¿Comercio Social o Comercio Justo?

No ficción

El nuevo teatro de las transacciones humanas

En este instante donde el pulso del mundo late a la velocidad de un clic, el Comercio Social ha dejado de ser una promesa futurista para convertirse en un paisaje que respiramos a diario. Como una enredadera salvaje, trepa por los muros de Instagram, serpentea entre los Reels de TikTok y se incrusta en los grupos de WhatsApp como un virus de deseo.

El comercio ya no habita frías páginas de catálogo: ahora se desliza entre stories, vibra en directos, se convierte en meme, en trend, en necesidad disfrazada de descubrimiento casual. La compra no se siente como compra; se siente como un guiño, una confesión entre amigos, un susurro de «yo también lo quiero».

¿Qué diablos es el Comercio Social?
Es el matrimonio posmoderno entre redes sociales y transacciones económicas. Una boda sin corbata, llena de filtros, emojis y ventas que parecen conversaciones entre almas gemelas. Es vender en el escenario donde la gente ya está —entre sus likes, sus comentarios, sus eternos desplazamientos de pulgar.

¿Cómo funciona esta alquimia?
Se nutre de dos carburantes potentes: confianza y urgencia.

  • La confianza se construye a través de influencers, reseñas, y recomendaciones boca-oreja digitales.
  • La urgencia se incendia con botones de “compra ahora”, ofertas que desaparecen como luciérnagas al amanecer y lanzamientos que se agotan antes de que puedas decir «¡lo necesito!«.

Los escaparates se han convertido en timelines, los vendedores en creadores de contenido, y los clientes en comunidades orgánicas de replicadores emocionales. Comprar es compartir, consumir es pertenecer.
El producto ya no basta: hay que vender una historia, un universo, una causa.

¿Por qué importa?
Porque quien ignore el Comercio Social hoy, será fósil mañana. Empresas grandes y pequeñas están entendiendo que su tienda virtual debe bailar al ritmo del algoritmo, hablar en hashtags, moverse en tendencia. Quien no sepa vender en los patios digitales, venderá para nadie.

Y atención: el Comercio Social no es solo para cosméticos o zapatillas con suela de espuma lunar. Estamos viendo seguros, cursos, muebles y hasta vehículos deslizarse dentro de este torbellino.

¿El futuro?
Llevamos la brújula clavada al pecho: la inteligencia artificial personalizará los escaparates hasta el delirio, las experiencias inmersivas (hola, Realidad Aumentada) convertirán el “ver para creer” en un “probar para querer”, y las comunidades de compra evolucionarán en verdaderas tribus digitales donde se elegirá qué comprar como quien elige un tótem.

En el horizonte ya se divisan nuevas bestias: compra por voz, live shopping gamificado, pagos invisibles. La frontera entre el contenido y el carrito desaparecerá como lágrimas bajo la lluvia.

El Comercio Social es una bestia que no piensa esperar a nadie. No importa si tienes una tienda o un proyecto de garaje: o te haces uno con la bestia, o acabarás siendo parte de su decorado fosilizado.
Y recuerda: en este nuevo mundo, no gana quien más grita, sino quien más conecta.

Comercio Justo: sembrar dignidad, cosechar futuro

Vivimos en un planeta que gira loco sobre su propio eje, donde la avaricia corta el hilo de la justicia como una tijera oxidada. En este tablero de juego desigual, surge el Comercio Justo: no como una moda de escaparate, sino como un latido necesario, un acto de rebeldía y ternura a la vez.

¿Qué es el Comercio Justo?
Es el arte de hacer negocios sin pisotear. Es un pacto silencioso entre productores, consumidores y comerciantes para que la balanza no se incline siempre hacia el más fuerte. No es caridad ni limosna: es intercambio con dignidad, un apretón de manos limpio de trampas.

Significa pagar precios que reflejen el verdadero valor del trabajo, respetar los ritmos de la tierra y de los cuerpos, garantizar condiciones de trabajo humanas, abolir las cadenas invisibles del abuso. Significa decir no a la explotación infantil, no a las jornadas eternas por migajas, no al envenenamiento de nuestros ríos y nuestras almas.

