AQUELARRES

Ficción

En la cripta del convento olvidé bien las danzas que alguna vez prometieron felicidad, donde la piedra parecía salvaguardándola del tiempo y de la gente que temía habitar allí. Era una prueba para los corazones sembrados de culpa y de otras voces, una fe impura que podía convertirse en castigo sin conversión posible.

Vi la idea crecer como hiedra en el muro propio de mis pensamientos, sin poder explicarme por qué la noche era tan consoladora y cada grito se quedaba atrapado en el musgo. Según la herrumbre de los candiles, las apariencias mentían sobre los climas del alma, y ni el bautizo de la lluvia los limpiaría. Los muertos recibirían paños de silencio mientras el viento volvía con las estaciones, burlándose de nuestra tontería mortal.

En las capitales del reino se hablaba abiertamente de una pareja que rompió principios antiguos, un viejo linaje de sangre bastarda y especial a la vez. Decían que el destino los había tragado como a huesos hervidos en calderos de sombras, solo para distraer a los vivos con licores y promesas.

Cada aquelarre dejaba emblemas tallados en la piel del ganado y advertencias que solo las abuelas sabían leer. Ellas decían que decirlos en voz alta atraía a lo que duerme bajo la tierra, y yo, obediente, guardé silencio mientras la noche cerraba sus manos sobre nosotros.

Guardé silencio, sí, pero el silencio también habla, y lo hace peor. Bajo la bóveda, el musgo empezó a latir como si tuviera memoria, y entendí que no solo había olvidé bien las danzas, sino el precio de haberlas bailado. La felicidad que juramos eterna estaba enterrada allí mismo, salvaguardándola con huesos y promesas rotas, mientras la gente del pueblo fingía no poder verla.

Podía oír a las abuelas rezando sin palabras, una conversión torpe entre el miedo y la costumbre. Decían que era castigo, pero yo vi otra cosa: una prueba más antigua que el convento, sembrada antes de que existieran las capitales y sus leyes limpias. Vi la idea con claridad brutal, y explicarme ya no servía. No había nada consolador en ese grito que subía desde la cripta, mezclado con herrumbre y climas de putrefacción dulce.

El bautizo final no fue agua, sino licores derramados sobre la piedra. Las estaciones volvieron todas a la vez, y el tiempo se rompió como paños viejos. La pareja regresó, vieja y joven al mismo tiempo, bastarda y sagrada, con emblemas marcados en la piel y el ganado siguiéndolos como si entendiera mejor que nosotros.

Aquelarre no fue una reunión, fue un recuerdo colectivo. Yo quedé atrapado, tragado por apariencias que ya no engañaban. Las abuelas asintieron. Decirlos había sido un error, pero callarlos también. Y así, mientras la noche cerraba del todo, supe que este lugar no se habita: se hereda.

¿Empezamos bien 2026?

No ficción

El año 2026 empieza pesado, como si el mundo hubiera cruzado de año sin cambiar de habitación. No hay borrón y cuenta nueva. Hay continuidad.

El año arranca con las guerras abiertas y asumidas como paisaje. Ucrania sigue siendo un frente activo. Gaza sigue siendo una herida sin sutura. Sudán continúa desangrándose lejos de los focos. No hay anuncios de paz creíbles, solo pausas tácticas y comunicados prudentes. La violencia entra al calendario como algo previsto, casi administrativo.

En lo económico, el año comienza con la consigna de aguantar. No colapso, no euforia. Inflación más controlada en algunos países, pero el coste de vida ya quedó alto como nueva base. La sensación general no es de crisis inmediata, sino de empobrecimiento lento, que desgasta más porque no explota.

El clima abre el año sin cortesía. Temperaturas anómalas, sequías que no se retiraron en diciembre, fenómenos extremos que ya no sorprenden. El mensaje es claro y nada metafórico: esto no va a mejorar solo porque lo deseemos fuerte.

Políticamente, el año empieza con desconfianza. Gobiernos defensivos, oposiciones crispadas, electorados cansados. Mucha retórica, poca imaginación. La política sigue reaccionando a los hechos en lugar de anticiparlos, y eso se nota desde el primer día.

Socialmente, el ánimo es contenido. Menos promesas, menos épica, más cálculo. La gente entra al año ajustando expectativas, no soñando en grande. No es esperanza, es prudencia aprendida.

Si hubiera que resumir cómo empieza el año en una frase incómoda, sería esta:
el mundo no está arrancando, está continuando.

Y eso puede ser peligroso… o una oportunidad, si alguien decide, por una vez, cambiar algo de verdad.


NOTICIAS RECIENTES EN ESPAÑA

Informe duro sobre migración y muertes

Un nuevo reporte de la ONG Caminando Fronteras indica que más de 3.000 migrantes murieron en 2025 intentando llegar a España por mar o tierra, una cifra menor que en 2024 pero todavía muy alta. La ruta atlántica hacia Canarias fue la más mortífera, y emergieron nuevas rutas peligrosas desde África occidental. La ONG criticó las políticas fronterizas más duras y la falta de rescates eficaces.

Exención polémica para Airbus

El Gobierno español aprobó una exención para que Airbus siga utilizando tecnología israelí en aviones y drones producidos en España, a pesar de una ley que prohíbe comercio tecnológico con Israel por la guerra en Gaza. La decisión se justificó por su impacto industrial y empleo, pero ha generado tensiones dentro de la coalición de gobierno.

Mejora económica con confianza inversora

Los mercados financieros han dado señales positivas: los costes de financiación de España e Italia han caído a sus niveles más bajos en 16 años, reflejando una mayor confianza de inversionistas. España tiene proyecciones de crecimiento superiores a sus vecinos europeos gracias al turismo, la inmigración y fondos de la UE.

Alerta por tormentas en el sur

En la Costa del Sol se emitió alerta de peligro extremo por tormentas intensas que han causado inundaciones, granizo y cortes de tráfico en varias localidades. Los servicios de emergencia están movilizados y se recomienda precaución, especialmente para turistas y residentes.


ÚLTIMA HORA

Europa Press informa: Somalilandia niega bases

Según reporta Europa Press Internacional, Somalilandia negó haber acordado instalar bases israelíes y ofrecer albergue a refugiados de Gaza, desmintiendo versiones de acuerdos militares que habían circulado. La situación sigue siendo delicada en el Cuerno de África.

Brote de peste porcina en Cataluña

En diciembre de 2025 se detectó un brote de peste porcina africana en jabalíes de Cataluña, la primera vez desde 1994 que se registra el virus en España. Se declaró estado de emergencia en zonas afectadas con restricciones de actividades al aire libre. Varios países detuvieron importaciones de cerdo catalán por precaución.

Cambio social y demografía

España alcanzó un récord de población de casi 49,5 millones de habitantes, impulsado principalmente por nacimientos y migración extranjera, lo que influye en debates sobre empleo, servicios sociales y políticas públicas.

Medidas sociales nuevas

A partir de enero de 2026 España lanzará un pase de transporte público por €60 al mes que permitirá viajes ilimitados en trenes de cercanías y autobuses estatales, buscando impulsar la movilidad sostenible.


Europa — Suiza

Tragedia en Crans-Montana: Un incendio en el bar Le Constellation durante las celebraciones de Año Nuevo dejó al menos 40 muertos y más de 100 heridos, con víctimas de diversas nacionalidades y hospitales saturados atendiendo quemados graves. Las autoridades descartan terrorismo y analizan causas accidentales del fuego.


