Pascal cuando habla de la fragilidad de la memoria; es un ejercicio deliberado, casi ritual.

Imagino un extraño libro –quizá escrito en Alejandría, quizá en un espejo– que contenga únicamente argumentos erróneos. En sus páginas, la Tierra sería plana, el tiempo un invento de los relojeros, y toda evidencia, una conspiración urdida por mentes demasiado lúcidas para ser confiables. Los ignorantes leen ese libro con devoción, sin saber que no existe, o peor aún, sin sospechar que ese libro son ellos mismos.

El problema no es su error, sino su convicción. Como en los laberintos de Tlön, donde las ficciones se vuelven reales, sus palabras –repetidas con fervor y ligereza– terminan por infectar el aire, obligándonos a desmontarlas, una a una, como quien deshace un hechizo. Así, el discípulo de los maestros, armado de razonamientos y dudas legítimas, debe iniciar una segunda peregrinación: desandar lo falso, vaciar lo aprendido por imposición, recuperar el silencio interior que la necedad ahoga.

He comprendido, no sin cierta melancolía, que el saber no es una acumulación sino una delicada balanza entre lo que se acepta y lo que se renuncia a aceptar. Aprendemos, sí, pero para luego proteger ese aprendizaje de quienes, sin saberlo, trabajan para desfigurarlo.

Quizá el verdadero conocimiento no consista en conocer más, sino en preservar lo aprendido del desgaste que provoca la ignorancia ajena. Como en un cuento de arena, cada verdad está destinada a ser borrada, y el único mérito del sabio es escribirla, una y otra vez, sabiendo que mañana tendrá que empezar de nuevo.

Primero están los maestros. Los verdaderos. Aquellos que, como Sócrates, no te llenan de respuestas sino de preguntas, que te enseñan a mirar el mundo con una mezcla de asombro y sospecha. Ellos siembran en ti el noble germen del pensamiento, esa pequeña llama que ilumina incluso cuando la niebla social es espesa. Y tú, aplicado discípulo, crees ingenuamente que el viaje termina allí.

Pero no. Después de aprender de los maestros, toca el penoso deber de desaprender de los ignorantes.

Ellos aparecen siempre, como personajes secundarios en una novela de Dostoievski: contradictorios, ruidosos, convencidos de poseer una verdad tan absoluta que no necesita prueba alguna. Te toman de la mano –con la misma seguridad con la que Alonso Quijano tomó la lanza– y te llevan a un universo paralelo donde las certezas se disuelven, y la lógica, pobre criatura, muere lentamente de inanición.

Allí te explican que la Tierra es plana “porque lo vio en un video”, que las vacunas alteran el ADN y que todo lo que no encaje con su relato es un invento de “los poderosos”. Uno, que venía de leer a Borges, de entender que la verdad puede ser un laberinto, se encuentra de pronto atrapado en un laberinto mucho peor: el de la necedad.

Y no sirve citar a Montaigne, ni recordar que Galileo tuvo que retractarse, ni siquiera evocar la paciencia de Flaubert para describir la estupidez humana. No. Ante el ignorante ilustrado –esa criatura moderna que desconoce, pero con orgullo–, cualquier argumento es solo leña para su hoguera de certezas.

Así que aprendes, o más bien desaprendes. Olvidas la precisión de las palabras, la disciplina del razonamiento, la cortesía de la evidencia. Adoptas el idioma del “bueno, cada quien con su opinión” para evitar que la conversación termine en un callejón kafkiano, sin salida y lleno de absurdos.

Y mientras sonríes con cortesía fingida, recuerdas a Shakespeare: “El necio se cree sabio, pero el sabio sabe que es un necio”. Quizá, piensas, este es el verdadero examen final que los maestros nunca anuncian: no demostrar lo que sabes, sino resistir la tentación de debatir lo que no vale la pena.

Al final, el ciclo es eterno y casi literario: se aprende para luego desaprender. Una tragicomedia humana que Cervantes habría narrado con más gracia, pero que a nosotros nos toca protagonizar con discreta resignación.

El sol opina

Ficción

Desde su trono de fuego y egocentrismo en el centro del sistema solar, el Sol —astro rey, divo incandescente y autoproclamado iluminador de todo lo que existe— decidió hoy lanzar su controversia del día:

“La lánguida Luna tiene las lolas caídas.”

¡Boom! Y con eso, explotó más drama cósmico que en un grupo de WhatsApp familiar en Navidad.

Mientras brillaba con la arrogancia de quien sabe que sin él las plantas no hacen ni la fotosíntesis, el Sol giró un rayo directo a la Tierra solo para asegurarse de que todos escucharan su comentario. Obviamente, no pudo resistirse a echarle un poco de sombra (¡irónicamente también!) a su eterna compañera nocturna.

La Luna, que por cierto ni pidió estar orbitando a nadie ni ser romantizada en canciones melosas desde hace siglos, simplemente parpadeó en cuarto menguante y respondió:

— «Perdón, ¿te molesta mi gravedad natural? No todas necesitamos explotar hidrógeno como método de validación personal.»

El resto del sistema solar quedó en silencio. Saturno levantó una ceja (anillos incluidos), Marte se rio por lo bajo, y Urano hizo un chiste que nadie entendió.

Pero el Sol, fiel a su estilo ardiente y ególatra, siguió brillando como si no hubiera dicho nada. Porque claro, si vas a ser el centro del universo —o al menos de este vecindario cósmico—, más vale que te comportes como tal… con comentarios innecesarios, luz deslumbrante, y un ego tan inflado como Júpiter.


Los diarios recogen la noticia, cada uno a su manera:

—El sol se ríe de la luna: dice que tiene las lolas caídas y le falta vitamina D.
—La luna no madruga porque sabe que el sol la criticaría por las lolas caídas.
—El sol la alumbra sólo para burlarse: «Mira esas lolas, ni la gravedad las quiere.»
—El sol, cruel como siempre, dice que la luna ya no es de queso, sino de flan.
—La luna se esconde en cuarto menguante para que el sol no le vea las lolas caídas.