¿Cómo funciona esta utopía práctica?

  • Precios justos: el productor recibe lo que merece, no lo que dicta el capricho del mercado.
  • Relaciones a largo plazo: no se juega al usa y tira con las personas. Se construyen alianzas estables.
  • Respeto al medio ambiente: cada semilla, cada cosecha, cada gota de agua se honra como si fuera un poema.
  • Empoderamiento: especialmente de mujeres y comunidades vulnerables, dándoles voz, no solo un salario.

Las certificaciones como Fairtrade, WFTO o Ecocert funcionan como escudos: no perfectos, pero necesarios en esta jungla de etiquetas huecas.

¿Por qué importa hoy más que nunca?
Porque mientras tú lees esto en la comodidad de tu nube digital, millones de trabajadores cultivan, cosen, extraen, bajo soles que matan o bajo techos que gotean miseria.
Porque la globalización puede ser una máquina trituradora o un puente de manos entrelazadas: tú decides con cada euro que gastas.

El Comercio Justo es urgente porque el planeta no soporta más saqueos; porque la inequidad no se resuelve sola; porque la ética no debe quedarse colgada en discursos bonitos.

¿Y el futuro?
El Comercio Justo debe mutar, expandirse, infiltrarse en la corriente principal hasta volverse la norma, no la excepción.
El consumidor del futuro —ese ser despierto que no traga cuentos— exigirá trazabilidad, justicia, y coherencia.
Las marcas que no entiendan esto serán dinosaurios atrapados en ámbar.

Comprar Comercio Justo no es cambiar el mundo de un plumazo.
Es regar pequeñas semillas de equidad en un jardín que ha estado demasiado tiempo reseco.
No es perfección, es intención. No es caridad, es justicia.

Y la justicia, como el buen café de Comercio Justo, debe saborearse caliente, urgente, colectiva.