Global — Clima y economía

Acción climática en 2026 enfrenta desafíos clave, con nuevas regulaciones ambientales, proyectos de energías renovables y cambios en estándares de reporte de emisiones en varios países; pese a cierta falta de consenso global sobre eliminación de combustibles fósiles.

Europa — BCE y transparencia salarial: Se ha revelado que la presidenta del Banco Central Europeo cobró mucho más de lo declarado oficialmente, lo que abre debates sobre transparencia institucional en la eurozona.


Estados Unidos / China (política exterior)

El Departamento de Estado de EE. UU. instó a China a contener sus ejercicios militares cerca de Taiwán, subrayando tensiones crecientes en el Indo-Pacífico, aunque sin indicar medidas específicas (respuesta oficial difundida hoy por el gobierno estadounidense).


Asia

  • India y Pakistán compartieron listas de instalaciones nucleares bajo acuerdos bilaterales de seguridad, un gesto de continuidad en confianza mínima entre las dos potencias regionales.
  • La India también prepara una misión espacial próxima, con despegue programado para el 10 de enero.

Europa — Bulgaria

Adopción del euro: Bulgaria ingresó oficialmente a la eurozona como el 21º país miembro, convirtiendo al euro en su monedad oficial desde principios de año, a pesar de protestas y debates internos.


Escocia / Reino Unido

Miles celebraron Hogmanay en Edimburgo con festivales callejeros y tradiciones locales, incluso con condiciones climáticas adversas, reactivando la festividad después de que eventos previos hubieran sido cancelados por el clima.


Australia

En Sydney, las celebraciones de Año Nuevo incluyeron exhibiciones de fuegos artificiales, aunque con mayor presencia policial tras una reciente masacre que impactó a la comunidad local.


Palestina

En Gaza, desplazados mantienen la esperanza de que 2026 traiga progresos hacia un alto el fuego durable, tras dos años de conflicto y condiciones de vida extremadamente duras.


Estados Unidos — Política

Zohran Mamdani fue investido oficialmente como alcalde de Nueva York en una ceremonia privada poco después de la medianoche del 1 de enero, marcando un cambio político en la ciudad más poblada del país.


Celebración cultural global

Varias naciones celebraron el nuevo año con sus tradiciones: fuegos artificiales en Copacabana (Brasil), bendiciones en Asia, y eventos simbólicos alrededor del planeta que mezclan solemnidad con festejo colectivo.

México, un país de desaparecidos

No ficción

México no es un país de muertos visibles. Es un país de ausentes. De sillas vacías, de fotos plastificadas, de nombres repetidos en voz alta para que no se borren. Aquí la violencia no siempre mata. A veces hace algo peor: borra.

La palabra desaparecido debería indicar una excepción. En México es una categoría administrativa. Un expediente. Un número que crece sin escándalo suficiente. Más de cien mil personas cuyo rastro se interrumpió en un punto preciso del tiempo y del espacio. Salieron de casa, subieron a un coche, fueron a trabajar, a estudiar, a una fiesta. El país siguió. Ellos no.

La desaparición no ocurre en el vacío. Ocurre en carreteras vigiladas, en pueblos con patrullas, en ciudades llenas de cámaras. Ocurre con una lógica reconocible: crimen organizado, corrupción, impunidad. Pero reducirlo a eso sería una forma cómoda de no mirar más hondo. Porque la desaparición masiva no se sostiene solo con violencia. Se sostiene con indiferencia institucional.

Las familias lo saben. Por eso dejaron de esperar al Estado y salieron a buscar por su cuenta. Madres con picos y palas, con guantes de látex y bolsas negras. Madres que aprendieron a distinguir un hueso humano de uno animal. Que hablan de fosas como otros hablan del clima. En México, la búsqueda se volvió una forma de maternidad prolongada.

El Estado responde con protocolos, comisiones, discursos. A veces con buena fe. A veces con simulación. Casi siempre tarde. La investigación se diluye entre fiscalías saturadas, expedientes mal hechos, pruebas perdidas. El mensaje implícito es devastador: desaparecer no es un crimen urgente.

El crimen organizado entendió hace tiempo algo esencial: la desaparición es más eficaz que el asesinato. No deja cuerpo. No deja escena clara. Produce miedo prolongado. Paraliza comunidades enteras. Y cuando el Estado no rompe ese ciclo, se vuelve parte del paisaje que lo permite.

Hay regiones donde desaparecer es estadísticamente probable. Donde la gente avisa antes de salir. Donde se memorizan placas. Donde se manda ubicación en tiempo real como último gesto de autoprotección. Vivir así no es normal. Pero se normalizó.

La sociedad mexicana convive con esta herida abierta de forma contradictoria. Hay movilización, rabia, dignidad. Y al mismo tiempo, cansancio. El horror sostenido agota. El riesgo es ese: que el país aprenda a vivir con la ausencia como si fuera una condición natural, como el calor o la lluvia.

Pero los desaparecidos no son una abstracción. No son cifras. Son biografías interrumpidas. Y cada una representa una falla concreta del sistema: una patrulla que miró a otro lado, un expediente archivado, una verdad aplazada.

México no necesita más minutos de silencio. Necesita respuestas, justicia, memoria activa. Porque un país que se acostumbra a no saber dónde están los suyos empieza, lentamente, a perderse también a sí mismo.

Y eso no desaparece solo.

México: El Estado de las Desapariciones

1. ¿Qué significa “persona desaparecida”?

Una persona desaparecida es alguien de quien no se sabe su paradero, y cuya ausencia no puede explicarse por decisión voluntaria ni por causas conocidas. En México, la mayoría de los casos corresponden a desapariciones forzadas o vinculadas a delitos donde el rastro se pierde de forma abrupta.

2. Cifras oficiales más recientes

Según el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas (RNPDNO) del gobierno de México:

📌 Total de personas desaparecidas o no localizadas desde 1964 hasta finales de 2025:
➡️ 104,000 personas aproximadamente —el número más alto desde que hay registros oficiales.
➡️ Más del 80% de los casos corresponden a desapariciones ocurridas desde 2006, período asociado al inicio de la “guerra contra el narcotráfico”.
➡️ Hombres representan cerca del 70%, mujeres alrededor del 22%, y el resto sin dato de sexo.
➡️ Entre las víctimas, miles son menores de edad.

(Todos estos datos se basan en informes del RNPDNO de la Secretaría de Gobernación, actualizados periódicamente.)

3. ¿Dónde ocurren más desapariciones?

Las desapariciones no están distribuidas de forma uniforme. Las entidades con mayor número acumulado al cierre de 2025 son:

  1. Veracruz
  2. Jalisco
  3. Estado de México
  4. Chihuahua
  5. Guanajuato

Estas cinco entidades concentran casi el 50% de todos los casos registrados.

En años recientes se ha observado además un crecimiento sostenido en estados como:

  • Baja California
  • Sinaloa
  • Puebla
  • Hidalgo
  • Nuevo León

Este patrón sugiere que la crisis de desapariciones no está confinada a un solo tipo de región, sino que se ha expandido geográficamente.

4. Tiempo desde la desaparición hasta denunciar

Un estudio oficial analiza la temporalidad entre la desaparición y la denuncia:

➡️ Más del 50% de los casos se reportaron en los primeros 30 días, lo cual es positivo desde el punto de vista de la acción inicial.

➡️ Sin embargo, una parte significativa se reportó con días, semanas o incluso meses de retraso, lo que complica la localización temprana y la preservación de pruebas.

Esta variabilidad muestra que factores sociales, familiares y de confianza institucional influyen en el acceso a mecanismos de denuncia.