un viento cimarrón…

Poesía

un viento cimarrón cabalga
como vestigio mudo
tengo que caminar dos mil millas
aprendiendo sin sangre
de pálido gris que me estremece
hasta volver a mi lado del sofá
una fiera serenata
por ti bebe y brinda
no asoma el llanto
viejo lirio del campo
por ahora
nada, corre y vuela
regresa pronto
no importa el nombre
está aquí para quedarse
un audaz banquete de chorlitos
bailando en la calle
esa arena tan hija del mar
ligeros hay que cabalgar
hoy, cuando más joven soy
un himno que suena en lo lejano
otra chica, otro planeta
del arrecife al piélago
alodial
abandona tu sombría opinión
dónde estás?
escucha la música del céfiro
con azulado delirio
en los finales clandestinos
con juventud de mayo
el mundo está dispuesto
asciende vulnerable
serpiente fría del invierno
mi beso cuelga de tu labio
cada tibia mañana
relumbrando en mi cabeza
porque quiero escribir
el lago a donde va el cisne
estoy pensando en ti
incluso la bruja más vieja
se suicida
coreando alegremente
abreva la intemperie
entre las flores muertas
puntual y certeramente
aunque hable solo
una muerte glacial
hinchada vela para un largo viaje
entre la sepultura ciega
te dejas embriagar
capaz de morir sin decibelios
toda la gente lo dice
ardiente
en el estanque quieto
donde suena el eco
versa, ora hasta el infinito
un sol, cuya aurora sonríe
una noche robada
en el enigma de un rincón
comienza a despertarse
la bruma nocturna exhala
un glorioso estruendo mudo
ágil y diligente
se agostó de desidia
sale una rana
en la quinta avenida de neón
el sol era memoria
ni rastro
junto a la charca
en el ebrio verano
entre las cortesanas
penetra su voz hasta la roca
en mi faro perdido
camino solitario
apacible insulario de desdichas
con su ala única de águila
chica furtiva del viernes
aunque ¿quién sabe?
del lado oscuro
víctima de la ebriedad
luce remotamente
un cantar fuera de tono
te abrazo
sin miedo de lavar la herida
en la brisa meditada
según se agita
oh, noble dama
insaciable
más que una sensación
el viento de otoño
ya no me acuerdo
el espejo no aprende nuestro gesto
en el fondo, sin límite
en tu boca aletea
una pandemia del alma es Pandemonia
transeúnte
en el cabaret celeste
la vibrante cigarra
con brisa matinal
mi nube tormentosa de mayo
nube, limusina del cielo
no lo pienses dos veces
dónde o cuándo?
febril sirena de las esferas
angelote con alas
solapante y teatral
mi trueno tras tu rayo
fiel a las migajas de la luna
—y qué?
un insondable río
no tienes que ser lejana estrella
tiene un destello divino
una herida amapola
luz de la hoguera
¿por qué sobre mí?
carajo
replegado en mi estancia
te escribo otra canción?
tiempo de alegría, oh virgen!
ondulando las aguas
en tu cristal solemne
un nuevo mirlo
despioja su camisa
nuestra salvaje foresta
deja que el buen tiempo llegue
un pirata del caribe
en el oscuro camino del astro
la suerte está eyaculada
se dijo alguna vez
en tu regazo
en el vals de un pífano ronco
un sepelio de voz
dulce muchacha del paraíso
feroz es el viento implacable
oscuro cigarro tras caoba café
lóbrego sobre lóbrego
el templo yermo de la duda
en el profundo y ancho azul
mágica mujer de rojo
si se empaña
por el crepúsculo del blues
una sideral región
si los fantasmas duermen
mira la hierba germinar
en un instante
con voz quebrada
si puedes palpitar solitario
ponme un café, lleno de noche
quizás por eso está
la colina de cerezos
para hacer esperar al hombre
lo más seguro salga el sol
una esquiva noche
al nuevo sol
al parecer escapa
el día que llegas al mar
la luna es un mendigo tuerto
¿soy yo esa chica?
con el suspiro de la bruma
se pudre o se renueva?
oh, valquiria
de etéreo simulacro
el sol es un caldero bien fregado
aquel trofeo nebuloso
caen las alas al abismo
parte de ti
—día tras noche—
ríndete al murmullo de la ciudad
una nube sombría y remolona
mejor aún?
lloreando cencellada
más sereno
en un viaje de mil millas
frente a las puertas de la luna
puedo soñar despierto
contra el rompedías
encontré la eternidad
más viva, más desnuda
de la perdición
corazón de cerezo
rezuma olor a madera
más me vuelvo a mirarla
dentro de la sombra caoba
se inclina sobre el cadáver diciendo…
el tiempo corre
amante de Roma
con viento fresco
cae hialino el cristal de nieve
un salvaje día
embiste sin domar
balido tras balada
cabalga de nuevo
conmigo eternamente
no puedo tomarme en serio
nada nos queda
seguramente también
mendigo ciego que murmura
está luciendo suave
indeleble y sublime
un rescoldo estelar
el espejo no entiende nuestra cara
recuerda siempre
un nocturno homenaje
insumisa noche del desierto
para salir de esta estrella
al borde del abismo
en blanco y negro
más…
cae sobre mi
de ausencia desnuda y cenicienta
se ruboriza el piélago
enciende mi peregrina voz
leve y lívidamente
sueño en el desierto
deja tu huella hoy
espera…
sueño del terafante
en voz alta y sonora
—absurdo! demencia!
pones una sonrisa en mi cara
bordado con mi cuerpo
un eco se hizo campo de corales
se anuncia silente
otra embriagadora balada
en un oscuro trueno
mientras hablo sola
no necesita eso
ahora y siempre
otro naufragio
la mente resopla confundida
como judío errante, no tengo precio
sin penas y sin pan
el verano lo viste
en cada historia
silente todavía
no lloro lágrimas
¿alguien puede explicarlo?
una bagatela de violín
día tirado al retrete
del azul lacrimoso
en toda su eternidad
del arrítmico latido
la luna sigue girando
no se acaba el camino
canta hasta el trébol
un nardo lanza al viento
para romper el techo de cristal
mi montón de huesos
con la oblicua mirada del loco
un hombre al piano
se infla optimista
no puede ver tu esencia
el liego abandonado
tiembla en el silencioso paisaje
corcoveando equino
Toda ley humana es una forma de opresión sobre otros.
soy yo quien te escribe
una grave montaña
febril cual mosca cojonera
mira el hervor de su cicuta
salvo en la sombra
de París y Madrid
me pregunto
encontraba otro mar
moldeable de promesas
el universo en su rescoldo
un collar de perlas engarzado
se desmayó de primavera
un día de nieve todo cesa
se pavonea el pisaverdes
sin pensar en el desolado lirio
a sueldo de Moscú
nuestro fuego rezonga
el banquero araña su ábaco
delirescente, azulino
laberintos delusorios
de pereza sufrida
si supiera bailar
la ninfa ya no huye
nadie sabe…
caen las hojas
un ingenio penetrante
lo que todo el mundo dice
esta oscura y densa selva
lo que nos atraviesa
—¡oh, roedores judiciales!
parte de mi
caminando bajo el verde tilo
en un fundido a negro
la cúpula de una nube
herida de los labios
todo mi fuego
aguacero de versos
—¡abrid la ventana
un par de corazones escarlata
tras el verde ciprés
tras vivir y soñar
veo mi palabra perdida
háblame de la ociosa pubertad
sobre el verdor inédito
«allegro ma non troppo»
con sanguino añejo
llora en la lluvia, redundante
jugando al escondite
sólo a veces
pétalo de azahar
… mutis por el fiordo
mi satán desatado
postreramente
sin soñarlo siquiera
crepitando sutil
de tierra y cielo
también llega a su ocaso
Destructor y creador
tan risible como arrogante
el azul que me llena
sin nombre
mas, sin sobresaltos
nuestro amor
cruzar la puerta
sin embargo, oh sin embargo
si anochecen lunas en tu piel
más cerca aún, más cerca
pero di que serás mía
abrázame con fuerza, insensato!
ora interminable
ahora que llueve
sumiso como esclavo
ven a bailar conmigo
ante un vendaval
se convierte en canción
con ceniza de luna
indemne entre el cieno de cloaca
bajo el fuego impetuoso
al emerger de las aguas
gimoteando lluvia
estrella fugaz
amada ninfa
entre penumbra e intemperie
de nieve pegajosa
agradable recuento del latido
en la ladera
con el brillo de un alma brumosa
puede ser poco inteligible
pavimento de tumba
el verano sestea entre mies
con hervor sanguíneo
con lágrima de abril
rebosante de gracia
llueve suavemente
conspirando en el cielo
en el muro con lepra de un siglo
sometiendo a las olas de arena
como vieja armadura oxidada
acaso no es así?
tocaba el saxo
para, gozosos, celebrar el día
¿cómo reparar un corazón roto?
limusina
bacante surgida de mi sombra
amor de verano
mi silencio indolente y cobijado
en el profundo cielo y en el mar
huele a miel y rosa
¡ay la leche!
hay señales en la niebla
contigo siempre
ora breve y fugaz
por el oleaje empecinado
embiste nuestro rostro
con mística ebriedad
qué nos queda?
sombra sin ojos
bebe un vino amargo
¡toma castaña, Pandemonia!
cuando estás aquí
las hormigas arrastran
mi domingo de harápos
con la mítica valquiria
latiendo al unísono
di lo que quieras
pongo una sonrisa en tu boca
vuelo a casa
una palabra que grita
en la ensenada
con herrumbroso atardecer
—las olas están rotas
no se acaba la calle
escarcelante, libre
llueve un raudal de luz
llega otro día
surge siniestramente del naufragio
ninfa del cielo
ondea la nieve su bandera
al volver triunfal
un delusorio suspiro
con párpado de escarcha
niño de escarcha
se disuelve y coagula
a su embrujada hora
de vuelta a la melodía
rescoldo sepultado
cuanto más me alejo
sin azul ni desierto
una nada nadea
no será alcanzable
—la savia no está lejos
un silencio invisible
capitán Cebada
en la caverna
el eco claro de tu voz
su satán, otra vez!
agua llorada que cae
mientras pescas en un río revuelto
semejante a las sendas del mar
nuestro caballo más veloz
te entiendo, hermana
viejo y olvidado amor
si ya no significa nada
el origen de toda actividad
a veinte bajo cero
a veces
al alba y al ocaso
del frío monte al salvaje lago
breve cortejo nupcial
el azul es fácil de amar
radiante por el áureo
mira de cara o de reojo
dios bendiga el blee blop blues
mi candor nativo
lanza sus perlas la tempestad
te entiendo, hermano
mi frente sangrante
rompe las enseñanzas de Orfeo
fascinando sin más
con este swing sombrío
nada puede quedar
incontestable
en mi propia piel
si no hay forma de decir adiós
de estrellas deslunadas
con el humo y ceniza terminales
a remojo del cielo
la sombra mendiga