5. Razones y factores detrás de las desapariciones

Los datos oficiales y análisis independientes identifican varias causas entrelazadas:

🔹 Crimen organizado y violencia delictiva

  • Extorsión, secuestro, narcotráfico e “levantones” (capturas forzadas sin registro) son causas predominantes.
  • Las bandas criminales utilizan la desaparición como mecanismo de control social y de intimidación.

🔹 Debilidad institucional y complicidad

  • Investigaciones mal hechas, falta de recursos en fiscalías estatales, y en algunos casos, corrupción o colusión de autoridades locales, obstaculizan las búsquedas.

🔹 Trata y explotación

  • Grupos vulnerables, especialmente menores y mujeres, están en riesgo de ser víctimas de redes de trata.

🔹 Migración

  • Muchas desapariciones ocurren en rutas migratorias sin protección estatal, especialmente en el sur del país.

6. Qué ocurre tras la denuncia

Una vez que se registra una desaparición, el proceso oficial incluye:

📌 Alerta AMBER (para menores, cuando aplica)
📌 Búsqueda coordinada federal, estatal y municipal
📌 Activación de mecanismos forenses (si hay indicios de restos humanos)
📌 Registro en bases de datos nacionales e internacionales

Sin embargo, la eficiencia es variable:

  • Muchas fiscalías estatales carecen de personal e infraestructura forense adecuada.
  • Se registran errores en levantamientos de indicios, lo cual dificulta la identificación de restos.
  • La mayoría de los casos no avanzan hacia una sentencia penal.

7. Resultados judiciales y castigo

📌 Poca proporción de casos llevan a una sentencia condenatoria.

Aunque no existe un número único actualizado de casos resueltos, múltiples informes de organizaciones civiles muestran:

➡️ Un porcentaje muy bajo de detenciones y sentencias ha sido obtenido en relación con el total de personas desaparecidas.

➡️ Muchas investigaciones permanecen estancadas por falta de pruebas o por fallas en la recolección de evidencia.

8. Impacto social y familiar

Los efectos de la desaparición no se limitan al individuo:

🔹 Familias viven en estado de incertidumbre prolongada
🔹 Se generan grupos de búsqueda independientes
🔹 Comunidades enteras experimentan trauma colectivo
🔹 La desaparición se convierte en un factor de migración interna
🔹 Hay aumento de organizaciones civiles especializadas en búsqueda y forensia

9. Organizaciones, mecanismos y propuestas

A nivel institucional y de la sociedad civil existen:

🟡 Comisión Nacional de Búsqueda (CNB)

Coordina esfuerzos federales y estatales.

🟡 Colectivos de familias

Madres y padres que han formado redes de búsqueda en campo.

🟡 ONG y apoyo internacional

Proyectos de ADN forense, asesoría legal y cooperación interinstitucional.

🟡 Propuestas clave

  • Capacitación forense profesional
  • Modernización de bases de datos
  • Coordinación real entre fiscalías
  • Mecanismos de protección para denunciantes

10. Conclusión factual

✔ México enfrenta una crisis de desapariciones masiva, prolongada y compleja.
✔ Más de 100 mil personas siguen sin ser localizadas.
✔ La mayoría de los casos ocurrieron en el último siglo XXI.
✔ La resolución judicial efectiva representa una fracción mínima del total.
✔ El impacto social va más allá de los números: comunidades enteras viven con ausencia.

México no es solo un país con desaparecidos. Es un país organizado alrededor de la ausencia.

Aquí la desaparición no irrumpe. Se instala. Se vuelve rutina administrativa, estadística movediza, expediente incompleto. En México no se pregunta “qué pasó”, sino “cuándo fue la última vez que alguien lo vio”. La gramática del horror se aprende pronto.

Las cifras oficiales hablan de más de cien mil personas desaparecidas, pero en realidad nadie sabe el número exacto. Cada conteo es provisional, cada registro llega tarde, cada base de datos se queda corta. Hay desaparecidos que no figuran porque nadie denunció. Otros porque denunciar implicaba exponerse. Otros porque el Estado perdió el papel, el archivo, la voluntad.

La desaparición no ocurre en el vacío. Ocurre en carreteras, en retenes improvisados, en trayectos cotidianos. Ocurre cuando alguien va a trabajar, cuando alguien migra, cuando alguien es joven y pobre y está en el lugar equivocado, que en México puede ser cualquier lugar. La violencia no es caótica. Tiene lógica. Y esa lógica casi nunca se investiga a fondo.

Los perpetradores cambian de nombre, pero no de método. Crimen organizado, fuerzas de seguridad, autoridades coludidas, policías municipales, militares, grupos mixtos donde ya no se distingue quién manda a quién. La desaparición es útil porque no deja cuerpo. Y sin cuerpo, el sistema respira mejor.

Las madres buscadoras caminan donde el Estado no entra. Con palas, varillas, mapas dibujados a mano. Ellas no hablan de política. Hablan de huesos, de olores, de tierra removida. Han aprendido lo que no querían aprender. Que la justicia en México no llega sola. Hay que empujarla, gritarla, desenterrarla.

El país se acostumbró a verlas en las noticias, brevemente. Una nota, una imagen, una fosa más. Luego el siguiente tema. La desaparición prolongada tiene ese efecto perverso: normaliza la barbarie. No escandaliza. Se archiva.

Las instituciones prometen. Comisiones, fiscalías, leyes, protocolos. El lenguaje es correcto. La realidad no. La impunidad ronda el 95%. La mayoría de los casos no se resuelve. No porque sean imposibles, sino porque tocarían intereses demasiado cercanos.

México vive una paradoja brutal: busca a sus desaparecidos mientras produce nuevos. Cada año. Cada sexenio. Cambian los discursos, no el fondo. La desaparición se volvió una tecnología del miedo, un mensaje silencioso que dice “esto puede pasarte” sin necesidad de explicaciones.

Y aun así, el país no es solo horror. También es resistencia. Familias que no se rinden. Colectivos que documentan mejor que las autoridades. Periodistas que siguen escribiendo aun sabiendo el riesgo. Personas que se niegan a aceptar que olvidar sea una opción.

México es un país que carga ausencias como quien carga muertos invisibles. Un país donde la memoria es un acto político y buscar es un verbo peligroso. Pero también es un país donde alguien, todos los días, decide no rendirse al silencio.

Eso no repara nada.
Pero impide lo peor: que la desaparición sea definitiva también en la memoria.

Donde no apuntan las cámaras ni los titulares

No ficción

También pasan cosas buenas, aunque no hagan ruido ni coticen en bolsa. Hay que agacharse un poco para verlas, mirando donde no apuntan las cámaras.

Este fin de año el mundo no celebró grandes victorias, pero sí pequeñas continuidades, que a veces valen más. No se cayó el sistema. No estallaron todos los conflictos que parecían inevitables. Hubo guerras que no se ampliaron, crisis que no se desbordaron, odios que se quedaron a medio camino. En la política internacional, eso ya cuenta como una forma modesta de esperanza.

En varios países, la inflación empezó a ceder lo suficiente como para que la gente respirara un poco mejor. No es prosperidad, pero es alivio. El precio del pan dejó de subir tan rápido. El alquiler dejó de ser un sobresalto mensual en algunos lugares. La economía no abrazó a nadie, pero dejó de empujar al suelo a tantos.

La ciencia siguió avanzando sin pedir permiso. Nuevos tratamientos, mejores diagnósticos, tecnologías médicas que no salen en titulares porque no generan pánico. Este año se salvaron vidas que no sabrán nunca que estuvieron a punto de no salvarse. Esa es una estadística silenciosa y profundamente optimista.