La Ilusión del Búnker

No ficción

El preparacionismo es el arte de conjurar un apocalipsis antes de que ocurra. No se trata solo de almacenar latas de atún y bidones de agua, sino de fabricar un delirio: la certeza de que el mundo se derrumbará y que solo los más paranoicos—perdón, los más «preparados»—se alzarán de entre las ruinas. Es la religión de la catástrofe, la herejía del individualismo extremo, la fantasía de la autosuficiencia en un planeta tejido de interdependencias.

El preparacionista es el arquitecto de su propio miedo. Construye un búnker y lo llena de municiones, como si la civilización fuera un castillo de naipes a punto de desmoronarse con la primera ráfaga de viento. ¿Pero qué es este búnker sino un ataúd con WiFi? Una celda voluntaria donde el «sobreviviente» se entierra vivo, convencido de que el futuro es un páramo sin más leyes que las del plomo y el cuchillo.

La gran falacia del preparacionismo es su rechazo al tejido social. Se nos dice que, cuando llegue la crisis, solo los solitarios armados y bien abastecidos saldrán adelante. Pero la historia humana cuenta otra historia: las sociedades que sobreviven no son las que se atrincheran, sino las que cooperan. Los imperios caen, las civilizaciones se reinventan, pero siempre bajo un principio básico: la supervivencia es colectiva o no es en absoluto.

Y aún así, el preparacionista se aferra a su visión del mundo como un western posapocalíptico, donde la humanidad se reduce a hordas de saqueadores y él, rifle en mano, es el último bastión de la «civilización». No se prepara para vivir, sino para vigilar sus provisiones, para sospechar del otro, para convertir la vida en una trinchera sin fin. ¿Qué tipo de existencia es esa? ¿Sobrevivir para qué, si la única compañía será el eco de su propia respiración en una caverna de hormigón?

El verdadero preparacionismo no es el que acumula latas y balas, sino el que invierte en comunidades, en redes de apoyo, en soluciones compartidas. La resistencia no está en un búnker, sino en la capacidad de adaptarse y colaborar. El futuro pertenece a quienes tejen vínculos, no a quienes los rompen. Así que, en lugar de encerrarte en un refugio esperando el fin, abre la puerta. Sal. Construye. Porque el fin del mundo no es inevitable, pero la soledad sí lo es para quien decide enterrarse antes de tiempo.

Porque, claro, tú sí que estás listo. Mientras el resto de la humanidad se debate entre el caos y la desesperación, tú estarás ahí, en tu santuario subterráneo de paranoia y conservas caducadas, dando sorbos ceremoniales a tu agua filtrada con lágrimas de prepper.

Imaginemos el escenario: el mundo arde, los zombis (porque en tu mente, el fin del mundo siempre incluye zombis) asaltan supermercados, y tú, con una sonrisa de suficiencia, cierras la trampilla de tu búnker. Victoria. Has ganado el juego. ¿El premio? Un eterno monólogo con tu propia sombra. Ahora viene la parte divertida: ¿Qué harás cuando el último paquete de macarrones deshidratados se haya convertido en polvo? ¿Cazarás ratas en la penumbra? ¿Inventarás amigos imaginarios para debatir sobre la moral postapocalíptica? ¿O tal vez salgas al exterior, con tu rifle y tu máscara de gas, solo para descubrir que… sorpresa: los que realmente sobrevivieron fueron los que se ayudaron entre sí?