La transición energética, lenta y contradictoria, dio pasos reales. Más renovables conectadas, menos dependencia de algunos combustibles, más ciudades entendiendo que el aire limpio no es un lujo ideológico, sino una necesidad física. El planeta no se curó, pero el daño dejó de acelerarse en ciertos frentes. También eso importa.

En el plano humano, ocurrieron millones de cosas invisibles. Reencuentros. Gente que consiguió trabajo después de meses. Migrantes que llegaron vivos. Profesores que no se rindieron. Médicos que siguieron yendo. Periodistas que escribieron sin creer demasiado, pero escribieron igual. La civilización se sostiene así, por insistencia.

Y en la cultura, que siempre llega tarde a las buenas noticias, hubo una persistencia casi obstinada. Libros leídos. Obras representadas. Canciones compartidas sin algoritmo de por medio. Cuando el mundo no sabe a dónde va, la cultura no responde. Acompaña. Y eso, al final, salva más de lo que parece.

Este fin de año no trae un mensaje triunfal. Trae algo más creíble: continuidad con sentido. La prueba de que, pese al cansancio, la humanidad no ha renunciado del todo a corregirse, a cuidarse, a no empeorarlo todo al mismo tiempo.

No es un final feliz. Es algo mejor y más raro: un final abierto donde todavía hay margen para hacerlo un poco mejor mañana. Y en estos tiempos, eso ya es una buena noticia.

Año 2025, la economía mirando al suelo

No ficción

La economía de este año no se presentó como una promesa, sino como una advertencia. No llegó con fuegos artificiales, sino con gráficos nerviosos, discursos prudentes y esa palabra que se repite cuando nadie sabe bien qué decir: incertidumbre.

Desde lejos, la economía mundial parece una maquinaria sofisticada. Desde cerca, es un mercado al amanecer. Gente esperando. Gente contando. Gente haciendo cálculos pequeños para sobrevivir a decisiones enormes tomadas en otros lugares. Este año no fue de grandes colapsos espectaculares, que son fáciles de narrar, sino de desgaste. Y el desgaste es más peligroso porque no asusta a tiempo.

La inflación, ese impuesto sin firma, se convirtió en una presencia cotidiana. No gritó. Se sentó en la mesa. Achicó porciones. Hizo que la gente comparara precios con una atención casi científica. Los gobiernos dijeron que estaba controlada, y tal vez lo estaba en los informes. En la vida diaria, seguía mandando.

Los bancos centrales actuaron como médicos cansados. Subieron tipos, bajaron expectativas, hablaron en un idioma técnico que tranquiliza a los mercados y desespera a los ciudadanos. Cada decisión era presentada como inevitable, que es la forma moderna de decir “no hay alternativa”. La economía de este año estuvo llena de inevitabilidades cuidadosamente explicadas.

Las grandes potencias jugaron su partida habitual. Estados Unidos defendiendo su hegemonía con deuda y tecnología. China avanzando sin prisa, aceptando crecer menos para controlar más. Europa intentando mantener un equilibrio moral mientras calcula cada céntimo. Nadie quiso parecer débil, aunque todos lo estaban un poco.

En los márgenes del sistema, el año fue más claro. Países endeudados negociando su oxígeno. Clases medias descubriendo que ya no lo son tanto. Jóvenes aceptando que el futuro será más estrecho de lo que les prometieron. Aquí la economía no fue una abstracción: fue ansiedad, aplazamiento, renuncia.

La transición energética, anunciada como salvación, avanzó con paso irregular. Mucha retórica verde, inversiones selectivas, conflictos nuevos por recursos antiguos rebautizados. El mundo quiere cambiar de modelo sin cambiar de hábitos, y la economía se encarga de recordar que esa contradicción se paga.

Y sin embargo, el sistema no colapsó. Esa es la noticia que los economistas celebran y que a muchos ciudadanos les resulta incomprensible. Porque resistir no es prosperar. Aguantar no es avanzar. La economía de este año funcionó, sí, pero como funcionan las cosas que ya están cansadas.

Al final, el balance no se mide solo en crecimiento o en déficit. Se mide en confianza. Y este año dejó una sensación extendida de que el contrato es frágil, de que el esfuerzo no siempre garantiza recompensa, de que las reglas pueden cambiar sin previo aviso.

La economía, como la historia, no se detiene. Pero este año avanzó mirando al suelo, cuidando de no tropezar, consciente de que cualquier paso en falso podría romper algo que ya está lleno de grietas. Esa no es una buena noticia. Tampoco es una tragedia. Es, simplemente, el estado real del mundo.

La torpe paz

No ficción

Las guerras de hoy no empiezan con un disparo. Empiezan con una frase mal traducida, con una frontera dibujada en un despacho lejano, con un miedo antiguo al que alguien decide volver a darle nombre. Luego sí, llegan los disparos. Siempre llegan. Puntuales. Como si la violencia tuviera mejor disciplina que la paz.

Desde la distancia, el mundo en guerra parece un mapa enfermo. Manchas rojas que se encienden y se apagan en las pantallas, como si fueran fallos eléctricos. Pero cuando uno se acerca, cuando pisa el polvo real, descubre que la guerra no es un estallido sino una rutina. Gente que aprende a hervir agua bajo las bombas. Niños que distinguen el sonido de un dron del de un avión. Viejos que ya no preguntan quién dispara, solo cuándo.

En cada conflicto hay una verdad incómoda que nadie quiere imprimir en grande: casi nunca se combate por lo que se dice. Las palabras nobles sirven de uniforme. Detrás, siempre, hay miedo, humillación, recursos, memoria mal digerida. La guerra es el lugar donde la historia se venga de quienes fingieron no escucharla.

La paz, en cambio, es torpe. No tiene himnos pegadizos ni desfiles. La paz llega cansada, con papeles, con mesas de negociación mal iluminadas, con traductores sudando porque una palabra mal dicha puede devolver a todos al frente. La paz no promete justicia total. Promete algo mucho más modesto y más difícil: que mañana no se dispare.

Hoy el mundo habla de paz como quien habla de un objeto frágil que no sabe dónde guardar. Todos dicen quererla, pocos aceptan cuidarla. Porque cuidar la paz exige renunciar a certezas, aceptar culpas compartidas, convivir con el enemigo convertido en vecino. Y eso resulta intolerable para quienes necesitan relatos simples y banderas limpias.

En las guerras actuales, los civiles no son víctimas colaterales. Son el centro del campo de batalla. Ciudades convertidas en advertencias. Hospitales en objetivos. El mensaje es claro y brutal: sufrir también es una estrategia. Y el mundo, mirando desde lejos, responde con comunicados, sanciones, minutos de silencio que no detienen nada.

Sin embargo, incluso ahí, en los márgenes del horror, aparece algo que no encaja en los informes militares. Alguien que comparte pan. Un médico que no pregunta de qué lado viene el herido. Una mujer que guarda las llaves de su casa destruida porque cree, contra toda lógica, que volverá. Esos gestos no ganan guerras. Pero impiden que la humanidad las pierda del todo.

La paz mundial, hoy, no es un horizonte luminoso. Es una tarea ingrata, diaria, casi invisible. Se construye con ceses al fuego frágiles, con acuerdos que nadie celebra, con generaciones que tendrán que aprender a no heredar el odio como si fuera una lengua materna.

Tal vez la pregunta no sea por qué hay tantas guerras, sino por qué, a pesar de todo, todavía hay intentos de paz. Quizá ahí, en esa insistencia casi absurda, esté la última noticia verdaderamente importante del mundo.

CONDENADA

Ficción

Salió como un lobo dispuesta a que le concediera la confesión de su crimen. Una comezón le rondaba. Cómo pido a los verdugos mis derechos -pensaba. Había asistido alguna vez desde los camarines a las sofocadas ejecuciones. Antes de ser los bribones apestados de aquella sociedad, jugaban su partida sin miedo. Pero ahora tocaba descansar y el pesar les era devuelto con las mismas culatas que usaron para sus crímenes. Perdían la compostura y sólo se rendían de cansancio. Ella, seducida por aquel espectáculo, gritaba y gruñia con desdén. Yo no me comporto con esas embusteras tristezas de rata -pensaba. Para ella eran como un oráculo: apuntaba los números de cada condenado en sus libritos de Cymeria y les dibujaba unas huríes bien entradas en mantecas. Luego volvía a los albergues que frecuentaba. Buscaba remedios, salidas, túneles… Hallándome así de despechada es absolutamente imposible encontrarlas -pensaba. Eran demasiado antiguas. Había que buscar entre nuestra carne como un leproso…

Salió otra vez, con esa terquedad suya que tenía más de fiebre que de coraje. Caminaba como si cada baldosa fuera a confesarle un secreto, aunque ya sabía que el mundo no suelta nada sin cobrarte primero la piel. La comezón seguía, clavándose en su nuca como si alguien la hubiera marcado sin avisar. Tal vez lo habían hecho. En ese lugar todos estábamos marcados, solo que unos tenían la decencia de admitirlo.

Se detuvo frente al muro de arcilla rojiza donde, según los viejos del hospicio, habían arrastrado a los primeros criminales para “purificarlos”. Una tradición encantadora, propia de gente que desayunaba supersticiones y cenaba resentimiento. Ella frotó la superficie con los nudillos. La arcilla respondió con un grumo que se desmoronó, dejando ver un hilo oscuro debajo. Carne vieja. O cicatriz. O recuerdo que se niega a morirse.

Esto podría ser una señal, se dijo, aunque lo hizo con esa ironía suya que siempre parecía una bofetada al destino. Las señales eran muy suyas: o no llegaban nunca, o llegaban en forma de cadáver. Aun así, siguió rascando. La arcilla cayó a montones, y aquello que había debajo empezó a hincharse como un pulmón que recupera el aire después de un ahogamiento demasiado largo.

Una voz, tiznada de polvo y abandono, salió de ese hueco recién abierto.

¿Ya vienes a buscar lo que te toca?

Ella retrocedió, no mucho, solo lo suficiente para demostrar que tenía la decencia de asustarse. La voz no tenía cuerpo, pero olía a humedad vieja, a condena sin lavar.

No quiero lo que me toca, dijo. Quiero lo que me escondieron.

El bulto dentro del muro pareció reírse. El sonido fue blando, casi un gorgoteo.

Entonces tendrás que abrir más, dijo la voz. Mucho más. Esto no se encuentra en la superficie. Ya lo sabías.

Ella tragó saliva, que le supo a metal. Volvió a meter los dedos en la arcilla, sintiendo que cada grumo era otra capa de sí misma que se desprendía. Había buscado en túneles, en letrinas, en los ojos apagados de quienes morían sin confesión. Nunca había buscado aquí, en este muro idiota que nadie miraba dos veces.

Mientras escarbaba, pensó en su propio crimen, ese que no se atrevía a nombrar. El crimen que la había vuelto loba. El crimen que ahora pedía confesión, aunque fuera a gritos. O a mordiscos.

El hueco se abrió del todo. Un resplandor débil salió de él, como una linterna agonizante.

Entra, dijo la voz.

Ella respiró hondo, y por un segundo creyó sentir algo parecido a alivio. Luego avanzó, con esa mezcla de rabia y devoción que siempre la había acompañado, y dejó que el muro la tragara.

Los secretos de su crimen no van a resultar un catálogo cualquiera de fechorías. Eso sería demasiado cómodo para ella. Lo que está enterrado detrás de ese muro es algo peor: la parte de sí misma que nunca quiso admitir que había creado. Porque no mató a nadie por accidente ni por defensa ni por un rapto heroico de furia. Lo hizo con cálculo, casi con ternura. Eligió a su víctima como quien elige una palabra exacta en un poema. Y lo que la persigue no es la sangre, sino el motivo.

El crimen que cometió fue un pacto. Entregó algo vivo para que algo muerto despertara. Y aunque durante años intentó convencerse de que la habían obligado, la verdad es que el trato la sedujo. Ella quería poder. No el poder barato de los verdugos ni el poder patético de los bribones que chillaban en las ejecuciones. Algo más antiguo. Más profundo. Más suyo.

Eso es lo que el muro está a punto de devolverle: el rastro del pacto, la criatura que nació de él y la deuda que nunca pagó. Y como cualquier deuda bien amasada, viene con intereses obscenos.

Cuando el muro termine de abrirse, lo que salga no será una confesión. Será un reconocimiento, la clase de verdad que desarma más que cualquier castigo. Un espejo vivo, moldeado por su culpa, dispuesto a reclamar lo que falta para completarse.

El muro terminó de abrirse con un suspiro lento, casi aliviado, como si llevar siglos guardando ese secreto le hubiera podrido las entrañas. Ella avanzó, tragándose el temblor de las piernas. Qué remedio. Cuando te persigue tu propia obra, esconderte solo alarga la humillación.

Adentro no había pasadizo ni cámara ritual ni ninguna de esas tonterías que tanto prometen los viejos. Solo un espacio estrecho, húmedo, iluminado por una luz que parecía recordar el color más que emitirlo. Y en medio, aguardando con la paciencia de un depredador educado, estaba la criatura.

No tenía forma definida, porque claro, ¿por qué iba a facilitarle las cosas? Era una sombra con bordes de carne, un murmullo con respiración. Pero esos ojos… esos ojos eran suyos. No parecidos. Suyos. Como si los hubiera dejado allí el día del pacto y no se hubiera dado cuenta de que caminaba por el mundo sin mirar de verdad nada desde entonces.

La criatura se incorporó, movida por un temblor antiguo.

Falta algo, dijo. Siempre ha faltado.

Ella respiró hondo, sabiendo que mentir era inútil. Había dado media vida para encender esa cosa y después había intentado enterrarla, como si la tierra fuera una niñera dispuesta a cargar con sus caprichos.

Sí, dijo. Lo sé.

La criatura extendió una mano que oscilaba entre garras y dedos humanos. Qué bonita metáfora, casi daba coraje. No pedía sangre, ni sumisión, ni ofrendas melodramáticas. Solo reclamaba lo que ella se quitó para sobrevivir: su propia voluntad desnuda, la que no necesitaba excusas, la que había usado para matar.

Ella se acercó y, por primera vez en años, dejó caer la máscara que llevaba puesta como un bozal. Se sintió ridícula y libre al mismo tiempo. El contacto fue breve, apenas un roce, pero bastó para que la criatura se estremeciera y se plegara, absorbiendo la parte perdida como un organismo que finalmente se completa.

Cuando abrió los ojos, ya no había criatura ni muro ni arcilla. Solo ella, en pie, con un peso menos y otro distinto, más honesto.

El crimen seguía existiendo, pero ya no tenía que perseguirlo como una loba. Era suyo. Podía cargarlo sin esconderse. Podía empezar, por fin, a caminar sin que el pasado le ladrara desde las sombras.