Porque mientras tú contabas tus cartuchos de escopeta con amor maniático, los demás—los ingenuos, los optimistas, los que creían en la cooperación—reconstruyeron algo parecido a una sociedad. Qué tontos, ¿verdad? Se ayudaron mutuamente, compartieron recursos, establecieron sistemas de apoyo… ¡Menudos ilusos! Mientras tú practicabas cómo decir «alto o disparo» en el espejo, ellos creaban redes de comercio, cultivo y protección mutua. Qué falta de visión la suya, confiar en la humanidad y no en la pólvora. Y lo mejor de todo: cuando por fin salgas de tu madriguera, esperando encontrar un Mad Max lleno de tribus bárbaras donde puedas ejercer tu fantasía de guerrero solitario… te toparás con algo peor: gente normal, sonriendo, compartiendo pan recién horneado, sin necesidad de machetes en la cintura. Qué pesadilla.

Así que sí, sigue preparándote. Sigue convencido de que el verdadero camino es el de la soledad armada y la hostilidad perpetua. Mientras tanto, los que realmente quieren un futuro están construyéndolo. Y cuando llegue el momento, serán ellos quienes decidan si te dejan entrar o no.

Dani El chocolates

Ficción

Todo comenzó hace décadas, cuando Dani El chocolates, un talentoso chocolatero, abrió su tienda en un pequeño pueblo. Sus creaciones eran famosas por su sabor exquisito y su presentación impecable. La gente acudía en masa a probar sus delicias de chocolate, y su negocio prosperaba. Sin embargo, detrás de esa aparente fachada de éxito, se ocultaba un secreto oscuro. Rumores empezaron a circular sobre la fuente de inspiración de Dani para sus chocolates. Se decía que utilizaba ingredientes poco convencionales, algunos incluso insinuaban que eran de origen dudoso. La gente comenzó a especular sobre la verdadera naturaleza de sus productos, y algunos incluso afirmaban que contenían sustancias ilegales. La leyenda negra se alimentaba de historias escalofriantes de aquellos que habían probado los chocolates de Dani y habían sufrido extraños efectos secundarios. Hablaban de visiones, pesadillas y cambios en su comportamiento. Aunque muchos consideraban estas historias como simples exageraciones, otros comenzaron a creer en la existencia de algo siniestro detrás de los chocolates de Dani. La tensión llegó a su punto álgido cuando varias personas enfermaron después de consumir los chocolates de Dani. Los informes médicos no podían explicar las causas de las enfermedades, lo que aumentó aún más la intriga y el temor en torno a su tienda. Las autoridades locales iniciaron una investigación, pero Dani desapareció misteriosamente antes de que pudieran interrogarlo y lo último que dijo fue: «Una vez planté esta plantilla.» A medida que pasaba el tiempo, la leyenda de Dani El chocolates se hizo más oscura. Algunos afirmaban que el chocolatero había hecho un pacto con fuerzas malignas para obtener su talento y éxito, mientras que otros creían que estaba involucrado en actividades ilícitas y que su tienda era solo una fachada para encubrir sus verdaderos negocios.

El zapato de cristal

Ficción

El tren avanza, silbando su lamento metálico en la desierta llanura. Miro por la ventana, intentando atrapar las estrellas que se diluyen en el horizonte como lágrimas de un dios cansado. Cada estación es un latido que se pierde en la vasta soledad del tiempo, un eco que resuena en mi pecho como un tambor olvidado.

Llevo conmigo una caja de madera, desgastada por los años y las penas. Dentro, guardo un viejo reloj de bolsillo, único testigo de mi búsqueda incansable. Los segundos escapan, resbalando entre mis dedos como la arena del desierto, como los besos que nunca doy, como las promesas que se disuelven en la lluvia.

Llego a un pueblo sin nombre, donde el viento es el único habitante. La gente allí, sombras de un pasado marchito, me mira con ojos de vidrio, reflejando el vacío de sus propios corazones. Pregunto por el castillo, por la princesa, por el baile perdido en el tiempo. Nadie sabe, nadie recuerda.

Sigo mi camino, guiado por un hilo invisible que se entrelaza con mi destino. Los días se confunden con las noches, y mi esperanza se viste de harapos, danzando al ritmo de una melodía olvidada. Encuentro montañas que susurran historias de antaño, ríos que cantan elegías a los viajeros perdidos. Pero ni rastro del zapato de cristal, ese fragmento de ensueño que brilla en mi mente como una estrella moribunda.