Salió a la calle. El aire estaba frío. Y por una vez, no le molestó.

La tía Pepi

Ficción

Tengo la impresión de que la tía Pepi no murió. O al menos no del todo. Ya sé que hubo funeral, ataúd, misa, incluso lágrimas (prestadas, pero lágrimas al fin). Pero yo, que la conocí bien, lo digo con toda la seguridad que me permite esta copa de coñac y el hecho de que cada vez que abro el armario del pasillo, huelo a Varón Dandy y juicio moral.

La tía Pepi era de esas personas que no mueren así como así. Primero porque no confiaba en los médicos (“Todos quieren matarte por dentro y por fuera”, decía mientras le echaba coñac a su café de achicoria), y segundo porque le tenía un apego casi amoroso a sus joyas. No a la familia, no. A las joyas.

Un día antes de que estirara la pata —presuntamente—, nos reunió a todos en su salón cargado de crucifijos y fotos en sepia de gente que parecía haber muerto por aburrimiento. “Cuando yo no esté”, dijo con solemnidad, “quiero que mis joyas se repartan de manera justa, según lo que cada uno haya merecido”. Lo dijo mirando fijamente a mi primo Chus, que había tenido la desfachatez de llevar un anillo de calavera el día de su santo.

Total, que nos dejó con un joyero sellado, una lista con instrucciones vagas y la certeza de que si nos pasábamos de listos, volvería del más allá a mordernos la yugular con su dentadura postiza (guardada, por cierto, en terciopelo rojo como si fueran las reliquias de Santa Apolonia).

Desde entonces, cada vez que alguno se acerca al joyero, la puerta del pasillo cruje. No falla. Y no es una bisagra vieja. No. Es la tía Pepi, que probablemente no está muerta, sino en un estado de «vigilancia espectral activa», esperando ver quién osa tocar su broche de amatistas sin haber rezado el rosario de las 7:00.

Mi prima Luisa intentó una vez probarse un collar. A los cinco minutos se cayó por las escaleras. ¿Casualidad? Puede. ¿Un empujón invisible y lleno de rencor? También puede. Y el tío Fermín, que vendió una sortija para comprarse un dron (¡un dron!), no ha podido dormir desde entonces. Jura que todas las noches oye a alguien diciendo “qué poca vergüenza tienes, niño”, con eco y olor a naftalina.

Así que sí, tengo la impresión de que la tía Pepi sigue ahí. Tal vez no con cuerpo, pero sí con intenciones. Seguramente tras la puerta, esperando el más mínimo desliz para recordarnos que sus joyas no son herencia, sino prueba. Y nosotros, meros concursantes en su macabro testamento.

Aunque claro, podría estar equivocado. Pero por si acaso, yo no toco nada sin antes dejarle un chupito de anís y prometerle que lo mío, si acaso, será solo mirar. Desde lejos. Y con respeto.

Mientras caen los cuerpos

No ficción

Uno aprende pronto —si ha visto morir gente en una plaza o dormir un niño sobre el polvo— que las guerras no comienzan cuando lo dicen los periódicos. Las guerras comienzan en las mentes. Primero es una palabra, luego una frontera, después un convoy. Y finalmente, el silencio.

Esta semana, Oriente Medio volvió a estallar. Pero la verdad es que nunca dejó de arder. Israel y Teherán han intercambiado fuego como si sus pueblos fueran ajedrez, como si la muerte de un niño bajo los escombros de Haifa valiera lo mismo que la de un científico quemado en una carretera de Shiraz. Las cifras llegaron temprano —ciento cuarenta muertos, cincuenta misiles, una base destruida— pero nadie contó al perro que ya no ladra, ni a la madre que no encontrará jamás el brazo de su hijo.

En los pasillos alfombrados del G7, los líderes se saludan con manos limpias. La guerra les llega por satélite, como si fuera un programa que pueden cambiar con el mando. Algunos pronuncian condenas medidas. Otros hablan de firmeza. Pero ninguno duerme bajo el zumbido de los drones. La diplomacia internacional es, a veces, una forma muy educada de aplazar el sufrimiento.

En el sur de Asia, un Boeing cae. Doscientas setenta personas mueren. Un número que solo adquiere sentido si uno ve una maleta abierta en la pista, una foto familiar manchada de aceite. En India llueve. Y con la lluvia, los pobres mueren más. Las enfermedades tropicales, los cables sueltos, las casas de barro que colapsan. El monzón no es noticia, porque sucede cada año. Como el hambre.

En América, el balón rueda. Messi sonríe. La FIFA organiza su mundial de clubes. El fútbol es la forma más eficiente de olvidar lo que sucede lejos. Los estadios están llenos. Afuera, en algún lugar del mundo, los niños patean latas oxidadas con los pies descalzos. Pero eso no se retransmite.

Es fácil hablar del mundo desde lejos. Desde un escritorio, desde una pantalla. Es fácil indignarse un rato y después abrir otra pestaña. Pero allá afuera, donde el polvo y la sangre son reales, no hay pestañas que cerrar. Solo queda escribir, mirar, no mentirse. Eso es todo. Eso —y escuchar.

Breaking Bad o la meta es el camino

Ficción

¿Yo?

Yo era un buen tipo.

Profesor de química. Salud frágil. Pobre como una rata. Uno de esos héroes trágicos que solo quieren lo mejor para su familia. Ya sabes, la típica historia de hombre blanco heterosexual oprimido por el sistema.

Solo quería cocinar un poco de metanfetamina de altísima pureza, generar unos dólares y salir de escena como un caballero.

Nada del otro mundo.

Y luego claro, como a cualquiera le pasa, terminé liderando un imperio criminal, haciendo volar media ciudad, envenenando niños, derritiendo cuerpos en ácido, y dejando un reguero de cadáveres que haría sonrojar a cualquier dictador.

Pero eh… ¿quién no se ha desviado un poco alguna vez?

Teníamos todos los clichés listos:

El compañero yonqui con corazón de oro.
La esposa que no entiende nada (hasta que entiende demasiado).
El cuñado policía que se sienta a comer contigo mientras investiga al monstruo que duerme en tu casa.
Y claro… los narcos: el loco, el frío, el que no habla, el que hace sonar una campana para decir “te voy a matar”.

Una verdadera pasarela de tipos televisivos.

Solo que nosotros no los usamos para contar una historia bonita.
Nosotros los hervimos, los destilamos, los comprimimos y los inyectamos en vena.

¿El resultado?
Una bomba.

¿Sabes lo mejor?

Que durante cinco temporadas completas, la gente me apoyaba.
Me defendía.
Me justificaba.

«Es que lo hace por su familia.»
«Es que el sistema lo jodió.»
«Es que no tenía opción.»

Claro. Porque cuando te diagnostican cáncer, lo primero que haces es asociarte con un drogadicto, construir un super-laboratorio y asesinar a media competencia con una bomba casera en una silla de ruedas.

Muy lógico todo.

Pero te diré algo.

No fue por el cáncer.
No fue por la familia.
No fue por el dinero.

Fue por el respeto.
Porque durante toda mi vida fui el tipo invisible. El que tragaba. El que callaba.
Y un día decidí que ya no más.

Ese día nací de nuevo.

Y me llamé Heisenberg.

Así que sí, puedes llamarme monstruo.

Puedes llamarme sociópata, criminal, genio del mal.

Pero por favor…

No me llames mártir.

Eso sí que me ofende.

¿Sólo era un profesor? Por favor, un respeto…

El sueño americano es una pesadilla para la tortilla española

Ficción

La tortilla española llegó a Nueva York en la maleta de Teresa, una cocinera madrileña con aspiraciones internacionales y una inquebrantable fe en las propiedades místicas del huevo. Venía con una receta ancestral, heredada de su abuela, que según la leyenda familiar había conseguido evitar tres guerras, dos divorcios y una plaga de langostas.

—Aquí, en América, lo vais a flipar con mi tortilla —dijo Teresa, convencida de que la mezcla de huevos, patatas y cebolla haría temblar a Gordon Ramsay.

Montó su food truck en Brooklyn, el lugar donde los hipsters van a morir de ironía, y lo bautizó “Omelette? No, gracias”. Pintó una gran tortilla sonriente sobre fondo rojo y escribió en letras doradas: “Sabe a España. No es paella. No lleva chorizo. No es un taco.” Porque uno tiene que cubrir todas las bases.

Los primeros clientes llegaron por curiosidad. El primero, un influencer gastronómico llamado Sky con más seguidores que neuronas, preguntó:

—¿Esto tiene gluten?

—No.

—¿Y es vegano?

—No. Es huevo, cielo. Huevo real.

Sky hizo una mueca de dolor, como si le hubieran ofrecido un filete crudo en una reunión de veganos de Vermont.

—¿Y si le pones tofu? ¿Y lo sirves en una tostada de pan de cúrcuma?

Teresa sintió un escalofrío recorrerle el espinazo. La palabra tofu y tortilla española no deberían compartir planeta, mucho menos frase. Pero como buena emprendedora, fingió una sonrisa homicida y contestó:

—Claro, lo apunto para nunca hacerlo.

Pero lo peor estaba por llegar. Un día se acercó un ejecutivo de una cadena de comida rápida con una camiseta que decía: “Innovar es freír la tradición”. Le propuso franquiciar el concepto.

—Imagínatelo: TortiBurger. Tortilla en pan de brioche, con ketchup, bacon y… ¿Qué te parece si le metemos trufa?

Teresa pensó en el espíritu de su abuela revolviéndose en la tumba y probablemente también preparando una maldición. Contestó:

—Lo que me parece es que acabas de matar a toda mi línea materna con esa frase.

Pero el capitalismo, como el colesterol, no descansa. El concepto Tortilla 2.0 se viralizó gracias a un vídeo donde un actor que no sabía pronunciar “España” probaba la tortilla mientras decía:

—Es como un panqueque de papas… pero con más alma. ¡Y sin hot sauce! So exotic.

La gente empezó a hacer colas kilométricas. Pero no por la tortilla original. No, eso sería demasiado lógico. Querían la “versión con esencia de trufa y espuma de chipotle” creada por un chef de Portland que había visto un tutorial en YouTube sobre tapas.

Teresa, frustrada, vio cómo su receta se deformaba como una pesadilla freudiana: tortillas en conos de helado, tortillas azules (por la estética Instagram), tortillas servidas con leche de avena, y una cosa que llamó especialmente su atención: tortilla molecular desestructurada en cápsulas de gelatina biodegradable. Eso último lo sirvieron en una galería de arte moderno con una performance de fondo titulada «Desayuno postcolonial».

Para cuando Teresa quiso reaccionar, la tortilla ya no le pertenecía. Había pasado a ser parte del catálogo de apropiaciones culturales junto con los sombreros mexicanos y el yoga sin contexto.

Una mañana, al ver una versión “low carb” servida en hojas de kale y decorada con oro comestible, Teresa rompió. Cerró el food truck, se compró un billete de ida a Madrid y dejó un cartel que decía: “La tortilla ha muerto. Viva la tortilla.”

En el vuelo de regreso, una azafata le ofreció un menú internacional.

—¿Quiere probar nuestro Spanish egg pie? —preguntó sonriendo.

Teresa lloró en silencio mientras miraba por la ventana. Allá abajo, el mundo giraba sin entender nada. Y yo tampoco.

Teresa volvió a Madrid como quien regresa de una guerra que nadie ha reconocido, con el alma revuelta y el colesterol en cifras de escándalo. Al llegar a Barajas, la recibió un cartel que decía: “Bienvenido a Madrid: ahora también con poke bowls”. Tuvo una visión rápida de la Virgen del Pilar llorando lágrimas de soja dulce.

Ya no confiaba en nadie. Ni en los turistas con acento de GPS ni en las abuelas que cocinaban tortillas light “porque el médico me lo ha dicho”. Teresa se encerró en su cocina con su sartén de hierro fundido, esa que tiene más carácter que un concejal corrupto, y decidió hacer una última tortilla, una definitiva, una tortilla que haría que los dioses se levantaran de sus sillas plegables del Olimpo y aplaudieran con las chanclas puestas.

Pero algo falló.

La patata lloraba nostalgia americana. El huevo dudaba de su identidad. La cebolla estaba infiltrada por el existencialismo francés. El aceite, antes virgen, ahora venía con traumas. Teresa gritó:

—¡Maldita globalización, me has jodido la yema!

Encendió la tele para olvidar, pero ahí estaba: un concurso culinario llamado Master Castiza. Un jurado con acento argentino-madrileño-croata le explicaba a un niño de 9 años que su tortilla debía “tener altura emocional y narrativa transmedia”. El niño, que llevaba un delantal con emojis y se llamaba Kevin José, respondía:

—Yo la hice sin patata porque es más sostenible. Le puse quinoa y esencia de huevo.

Teresa soltó una greguería en voz baja, como quien lanza un conjuro:

La tortilla sin patata es como un toro sin cuernos: se convierte en vaca y da pena.

Fue entonces cuando decidió vengarse. Si no podía salvar la tortilla, al menos arrastraría al enemigo con ella. Se infiltró en una de esas startups gastronómicas donde sirven aire en tarros de vidrio reciclado y tienen menús escritos en código QR, como si la comida fuera un videojuego indie.

Pidió trabajo como “consultora de identidad culinaria”.

—¿Experiencia? —le preguntó una chica con el pelo rosa y un máster en Fenomenología Gastronómica Comparada.

—Mi abuela me pegó con una espumadera por ponerle perejil a la tortilla. ¿Eso cuenta?

La contrataron de inmediato.

Teresa entonces lo hizo. Lanzó la “Tortilla NFT”: una tortilla virtual, en 3D, que se vendía en Ethereum y solo se podía comer con los ojos (literalmente, venía con unas gafas de realidad virtual). Se volvió un éxito rotundo. La gente pagaba 800 euros por verla girar en cámara lenta mientras sonaba flamenco vaporwave.

Cuando entrevistaron a Teresa en El País Gourmet, respondió:

—Es la evolución lógica. Si no puedes comerte una tortilla sin sentir culpa por las calorías, cómprate una tortilla que solo existe en la nube. Así engordas el alma, que es lo único que engorda sin consecuencias fiscales.

Mientras tanto, en un barrio olvidado de Madrid, una anciana encendía su cocina de gas, pelaba patatas sin Wi-Fi y batía los huevos con ritmo de bolero. Sin saberlo, estaba resistiendo. Porque hay cosas que no se pueden destruir ni siquiera con likes: la memoria, el fuego lento, y el punto exacto en el que la tortilla está jugosa pero no babosa.

Teresa lo entendió demasiado tarde.