Una noche, en la penumbra de un bar solitario, un anciano de barba gris y mirada triste me habla de un lugar al final de la carretera, un burdel donde las almas extraviadas buscan consuelo en la oscuridad. Con el corazón en un puño y la esperanza como único equipaje, emprendo mi último viaje.

El burdel es un edificio desvencijado, sus luces parpadean como ojos enfermos en la noche. El aire huele a desengaño y alcohol barato. Entro, mis pasos resuenan en el suelo de madera, y me encuentro rodeado de miradas cansadas, de risas que mueren en la garganta.

En un rincón, una mujer de cabellos dorados y sonrisa quebrada sostiene algo en sus manos. Nuestros ojos se encuentran, y en ese instante, sé que mi búsqueda ha terminado. Con manos temblorosas, la mujer me entrega el zapato de cristal, sucio y gastado, un vestigio de un cuento que nunca fue.

Y el zapato de cristal aparece en un sucio burdel de carretera, como una reliquia olvidada de un tiempo en que los sueños no pueden ser reales. Con el corazón lleno de cicatrices, comprendo que la magia ya no está, que los pasos dados son inútiles y las estrellas ya no brillan, inalcanzables, en el cielo desierto, negro, abismal.

El whisky con hielo es el sonajero del mamado

Ficción

En un rincón de la ciudad, donde las luces de neón titilaban con desdén sobre las cabezas de los transeúntes, se encontraba el «Barón de la Resaca», un bar de mala muerte con aspiraciones de grandeza. Era el lugar preferido de Eduardo, también conocido como «El Magnate», aunque su fortuna consistiera únicamente en un legado de deudas y una capacidad innata para parecer más rico de lo que era.

Cada noche, Eduardo se vestía con su traje de lino blanco, que con cada lavado iba adquiriendo un tono más amarillento, y se dirigía al bar con paso firme, como si pisara la alfombra roja de algún evento de gala. Sus entradas eran todo un espectáculo: empujaba las puertas con dramatismo, miraba a los presentes con una ceja en alto y avanzaba hacia la barra como quien toma posesión de su trono.

En cuanto se sentaba, el barman, que ya conocía el ritual, le preparaba un whisky con hielo. Eduardo lo recibía con una sonrisa engreída, como si acabara de adquirir una botella de edición limitada. Alzaba el vaso, observaba el líquido ámbar con una mezcla de devoción y avaricia, y finalmente, le daba un sorbo que siempre terminaba en una leve mueca de desagrado, aunque nunca lo admitiera.

Sus amigos, una colección de personajes tan estrafalarios como él, le rodeaban y le escuchaban con atención, convencidos de que Eduardo era un pozo de sabiduría sobre finanzas, mujeres y filosofía barata. La verdad era que Eduardo no tenía ni idea de nada de eso, pero había aprendido que, con el tono adecuado y un poco de humo en los ojos, podía hacer creer a cualquiera lo que quisiera.

—El truco —decía Eduardo, apoyando el vaso en la barra—, está en nunca perder la compostura. La gente respeta al hombre que siempre parece tener todo bajo control.

Y así continuaba, con monólogos sobre cómo dominar el mundo desde la comodidad de un bar. Pero esa noche, algo iba a cambiar.

A mitad de su disertación sobre cómo «el mercado global se refleja en el comportamiento del barman», un grupo de jóvenes entró al bar. Ellos no estaban interesados en las lecciones de vida de Eduardo; sólo buscaban divertirse. Pronto, uno de ellos se fijó en el magnate de pacotilla, que agitaba su vaso de whisky con la solemnidad de un alquimista medieval.

—Oye, amigo —dijo uno de los jóvenes, con una sonrisa burlona—, ¿me enseñas cómo hacer esa magia de convertir agua en whisky?

La pandilla estalló en risas, y Eduardo, que no estaba acostumbrado a ser objeto de burla, sintió cómo su fachada empezaba a resquebrajarse.

—No es para principiantes —respondió, intentando mantener la dignidad—. Esto es arte.