Una noche, su propia tortilla NFT apareció en un museo posmoderno dentro de una vitrina, al lado de un zapato con espuma de lenteja y una performance titulada «El hummus soy yo». Un turista se acercó, leyó la descripción y dijo:

—¿Tortilla española? ¡Ah! ¿Eso no es lo que hacen en Texas con jalapeños y bacon?

Y en ese momento, la tortilla, desde su encierro digital, suspiró. Sí, la tortilla suspiró. Porque hasta las ideas, cuando se retuercen lo suficiente, acaban teniendo alma. Una alma frita, por supuesto.

Greguerías finales, por cortesía de Teresa:

  • El huevo es el círculo perfecto donde la patria se derrite.
  • El aceite de oliva es el sudor del sol llorando por la gastronomía.
  • A la tortilla le duele el mundo y sangra cebolla cada vez que alguien le dice “omelette”.

Kit emocional para cuando la civilización sufra un apagón

No ficción

Querido lector (familia, amigos, etc.), imagina por un momento que te despiertas y el interruptor de la luz decide ignorarte. No hay WiFi. No hay café (porque la cafetera es eléctrica). No puedes pedir socorro por WhatsApp. Y lo peor: Netflix, ese oráculo de evasión emocional, se ha desvanecido. ¿Pánico? Tranquilo. Aquí te traigo el kit emocional definitivo para que no pierdas la compostura ni la civilización… o al menos no tan rápido.

Autodiagnóstico emocional: “¿Estoy muerto o solo sin batería?”

En el minuto uno del apagón prolongado, tu alma urbana entrará en fase de negación tecnológica. “Seguro vuelve en diez minutos”, repites mientras miras fijamente el microondas como si fuera un oráculo. No vuelve. No va a volver. Respira. Siente el vacío. Ese temblor que recorre tu cuerpo no es hambre, es síndrome de abstinencia digital.

Consejo: mira al horizonte, suspira fuerte y di: “Estoy vivo, solo que sin señal”. Funciona como un mantra. Bonus si lo gritas al balcón para sembrar esperanza (o terror) entre tus vecinos. «Perro Shanshes», o cosas similares, no funciona.

El Kit emocional básico

Porque sin emociones ordenadas no hay civilización que resista. Aquí tu arsenal mínimo:

  • Una libreta y boli. Para escribir tus memorias del colapso o hacer dibujitos si no sabes escribir sin teclado.
  • Un espejo. Para verte mientras hablas contigo mismo. Dicen que ayuda a no volverse loco, pero sobre todo entretiene.
  • Fotos impresas. Sí, impresas. De seres queridos o de tu gato. Para recordar que alguna vez fuiste parte de algo más grande que tú.
  • Un libro físico. No, no una tablet. Un libro. De papel. Páginas. Palabras. Sorpresas sin batería.

Mantén la llama (emocional y literal)

Sin electricidad, el fuego es la nueva app estrella. Sirve para todo: cocinar, calentar, asar tus prejuicios tecnológicos. Pero sobre todo, reúne personas a su alrededor, y eso, amigo mío, es la red social más estable que tendrás. Coméntale al vecino: “¿Te gusta el fuego? A mí también. ¿Hacemos comunidad?”. Boom. Civilización.

Advertencia legal: no hagas fogatas en el salón. Ni en el balcón. Ser el Prometeo del barrio puede acabar mal.

El duelo de la nevera

Es hora de enfrentarte al mayor drama: todo lo que amabas en tu nevera ha muerto. El yogur, el queso, el pollo de oferta. Todos, víctimas de la falta de voltios. Vas a pasar por las cinco fases del duelo (negación, ira, pacto, depresión, aceptación) en menos de una hora, especialmente cuando veas flotar el brócoli en su jugo.

¿Solución emocional? Organiza un funeral vikingo para tu helado. Que se derrita con dignidad mientras le cantas una balada. Llora si hace falta. Luego, aprende a fermentar verduras. Es como tener una nevera espiritual.

Reinventa el ocio: teatro interior y otros delirios

Sin Netflix, TikTok, ni podcasts de gente que habla como si fuera filósofa del yoga, tu mente se convierte en el único escenario disponible. ¡Es tu momento!

  • Interpreta monólogos delante del espejo.
  • Recrea películas desde la memoria.
  • Haz una “charla TED” para tus plantas sobre resiliencia post-luz.
  • Pásate al origami emocional: dobla tu ansiedad hasta que parezca una paloma.

Verás qué divertido es inventarte roles para no perder la cordura. (Bueno, perderla con estilo también cuenta y es civilizado.)

Cómo mantener la civilización

(spoiler: con pegamento y conversación)

La civilización, según algunos expertos del Apocalipsis™, no se sostiene por la tecnología sino por la cooperación humana. Así que toca hablar. Con humanos reales. De carne, hueso y cara. Ya sé, qué horror.

Ve y llama al vecino que antes evitabas en el ascensor. “Hola, ¿te interesa construir una civilización post-eléctrica conmigo?”. Es probable que te mire raro, pero si tiene una estufa de gas o un transistor a manubrio, el pacto está sellado.

Conversa, comparte, coopera. La civilización nació así. La electricidad vino después. Si puedes encender una charla, no necesitas encender una bombilla.

Meditación para urbanitas sin enchufe

Ya sin aparatos que te absorban la atención, vas a experimentar un fenómeno extraño: el tiempo. De repente tendrás horas. Días. Inmensidades sin notificaciones. Es abrumador.

Haz esto:

  1. Siéntate.
  2. Mira un punto fijo (puede ser la mancha de humedad del techo).
  3. Respira.
  4. Repite: “No soy mi router. No soy mi móvil. Soy más que un algoritmo.”

Con práctica, desarrollarás una extraña capacidad llamada presencia. Es como el WiFi del alma, pero sin contraseña.

Visionarios del apagón

Si sobrevives las primeras 72 horas (eso dicen) sin volverte un troglodita que grita “¡LUZ!” al cielo, ya eres parte de una nueva élite: los visionarios del apagón. Gente que entendió que la civilización no se carga por USB. Que el progreso no está solo en la tecnología, sino en la capacidad humana de adaptarse, reírse del caos y construir con lo que haya a mano (en la plaza de Olavide, una fiesta, por ejemplo).

Puedes fundar tu propio consejo de sabios, llevar una capa hecha de cortinas y proclamar las nuevas leyes del civismo sin red eléctrica. ¿Demasiado? Tal vez. Pero alguien tiene que escribir la constitución post-luz. A lo mejor eres tú.

El accesorio definitivo: guantes para tocar realidad

Por último, y como broche de oro de este kit, te recomiendo adquirir un par de guantes (figurativos o no) para tocar la vida sin filtros. Porque cuando ya no hay pantallas ni asistentes de voz que te digan qué pensar, vas a tener que tocar, sentir, oler, vivir.

Y ahí, en ese regreso incómodo pero visceral al mundo real, descubrirás que la civilización no se perdió: estaba esperando que alguien volviera a encenderla desde dentro.

No necesitas luz para brillar. Solo un poco de sentido del humor, algunas habilidades olvidadas y mucha, pero mucha, disposición a parecer raro durante un tiempo. Porque al final, sobrevivir sin electricidad no se trata solo de conservar la comida: se trata de no perder el alma, el ingenio… y el sentido de comunidad.

Y si todo falla, siempre puedes hacer como en la Edad Media: escribir este artículo a mano, enrollarlo en un pergamino y lanzarlo al viento. Con suerte, algún otro náufrago eléctrico lo leerá… y reirá contigo. Saludos, familia y amigos. Seguimos aquí. Conservemos la civilización. Aunque perdamos todo, podremos volver a encender la luz.