Pero los jóvenes no le dejaron en paz. Uno de ellos se acercó más y, en un gesto brusco, cogió el vaso de las manos de Eduardo y lo sacudió, haciendo tintinear los cubitos de hielo como si fueran una maraca.

—¡Miren! —gritó el chico—. ¡Es el nuevo ritmo del éxito! ¡El sonajero de los reyes!

Eduardo se puso de pie, indignado, pero antes de que pudiera decir algo, el barman, que había estado observando la escena con una sonrisa socarrona, se acercó y, con una palmada en el hombro, dijo:

—Déjalo, Eduardo. Al fin y al cabo, el whisky con hielo es el sonajero del mamado.

El Quijote en Spanglish

Ficción

In un placete de La Mancha of which nombre no quiero remembrearme, vivía, not so long ago, uno de esos gentlemen who always tienen una lanza in the rack, una buckler antigua, a skinny caballo y un grayhound para el chase.

A cazuela with más beef than mutón, carne choppeada para la dinner, un omelet pa’ los Sábados, lentil pa’ los viernes, y algún pigeon como delicacy especial pa’ los Domingos, consumían tres cuarers de su income.

El resto lo employaba en una coat de broadcloth y en soketes de velvetín pa’ los holidays, with sus slippers pa’ combinar, while los otros días de la semana él cut a figura de los más finos cloths.

Livin with él eran una housekeeper en sus forties, una sobrina not yet twenty y un ladino del field y la marketa que le saddleaba el caballo al gentleman y wieldeaba un hookete pa’ podear.

El gentleman andaba por allí por los fifty. Era de complexión robusta pero un poco fresco en los bones y una cara leaneada y gaunteada. La gente sabía that él era un early riser y que gustaba mucho huntear.

La gente say que su apellido was Quijada or Quesada -hay diferencia de opinión entre aquellos que han escrito sobre el sujeto- but acordando with las muchas conjecturas se entiende que era really Quejada.

But all this no tiene mucha importancia pa’ nuestro cuento, providiendo que al cuentarlo no nos separemos pa’ nada de las verdá.

Fuente: BBCMUNDO.com

WOMAN

Ficción

Adivina de quién es esta cita: La idea de una casa hecha para que la gente se pierda es tal vez más rara que la de un hombre con cabeza de toro, pero las dos se ayudan y la imagen del laberinto conviene a la imagen del minotauro. Queda bien que en el centro de una casa monstruosa haya un habitante monstruoso.

Lo que esta gente hizo lo hizo porque…

Ficción

Lo que esta gente hizo, lo hizo porque era capaz de escribirlo. ¿Qué somos capaces de escribir nosotros hoy? ¿Microrrelatos chorras? Pues, microrrelato chorra es nuestra vida. Hacer, implica primero, pensar; y, si te lo piensas, pues, al pensarlo debería uno poder escribirlo a continuación. ¿O no? Yo digo que estamos perdidos, pandemonia. No es que en estos tiempos no haya personas buenas, lo que casi no existe son individuos capaces de estructurar su discurso de tal modo que presente ideas ejecutables. ¿Has visto cuando un programa de ordenador es chorra y falla y el ordenador se cuelga? Pues el mundo material es también como un ordenador que se programa con la palabra. No se puede poner a cualquiera a programar porque te sale el error404 a cada rato. Y permíteme que me vaya un pelín de la rima, pero los griegos diseñaron la Democracia, mas, primero, fueron torneando un lenguaje que viene a ser el paradigma del «lenguaje tal y como lo conocemos». Los asuntos eran discutidos entre ciudadanos que no solo sabían «blablar» sino «expresar ideas propias y ejecutables». La clase de acciones que añoras proviene de la clase de discurso que reproduces en tu post; no así a la inversa. Prácticamente no existen hoy día ciudadanos con estas capacidades cognitivas y, por tanto, no existen acciones como las que deberían desprenderse de ello en consecuencia. Las razones para el intelecto esponja actual son múltiples y darían para largo. De investigar tal fenómeno, la obra sería casi una cartografía intelectual de los últimos casi 60 años. Yo también lo lamento tantísimo… pandemonia. Y lo que es más triste, yo no esperaría milagros.

<– O,O